La penitencia y la oración constituyen el núcleo de la espiritualidad y del mensaje de Fátima. El objetivo principal de la penitencia y de la oración que María pide a los pastorcitos no es el perfeccionamiento personal. Nuestra Señora no exhorta a los tres niños a hacer sacrificios y a rezar para alcanzar su propia santidad.
Por eso, la espiritualidad de Fátima no es egocéntrica, es decir, no consiste en un conjunto de prácticas espirituales cuyo fin sea el beneficio o la perfección del que las realiza. No es, por tanto, comparable a la ascética de los monjes, cuya finalidad es la santificación personal, la experiencia mística o la visión beatífica.
Muy al contrario, tanto la penitencia como la oración que María pide a los pastorcitos tienen un fin muy concreto y específico: la conversión de los “pobres pecadores” y la reparación de los Corazones heridos de Jesús y de María. Es, por tanto, una espiritualidad altruista.
Es cierto que, mediante estas prácticas, los pastorcitos se santificaron; pero no las llevaron a cabo para santificarse, sino para contribuir al bien espiritual de los demás. No se ofrecieron para salvarse a sí mismos, sino para salvar a otros. En este sentido, tanto su oración como su penitencia eran una participación activa en la misión universal de la salvación.
Incluso cuando decidieron no volver a pecar, la razón principal de esa resolución no fue llegar a ser santos, sino no ofender más a Nuestro Señor. También en esto, el objetivo es altruista: no pecaban por amor a Dios. Nunca hicieron nada con la intención directa de alcanzar la santidad.
La oración de intercesión
“Abrahán se acercó y dijo: ‘¿Vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad; ¿los vas a destruir también? ¿No perdonarás a la ciudad por esos cincuenta justos?’ (…) ‘Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a toda la ciudad por ellos’”. Génesis 18, 23-33
“Mientras Moisés mantenía las manos en alto, vencía Israel; pero cuando las bajaba, vencía Amalec”.
Éxodo 17, 11
Los dos grandes patriarcas de nuestra fe, Abrahán y Moisés, experimentaron el valor y la eficacia de la oración de intercesión a Dios en favor del pueblo. Más tarde, esta misión de interceder por el bien del pueblo recaerá en los sacerdotes, descendientes de Aarón.
Durante la Edad Media, la sociedad cristiana estaba estructurada en estamentos, y cada uno tenía una función específica: los nobles defendían al clero y al pueblo, el clero intercedía ante Dios por todos, y el pueblo sostenía materialmente a los otros dos.
Hoy, sin embargo, la oración ya no es tarea exclusiva de una clase o grupo. Todos estamos llamados a rezar. La oración no es sólo un medio para expresar nuestro amor a Dios. De hecho, la oración expresa tanto el amor a Dios como el amor al prójimo, cuando rezamos por él. La oración puede ser nuestra respuesta a la pregunta de Dios: ¿Dónde está tu hermano? (cf. Génesis 4,9). A diferencia de Caín, debemos sentirnos guardianes de nuestro hermano, preocuparnos por él, desear su bien, actuar en su favor no sólo con obras, sino también en la oración, intercediendo por él ante Aquel que puede hacer mucho más que nosotros, especialmente donde nuestras fuerzas no alcanzan.
El Padrenuestro y el Avemaría, como la mayoría de las oraciones cristianas, nunca excluyen a los demás. Aunque las recemos en la intimidad de nuestra habitación y en lo más profundo de nuestro corazón, los otros están siempre presentes. Nos dirigimos a Dios en plural, como comunidad, y lo que pedimos nunca es sólo para nosotros, sino también para toda la Iglesia.
El capítulo 17 del Evangelio según San Juan nos presenta la llamada oración sacerdotal de Jesús: la más extensa de toda la Biblia. En la segunda y tercera parte de esta oración, Jesús pide por sus discípulos y por todos los creyentes. Un punto central de esta plegaria es la unidad de todos, base esencial de la oración de intercesión, pues todos somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
La comunión de los santos es una de las creencias más queridas del catolicismo. Consiste en la solidaridad que se establece entre todos los bautizados, estén aún en este mundo o ya en la eternidad, sea en el purgatorio o en la gloria de Dios. Es con base en esta comunión que el pueblo cristiano —y en especial el portugués— muestra una particular devoción al ofrecer oraciones y Misas por las almas más olvidadas del purgatorio: aquellas por las que nadie reza.
La providencia de la oración
Un día, había decidido no ir a cortarme el pelo. Sin embargo, comencé a oír insistentemente una voz interior que me impulsaba a ir. Me resistí, pero la voz se hizo cada vez más persistente, hasta volverse una obsesión. Finalmente accedí y fui. Al entrar, el barbero me sorprendió diciendo:
“¡Estaba ahora mismo rezando para que viniera hoy!”
“La oración es el complemento más eficaz después de la medicina tradicional, superando la acupuntura, las hierbas, las vitaminas y otros remedios alternativos.” — The Washington Post, 24 de marzo de 2006
Es difícil medir con precisión la eficacia de la oración. En las apariciones de Fátima, son muchas las intenciones que Lucía presenta a la Virgen, y Ella responde que algunas son atendidas y otras no. Pero ante esta realidad, sólo hay una certeza: es más probable que nuestras peticiones sean escuchadas si las formulamos que si no lo hacemos.
Sin embargo, tanto si se cumplen como si no, se cumple siempre la voluntad de Dios —una voluntad que hemos de aceptar incondicionalmente, porque Dios, como Padre, sabe mejor que nosotros lo que verdaderamente necesitamos. “Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen” — Mateo 5, 44
Incluso el enemigo deja de serlo cuando tenemos el valor de rezar por él, como el Evangelio nos manda. Es algo misterioso que todos podemos experimentar: en el momento en que conseguimos rezar por quien nos hace daño, desaparece el odio de nuestro corazón.
Francisco y Jacinta, reparadores de la humanidad
En el verano de 1916, mientras los tres niños jugaban en el huerto junto al Pozo del Arneiro, se les aparece el Ángel y les dice: "¿Qué hacéis? ¡Orad! ¡Orad mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros planes de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios."
Con el paso del tiempo, la Hermana Lucía interpreta estas palabras no como una reprimenda por estar jugando, sino como un llamado a algo supremamente importante: la oración. Este llamado sigue resonando en nuestros corazones, pues como cristianos a menudo nos perdemos en mil ocupaciones, como Marta en el Evangelio, y no elegimos lo más importante: detenernos, sentarnos a los pies de Jesús como María, y dirigirnos a Él, que es todo en todos.
Los pastorcitos respondieron fielmente al llamado del Ángel, y un año después también a las exhortaciones de la Virgen, rezando y ofreciendo sacrificios por la conversión de los pecadores. Asumieron esa tarea como una verdadera misión, encarnándola según sus características personales:
Jacinta, emotiva y sensible, sin descuidar la oración —especialmente la eucarística, al "Jesús escondido"— se inclinaba más por los sacrificios, movida por una profunda compasión por los pecadores. Quería salvar a cuantos pudiera.
Francisco, de naturaleza más contemplativa, sin dejar de ofrecer sacrificios como su hermana, se dedicaba más intensamente a la oración. Le conmovía la tristeza de Jesús y pasaba horas a solas con Él para consolarle.
Oración y sacrificio forman un binomio inseparable, como la teoría y la práctica. Rezar sin sacrificarse equivale al personaje del Evangelio que dice “Señor, Señor” pero no pone en práctica la Palabra (cf. Mateo 7, 21).
Por otro lado, el sacrificio sin oración no sería cristiano. Por eso, la Virgen enseñó a los niños una oración que debía acompañar cada sacrificio:
“Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.”
Usando una analogía: el sacrificio es el contenido de una carta, la oración es el sobre con la dirección escrita. Es ella quien dirige nuestra ofrenda a Dios, en intercesión por los pecadores.
Francisco, el consolador del Señor
Un día Lucía le preguntó:
– Francisco, ¿por qué no me pides que rece contigo y con Jacinta?
– Me gusta más rezar solo, para pensar y consolar a Nuestro Señor, que está tan triste.
Otro día, le preguntó:
– Francisco, ¿qué prefieres: consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores, para que no vayan al infierno?
– Preferiría consolar a Nuestro Señor. ¿No viste cómo Nuestra Señora se puso tan triste, incluso en la última aparición, cuando dijo que no se ofendiera más a Dios? ¡Está ya muy ofendido! Yo quiero consolarle, y luego convertir a los pecadores para que no le ofendan más.
Francisco reconoce la trascendencia de Dios y se alegra con Su presencia. Confiesa: “Lo que más me gustó fue ver a Nuestro Señor, en aquella luz que Nuestra Señora nos puso en el pecho. ¡Me gusta tanto Dios!” Siente que arde en esa luz que es Dios, y exclama: “¡Cómo es Dios! ¡No se puede explicar!”
Es esta unión con Dios la que le hace comprender el dolor que causan las ofensas humanas. Y brota de su alma esta respuesta enternecedora: “¡Si yo pudiera consolarle!” (cf. Conferencia Episcopal Portuguesa, 2017)
Es quizá la parte más contemplativa del mensaje de Fátima. Francisco era verdaderamente un contemplativo. Se apartaba de los otros niños y pasaba las mañanas enteras ante el Santísimo en la iglesia de Fátima, mientras Jacinta y Lucía iban a la escuela. No lo hacía para sentirse bien en la presencia de Dios, sino para consolar al Jesús entristecido por los pecados del mundo.
Devoción al Inmaculado Corazón de María
“A Jacinta y a Francisco me los llevo en breve. Pero tú te quedas un poco más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.” [A quienes la abracen, prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas, como flores puestas por Mí para adornar su trono.]
El mundo moderno, frío y tecnológico, es poco dado a los símbolos. Pero para comprender mejor lo que significan el Corazón de Jesús y el Corazón de María, nos puede ayudar adentrarnos en el mundo de la poesía. Todos conocemos la expresión “hablar con el corazón en la mano”, que denota angustia, aflicción, desvelo… Así se presentan el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María: afligidos por el estado del mundo.
En sentido bíblico —y también en Fátima— el “corazón” no es sólo el órgano que impulsa la sangre, sino símbolo del centro íntimo del ser humano, donde se funden los pensamientos, afectos y decisiones.
El Sagrado Corazón de Jesús, representado con el corazón en el pecho o en la mano, manifiesta gráficamente cuánto nos amó y sufrió por nosotros, hasta dar su vida. Esta devoción inspiró a la Iglesia desde las apariciones a Santa Margarita María en 1675. Y no está exenta de sentido bíblico, si recordamos que un soldado atravesó el costado de Cristo y nos mostró su corazón.
El Inmaculado Corazón de María, representado igualmente con el corazón visible, expresa el amor, la entrega y el dolor vivido por su Hijo, desde la Anunciación hasta la Cruz. En el Calvario, Jesús nos la entrega como Madre, iniciando así su pasión espiritual por nosotros.
La Virgen comunica a los niños que su Hijo desea establecer en el mundo esta devoción. Por eso Lucía permanece en vida más tiempo: para hacerla conocer y amar.
Esta imagen también tiene fundamento bíblico: el anciano Simeón profetiza a María que una espada le atravesará el alma (cf. Lucas 2,35).
“Amor con amor se paga”. La devoción al Corazón de Jesús y al Corazón de María no se justifica porque Dios la necesite, sino porque nosotros la necesitamos. Sólo cuando nos abrimos a su amor, ese amor da fruto en nosotros. Y no es posible abrirse al amor de Dios sin corresponderle. Por eso, el proverbio cobra sentido: “Dios necesita nuestro amor para poder amarnos”. “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14,23)
El Inmaculado Corazón de María es medianero de todas las gracias. Fue en ese Corazón, inmaculado desde la concepción, que Dios encontró el “sí” para realizar la encarnación de su Hijo. Si es medianera de la gracia primera —Cristo—, también lo es de todas las demás. Por eso Jacinta, ferviente devota del Inmaculado Corazón, exhorta a su prima Lucía:
“Tú te quedas para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando llegue el momento, no te escondas. Díselo a todos: que Dios nos concede las gracias por medio del Corazón Inmaculado de María; que se las pidan a Ella; que el Corazón de Jesús quiere que, a su lado, se venere el Corazón Inmaculado de María; que pidan la paz a este Corazón, porque Dios se la ha confiado. ¡Si yo pudiera meter en el corazón de todo el fuego que tengo dentro, que me abrasa y me hace amar tanto al Corazón de Jesús y de María…!”
Conclusión - “La oración es el complemento más eficaz después de la medicina tradicional, superando la acupuntura, las hierbas, las vitaminas y otros remedios alternativos.” — The Washington Post, 24 de marzo de 2006
P. Jorge Amaro, IMC






