Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha... Cuando ores, entra en tu habitación cierra la puerta y ora en secreto. Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara... Mateo 6:3, 6, 18
En el día del Miércoles de Ceniza, que marca el inicio de la Cuaresma, la Iglesia nos recuerda tres actos que, más que prácticas de piedad, tienen que ver con la naturaleza humana y con los valores o actitudes que todo ser humano debe cultivar.
Dar limosna es algo más que dar unas monedas a un mendigo en la calle. Se refiere a nuestra actitud hacia los demás, abarca todo lo que hacemos por ellos, nuestra caridad, nuestra solidaridad, nuestro servicio.
También tiene que ver con el segundo mandamiento: ama a tu prójimo como a ti mismo. San Basilio decía al respecto: "el pan que te sobra y guardas en tu cajón no es tuyo, es del hambriento; La ropa que no usas y guardas en tu armario no es tuya, es la ropa que va desnuda".
Debo amar a mi prójimo como a mí mismo, porque somos hermanos, hijos del mismo Padre que está en los cielos, y porque somos hermanos somos iguales. La igualdad y la fraternidad, proclamadas por la Revolución Francesa, son, en realidad, lo mismo porque, como dice el proverbio: "El amor o nace entre iguales o hace iguales a las personas". Recordemos el principio de los vasos comunicantes: si dos cubos que contienen un volumen desigual de agua se comunican entre sí, el nivel del agua será igual en ambos cubos.
La oración también es algo más que recitar oraciones, se refiere a nuestra actitud hacia Dios. Significa caminar en su presencia (Génesis 17:1). Él expresa nuestra gratitud por todo lo que hemos recibido de Él; es también una manifestación inequívoca de nuestra indigencia y dependencia en el sentido de que sin él no somos nada, no podemos hacer nada (Jn 15,5).
La oración es comunicarse con Dios; nos comunicamos con Dios porque lo amamos; si la oración es un acto de amor a Dios, también tiene que ver con el primer mandamiento que nos dice que Dios debe ser amado con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas (Deuteronomio 6:5). Es decir, en nuestras mentes y corazones no debe haber rival; Dios debe ser amado sobre todas las cosas, nada ni nadie puede igualar ese amor.
Si nos remontamos a la Revolución Francesa, esta actitud corresponde al valor de la Libertad. Solo somos verdaderamente libres cuando amamos a Dios sobre todas las cosas y todas las personas; cuando no idolatramos realidades o personas, ni creamos dependencia de cosas o sustancias. Al manifestar nuestra única dependencia de Dios, al reconocerlo como el único Señor y amarlo por encima de todo y de todos, ascendemos por encima de toda creación, sin rendir vasallaje a nadie ni a nada, somos verdaderamente libres.
Concluimos, entonces, que la oración y la limosna, como propone el Evangelio, son más importantes de lo que parecen a primera vista. Orar es amar a Dios sobre todas las cosas, el primer mandamiento de la ley de Dios, y la manifestación más inequívoca de la que somos libres, porque cortando los lazos, con todo y con todos, servimos a un solo Señor. Dar limosna, compartir, es amar al prójimo como a nosotros mismos, segundo mandamiento de la ley de Dios y manifestación más inequívoca de igualdad y justicia social: el otro es igual a mí y yo igual a él.
La Libertad y la Igualdad son los dos principios en los que se basa la vida humana en los aspectos individual y social. La libertad es el valor sobre el que se asienta la vida del individuo como ser único, autónomo, independiente, válido en sí mismo; La igualdad, el valor en el que se basa la vida del individuo como parte de una comunidad.
La difícil armonía entre estos dos valores sólo puede lograrse cuando se ejercen o practican en el contexto del amor. Somos libres cuando amamos a Dios, que es Padre sobre todas las cosas, y somos iguales cuando amamos, como a nosotros mismos, a los demás hijos del mismo Padre Dios y, por tanto, a nuestros hermanos y hermanas.
Pero el Evangelio del Miércoles de Ceniza nos propone para toda la Cuaresma un tercer acto, el ayuno. ¿Cuál es el propósito del ayuno y qué tiene que ver con orar y dar limosna?
P. Jorge Amaro, IMC