jueves, 25 de junio de 2026
CNV - Una nueva relación con la Tierra
(Génesis 1, 28-29)
El creador y el administrador de la creación
Muchos ecologistas, como Lynn White (en La raíz histórica de nuestra crisis ecológica), acusan a la Biblia y, a través de ella, a la religión, de haber sido mentoras y madrinas del dominio y de la explotación desenfrenada de la Tierra. Para nosotros, estudiantes de la CNV, esta acusación resulta inaceptable, pues en el mito bíblico de la creación la violencia aparece posteriormente como un problema, nunca fue querida ni creada por Dios.
La justificación de la violencia hacia todo y todos procede, más bien, del mito babilónico de la creación, anterior al bíblico, y raíz de lo que el teólogo Walter Wink denomina la religión “civil”, que desde siempre —y todavía hoy— tiene más fieles. En efecto, en el mito babilónico la creación misma es un acto de violencia. Allí la violencia no se percibe como un problema, sino como una faceta intrínseca de la creación, de la naturaleza y del propio ser humano.
El verbo “dominar” procede del hebreo radah, un término de la realeza que significa “reinar”; se refiere, por tanto, al oficio de un rey. ¿Y qué nos dice la Biblia sobre la manera en que debe gobernar un rey? Veamos cómo se emplea la misma palabra en el contexto de la coronación del rey Salomón, símbolo de la sabiduría en Israel:
«Dominará de un mar a otro, desde el gran río hasta los confines de la tierra. (…) Él librará al pobre que clama y al indigente que no tiene quien lo socorra. Tendrá compasión del humilde y del necesitado, y salvará la vida de los oprimidos. Los rescatará de la violencia y la opresión, porque su sangre es preciosa ante sus ojos». (Salmo 72, 8.12-14)
¿Y cuál es, en cambio, el tipo de reinado que Dios rechaza? «¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar al rebaño? Vosotros, en cambio, os alimentáis con la leche, os vestís con la lana, sacrificáis a las reses más gordas y no apacentáis las ovejas. No fortalecéis a las débiles, no cuidáis a las enfermas, no curáis a las heridas; no reconducís a la descarriada ni buscáis a la perdida, sino que las habéis dominado con violencia y dureza». (Ezequiel 34, 3-4)
A la luz del mito bíblico de la Creación, así como de la parábola de los talentos (Mateo 25, 14-30) y de sus semejantes, Dios no otorga al hombre un derecho de propiedad ni ningún otro dominio absoluto sobre la Creación, sino la responsabilidad de cuidarla de manera coherente con su voluntad.
En primer lugar, debemos comprender que el ser humano, y solo él, fue hecho responsable de la Creación, porque entre todas las criaturas únicamente él fue creado a imagen y semejanza del Creador.
En segundo lugar, el “dominio” entendido como explotación sin límites no proviene del relato bíblico, sino de su lectura a través de las lentes del mito babilónico, que ha prevalecido a lo largo de la historia. De hecho, la mente humana ha quedado moldeada por este mito y no por el bíblico. No es casualidad que, hoy en día, si preguntamos si los seres humanos son naturalmente violentos, la mayoría responda que sí, convencidos de que la violencia forma parte de nuestra naturaleza.
Originalmente, sin embargo —es decir, interpretando la Biblia a la luz de la propia Biblia, mediante otros textos—, la palabra “dominio” no significa despotismo totalitario, sino administración justa bajo la autoridad de Dios. Porque Dios es el único propietario, dueño y Señor de la Creación y de todo cuanto contiene, incluyéndonos a nosotros mismos:
«Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella, el mundo y todos sus habitantes». (Salmo 24, 1)
Dios, por tanto, no entregó la Creación al hombre desentendiéndose de ella; al contrario, el ser humano debe recordar siempre que no es dueño, sino simple administrador:
«¿Quién midió las aguas del mar con el hueco de su mano, o abarcó el cielo con su palmo? ¿Quién calculó el polvo de la tierra en una medida, o pesó los montes en una balanza y las colinas en una báscula? (…) ¿De quién recibió consejo para gobernar, quién le enseñó el camino justo? (…) Las naciones son como una gota de agua en un cubo, como un grano de polvo en la balanza».
(Isaías 40, 12.14-15)
«¿Tiene acaso padre la lluvia? ¿Quién engendra las gotas del rocío?»(Job 38, 28)
«Él da alimento a los animales y a los pequeños de los cuervos cuando claman».(Salmo 147, 9)
Subyugar la tierra, por tanto, no significa explotarla, sino aprender a comprender sus procesos, las leyes de la naturaleza y todas sus criaturas, poniéndolas al servicio de la humanidad y para gloria de Dios.
Este mandato sigue vigente hoy para todos los descendientes de Adán y Eva, pero reviste aún mayor importancia para los cristianos, pues hemos conocido al Señor no solo como Creador del mundo, sino también como Redentor. La redención que Cristo nos ha otorgado alcanza igualmente a la creación entera: también el planeta necesita ser salvado.
En este mismo espíritu de vida en armonía con la naturaleza, la Iglesia propone a los ecologistas de nuestro tiempo la figura de san Francisco de Asís. Para él no existían animales enemigos ni antagonismos: llamaba “hermano lobo” al lobo, y se hermanaba no solo con los animales de la tierra, las aves del cielo y los peces del mar, sino también con los propios elementos, llamando “hermana” al agua y “hermano” al sol.
El “Nuevo Testamento” del mito babilónico
«De la guerra de la naturaleza, del hambre y de la muerte, surge directamente el objeto más sublime que podemos concebir: la producción de los animales superiores. La lucha por la existencia, con la eliminación de los débiles e incapaces, conduce a la supervivencia de los más aptos; por ello, esta guerra de la naturaleza debe llevar, finalmente, a animales superiores, razas superiores y, en último término, civilizaciones superiores». (Charles Darwin, último párrafo de El origen de las especies)
Por el uso y abuso de palabras y conceptos cargados de violencia, el último párrafo de la obra de Darwin parece calcado del violento mito babilónico de la Creación. Así, en tiempos modernos, encontramos en Darwin y en sus discípulos más radicales una especie de “Nuevo Testamento” del mito babilónico, esa religión secular que todavía hoy domina el planeta. Y, del mismo modo que el cristianismo se hizo sentir rápidamente en el mundo, también los efectos de la aplicación de esta filosofía se hicieron patentes en los siglos XIX y XX, y siguen repercutiendo en el XXI.
Uno de los frutos más nocivos de esta visión ha sido la explotación irresponsable de los recursos naturales —animales, minerales y humanos—, siempre en nombre de la evolución socioeconómica.
Grandes recursos minerales y vegetales, sobre todo la madera, han sido malgastados y depredados; se ha roto el equilibrio natural de regeneración, llevando a la extinción a muchas especies de plantas y animales. Según Norman Myers, la tasa actual de extinción alcanza las 1000 especies por año, es decir, unas 100 cada día.
El hechizo se vuelve contra el hechicero: la explotación desordenada, egoísta y arbitraria del planeta ha provocado una contaminación sin precedentes de los ecosistemas:
El suelo se ha empobrecido en elementos esenciales para la salud a causa del monocultivo; además, está contaminado por pesticidas y fertilizantes químicos que han alterado su composición y envenenan los acuíferos de los que procede el agua que bebemos.
Los océanos están cargados de microfibras plásticas que se desprenden de nuestras lavadoras desde que el plástico sustituyó a fibras naturales como la lana, el algodón, el lino o la seda; a ello se añaden metales pesados, como el mercurio, absorbidos por los peces que luego consumimos.
El aire está saturado de dióxido de carbono, generando el efecto invernadero responsable del calentamiento global: se derriten glaciares y casquetes polares, sube el nivel del mar, se alteran los vientos y el ritmo de las estaciones, provocando huracanes, inundaciones y sequías de intensidad inédita.
El ambiente social tampoco escapa: hoy el 1% de la humanidad posee más riqueza (54%) que el 99% restante (46%). La brecha entre ricos y pobres no deja de aumentar. Unos mueren de hambre, otros de abundancia; con una justa distribución, ni unos ni otros morirían.
Esta situación hunde sus raíces en la ideología de Adam Smith, padre del capitalismo moderno, que sostenía que, si cada individuo buscaba egoístamente su propio interés, una “mano invisible” velaría por el bien común. Tal mano invisible, disfrazada de Papá Noel, nunca apareció, y el resultado ha sido un deterioro progresivo y cada vez más grave.
No tenemos objeción frente a los fundamentos científicos de la teoría de la evolución; de hecho, desde la encíclica Humani Generis (1950) del Papa Pío XII, la Iglesia Católica acepta los postulados básicos de dicha teoría. Es evidente que la vida procede de un tronco común que, a lo largo de millones de años, se diversificó en múltiples especies hasta llegar a nuestros días.
Lo que resulta inaceptable es la interpretación violenta que Darwin y muchos de sus seguidores dieron a esa teoría, especialmente en el célebre pasaje final de su libro.
A la luz del mito bíblico de la creación y de la Comunicación No Violenta, creemos que la violencia no forma parte de la naturaleza ni constituye el motor de la evolución, como pensaba Darwin. La violencia fue introducida por el ser humano en su relación con la naturaleza, particularmente en los últimos dos siglos.
El efecto mariposa y el efecto dominó
Una mariposa mueve sus alas en Hong Kong y provoca una tormenta en Nueva York. Por pequeño que sea lo que hacemos, afecta a la ecología global del planeta. Antiguamente, cuando la población humana era reducida, el mundo parecía demasiado grande, demasiado poderoso y atemporal para ser alterado por la acción del hombre.
Hoy, sin embargo, la población ha crecido de forma catastrófica y vertiginosa, y sabemos que la acción humana sobre el planeta es acumulativa: los errores y los crímenes contra la naturaleza se suman con el tiempo, porque, como decía alguien, Dios siempre perdona, el hombre a veces, pero la naturaleza ni perdona ni olvida.
Aunque el concepto surgió en 1890, el efecto mariposa se popularizó en 1961 gracias al modelo de predicción meteorológica del meteorólogo Edward Lorenz. Este se dio cuenta de que pequeñas variaciones, estadísticamente insignificantes, podían generar escenarios exponencialmente distintos.
La analogía de la mariposa se consolidó en 1972, cuando Lorenz pronunció un discurso titulado “Previsibilidad: ¿puede el aleteo de una mariposa en Brasil desencadenar un tornado en Texas?”. Pues bien, considerando las alteraciones que nosotros, los seres humanos, hemos introducido en el complejo ecosistema que es el planeta Tierra, se podría decir que hemos hecho el trabajo de miles de millones de mariposas.
Un área de importancia capital es la biodiversidad. Además de protegernos frente a catástrofes agrícolas, como la hambruna de la patata en Irlanda, la pérdida de una sola especie altera significativamente los hábitats naturales y puede perjudicarnos gravemente a corto, medio o largo plazo.
Si tomamos a las mariposas como ejemplo, su desaparición no solo privaría a los niños del placer de jugar con ellas, sino que muchas plantas que dependen estrechamente de las mariposas también se verían condenadas a desaparecer.
La interdependencia de los seres vivos y de los ecosistemas es tal que la extinción de una sola especie puede desencadenar un efecto dominó devastador. Las abejas, principales polinizadoras del planeta, están amenazadas; los árboles que plantan los ardillas gracias a sus frutos olvidados en el suelo podrían dejar de crecer si estas especies desaparecen.
El efecto dominó es una realidad en ecología: el cambio climático puede provocar la extinción de animales y plantas, afectando a los que dependen de ellos, con una reacción en cadena de consecuencias imprevisibles.
Recientemente, se conoció la muerte del último rinoceronte blanco macho. Parte de su esperma fue congelada con la esperanza de perpetuar la especie, pero de las dos hembras restantes, una es estéril. La supervivencia del rinoceronte blanco está, por tanto, en grave peligro, víctima de la caza despiadada motivada por la creencia en las propiedades afrodisíacas de su cuerno.
Génesis de la violencia en el mito bíblico de la creación
Según la religión violenta del sistema de dominio, basada en el mito babilónico, la violencia es el mandamiento principal, la matriz de todas las relaciones: con los semejantes, con uno mismo, con Dios —a quien se ofrecen sacrificios violentos para aplacar su ira o ganar su favor— y con la naturaleza, que no es madre generosa sino madrastra.
La naturaleza lo dio todo a los animales, incluso los vistió; al hombre no le dio nada: nació desnudo, y si desea comer, debe trabajar. Mientras que el Neandertal se adaptaba a la naturaleza, el Homo sapiens intentó dominarla con su mente, moldeándola según sus necesidades. Viéndose a sí mismo como el “patito feo” de la Creación, la relación del hombre con la naturaleza adoptó un carácter de venganza.
«Por haber escuchado la voz de tu mujer y comer del fruto del árbol del que te había ordenado: ‘No comas de él’, maldita será la tierra por tu causa; con dolor sacarás de ella el alimento todos los días de tu vida. Te producirá espinas y abrojos, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra de la que fuiste tomado; porque polvo eres y al polvo volverás». (Génesis 3, 17-19)
Para el mito babilónico la violencia era natural; para el rito bíblico no. Lo que Dios creó era bueno y hubo un tiempo en que el hombre vivía en armonía con la naturaleza, en el Jardín del Edén, y con Dios, paseando con Él al atardecer (Génesis 3,8). Con el pecado, esta armonía se rompió.
La filosofía “win-win” y la ecología
Cristo vino a traer la salvación no solo al hombre, sino también al ambiente en el que habita; la Tierra puede volver a ser el paraíso que alguna vez fue. Para ello, debemos denunciar el darwinismo exacerbado que trata violentamente a la naturaleza.
Así como denunciamos la falacia de la violencia redentora, ahora denunciamos el mito del dominio y de la supervivencia del más fuerte sobre el más débil, que no es más que una ideología falsa que pretende explicar la evolución de los animales a lo largo de millones de años.
Entre los animales no existe violencia: actúan para satisfacer sus necesidades. No se matan por odio, sino para alimentarse. Si damos comida a un gato, seguirá cazando ratones o pájaros, pero no por odio, sino por instinto.
La Comunicación No Violenta (CNV) busca que todos satisfagan armoniosamente sus necesidades. Es posible recuperar un mundo más equilibrado, sostenible y respetuoso con el medio ambiente. En CNV, las necesidades del otro son también las mías: no existe antagonismo. Incluso cuando un “no” nos confronta, podemos escuchar un “sí” subyacente.
La CNV es una filosofía “win-win”: todos pueden ganar. No hay vida humana fuera de este planeta, así que lo que es bueno para la Tierra es bueno para el hombre, y lo que es perjudicial para el planeta lo será para la humanidad a largo plazo. Las consecuencias de los daños pasados ya se sienten. Dejad de ser enemigos del medio ambiente: en él vivimos.
Si la Madre Tierra sostiene nuestra vida, entonces ella también está viva, es un organismo vivo. Relacionémonos con ella aplicando los cuatro componentes de la CNV: observemos objetivamente su estado, pidamos a los chamanes de América del Norte que nos ayuden a comprender sus sentimientos y necesidades, y finalmente, intuiremos lo que nos pide para mantenerse viva y mantenernos a nosotros vivos.
Conclusión - A la luz del mito bíblico de la Creación, de la parábola de los talentos (Mateo 25,14-30) y de sus relatos afines, Dios no otorga al hombre derecho de propiedad ni ningún otro derecho sobre la Creación, sino la responsabilidad de cuidarla de acuerdo con Su voluntad.
P. Jorge Amaro, IMC
sábado, 20 de junio de 2026
CNV - Una nueva relación con los otros
Autoempatía y empatía hacia los demás
Tanto la expresión de nuestros propios sentimientos y necesidades como la sintonía empática con los sentimientos y necesidades de los demás se fundamentan en un estado particular de conciencia que constituye el corazón de la Comunicación No Violenta (CNV). Este estado de conciencia se nutre de la empatía hacia los demás y hacia nosotros mismos.
Tanto en el Nuevo Testamento, en la cita anterior, como ya en el Antiguo Testamento (Lv 19,18), la Biblia muestra que no es posible amar al prójimo sin amarse a uno mismo, y viceversa: no es posible amarse a uno mismo (con un amor sano, no narcisista) sin amar al prójimo.
La autoestima y la estima hacia los demás están íntimamente unidas; la medida que aplicamos a los otros es la misma que aplicamos a nosotros mismos. La empatía consiste en extender a los demás la misma compasión que tenemos por nosotros mismos a través de los cuatro componentes de la CNV. Esto significa indagar en los sentimientos y necesidades del otro, ocultos y subyacentes en las interpretaciones, análisis y juicios que formula sobre nosotros, sobre sí mismo o sobre la sociedad en general.
La práctica de la CNV implica la intención de vincularnos con compasión tanto a nosotros mismos como a los demás, y requiere la capacidad de mantener nuestra atención en el momento presente. Esto incluye ser conscientes de que, a veces, en este presente, estamos recordando el pasado o imaginando una posibilidad futura. Se trata de conectarnos con compasión a lo que está vivo en nosotros y en los demás: lo que sentimos y necesitamos aquí y ahora.
«A vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian.» (Lucas 6, 27)
Ni la empatía ni la autoempatía son fáciles de poner en práctica. Las estructuras de poder nos han enseñado a odiarnos a nosotros mismos como odiamos a los demás. En tiempos de calma esta práctica puede resultar relativamente sencilla, pero en momentos de estrés, de conflictos internos o externos, el odio reptiliano puede volvernos reacios y dificultar el acceso a la empatía y la compasión, tanto hacia nosotros como hacia los otros.
Solo una práctica constante —con la conciencia de que a veces no lo lograremos— puede llevarnos al éxito, un éxito pleno si perseveramos en el camino.
Los enemigos no existen
Los demás, incluso nuestros rivales, no son verdaderos enemigos. Al igual que nosotros, solo buscan satisfacer sus necesidades. Por ello, cuando no tememos expresar con autenticidad y honestidad nuestros sentimientos y necesidades, mostrándonos vulnerables e indigentes ante los otros, apelamos a su empatía y compasión, porque los sentimientos y las necesidades son universales.
De este modo, cuando formulemos nuestras peticiones —ni de forma agresiva o arrogante, ni de manera sumisa, sino con asertividad— ellos responderán positivamente. Será la compasión y la empatía que logremos despertar en ellos lo que les permitirá conectar con su neocórtex y así superar, por sí mismos, su egoísmo reptiliano.
Recibir con empatía
La CNV es un camino de doble dirección. Anteriormente describimos sus cuatro componentes desde nosotros mismos: lo que observamos, sentimos y necesitamos, y lo que deseamos solicitar a los demás para enriquecer nuestra vida. Ahora se trata de aplicar esos mismos cuatro componentes a los otros: escuchar sus observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones. A esto se le llama recibir con empatía.
En la CNV, la mitad del proceso es aprender a expresarse con los cuatro componentes; la otra mitad consiste en escuchar y responder a los demás según ese mismo esquema, estableciendo un vínculo con lo que está ocurriendo en ellos en ese preciso momento a nivel de sentimientos y necesidades.
El vínculo empático nos permite ir más allá de las apariencias para contemplar y conectar con la belleza intrínseca del otro, con la energía divina que opera en él, con la vida presente en su interior. El objetivo de la conexión empática no es comprender intelectualmente a la otra persona.
Del mismo modo que para observar un bosque necesitamos salir de él y tomar distancia, comprender intelectualmente al otro significa dejar de estar empáticamente con él. Mientras analizamos mentalmente al otro, no estamos realmente con él.
La empatía es estar con, sentir con, ser con: es la comprensión respetuosa de lo que los demás están experimentando en el momento presente. En este sentido se orienta la psicoterapia no directiva de Carl Rogers, maestro de Rosenberg.
La presencia silenciosa y activa, la escucha empática y compasiva del psicoterapeuta ante la confidencia del cliente, consuela (del latín cum solis: estar con) y conforta (del latín cum fortis: hacer fuerte). Fortalece y da energía al cliente para que él mismo encuentre la solución a sus problemas.
Con frecuencia, en lugar de practicar la empatía —es decir, situarnos al lado del otro— adoptamos una posición de autoridad, como si fuéramos su padre o su maestro, y damos consejos o expresamos lo que pensamos o sentimos. La creencia de que debemos arreglar o resolver los problemas de los demás, o de que debemos hacerles sentir mejor, nos impide estar realmente con ellos.
Con su característico humor e ironía, Rosenberg solía decir que, cuando se trate de dar consejos, no debemos hacerlo nunca, a menos que la persona interesada nos los pida mediante una solicitud por escrito firmada por un abogado.
Veamos un ejemplo de lo que la empatía es —y de lo que no es—:
«Soy más fea que un burro», dice la hija delante del espejo.
«No, eres la criatura más hermosa que Dios ha creado jamás», responde el padre con una solución rápida.
«¿Te sientes desilusionada con tu aspecto hoy?» sería la respuesta verdaderamente empática.
Normas de la psicoterapia no directiva
Las normas de la psicoterapia no directiva se aplican perfectamente: Sentarse frente al cliente sin mesa de por medio; mantener una postura abierta que implica no cruzar las piernas; estar relajado, pero no en exceso, para no transmitir desinterés; situarse a una distancia adecuada —ni demasiado lejos ni demasiado cerca, respetando el instinto territorial—; observar todos los movimientos corporales del cliente, no solo sus ojos, y darle retroalimentación preguntándole, por ejemplo: «Veo que tienes el puño cerrado, ¿qué significa para ti un puño cerrado?».
No dejar que el cliente permanezca demasiado tiempo anclado en el pasado, sino traerlo de nuevo al momento presente preguntándole: «¿Cómo te está afectando ahora?, ¿cómo te sientes ahora?». Hacer preguntas abiertas, exploratorias, que no puedan responderse con un simple sí o no.
Para lograr una mayor comprensión de su discurso, conviene parafrasear lo que el cliente expresa: «Te he escuchado decir que…», «Me doy cuenta de que, según tú…», «¿Te sientes irritado y decepcionado porque…?». Las preguntas se plantean de forma que el cliente se aclare a sí mismo, y no para satisfacer la curiosidad del terapeuta.
Barreras a la empatía
Existen afirmaciones inadecuadas que acaban erigiendo una barrera entre quien habla y quien escucha, dificultando la comunicación. Este tipo de reacciones suelen mostrar falta de respeto hacia los pensamientos y sentimientos de la otra persona. Para mejorar nuestra capacidad de relacionarnos es importante reconocer estas barreras, de modo que podamos evitarlas con mayor facilidad:
Aconsejar o enseñar – «Creo que deberías…», «¿Por qué no hiciste…?». No hagamos diagnósticos ni demos recetas; simplemente ayudemos a que el otro llegue a sus propias conclusiones y soluciones.
Expresar intolerancia y desaprobación – El otro se sentirá rechazado.
Moralizar – Afirmaciones que juzgan los actos del otro como buenos o malos, o sus palabras como adecuadas o inadecuadas.
Restar importancia o rechazar los sentimientos del otro – «Eso no es nada, yo pasé por algo peor…», «No deberías sentirte así…». El otro puede sentirse aliviado momentáneamente, pero el sentimiento volverá.
Educar – «Mira, esto incluso podría convertirse en una experiencia positiva si tú…».
Pseudo consuelo – «No fue culpa tuya, hiciste lo mejor que pudiste…».
Contar historias propias – «Esto me recuerda a cuando yo…».
Negar los sentimientos – «Alégrate, no estés triste…».
Hacer demasiadas preguntas para satisfacer nuestra curiosidad – «¿Cuándo te pasó eso?».
Corregir – «No fue así como sucedió…».
Desvalorizar la comunicación – «¿Para qué hablar, si nunca escuchas?», cuando el otro pide una opinión.
Culpa implícita – «¿Te sientes infeliz conmigo?».
Culpa disfrazada de comprensión – «¿Te sientes infeliz porque crees que no te comprendo?». Aquí el foco está en lo que piensa de mí, no en lo que necesita, además de transmitir culpa.
Enfoque correcto según la CNV – «¿Te sientes infeliz porque necesitas ser escuchado?». Aquí el foco está en su necesidad, no en mí ni en la posibilidad de que yo haya hecho algo mal.
Todas estas reacciones no empáticas tienen algo en común: apartan la atención del otro para centrarla en nosotros mismos. En el mejor de los casos, distraen al otro de su problema o anestesian su dolor, pero no lo ayudan a resolver nada; más bien al contrario.
En CNV no debe preocuparnos tanto lo que la gente dice ni cómo lo dice, pues sabemos de antemano que todo lo que expresen puede traducirse en observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones. En sus talleres, Rosenberg repetía incansablemente que, a lo largo de miles de años de historia, desde que el ser humano aprendió a hablar, todo lo que ha dicho y sigue diciendo se resume en dos palabras:
«Por favor…» al expresar observaciones, sentimientos y necesidades que desembocan en una petición, es decir, en una oportunidad para enriquecer la vida y hacerla más maravillosa.
«Gracias» al reconocer con gratitud y celebrar que nuestras necesidades han sido satisfechas.
La empatía de Jesús
La empatía de Jesús y su capacidad de escucha activa aparecen reflejadas en numerosos pasajes de la Sagrada Escritura. Algunos ejemplos:
Jesús no juzgó a Zaqueo (Lc 19, 1-10); por el contrario, tuvo hacia él una mirada positiva y acogedora. No lo condenó y permitió que fuese él mismo quien se acusara y encontrara la solución a su problema.
Tampoco juzgó a la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8, 1-11). Cuando alguien está herido, lo último que necesita es ser juzgado. Jesús fue compasivo, la defendió y se rebajó a sí mismo para elevarla a ella.
Jesús lloró de compasión por su amigo Lázaro, mostrando empatía con el dolor de sus hermanas.
El encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo es un relato particularmente rico en acción interpersonal. En él se revelan suficientes pensamientos y sentimientos de ambos interlocutores como para reconstruirlo como un estudio de caso en psicoterapia. Desde lo superficial hasta lo más profundo, este encuentro muestra las habilidades de Jesús como verdadero psicoterapeuta.
Jesús condujo a la mujer a través de una serie de pasos hacia la integridad psicológica y espiritual:
Aceptación incondicional. Jesús aceptó a la mujer como persona. Rompió todos los tabúes sociales y religiosos que los separaban, y sin embargo respetó su individualidad. No se dejó intimidar ni reaccionó a su sarcasmo velado. Permitió que ella marcara el nivel inicial de la conversación, haciéndole entender que la aceptaba como ser único, con potencial de crecer.
Confesión libre de su necesidad. Jesús la dejó escoger el momento y la forma de revelar la profundidad de su necesidad. Cualquier condena inicial habría sido la respuesta esperada de un rabino hacia una mujer de dudosa reputación. Pero Jesús esperó, y cuando ella finalmente se abrió, confesó su deseo de cambiar de vida.
Confrontación respetuosa. Jesús le ofreció indicios sobre su vida íntima, sondeando su pasado difícil. Si ella no hubiese estado preparada, sus palabras podrían haber sido prematuras o incluso dañinas. Sin embargo, Jesús transformó esa confrontación en un modo de romper el ciclo de relaciones fallidas, exponiendo su sentimiento de culpa.
Liberación de la culpa. Jesús la liberó de la carga de culpa y le ofreció lo que le había prometido antes: saciar su sed compulsiva de amor con el agua viva de la gracia.
Uso de la empatía para neutralizar el peligro
Rosenberg cuenta cómo una joven logró neutralizar a su potencial agresor sexual utilizando la CNV:
Agresor: ¡Desnúdate!
Joven: (Notando que el chico temblaba) Me parece que estás nervioso…
Agresor: ¿Estás sorda? Te lo repito, ¡desnúdate!
Joven: Siento que estás muy irritado y quieres que haga lo que me ordenas.
Agresor: Exacto, y te haré daño si no haces lo que digo.
Joven: Me gustaría que me dijeras si hay alguna forma de satisfacer tus necesidades sin que yo salga herida.
Agresor: Ya te dije que te desnudaras.
Joven: Entiendo lo que necesitas, pero quiero que sepas lo aterrorizada que estoy ante esta situación y lo agradecida que estaría si te marcharas sin hacerme daño.
Agresor: Dame tu cartera.
Ella le entregó la cartera, aliviada de que no la hubiese violado. Más tarde reconoció que, cuanto más lograba establecer empatía con su agresor, más se debilitaba en él la intención de violarla. Es evidente que en situaciones así resulta extremadamente difícil sentir empatía hacia el otro. Sin embargo, cuando conseguimos descubrir y conectar con los sentimientos y necesidades de la otra persona, dejamos de ver en ella un monstruo y comenzamos a ver al ser humano.
Conclusión - La empatía consiste en extender a los demás la misma compasión que tenemos hacia nosotros mismos. Esto significa indagar en los sentimientos y necesidades del otro, que se ocultan tras las interpretaciones, análisis y juicios que emite sobre nosotros, sobre sí mismo o sobre la sociedad en general.
P. Jorge Amaro, INC
lunes, 15 de junio de 2026
Vida: Regalo - Préstamo - Alquiler?
"Quiero pasar esta noche en este refugio de caravanas", dijo un peregrino.
—¿Cómo te atreves a llamar a mi suntuoso palacio un refugio de caravanas?
—¿Y de quién era el palacio antes de ser el tuyo? —preguntó el peregrino.
—Era de mi padre —replicó el noble señor—.
—¿Y dónde está ahora tu padre?
-Murió.
- ¿Y de quién era el palacio delante de tu Padre?
- Era de mi abuelo...
—¿Y dónde está ahora tu abuelo?
-Murió...
—¿De quién será este palacio después de tu muerte?
- De mi hijo...
"Entonces", concluyó el peregrino, "un edificio en el que viven diferentes personas durante un cierto tiempo, ¿dices que no es un refugio para caravanas?"
De "nuestra" vida somos administradores, no dueños
Desnudos salimos del vientre de nuestra madre y desnudos volvemos al seno de Dios, del que también salió nuestra madre. No somos dueños de nada, porque no podemos poseer nada indefinidamente, ni siquiera nuestra propia vida puede poseerla indefinidamente.
El cristiano debe reemplazar el uso de pronombres posesivos con pronombres administrativos. En su vida, en lugar de conjugar el verbo tener y poseer, debe usar el verbo usar y administrar. Las cosas fueron hechas para ser usadas, no poseídas o amadas; De la misma manera, las personas fueron hechas para ser amadas, no para ser poseídas ni utilizadas.
No somos dueños de nada. De todos los recursos que decimos tener, y como dice el poeta, así como no fuimos escuchados en el acto de nacer, es decir, nadie nos preguntó si queríamos vivir o no, podemos concluir que ni siquiera nuestra vida es nuestra.
"Al hecho, pecho", decia una mujer que amamantaba a su hijo. Somos puestos en esta vida como una marioneta que toca el tambor, ya sea de cuerda o eléctrico, y se nos da una cuerda o se nos pone en una pila y nuestra vida dura lo que dura la cuerda o la pila. No tenemos control sobre el tiempo de nuestra vida, porque no somos dueños del tiempo ni de la vida.
Somos administradores, no sólo de los recursos materiales o espirituales (talentos) que utilizamos en la vida, sino también de la vida misma: del tiempo, de las energías y de la elección fundamental, es decir, de nuestra vocación o misión y del lugar que ocupamos en el mundo y en la sociedad.
De todo lo que existe, incluyéndonos a nosotros mismos, el dueño es Dios. Aunque, a diferencia de otras criaturas, fuimos creados a su imagen y semejanza, solo somos meros mayordomos de nuestras vidas y algún día tendremos que rendir cuentas de esta mayordomía.
"Dios ha contado los años de tu reinado y le ha puesto fin; Te han pesado en la balanza y te han considerado demasiado ligeros; tu reino será dividido y entregado a los medos y a los persas". Daniel 5:26-28
El profeta Daniel interpretó el sueño del rey de Babilonia. Al concluir su interpretación, le dijo al rey que al poner en un lado de la balanza lo que podría haber sido y en el otro lo que realmente era, lo que estaba llamado a ser y lo que era, sopesando sus conquistas y sus derrotas, sus buenas y sus malas obras, la parte positiva no tenía suficiente peso.
Las cosas fueron hechas para ser usadas, no poseídas, porque no son un fin en sí mismas, sino sólo un medio de vida; Están al servicio de la vida. Las personas fueron hechas para ser amadas, no para ser poseídas o usadas porque son un fin en sí mismas y nunca un medio.
Perverso es el que ama las cosas y utiliza a las personas para tener más cosas. Aquellos que se relacionan con las cosas de esta manera ven la vida como poder y posesión. Para él, amar es poseer cosas y personas; nunca puede ser feliz, porque a nadie le gusta ser usado o poseído.
La vida como regalo
Un día un campesino llamó a la puerta del monasterio; El hermano portero abrió la puerta y el campesino le dio un racimo de uvas. -Son para ti -dijo el campesino-, porque me has ayudado en tiempos de escasez. El portero recibió las uvas con gran alegría, le dio las gracias. Más tarde, cuando iba a comerlos, pensó: "es mejor dárselos al abad, creo que se los merece por la forma en que gobierna el convento".
El abad los recibió con la misma alegría que el hermano portero y cuando estaba a punto de comerlos en su celda, recordó que harían las delicias de uno de los hermanos que estaba enfermo. El hermano enfermo los recibió con alegría e inmediatamente pensó en el hermano cocinero que tan amablemente lo había cuidado. Tan pronto como apareció con el almuerzo, se lo dio. Admiró la belleza, el perfume y la perfección de las uvas y pensó en regalárselas al hermano sacristano, ya que le recordaban a las que se ofrecían en los ofertorios de la misa.
El hermano sacristán los recibió y entendió el símbolo, pero no quería comérselos, inmediatamente pensó en el hermano novicio que estaba en crisis vocacional y se los dio con mucho gusto. Finalmente, el hermano novicio recordó a la primera persona que le había abierto la puerta del monasterio y se las dio al hermano portero. De esta manera, el hermano portero entendió que las uvas eran para él y nadie más, por lo que las probó una a una. (Resumido y adaptado de Paulo Coelho El círculo de la alegría)
Esta historia ilustra perfectamente que la vida es un regalo, sí, pero un regalo que no está destinado a ser poseído, sino dado. En la teología y en los libros de espiritualidad encontramos a menudo la expresión "don de la vida", que expresa que la vida es un don, un don de Dios. Si se nos ha dado, entonces somos sus dueños, lo cual, como hemos dicho, no es cierto, porque no tenemos forma de retener este don indefinidamente.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará. Mateo 16:25
La vida del otro es un valor absoluto para mí, mi vida para mí es un valor relativo. La vida es para dársela, para consumirla al servicio de los demás o de una causa humana. Nuestra vida no gira en torno a nosotros, no es ni debe ser sobre nosotros, sino sobre algo fuera de nosotros porque no se justifica por sí mismo. No es ni debe ser nunca autorreferencial.
Usamos nuestra vida, tiempo y energías para cultivar valores humanos que valen más que la vida. Estos valores son absolutos, porque son la razón de la vida. Son los valores por los que vivimos, los valores a los que dedicamos cada minuto de nuestra vida y por los que estaríamos dispuestos a darlo en un minuto.
Cada uno de los valores, talentos o dones que dan forma a nuestra vida, los tenemos en la medida en que los utilizamos para nuestro propio bien y para el bien de los demás. Si dejamos de usarlos, dejamos de tenerlos. En este sentido, si es cierto que solo damos lo que tenemos, también es cierto que solo tenemos lo que damos.
Por otro lado, vivir es amar y amar es darse al otro. Bueno, cuando nos damos a nosotros mismos, ya no nos poseemos a nosotros mismos. De hecho, nadie es tan vulnerable como cuando, por amor, se entrega al otro. El otro tiene un inmenso poder sobre nosotros y puede abusar de ese poder si su amor por nosotros no es recíproco. Es decir, si no se entrega a nosotros.
En el matrimonio cristiano, el amor es siempre trinitario, es decir, los dos se dan el uno al otro sin que nadie posea a nadie, porque el que posee ambos es Dios. Yo me entrego a Dios a través de ti, tú te entregas a Dios a través de mí. Los dos nos damos el uno al otro sin que ninguno de nosotros sea dueño del otro.
La vida como un préstamo
Un hombre siguió su camino, llamó a sus siervos y les dio sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, a otro, a cada uno según su capacidad, y se puso en camino. Al instante, el que había recibido cinco talentos fue a comerciar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que había recibido dos ganó otros dos. Pero el que había recibido uno se fue, hizo un agujero en la tierra y escondió el dinero de su señor. Mateo 25:14-18
Cualesquiera que sean las circunstancias de su nacimiento, ya sea un niño altamente proyectado por los padres, que incluso eligen el sexo del bebé, el hijo de una pareja, pero no deseado ni proyectado, que viene al mundo por accidente, el hijo de una noche de placer, el hijo ilegítimo que nace fuera del matrimonio, el hijo de una prostituta, e incluso el hijo de la violación, todos son igualmente hijos de Dios.
Si Dios les permitió venir al mundo, sean cuales sean las circunstancias de su nacimiento, todos, absolutamente todos son hijos de Dios y su vida es viable. Dios ha dotado a cada uno de estos niños de un proyecto, de un lugar en el mundo y en la sociedad, y de los talentos suficientes para llevar a cabo el proyecto que Él ha pensado para cada ser humano.
Dios es, por tanto, el arquitecto de nuestra vida es Él quien tiene los diseños, los planos, los cálculos para la construcción de nuestra vida, una construcción que termina con nuestra muerte y el paso al seno de Dios.
Tanto el plan como los talentos y limitaciones para ejecutarlo se nos van revelando poco a poco, a medida que se van necesitando. No recibiremos las tejas para el techo hasta que los cimientos estén excavados y firmes.
La parábola de los talentos ilustra que la vida es un préstamo, un crédito que Dios nos ha dado para administrarla. Como en la parábola, al final tenemos que rendir cuentas, es decir, el préstamo tiene que dar beneficios.
A todos se nos dan ciertos talentos y no otros. Todos reciben suficientes talentos para hacer viable su vida, pero nadie recibe todos los talentos. Lo importante es desarrollarse, hacer que los talentos que has recibido den frutos y no esconderlos para luego admirar o envidiar los talentos que otros han recibido, tratando de vivir sus vidas, algo que nunca logras.
El acto o actitud de envidiar los talentos de los demás equivale a ocultar nuestros talentos, porque cuando nuestros ojos están enfocados en la distancia, no pueden enfocar lo cercano al mismo tiempo. Cuando miramos los talentos de los demás no vemos los nuestros, por lo que es como si intentáramos vivir una vida que no es la nuestra y, por supuesto, nunca viviremos felices, significativos y realizados. Al tratar de ser lo que no somos, cualquiera puede ganarnos y ser superior a nosotros; Por ser quienes somos, nadie puede vencernos.
A todos a quienes se les ha dado mucho, mucho se les exigirá; y a quienes se les ha confiado mucho, se les pedirá más. Lucas 12:48
También se critica duramente la falta de fruto en las ciudades de Corazín, Betsaida y Cafarnaúm, a pesar de que Jesús sembró allí una gran cantidad de siembra. Quizás, si esta siembra se hubiera hecho fuera de Israel, en las ciudades fenicias de Tiro y Sidón, el resultado hubiera sido diferente. Por lo tanto, el Juicio Final será más indulgente con Sodoma que con estas ciudades. De hecho, hoy en día solo quedan ruinas de ellos. (Lucas 10:13-16)
La vida en alquiler
Había un hombre, el dueño de la casa, que plantó una viña, la rodeó con un seto, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la alquiló a unos labradores y se puso en camino. Cuando se acercó el tiempo del fruto, envió a sus siervos a los labradores para que recibieran su fruto. Mateo 21:33-34
El salmo dice que la viña del Señor es la casa de Israel, pero cuando escuchamos este evangelio, debemos personalizarlo. La viña del Señor es cada uno de nosotros. O mejor dicho, es nuestra vida y somos nosotros los que la alquilamos, somos los cuidadores. Debemos dar fruto, hacer que la viña rinda, esa debe ser nuestra preocupación, que nuestra vida dé fruto, que esté llena de buenas obras. Pero la espiritualidad que se nos ha inculcado dice que debemos mantenernos limpios, evitar el mal y el pecado, pero no dice que debemos hacer el bien.
Espiritualidad positiva
La manía por la limpieza es una enfermedad psíquica. Hay personas que se pasan la vida lavándose las manos y, tal vez, puedan presentarse ante Dios con las manos limpias, pero Dios les dirá que están vacías... Nuestra vida espiritual se enfoca en evitar el mal, no en hacer el bien. Eso era lo que siempre había hecho el joven rico, guardar los mandamientos que solo nos dicen lo que no debemos hacer.
Los mandamientos de Cristo son positivos: amar a Dios sobre todas las cosas y a las personas, al prójimo como a nosotros mismos, a nosotros mismos como Dios nos ama. Estos son mandamientos que implican acción positiva, a diferencia de los 10 mandamientos que solo nos exhortan a evitar el mal, no a hacer el bien.
Al final de nuestras vidas no seremos juzgados por el mal que hemos hecho, sino por el bien que no hemos hecho y que teníamos la posibilidad de haber hecho. Seremos juzgados por haber sido malos samaritanos, por haber sido testigos de hermanos necesitados y, pudiendo hacer algo, no hicimos nada, silbamos a un lado y dijimos que no éramos nosotros, que no era nuestro problema.
La naturaleza aborrece el vacío
Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, camina por lugares secos en busca de descanso y no lo encuentra. Luego dice: "Volveré a mi casa, de donde salí". Cuando llega, lo encuentra vacío, barrido y en orden. Entonces él va, lleva consigo a otros siete espíritus peores que él, y ellos entran y se instalan allí. La situación final de este hombre es peor que la primera. Así será para esta generación malvada. Mateo 12:43-45
Todo lo que buscamos hacer en nuestra alma está vacío, olvidando que la naturaleza aborrece el vacío, como aprendimos en las clases de Física. Es una ley de la física cuya aplicación en el campo espiritual está probada en el evangelio citado anteriormente.
El vacío en la naturaleza no existe, sólo puede ser creado artificialmente. Una botella vacía no existe, porque puede estar vacía de vino o de agua, pero nunca de aire. Si queremos eliminar el aire de una copa, podemos extraerla artificialmente con una máquina, creando un vacío, o podemos llenarla de vino de forma natural.
En el Juicio Final, los que se salvan son aquellos que ayudaron al Señor en los pobres y desamparados y le dieron de comer, de beber, lo acogieron cuando era un extranjero o un peregrino, lo vistieron cuando estaba desnudo y lo visitaron cuando estaba en la cárcel o en el hospital. Los condenados no eran los malvados, sino los que daban la espalda a todas las oportunidades que la vida les daba para hacer el bien, porque su preocupación era evitar el mal. Mateo 25:31-46
Nuevo examen de conciencia y nueva confesión
Basándonos en el texto de Mateo sobre el Juicio Final, deja de ocupar tu psique con el mal y ocúpala con el bien; Usa tu tiempo y energía para hacer el bien donde quiera que estés a quien seas, las oportunidades no faltarán. En lugar de usar tus energías en luchar contra el mal dentro de ti, buscando erradicarlo y dejar tu alma limpia y vacía.
"El que no tiene dinero no tiene vicios" mientras tú estás ocupado haciendo el bien, no puedes hacer el mal, porque no tienes ni el tiempo ni la energía para ello; Como el bien ocupa en tu mente y en tu corazón el lugar que antes ocupaba el mal crea espacio para el bien, de la misma manera que el vino, cuando entra en la copa, expulsa aire naturalmente.
Partiendo de esta misma filosofía, existe un fármaco que combate el cáncer sin atacarlo con quimioterapia o radioterapia; Lo que hace este medicamento es destruir los vasos sanguíneos que alimentan las células cancerosas; Sin comida, mueren.
Cuando llenamos nuestras vidas de buenas obras, cuando dedicamos nuestro tiempo a hacer el bien, el mal desaparece por sí mismo. No podemos hacer el bien y el mal al mismo tiempo; Al ocupar nuestro tiempo con el bien, el mal desaparece por falta de tiempo para hacerlo.
En una espiritualidad positiva sólo hay pecados de omisión. Mi examen de conciencia consistirá en revisar mi día a día e identificar las situaciones que requerían de mi acción solidaria; Mis pecados para confesar serán las oportunidades en las que podría haber hecho el bien y no lo hice.
Conclusión - La vida es un regalo que se da, no que se posee. Es un préstamo que algún día pagaremos con intereses, y un contrato de arrendamiento por el que debemos pagar una renta.
P. Jorge Amaro, IMC
miércoles, 10 de junio de 2026
CNV - Una nueva relación conmigo mismo
Compasivos con nosotros mismos
Después de haber descrito el funcionamiento de esta nueva lengua, podemos comprobar en la práctica que es mucho más que un simple lenguaje: es una nueva filosofía de vida, una nueva forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás, con el mundo que nos rodea e incluso con Dios.
«La caridad comienza en casa». Cuando somos violentos con nosotros mismos, resulta difícil ser compasivos con los demás; cuando no ejercemos empatía hacia nosotros mismos, difícilmente podremos ejercerla hacia los otros.
El verdadero amor es incondicional. Y es precisamente este tipo de autoempatía, libre de condiciones, el que debemos cultivar hacia nosotros mismos. Por el contrario, las estructuras de poder, para dominarnos, nos enseñan a odiarnos cuando nuestro rendimiento no corresponde a lo que se espera de nosotros, y a amarnos sólo cuando nuestro desempeño social se ajusta a los parámetros de esas estructuras de poder.
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19, 18). El amor propio incondicional no es egoísmo: al contrario, es la medida del amor a los demás. Primero estoy llamado a amarme a mí mismo; después, a amar al prójimo con la misma medida con que me amo a mí mismo.
El amor propio, la autoestima o la autoempatía, lejos de confundirse con el egoísmo, son la base sobre la que se sustentan todas las relaciones que establecemos: con nosotros mismos, con los demás e incluso con Dios. No existe, por tanto, verdadero altruismo sin autoempatía.
De forma muy sutil, el sistema de dominación ha tratado de limitar la violencia entre las personas trasladándola al interior de la conciencia moral de cada uno. Dentro de nosotros, el superyó freudiano actúa como el «Caballo de Troya» del sistema de dominación. La coacción del sistema ya no se ejerce desde fuera, sino que es la propia persona quien la aplica contra sí misma.
Como ese caballo oculto en nuestra conciencia, el superyó imita las instancias penales de la sociedad: actúa como policía que sorprende en delito, como tribunal que juzga, condena y dicta sentencia en forma de autopunición. Esta pena puede tomar la forma de prisión —la depresión, que nos aparta de la vida o nos priva del amor, de la alegría o de la plenitud—, o incluso la pena máxima: la muerte, es decir, el suicidio, cuando alguien llega a convertirse en su peor enemigo y acaba quitándose la vida en lo que interpreta como legítima defensa.
La CNV nos invita a evaluarnos a nosotros mismos con el fin de crecer, no para odiarnos. Nada positivo puede nacer de una motivación negativa. La verdadera transformación nunca surge de energías destructivas como la culpa o la vergüenza, pues ambas son formas de auto-odio. Todo aquello que hagamos impulsados por la culpa o la vergüenza jamás será un acto positivo capaz de proporcionarnos alegría y felicidad. Sólo lo que brota del deseo de enriquecer nuestra vida y la de los demás puede traer verdadera plenitud.
Contra el sacrificarse por los demás
«Por eso me ama el Padre: porque doy mi vida (...). Nadie me la quita; yo la doy libremente».
(Juan 10, 17-18)
Durante su vida de obrero, cuando mi padre hacía el turno de noche, solía desahogarse con nosotros diciendo: «allá voy al destierro». Mi madre, al final de sus días, solía repetir: «nunca tuve un respiro en la vida». Mis padres fueron personas sacrificadas por sus hijos; no dudo de que lo hicieron por amor y no por obligación, pero a veces transmitían la impresión de que satisfacían las necesidades de los hijos dejando de lado las propias. Esto, sin embargo, no es verdadero cristianismo, porque olvida que el amor al prójimo debe reflejar el amor a uno mismo.
En CNV no existen esclavos del deber. No hay cosas que tengamos que hacer por obligación, porque sí. Todo lo que se hace desde la imposición tiene un alto coste en nuestro psiquismo y en el de quienes lo reciben, ya que nace de una energía negativa. Este es un lenguaje violento porque niega la libertad de elección. Rosenberg repite con frecuencia que sólo debemos hacer aquello que deseamos hacer, y que, como personas libres, siempre tenemos capacidad de decidir.
En un taller de Rosenberg, una mujer objetó que había cosas en la vida que se tenían que hacer quisiera uno o no. Como ejemplo, dijo al terminar: «ahora tengo que volver a casa y cocinar; odio cocinar con toda mi alma, y sin embargo llevo treinta años haciéndolo, incluso los días en que estaba enferma como un perro».
Aquella misma noche, la mujer llegó a casa y decidió dejar de cocinar. Contra lo esperado, la familia lo agradeció: por fin iban a comer sin escuchar las quejas de la madre que cocinaba por obligación y que se lamentaba porque la comida tenía demasiada o poca sal o carecía de sabor. Esto no significa que lo que hacemos por opción no pueda ser difícil y exigir esfuerzo, sudor y lágrimas, pero al ser fruto de una elección libre y del amor, todo cambia. Como dice el refrán: «Quien corre por gusto, no se cansa».
Rosenberg recordaba de su infancia la ternura con la que su tío materno cuidaba cada tarde a su propia madre, paralítica en la cama. No era una tarea sencilla, por los olores y las incomodidades, pero el amor con que lo hacía superaba el malestar de ambos: del hijo y de la madre.
Yo mismo recuerdo, en mi noviciado, cuando fui voluntario en un hospital psiquiátrico. Cada día atendíamos a un hombre que había sido catedrático de literatura en la Universidad de Valladolid y que ahora yacía paralítico, con sus facultades mentales muy reducidas. Un día, mientras yo y un compañero le asistíamos, murmuró a modo de desahogo: «Vosotros sois muy buenos, porque la mierda sigue siendo mierda…».
Jesús, como hemos citado antes, aunque en varias ocasiones afirma que sigue la voluntad del Padre, nunca pierde la capacidad de decidir libremente. Incluso en Getsemaní, cuando su voluntad y la del Padre parecen enfrentadas, al escoger la del Padre esta se convierte en suya, porque es fruto de una elección libre. Jesús no se limita a acatar algo impuesto desde fuera: es Él quien elige el rumbo de su vida. Nadie le quita la vida, Él la entrega libremente.
Así también, todos los mártires dieron su vida por decisión propia: podían elegir salvar la vida temporal y perder la eterna, o bien salvaguardar la vida eterna entregando la temporal.
La depresión en la CNV
Para Rosenberg, la depresión surge de lo que las personas piensan acerca de sí mismas y de lo que se dicen a sí mismas. No existe una enfermedad llamada depresión en sí misma: es la forma en que la sociedad nos educa a pensar sobre nosotros lo que la provoca. Si preguntamos a una persona deprimida cuáles son sus necesidades en este momento, lo más probable es que responda con un diagnóstico de sí misma: «Soy un fracasado; veo a mis hermanos triunfar en la vida y yo no».
En su libro Revolución en la psiquiatría, Ernst Becker atribuye la depresión a «alternativas cognitivamente bloqueadas» (cognitively arrested alternatives): la persona se encuentra en un callejón sin salida cognitivo, atrapada en su propio pensamiento.
Cuando alimentamos un diálogo interior hipercrítico sobre lo que somos o lo que hacemos, por ejemplo, si tengo hambre, en lugar de reconocer esa necesidad y buscar las estrategias naturales a mi alcance para satisfacerla, me digo a mí mismo: «Siempre estás con hambre». Así quedo preso en este autodiagnóstico que me convence de que hay algo malo en mí. Este estado no sólo me desconecta de mis necesidades reales, sino que me impide atenderlas.
Si soy padre y no sé cómo actuar o me resulta difícil conectar con las necesidades de mis hijos, en lugar de buscar esa conexión, me encierro en mi mente diciéndome que soy un mal padre. Creer en la existencia de un padre perfecto e ideal es como creer en Papá Noel: la consecuencia inevitable es la depresión.
Este modo de pensar nos aliena de nuestras necesidades, y al no reconocerlas, nada podemos hacer para satisfacerlas. Entramos en un círculo vicioso, un callejón sin salida en el que la depresión se profundiza cada vez más, excavando un pozo oscuro en nuestra psique en el que podemos perdernos por completo.
Dan Greenburg escribió un libro titulado How to make yourself miserable («Cómo volverte miserable»). En tono humorístico, el autor presenta a personajes famosos y sus logros, y después nos invita a compararnos con ellos: aparecen, por ejemplo, fotos de cuerpos perfectos con medidas ideales, y se nos pide que tomemos nuestras propias medidas; se nos muestra lo que Mozart o Beethoven lograron cuando eran niños, y luego se nos pregunta qué hemos conseguido nosotros… El autor asegura que, en poco tiempo, nos sentiremos desdichados.
Este ejemplo ilustra que es la manera en que nos juzgamos a nosotros mismos —muchas veces en comparación con los demás— lo que nos sume en la miseria y en la depresión. Las autoevaluaciones que implican maldad, anormalidad, disfuncionalidad o inferioridad conducen de manera segura a la depresión.
Como dice Rosenberg, cuando dominados por la rabia nos dejamos invadir por pensamientos negativos e hipercríticos, culpándonos a nosotros mismos o culpando a los demás, resulta casi imposible crear un ambiente interior saludable. La CNV nos ayuda a generar un estado de paz interior, animándonos a centrar la atención en lo que realmente necesitamos: traducir los mensajes internos negativos en sentimientos y necesidades, en vez de analizarnos a nosotros mismos y a los demás de manera crítica y destructiva.
Las personas deprimidas tienen una baja autoestima y están atrapadas en una falsa imagen negativa de sí mismas. La realidad es que detrás de esos autojuicios que alimentan la depresión se esconden necesidades insatisfechas. El problema es que no hemos sido educados para pensar en términos de lo que sentimos y necesitamos, sino de lo que somos.
La solución consiste en reconocer esos pensamientos y autojuicios cuando emergen a la conciencia, y traducirlos en necesidades insatisfechas. Una vez reconocida la necesidad, la depresión se desvanece y deja paso a la tristeza o a la frustración. Estos sentimientos, lejos de ser un callejón sin salida como la depresión, resultan positivos, pues movilizan nuestra psique hacia la búsqueda de soluciones para satisfacer esas necesidades.
Confrontar las estructuras de poder
Lo que genera la ira, la culpa, la depresión y la vergüenza no es lo que yo o el otro decimos o hacemos, sino la forma en que interpretamos, evaluamos y juzgamos esas acciones o palabras. Al entender estos juicios como formas alienadas, trágicas y suicidas de expresar necesidades insatisfechas, busco entonces identificar cuáles son esas necesidades. La ira, la culpa, la depresión y la vergüenza se disuelven cuando, más allá de mis juicios, logro encontrar y conectar con esas necesidades.
Estar en contacto con nuestros sentimientos y necesidades equivale a estar conectados con lo que Rosenberg llama un «sistema que sirve a la vida». Pero esta conexión no nos convierte en dóciles esclavos.
Al contrario: cuando estamos vinculados a nuestros sentimientos y necesidades, las estructuras de poder hacen todo lo posible por separarnos de ellas, para que nos sometamos a la ideología que implantan en nuestras mentes como un caballo de Troya. Para conseguirlo, en lugar de educarnos en un lenguaje procesual, que reflejaría una realidad siempre en movimiento, nos educan en un lenguaje estático que nos aprisiona en clichés y etiquetas, diciendo invariablemente lo que somos para nosotros mismos y para los demás.
Cuando vivimos dentro de la filosofía de la CNV, ya no necesitamos preocuparnos por lo que otros nos dicen, sino por la manera en que interpretamos y reaccionamos a esas palabras. No tenemos que inquietarnos si alguien nos diagnostica como «demasiado sentimentales». No es lo que el otro afirma lo que causa nuestro dolor, sino la forma en que yo reacciono y gestiono lo que me dice.
Si lo que el otro dice me hiere, le estoy concediendo el poder de definirme y de determinar quién soy o quién no soy. Dar crédito a lo que el otro afirma sobre mí es reconocer su influencia y dejar que decida cómo debo sentirme respecto a mí mismo; es renunciar a mi autonomía, aceptando que mi seguridad y autoestima dependen de alguien externo y no de mí.
No es fácil evitar que esto nos afecte, pues desde la infancia se nos ha enseñado que nuestra vida depende de cómo nos juzguen los demás, especialmente quienes ostentan títulos o autoridad.
La CNV, en cambio, es un lenguaje dinámico que nos entrena a descubrir las necesidades y sentimientos ocultos tras lo que alguien nos dice. Así aprendemos a reconocer la necesidad que hay detrás de un «no», de una crítica e incluso de los elogios y felicitaciones que recibimos, expresados con un lenguaje estático, no referido a comportamientos concretos ni a acciones reales.
Crear un sistema al servicio de la vida
“I have taken my chances more than once / and I have got my fingers burned / and done somethings I wouldn’t have done / If I knew then what I’ve since have learned.” (Marshall Rosenberg)
(Arriesgué más de una vez / y me quemé los dedos / e hice cosas que no habría hecho / si en aquel momento hubiera sabido lo que después aprendí).
Como nunca poseemos ni poseeremos una información completa acerca de una situación determinada, nunca hemos hecho ni haremos algo “equivocado” en sentido absoluto. Todo lo que hacemos y haremos, así como todo lo que los seres humanos han hecho alguna vez, es para satisfacer necesidades, para servir a la vida y hacerla más placentera.
Por ejemplo, supongamos que anoche tuve necesidad de relajarme y puse la música muy alta; al día siguiente, mi vecino me miró con desagrado. Cuando decidí poner la música, no tuve en cuenta a mi vecino. Él no formó parte de mi ecuación. A veces hacemos cosas sin conocer con certeza el impacto que nuestras acciones van a tener.
Esto no significa a priori que hayamos hecho algo malo: lo que yo hice satisfizo mi necesidad de relajarme, pero no satisfizo mi necesidad de ser considerado con mi vecino. Para explicar esto mejor, Rosenberg divide nuestro psiquismo en dos: el que elige y el que educa. El que elige satisfizo la necesidad de relajación, pero a costa de mi necesidad de ser atento con el vecino. El educador —el que tiene necesidad de cuidar al vecino— siente empatía con el que eligió, y ambos buscan que ambas necesidades queden integradas.
Nunca nadie ha hecho nada deliberadamente “por maldad”. Todo lo que hacemos es para servir a la vida, para satisfacer nuestras necesidades y hacer más grata nuestra existencia y la de los demás. Esto incluye incluso a Hitler: las estrategias pueden ser erróneas, pero en el momento de la elección no lo sabemos y, muchas veces, no hay forma real de saberlo.
A veces incluso podemos prever el impacto negativo de nuestra acción en los demás. Un padre puede pensar en el daño que sus palabras causarán a su hijo y, sin embargo, en ese momento, su necesidad de expresarse es más fuerte que su necesidad de contenerse. O quizá no supo cómo satisfacer simultáneamente ambas necesidades: la de respetar a su hijo y la de corregirle.
Aprendemos más de los errores que de los aciertos. Nadie aprendió a montar en bicicleta sin caerse una y otra vez. El proceso de aprendizaje incluye equivocaciones; estamos llamados a aprender de ellas sin perder el respeto por nosotros mismos. ¿Qué hacemos con los errores una vez extraída la lección que nos han enseñado? Hacemos duelo por ellos.
Amarse incondicionalmente
«Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian y orad por los que os maltratan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace que su sol se levante sobre malos y buenos, y que la lluvia caiga sobre justos e injustos.» (Mateo 5, 44-45)
«Difícilmente alguien aceptaría morir por una persona que cumple la ley. Tal vez alguien tendría valor para morir por una persona buena. Pero Dios nos mostró cuánto nos ama: Cristo murió por nosotros cuando aún vivíamos en el pecado.» (Romanos 5, 7-8)
«Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.» (Romanos 8, 38-39)
En CNV el amor no es un sentimiento, sino una necesidad. Como tal, es universal, pertenece a la naturaleza humana: todos los seres humanos que han existido y los que existirán necesitan amar y ser amados. Esta es, de hecho, la primera y más importante necesidad después de las físicas comunes a los demás seres vivos. Es la necesidad que más define a la especie humana frente a los otros seres vivos. Sin amor, no hay vida humana, porque vivir es amar.
Como necesidad universal inscrita en la naturaleza humana, el amor es por definición incondicional: no está sujeto a condiciones; es debido, no merecido. Si amamos, amemos incondicionalmente; el amor condicionado no es amor.
Dios —y en general también nuestros padres— nos aman incondicionalmente. No necesitamos ser moralmente buenos ni tener éxito en nuestra vida para obtener su amor. Creo, sin embargo, que hay pocas personas que se aman a sí mismas incondicionalmente; podemos amar a otros sin condiciones, pero no a nosotros mismos. Supongo que esta es una de las causas de la depresión.
No nos perdonamos cuando fallamos y somos menos que perfectos; parece que vinculamos nuestro amor al rendimiento en la vida: nos amamos cuando tenemos éxito y nos odiamos cuando fracasamos.
Pero si Dios nos ama incondicionalmente, como queda demostrado bíblicamente, ¿por qué no nos amamos también nosotros así? Si Dios, nuestro Creador, hace llover sobre justos e injustos, y en la parábola del sembrador no se fija en si producimos treinta, sesenta o cien por uno, sino simplemente en que demos fruto, ¿por qué somos más duros con nosotros que Él? Tal vez porque no le conocemos realmente. Parafraseando 1 Juan 4, 8: «Quien no se ama a sí mismo, no conoce a Dios, porque Dios es amor».
Traducir la autocrítica en necesidades
Como ya sabemos, para Rosenberg todas las críticas y autojuicios son expresiones trágicas de necesidades insatisfechas. En lugar de decir que alguien —o yo mismo— está equivocado o es malo, lo que debo decir es que esa persona —o yo mismo— no está actuando en armonía con sus necesidades. Cuando escuchamos una autocrítica o un juicio interior debemos preguntarnos: «¿Cómo me siento? ¿Qué necesito?»
Ejemplo: Estoy enganchado a la televisión
Observación: Identifica lo que haces, cuántas horas al día dedicas a la televisión.
Sentimiento: ¿Cómo te sientes? — «Me siento estresado y ansioso, porque dejo de lado cosas importantes.»
Necesidad: Vincula ese sentimiento con una necesidad que no está siendo satisfecha con ese comportamiento. — «Necesito parte del tiempo que dedico a la televisión para atender mis tareas.»
Petición: Después de reconocer esa necesidad, ¿qué petición puedes hacerte a ti mismo? — «Voy a establecer un tiempo limitado para ver televisión, de manera que pueda disponer de espacio para realizar mis tareas.»
Los errores como etapas del progreso
«Los errores son los dolores de crecimiento de la sabiduría. Sin ellos no habría crecimiento individual, ni progreso, ni conquista.» (William Jordan)
En CNV miramos los errores de manera positiva, sin atribuirles un valor ético que nos conduzca al sentimiento de culpa. Si un error queda pegado a nuestra conciencia y volvemos a él una y otra vez, es porque nos estamos culpabilizando por lo ocurrido. En ese caso, debemos dejar de pensar así.
Errare humanum est. En el aprendizaje de cualquier cosa —piano, bicicleta, un idioma nuevo, etc.— errar forma parte del proceso. Los errores son oportunidades de aprendizaje: si no existieran, no sabríamos cuándo acertamos. En la vida aprendemos más de los errores que de los aciertos; los errores enseñan, los aciertos no. Son los errores los que nos indican lo que ya hemos aprendido y lo que aún nos falta por aprender.
En la tradición judeocristiana, la acción equivocada recibe el nombre de pecado. El concepto de pecado, hoy tan moralizante y asociado a la culpa y a una conciencia escrupulosa —por considerarse una grave ofensa a Dios y al prójimo—, en su origen no tenía este sentido ni esa connotación.
En amárico, la lengua semítica oficial de Etiopía, “pecado” se dice Hatiat, que procede de la raíz hatá, y significa “perder”, “no encontrar” o “errar el blanco”. Es como imaginar a alguien con un arco que dispara hacia la diana y falla el objetivo. Eso significa pecado: errar el blanco. En sí mismo no es una mala acción, sino un error de cálculo o de visión que nos indica simplemente que debemos practicar más.
En uno de sus talleres, una mujer contó a Rosenberg la discusión a gritos que había tenido con su hijo antes de llegar a la sesión:
Marshall: ¿Qué te dijiste a ti misma después de gritarle?
Madre: «Me dije que soy una pésima madre. No debería haber hablado así a mi hijo. ¿En qué estaría pensando?»
Así como no debemos tomarnos como algo personal los insultos y críticas de los demás, de algún modo tampoco deberíamos tomar tan a pecho nuestros propios juicios internos. Los sentimientos que acompañan al autojuicio son la culpa y la vergüenza, que nos hunden en la depresión.
En el ámbito educativo, estos sentimientos pueden llevar a la madre a compensar a su hijo con una actitud condescendiente o excesivamente complaciente, haciendo que el remedio sea peor que la enfermedad. Necesitamos aprender, pero sin odiarnos ni insultarnos a nosotros mismos. El aprendizaje basado en la culpa o la vergüenza nos sale caro, tanto a nosotros como a quienes conviven estrechamente con nosotros.
Marshall: ¿Qué necesidad tuya quedó insatisfecha por la forma en que trataste a tu hijo?
Madre: «Para mí es un valor y una necesidad respetar a las personas; al faltar al respeto a mi hijo, fui contra mi propia necesidad y valor de respetar a los demás.»
Marshall: Ahora que tu atención se centra en tus necesidades y valores, y no en la culpa, ¿cómo te sientes?
Madre: «Me siento triste.»
Marshall: ¿Y cómo sientes esa tristeza en comparación con lo que pensabas antes, cuando te decías a ti misma que eras una mala madre y que no sabías en qué estabas pensando?
Madre: «Me siento triste, pero aliviada y esperanzada.»
Gracias al uso de la CNV, los gritos de aquella madre —que la llevaban a considerarse una “mala madre” y a una posible depresión, con la consecuente condescendencia motivada por la culpa— se convirtieron simplemente en una ocasión de aprendizaje. Al liberarse de la culpa, se sintió aliviada y esperanzada de que la próxima vez lo haría mejor. En CNV no somos malos ni culpables: simplemente no siempre estamos a la altura de satisfacer nuestras necesidades y valores.
“Quiero” en lugar de “tengo que”
«Don’t do anything that isn’t play» —No hagas nada que no sea por gusto. (Marshall Rosenberg)
En CNV no existen los deberes entendidos como obligaciones que tenemos que cumplir, queramos o no. No hacemos nada “por los demás” ni por mero deber; todo lo que hacemos responde en última instancia a una necesidad nuestra. Por eso, lo hacemos por gusto y no por obligación.
Cuando lo que hacemos está motivado por el gusto de hacerlo, nunca nos cansamos: la motivación es intrínseca. Por el contrario, cuando lo hacemos por deber, la motivación es extrínseca, no nace de nosotros; lo hacemos de mala gana, pobremente y, en cuanto tenemos oportunidad de escapar, lo dejamos.
Una de las palabras más violentas que los seres humanos han inventado es “deber”: «No debería haber hecho eso.» «Debería haber sido más comprensivo.»
El “deber” nos coloca en una deuda constante, imposible de saldar. Haga uno lo que haga, nunca es suficiente. Nunca vivimos satisfechos cuando actuamos por deber, porque nos sentimos en deuda. Lo que hacemos por obligación no es fuente de alegría ni de felicidad: no se hace ni por gusto ni con gusto, se hace porque “tenía que hacerse”. Quien vive bajo el imperio del deber, vive siempre insatisfecho.
El “deber” es el chip que el sistema de dominación ha implantado en nuestra conciencia moral para que vivamos eternamente como esclavos: esclavos del deber.
Traducción de “deber” en opción
1ª etapa – Trae a la mente aquellas cosas que habitualmente te dices a ti mismo que tienes que hacer; algo que no te gusta y temes, pero haces igualmente porque crees que no tienes opción.
2ª etapa – Reconoce que, en realidad, eliges hacer esas cosas. Sustituye en cada caso «Tengo que…» por «Elijo…» y percibe cómo suena diferente en tus oídos y en tu corazón.
3ª etapa – Toma conciencia de la necesidad que hay detrás de cada acción que eliges hacer y completa la frase: «Elijo hacer… porque necesito…». Si no encuentras ninguna necesidad detrás, lo mejor es abandonar esa acción.
En cada elección, toma conciencia de la necesidad o el valor que se satisface con ella. Al ganar claridad sobre las necesidades que se cubren mediante nuestros actos, los experimentamos como un juego o un placer, incluso cuando son exigentes y conllevan esfuerzo, sufrimiento o frustración. No hay grandes victorias sin grandes batallas; como dice el refrán: «Tristeza bien ordenada es la antesala de la alegría.»
Encajar positivamente el pasado
“Las aguas pasadas no mueven molinos” – Proverbio portugués
Con frecuencia, la naturaleza humana parece funcionar al revés de la naturaleza física. El agua que ya pasó por el molino ya no lo puede mover; sin embargo, en nosotros hay muchas cosas pasadas que todavía nos mueven, nos promueven y nos conmueven en el presente, como la propia psicoanálisis vino a demostrar.
A diferencia del psicoanálisis, que analiza el pasado para encontrar en él la causa de nuestros males presentes, la Comunicación No Violenta (CNV) se centra únicamente en el presente. Hablar demasiado del pasado no siempre ayuda: puede perpetuar la herida y el dolor. Así como “recordar es vivir”, recordar las heridas y los traumas del pasado es volver a revivirlos, dándonos la sensación de que aún seguimos allí.
La CNV no rechaza el pasado, pero nos invita a revisitarlo con una mirada positiva. Del mismo modo que en el cristianismo se lee el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, también nosotros debemos leer nuestro pasado desde la perspectiva de nuestro presente. Se trata de integrar positivamente las experiencias negativas, entonando nuestro propio Felix culpa: si hoy nuestro presente es bueno, de algún modo misterioso también el mal del pasado contribuyó a ello. “No hay mal que por bien no venga”.
El acento, el foco de nuestra atención, ha de ser siempre el presente. Es aquí donde vivimos y donde se juega nuestra vida. Por eso, la pregunta eterna que debemos hacernos es: “¿Qué es lo que está vivo en mí aquí y ahora?”, es decir, cómo me siento en este momento, qué necesidades tengo y qué puedo hacer para que la vida sea más maravillosa.
“Los nuevos amores hacen olvidar los viejos.” – Las experiencias positivas del presente sanan los traumas del pasado: se convierten en los nuevos inquilinos de nuestro inconsciente, desalojando los traumas antiguos y ocupando su lugar, regalándonos una sensación de plenitud y bienestar.
Así, al contrario del psicoanálisis, que va del pasado al presente, la CNV avanza del presente hacia atrás: la compasión y la empatía hacia nosotros mismos y hacia los demás, vividas en el ahora, se encargan de sanar el pasado como por arte de magia.
CNV: entre el luto y el perdón
La Comunicación No Violenta nos muestra una diferencia fundamental entre el luto y la petición de disculpas:
La petición de disculpas. – En CNV no existen las “disculpas”, pues forman parte de la lógica de la violencia. Quien pide perdón se siente culpable, y se siente culpable porque ha hecho algo “malo” y, por ello, debe pagar un precio, debe cumplir una penitencia. Es el mismo esquema de la confesión sacramental: admites que eres una mala persona por lo que hiciste (confesión), reconoces tu falta y, finalmente, se te impone una reparación (penitencia). Cuando te odias lo suficiente, se te concede el perdón. Pero esto puede convertirse en un círculo vicioso: se odian y no se perdonan, no se perdonan porque se odian.
El luto. – En lugar del violento mecanismo de la disculpa y de la culpa, la CNV propone el luto, no violento. En un ejercicio de introspección, la persona se pregunta: ¿qué necesidad no satisfecha había en ese comportamiento?
Cuando descubrimos la necesidad que estaba en juego, dejamos de sentir culpa y vergüenza, y experimentamos un sufrimiento distinto: un sufrimiento natural, no moral; un dolor que no nos deja atrapados en la herida, sino que nos abre a la esperanza, porque conduce al aprendizaje, a la sanación, y no al odio hacia uno mismo, ni a la culpa, ni a la auto-humillación, ni al pozo de la depresión.
De esta forma, aprendemos de nuestros errores sin perder la autoestima ni el respeto por nosotros mismos. Como dice Rosenberg, culparnos o culpar a los demás es siempre una trágica expresión de una necesidad no satisfecha.
Aprecio en vez de elogios
«Guardaos de hacer vuestras buenas obras delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.» (Mateo 6, 1)
“Has hecho un buen trabajo”, “eres una persona encantadora”, “eres muy inteligente”. – Los elogios, aunque sean positivos, no dejan de ser juicios de valor; implican evaluación. Para Rosenberg, tan alienantes son los juicios negativos como los positivos, pues en realidad no nos dicen nada ni de quien los da ni de quien los recibe.
No aprendemos nada auténtico sobre nosotros ni sobre los demás con un lenguaje estático que pretende definir a la persona entera por una sola acción. En cambio, aprendemos algo verdadero cuando alguien nos dice no lo que somos, sino cómo una acción nuestra impactó positivamente en su vida, satisfaciendo alguna de sus necesidades.
Es cierto que actuamos movidos por el puro placer de contribuir y no para recibir agradecimientos; pero también necesitamos ese reconocimiento para confirmar que nuestra acción hizo la vida más plena, la nuestra y la de los demás.
Es trágico trabajar tanto para “comprar” amor y elogios, negarnos a nosotros mismos, renunciar a lo que nos gusta para agradar a los demás. Tarde o temprano, quienes pretendemos agradar perciben que no somos auténticos y, paradójicamente, ese comportamiento acaba volviéndose contra nosotros.
Cuando hacemos lo que hacemos incondicionalmente, con el único fin de enriquecer la vida, entonces recibimos el verdadero aprecio de los demás. Y como no lo hicimos para obtenerlo, ese reconocimiento se convierte en una auténtica celebración de la vida.
En CNV no se formulan juicios de valor genéricos sobre la persona ni se utiliza el verbo “ser” en este sentido. La gratitud se expresa siempre en referencia al acto que ayudó a enriquecer la vida. Para ello se usan los cuatro componentes: se describe lo que la otra persona hizo, se expresa lo que sentimos al recibirlo, se nombra la necesidad o el valor que fue satisfecho y, finalmente, se celebra la gratitud no para manipular, sino para reconocer y festejar la vida.
El aprecio, en este caso, no es más que la confirmación de que nuestros esfuerzos tuvieron el efecto deseado: la constatación de que nuestro empeño mereció la pena porque enriqueció la vida. Y eso nos alegra y nos hace celebrar de un modo que la simple aprobación externa nunca podría proporcionar.
Conclusión - De forma ingeniosa, el sistema de dominio buscó limitar la violencia entre las personas introduciéndola dentro de la propia conciencia moral de cada uno. En nuestro interior, el “superyó” freudiano funciona como el verdadero “Caballo de Troya” del sistema de dominio: la coacción ya no viene de fuera, sino que la ejerce cada persona sobre sí misma.
P. Jorge Amaro, IMC
viernes, 5 de junio de 2026
CNV - Un Mundo de Jirafas y Chacales
Marshall Rosenberg (1934-2015)
El fundador de la Comunicación No Violenta (CNV), al descubrir el potencial de esta nueva lengua para transformar la mente y el corazón de las personas, con el fin de establecer nuevas relaciones y, de manera definitiva, construir una sociedad de armonía y paz, decidió que este sería su gran aporte a la humanidad, su misión y su lucha personal.
Por ello abandonó su consulta de psicoterapeuta y se lanzó a la aventura de difundir la buena nueva de la CNV. Dentro de Estados Unidos recorrió miles de kilómetros para impartir talleres en las principales ciudades, acampando a las afueras y durmiendo en el coche con tal de hacer accesible la formación a todos.
El éxito de estos talleres fue tan grande que pronto Rosenberg cambió su viejo coche por el avión, llevando esta lengua de paz a más de 50 países y contribuyendo a la resolución de conflictos crónicos como los de Irlanda del Norte, Israel o Nigeria, entre otros. Creó lo que llamó “Escuelas Jirafa”, con el fin de que los niños del futuro fueran educados en este nuevo idioma y en esta filosofía de vida. La claridad de sus ideas, el don de la palabra y su sentido del humor conquistaban multitudes. Con facilidad lograba tocar mentes y corazones para su causa.
Parafraseando el pasaje del Apocalipsis citado al inicio: el sabor de la CNV en la boca es dulce como la miel; es decir, nos entusiasma, nos da esperanza y nos hace soñar con la posibilidad de transformarnos interiormente, de cambiar nuestro pequeño mundo y, tal vez, el mundo entero. Sin embargo, al “rumiarla” y digerirla descubrimos que no es fácil sustituir de un día para otro un lenguaje que nos acompaña desde hace milenios y en el que hemos sido educados, formados e incluso condicionados.
La digestión de esta lengua es difícil porque no tenemos aún “los ácidos” necesarios para asimilarla. Requiere tiempo. Y cuando por fin empezamos a usarla, no surge de manera automática como la comunicación reactiva y violenta que proviene de nuestro cerebro reptiliano. A menudo necesitamos parar el “partido” y pedir un tiempo muerto, como en el baloncesto, para poder conectarnos con el neocórtex, el cerebro propiamente humano, fruto de la evolución. En ese sentido, la CNV puede parecer artificial, como si estuviéramos leyendo un guion y siguiendo normas estrictas.
Pero así debe ser, hasta que se convierte en una segunda naturaleza. Aprender CNV es como aprender un idioma extranjero: primero pensamos antes de hablar, necesitamos aprender su nueva gramática, que difiere radicalmente de la gramática de la violencia. La CNV es sencilla de aprender, pero difícil de integrar y encarnar en la vida cotidiana. Requiere paciencia y perseverancia.
Para simplificar el aprendizaje de esta nueva lengua y mostrar el contraste entre dos modos de comunicarse y de concebir la vida, Rosenberg utilizó dos animales como símbolos. La comunicación violenta fue representada por el carnívoro Chacal, símbolo de agresión, dominio y autoritarismo; la comunicación no violenta, por la Jirafa, herbívora, pacífica y dotada del corazón más grande de todos los animales terrestres.
El Chacal
La célula básica de la sociedad del chacal es una pareja monógama que defiende su territorio de posibles agresores. Dicho territorio se marca y se protege con intensidad, expulsando a intrusos y delimitándolo con orina y heces.
El chacal representa el lenguaje que la humanidad ha utilizado desde los tiempos del mito babilónico de la creación. Desde niños, nuestra cultura nos enseña a hablar “chacal”: un idioma coercitivo, agresivo y autoritario que genera sumisión o resistencia, e inevitablemente, contraataque.
Es un lenguaje estático, afín a la antigua física mecanicista de Newton, donde la naturaleza y sus leyes parecían funcionar con la precisión de un reloj suizo. Sin embargo, la física cuántica nos muestra que la realidad está llena de excepciones; el principio de incertidumbre de Heisenberg revela que hay tantas excepciones como reglas. Incluso la medicina moderna demuestra que un mismo medicamento no produce idénticos efectos en distintas personas, y ya se investiga en fármacos diferenciados para hombres y mujeres.
Para los chacales, las personas tienen una identidad fija, inmutable, que no evoluciona ni puede transformarse. Pero la realidad es que somos seres en construcción, imposibles de encasillar o etiquetar.
En general, el lenguaje chacal se caracteriza por querer forzar la realidad en categorías rígidas: “lo que debería ser” y “lo que no debería ser”, “lo que está mal”, “lo que está bien”, “lo que las personas son” o “lo que no son”. Es un lenguaje que se instala en juicios, análisis y nostalgias del pasado o en expectativas del futuro, pero rara vez habita el momento presente.
La Jirafa
La jirafa simboliza a quienes hablan este nuevo idioma no violento, el lenguaje del futuro. Desde la perspectiva del cristianismo —que en su esencia es una religión no violenta, pues su fundador se enfrentó sin armas a la violencia del poder dominante— creemos que es el idioma del Reino de Dios, definido como justicia, paz e integridad de la creación.
La jirafa es el animal terrestre con el corazón más grande: representa la compasión, núcleo y forma de la CNV. La compasión es algo natural en todo ser humano; por eso, cuando mostramos compasión hacia el violento, le desarmamos de su agresión y le ayudamos a reconectar con la compasión que reside en lo profundo de su corazón, aunque él viva desconectado de ella. El personaje de Scrooge en Cuento de Navidad de Charles Dickens ilustra bien esta verdad.
Su largo cuello le da una visión más amplia y lúcida. El gran corazón de la jirafa debe bombear la sangre hasta la cabeza, situada a gran altura. Esa altura le permite contemplar la realidad desde arriba, con un ángulo de visión más amplio que ningún otro animal. Quienes hablan el idioma de la no violencia observan la realidad con objetividad y perspectiva, enmarcando los hechos en un contexto mayor. Si algo no tiene la jirafa es visión de túnel, más propia del chacal.
La jirafa, además, es capaz de comer y digerir espinas. Su lengua fuerte, dura y resistente le permite masticarlas sin hacerse daño. Traducido al ámbito humano, significa que quien habla “jirafa” es capaz de “digerir” palabras agresivas de los chacales, críticas destructivas e insultos, transformándolos en alimento inofensivo que no le hiere. Más exactamente, en la capacidad de descubrir detrás de esas palabras necesidades insatisfechas y la frustración que las acompaña.
Jirafa versus Chacal: gana la Jirafa
Como podemos ver en la imagen que ilustra este texto, en sus conferencias y talleres Rosenberg utilizaba dos símbolos —la Jirafa y el Chacal— en forma de marionetas, mostrando de manera práctica los dos estilos de comunicación enfrentados.
Dado que hasta ahora hemos vivido en un mundo de chacales, todos nacemos chacales, pero todos estamos llamados a ser jirafas. Todas las jirafas fueron alguna vez chacales, por lo que cualquier chacal puede convertirse en jirafa. Cada jirafa tiene un pasado de chacal, y cada chacal tiene —o puede tener— un futuro de jirafa.
Ante un ataque externo en forma de insulto, juicio negativo o crítica destructiva, el chacal solo ve dos alternativas, que en el fondo son las que nos dicta nuestro cerebro reptiliano: luchar —rebelarse, vengarse— o huir —esconderse, someterse—. El chacal responde a la acusación acusando al otro, o bien la acepta culpándose a sí mismo y sintiéndose culpable.
La jirafa, en cambio, utiliza la compasión y la empatía, tanto consigo misma como con los demás. Consigo misma, toma conciencia de los sentimientos y necesidades que la invectiva del otro ha despertado en ella y los expresa con honestidad. Con el otro, busca comprender los sentimientos y necesidades que hay detrás de la acusación, entrando en un diálogo, haciendo preguntas aclaratorias y estableciendo una conexión auténtica.
Cuando escuchamos con oídos de jirafa, percibimos los sentimientos y necesidades de quien habla, más allá de las palabras que utilice. Recordamos que satisfacer las propias necesidades, que son universales, es el único objetivo de todo lo que cualquier ser humano dice o hace.
Usar orejas de jirafa hacia fuera hace la vida mucho más sencilla: donde antes escuchábamos críticas y ataques personales, ahora oímos a alguien expresando sus necesidades. Y, si usamos esas mismas orejas hacia dentro, con nosotros mismos, donde antes había dudas, autocrítica, autoacusación y culpabilidad, ahora descubrimos sentimientos y necesidades.
CHACAL – aliena la vida
Objetivo: Tener razón. Obligar a los demás a hacer lo que yo quiero.
Evaluaciones: Juicios morales (bueno/malo, correcto/incorrecto). Pensamiento dualista (o… o…).
Motivaciones: Extrínsecas (premios y castigos).
Génesis de los sentimientos: Causados por acciones externas, personas y acontecimientos.
Modo de buscar seguridad: A través de la obediencia jerárquica.
Relaciones con los demás: Jerárquicas, sistema de castas, poder sobre el otro (homo homini
lupus), clases sociales, perder–ganar.
Génesis de la autoridad: Externa: gobierno, Iglesia, jefe, padres, profesores.
Cede por: Sentimiento de culpa, vergüenza o ira.
Quiere que los demás sientan su dolor…: Provocando dolor en los otros.
Imagen de los demás: Villano que merece castigo o héroe que merece un premio; visto como un
objeto o un medio para un fin.
Enfoque: En comportamientos y actos pasados, en acontecimientos futuros.
JIRAFA – sirve a la vida
Objetivo: Conectarse empáticamente con los demás, comprenderlos.
Evaluaciones: Juicios que sirven a la vida (necesidades satisfechas o insatisfechas).
Motivaciones: Intrínsecas (sentimientos, necesidades, valores).
Génesis de los sentimientos: Necesidades insatisfechas, propias o ajenas.
Modo de buscar seguridad: Mediante la conexión afectiva con los demás; lo afectivo es eficaz.
Relaciones con los demás: Igualdad, fraternidad, poder compartido; “todos ganan” (win–win).
Satisfacer las necesidades de todos.
Génesis de la autoridad: Interna, de origen divino.
Cede por: Compasión o alegría.
Quiere que los demás sientan su dolor…: Pidiendo empatía a los demás.
Imagen de los demás: Verdaderamente humanos. Lo que necesitan, lo que está vivo en ellos; la
persona como un fin en sí misma.
Enfoque: En el momento presente.
La Jirafa tiene dos modos básicos de actuar:
Escucha con empatía a sí misma y a los demás – “Cuando ves/oyes…” (observación), “¿Te sientes…?” (sentimientos), “¿Por qué necesitas…?”, “¿Te gustaría…?”
Se expresa con honestidad – “Cuando veo/escucho…” (observación), “Siento…”, “Porque necesito…”, “¿Estarías dispuesto a…?”
La jirafa realiza observaciones objetivas, se responsabiliza de sus propios sentimientos, reconoce e identifica sus necesidades y, basándose en ellas, formula peticiones realistas y viables. En cambio, el chacal no observa, evalúa constantemente, confunde pensamientos con sentimientos, mezcla necesidades con estrategias y da órdenes en lugar de hacer solicitudes.
Traducir la agresividad verbal en necesidades
“Transformarán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces. Una nación no alzará la espada contra otra, ni se adiestrarán más para la guerra.” Isaías 2, 4
Cuando funcionamos en modo Jirafa, siempre hay dos formas de conexión: hacia nosotros mismos y hacia los demás. Dirigiendo los “oídos” hacia uno mismo, la jirafa toma conciencia de sus propios sentimientos y necesidades; dirigiéndolos hacia los demás, percibe los sentimientos y necesidades ajenos.
Ante un ataque verbal, dentro de la lógica de la comunicación violenta que imita el cerebro reptiliano, la respuesta habitual es simple: rebelarse o someterse. En CNV existe una tercera vía: responsabilizarnos de lo que escuchamos, desconectar el cerebro reptiliano, respirar profundamente, adoptar una visión de “rayos X” para leer entre líneas lo que se dice y descubrir las necesidades insatisfechas, con el fin de traducir el mensaje subyacente. Veámoslo en el siguiente ejemplo:
“¡Eres la persona más egoísta que he conocido!”
Chacal externo – culpa a los demás y contraataca: “¡No tienes derecho a decir eso, yo siempre he sido atento, el egoísta eres tú!”
Chacal interno – se culpa a sí mismo y se somete: acepta el juicio del otro, sintiéndose culpable o avergonzado, y afirma: “¡Perdona, debería haber sido más considerado!”
Jirafa interna – toma conciencia de sus propios sentimientos y necesidades: “Al escucharte llamarme egoísta, me siento dolido porque necesito reconocimiento por mis esfuerzos en ser atento hacia tus preferencias…”
Jirafa externa – identifica los sentimientos y necesidades del otro: “¿Te sientes herido porque necesitas más consideración hacia tus preferencias?”
En pocas palabras, el chacal es egoísta, abusa de los pronombres personales (“yo”, “a mí”, “yo mismo”). La jirafa es altruista y usa el pronombre “nosotros”. La prioridad del chacal es tener razón y hacer que el otro esté equivocado; como siempre quiere ganar, el otro debe aceptar la derrota.
La prioridad de la jirafa es conectarse con el otro para que ambos ganen; reconoce el problema como compartido y busca una solución válida para ambos. El chacal se centra más en ganar que en resolver genuinamente el problema; ante un ataque, se siente herido o intimidado. La jirafa siente empatía por sí misma. El chacal juzga, acusa y da órdenes; la jirafa observa, expresa honestamente sentimientos y necesidades y hace peticiones.
En conclusión: La jirafa observa, el chacal evalúa. La jirafa siente, el chacal piensa. La jirafa es consciente de sus necesidades, el chacal confunde necesidades con estrategias. La jirafa pide, el chacal ordena.
En el enfrentamiento entre jirafa y chacal, la jirafa siempre gana si mantiene su actitud. Al actuar con compasión y empatía, tarde o temprano consigue apelar al corazón del chacal, despertando su propia compasión y empatía, transformándolo también en jirafa. Así, el número de jirafas aumenta mientras los chacales disminuyen, hasta que eventualmente podrían extinguirse.
Conclusión: Para simplificar el aprendizaje de esta nueva lengua, Rosenberg utilizaba dos animales como símbolos. La comunicación violenta estaba representada por el carnívoro Chacal, símbolo de agresión, dominio y autocracia; la comunicación no violenta, por la herbívora Jirafa, pacífica y con el corazón más grande de todos los animales terrestres.
P. Jorge Amaro, IMC




