martes, 5 de mayo de 2026

CNV - Observar sin Juzgar

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No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. (Lucas 6, 37)

Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. (Mateo18, 3)

El símbolo de la justicia, así como su significado, es universalmente conocido: una dama con los ojos vendados, que representa la neutralidad y la imparcialidad; con una balanza en la mano, para sopesar y valorar equitativamente los actos imputables; y con una espada, que denota el poder de ejecutar una sentencia.

Sin embargo, si contemplamos esta misma figura con los ojos limpios de un niño, que desconoce su carga simbólica y cultural, puede reflejar algo muy distinto: la manera en que solemos comportarnos. Evaluamos y sentenciamos a los demás, guiados por prejuicios, porque tenemos los ojos vendados a la realidad observable.

Las observaciones son aquello que podemos ver y oír, los estímulos que despiertan nuestras reacciones. El objetivo es describir de forma objetiva, concreta y neutra el motivo de nuestra reacción, tanto como lo haría una cámara de vídeo que registrara el momento. Esto ayuda a crear una realidad compartida con la otra persona. La observación constituye el contexto de la expresión de nuestros sentimientos y necesidades, y en ocasiones ni siquiera es necesaria si ambas partes ya están claras sobre el contexto.

La clave de una buena observación es separar nuestros juicios, evaluaciones o interpretaciones de la descripción de lo ocurrido. Por ejemplo, si decimos a alguien: «eres antipático», es probable que lo niegue; pero si decimos: «hoy no me saludaste al entrar en la sala», la persona podrá reconocer más fácilmente el hecho descrito.

Cuando somos capaces de describir lo que vemos o escuchamos en lenguaje de observación, sin mezclar ninguna valoración, aumentamos la probabilidad de que la otra persona, aunque no responda de inmediato, esté más dispuesta a escuchar nuestros sentimientos y necesidades. Por el contrario, si expresamos una crítica o una valoración, el diálogo se enturbia desde el primer momento.

La comunicación no violenta nos ayuda precisamente a distinguir la observación de la evaluación, a depurar nuestras descripciones de todo juicio moralista y de toda calificación, ya sea negativa o positiva. La comunicación no violenta se fundamenta en una observación libre de prejuicios, interpretaciones y valoraciones, así como en la capacidad de ofrecer a la otra persona un feedback basado en esa observación.

Un buen feedback debería ser como un espejo: reflejar fielmente lo que ha ocurrido, sin interpretar, analizar ni añadir nada. Cuando, aunque sea de manera velada o disimulada, dejamos que nuestras observaciones incluyan una apreciación, una interpretación o una crítica, la otra persona se pondrá inmediatamente a la defensiva y la comunicación se resentirá, quedando envenenada y destinada al fracaso.

Nuestra excesiva rapidez en emitir juicios nos hace perder datos observables. En este sentido, resulta iluminador lo que dice Jesús acerca de hacernos como niños: recuperar cualidades que perdimos al crecer. Una de ellas es conservar la mirada pura de la infancia, una visión no subjetiva de las cosas, no contaminada por la carga cultural o por prejuicios.

A diferencia de los niños, los adultos se llenan a menudo de prejuicios y opiniones sobre todo y sobre todos; parecen llevar las anteojeras que se colocan a los caballos, reduciendo así su campo de visión para mirar solo hacia delante. Desarrollan «cataratas» en los ojos y «cera» en los oídos: solo ven y oyen lo que quieren y como quieren. De esta manera, percepción, interpretación y valoración se confunden en una sola cosa.

Observación según la CNV
Para Marshall Rosenberg, una observación es la descripción de lo que está sucediendo en el mismo instante en que observamos y relatamos nuestra observación. Se trata de un informe elaborado a partir de nuestros cinco sentidos exteriores —la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato— junto con nuestro pensamiento y visión interior, desprovista de valoraciones y prejuicios.

Una observación no violenta consiste, por tanto, en relatar los hechos tal y como son percibidos por nuestra experiencia sensorial en un contexto determinado de tiempo y lugar, libres de cualquier tipo de análisis o evaluación.

Observar sin evaluar no es fácil, especialmente cuando lo que observamos nos desagrada, cuando despierta nuestra ira o incluso nuestro aprecio. Tendemos a implicarnos personalmente en lo observado y, con frecuencia, caemos en juicios precipitados de los que después nos arrepentimos, sin poder ya remediarlos si los hemos expresado en voz alta. Como dice el refrán popular: «Palabra dicha, piedra lanzada».

Debido a nuestra educación y a la cultura de la violencia en la que estamos inmersos, es casi inevitable que surjan interpretaciones y valoraciones acerca de todo lo que percibimos. Cuando esto sucede, y para evitar conflictos, la CNV recomienda que guardemos esas evaluaciones para nosotros, como si fueran un mal pensamiento. Y en caso de formularlas en voz alta, hemos de asumir la plena responsabilidad de ellas.

«La forma más elevada de inteligencia humana es la capacidad de observar sin juzgar».
— Jiddu Krishnamurti

Observar sin evaluar significa dar el beneficio de la duda, es decir, desconfiar de nuestra propia interpretación y de las conclusiones casi automáticas de nuestra mente, para mantenernos en el terreno de la observación pura. Juzgar y evaluar equivale a encasillar, a congelar una realidad viva en una fotografía fija. Como recordaba Heráclito, el filósofo griego del devenir, la realidad no es estática, sino dinámica.

Nuestra mente tiende a funcionar según la filosofía mecanicista de la física de Newton, que concebía la naturaleza como un engranaje de precisión, semejante a un reloj exacto. Por pereza mental, preferimos un mundo donde todo funcione con leyes claras y previsibles, donde las excepciones son vistas como anomalías y, por tanto, despreciadas. Un mundo estable, uniforme y perfectamente controlable.

Pero ese pudo ser el mundo de Newton, no el nuestro. El nuestro está mejor descrito por la física cuántica y por el principio de incertidumbre de Heisenberg, donde el azar y la variabilidad forman parte esencial de la realidad. Las variables son tantas como las leyes, y aunque ello nos lleve a la confusión, refleja mejor la naturaleza de nuestro mundo.

Si queremos vivir en sintonía con este mundo dinámico y en constante transformación, debemos cambiar nuestra cosmovisión y nuestro lenguaje. Estos no pueden ser estáticos ni absolutos, sino relativos y dinámicos. La CNV desplaza la atención de lo que «somos» —nuestra identidad, personalidad, apellido— a lo que estamos experimentando en el momento presente: cómo nos sentimos y qué nos ocurre. El lenguaje estático está anclado en el pasado; la CNV es dinámica y se centra en el presente.

Aprender a traducir juicios e interpretaciones en lenguaje de observación nos aparta del esquema de «bien/mal» y nos ayuda a asumir la responsabilidad de nuestras reacciones, dirigiendo la atención a nuestras necesidades como fuente de nuestros sentimientos, en lugar de proyectar esa responsabilidad sobre otras personas.

El ejemplo clásico de Rosenberg
Rosenberg cuenta que un día fue llamado a una escuela donde los profesores estaban constantemente en conflicto con el director. En una reunión, les preguntó:

«¿Qué hace el director que entra en conflicto con vuestras necesidades?»

Lo que pedía era una observación concreta de los comportamientos del director, pero las respuestas fueron solo valoraciones:
«Es un charlatán».
«El director habla demasiado».

Al mostrarles que esas frases eran evaluaciones y no observaciones, otro profesor intervino:
«Cree que solo él tiene buenas ideas».
Finalmente, otro dijo:
«En las reuniones quiere ser siempre el centro de atención».

Sin embargo, nadie lograba identificar un comportamiento concreto, objetivo y libre de valoración. En un encuentro posterior, Rosenberg descubrió lo que realmente irritaba a los docentes: el director solía aprovechar cualquier tema de discusión para contar largas historias de su infancia y juventud, lo que desviaba las reuniones del tema principal y alargaba excesivamente su duración.

Este caso ilustra bien nuestra dificultad para describir lo que observamos sin contaminarlo con juicios. A veces, como sucedía con estos profesores, la evaluación invade tanto nuestra mente que llegamos incluso a olvidar el hecho original que la provocó.

Evaluar sin asumir responsabilidad
En el libro de Rosenberg encontramos ejemplos en los que la observación lleva implícita una evaluación, lo que demuestra lo difícil que resulta separarlas en la vida cotidiana.
«Eres demasiado generoso».
Aquí se presenta una supuesta observación, pero en realidad es una valoración. Quien la pronuncia se erige en medida universal de lo que es ser «menos», «más» o «demasiado» generoso, y formula una afirmación categórica, aparentemente objetiva, sin responsabilizarse de ella.

La traducción a lenguaje de observación sería algo así:
«Al ver que entregaste todos los bombones sin quedarte con ninguno, pienso que fuiste demasiado generoso».

De esta manera, se hace referencia a un hecho concreto, evitando interpretaciones apresuradas. Pero si queremos interpretar, hemos de asumir la responsabilidad:
«Yo creo que eso es ser demasiado generoso» o «para mí eso es ser demasiado generoso».
Así, dejamos la realidad abierta a otras interpretaciones posibles.

Uso y abuso de los verbos que evalúan
«Juan siempre está posponiendo». – Esta observación contiene una generalización. Aunque hayamos sorprendido a Juan aplazando algo en más de una ocasión, eso no significa que lo haga siempre. Es el mismo caso de quien una vez mató a un perro y desde entonces pasa a ser conocido como «mata-perros». Las generalizaciones son siempre injustas, del mismo modo que lo es etiquetar a una persona, incluso cuando esta repite un comportamiento con frecuencia.

El verbo más nocivo de todos dentro del marco de la comunicación no violenta es el verbo «ser», porque bautiza a las personas y las encadena a una etiqueta que les impide crecer y progresar. El abuso de este verbo en la educación de los niños los condena a convertirse en lo que los demás quieren que sean. El verbo «ser» ata a las personas a identidades estáticas. Cada vez que etiquetamos a alguien, lo encerramos en una camisa de fuerza, lo condenamos a cadena perpetua y no le permitimos salir de ella.

Somos un ser en construcción, en crecimiento continuo, en un devenir constante, en permanente evolución. El verbo «ser» no nos define, porque no somos piedras, no somos seres estáticos: somos seres vivos. El verbo «ser» solo sirve para definir cosas muertas y, cuando pretende definir lo que está vivo, lo mata.

«Juan solo estudió para el examen de Física la noche anterior». – El antídoto contra la generalización y la etiqueta es referirnos a un caso concreto. De esta forma, observamos o relatamos algo que realmente sucedió y permanecemos fieles a la realidad, dejando que sea Juan quien saque sus propias conclusiones sobre la frecuencia o recurrencia de su conducta.

«Mónica es fea». – Esta frase supone que poseemos un patrón universal de belleza y que, en el caso de Mónica, nos erigimos en portavoces de siete mil millones de personas.

«El aspecto de Mónica no me atrae». – Así me responsabilizo de mi apreciación, que es únicamente mía y no extensible a nadie más. Ya decían los romanos: «de gustibus non est disputandum», y en nuestro refranero popular encontramos la versión: «quien feo ama, hermoso le parece».

Profetas de desgracias
«Su trabajo no va a ser aceptado». – Con frecuencia, en nuestras afirmaciones adoptamos la pretensión de ser profetas, y casi siempre profetas de desgracias. Con cierta malicia y un sutil placer en el mal ajeno, hacemos pronósticos negativos acerca de los pensamientos, ideas, intenciones, deseos o acciones de los demás. Pero esta no es una observación, sino una valoración a priori, cuyo objetivo puede ser humillar a la persona, disuadirla de sus propósitos o incluso influir en ella para que fracase.

«Yo no creo que su trabajo sea aceptado». – Esta sería la traducción en clave de CNV: quien evalúa se responsabiliza de su propia valoración. Así se resta peso y autoridad a lo que se dice.

«Si no haces comidas equilibradas, perderás la salud». – Esta es una afirmación que ni siquiera un médico debería hacer, pues confunde predicción con certeza. La medicina no es una ciencia exacta como las matemáticas: son muchos los factores que influyen en la salud y en la enfermedad. Por lo tanto, aunque esta afirmación pueda contener algo de verdad, no refleja toda la realidad.

«Si tus comidas no son equilibradas, temo que tu salud pueda verse afectada». – Esta formulación se ajusta más a la verdad, ya que la dieta es solo uno de los muchos factores que condicionan tanto la salud como la enfermedad.

Generalizaciones
«Los extranjeros son descuidados». – Este es un ejemplo típico de generalización, quizá el error más común en nuestra vida diaria. Palabras como «siempre», «nunca», «casi siempre» suelen ir acompañadas de generalizaciones. Una generalización es la universalización de nuestra experiencia. Si somos lo suficientemente humildes, reconoceremos que nuestra experiencia es muy limitada en el tiempo y en el espacio, y que, por tanto, no puede ni debe universalizarse.

La base del racismo y de la discriminación está precisamente en esta universalización y generalización de nuestras experiencias cuando hacemos afirmaciones sobre grupos de personas: los hombres… las mujeres… los negros… los gitanos… los ingleses…

«La familia de extranjeros que vive en el número 24 no cuida su jardín». – El antídoto contra la generalización es ser específico en tiempo y lugar, limitando nuestra afirmación a un contexto y a un comportamiento concreto; al fin y al cabo, «contra los hechos no hay argumentos».

«Óscar es un mal jugador». – Es una generalización muy común en los ambientes futbolísticos y en las discusiones acaloradas entre aficionados. Expresa frustración, pero no tiene nada que ver con la verdad.

«Óscar no marcó goles en los últimos cinco partidos». – Traducida a una afirmación aceptable según los cánones de la CNV, se convierte en una referencia a hechos concretos, sin caer en conclusiones precipitadas. El mismo jugador, si marca un gol decisivo en un campeonato, sería inmediatamente valorado de forma muy diferente.

Ejemplos de observaciones con o sin evaluaciones
  • «Juan estaba enfadado conmigo ayer sin ninguna razón». – Evaluación
  • «Anoche, Nancy se mordía las uñas mientras veía la televisión». – Observación
  • «Sam no pidió mi opinión durante la reunión». – Observación
  • «Mi padre es un buen hombre». – Evaluación
  • «Clara trabaja mucho». – Evaluación
  • «Enrique es agresivo». – Evaluación
  • «Carlos fue el primero todos los días de esta semana». – Observación
  • «Mi hijo, muchas veces, no se cepilla los dientes». – Evaluación
  • «Lucas me dijo que no me sienta bien el amarillo». – Observación
  • «Mi tía protesta cuando hablo con ella». – Evaluación
Los puros de corazón verán a Dios
«Si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo lejos de ti: más te vale entrar con un solo ojo en la Vida que, teniendo los dos, ser arrojado a la Gehena del fuego». (Mateo 18, 9)

«La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti son tinieblas, ¡qué grandes tinieblas serán!». (Mateo 6, 22-23)

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». (Mateo 5, 8)

Como sugiere Jesús, nuestros ojos están enfermos y, por tanto, se convierten en ocasión de caída. No vemos objetivamente, sino que vemos lo que queremos ver; no observamos sin interpretar, de modo que nuestros ojos dejan de ser ventanas al mundo y lámparas que iluminan las cosas tal cual son. Necesitamos purificar nuestro corazón y nuestra mente: solo así veremos a Dios, veremos la realidad en su verdad y, de este modo, contribuiremos a la armonía en las relaciones humanas y a la paz en el mundo.

Evaluación o juicios de valor en CNV
¿Cómo es posible vivir sin evaluar el comportamiento de los demás y el propio? ¿Acaso en la CNV no hay ningún tipo de evaluación? Sí la hay, pero en la CNV nos abstenemos de evaluaciones moralistas, expresadas en un lenguaje estático, que forman parte del juego de quién tiene razón / quién no la tiene, quién es bueno / quién es malo, quién merece ser premiado / quién merece ser castigado.

La evaluación en CNV se centra en lo observable, en el presente, en el aquí y el ahora. Se refiere a actos concretos y no a actitudes genéricas. Es una evaluación dinámica, enfocada en lo que ocurre en nosotros y en los demás en el campo de los sentimientos y necesidades. En la CNV, tanto nuestro comportamiento observable –lo que decimos o hacemos en un momento dado– como el de los demás se evalúa en la medida en que responde o no a nuestras necesidades, en la medida en que nos hace sentir bien o no.

La comunicación violenta, en cambio, se apoya en evaluaciones estáticas y moralistas que, cuando se pronuncian, colocan a las personas a la defensiva porque las clasifican en dos categorías: los buenos, que merecen ser elogiados y recompensados, y los malos, que merecen ser reprendidos y castigados. En la CNV, la evaluación se basa en lo que está ocurriendo en el presente y en si ello responde o no a las necesidades y valores de quienes participan en la interacción.

Conclusión - Una observación no violenta consiste, por tanto, en el relato de los hechos tal como son percibidos por nuestra experiencia sensorial, en un contexto concreto de tiempo y lugar, libre de cualquier tipo de análisis y valoración.

P. Jorge Amaro, IMC


viernes, 1 de mayo de 2026

Ave María

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El Ave María es, sin duda, la oración más popular y más repetida por los católicos. Solo en el Rosario —tan querido por sabios y sencillos— se recita cincuenta veces, pero también se repite en innumerables otras situaciones y circunstancias.

Al igual que la oración del Padre Nuestro, el Ave María se divide en dos partes; sin embargo, a diferencia de aquella, no es enteramente bíblica. En un movimiento ascendente, la primera parte —extraída directamente de la Sagrada Escritura— se compone de cinco peldaños que se elevan hasta Jesús. En un movimiento descendente, la segunda parte, nacida de la Tradición, también está formada por cinco peldaños que nos conducen hasta nuestra realidad humana, culminando en la hora de la muerte.

Esta oración no puede ser plenamente comprendida por los defensores del principio protestante “sola fide, sola scriptura, solus Christus”, pues en ella se unen, de forma armoniosa, la Escritura —Palabra de Dios, presente en la primera parte— con la Tradición de la Iglesia, es decir, la fe viva de la comunidad cristiana a lo largo de los siglos, expresada en la segunda parte. Jesús, Alfa y Omega, centro de la historia de la salvación, es el nexo que une ambas partes.

El Ave María es, por tanto, un compendio de la historia de la salvación: en ella se encuentran el Cielo, representado por el ángel Gabriel, y la Tierra, representada por Isabel, prima de María. Une el pasado —la Anunciación y la Visitación— con el presente, cuando pedimos la intercesión de María “ahora”, y con el futuro, al invocarla para “la hora de nuestra muerte”.

“Ave” – Significa “alégrate”; resuena en ella el anuncio profético: Alégrate, hija de Sión, el Señor está en medio de ti. Así saluda el ángel Gabriel a María. Pocos versículos antes, se presenta a Zacarías con estas palabras: Yo soy Gabriel, que estoy en presencia de Dios (Lucas 1,19).

María, siendo humana, y estando los humanos alejados de Dios a causa del pecado, es aquí ensalzada por el propio arcángel, que reconoce en ella una dignidad superior a la suya. Esta salutación insinúa ya el dogma de la Inmaculada Concepción: María fue concebida sin pecado, preservada desde el primer instante por una gracia singular de Dios.

“María” – El nombre “María” puede interpretarse como “iluminada” e “iluminadora”. Iluminada interiormente por Cristo, el Sol naciente, es como la luna, que refleja la luz del sol. Así, María no brilla por sí misma, sino por referencia a Cristo. Es el espejo más puro de la luz divina, el dedo que siempre señala al Señor.

“Llena de gracia” – La gracia es la presencia viva de Dios. El ángel reconoce que María está plena de esa presencia. Llena de gracia porque fue concebida sin pecado original; llena de gracia porque, al acoger a Jesús en su seno, se convirtió en mediadora de la Gracia por excelencia. Por eso, es también mediadora de todas las gracias que Dios concede a quienes le aman.

“El Señor es contigo” – María es la morada del Altísimo. Es el Arca de la Nueva Alianza. Si el arca antigua contenía signos y testimonios de la presencia y de las maravillas de Dios, María contiene al mismo Dios hecho hombre. Es, al mismo tiempo, templo y esposa del Espíritu Santo.

El arca antigua contenía:

El maná, que alimentaba temporalmente al pueblo —pero María contiene a Cristo, el nuevo maná, el Pan vivo bajado del Cielo, que sacia para la vida eterna;
Las tablas de la Ley —pero María contiene a Cristo, la Nueva Ley, la Ley del Amor, que no solo prohíbe el mal, sino que invita a hacer el bien sin medida;
La vara de Moisés, símbolo de la autoridad sacerdotal —pero María lleva en su seno al Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas.

“Bendita tú eres entre las mujeres” – Terminada la Anunciación, comienza la Visitación. Si en el primer episodio María contempla a Dios y acoge Su Palabra, en el segundo actúa: parte con prontitud a servir a su prima Isabel. Oración y acción se unen. María es ejemplo de quien vive la Palabra escuchada.

Hacemos nuestra esta salutación de Isabel, inspirada por el Espíritu Santo. De Isabel proviene la primera bienaventuranza del Evangelio:
Feliz tú que has creído, porque se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor (Lc 1,45).

María es la culminación de la fe de Abraham, transmitida de generación en generación. No por Jacob, sino por María, Abraham tiene una descendencia más numerosa que las estrellas del cielo y las arenas del mar: él es padre de todos los creyentes, dentro y fuera de Israel.

“Bendito es el fruto de tu vientre”
El trigo que Dios sembró en el seno de María se ha convertido para nosotros en el Pan vivo, que da vida y salvación eterna. (Cántico de Fátima)

María es discípula porque escuchó y practicó la Palabra de Dios. Es Madre porque fue, primero, discípula. Es el terreno fértil por excelencia: en ella, la Palabra dio fruto abundante. Es también la escalera de Jacob —el puente entre el Cielo y la Tierra.

Cada vez que recitamos el Ave María, unimos el Cielo y la Tierra: el ángel Gabriel e Isabel, la Palabra de Dios y la respuesta humana. Por la escalera que es María, desciende Dios a la Tierra, y por ella asciende la humanidad, en Cristo, hasta el Padre.

Jesús – Por paradójico que parezca, el Ave María es una oración profundamente cristocéntrica. Jesús es el centro y el corazón de la oración. Es en Él y por Él que María es alabada. Jesús es el punto de unión entre la parte bíblica y la parte tradicional de la oración.

Así como una piedra lanzada al agua crea círculos concéntricos que se expanden hasta los límites del lago, también Jesús, al venir al mundo, se convierte en el centro de la historia de la humanidad. Su acción sigue expandiéndose hasta que Dios sea todo en todos (1 Corintios 15,28).

Jesús es la piedra angular (Hechos 4,11), el fundamento firme de la Iglesia, Aquel que mantiene todo unido de forma armoniosa y segura.

Conclusión – Las palabras del Ángel, seguidas por las de Isabel, constituyen la parte bíblica del Ave María, que culmina en Jesús, centro y razón de ser de esta oración. Él es el vínculo que une la Escritura con la Tradición de la Iglesia, representada en la segunda parte de la oración.

Así, el Ave María es un eco constante de la historia de la salvación. Cada vez que la rezamos, reavivamos la memoria del misterio de la Encarnación y nos abrimos a la intercesión de Aquella que, con humildad y fe, se convirtió en morada de Dios entre nosotros.

P. Jorge Amaro, IMC

sábado, 25 de abril de 2026

CNV - Los cuatro jinetes de la No-Violencia

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(…) vi que apareció un caballo blanco; el jinete llevaba un arco y se le dio una corona. Después, partió victorioso para seguir venciendo. (…) salió otro caballo, que era rojo; y al jinete se le dio el poder de quitar la paz de la tierra y de hacer que los hombres se matasen unos a otros. (…) En la visión apareció un caballo negro. (…) Luego apareció un caballo amarillento. El jinete se llamaba «Muerte»; y «el Abismo» le seguía detrás… Apocalipsis 6, 1-8

Hambre – peste – guerra – muerte: estos son los cuatro jinetes del Apocalipsis, y todos ellos son a la vez causas y consecuencias entre sí. El hambre provoca la peste, la peste alimenta el hambre, ambas generan guerras, y todo ello desemboca en la muerte. El mundo ya ha conocido a estos jinetes y siempre está en peligro de volver a encontrarse con ellos, hasta el punto de llegar a la autodestrucción.

Marshall Rosenberg propone la comunicación no violenta, o comunicación compasiva, como una alternativa: una alternativa a la matriz de violencia sobre la que se ha construido nuestra manera de vivir, de pensar y de relacionarnos unos con otros.

El hambre, la peste, la guerra y la muerte son los cuatro jinetes de la violencia que conducen al Apocalipsis. La observación, el sentimiento, la necesidad y la petición son, en cambio, los cuatro jinetes que harán obsoleta la violencia y guiarán al mundo hacia un futuro de armonía y paz entre todos los seres humanos.

Observación
Consiste en describir la realidad del modo más objetivo posible, tal como la captan nuestros cinco sentidos: lo que veo, lo que oigo, lo que huelo, lo que pruebo con el gusto, lo que toco, sin juzgar, criticar, valorar ni interpretar.

Por ejemplo, en vez de decir a alguien “eres grosero”, lo cual nos pondría en conflicto con la persona y dificultaría la relación posterior, podemos decir: “cuando llegaste, no te oí dar los buenos días”. Si hubiéramos dicho “cuando llegaste no dijiste buenos días”, también estaríamos juzgando, pues la persona podría haberlo dicho sin que la oyésemos.

Si alguien mató a un perro, nuestra tendencia es llamarle “mata-perros” para el resto de su vida: juzgamos a una persona por un único acto. La crítica, la valoración, el juicio y la interpretación bloquean la comunicación, porque casi siempre son injustos y hacen que la persona se sienta coaccionada, encasillada, aprisionada por la etiqueta que le ponemos. No le permitimos ser ella misma ni evolucionar; no nos relacionamos con la persona, sino con la imagen que nos hemos hecho de ella, una imagen que quizá sirva a nuestro propósito mezquino, pero que no favorece una comunicación auténtica y saludable. Esta es la forma de crear un enemigo, no un amigo.

Nos resulta muy difícil hacer una observación objetiva, desnuda y pura, porque la mayor parte de las veces proyectamos en lo que observamos nuestros intereses, nuestra envidia, nuestro odio o, por el contrario, nuestros elogios sobre el hecho observado. Así ha funcionado el mundo; por eso, hablar de otra manera es verdaderamente una revolución copernicana.

La observación libre de crítica, valoración, juicio o interpretación es dinámica, porque permanece abierta; cuando mezclamos una valoración o interpretación, lo observado —es decir, una persona en acción— pierde dinamismo y queda cerrado, inmóvil, estático, como si se tratara de una fotografía. Por eso la CNV evita el verbo “ser” y utiliza en su lugar verbos de acción.

Sentimiento
Después de observar sin analizar ni declarar lo correcto o incorrecto, lo bueno o lo malo, el siguiente paso es conectar con nuestros sentimientos, evitando el pensamiento, que casi siempre tiende a evaluar, interpretar, criticar y juzgar. Los sentimientos hablan más de nosotros mismos que los pensamientos. Si no logro conectarme conmigo mismo, difícilmente podré conectar con el otro.

Los sentimientos representan nuestra experiencia emocional y las sensaciones físicas asociadas a nuestras necesidades satisfechas o insatisfechas. Como veremos más adelante al hablar de necesidades, los sentimientos están para las necesidades como el humo lo está para el fuego. Cualquier emoción o sentimiento nos habla de una necesidad cubierta o no cubierta.

En esta etapa nuestro objetivo es identificar, nombrar y conectar con nuestros sentimientos. El pensamiento debe, por tanto, ser autorreflexivo, alejado del otro y puesto al servicio de nuestros sentimientos, ayudándonos a interpretarlos e identificarlos.

Tras interpretar lo que sentimos en el corazón, podemos y debemos expresar nuestros sentimientos, evitando la trampa y el autoengaño de responsabilizar a los demás de ellos. La frase “me siento solo” es una expresión genuina del sentimiento interior de soledad. Sin embargo, si digo “siento que no me quieres”, estoy intentando describir e interpretar los sentimientos del otro, acompañado de una acusación implícita.

Debemos expresar nuestros sentimientos asumiendo por completo la responsabilidad de nuestra experiencia. Esto ayuda a los demás a escuchar lo que es importante para nosotros sin sentirse criticados ni acusados, aumentando la probabilidad de que su respuesta sea empática y contribuya a satisfacer así las necesidades de ambas partes.

Necesidad
El tercer elemento de la comunicación no violenta es la necesidad, que está intrínsecamente unida al anterior. Cuando un sentimiento emerge a nuestra conciencia debemos entender que es solo un mensajero enviado por nuestra naturaleza humana para avisarnos de una necesidad que está o no cubierta. Por eso, lo que debemos hacer de inmediato es descubrir cuál es esa necesidad y asumir la responsabilidad de ella.

Una vez más, cuando tomamos conciencia de nuestros sentimientos, nuestra tendencia es no asumir la responsabilidad, acusando a los demás de hacernos sentir de esta o aquella manera. Las acciones de otros pueden haber detonado nuestros sentimientos, pero cometemos un grave error —en términos de CNV— si pensamos que ellos son los causantes de esos sentimientos. La única causa de lo que sentimos es la satisfacción o insatisfacción de nuestras propias necesidades.

Cuando logramos vincular nuestros sentimientos con nuestras necesidades claramente identificadas, damos un paso crucial en la comunicación no violenta: evitamos culpabilizar a los demás o a nosotros mismos. La expresión honesta de nuestras necesidades crea una oportunidad real para que nuestro interlocutor pueda sentir empatía y contribuir a su satisfacción.

Las necesidades son universales; todos los seres humanos compartimos las mismas, pues proceden de algo común a todos, más allá del tiempo y del lugar: la naturaleza humana permanece inmutable a lo largo de los siglos y entre las distintas culturas que habitan este planeta.

En el contexto de la comunicación no violenta, como gusta decir Rosenberg, las necesidades se refieren a lo que hay de más vivo en nosotros, a lo que es más central e importante, a nuestros deseos más profundos.

La comprensión, identificación y conexión con nuestras necesidades nos ayuda a mejorar la relación con nosotros mismos, a promover un mayor entendimiento con los demás y a multiplicar las probabilidades de que las acciones necesarias se lleven a cabo para que las necesidades de todos queden satisfechas.

La comunicación no violenta siempre nos conduce a lo que en inglés se llama una win-win situation, es decir, un resultado beneficioso para todas las partes implicadas: todos ganan, nadie pierde.

Petición
Los seres humanos no somos islas; tenemos una dimensión individual —somos únicos, irrepetibles, indivisibles, libres e independientes—, pero también una dimensión social por la que siempre formamos parte de una familia, de un grupo, de una institución, de un país. Como esta es nuestra naturaleza, el proceso de satisfacción de muchas —si no de todas— nuestras necesidades individuales implica, de un modo u otro, a los demás.

Siendo conscientes de nuestras necesidades, el paso siguiente es pensar en una estrategia o acción que pueda llevar a su satisfacción y asegurarnos de que las personas que podrían estar implicadas están dispuestas a participar en la estrategia que hemos delineado. Como todos los seres humanos, vivimos en un plano de igualdad con los demás y, antes de formular una petición, debemos asegurarnos también de que existe un clima de empatía. Lo afectivo es eficaz; lo no afectivo es ineficaz.

Lo que hacemos son peticiones o solicitudes, no exigencias, órdenes ni requerimientos. Entre ambos conjuntos hay una línea muy fina. Mucho depende de las palabras que elegimos al formular la petición, además del tono de voz utilizado, pues las palabras correctas expresadas con un tono inadecuado pueden sonar al otro como una orden o una exigencia. A menudo solo sabemos si hemos dado una orden o hecho una petición después de la respuesta del otro.

Debemos estar preparados para un “no”. Un “no” a una orden tiene consecuencias punitivas; un “no” a una petición no debería intimidarnos, desequilibrarnos ni desanimarnos, sino ser motivo de un mayor diálogo con la otra persona. Debemos ser capaces de reconocer que un “no” es, en realidad, la expresión de una necesidad que impide al otro decir “sí”.

Para aumentar la probabilidad de que nuestra petición sea aceptada, esta debe ser clara, concreta, realista y realizable, no genérica en lo que respecta al tiempo y a la acción a realizar. Por ejemplo, “me gustaría que siempre fueras puntual” no es viable y puede sonar a exigencia. En cambio: “¿estarías dispuesto a dedicar 15 minutos conmigo para hablar sobre lo que podría ayudarte a llegar a las 9:00 a nuestras reuniones?” es específico y realizable.

Si alguien acepta nuestra petición por miedo, culpa, vergüenza, obligación o deseo de recompensa, la calidad de la relación y la confianza entre las partes queda comprometida. Más tarde o más temprano, ambos pagarán esa aceptación violenta, pues en el fondo crea un acreedor y un deudor. En lenguaje no violento nadie se humilla, nadie se exalta, nadie pierde, nadie gana, nadie pide favores ni hace favores: todo se construye en reciprocidad y dignidad.

El proceso de la comunicación no violenta
Boca – La comunicación no violenta se desarrolla a través de lo que decimos y de cómo lo decimos. En este sentido, debemos expresar de forma honesta y precisa nuestras observaciones, nuestros sentimientos, nuestras necesidades y, basándonos en ellas, nuestras peticiones. La CNV me ayuda a descubrir e interpretar lo que está vivo en mí, lo que me sucede, para comunicarme mejor conmigo mismo en gratuidad, compasión y empatía.

Oído – La CNV no se desarrolla únicamente a través de lo que expreso con mi boca o mi lenguaje corporal, sino también mediante la forma en que escucho las observaciones, deduzco los sentimientos y necesidades del otro, así como sus peticiones. La CNV me ayuda a descubrir e interpretar lo que está vivo en el otro, lo que le sucede, para comunicarme mejor con él en gratuidad, compasión y empatía.

Por tanto, los cuatro elementos de la comunicación no violenta se utilizan tanto en nuestra expresión como en la escucha empática de la expresión de los demás. Expresar con honestidad observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones, y escuchar con empatía las observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones de los otros.

  • Observación – Los hechos o acciones concretas que estamos observando y que potencialmente afectan —o hacen referencia— a nuestro bienestar.
  • Sentimientos – Lo que sentimos en relación con lo que observamos y las emociones que ello despierta en nosotros.
  • Necesidades – La toma de conciencia de los valores, deseos y necesidades que son la verdadera causa de nuestros sentimientos, y no lo que observamos ni la persona observada.
  • Peticiones – Las acciones concretas que solicitamos al otro —o a los otros— con el fin de satisfacer nuestras necesidades y enriquecer la vida de ambas partes.

Articulación de los cuatro componentes
La Comunicación No Violenta (CNV) es un edificio con tres bases y cuatro pilares. Las tres bases son la compasión, la empatía y la gratuidad, que pueden resumirse en el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. En este sentido, podríamos decir que la CNV es una teoría general del amor al prójimo o, mejor aún, una manera de aplicarlo en nuestra vida cotidiana.

Otra metáfora para explicar cómo se integran en la CNV los cuatro pilares con la empatía y la gratuidad es la de un motor en funcionamiento. El combustible explosivo, aquello que lo hace andar, es la gratuidad o la dádiva del corazón. La observación, el sentimiento, la necesidad y la petición son como los cuatro pistones que se mueven sin cesar; para que lo hagan de manera eficaz, necesitan estar siempre lubricados con el aceite de la empatía y de la compasión.

En los motores de combustión interna —ya funcionen con gasóleo, gasolina o gas— el ciclo es de cuatro tiempos: admisión, compresión, explosión y escape. En el primer tiempo, el pistón desciende y permite la entrada de la mezcla de aire y combustible; en el segundo, el pistón asciende y comprime esa mezcla; en el tercero, la mezcla explota, empujando el pistón hacia abajo y generando movimiento; y en el cuarto, el pistón vuelve a subir, expulsando los gases residuales. El ciclo se reinicia continuamente.

Si trasladamos esta analogía al proceso de la CNV, la admisión de combustible corresponde a la observación: la recogida de información del exterior que provoca en nosotros una reacción. La compresión se asemeja a los sentimientos que esa observación suscita o estimula, y que, a su vez, nos empujan hacia abajo, en dirección a las necesidades que son la verdadera causa de esos sentimientos. La explosión, por su parte, corresponde al momento en que el sentimiento comprimido enciende la necesidad que le da origen.

En el motor mecánico, la explosión provoca el movimiento; en el “motor de la CNV”, lo que mueve es la fuerza de las necesidades o de los valores, que son la motivación fundamental del comportamiento, tanto humano como animal. Cuando el sentimiento conecta y enciende la necesidad, se produce la combustión que impulsa el cuarto momento: la salida hacia fuera, que en el motor es el escape y en CNV se traduce en la formulación de una petición.

El ser humano como motor de CNV

El ser humano está compuesto de cabeza, tronco y miembros. Si dejamos de lado los miembros —los brazos y manos para actuar, las piernas y pies para desplazarse— nos queda la esencia: cabeza y tronco. A la cabeza corresponden las funciones de observar y pedir; a la parte superior del tronco, los sentimientos; a la inferior, las necesidades. En la CNV el ser humano se resume en sentimientos y necesidades. Los sentimientos no son más que detectores o termómetros de las necesidades: indican si estas están o no satisfechas.

Para Marshall Rosenberg, lo que verdaderamente nos define no son los pensamientos —creencias, ideas, proyectos, opiniones—, sino los sentimientos y las necesidades. A esto se refiere su expresión repetida: “lo que en nosotros está vivo”, “lo que nos ocurre en este precioso momento”.

La observación, primer componente de la CNV, solo sirve para tomar conciencia de lo que ocurre en mí o en el otro a nivel intelectual. Solo después de conectarme empáticamente conmigo mismo y con el otro estoy en condiciones de formular una petición. La cabeza está para observar y pedir, no para juzgar ni definir ni a nosotros mismos ni a los demás. La fórmula básica de la CNV es sencilla:

“Cuando te veo…” / “Cuando te oigo decir…” (observación de una acción o afirmación),
“Me siento…” (expresión del sentimiento),
“Porque necesito…” (revelación de la necesidad),
“¿Te importaría…?” (formulación de la petición).

Ejemplo práctico
Después de cenar, la esposa dice a su marido:

— Querido, hoy durante todo el día me he sentido un poco sola y desamparada; el único pensamiento que me reconfortó fue recordar aquellas veladas que pasábamos en el sofá, abrazados, viendo una película. Necesito revivir una de esas noches y volver a sentir lo que sentía. ¿Quieres darme ese placer?
Él responde:

— Me encantaría, sí; también recuerdo esas veladas con cariño. Pero hoy es la final entre el Benfica y el Oporto, y ya prometí a mis amigos que iría a ver el partido con ellos. ¿Te importaría dejar la película para mañana?

Si la esposa no empleara la CNV, diría que su marido no la quiere, que da más importancia a un partido que a ella, etc. Pero al usar la CNV, no escucha un “no” a sus necesidades, sino un “sí” a las de su marido, hacia las cuales siente empatía. Porque lo ama y lo ama tanto como a sí misma, la satisfacción de las necesidades de su marido es tan importante como la de las suyas. En este caso, la satisfacción solo se aplaza un día. En cambio, si el marido cediera reprimiendo sus propias necesidades y actuara movido por la culpa u obligación, ambos terminarían pagando un alto precio.

Aquí vuelve a entrar en juego la filosofía del amor al prójimo como a uno mismo. En esta perspectiva, las necesidades del otro son tan propias como las mías, porque amar —como dice Santo Tomás de Aquino— es querer el bien del otro. Por otro lado, no se puede ser feliz solo ni a costa del otro, sino únicamente con el otro. En CNV no hay ganadores ni perdedores: o ganamos todos o perdemos todos.

A modo de Conclusión
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar ya no existía.” (Apocalipsis 21, 1)

Estos son los cuatro jinetes del nuevo orden internacional, de un cielo nuevo y de una tierra nueva: la verdadera Tierra Prometida, el Reino de la Justicia y de la Paz donde la violencia como medio de establecer paz se ha vuelto obsoleta, porque las necesidades de todos están satisfechas. 

En el libro del Apocalipsis, el “mar” representa el mal; por eso, en esa tierra de abundancia y felicidad, el mal ya no existe. Y como los instrumentos de guerra se han transformado en instrumentos de paz (Isaías 2, 4), el lobo pasta junto al cordero; ya no habrá mal ni destrucción (Isaías 65, 25).

Conclusión– Hambre, peste, guerra y muerte son los cuatro jinetes de la violencia que conducen al Apocalipsis. La observación, el sentimiento, la necesidad y la petición son los cuatro jinetes que harán obsoleta la violencia y guiarán al mundo hacia un futuro de armonía y paz entre todos los seres humanos.

P. Jorge Amaro, IMC


lunes, 20 de abril de 2026

CNV - Gratuidad el combustible de la Comunicación No-Violenta

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La compasión es el concepto fundador e inspirador de la Comunicación No Violenta. Cuando Marshall Rosenberg percibió que no estaba obteniendo mucho éxito en la práctica de la psicoterapia individual, se dedicó a estudiar las religiones del mundo en busca del significado y sentido de la vida, y descubrió que todas ellas afirman que debemos vivir con compasión, que hemos de ser misericordiosos y compasivos como Dios, que nos ha creado, lo es.

Gratuidad
“Lo que yo quiero en mi vida es compasión, un flujo entre mí y los demás basado en una entrega mutua, desde el fondo del corazón”. — Marshall Rosenberg

“Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.— Mateo 10, 8

Es la compasión la que nos impulsa a dar con el corazón, con alegría, libremente, sin esperar nada a cambio, sin buscar recompensa y asegurándonos de que lo hacemos de tal manera que el otro no sienta que queda en deuda con nosotros.

Si la empatía es el lubricante, el aceite del motor o el ambiente que facilita el movimiento incesante de los cuatro pistones en el motor de la Comunicación No Violenta, la gratuidad —ese dar natural y desde el corazón— es el combustible que hace posible la combustión y la explosión dentro de los cilindros, moviendo los pistones.

Parece que Rosenberg pudo haber tomado su concepto de “dar desde el fondo del corazón” de su propia experiencia vital. Él mismo cuenta que, mientras esperaba un tren en una estación, observó a un trabajador negro que, tras terminar su almuerzo de fiambrera, se disponía a comer una naranja.

Al darse cuenta de que un niño, sentado en el regazo de su madre, no apartaba los ojos de la fruta, el trabajador se levantó, limpió la naranja, le dio un beso y se la ofreció al pequeño. Conmovido por el gesto, Rosenberg tuvo ocasión de preguntarle más tarde la razón de aquel beso, a lo que el hombre respondió:  “Nunca des nada a nadie si no es desde el fondo del corazón”.

Usaremos la palabra gratuidad para traducir lo que Rosenberg expresaba como natural giving (dar con naturalidad) y giving from the heart (dar desde el corazón). La gratuidad es, en efecto, dar con el corazón; amar es amar incondicionalmente, without strings attached —como se dice en inglés—, es decir, sin condiciones ni segundas intenciones. “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”, sugiere el Evangelio (Mateo 6, 1-4).

Una vez satisfechas las necesidades físicas, ser amado y amar constituye la primera y más importante necesidad humana; sin la plena satisfacción de esta necesidad, no existe vida auténticamente humana. Ahora bien, la experimentamos de manera distinta en las diferentes etapas de la vida. De niños, la prioridad es ser amados; de adultos, la necesidad primaria es amar, dar libre e incondicionalmente, desde lo más hondo del corazón, sin compulsión ni obligación alguna.

Si un adulto siente mayor necesidad de ser amado que de amar —como vemos con frecuencia en las telenovelas—, no es verdaderamente un adulto, pues conserva aún la inmadurez afectiva propia de un niño o de un adolescente.

Por otra parte, el concepto de gratuidad no se limita al dar, sino que también abarca el recibir. Con frecuencia, al recibir, sentimos la obligación de devolver. No vive en el espíritu de la gratuidad quien da con segundas intenciones, buscando obtener algo a cambio o aumentar su popularidad; ni tampoco quien recibe y se siente obligado o en deuda con quien le dio.

Dar es recibir, recibir es dar
“Hay más alegría en dar que en recibir”.— Hechos de los Apóstoles 20, 35

Afirmar que hay más alegría en dar que en recibir es una conclusión a la que se llega tras un largo proceso de crecimiento psicológico, afectivo y espiritual. Es lo que diría un adulto que ha alcanzado una madurez integral. Resulta evidente, en cambio, que un niño encuentra mucha más alegría en recibir que en dar.

Somos, por tanto, adultos psicológica, afectiva y espiritualmente cuando encontramos más alegría en dar que en recibir. Pero como la indigencia forma parte de la condición humana, también necesitamos recibir, y deberíamos seguir haciéndolo con la misma alegría de los niños. De lo contrario, estaríamos proclamando una autosuficiencia ilusoria, algo imposible en este mundo. La verdadera madurez consiste, entonces, en poder afirmar que hay tanta alegría en dar como en recibir, y viceversa; que dar y recibir son, en realidad, una misma cosa.

En el capítulo de su libro Dar desde el corazón, Rosenberg cita la letra de una canción que lo resume todo acerca de la gratuidad. Según ella, dar y recibir significan lo mismo, porque damos al recibir y recibimos al dar:

Nunca me siento más regalado
que cuando recibes algo de mí.
Cuando comprendes la alegría que siento
al ofrecerte algo,

y sabes que mi dar no es
para que quedes en deuda conmigo,
sino porque quiero vivir el amor
que siento por ti.

Recibir gratuitamente
puede ser el mayor don.
No hay forma de separar
las dos cosas.

Cuando me das,
yo te doy mi recibir.
Cuando recibes de mí,
me siento tan regalado.

Lo mismo decía San Francisco de Asís en su célebre oración por la paz, muchos siglos antes:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga perdón;
donde haya discordia, ponga unión;
donde haya duda, ponga fe;
donde haya error, ponga verdad;
donde haya desesperación, ponga esperanza;
donde haya tristeza, ponga alegría;
donde haya tinieblas, ponga luz.

Oh Maestro, haz que no busque tanto
ser consolado como consolar,
ser comprendido como comprender,
ser amado como amar.
Porque dando se recibe,
perdonando se es perdonado,
y muriendo se resucita a la vida eterna.

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Gratuidad en las lenguas neolatinas
En las lenguas neolatinas respondemos grazie, gracias; en portugués, en cambio, respondemos obrigado, que probablemente proviene del inglés I am much obliged (“estoy en deuda”), y que desvirtúa el verdadero espíritu de gratuidad. 

En Portugal, todos dicen obrigado cuando reciben un favor; solo los pobres, que no pueden devolver lo recibido, dicen: “Que Deus lhe pague” (“que Dios se lo pague”). No se sienten obligados, pues suponen que quien les ha beneficiado sabe bien que no pueden retribuirle. Por eso cobra pleno sentido el consejo que Jesús nos da en el Evangelio: invitar a nuestros banquetes a quienes no pueden devolvernos la invitación (Lucas 14, 12-14).

Quien ama al otro de forma condicionada se engaña, creyendo que lo ama cuando, en el fondo, lo único que hace es amarse a sí mismo. Se proyecta en el otro, se refleja en él, buscando en la relación lo que no encuentra en su interior. Ese supuesto amor no es más que una manipulación. La gratuidad, en cambio, es amar y ser amado sin condiciones, dejando al otro ser él mismo. Cuando alguien percibe un amor incondicional, deja a un lado la ansiedad y se libera de la presión de tener que rendir o demostrar éxito.

El amor incondicional es raro, incluso entre padres e hijos. De hecho, no son pocos los padres que condicionan su amor al éxito académico o profesional de los hijos. Estos crecen confundiendo amor con logro, y pagan más tarde un alto precio por ese error. Quien ama incondicionalmente siempre tiene éxito en la vida; quien, en cambio, busca únicamente el éxito, lo hace a menudo a costa del amor, pudiendo ser triunfador en lo profesional pero fracasado en lo humano. Porque vivir es amar.

Cuando alguien nos declara su amor, con palabras o con gestos, enseguida nos ponemos a la defensiva y nos cuesta aceptar ese amor sin miedo a caer en una trampa o contraer una deuda difícil de pagar. Nos sentimos expuestos a un caprichoso banquero que, en cualquier momento, puede pasarnos la factura.

Como “gato escaldado del agua fría huye”, las experiencias negativas del pasado, especialmente en la infancia, nos ponen tan a la defensiva que a menudo terminamos bloqueando incluso a quienes nos ofrecen un amor verdadero e incondicional. 

Quedamos tan heridos por las malas experiencias que ya no nos sentimos dignos de un amor auténtico y bloqueamos todo amor que llega a nuestro encuentro. Levantamos una barrera de resistencia y desconfianza, temiendo ser seducidos o explotados. Así, un amor libre de condiciones puede encontrarse con un corazón defensivamente congelado.

El egoísmo no compensa, ni siquiera al egoísta
La rueda de un molino solo se mueve si el agua fluye a través de ella. Si el primero de varios molinos en un arroyo retuviera el agua solo para sí, de nada le serviría, pues tampoco su rueda giraría. 

No hay ventaja alguna en ser el primero en el curso del agua ni desventaja en ser el último: tanto uno como otro solo funcionan si el agua corre. O se mueven todos los molinos, o no se mueve ninguno.

Lo mismo ocurre en el contexto de la Comunicación No Violenta: nadie puede ser feliz a costa de la infelicidad de los demás. O todos ganan o todos pierden. Si mi supuesta felicidad provoca la infelicidad de otros, nunca podrá ser verdadera felicidad. 

Tarde o temprano, el mal que causamos retorna. Por eso la CNV se fundamenta en la filosofía del win-win: todos ganan cuando uno gana, y todos pierden cuando uno pierde. El egoísmo nunca compensa; no conviene ni siquiera al propio egoísta.

Por ello, en Comunicación No Violenta las necesidades de los demás son asumidas como propias. En este sentido, la CNV es una aplicación práctica del mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo, así como de la regla de oro presente en todas las religiones del mundo: 

“No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. El cristianismo, sin embargo, es la única religión que formula esta regla en positivo: “Todo lo que queráis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos” (Mateo 7, 12).

La compasión conduce a la gratuidad
“Cuando llegó a aquel lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: ‘Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa’. Él bajó aprisa y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: ‘Se ha ido a alojar en casa de un pecador’. Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: ‘Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si defraudé a alguien, le devuelvo cuatro veces más’.” — Lucas 19, 1-9

Acusar, etiquetar o juzgar a las personas solo consigue que se cierren a la defensiva en su reducto, confirmando y reforzando sus actitudes. La violencia nunca se vence con violencia; la única paz que nace de la violencia es la paz del cementerio. La violencia no soluciona ningún problema y genera muchos más: es, por tanto, totalmente contraproducente. El odio solo puede vencerse con amor; pretender vencer el odio con odio es como intentar apagar un fuego con más fuego.

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”, decía Gandhi. De la misma manera que la violencia engendra violencia, la compasión genera compasión y abre el camino a la gratuidad. En el marco de la justicia retributiva, Zaqueo no merecía la compasión de Jesús ni el regalo de su visita, sino el castigo. Pero “con vinagre no se cazan moscas”: castigos, etiquetas, críticas e insultos nunca habrían transformado a Zaqueo.

Fue la compasión inmerecida e incondicional la que movió a Zaqueo a volverse compasivo con quienes había explotado y a restituir lo robado de manera voluntaria, sin que nadie se lo exigiera.
Un día, una madre acudió a Napoleón para suplicarle por la vida de su hijo, culpable de una grave falta. La ley era clara y la justicia pedía su muerte. El emperador estaba decidido a hacer cumplir la sentencia. Pero la madre insistió:

— “Majestad, vengo a implorar misericordia, no justicia”.
— “Pero él no merece misericordia”, respondió Napoleón.
— “Señor —contestó la madre—, no sería misericordia si la mereciese”.
— “Sea, entonces”, dijo Napoleón. Y lo perdonó.

Cuando somos compasivos con quienes no lo merecen, despertamos en ellos la compasión que permanece oculta, olvidada, cubierta de polvo y telarañas en lo más hondo de su corazón. Es sabido que quien ha sido abusado física o sexualmente puede convertirse con facilidad en abusador, pasando su vida a vengar en inocentes las heridas recibidas en su infancia. Solo la compasión gratuita puede romper ese círculo vicioso que destruye su vida y la de quienes le rodean.

¿Quieres que prepare también una versión resumida y meditativa de este texto —como una reflexión breve para acompañar oración o talleres de CNV—, además de la traducción completa?
Lo que bloquea la compasión

He aquí algunas afirmaciones que escuchamos con frecuencia y que, en nuestra opinión, solo sirven para justificar y racionalizar el uso de la violencia y para mantener el juego de quién tiene razón y quién está equivocado.

«Ser compasivo es dar muestras de debilidad, la gente se aprovecharía de mí» – El poder del amor es más fuerte que el amor al poder. Nadie puede arrebatarnos nuestra dignidad si no se la entregamos; nadie puede obligarnos a actuar contra nuestra conciencia. Podrán someter nuestro cuerpo, pero nunca nuestra alma, nuestra integridad, nuestra persona. La compasión desarma a los poderosos, y sus beneficios alcanzan tanto a quien la ofrece como a quien la recibe.

«Hay personas que no merecen compasión» – La compasión no entra en el juego de quién merece y quién no merece. Si fuese cuestión de mérito, dejaría de ser compasión para convertirse en justicia. Dios hace llover sobre justos e injustos; todo ser humano, por el simple hecho de serlo, es digno de compasión. Y probablemente, cuanto más malvado es alguien, más necesita de ella, pues solo la compasión puede sanar su maldad.

«Ser compasivo con quienes obran mal es dejarles impunes» – Ser compasivo no significa aceptar comportamientos rudos, traiciones, violaciones, injusticias sistémicas, crueldades, ofensas o crímenes. Significa más bien reconocer que esas cosas existen y que podemos defendernos de ellas de manera firme pero no agresiva, condenando el acto y no a la persona. La violencia nunca justifica más violencia, porque no resuelve el problema: lo agrava, ya que tiende siempre a escalar.

El lenguaje que nos aliena unos de otros
La gratuidad consiste en contribuir libre e incondicionalmente a la vida, felicidad y autorrealización de los demás, y en dejar que los demás hagan lo mismo con nosotros, sin sentirnos en deuda por ello.

Todo lo que hacemos movidos por miedo al castigo, por deseo de recompensa, por necesidad de agradar, por sentimiento de culpa o por obligación, termina por cobrar un alto precio y deteriorar la relación. Se establece así un vínculo enfermizo, semejante al que une al masoquista con el sádico: una relación que solo se sostiene mientras ambos permanezcan enfermos, aunque en realidad nadie es feliz en la enfermedad.

Diagnósticos, juicios, etiquetas, análisis, críticas, comparaciones… Todo pensamiento en términos de «este merece premio» o «aquel merece castigo», toda acción movida por mera obediencia, toda negación de responsabilidad («no tuve otra opción», «no había plan B»), es un lenguaje violento que nos degrada y nos separa.

Juicios y etiquetas - Los juicios y etiquetas encierran al otro. Con frecuencia son injustos, pues juzgamos a alguien por una sola acción y la generalizamos. Así impedimos que la persona sea lo que es, fijándole una identidad estática. La comunicación no violenta rechaza precisamente el verbo “ser” cuando se usa para encasillar. Todos estamos en construcción; cualquier definición rígida del otro es siempre prejuiciosa.

Premios y castigos - El bien y el mal permanecen en quien los practica: llevan en sí mismos sus frutos, como un archivo adjunto en un correo electrónico. Evitar el mal solo por miedo a ser descubierto no basta, porque llegará el día en que, al sentirnos seguros, perderemos el miedo y lo cometeremos. No debo evitar el mal por miedo, sino porque estoy convencido de que es realmente malo.

De igual modo, hacer algo para recibir un premio no es gratuidad, sino una transacción. Es como trabajar únicamente por un salario: el día en que no haya paga, dejaré de hacerlo.

El castigo puede ser una simple reprimenda pública que humilla, y el premio un elogio; pero ambos son, en esencia, lo mismo.

«¡Eres muy bueno!», «¡Buen trabajo!», «Eres una persona amable». Los elogios, para quien los recibe, pueden convertirse en adicción: la persona actúa no por gusto, sino para obtener reconocimiento. Además, pueden generar falsa humildad («no fue nada») o alimentar un sentimiento de superioridad.

Desde el lado de quien elogia, a menudo los halagos son instrumentos de manipulación, una manera de ganar al otro para fines ocultos. Por ejemplo, el jefe que le dice al trabajador: «Sin ti la empresa no se sostiene», y acto seguido le pide horas extra.

La recompensa en el Evangelio - «Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos?» (Mateo 5, 46)

«Guardaos de practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 6, 1)

«Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los malvados». (Lucas 6, 35)

Jesús exhorta a sus discípulos a practicar la gratuidad, a obrar por el bien mismo, sin esperar recompensa inmediata. Pero como el bien lleva en sí mismo su fruto, de algún modo ya hay una “recompensa”: la que se recibe en el cielo. Quien es capaz de posponer la satisfacción inmediata demuestra madurez interior. Jesús nos invita a reservar la recompensa para Dios: «Almacenad tesoros en el cielo…» (Mateo 6, 20).

Comparaciones - Los españoles dicen que «las comparaciones son odiosas». Cuando nos comparamos con otros, o con lo que socialmente se considera más bello, inteligente o perfecto, dejamos de ser nosotros mismos y nos dejamos atrapar por la envidia o la imitación. Olvidamos que solo somos insustituibles si somos fieles a lo que somos.

La comparación nace de la competencia, y la competencia, por sí misma, es una forma de violencia. Cuando aceptamos a los demás —y a nosotros mismos— tal como somos, la competición carece de sentido. Nadie puede ser mejor en ser yo que yo mismo.

Negación de elección - Las expresiones que empiezan con «tengo que…» son una negación de la libertad de los hijos de Dios. De este modo nos manifestamos como esclavos del deber. Para la comunicación no violenta, el deber no existe: solo actuamos por aquello que amamos y que nos conduce a la vida plena y abundante. Lo que hacemos solo por obligación, tarde o temprano, lo abandonaremos. Como dice el refrán: «Quien corre por gusto no se cansa».

Marshall Rosenberg cuenta el ejemplo de una mujer que siempre decía que debía irse a cocinar, aunque no le gustaba. Un día, aplicando la comunicación no violenta, anunció a su familia que dejaría de hacerlo. Días después, sus hijos le agradecieron haber dejado la cocina, porque no soportaban ni la comida ni sus quejas constantes sobre esa supuesta obligación.

Negación de responsabilidad - «Me obligaron a hacerlo». Rosenberg recuerda cómo los oficiales de los campos de concentración nazis enviaban miles de personas a las cámaras de gas sin sentirse culpables, pues decían que solo obedecían órdenes. En lenguaje no violento, todos somos responsables de nuestros actos: nadie puede obligarnos a hacer lo que nuestra conciencia nos dicta como mal.

La conciencia moral es lo que nos hace verdaderamente libres. Cuando actuamos únicamente según ella, somos autónomos: no nos engrandecemos sobre nadie ni nos rebajamos ante nadie, porque nuestros actos nacen de lo más profundo de nosotros mismos. Y de ese modo, somos plenamente responsables de ellos.

Una conciencia bien formada y recta nos hace realmente libres. Solo obedecemos lo que ella nos dicta, y así nuestras acciones brotan del interior, no de una imposición externa. Nuestra conciencia responde únicamente ante Dios: ahí radica la libertad de los hijos de Dios (Romanos 8, 21).

La gratuidad en acción en la forma de agradecer y ser agradecidos
Vivir en gratuidad significa que nada de lo que hacemos está motivado por coacción, deber, obligación, miedo a una reprensión o castigo, ni por la ansiedad de recibir alabanzas o recompensas. Todo lo que hacemos nace del puro amor, de la alegría y del gozo que sentimos al contribuir a nuestro propio bien y al bien de los demás.

Tanto el “bien” como el “mal” permanecen en quien los practica. El castigo del mal cometido está contenido en la propia acción: no viene de fuera, y mucho menos de Dios. Como alguien dijo: Dios siempre perdona y olvida; los seres humanos, a veces sí, a veces no; la naturaleza, ya sea física o humana, ni perdona ni olvida: «quien siembra vientos, recoge tempestades». De la misma manera, la recompensa por el bien realizado está en la propia acción, como un archivo adjunto en un correo electrónico.

Como en la Comunicación No Violenta (CNV) no hacemos nada en busca de elogios o recompensas, tampoco recompensamos ni elogiamos a los demás por lo que hacen. No sentimos hambre de halagos ni los esperamos como retroalimentación por el bien que realizamos, ni los utilizamos como cebo para atrapar a los otros y hacerlos dependientes de nuestras alabanzas con el fin de manipularlos o controlarlos.

Lejos de esos juegos psicológicos, en lugar de pedir o exigir disculpas por nuestros errores o los de los demás, hacemos duelo; en vez de alabar y ser alabados, celebramos los logros y aciertos, tanto propios como ajenos.

Dar y recibir gratuitamente sigue el paradigma de los cuatro componentes de la CNV. Así expresamos y sentimos gratuidad, agradecemos y somos agradecidos:

  1. ¿Qué hice yo en concreto que contribuyó al enriquecimiento de la vida del otro? ¿Qué hizo el otro específicamente que enriqueció mi vida?
  2. ¿Cómo me siento cuando pienso en lo que hice por el otro? ¿Cómo me siento cuando pienso en lo que el otro hizo por mí?
  3. ¿Qué necesidad o valor fue satisfecho por lo que hice por el otro? ¿Qué necesidad o valor fue satisfecho por lo que el otro hizo por mí?

Ejemplo: «Cuando me ofreciste tu ayuda esta mañana, me sentí agradecido porque valoro profundamente la cooperación entre los miembros de nuestro equipo».

Expresar gratitud no es lo mismo que decir simplemente “gracias”. Por eso es importante, tanto para quien realiza la acción como para quien la recibe, expresar cómo esa acción enriqueció nuestra vida. La persona que actuó también necesita recibir alguna retroalimentación sobre lo que hizo.

Conclusión - La gratuidad es contribuir libre e incondicionalmente a la vida, felicidad y autorrealización de los demás, y permitir que los demás contribuyan a la nuestra, sin sentirnos en deuda por ello.



miércoles, 15 de abril de 2026

Jesús carismático, Paulo sistemático

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«Hermanos: en cuanto a mí, no quiero gloriarme en nada, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Pues ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la nueva creación. 

Paz y misericordia para todos los que sigan esta norma, así como para el Israel de Dios. En adelante, que nadie me moleste, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús.» (Gálatas 6,14-17)

Los que Jesús escogió como apóstoles, así como los que le siguieron durante su vida terrena y después de su muerte, eran en su mayoría gente sencilla. Ninguno de los grandes de su tiempo —ni del ámbito político, ni de la élite religiosa judía, ni entre los intelectuales— se hizo discípulo suyo. José de Arimatea y Nicodemo fueron meros simpatizantes, y sólo tras su muerte se manifestaron públicamente.

Así como, después del carismático san Francisco de Asís, fue necesario el espíritu práctico y organizador de fray Elías, también después de Jesús de Nazaret fue necesaria una figura que sistematizara e interpretara, a la luz del judaísmo y del pensamiento grecorromano, el significado de su venida para Israel y para la humanidad.

San Pablo, contemporáneo de Jesús, no le conoció personalmente ni convivió con Él como los doce apóstoles y otros discípulos. Sin embargo, fue el primer gran teólogo de la Iglesia. Le correspondió la tarea de interpretar, con profundidad y rigor, el significado de los hechos históricos vividos por los apóstoles, preparando el cristianismo para dialogar con el pensamiento de su tiempo.

Gloriarse en la cruz de Cristo
La cruz, hoy símbolo del cristianismo, presente en lo alto de las iglesias y en signos de auxilio y salvación como la Cruz Roja, no tenía ese significado hace dos mil años. Para judíos, griegos y romanos, la cruz era un instrumento de tortura, vergüenza y humillación.

Tras la derrota de la revuelta liderada por el gladiador Espartaco en el año 71 a. C., los romanos crucificaron a unos seis mil esclavos a lo largo de los 200 km de la Vía Apia, entre Roma y Capua. Morir en la cruz era el peor destino, el equivalente, en términos de reputación, a morir hoy de una enfermedad estigmatizada como el SIDA.

El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo
San Pablo se gloría en la cruz no sólo porque sea un medio de salvación, sino sobre todo porque, en la cruz de Cristo, todo se clarificó. En el juicio a Jesús, quienes realmente fueron juzgados fueron los poderes del mundo; en su crucifixión, fueron los valores mundanos los que quedaron al descubierto y fueron condenados.

En este sentido, afirma el Apóstol: «El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.» La resurrección del Crucificado mostró que los poderes humanos —con sus odios, divisiones e injusticias— han sido vencidos. Pablo ya no vive según los criterios de este mundo, sino según otros valores.

Ni circuncisión, ni incircuncisión
La circuncisión, señal distintiva de los judíos, pierde para Pablo cualquier valor salvífico. Ni la práctica de la circuncisión ni su ausencia son determinantes: lo que importa es la nueva creación en Cristo.

Fue san Pablo quien liberó al cristianismo del peso de la herencia judía. Convertido desde la más estricta observancia farisaica, sólo él tenía la autoridad para cortar el cordón umbilical con la antigua ley y emancipar, de una vez por todas, la fe cristiana de la tutela del judaísmo.

Para Pablo, el mundo anterior —con sus distinciones raciales, sociales y sexistas— pierde todo su sentido a la luz de Cristo:

«No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, pues todos sois uno solo en Cristo Jesús.» (Gálatas 3,28)

En una sola frase, Pablo expresa admirablemente cómo deben ser las relaciones humanas tras la venida de Cristo: cualquier forma de discriminación —por raza, estatus social, cultura o género— es contraria a la nueva realidad que Él ha inaugurado. Todos los seres humanos merecen igual dignidad, porque son hermanos de Jesús e hijos de un mismo Padre.

Paz y misericordia para el nuevo Israel de Dios
Con la resurrección de Cristo comienza una nueva creación: una nueva forma de ver y vivir la vida. Esta nueva vida forma también un nuevo pueblo de Israel, que es el Cuerpo Místico de Cristo —la Iglesia— en el cual estamos llamados a participar:

«En Él vivimos, nos movemos y existimos, como también dijeron algunos de vuestros poetas: “Pues también nosotros somos de su linaje.”» (Hechos 17,28)

Llevo en mi cuerpo las marcas de Cristo
Este nuevo pueblo ya no se identifica por la antigua señal de la circuncisión, sino por las marcas de Cristo —sus cinco llagas— que son eternos signos de su entrega. Son marcas visibles en algunos santos que más se identificaron con el Crucificado, como san Francisco de Asís, y que figuran con orgullo en la bandera nacional portuguesa desde la fundación de nuestra identidad.

Estas marcas permanecen como tatuajes sagrados, que nos recuerdan hasta dónde llegó el amor de Dios por nosotros: hasta entregar su vida por cada uno.

Conclusión - Jesús pasó por el mundo haciendo el bien, predicando, curando y realizando milagros. Pablo, aunque no formó parte del grupo de los Doce, fue quien mejor comprendió, interpretó y transmitió el sentido profundo de la vida, muerte y resurrección de Jesús, dotando al cristianismo de un lenguaje capaz de dialogar con el mundo y con la historia.

P. Jorge Amaro, IMC

viernes, 10 de abril de 2026

CNV - Empatia, el lubrificante de la comunicación no-violenta

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Los componentes del lenguaje no violento, como ya se ha dicho, son cuatro: observación – sentimientos – necesidades – peticiones. El objetivo de la comunicación no violenta es establecer relaciones basadas en la empatía y la gratuidad, de modo que las necesidades de todos puedan ser satisfechas. 

La compasión y la gratuidad son la filosofía de fondo en la que operan los cuatro componentes, el medio en el que se desarrollan y el objetivo final. En este sentido, la compasión y la gratuidad son, al mismo tiempo, el principio, el medio y la meta de la comunicación no violenta.

Los alquimistas de la Edad Media buscaban la piedra filosofal porque creían que esta piedra tenía el don de transformar en oro todo lo que tocara. Para la comunicación no violenta, la piedra filosofal es la empatía; es la varita mágica que hace posible que los cuatro componentes funcionen y que las personas vivan en gratuidad, armonía y entendimiento.

La comunicación no violenta funciona como un motor de coche de cuatro pistones; los cuatro pistones son los cuatro componentes de la CNV: observaciones – sentimientos – necesidades – peticiones. El movimiento continuo de estos, hacia arriba y hacia abajo, dentro de sus respectivos cilindros, activado por la explosión del combustible, es lo que mantiene el motor en marcha y el coche en movimiento. 

La gratuidad, o el dar del corazón, como dice Rosenberg, es el combustible que permite la combustión, la explosión y el movimiento de los pistones. Sin embargo, para que estos funcionen sin parar, con un mínimo desgaste, es necesario que estén lubricados y envueltos en aceite. Ese aceite que facilita y hace posible todo el proceso sin sobrecalentamiento ni fricción —es, en la CNV, la empatía.

¿Qué es la empatía?
“Al ver a la multitud, se compadeció de ella, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor.” (Mateo 9,36)

En comunicación no violenta, el término empatía, usado por la psicología en general, es semejante al unconditional positive regard de Carl Rogers; significan fundamentalmente lo mismo. Empatizar es salir de uno mismo, ver la realidad tal como la ve el otro; es sentir con el otro, hacer nuestro el sufrimiento ajeno; es aceptar y sostener a una persona independientemente de lo que haya dicho o hecho. Ser empático es ser sensible al propio sufrimiento y al de los demás, comprometiéndose a aliviarlo o evitarlo.

Expresar nuestras propias observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones hacia los demás forma parte de la CNV. La segunda parte es la empatía: el proceso de conexión con el otro, adivinando sus sentimientos y necesidades. 

La conexión empática puede ocurrir a veces en silencio, pero en momentos de conflicto comunicar a la otra persona que comprendemos sus sentimientos y que nos importan sus necesidades puede ser un punto de inflexión poderoso y la solución del conflicto. 

No obstante, demostrar que tenemos ese entendimiento no significa necesariamente que tengamos que estar de acuerdo en actuar de formas que contradigan nuestras propias necesidades.

La lengua de la CNV nos ayuda a relacionarnos con los demás, pero el corazón de la empatía está en nuestra capacidad de conectar con compasión con nuestra propia humanidad y con la humanidad de los otros. Ofrecer nuestra presencia empática, en este sentido, es una estrategia (o petición) a través de la cual podemos satisfacer nuestras propias necesidades. Es un regalo para la otra persona y para nosotros mismos: nuestra presencia completa.

Cuando usamos la CNV para conectarnos empáticamente, usamos los mismos cuatro componentes en forma de pregunta, ya que nunca sabemos con certeza lo que ocurre dentro del otro. La otra persona será siempre la autoridad final sobre lo que le sucede en su interior. Nuestra empatía puede satisfacer la necesidad del otro de ser entendida o incluso ayudarle en su propio proceso de autodescubrimiento. Podemos preguntar algo como: “Cuando ves, oyes... ¿te sientes...? ¿Por qué necesitas...? ¿Te gustaría...?”

Empatía y autoempatía
“La caridad empieza en casa” — es difícil mostrar empatía o benevolencia hacia los demás si no la tengo hacia mí mismo. Si no me amo incondicionalmente, jamás podré amar incondicionalmente a los otros. Tanto la expresión de nuestros propios sentimientos y necesidades como las conjeturas empáticas sobre los sentimientos y necesidades ajenos se basan en una conciencia particular que es el corazón de la CNV. Esa conciencia se nutre mediante la práctica de la autoempatía.

En la autoempatía nos dedicamos a nosotros mismos la misma compasión y atención que damos a los demás cuando los escuchamos usando la CNV. Eso significa darnos cuenta de cualquier interpretación y juicio que nos aplicamos y que dificultan la claridad de nuestra conciencia respecto a nuestros sentimientos y necesidades. Esa conciencia interior y claridad sobre sentimientos y necesidades nos ayuda a expresarnos ante los demás y a recibirles con empatía.

La práctica de la CNV implica la intención de conectar con compasión con nosotros mismos y con los demás, y la capacidad de mantener la atención en el momento presente —lo que incluye ser consciente de que, a veces, en este momento presente estamos recordando el pasado o imaginando una posibilidad futura.

La autoempatía muchas veces es fácil: nos damos cuenta de nuestras sensaciones, emociones y necesidades, y nos sintonizamos con quienes somos. Sin embargo, en momentos de conflicto o reactividad hacia los demás, podemos sentir reticencia a conectar con nosotros mismos con compasión, y vacilar en nuestra capacidad de permanecer en el presente.

La autoempatía en momentos así tiene el poder de transformar nuestro estado desconectado del ser y hacernos volver a nuestra intención compasiva y a la atención orientada al presente. Con la práctica, muchas personas descubren que la autoempatía, por sí sola, a veces resuelve conflictos interiores y conflictos con otros, porque transforma nuestra experiencia de vida.

Autoestima. Ser capaz de desmontar la autocrítica, el juicio y el sentimiento de culpabilidad, por una parte, y, por otra, identificar y conectarnos con nuestras necesidades, valores y con lo que es importante para nosotros. 

Como dice Rosenberg, la autocrítica, el sentimiento de culpa y el juicio son expresiones dramáticas de necesidades no satisfechas. Cuando logro descubrir e identificar esas necesidades o valores, puedo reformular esos sentimientos negativos y empezar a sentirme bien conmigo mismo por haberme conectado con mi Ido real y verdadero.

Empatía hacia los demás. Para poder sentir y expresar mejor la empatía por los otros, conviene seguir, a modo de consejo, las señales de aviso de un paso a nivel: Para — Escucha — Observa. El otro puede dirigirse a nosotros en forma de juicio o crítica, buscando culparnos por algo que le sucede. 

Pero si nuestros oídos de comunicación no violenta están conectados, lo que escucharemos no será una crítica sino una expresión dramática de una necesidad insatisfecha. Entonces, todo lo que necesitamos hacer es mirar más allá de la forma violenta —la crítica— para concentrarnos en el contenido de esa expresión, que son las necesidades no satisfechas.

La lengua violenta de nuestro interlocutor debe ser traducida a una lengua no violenta; es decir, no debo personalizar y encajar las acusaciones como si fuesen dirigidas a mí; por el contrario, debo disculpar la forma en que fueron dichas y concentrarme psicoanalíticamente en su contenido, dándome cuenta de que no son más que frustraciones y expresiones dramáticas de necesidades no satisfechas.

Identificar esas necesidades requiere tiempo; requiere que me pare, que respire hondo, que tenga tiempo para traducir e identificar esas necesidades que pueden estar entre líneas en un desahogo, una acusación o un insulto.

Para no mantener a la otra persona esperando el resultado final de mis cálculos, puedo pensar en voz alta e intentar adivinar, preguntándole tentativamente al interlocutor cuáles son sus sentimientos, sus necesidades, qué es lo más importante para él. 

Seguramente mi interlocutor aceptará la interpretación y comprensión que le proponga, o me ayudará corrigiéndome y aclarando. Ese intento recíproco de comprender lo que ocurre hace que la persona se calme y ella misma se conecte con sus necesidades, abandonando poco a poco los sentimientos negativos y la violencia de las palabras.

El corazón de la empatía está en nuestra capacidad de conectar con nuestra propia humanidad y con la humanidad de los otros, con lo más real y vivo en nosotros y en los demás, sin críticas, juicios, sentimientos de culpa, pretensiones ni subterfugios.

La comunicación no violenta nos ayuda a conectar los unos con los otros y con nosotros mismos, para dejar aflorar nuestra empatía natural. Es esa empatía la que inspira, forma, informa y guía la observación, los sentimientos, las necesidades y las peticiones que hacemos a nosotros mismos y a los demás. 

La empatía es la teoría general de la comunicación no violenta y, al mismo tiempo, el medio para alcanzar la armonía y el entendimiento entre todos. Es, como ya dijimos, semejante al aceite del coche que envuelve las piezas en movimiento del motor para evitar el sobrecalentamiento, la fricción y el desgaste.

Por la empatía observamos sin evaluar, culpar o etiquetar; sentimos y nos responsabilizamos de nuestros sentimientos sin acusar y exhortamos a los demás a que también lo hagan; expresamos nuestras necesidades o valores, lo que es importante para nosotros, sin subterfugios y creamos las condiciones o el ambiente para que los demás hagan lo mismo; hacemos peticiones sin pretensiones, exigencias, obligaciones o chantajes, creando el entorno para que los demás hagan lo mismo.

El cerebro humano es uno y trino
La teoría de la evolución de Charles Darwin nos dice que la vida en este planeta evolucionó desde un tronco común, por lo que todas las formas de vida están interconectadas desde hace millones de años, desde que la vida apareció en el mar. Los estados evolutivos anteriores no se han perdido, sino que permanecen en nosotros. 

De este modo, la neurociencia nos dice que tenemos tres cerebros: el reptiliano, el mamífero y el cerebral. Estos se encuentran organizados en forma de matrioska o muñeca rusa: el cerebral contiene al mamífero, que a su vez contiene al reptiliano.

El cerebro reptiliano — Se ubica en la base del cráneo; es el más primitivo y ocupa la parte más interna y central de nuestro cerebro. Se ha mantenido casi inalterado a lo largo de la evolución y lo compartimos con todos los vertebrados. 

Es responsable de las funciones relativas a la supervivencia: ritmo cardíaco, digestión y la locomoción básica, así como el comportamiento sexual. Funciona según el principio estímulo-respuesta automática que puede desencadenar lucha, huida o inmovilización.

Sinónimos de estas reacciones básicas en nuestra vida diaria son: deseo, aversión, ignorancia, amor, odio, indiferencia, esperanza, miedo, desinterés. Es altamente territorial y adquiere y defiende su territorio mediante la lucha. El motor de este cerebro es “Might is right” — el poder tiene razón o se justifica.

El cerebro mamífero — Corresponde al telencéfalo, la estructura donde se hallan el hipocampo y las amígdalas, que proporcionan al mamífero una mayor conciencia de sí mismo y del entorno, de los amigos y de los enemigos. Como los mamíferos cuidan de su prole durante más tiempo, surgen emociones no solo respecto de los hijos sino también respecto a los de la propia especie, y con ello la vida en grupo.

El cerebro racional — El último paso en la evolución del cerebro aconteció hace millones de años con la aparición de la corteza cerebral. El córtex o cerebro racional no está presente únicamente en los seres humanos; seres inteligentes como delfines, ballenas y simios también poseen esta etapa evolutiva. 

No obstante, el ser humano tiene el córtex racional más desarrollado, por medio del cual las sensaciones corporales comunes a otros mamíferos se transforman en sentimientos —como el amor, la compasión o la empatía— mediadas por una comprensión mayor y más racional.
¿Cómo perdemos el control?

Cuando estamos calmados funcionamos desde el neocórtex: pensamos críticamente, resolvemos problemas, somos creativos y empáticos con los demás. En cambio, cuando estamos estresados y percibimos un comportamiento poco positivo por parte de alguien, perdemos la conexión con el neocórtex, dejamos de sentir empatía y nos conectamos automáticamente con la parte más primitiva del cerebro, el reptiliano, quedando reducidos tristemente a tres opciones: atacar, huir o esconderse.

El estrés activa una reacción ancestral diseñada por la naturaleza para ayudarnos a enfrentar el peligro: el cerebro reptiliano. No podemos sentir empatía por un león que corre hacia nosotros; es decir, no podemos ver la perspectiva del otro. Al contrario, atacamos, huimos o nos escondemos. 

Sin embargo, el león puede ir disfrazado de un niño de cinco años que da un golpe y grita que no quiere lavarse los dientes. Inmediatamente dejamos de ver al niño y vemos al león, reaccionando contra él como si fuera realmente un peligro. Tal como Don Quijote embistió con su lanza contra molinos de viento creyendo que eran enemigos.

Si en momentos así conseguimos recordar que todo comportamiento es un intento de satisfacer una necesidad, podremos desconectar el cerebro reptiliano y mantenernos en el córtex. Mucho de nuestro comportamiento, proveniente del cerebro reptiliano, es reactivo: primero actuamos o hablamos y después pensamos. Es como si el comportamiento funcionara en piloto automático.

Cómo funcionamos mejor
Respecto a las emociones negativas —criticar y juzgar a los demás, sentir estrés, miedo, preocupación, egocentrismo, resentimiento o dolor emocional no sanado— debemos aumentar nuestra autoobservación y autoconsciencia; cuidar de nosotros mismos y de nuestra salud física, emocional y espiritual. Debemos combatir el estrés organizando mejor la vida para tener tiempo para hacer deporte, quedar con amigos, meditar y rezar.

El psicólogo Paul Gilbert distingue tres grupos de emociones: las relacionadas con la amenaza y la autoprotección; las relacionadas con la actividad y los logros (lo que él llama la mente competitiva); y, por último, las emociones vinculadas al contentamiento: sentirse seguro, calmo, relajado, alegre y feliz.

Según Gilbert, el primer y el segundo grupo de emociones son más motivadores, por lo que probablemente sean ellas las que despierten nuestra atención. Pero esto solo sucede si se lo permitimos. Nuestra mente competitiva hace que nos importe más ganar un debate que perder una relación; las noticias negativas copan las portadas y las positivas quedan escondidas en el interior del periódico. Dar prioridad al cerebro reptiliano solo aumenta nuestra miseria y no nos hace más felices.

Es cierto que la compasión no habita en el centro del cerebro —éste, como sabemos, está ocupado por el reptiliano—. Sin embargo, como observa Gilbert, está ampliamente demostrado que nuestro sistema inmune, hormonal, cardiovascular y otras funciones vitales funcionan mejor cuando pensamos, sentimos y actuamos desde el córtex o cerebro racional: amar y sentirse amado produce mejores condiciones biológicas que odiar y sentirse odiado; apoyar y ayudar a los demás, en vez de denigrarlos o ignorarlos, nos hace más felices; la “subida” que el reptiliano puede darnos es corta y normalmente nos trae más problemas.

Si el ser humano fuera violento por naturaleza, como postulaba Hobbes con su máxima “Homo homini lupus” y según la visión mítica babilónica de la creación, la mayoría de las personas —conscientes o no— estarían satisfechas en la violencia y sus funciones vitales rendirían mejor en un entorno violento. La verdad, sin embargo, como afirma Gilbert, es precisamente la contraria.

Además de alertarnos ante el peligro, el cerebro reptiliano poca ayuda nos aporta en tanto que los reptiles no establecen relaciones con nada ni con nadie; para ellos todo y todos son hostiles. De modo que su cerebro no aporta mucho al ser humano, que es esencialmente un ser relacional.

Según una leyenda de los pueblos nativos norteamericanos, dos lobos luchan en nuestro corazón y en nuestra mente, disputándose nuestra atención: uno es colérico, vengativo, envidioso, resentido y tramposo; el otro es amoroso, empático, generoso y pacífico. ¿Cuál de los dos ganará nuestra atención? Aquel al que más y mejor alimentemos. Practica la empatía, aunque no la sientas, y acabarás sintiéndola por los demás.

Lo que no es empatía
En su libro, Rosenberg cita a su amiga Holley Humphrey señalando algunos comportamientos comunes o tentaciones en las que caemos al intentar ayudar a los demás. La verdad es que estos comportamientos no solo no ayudan, sino que pueden complicar la situación y evidenciar nuestra dificultad para estar realmente con la otra persona:

  • Aconsejar: “Creo que deberías…”, “¿Por qué no haces esto…?”
  • Analizar: “¿Cómo empezó esto?”, “¿Cuándo fue la última vez que te sentiste así?”
  • Competir por el sufrimiento: “Eso no es nada; mira lo que me pasó a mí”.
  • Educar: “Esto incluso puede acabar siendo una experiencia muy positiva si tú…”
  • Consolar: “No fue culpa tuya; hiciste lo mejor que pudiste”.
  • Contar una historia: “Me recuerda a una ocasión…”
  • Cerrar el asunto: “Anímate. No te sientas tan mal”.
  • Solidarizarse sin límites: “Ah, pobrecito…”
  • Interrogar: “¿Cuándo empezó exactamente?”
  • Explicarse: “Yo habría llamado, pero…”
  • Corregir: “No fue así como pasó”.

Cómo funciona la empatía
La empatía es entrar en contacto con lo que está vivo en la otra persona, con lo que le está ocurriendo; es colocarse en su lugar. Es calzarse sus zapatos, ver la realidad desde su perspectiva. Muchas veces, cuando la otra persona percibe que no logramos conectar empáticamente con ella, nos dice desesperada: “Ponte en mi lugar”. 

Creyendo ser empáticos, a veces damos consejos o intentamos consolar, pero recibimos una réplica como la que me dirigió mi padre en sus últimos días: “Muy bien habla el sano al enfermo”. Con esa respuesta comprendí que estaba lejos de ofrecer empatía. Él no necesitaba una solución que yo sabía que no existía ni consejos; necesitaba empatía, y no fuí capaz de dársela. Pensamos que al ofrecer soluciones o consuelo hacemos sentir mejor al otro, pero la cruda realidad es que, lejos de aliviar, a menudo añadimos sufrimiento.

Es ya bastante difícil ser empático con quienes amamos; mucho más con quienes no amamos o incluso odiamos. En CNV, la empatía es para todos. Sentir empatía es lograr ver la belleza de una persona detrás de lo que diga o haga. La verdadera empatía tiene tres componentes:

Presencia -  El filósofo Martin Buber afirma que la presencia es el don más poderoso que una persona puede dar a otra; es un componente clave de la cura. Algunos psicoterapeutas sostienen que la presencia activa corresponde al 90% del proceso curativo. 

Mantenerse activamente presente junto a otra persona no es fácil: exige no traer al presente nada del pasado. Si empezamos a pensar sobre lo que la persona dice, a analizarlo o a preparar consejos, perdemos la calidad de la presencia, porque la comprensión intelectual no es empatía. Al subir a la «cabeza» para entender y conceptualizar, dejamos de escuchar y de estar con el otro y pasamos a estar solo con nosotros mismos.

Por ejemplo, a veces los sentimientos de las personas pueden responder a una percepción que no es correcta desde el punto de vista fáctico. Incluso en esa situación, debemos ser empáticos primero y corregir después. Si alguien dice “qué estúpidos fueron los americanos al invadir Irak creyendo que Gadafi poseía armas de destrucción masiva”, la tentación inmediata es corregir: “no era Gadafi, era Sadam Hussein”; pero es preciso recordar que la conexión empática es más importante que la corrección.

Focalizar la atención en el aquí y ahora - Si alguien comparte con nosotros el dolor causado por hechos pasados, en lugar de trasladarnos con esa persona al pasado, debemos mantenernos en el presente y enfocar la atención en lo que la persona siente ahora. Si la seguimos en su viaje al pasado, probablemente intentaremos comprender intelectualmente lo ocurrido. Para permanecer en el aquí y ahora basta con preguntar: 

“¿Cómo te sientes ahora como resultado de lo que pasó en el pasado?” Por ejemplo: si alguien cuenta muchas veces que su padre le pegaba y el miedo que le causaba, no preguntamos qué pasó entonces sino cuál es su sentimiento ahora; tal vez aquel miedo pasó a ser ira o rabia, y ese es el sentimiento que importa ahora. Lo mismo cuando la persona no para de hablar y pasa de una historia a otra: interrumpimos y preguntamos, “perdona, ¿cómo te sientes ahora por lo que acabas de contar?”

Confirmar parafraseando -  Nunca debemos asumir que entendemos y estamos conectados empáticamente con lo que ocurre dentro de la otra persona: con sus sentimientos y necesidades. Necesitamos confirmarlo para asegurarnos, y lo hacemos parafraseando lo que la persona nos ha dicho, preguntando sobre su estado emocional y necesidad: 

“¿Te sientes… porque necesitas…?” El feedback sobre nuestra comprensión es importante por dos razones: primero, si nuestra suposición es errónea la persona tiene la oportunidad de corregirnos; segundo, la propia persona puede necesitar esa confirmación para percibir que realmente estamos acompañándole y que le entendemos.

Es difícil conectar empáticamente con alguien que dice que va a suicidarse porque el mundo estaría mejor sin ella; la tendencia es analizar, interrogar y aconsejar. Pero aún más difícil es conectar empáticamente con alguien que nos critica diciendo “tu problema es…”. 

Debemos recordar que toda crítica es una expresión dramática de una o varias necesidades insatisfechas; por ello ignoramos la crítica como si no fuera dirigida contra nosotros y procuramos descubrir los sentimientos y necesidades que hay detrás, contrastando con la persona cuáles son sus sentimientos y necesidades y permitiéndole corregirnos si estamos equivocados.

Empatía – simpatía – compasión
Empatía. Es sentir visceralmente lo que el otro siente. Algunos psicólogos lo llaman “reflejo de neuronas espejo”. La empatía puede surgir de forma automática cuando vemos que alguien sufre. 

Por ejemplo, si vemos a alguien golpearse con un martillo y hacerse daño en el dedo, inmediatamente tenemos una percepción real de su dolor, como si lo sintiéramos también. La empatía no se limita a sentimientos desagradables; también se da con los agradables: muchas veces la sonrisa de alguien nos hace sonreír.

Simpatía. La mayoría de la gente confunde empatía con simpatía. La empatía es estar con el otro; la simpatía es, esencialmente, estar con nosotros mismos, porque al contrario de la empatía (una forma de ser), la simpatía es un sentimiento que surge de la comprensión de la situación ajena. Si la simpatía ocurre después de la empatía es positiva; si surge antes o en lugar de la empatía, no ayuda.

Compasión. La compasión lleva a la empatía y a la simpatía un paso más allá. Cuando somos compasivos, sentimos el dolor del otro (empatía) o reconocemos su sufrimiento (simpatía) y hacemos lo posible por aliviarlo. La compasión es la meta del proceso que comienza por el estar con el otro y sentir sus sentimientos. 

En un primer momento simplemente permanecemos con la persona; esta etapa es insustituible y la más importante. Después conceptualizamos e intentamos entender su situación y, finalmente, movidos por la compasión, hacemos lo que esté en nuestra mano para aliviar su dolor.

Fue precisamente así como Dios actuó con nosotros al enviar a su Hijo: no intentó salvarnos desde arriba sino que se hizo uno de nosotros, vistió nuestra naturaleza humana y, desde ahí, mostró simpatía por nuestra causa, conmovido por nuestro dolor hasta sentirlo en su propia carne. Como dice San Pablo:

“(Cristo), aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo que aferrarse; sino que se vació a sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte —y muerte de cruz—.” (Filipenses 2,6-8)

En resumen: la empatía es sentir lo que el otro siente; la simpatía es el sentimiento que resulta de comprender su dolor; la compasión es la voluntad de aliviar el sufrimiento ajeno.

El poder de la empatía
Rosenberg menciona una experiencia que su maestro Carl Rogers llevó a cabo para demostrar que la empatía por sí sola puede curar emocionalmente. En ese experimento, algunos pacientes fueron tratados por psicoterapeutas de diversas escuelas y otros por personas sin formación en psicoterapia que solo utilizaron la empatía. Los resultados mostraron que quienes aplicaron la empatía —sean psicoterapeutas o laicos— obtuvieron los mejores resultados.

Por ese experimento y por la propia experiencia de Rosenberg, se concluye que la empatía en sí misma es la mejor vía para la curación emocional, la resolución de conflictos y la reconciliación entre personas y grupos.

Para que esto ocurra, el único requisito es que cada individuo o grupo antagónico, primero, a través de la autoempatía descubra lo que en él está vivo —es decir, sus sentimientos y necesidades— y se dé cuenta de que son sus necesidades insatisfechas las que provocan división y conflicto. 

Segundo, mediante la empatía, logre conectar con lo que está vivo en los otros: su humanidad en el nivel de sentimientos y necesidades. Cuando esta empatía bidireccional ocurre, el conflicto se disuelve, y la curación emocional y la reconciliación suceden por sí mismas, como por arte de magia, simplemente porque los sentimientos y las necesidades son universales.

Ocasionalmente, individuos y grupos pueden coincidir en ideas y pensamientos; la coincidencia a nivel de sentimientos y necesidades está, en gran medida, garantizada porque siempre ocurre. Es precisamente por esto que la empatía es el instrumento más poderoso para la cura emocional, la resolución de conflictos y la reconciliación entre personas o grupos.

Conclusión - Cuando estamos calmados funcionamos desde el neocórtex: pensamos críticamente, resolvemos problemas, somos creativos y empáticos con los demás; en cambio, cuando estamos estresados perdemos la conexión con el neocórtex, dejamos de sentir empatía y nos conectamos automáticamente con el cerebro más primitivo, el reptiliano, quedando tristemente reducidos a tres opciones: atacar, huir o esconderse.

P. Jorge Amaro, IMC