Compasivos con nosotros mismos
Después de haber descrito el funcionamiento de esta nueva lengua, podemos comprobar en la práctica que es mucho más que un simple lenguaje: es una nueva filosofía de vida, una nueva forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás, con el mundo que nos rodea e incluso con Dios.
«La caridad comienza en casa». Cuando somos violentos con nosotros mismos, resulta difícil ser compasivos con los demás; cuando no ejercemos empatía hacia nosotros mismos, difícilmente podremos ejercerla hacia los otros.
El verdadero amor es incondicional. Y es precisamente este tipo de autoempatía, libre de condiciones, el que debemos cultivar hacia nosotros mismos. Por el contrario, las estructuras de poder, para dominarnos, nos enseñan a odiarnos cuando nuestro rendimiento no corresponde a lo que se espera de nosotros, y a amarnos sólo cuando nuestro desempeño social se ajusta a los parámetros de esas estructuras de poder.
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19, 18). El amor propio incondicional no es egoísmo: al contrario, es la medida del amor a los demás. Primero estoy llamado a amarme a mí mismo; después, a amar al prójimo con la misma medida con que me amo a mí mismo.
El amor propio, la autoestima o la autoempatía, lejos de confundirse con el egoísmo, son la base sobre la que se sustentan todas las relaciones que establecemos: con nosotros mismos, con los demás e incluso con Dios. No existe, por tanto, verdadero altruismo sin autoempatía.
De forma muy sutil, el sistema de dominación ha tratado de limitar la violencia entre las personas trasladándola al interior de la conciencia moral de cada uno. Dentro de nosotros, el superyó freudiano actúa como el «Caballo de Troya» del sistema de dominación. La coacción del sistema ya no se ejerce desde fuera, sino que es la propia persona quien la aplica contra sí misma.
Como ese caballo oculto en nuestra conciencia, el superyó imita las instancias penales de la sociedad: actúa como policía que sorprende en delito, como tribunal que juzga, condena y dicta sentencia en forma de autopunición. Esta pena puede tomar la forma de prisión —la depresión, que nos aparta de la vida o nos priva del amor, de la alegría o de la plenitud—, o incluso la pena máxima: la muerte, es decir, el suicidio, cuando alguien llega a convertirse en su peor enemigo y acaba quitándose la vida en lo que interpreta como legítima defensa.
La CNV nos invita a evaluarnos a nosotros mismos con el fin de crecer, no para odiarnos. Nada positivo puede nacer de una motivación negativa. La verdadera transformación nunca surge de energías destructivas como la culpa o la vergüenza, pues ambas son formas de auto-odio. Todo aquello que hagamos impulsados por la culpa o la vergüenza jamás será un acto positivo capaz de proporcionarnos alegría y felicidad. Sólo lo que brota del deseo de enriquecer nuestra vida y la de los demás puede traer verdadera plenitud.
Contra el sacrificarse por los demás
«Por eso me ama el Padre: porque doy mi vida (...). Nadie me la quita; yo la doy libremente».
(Juan 10, 17-18)
Durante su vida de obrero, cuando mi padre hacía el turno de noche, solía desahogarse con nosotros diciendo: «allá voy al destierro». Mi madre, al final de sus días, solía repetir: «nunca tuve un respiro en la vida». Mis padres fueron personas sacrificadas por sus hijos; no dudo de que lo hicieron por amor y no por obligación, pero a veces transmitían la impresión de que satisfacían las necesidades de los hijos dejando de lado las propias. Esto, sin embargo, no es verdadero cristianismo, porque olvida que el amor al prójimo debe reflejar el amor a uno mismo.
En CNV no existen esclavos del deber. No hay cosas que tengamos que hacer por obligación, porque sí. Todo lo que se hace desde la imposición tiene un alto coste en nuestro psiquismo y en el de quienes lo reciben, ya que nace de una energía negativa. Este es un lenguaje violento porque niega la libertad de elección. Rosenberg repite con frecuencia que sólo debemos hacer aquello que deseamos hacer, y que, como personas libres, siempre tenemos capacidad de decidir.
En un taller de Rosenberg, una mujer objetó que había cosas en la vida que se tenían que hacer quisiera uno o no. Como ejemplo, dijo al terminar: «ahora tengo que volver a casa y cocinar; odio cocinar con toda mi alma, y sin embargo llevo treinta años haciéndolo, incluso los días en que estaba enferma como un perro».
Aquella misma noche, la mujer llegó a casa y decidió dejar de cocinar. Contra lo esperado, la familia lo agradeció: por fin iban a comer sin escuchar las quejas de la madre que cocinaba por obligación y que se lamentaba porque la comida tenía demasiada o poca sal o carecía de sabor. Esto no significa que lo que hacemos por opción no pueda ser difícil y exigir esfuerzo, sudor y lágrimas, pero al ser fruto de una elección libre y del amor, todo cambia. Como dice el refrán: «Quien corre por gusto, no se cansa».
Rosenberg recordaba de su infancia la ternura con la que su tío materno cuidaba cada tarde a su propia madre, paralítica en la cama. No era una tarea sencilla, por los olores y las incomodidades, pero el amor con que lo hacía superaba el malestar de ambos: del hijo y de la madre.
Yo mismo recuerdo, en mi noviciado, cuando fui voluntario en un hospital psiquiátrico. Cada día atendíamos a un hombre que había sido catedrático de literatura en la Universidad de Valladolid y que ahora yacía paralítico, con sus facultades mentales muy reducidas. Un día, mientras yo y un compañero le asistíamos, murmuró a modo de desahogo: «Vosotros sois muy buenos, porque la mierda sigue siendo mierda…».
Jesús, como hemos citado antes, aunque en varias ocasiones afirma que sigue la voluntad del Padre, nunca pierde la capacidad de decidir libremente. Incluso en Getsemaní, cuando su voluntad y la del Padre parecen enfrentadas, al escoger la del Padre esta se convierte en suya, porque es fruto de una elección libre. Jesús no se limita a acatar algo impuesto desde fuera: es Él quien elige el rumbo de su vida. Nadie le quita la vida, Él la entrega libremente.
Así también, todos los mártires dieron su vida por decisión propia: podían elegir salvar la vida temporal y perder la eterna, o bien salvaguardar la vida eterna entregando la temporal.
La depresión en la CNV
Para Rosenberg, la depresión surge de lo que las personas piensan acerca de sí mismas y de lo que se dicen a sí mismas. No existe una enfermedad llamada depresión en sí misma: es la forma en que la sociedad nos educa a pensar sobre nosotros lo que la provoca. Si preguntamos a una persona deprimida cuáles son sus necesidades en este momento, lo más probable es que responda con un diagnóstico de sí misma: «Soy un fracasado; veo a mis hermanos triunfar en la vida y yo no».
En su libro Revolución en la psiquiatría, Ernst Becker atribuye la depresión a «alternativas cognitivamente bloqueadas» (cognitively arrested alternatives): la persona se encuentra en un callejón sin salida cognitivo, atrapada en su propio pensamiento.
Cuando alimentamos un diálogo interior hipercrítico sobre lo que somos o lo que hacemos, por ejemplo, si tengo hambre, en lugar de reconocer esa necesidad y buscar las estrategias naturales a mi alcance para satisfacerla, me digo a mí mismo: «Siempre estás con hambre». Así quedo preso en este autodiagnóstico que me convence de que hay algo malo en mí. Este estado no sólo me desconecta de mis necesidades reales, sino que me impide atenderlas.
Si soy padre y no sé cómo actuar o me resulta difícil conectar con las necesidades de mis hijos, en lugar de buscar esa conexión, me encierro en mi mente diciéndome que soy un mal padre. Creer en la existencia de un padre perfecto e ideal es como creer en Papá Noel: la consecuencia inevitable es la depresión.
Este modo de pensar nos aliena de nuestras necesidades, y al no reconocerlas, nada podemos hacer para satisfacerlas. Entramos en un círculo vicioso, un callejón sin salida en el que la depresión se profundiza cada vez más, excavando un pozo oscuro en nuestra psique en el que podemos perdernos por completo.
Dan Greenburg escribió un libro titulado How to make yourself miserable («Cómo volverte miserable»). En tono humorístico, el autor presenta a personajes famosos y sus logros, y después nos invita a compararnos con ellos: aparecen, por ejemplo, fotos de cuerpos perfectos con medidas ideales, y se nos pide que tomemos nuestras propias medidas; se nos muestra lo que Mozart o Beethoven lograron cuando eran niños, y luego se nos pregunta qué hemos conseguido nosotros… El autor asegura que, en poco tiempo, nos sentiremos desdichados.
Este ejemplo ilustra que es la manera en que nos juzgamos a nosotros mismos —muchas veces en comparación con los demás— lo que nos sume en la miseria y en la depresión. Las autoevaluaciones que implican maldad, anormalidad, disfuncionalidad o inferioridad conducen de manera segura a la depresión.
Como dice Rosenberg, cuando dominados por la rabia nos dejamos invadir por pensamientos negativos e hipercríticos, culpándonos a nosotros mismos o culpando a los demás, resulta casi imposible crear un ambiente interior saludable. La CNV nos ayuda a generar un estado de paz interior, animándonos a centrar la atención en lo que realmente necesitamos: traducir los mensajes internos negativos en sentimientos y necesidades, en vez de analizarnos a nosotros mismos y a los demás de manera crítica y destructiva.
Las personas deprimidas tienen una baja autoestima y están atrapadas en una falsa imagen negativa de sí mismas. La realidad es que detrás de esos autojuicios que alimentan la depresión se esconden necesidades insatisfechas. El problema es que no hemos sido educados para pensar en términos de lo que sentimos y necesitamos, sino de lo que somos.
La solución consiste en reconocer esos pensamientos y autojuicios cuando emergen a la conciencia, y traducirlos en necesidades insatisfechas. Una vez reconocida la necesidad, la depresión se desvanece y deja paso a la tristeza o a la frustración. Estos sentimientos, lejos de ser un callejón sin salida como la depresión, resultan positivos, pues movilizan nuestra psique hacia la búsqueda de soluciones para satisfacer esas necesidades.
Confrontar las estructuras de poder
Lo que genera la ira, la culpa, la depresión y la vergüenza no es lo que yo o el otro decimos o hacemos, sino la forma en que interpretamos, evaluamos y juzgamos esas acciones o palabras. Al entender estos juicios como formas alienadas, trágicas y suicidas de expresar necesidades insatisfechas, busco entonces identificar cuáles son esas necesidades. La ira, la culpa, la depresión y la vergüenza se disuelven cuando, más allá de mis juicios, logro encontrar y conectar con esas necesidades.
Estar en contacto con nuestros sentimientos y necesidades equivale a estar conectados con lo que Rosenberg llama un «sistema que sirve a la vida». Pero esta conexión no nos convierte en dóciles esclavos.
Al contrario: cuando estamos vinculados a nuestros sentimientos y necesidades, las estructuras de poder hacen todo lo posible por separarnos de ellas, para que nos sometamos a la ideología que implantan en nuestras mentes como un caballo de Troya. Para conseguirlo, en lugar de educarnos en un lenguaje procesual, que reflejaría una realidad siempre en movimiento, nos educan en un lenguaje estático que nos aprisiona en clichés y etiquetas, diciendo invariablemente lo que somos para nosotros mismos y para los demás.
Cuando vivimos dentro de la filosofía de la CNV, ya no necesitamos preocuparnos por lo que otros nos dicen, sino por la manera en que interpretamos y reaccionamos a esas palabras. No tenemos que inquietarnos si alguien nos diagnostica como «demasiado sentimentales». No es lo que el otro afirma lo que causa nuestro dolor, sino la forma en que yo reacciono y gestiono lo que me dice.
Si lo que el otro dice me hiere, le estoy concediendo el poder de definirme y de determinar quién soy o quién no soy. Dar crédito a lo que el otro afirma sobre mí es reconocer su influencia y dejar que decida cómo debo sentirme respecto a mí mismo; es renunciar a mi autonomía, aceptando que mi seguridad y autoestima dependen de alguien externo y no de mí.
No es fácil evitar que esto nos afecte, pues desde la infancia se nos ha enseñado que nuestra vida depende de cómo nos juzguen los demás, especialmente quienes ostentan títulos o autoridad.
La CNV, en cambio, es un lenguaje dinámico que nos entrena a descubrir las necesidades y sentimientos ocultos tras lo que alguien nos dice. Así aprendemos a reconocer la necesidad que hay detrás de un «no», de una crítica e incluso de los elogios y felicitaciones que recibimos, expresados con un lenguaje estático, no referido a comportamientos concretos ni a acciones reales.
Crear un sistema al servicio de la vida
“I have taken my chances more than once / and I have got my fingers burned / and done somethings I wouldn’t have done / If I knew then what I’ve since have learned.” (Marshall Rosenberg)
(Arriesgué más de una vez / y me quemé los dedos / e hice cosas que no habría hecho / si en aquel momento hubiera sabido lo que después aprendí).
Como nunca poseemos ni poseeremos una información completa acerca de una situación determinada, nunca hemos hecho ni haremos algo “equivocado” en sentido absoluto. Todo lo que hacemos y haremos, así como todo lo que los seres humanos han hecho alguna vez, es para satisfacer necesidades, para servir a la vida y hacerla más placentera.
Por ejemplo, supongamos que anoche tuve necesidad de relajarme y puse la música muy alta; al día siguiente, mi vecino me miró con desagrado. Cuando decidí poner la música, no tuve en cuenta a mi vecino. Él no formó parte de mi ecuación. A veces hacemos cosas sin conocer con certeza el impacto que nuestras acciones van a tener.
Esto no significa a priori que hayamos hecho algo malo: lo que yo hice satisfizo mi necesidad de relajarme, pero no satisfizo mi necesidad de ser considerado con mi vecino. Para explicar esto mejor, Rosenberg divide nuestro psiquismo en dos: el que elige y el que educa. El que elige satisfizo la necesidad de relajación, pero a costa de mi necesidad de ser atento con el vecino. El educador —el que tiene necesidad de cuidar al vecino— siente empatía con el que eligió, y ambos buscan que ambas necesidades queden integradas.
Nunca nadie ha hecho nada deliberadamente “por maldad”. Todo lo que hacemos es para servir a la vida, para satisfacer nuestras necesidades y hacer más grata nuestra existencia y la de los demás. Esto incluye incluso a Hitler: las estrategias pueden ser erróneas, pero en el momento de la elección no lo sabemos y, muchas veces, no hay forma real de saberlo.
A veces incluso podemos prever el impacto negativo de nuestra acción en los demás. Un padre puede pensar en el daño que sus palabras causarán a su hijo y, sin embargo, en ese momento, su necesidad de expresarse es más fuerte que su necesidad de contenerse. O quizá no supo cómo satisfacer simultáneamente ambas necesidades: la de respetar a su hijo y la de corregirle.
Aprendemos más de los errores que de los aciertos. Nadie aprendió a montar en bicicleta sin caerse una y otra vez. El proceso de aprendizaje incluye equivocaciones; estamos llamados a aprender de ellas sin perder el respeto por nosotros mismos. ¿Qué hacemos con los errores una vez extraída la lección que nos han enseñado? Hacemos duelo por ellos.
Amarse incondicionalmente
«Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian y orad por los que os maltratan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace que su sol se levante sobre malos y buenos, y que la lluvia caiga sobre justos e injustos.» (Mateo 5, 44-45)
«Difícilmente alguien aceptaría morir por una persona que cumple la ley. Tal vez alguien tendría valor para morir por una persona buena. Pero Dios nos mostró cuánto nos ama: Cristo murió por nosotros cuando aún vivíamos en el pecado.» (Romanos 5, 7-8)
«Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.» (Romanos 8, 38-39)
En CNV el amor no es un sentimiento, sino una necesidad. Como tal, es universal, pertenece a la naturaleza humana: todos los seres humanos que han existido y los que existirán necesitan amar y ser amados. Esta es, de hecho, la primera y más importante necesidad después de las físicas comunes a los demás seres vivos. Es la necesidad que más define a la especie humana frente a los otros seres vivos. Sin amor, no hay vida humana, porque vivir es amar.
Como necesidad universal inscrita en la naturaleza humana, el amor es por definición incondicional: no está sujeto a condiciones; es debido, no merecido. Si amamos, amemos incondicionalmente; el amor condicionado no es amor.
Dios —y en general también nuestros padres— nos aman incondicionalmente. No necesitamos ser moralmente buenos ni tener éxito en nuestra vida para obtener su amor. Creo, sin embargo, que hay pocas personas que se aman a sí mismas incondicionalmente; podemos amar a otros sin condiciones, pero no a nosotros mismos. Supongo que esta es una de las causas de la depresión.
No nos perdonamos cuando fallamos y somos menos que perfectos; parece que vinculamos nuestro amor al rendimiento en la vida: nos amamos cuando tenemos éxito y nos odiamos cuando fracasamos.
Pero si Dios nos ama incondicionalmente, como queda demostrado bíblicamente, ¿por qué no nos amamos también nosotros así? Si Dios, nuestro Creador, hace llover sobre justos e injustos, y en la parábola del sembrador no se fija en si producimos treinta, sesenta o cien por uno, sino simplemente en que demos fruto, ¿por qué somos más duros con nosotros que Él? Tal vez porque no le conocemos realmente. Parafraseando 1 Juan 4, 8: «Quien no se ama a sí mismo, no conoce a Dios, porque Dios es amor».
Traducir la autocrítica en necesidades
Como ya sabemos, para Rosenberg todas las críticas y autojuicios son expresiones trágicas de necesidades insatisfechas. En lugar de decir que alguien —o yo mismo— está equivocado o es malo, lo que debo decir es que esa persona —o yo mismo— no está actuando en armonía con sus necesidades. Cuando escuchamos una autocrítica o un juicio interior debemos preguntarnos: «¿Cómo me siento? ¿Qué necesito?»
Ejemplo: Estoy enganchado a la televisión
Observación: Identifica lo que haces, cuántas horas al día dedicas a la televisión.
Sentimiento: ¿Cómo te sientes? — «Me siento estresado y ansioso, porque dejo de lado cosas importantes.»
Necesidad: Vincula ese sentimiento con una necesidad que no está siendo satisfecha con ese comportamiento. — «Necesito parte del tiempo que dedico a la televisión para atender mis tareas.»
Petición: Después de reconocer esa necesidad, ¿qué petición puedes hacerte a ti mismo? — «Voy a establecer un tiempo limitado para ver televisión, de manera que pueda disponer de espacio para realizar mis tareas.»
Los errores como etapas del progreso
«Los errores son los dolores de crecimiento de la sabiduría. Sin ellos no habría crecimiento individual, ni progreso, ni conquista.» (William Jordan)
En CNV miramos los errores de manera positiva, sin atribuirles un valor ético que nos conduzca al sentimiento de culpa. Si un error queda pegado a nuestra conciencia y volvemos a él una y otra vez, es porque nos estamos culpabilizando por lo ocurrido. En ese caso, debemos dejar de pensar así.
Errare humanum est. En el aprendizaje de cualquier cosa —piano, bicicleta, un idioma nuevo, etc.— errar forma parte del proceso. Los errores son oportunidades de aprendizaje: si no existieran, no sabríamos cuándo acertamos. En la vida aprendemos más de los errores que de los aciertos; los errores enseñan, los aciertos no. Son los errores los que nos indican lo que ya hemos aprendido y lo que aún nos falta por aprender.
En la tradición judeocristiana, la acción equivocada recibe el nombre de pecado. El concepto de pecado, hoy tan moralizante y asociado a la culpa y a una conciencia escrupulosa —por considerarse una grave ofensa a Dios y al prójimo—, en su origen no tenía este sentido ni esa connotación.
En amárico, la lengua semítica oficial de Etiopía, “pecado” se dice Hatiat, que procede de la raíz hatá, y significa “perder”, “no encontrar” o “errar el blanco”. Es como imaginar a alguien con un arco que dispara hacia la diana y falla el objetivo. Eso significa pecado: errar el blanco. En sí mismo no es una mala acción, sino un error de cálculo o de visión que nos indica simplemente que debemos practicar más.
En uno de sus talleres, una mujer contó a Rosenberg la discusión a gritos que había tenido con su hijo antes de llegar a la sesión:
Marshall: ¿Qué te dijiste a ti misma después de gritarle?
Madre: «Me dije que soy una pésima madre. No debería haber hablado así a mi hijo. ¿En qué estaría pensando?»
Así como no debemos tomarnos como algo personal los insultos y críticas de los demás, de algún modo tampoco deberíamos tomar tan a pecho nuestros propios juicios internos. Los sentimientos que acompañan al autojuicio son la culpa y la vergüenza, que nos hunden en la depresión.
En el ámbito educativo, estos sentimientos pueden llevar a la madre a compensar a su hijo con una actitud condescendiente o excesivamente complaciente, haciendo que el remedio sea peor que la enfermedad. Necesitamos aprender, pero sin odiarnos ni insultarnos a nosotros mismos. El aprendizaje basado en la culpa o la vergüenza nos sale caro, tanto a nosotros como a quienes conviven estrechamente con nosotros.
Marshall: ¿Qué necesidad tuya quedó insatisfecha por la forma en que trataste a tu hijo?
Madre: «Para mí es un valor y una necesidad respetar a las personas; al faltar al respeto a mi hijo, fui contra mi propia necesidad y valor de respetar a los demás.»
Marshall: Ahora que tu atención se centra en tus necesidades y valores, y no en la culpa, ¿cómo te sientes?
Madre: «Me siento triste.»
Marshall: ¿Y cómo sientes esa tristeza en comparación con lo que pensabas antes, cuando te decías a ti misma que eras una mala madre y que no sabías en qué estabas pensando?
Madre: «Me siento triste, pero aliviada y esperanzada.»
Gracias al uso de la CNV, los gritos de aquella madre —que la llevaban a considerarse una “mala madre” y a una posible depresión, con la consecuente condescendencia motivada por la culpa— se convirtieron simplemente en una ocasión de aprendizaje. Al liberarse de la culpa, se sintió aliviada y esperanzada de que la próxima vez lo haría mejor. En CNV no somos malos ni culpables: simplemente no siempre estamos a la altura de satisfacer nuestras necesidades y valores.
“Quiero” en lugar de “tengo que”
«Don’t do anything that isn’t play» —No hagas nada que no sea por gusto. (Marshall Rosenberg)
En CNV no existen los deberes entendidos como obligaciones que tenemos que cumplir, queramos o no. No hacemos nada “por los demás” ni por mero deber; todo lo que hacemos responde en última instancia a una necesidad nuestra. Por eso, lo hacemos por gusto y no por obligación.
Cuando lo que hacemos está motivado por el gusto de hacerlo, nunca nos cansamos: la motivación es intrínseca. Por el contrario, cuando lo hacemos por deber, la motivación es extrínseca, no nace de nosotros; lo hacemos de mala gana, pobremente y, en cuanto tenemos oportunidad de escapar, lo dejamos.
Una de las palabras más violentas que los seres humanos han inventado es “deber”: «No debería haber hecho eso.» «Debería haber sido más comprensivo.»
El “deber” nos coloca en una deuda constante, imposible de saldar. Haga uno lo que haga, nunca es suficiente. Nunca vivimos satisfechos cuando actuamos por deber, porque nos sentimos en deuda. Lo que hacemos por obligación no es fuente de alegría ni de felicidad: no se hace ni por gusto ni con gusto, se hace porque “tenía que hacerse”. Quien vive bajo el imperio del deber, vive siempre insatisfecho.
El “deber” es el chip que el sistema de dominación ha implantado en nuestra conciencia moral para que vivamos eternamente como esclavos: esclavos del deber.
Traducción de “deber” en opción
1ª etapa – Trae a la mente aquellas cosas que habitualmente te dices a ti mismo que tienes que hacer; algo que no te gusta y temes, pero haces igualmente porque crees que no tienes opción.
2ª etapa – Reconoce que, en realidad, eliges hacer esas cosas. Sustituye en cada caso «Tengo que…» por «Elijo…» y percibe cómo suena diferente en tus oídos y en tu corazón.
3ª etapa – Toma conciencia de la necesidad que hay detrás de cada acción que eliges hacer y completa la frase: «Elijo hacer… porque necesito…». Si no encuentras ninguna necesidad detrás, lo mejor es abandonar esa acción.
En cada elección, toma conciencia de la necesidad o el valor que se satisface con ella. Al ganar claridad sobre las necesidades que se cubren mediante nuestros actos, los experimentamos como un juego o un placer, incluso cuando son exigentes y conllevan esfuerzo, sufrimiento o frustración. No hay grandes victorias sin grandes batallas; como dice el refrán: «Tristeza bien ordenada es la antesala de la alegría.»
Encajar positivamente el pasado
“Las aguas pasadas no mueven molinos” – Proverbio portugués
Con frecuencia, la naturaleza humana parece funcionar al revés de la naturaleza física. El agua que ya pasó por el molino ya no lo puede mover; sin embargo, en nosotros hay muchas cosas pasadas que todavía nos mueven, nos promueven y nos conmueven en el presente, como la propia psicoanálisis vino a demostrar.
A diferencia del psicoanálisis, que analiza el pasado para encontrar en él la causa de nuestros males presentes, la Comunicación No Violenta (CNV) se centra únicamente en el presente. Hablar demasiado del pasado no siempre ayuda: puede perpetuar la herida y el dolor. Así como “recordar es vivir”, recordar las heridas y los traumas del pasado es volver a revivirlos, dándonos la sensación de que aún seguimos allí.
La CNV no rechaza el pasado, pero nos invita a revisitarlo con una mirada positiva. Del mismo modo que en el cristianismo se lee el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, también nosotros debemos leer nuestro pasado desde la perspectiva de nuestro presente. Se trata de integrar positivamente las experiencias negativas, entonando nuestro propio Felix culpa: si hoy nuestro presente es bueno, de algún modo misterioso también el mal del pasado contribuyó a ello. “No hay mal que por bien no venga”.
El acento, el foco de nuestra atención, ha de ser siempre el presente. Es aquí donde vivimos y donde se juega nuestra vida. Por eso, la pregunta eterna que debemos hacernos es: “¿Qué es lo que está vivo en mí aquí y ahora?”, es decir, cómo me siento en este momento, qué necesidades tengo y qué puedo hacer para que la vida sea más maravillosa.
“Los nuevos amores hacen olvidar los viejos.” – Las experiencias positivas del presente sanan los traumas del pasado: se convierten en los nuevos inquilinos de nuestro inconsciente, desalojando los traumas antiguos y ocupando su lugar, regalándonos una sensación de plenitud y bienestar.
Así, al contrario del psicoanálisis, que va del pasado al presente, la CNV avanza del presente hacia atrás: la compasión y la empatía hacia nosotros mismos y hacia los demás, vividas en el ahora, se encargan de sanar el pasado como por arte de magia.
CNV: entre el luto y el perdón
La Comunicación No Violenta nos muestra una diferencia fundamental entre el luto y la petición de disculpas:
La petición de disculpas. – En CNV no existen las “disculpas”, pues forman parte de la lógica de la violencia. Quien pide perdón se siente culpable, y se siente culpable porque ha hecho algo “malo” y, por ello, debe pagar un precio, debe cumplir una penitencia. Es el mismo esquema de la confesión sacramental: admites que eres una mala persona por lo que hiciste (confesión), reconoces tu falta y, finalmente, se te impone una reparación (penitencia). Cuando te odias lo suficiente, se te concede el perdón. Pero esto puede convertirse en un círculo vicioso: se odian y no se perdonan, no se perdonan porque se odian.
El luto. – En lugar del violento mecanismo de la disculpa y de la culpa, la CNV propone el luto, no violento. En un ejercicio de introspección, la persona se pregunta: ¿qué necesidad no satisfecha había en ese comportamiento?
Cuando descubrimos la necesidad que estaba en juego, dejamos de sentir culpa y vergüenza, y experimentamos un sufrimiento distinto: un sufrimiento natural, no moral; un dolor que no nos deja atrapados en la herida, sino que nos abre a la esperanza, porque conduce al aprendizaje, a la sanación, y no al odio hacia uno mismo, ni a la culpa, ni a la auto-humillación, ni al pozo de la depresión.
De esta forma, aprendemos de nuestros errores sin perder la autoestima ni el respeto por nosotros mismos. Como dice Rosenberg, culparnos o culpar a los demás es siempre una trágica expresión de una necesidad no satisfecha.
Aprecio en vez de elogios
«Guardaos de hacer vuestras buenas obras delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.» (Mateo 6, 1)
“Has hecho un buen trabajo”, “eres una persona encantadora”, “eres muy inteligente”. – Los elogios, aunque sean positivos, no dejan de ser juicios de valor; implican evaluación. Para Rosenberg, tan alienantes son los juicios negativos como los positivos, pues en realidad no nos dicen nada ni de quien los da ni de quien los recibe.
No aprendemos nada auténtico sobre nosotros ni sobre los demás con un lenguaje estático que pretende definir a la persona entera por una sola acción. En cambio, aprendemos algo verdadero cuando alguien nos dice no lo que somos, sino cómo una acción nuestra impactó positivamente en su vida, satisfaciendo alguna de sus necesidades.
Es cierto que actuamos movidos por el puro placer de contribuir y no para recibir agradecimientos; pero también necesitamos ese reconocimiento para confirmar que nuestra acción hizo la vida más plena, la nuestra y la de los demás.
Es trágico trabajar tanto para “comprar” amor y elogios, negarnos a nosotros mismos, renunciar a lo que nos gusta para agradar a los demás. Tarde o temprano, quienes pretendemos agradar perciben que no somos auténticos y, paradójicamente, ese comportamiento acaba volviéndose contra nosotros.
Cuando hacemos lo que hacemos incondicionalmente, con el único fin de enriquecer la vida, entonces recibimos el verdadero aprecio de los demás. Y como no lo hicimos para obtenerlo, ese reconocimiento se convierte en una auténtica celebración de la vida.
En CNV no se formulan juicios de valor genéricos sobre la persona ni se utiliza el verbo “ser” en este sentido. La gratitud se expresa siempre en referencia al acto que ayudó a enriquecer la vida. Para ello se usan los cuatro componentes: se describe lo que la otra persona hizo, se expresa lo que sentimos al recibirlo, se nombra la necesidad o el valor que fue satisfecho y, finalmente, se celebra la gratitud no para manipular, sino para reconocer y festejar la vida.
El aprecio, en este caso, no es más que la confirmación de que nuestros esfuerzos tuvieron el efecto deseado: la constatación de que nuestro empeño mereció la pena porque enriqueció la vida. Y eso nos alegra y nos hace celebrar de un modo que la simple aprobación externa nunca podría proporcionar.
Conclusión - De forma ingeniosa, el sistema de dominio buscó limitar la violencia entre las personas introduciéndola dentro de la propia conciencia moral de cada uno. En nuestro interior, el “superyó” freudiano funciona como el verdadero “Caballo de Troya” del sistema de dominio: la coacción ya no viene de fuera, sino que la ejerce cada persona sobre sí misma.
P. Jorge Amaro, IMC




