Los sentimientos o emociones son señales que recibimos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, que nos alertan sobre el estado actual de nuestras necesidades: satisfechas o insatisfechas.
Como proceden tanto del cuerpo como del espíritu, pueden manifestarse en sonrisas, miradas, expresiones faciales, dolores de cabeza o de estómago, así como en emociones tales como la ira, el miedo, la frustración, la culpa o la decepción.
Existe una sola naturaleza humana que no cambia ni con el paso del tiempo, de generación en generación, ni con la diversidad de culturas o civilizaciones: los sentimientos o emociones, al igual que las necesidades que los sustentan, son universales. Todas las personas experimentan las mismas emociones o comparten los mismos sentimientos, porque estos nacen de esa naturaleza humana inmutable.
La clave para identificar y expresar sentimientos es centrarnos en palabras que describan nuestra experiencia interior, en lugar de aquellas que describen interpretaciones de las acciones de los demás. Por ejemplo: «me siento solo» refleja una vivencia interior, mientras que «siento que no me quieres» expresa una interpretación sobre los sentimientos del otro.
Sentimientos y pensamientos
Los pensamientos son procesos cognitivos o intelectuales que buscan la verdad; siguen un camino dialéctico, lógico y deductivo que parte de una o varias premisas y conduce a una conclusión que, en ocasiones, se convierte en decisión. Los pensamientos pueden ser abstractos, pero la mayor parte de las veces se ocupan de realidades cualificables, cuantificables y verificables.
En cuanto a su naturaleza, pueden incluir creencias, ideales, opiniones, proyectos. Los sentimientos, en cambio, constituyen lo más personal e intransferible que existe en el ser humano; los pensamientos se pueden copiar, los sentimientos no: de algún modo están sujetos a un “derecho de autor”.
Le cœur a ses raisons que la raison ne connaît point. —Como bien comprendió Pascal, los sentimientos son más difíciles de definir, pues no surgen de la cabeza, sino de lo profundo de nuestro ser. No los provocamos nosotros, es decir, no están sometidos a nuestra voluntad; no hay nada que yo pueda hacer para sentir una emoción concreta. Los sentimientos emergen en nuestra conciencia de manera automática, sin que lo queramos y sin previo aviso: son imprevisibles. Precisamente por esta razón, los sentimientos o emociones no han sido objeto de estudio riguroso por parte de ninguna ciencia, ni siquiera de la psicología.
En cierto modo, no somos responsables de nuestros sentimientos, ya que no tenemos poder alguno sobre ellos: no podemos producirlos, evitarlos ni borrarlos. Sin embargo, nos pertenecen, porque proceden de nuestro interior y no son provocados directamente por otras personas o circunstancias.
Cuando afloran a nuestra conciencia, no nos queda otra alternativa que asumirlos y responsabilizarnos de ellos. Son valiosas señales, mensajeros de nuestro estado físico, moral y espiritual. Ignorarlos es vivir desconectados de nosotros mismos, sin saber dónde estamos ni hacia dónde vamos. Nuestros sentimientos son un dedo que apunta a una necesidad satisfecha o insatisfecha.
Espiritualidad y sentimientos
Espiritualmente, los sentimientos se asemejan a la vida misma: así como no tenemos poder sobre nuestra vida, tampoco lo tenemos sobre nuestros sentimientos; no podemos ordenarlos a voluntad, no podemos dejar de sentir ni empezar a sentir algo concreto. Como sucede con la vida, la única opción es administrarlos.
Podemos optar por ignorarlos, reprimirlos, esconderlos o expresarlos. Para ello, necesitamos desarrollar inteligencia emocional, es decir, la capacidad de identificarlos y nombrarlos. Algunos tienen habilidad en esta tarea, pero la mayoría, debido a nuestra educación y cultura, somos emocionalmente analfabetos.
“Cerebrales” y “sentimentales”
Los individuos “cerebrales” tienden a ver el mundo en blanco y negro, no toleran la imprecisión. Consideran que las personas son demasiado inciertas e inconstantes, por lo que se centran más en lo tangible y conceptualizable: buscan la verdad, miden y clasifican, aplican reglas generales. Desde la mirada de los sentimentales, son percibidos como fríos, sin corazón, pedantes o robots calculadores.
Los emocionales o sentimentales, en cambio, se orientan hacia las relaciones y las consideraciones sociales; escuchan su corazón y tienen en cuenta los sentimientos de los demás. Para ellos, las cosas materiales valen en la medida en que están al servicio de la existencia humana, que es lo más importante.
En el trabajo suelen ser sociables y colaboradores; sus decisiones se basan más en valores humanos que en reglas generales. Para los cerebrales, los sentimentales no son personas confiables, porque consideran que los sentimientos son volubles.
La interacción entre pensamientos y sentimientos
En el interior de la persona humana, pensamientos y sentimientos están llamados a entenderse, ya que están tan interconectados que una confusión emocional suele ir acompañada de una confusión mental.
Las personas emocionalmente sensibles tienden a ver y experimentar el mundo a través de sus emociones. Algunas sienten, pero no logran nombrar ni identificar las emociones ni sus causas. Por otra parte, como las emociones son su manera principal de experimentar los acontecimientos de la vida, llegan a etiquetar sus pensamientos como si fueran emociones.
Por ejemplo, cuando alguien dice: «me siento estúpido», está expresando de forma inadecuada tanto un pensamiento como un sentimiento. Como pensamiento, equivaldría a «soy estúpido»; como sentimiento, estaría más relacionado con la vergüenza, la tristeza o el dolor. Si una persona experimenta emociones pero no consigue ponerles nombre, se le hará más difícil gestionarlas. Los rótulos o etiquetas son fundamentales en la gestión de las emociones.
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Alfabetización emocional – Lo afectivo es eficaz
Nuestra cultura no nos entrena para identificar los sentimientos y, con frecuencia, no sabemos cómo nos sentimos; carecemos de palabras para expresar lo que experimentamos emocional o afectivamente y, por ello, somos analfabetos emocionales.
Ser emocionalmente alfabetizado significa saber diferenciar pensamientos de sentimientos, ser capaz de nombrar los propios sentimientos y los de los demás, evaluar su intensidad, reconocer su causa y decidir qué hacer con ellos, asumiendo la responsabilidad de la manera en que nuestras emociones pueden afectar a los otros. También implica aprender a gestionar tanto nuestras emociones como las de los demás, de modo que mejoren la calidad de vida de ambas partes.
La alfabetización emocional consiste en hacer que nuestras emociones trabajen a nuestro favor y no contra nosotros. Contribuye a mejorar las relaciones humanas, crea vínculos afectivos entre las personas, facilita el trabajo en grupo, impulsa la cooperación y fortalece el sentido de comunidad.
Todos tenemos algo que aprender acerca de nuestras emociones.
Algunas personas crecen con un alto nivel de alfabetización emocional, otras permanecen emocionalmente analfabetas. Las emociones forman parte esencial de la naturaleza humana: cuando nos desconectamos de ellas, perdemos un aspecto fundamental de nuestro potencial. Reconocer y gestionar nuestros sentimientos, así como responder adecuadamente a las emociones de los demás, incrementa nuestro poder personal tanto en la vida profesional como en la vida privada.
Ser emocionalmente alfabetizado significa estar capacitado para identificar las emociones propias y ajenas, su intensidad, su origen y la mejor manera de gestionarlas; significa saber cómo tratarlas porque las comprendemos. Implica también desarrollar la empatía y aprender a asumir la responsabilidad del impacto que nuestras emociones tienen sobre los demás.
Los periódicos están llenos de historias de personas inteligentes y exitosas que cometieron graves errores emocionales, llegando a arruinar su vida. Emociones como la ira, el miedo, la vergüenza o el deseo sexual pueden llevar a personas lúcidas a comportarse de manera insensata.
La verdadera fortaleza
No descubras tu pecho / por mayor que sea el dolor / pues quien su pecho descubre / de sí mismo es traidor.
Todos, pero especialmente los varones, hemos crecido ignorando nuestras emociones o sentimientos, convencidos de que resulta vergonzoso, débil o peligroso hablar de ellos. Lo que negamos en nosotros mismos lo negamos también en los demás; por eso solemos despreciar o desoír las emociones de aquellos que tienen el valor de expresarlas.
Nuestra cultura tiende a relegar la vivencia de los sentimientos al ámbito familiar. Fuera de este, en la vida profesional, laboral o social, se considera inapropiado expresarlos: se espera que las relaciones sean funcionales, neutras, impersonales. En la vida pública se nos aconseja no implicarnos personalmente y, por ello, recurrimos a innumerables máscaras que nos convierten en autómatas y transforman nuestras relaciones en una farsa.
Como los sentimientos revelan más de nosotros que los pensamientos, tendemos a ocultarlos, pues mostrar nuestro lado vulnerable parece un signo de debilidad y un riesgo de ser fácilmente dominados. Solo nos abrimos con los amigos, y aun así con reservas, temiendo que puedan no ser sinceros. «Líbrame Dios de mis amigos, que de mis enemigos me libro yo».
Cuando veas la sombra de un gigante, fíjate en la posición del sol para comprobar si no se trata de la sombra de un enano. (Friedrich Novalis)
Aplicamos la misma lógica que funciona entre los animales: se dice que un perro huele nuestro miedo y, cuando lo detecta, nos ataca con más facilidad. Así, ocultamos nuestra debilidad proyectando una identidad que no es la nuestra. Pero este juego puede fracasar, porque si el otro lo percibe, no dudará en dejarnos en evidencia, obligándonos a asumir nuestra verdadera identidad con vergüenza y deshonor.
Por eso me complazco en mis debilidades, en las afrentas, en las necesidades, en las persecuciones y en las angustias, por Cristo. Pues cuando soy débil, entonces soy fuerte. (2 Cor 12, 10)
La vulnerabilidad como fuerza
Para Rosenberg, lejos de ser un obstáculo, revelar nuestros sentimientos constituye un valor añadido. Ofrece varios ejemplos que confirman lo que San Pablo había intuido hace dos mil años: cuando asumimos nuestras debilidades con valentía, nos hacemos fuertes, porque estamos en la verdad; y no hay posición más vulnerable que vivir en la mentira y proyectarla sobre los demás.
Rosenberg cuenta la visita que realizó a una escuela secundaria para hablar sobre la comunicación no violenta. Al entrar en un aula, los alumnos, que estaban animadamente conversando, enmudecieron. Saludó con un “buenos días” y nadie respondió: el silencio era sepulcral. «Me sentí incómodo», relata, pero siguió adelante con actitud profesional, como si nada ocurriera. La clase mostraba desinterés, cada cual ocupado en lo suyo, y su incomodidad crecía, aunque él seguía ignorándola.
De pronto, un estudiante le espetó: «A ti no te gustan los negros, ¿verdad?». Inmediatamente, Rosenberg comprendió que él mismo había sido responsable de esa percepción errónea: al tratar de ocultar su incomodidad por no lograr conectar con los alumnos, había transmitido, a través de su lenguaje corporal, un mensaje equivocado. El error de los estudiantes fue interpretarlo como racismo.
Reconociendo esta vez sus sentimientos, respondió: «Me siento nervioso, pero no porque seáis negros, sino porque no conozco a ninguno de vosotros y estaba ansioso por saber si sería aceptado». Esa expresión de vulnerabilidad fue como una varita mágica que transformó a una clase apática en un grupo participativo e interesado.
Un cambio de paradigma
Hubo un tiempo en que se decía que los hombres no lloran, y la psicología descartaba el estudio de las emociones por considerarlas imposibles de abordar científicamente. Pero después de ver lágrimas en los ojos de figuras públicas, en especial de políticos, y tras la publicación del libro de Daniel Goleman La inteligencia emocional, que se convirtió en un best seller, los sentimientos han pasado a ser más valorados. Ya no se asocian tanto con la debilidad, sino con la esencia del ser humano. Ser humano es ser capaz de compasión y de misericordia ante el propio sufrimiento y el sufrimiento ajeno.
Los psicópatas, en cambio, pueden actuar sin las limitaciones que frenan al resto de los mortales. Son capaces de mentir, robar, extorsionar, torturar o matar sin sentir culpa alguna. Cuando adquieren poder sobre los demás, se convierten en extremadamente peligrosos. Baste recordar figuras como el emperador romano Calígula, Adolf Hitler o Stalin. La Historia está llena de ejemplos semejantes en todos los ámbitos: en la vida individual y familiar, en la política, en los negocios, en las calles, en cualquier parte.
Lista de sentimientos cuando nuestras necesidades no están satisfechas
Enfadado – irritado – cuestionado – confuso – decepcionado – desanimado – angustiado – avergonzado – frustrado – indefenso – infeliz – impaciente – molesto – solitario – nervioso – abrumado – perplejo – reticente – triste – incómodo – confundido.
Lista de sentimientos cuando nuestras necesidades están satisfechas
Asombrado – cómodo – optimista – confiado – con energía – pleno – realizado – inspirado – alegre – feliz – esperanzado – orgulloso – aliviado – agradecido – sorprendido – conmovido – seguro de sí mismo.
Identificación de sentimientos
Expresiones de sentimientos que contienen una autoevaluación
«Siento que no he sido tratado con justicia».
Rosenberg advierte que, con frecuencia, confundimos pensamientos con sentimientos. Por eso, cuando la expresión «siento…» va seguida de algo que no es un adjetivo, no estamos expresando un sentimiento, sino un pensamiento u opinión. Por ejemplo: «Siento como si estuviera hablando con una pared» no expresa un sentimiento, sino un juicio disfrazado de emoción.
Para expresar un sentimiento, ni siquiera necesitamos decir «yo siento»; basta con nombrarlo directamente. En lugar de «me siento irritado», podemos decir simplemente «estoy irritado».
«Siento que soy un fracaso como guitarrista».
Aquí no estoy expresando un sentimiento, sino una autocrítica negativa sobre mis capacidades. El sentimiento real sería: «me siento frustrado (impaciente, decepcionado) conmigo mismo por mi actuación en el último concierto».
Expresiones de sentimientos que contienen una evaluación de los demás
«Siento que no soy importante para mi jefe».
Esto no expresa un sentimiento, sino una interpretación sobre cómo creo que mi jefe me valora. El sentimiento genuino sería: «me siento triste» o «me siento desanimado».
Cuando expresamos sentimientos, los demás no forman parte de la ecuación: los sentimientos son lo más íntimo y personal que tenemos. Los otros pueden ser el detonante, pero la causa siempre está en nosotros, no en ellos.
«Me siento incomprendido».
Esto es una evaluación sobre la capacidad del otro para comprender. El sentimiento auténtico sería: «me siento ansioso» o «me siento irritado».
«Me siento ignorado».
De nuevo, es una interpretación negativa de las acciones de otra persona. Y, sin embargo, la misma situación puede interpretarse de formas opuestas: si me agrada la persona que me ignora, me siento herido porque deseaba implicarme con ella; si no me agrada, incluso puedo sentir alivio.
Para evitar confusiones, conviene no abusar de la fórmula «siento que…», ya que fácilmente se convierte en una manera de expresar pensamientos o juicios. Lo mejor es recurrir a nuestro vocabulario emocional y nombrar directamente el estado de ánimo: «estoy confuso», «estoy preocupado», «estoy cansado».
Cómo se relaciona la observación con los sentimientos
Después de comunicar a nuestro interlocutor lo que hemos observado de forma objetiva, añadimos la implicación personal: expresamos el sentimiento que esa observación despierta en nosotros, sin emitir crítica ni juicio moral. De este modo, nombramos la emoción que experimentamos en el momento presente, lo que nos permite establecer una conexión auténtica con el otro en un clima de respeto y cooperación.
El propósito de esta etapa no es avergonzar al otro por lo que siente ni impedirle sentir, sino identificar con precisión la emoción que está presente en nosotros o en la otra persona. Como los sentimientos son difíciles de expresar con palabras, debemos hacerlo de manera tentativa, contrastando con el interlocutor si nuestra percepción es correcta o no.
Algunos ejemplos:
- «Ya falta solo una hora para que empiece el programa, veo que has acelerado el paso (observación). ¿Estás nervioso?» (indagación sobre el sentimiento del otro).
- «Veo a tu perro correr y ladrar sin correa (observación). Tengo miedo» (expresión de sentimiento propio).
- «He notado que tu nombre no apareció en los agradecimientos (observación). ¿Te sentiste dolido porque no te valoraron como mereces?» (indagación sobre el sentimiento del otro).
Conclusión - Nuestra cultura no nos enseña a identificar los sentimientos y, con frecuencia, no sabemos cómo nos sentimos. Ser emocionalmente alfabetizado significa saber diferenciar pensamientos y sentimientos, ser capaz de nombrar las emociones propias y ajenas, evaluarlas en su intensidad, reconocer su causa y decidir qué hacer con ellas, asumiendo la responsabilidad de la manera en que nuestros sentimientos pueden afectar a los demás.
P. Jorge Amaro, IMC






