"Uno de los que estaban con Jesús llevó la mano a la espada, la desenvainó y hirió a un siervo del Sumo Sacerdote, cortándole una oreja. Jesús le dijo: «Vuelve tu espada a la vaina, porque todos los que empuñan la espada, a espada morirán». (Mateo 26, 51-52)
“Quien a hierro mata, a hierro muere” — Este refrán popular tiene probablemente sus raíces en el texto citado. La violencia no sólo no resuelve los conflictos o problemas, sino que crea otros nuevos. Se habla de la espiral de violencia, porque fácilmente se expande, involucrando a cada vez más gente. Por medio de la violencia, la única paz posible es la paz del cementerio: la paz de la muerte y la destrucción.
Jesús de Nazaret desafió el sistema de dominación y su idea básica del valor redentor de la violencia. Y no vivió mucho tiempo. La Iglesia, responsable de proclamar sus enseñanzas, no lo hizo en gran medida: o bien porque no las entendió de verdad, o bien porque, para sobrevivir, tuvo que adaptarse a la cultura y aliarse con el poder dominante.
El Cristo que la comunidad transmitió a la Historia fue un Cristo “aguado”, diluido, menos radical, menos revolucionario. Sin embargo, providencialmente, ese Jesús de Nazaret que no prosperó en la comunidad cristiana ni hizo Historia, quedó contenido en los Evangelios; y a través de ellos descubrimos la dimensión revolucionaria de su enseñanza.
Jesús rechazó el poder autocrático (Mateo 20, 25-28), apeló a la equidad económica (Marcos 12, 30-31), rechazó la violencia (Mateo 5, 38-41), quebró costumbres que trataban a las mujeres como inferiores (Lucas 10, 38-42), rompió las reglas de pureza ritual que separaban a las personas entre sí (Marcos 1, 40-45), desafió la visión patriarcal de la familia (Lucas 11, 27) y rechazó la creencia de que Dios requiere sacrificios de sangre (Mateo 9, 9-13).
El Poder como servicio y no como dominio
«Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores y que los grandes ejercen sobre ellas su poder. No ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos». (Mateo 20, 25-28)
«En cuanto a vosotros, no os dejéis llamar “maestros”, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y a nadie en la tierra llaméis “Padre”, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. Ni permitáis que os llamen “doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: el Mesías. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Quien se enaltece será humillado y quien se humilla será enaltecido». (Mateo 23, 8-12)
Jesús es “anarquista” no en el sentido de negar que la sociedad deba estar organizada y disciplinada, sino en el de afirmar que nadie tiene derecho a ejercer poder sobre nadie; el poder, o es servicio, o es malévolo.
Para Jesús, todo gobierno autocrático es, por su propia naturaleza, violento y opresor. Jesús entiende el poder como servicio y no como dominio sobre las personas. Sustituye el amor al poder por el poder del amor y del servicio a los demás. Ese es el camino de la grandeza y de la auténtica popularidad que tanto buscan los poderosos.
Quienes ejercen el poder autocráticamente son temidos, no amados; los líderes amados por el pueblo son los que ejercen el poder sirviendo; esos son los grandes en la Historia de la humanidad. También en nuestra historia personal, los verdaderamente grandes son quienes nos sirvieron, no quienes nos dominaron: nuestros padres, maestros, catequistas, etc.
Igualdad y equidad económica
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos». (Marcos 12, 30-31)
En un solo mandamiento Jesús une los dos valores sobre los que se asienta la vida humana. Amar a Dios sobre todas las cosas significa no reconocer ninguna autoridad por encima de Dios, no someterse a nada ni a nadie. Este es el garante de la libertad, fundamento de la dignidad de la persona.
Por otra parte, como el ser humano no es una isla, la dimensión social se apoya en la igualdad: bajo Dios, nadie es más que nadie. La combinación de estas dos dimensiones —vertical, del amor a Dios y la libertad, y horizontal, del amor al prójimo como a uno mismo— forma la cruz, símbolo del cristianismo.
Jesús alerta del peligro de las riquezas, que vuelven al hombre insolidario y le cierran la salvación (Marcos 10, 25). Por eso invita al joven rico al desprendimiento y a repartir con los pobres, para alcanzar una riqueza mayor (Mateo 19, 21). Alaba a Zaqueo por su gesto de devolver y compartir, gesto que le valió la salvación (Lucas 19, 1-10). El compartir los bienes materiales forma parte del criterio de entrada en el Reino de los Cielos (Mateo 25, 31-46).
Ojo por ojo, diente por diente, frente a «amad a vuestros enemigos»
«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen; de este modo seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 5, 43-45)
«Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo…» — En el Sermón del Monte Jesús utiliza varias veces esta construcción para, al mismo tiempo, exponer los enunciados de la ideología antigua o sistema de dominio y rebatirlos uno a uno con su doctrina.
Jesús vino a demostrar que el sistema de dominio no es la única forma de vivir en sociedad. El Reino de Dios, que Jesús trae con su venida al mundo, es en verdad la única alternativa real al sistema de dominio. El Reino de Dios inaugurado por Jesús es una situación “win-win”: todos ganan, nadie pierde; no hay oprimidos ni opresores, ni vencidos ni vencedores.
Para el sistema de dominio, el hombre es lobo para el hombre; por eso ha de convencer(se) de que sus enemigos son pérfidos y de que la única forma de vivir en paz es destruirlos. Para Jesús, no hay enemigos. Y si los hay, no se los vence con odio. El odio los hace más fuertes; es como pretender apagar el fuego con gasolina. Sólo el amor puede derrotarlos de verdad.
Para funcionar, la violencia redentora requiere que algunas personas sean declaradas enemigas, de modo que su eliminación violenta sea vista como un acto redentor. Al exhortarnos a amar a nuestros enemigos, Jesús deja a la violencia redentora sin su justificación moral para operar. En este contexto, Marshall Rosenberg decía que, cuando comprendemos las necesidades que motivan nuestro comportamiento y el de los otros, dejamos de tener enemigos.
«No extrañéis, dulces amigos, que tenga mi frente arrugada; vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas».(Antonio Machado)
Inteligentemente, el sistema de dominio buscó limitar la violencia entre personas colocándola en el interior de la conciencia de cada uno. El superyó freudiano es, de algún modo, el “Caballo de Troya” del sistema de dominio dentro de nosotros. Así, la coerción del sistema de dominio la ejerce la propia persona sobre sí misma.
Para quienes, en vez de ejercer la violencia sobre sí por la vía del superyó, eligen ejercerla sobre los demás, el mito de la violencia redentora ofrece la ley del talión del Código de Hammurabi, el código de leyes más antiguo del mundo, también nacido en Babilonia. Como observaba Gandhi, “ojo por ojo y diente por diente nos dejará a todos desdentados y tuertos”.
La creencia es que esta ley restaura el equilibrio roto cuando alguien comete un crimen contra su prójimo; pero en realidad sólo consigue una tregua durante la cual los adversarios aprovechan para armarse. Esa tregua parece un tiempo de paz, pero en realidad es un tipo de guerra: la “Guerra Fría”.
Siendo así, el mundo nunca alcanza la paz: los tiempos de “guerra caliente” se alternan con períodos de guerra fría. Durante la guerra fría se cargan las armas; durante la guerra caliente se disparan. La única paz posible dentro del mito de la violencia redentora es la paz del cementerio.
El amor al prójimo como a uno mismo y el amor a los enemigos parecen ser las únicas ideas que superan el mito de la violencia redentora y establecen una paz verdadera y duradera. Jesús vino para hacer de este mundo el Reino de Dios, un Reino de justicia y paz, una “civilización del amor”, como repetía san Juan Pablo II. El Sermón del Monte es la Carta Magna o Constitución de ese Reino. La CNV (Comunicación No Violenta) es el idioma de ese Reino.
La no violencia redentora
«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no os resistáis violentamente al mal. Antes bien, si alguien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, entrégale también la capa; y si alguien te obliga a caminar una milla, acompáñale dos». (Mateo 5, 38-41)
El Código de Hammurabi, nacido en Babilonia —la misma tierra donde nació el mito de la violencia redentora—, es el primer gran código legal conocido. “Ojo por ojo y diente por diente” fue una ley diseñada para contener la escalada natural de la violencia, permitiendo su uso controlado mediante la venganza, dentro del principio de la reciprocidad. Para Jesús, esta no es la solución, pues opone violencia a violencia.
«No os resistáis violentamente al mal». Resistir con violencia, vengarse o “vencer el mal” por medio de la violencia es dejarse controlar por la violencia y perpetuar el mito de que por ella se llega a la salvación. Walter Wink observa que este texto ha sido interpretado tradicionalmente como defensa de la sumisión pasiva a la opresión; por ello, históricamente, el cristianismo ha rechazado las enseñanzas de Jesús sobre la no violencia considerándolas utópicas, idealistas e ingenuas.
La verdad, sin embargo, es que el Evangelio no enseña la no resistencia al mal; Jesús enseña a resistir, pero sin violencia. Wink asegura que, si leemos las palabras de Jesús en su contexto histórico y cultural, se hace claro que Jesús defiende una forma creativa de oposición no violenta a la opresión, y no la sumisión. Además, Wink sostiene que se trata de una mala traducción del griego, que diría más bien: “no respondáis violentamente al mal”. Los ejemplos que siguen lo confirman.
«Si alguien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra» - La bofetada se da con la mano derecha, pues la mano izquierda, según la ley judía, sólo podía usarse para tareas impuras. Ahora bien, una bofetada con la mano derecha en la mejilla derecha sólo puede darse con el revés de la mano. Aún hoy, un revés no pretende tanto dañar físicamente como insultar, humillar y degradar.
No se daba a una persona de igual estatus, sino a un inferior: era el tipo de bofetada que un amo daría a un esclavo, un marido a su esposa, un padre a su hijo, un romano a un judío, para recordarle su posición de inferioridad y devolverlo a ella. “Zapatero, a tus zapatos”, decimos en español.
Al ofrecer la mejilla izquierda, el agresor ya no puede volver a golpear con el revés —no puede volver a humillar—; para golpear tendría que hacerlo ahora con la palma, cosa que sólo se daba entre iguales. Si el agresor lo hiciera, se rebajaría a la misma condición del agredido.
Por tanto, volver la otra mejilla significaba entonces: “soy igual a ti en dignidad; no acepto ser humillado”. Además, no puede golpear con el revés la mejilla derecha, porque ahora queda oculta; más que “ofrecer la izquierda”, el oprimido oculta la derecha para no ser humillado de nuevo: se rebela y deja al amo sin salida, pues no puede golpear la izquierda sin rebajarse y reconocerlo como igual.
«Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, entrégale también la capa» - Para entenderlo hay que recordar que el sistema tributario romano llevaba a los pequeños campesinos al endeudamiento, hasta el punto de tener que pagar con sus tierras. Quedaban sin medio de sustento, desfalcados y desprotegidos, es decir, desnudos.
La parábola de los trabajadores de la viña (Mateo 20, 1-16) alude a quienes perdieron sus tierras por deudas y ahora se ven obligados a acudir cada día a la plaza esperando ser contratados. Irónicamente, el latifundista contrata primero a quienes fueron dueños de las tierras —conocen bien el trabajo— y sólo después, si necesita más manos, vuelve a la plaza a contratar más gente.
El endeudado no tenía ninguna posibilidad de ganar el pleito, pues el sistema favorecía al acreedor. Como en el caso de la otra mejilla —y como veremos con la milla extra—, una regla de la no violencia es tomar la iniciativa. Al despojarse de lo único que le quedaba, la capa, y quedarse desnudo, el endeudado protesta y señala al sistema que lo llevó a esa situación.
La desnudez era tabú en Israel, pero la culpa no recaía sobre quien la exhibía, sino sobre quienes la contemplaban y la habían causado (Génesis 9, 20-27). De hecho, también hoy, en muchas situaciones, exhibir desnudez es forma de protesta. Despojarse de la capa y abandonar el tribunal desnudo equivale a decir: “Me lo has quitado todo; sólo me queda mi cuerpo. ¿Qué harás ahora?”. Las miradas acusatorias se vuelven contra el responsable de aquella desnudez, el acreedor.
Como concluye Wink, la enseñanza de Jesús sobre la no violencia apunta a una estrategia de confrontación del sistema, desenmascarando su crueldad esencial y burlándose de sus pretensiones de justicia.
Quienes escuchan estas enseñanzas ya no se dejarán tratar como esponjas exprimidas por los ricos. Aparentemente aceptan las reglas del juego, llevándolas al absurdo y exponiendo así su crueldad. Al despojarse ante sus compañeros, lo que dejan al desnudo es, precisamente, el sistema y a sus acreedores.
«Si alguien te obliga a caminar una milla, acompáñale dos» - En tiempos de Jesús, cualquiera que fuese hallado en el camino podía ser obligado a servir, como sucedió con el Cireneo, forzado a llevar la cruz de Cristo (Marcos 15, 21).
En el Imperio Romano, los soldados de alta graduación tenían esclavos, burros, caballos o carros para llevar su equipaje; no así los de baja graduación, que podían obligar a cualquiera a cargar su impedimenta una milla. Llevarla más de una milla era ilegal y castigado por la ley.
Como en los dos casos anteriores, la cuestión es cómo los oprimidos pueden recuperar la iniciativa y afirmar con asertividad su dignidad humana en una situación que, por el momento, no puede cambiarse (el dominio romano). El soldado no puede dejar de sentirse interpelado y descolocado cuando el judío no sólo no requiere coerción, sino que se excede de lo previsto. Al privar al soldado de la previsibilidad de la respuesta de la víctima, éste queda descentrado y sin autoridad moral.
Ahora es el soldado quien debe pedir que le devuelvan el equipaje para evitar ser castigado por sus superiores. El humor de la escena quizá se nos escape, pero difícilmente se escapó a los oyentes de Jesús, que debieron deleitarse con la idea de dar una lección moral al opresor. Concluyendo: Jesús es contrario tanto a la pasividad como a la violencia; el mal puede ser confrontado y vencido sin violencia.
La tercera vía
Ante un peligro o una amenaza, fight or flight —lucha o huida— son las dos reacciones posibles de cualquier vertebrado: están inscritas en nuestro primer cerebro, el cerebro reptiliano.
Según Walter Wink, Jesús ofrece una tercera vía. Este nuevo camino marca una mutación histórica en el desarrollo humano: la revuelta contra el principio de la selección natural. Con Jesús emerge una vía por la cual el mal puede combatirse sin reflejarlo. Del Evangelio se deducen estas directrices:
- ino te quedes inactivo: toma la iniciativa moral;
- encuentra una alternativa creativa a la violencia;
- afrma tu humanidad y tu dignidad como persona;
- responde a la violencia con desdén y con humor;
- rompe el ciclo de la humillación;
- sé insumiso: rechaza cualquier posición de inferioridad;
- expón la injusticia del sistema;
- asume dinámicamente una posición de poder;
- avergüenza y doblega al opresor hasta llevarlo al arrepentimiento;
- mantente firme;
- fuerza a los poderes a tomar decisiones para las que no están preparados;
- reconoce tu propio poder;
- está dispuesto a sufrir antes que a vengarte;
- obliga al opresor a mirarte bajo una luz nueva;
- priva al opresor de escenarios donde una demostración de fuerza sea eficaz;
- está dispuesto a pagar el precio por quebrantar leyes injustas;
- vence el miedo al sistema de dominación y a sus reglas.
Conclusión - Para funcionar, la violencia redentora necesita que algunos sean declarados enemigos, de modo que su eliminación violenta se vea como un acto redentor. Al exhortarnos a amar a nuestros enemigos, Jesús deja a la violencia redentora sin su justificación moral para operar y abre el único camino hacia una paz verdadera y duradera: el camino del amor, la justicia y la fraternidad.
P. Jorge Amaro, IMC






