miércoles, 10 de junio de 2026

CNV - Una nueva relación conmigo mismo

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«No os conforméis a este mundo; al contrario, dejaos transformar mediante la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto». (Romanos 12, 2)

Compasivos con nosotros mismos
Después de haber descrito el funcionamiento de esta nueva lengua, podemos comprobar en la práctica que es mucho más que un simple lenguaje: es una nueva filosofía de vida, una nueva forma de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás, con el mundo que nos rodea e incluso con Dios.

«La caridad comienza en casa». Cuando somos violentos con nosotros mismos, resulta difícil ser compasivos con los demás; cuando no ejercemos empatía hacia nosotros mismos, difícilmente podremos ejercerla hacia los otros.

El verdadero amor es incondicional. Y es precisamente este tipo de autoempatía, libre de condiciones, el que debemos cultivar hacia nosotros mismos. Por el contrario, las estructuras de poder, para dominarnos, nos enseñan a odiarnos cuando nuestro rendimiento no corresponde a lo que se espera de nosotros, y a amarnos sólo cuando nuestro desempeño social se ajusta a los parámetros de esas estructuras de poder.

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19, 18). El amor propio incondicional no es egoísmo: al contrario, es la medida del amor a los demás. Primero estoy llamado a amarme a mí mismo; después, a amar al prójimo con la misma medida con que me amo a mí mismo.

El amor propio, la autoestima o la autoempatía, lejos de confundirse con el egoísmo, son la base sobre la que se sustentan todas las relaciones que establecemos: con nosotros mismos, con los demás e incluso con Dios. No existe, por tanto, verdadero altruismo sin autoempatía.

De forma muy sutil, el sistema de dominación ha tratado de limitar la violencia entre las personas trasladándola al interior de la conciencia moral de cada uno. Dentro de nosotros, el superyó freudiano actúa como el «Caballo de Troya» del sistema de dominación. La coacción del sistema ya no se ejerce desde fuera, sino que es la propia persona quien la aplica contra sí misma.

Como ese caballo oculto en nuestra conciencia, el superyó imita las instancias penales de la sociedad: actúa como policía que sorprende en delito, como tribunal que juzga, condena y dicta sentencia en forma de autopunición. Esta pena puede tomar la forma de prisión —la depresión, que nos aparta de la vida o nos priva del amor, de la alegría o de la plenitud—, o incluso la pena máxima: la muerte, es decir, el suicidio, cuando alguien llega a convertirse en su peor enemigo y acaba quitándose la vida en lo que interpreta como legítima defensa.

La CNV nos invita a evaluarnos a nosotros mismos con el fin de crecer, no para odiarnos. Nada positivo puede nacer de una motivación negativa. La verdadera transformación nunca surge de energías destructivas como la culpa o la vergüenza, pues ambas son formas de auto-odio. Todo aquello que hagamos impulsados por la culpa o la vergüenza jamás será un acto positivo capaz de proporcionarnos alegría y felicidad. Sólo lo que brota del deseo de enriquecer nuestra vida y la de los demás puede traer verdadera plenitud.

Contra el sacrificarse por los demás
«Por eso me ama el Padre: porque doy mi vida (...). Nadie me la quita; yo la doy libremente».
(Juan 10, 17-18)

Durante su vida de obrero, cuando mi padre hacía el turno de noche, solía desahogarse con nosotros diciendo: «allá voy al destierro». Mi madre, al final de sus días, solía repetir: «nunca tuve un respiro en la vida». Mis padres fueron personas sacrificadas por sus hijos; no dudo de que lo hicieron por amor y no por obligación, pero a veces transmitían la impresión de que satisfacían las necesidades de los hijos dejando de lado las propias. Esto, sin embargo, no es verdadero cristianismo, porque olvida que el amor al prójimo debe reflejar el amor a uno mismo.

En CNV no existen esclavos del deber. No hay cosas que tengamos que hacer por obligación, porque sí. Todo lo que se hace desde la imposición tiene un alto coste en nuestro psiquismo y en el de quienes lo reciben, ya que nace de una energía negativa. Este es un lenguaje violento porque niega la libertad de elección. Rosenberg repite con frecuencia que sólo debemos hacer aquello que deseamos hacer, y que, como personas libres, siempre tenemos capacidad de decidir.

En un taller de Rosenberg, una mujer objetó que había cosas en la vida que se tenían que hacer quisiera uno o no. Como ejemplo, dijo al terminar: «ahora tengo que volver a casa y cocinar; odio cocinar con toda mi alma, y sin embargo llevo treinta años haciéndolo, incluso los días en que estaba enferma como un perro».

Aquella misma noche, la mujer llegó a casa y decidió dejar de cocinar. Contra lo esperado, la familia lo agradeció: por fin iban a comer sin escuchar las quejas de la madre que cocinaba por obligación y que se lamentaba porque la comida tenía demasiada o poca sal o carecía de sabor. Esto no significa que lo que hacemos por opción no pueda ser difícil y exigir esfuerzo, sudor y lágrimas, pero al ser fruto de una elección libre y del amor, todo cambia. Como dice el refrán: «Quien corre por gusto, no se cansa».

Rosenberg recordaba de su infancia la ternura con la que su tío materno cuidaba cada tarde a su propia madre, paralítica en la cama. No era una tarea sencilla, por los olores y las incomodidades, pero el amor con que lo hacía superaba el malestar de ambos: del hijo y de la madre.

Yo mismo recuerdo, en mi noviciado, cuando fui voluntario en un hospital psiquiátrico. Cada día atendíamos a un hombre que había sido catedrático de literatura en la Universidad de Valladolid y que ahora yacía paralítico, con sus facultades mentales muy reducidas. Un día, mientras yo y un compañero le asistíamos, murmuró a modo de desahogo: «Vosotros sois muy buenos, porque la mierda sigue siendo mierda…».

Jesús, como hemos citado antes, aunque en varias ocasiones afirma que sigue la voluntad del Padre, nunca pierde la capacidad de decidir libremente. Incluso en Getsemaní, cuando su voluntad y la del Padre parecen enfrentadas, al escoger la del Padre esta se convierte en suya, porque es fruto de una elección libre. Jesús no se limita a acatar algo impuesto desde fuera: es Él quien elige el rumbo de su vida. Nadie le quita la vida, Él la entrega libremente.

Así también, todos los mártires dieron su vida por decisión propia: podían elegir salvar la vida temporal y perder la eterna, o bien salvaguardar la vida eterna entregando la temporal.

La depresión en la CNV
Para Rosenberg, la depresión surge de lo que las personas piensan acerca de sí mismas y de lo que se dicen a sí mismas. No existe una enfermedad llamada depresión en sí misma: es la forma en que la sociedad nos educa a pensar sobre nosotros lo que la provoca. Si preguntamos a una persona deprimida cuáles son sus necesidades en este momento, lo más probable es que responda con un diagnóstico de sí misma: «Soy un fracasado; veo a mis hermanos triunfar en la vida y yo no».

En su libro Revolución en la psiquiatría, Ernst Becker atribuye la depresión a «alternativas cognitivamente bloqueadas» (cognitively arrested alternatives): la persona se encuentra en un callejón sin salida cognitivo, atrapada en su propio pensamiento. 

Cuando alimentamos un diálogo interior hipercrítico sobre lo que somos o lo que hacemos, por ejemplo, si tengo hambre, en lugar de reconocer esa necesidad y buscar las estrategias naturales a mi alcance para satisfacerla, me digo a mí mismo: «Siempre estás con hambre». Así quedo preso en este autodiagnóstico que me convence de que hay algo malo en mí. Este estado no sólo me desconecta de mis necesidades reales, sino que me impide atenderlas.

Si soy padre y no sé cómo actuar o me resulta difícil conectar con las necesidades de mis hijos, en lugar de buscar esa conexión, me encierro en mi mente diciéndome que soy un mal padre. Creer en la existencia de un padre perfecto e ideal es como creer en Papá Noel: la consecuencia inevitable es la depresión.

Este modo de pensar nos aliena de nuestras necesidades, y al no reconocerlas, nada podemos hacer para satisfacerlas. Entramos en un círculo vicioso, un callejón sin salida en el que la depresión se profundiza cada vez más, excavando un pozo oscuro en nuestra psique en el que podemos perdernos por completo.

Dan Greenburg escribió un libro titulado How to make yourself miserable («Cómo volverte miserable»). En tono humorístico, el autor presenta a personajes famosos y sus logros, y después nos invita a compararnos con ellos: aparecen, por ejemplo, fotos de cuerpos perfectos con medidas ideales, y se nos pide que tomemos nuestras propias medidas; se nos muestra lo que Mozart o Beethoven lograron cuando eran niños, y luego se nos pregunta qué hemos conseguido nosotros… El autor asegura que, en poco tiempo, nos sentiremos desdichados.

Este ejemplo ilustra que es la manera en que nos juzgamos a nosotros mismos —muchas veces en comparación con los demás— lo que nos sume en la miseria y en la depresión. Las autoevaluaciones que implican maldad, anormalidad, disfuncionalidad o inferioridad conducen de manera segura a la depresión.

Como dice Rosenberg, cuando dominados por la rabia nos dejamos invadir por pensamientos negativos e hipercríticos, culpándonos a nosotros mismos o culpando a los demás, resulta casi imposible crear un ambiente interior saludable. La CNV nos ayuda a generar un estado de paz interior, animándonos a centrar la atención en lo que realmente necesitamos: traducir los mensajes internos negativos en sentimientos y necesidades, en vez de analizarnos a nosotros mismos y a los demás de manera crítica y destructiva.

Las personas deprimidas tienen una baja autoestima y están atrapadas en una falsa imagen negativa de sí mismas. La realidad es que detrás de esos autojuicios que alimentan la depresión se esconden necesidades insatisfechas. El problema es que no hemos sido educados para pensar en términos de lo que sentimos y necesitamos, sino de lo que somos.

La solución consiste en reconocer esos pensamientos y autojuicios cuando emergen a la conciencia, y traducirlos en necesidades insatisfechas. Una vez reconocida la necesidad, la depresión se desvanece y deja paso a la tristeza o a la frustración. Estos sentimientos, lejos de ser un callejón sin salida como la depresión, resultan positivos, pues movilizan nuestra psique hacia la búsqueda de soluciones para satisfacer esas necesidades.

Confrontar las estructuras de poder
Lo que genera la ira, la culpa, la depresión y la vergüenza no es lo que yo o el otro decimos o hacemos, sino la forma en que interpretamos, evaluamos y juzgamos esas acciones o palabras. Al entender estos juicios como formas alienadas, trágicas y suicidas de expresar necesidades insatisfechas, busco entonces identificar cuáles son esas necesidades. La ira, la culpa, la depresión y la vergüenza se disuelven cuando, más allá de mis juicios, logro encontrar y conectar con esas necesidades.

Estar en contacto con nuestros sentimientos y necesidades equivale a estar conectados con lo que Rosenberg llama un «sistema que sirve a la vida». Pero esta conexión no nos convierte en dóciles esclavos.

Al contrario: cuando estamos vinculados a nuestros sentimientos y necesidades, las estructuras de poder hacen todo lo posible por separarnos de ellas, para que nos sometamos a la ideología que implantan en nuestras mentes como un caballo de Troya. Para conseguirlo, en lugar de educarnos en un lenguaje procesual, que reflejaría una realidad siempre en movimiento, nos educan en un lenguaje estático que nos aprisiona en clichés y etiquetas, diciendo invariablemente lo que somos para nosotros mismos y para los demás.

Cuando vivimos dentro de la filosofía de la CNV, ya no necesitamos preocuparnos por lo que otros nos dicen, sino por la manera en que interpretamos y reaccionamos a esas palabras. No tenemos que inquietarnos si alguien nos diagnostica como «demasiado sentimentales». No es lo que el otro afirma lo que causa nuestro dolor, sino la forma en que yo reacciono y gestiono lo que me dice.

Si lo que el otro dice me hiere, le estoy concediendo el poder de definirme y de determinar quién soy o quién no soy. Dar crédito a lo que el otro afirma sobre mí es reconocer su influencia y dejar que decida cómo debo sentirme respecto a mí mismo; es renunciar a mi autonomía, aceptando que mi seguridad y autoestima dependen de alguien externo y no de mí.

No es fácil evitar que esto nos afecte, pues desde la infancia se nos ha enseñado que nuestra vida depende de cómo nos juzguen los demás, especialmente quienes ostentan títulos o autoridad.

La CNV, en cambio, es un lenguaje dinámico que nos entrena a descubrir las necesidades y sentimientos ocultos tras lo que alguien nos dice. Así aprendemos a reconocer la necesidad que hay detrás de un «no», de una crítica e incluso de los elogios y felicitaciones que recibimos, expresados con un lenguaje estático, no referido a comportamientos concretos ni a acciones reales.

Crear un sistema al servicio de la vida
“I have taken my chances more than once / and I have got my fingers burned / and done somethings I wouldn’t have done / If I knew then what I’ve since have learned.”  (Marshall Rosenberg)

(Arriesgué más de una vez / y me quemé los dedos / e hice cosas que no habría hecho / si en aquel momento hubiera sabido lo que después aprendí).

Como nunca poseemos ni poseeremos una información completa acerca de una situación determinada, nunca hemos hecho ni haremos algo “equivocado” en sentido absoluto. Todo lo que hacemos y haremos, así como todo lo que los seres humanos han hecho alguna vez, es para satisfacer necesidades, para servir a la vida y hacerla más placentera.

Por ejemplo, supongamos que anoche tuve necesidad de relajarme y puse la música muy alta; al día siguiente, mi vecino me miró con desagrado. Cuando decidí poner la música, no tuve en cuenta a mi vecino. Él no formó parte de mi ecuación. A veces hacemos cosas sin conocer con certeza el impacto que nuestras acciones van a tener.

Esto no significa a priori que hayamos hecho algo malo: lo que yo hice satisfizo mi necesidad de relajarme, pero no satisfizo mi necesidad de ser considerado con mi vecino. Para explicar esto mejor, Rosenberg divide nuestro psiquismo en dos: el que elige y el que educa. El que elige satisfizo la necesidad de relajación, pero a costa de mi necesidad de ser atento con el vecino. El educador —el que tiene necesidad de cuidar al vecino— siente empatía con el que eligió, y ambos buscan que ambas necesidades queden integradas.

Nunca nadie ha hecho nada deliberadamente “por maldad”. Todo lo que hacemos es para servir a la vida, para satisfacer nuestras necesidades y hacer más grata nuestra existencia y la de los demás. Esto incluye incluso a Hitler: las estrategias pueden ser erróneas, pero en el momento de la elección no lo sabemos y, muchas veces, no hay forma real de saberlo.

A veces incluso podemos prever el impacto negativo de nuestra acción en los demás. Un padre puede pensar en el daño que sus palabras causarán a su hijo y, sin embargo, en ese momento, su necesidad de expresarse es más fuerte que su necesidad de contenerse. O quizá no supo cómo satisfacer simultáneamente ambas necesidades: la de respetar a su hijo y la de corregirle.

Aprendemos más de los errores que de los aciertos. Nadie aprendió a montar en bicicleta sin caerse una y otra vez. El proceso de aprendizaje incluye equivocaciones; estamos llamados a aprender de ellas sin perder el respeto por nosotros mismos. ¿Qué hacemos con los errores una vez extraída la lección que nos han enseñado? Hacemos duelo por ellos.

Amarse incondicionalmente
«Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os odian y orad por los que os maltratan y os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace que su sol se levante sobre malos y buenos, y que la lluvia caiga sobre justos e injustos.» (Mateo 5, 44-45)

«Difícilmente alguien aceptaría morir por una persona que cumple la ley. Tal vez alguien tendría valor para morir por una persona buena. Pero Dios nos mostró cuánto nos ama: Cristo murió por nosotros cuando aún vivíamos en el pecado.» (Romanos 5, 7-8)

«Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.» (Romanos 8, 38-39)

En CNV el amor no es un sentimiento, sino una necesidad. Como tal, es universal, pertenece a la naturaleza humana: todos los seres humanos que han existido y los que existirán necesitan amar y ser amados. Esta es, de hecho, la primera y más importante necesidad después de las físicas comunes a los demás seres vivos. Es la necesidad que más define a la especie humana frente a los otros seres vivos. Sin amor, no hay vida humana, porque vivir es amar.

Como necesidad universal inscrita en la naturaleza humana, el amor es por definición incondicional: no está sujeto a condiciones; es debido, no merecido. Si amamos, amemos incondicionalmente; el amor condicionado no es amor.

Dios —y en general también nuestros padres— nos aman incondicionalmente. No necesitamos ser moralmente buenos ni tener éxito en nuestra vida para obtener su amor. Creo, sin embargo, que hay pocas personas que se aman a sí mismas incondicionalmente; podemos amar a otros sin condiciones, pero no a nosotros mismos. Supongo que esta es una de las causas de la depresión.

No nos perdonamos cuando fallamos y somos menos que perfectos; parece que vinculamos nuestro amor al rendimiento en la vida: nos amamos cuando tenemos éxito y nos odiamos cuando fracasamos.

Pero si Dios nos ama incondicionalmente, como queda demostrado bíblicamente, ¿por qué no nos amamos también nosotros así? Si Dios, nuestro Creador, hace llover sobre justos e injustos, y en la parábola del sembrador no se fija en si producimos treinta, sesenta o cien por uno, sino simplemente en que demos fruto, ¿por qué somos más duros con nosotros que Él? Tal vez porque no le conocemos realmente. Parafraseando 1 Juan 4, 8: «Quien no se ama a sí mismo, no conoce a Dios, porque Dios es amor».

Traducir la autocrítica en necesidades
Como ya sabemos, para Rosenberg todas las críticas y autojuicios son expresiones trágicas de necesidades insatisfechas. En lugar de decir que alguien —o yo mismo— está equivocado o es malo, lo que debo decir es que esa persona —o yo mismo— no está actuando en armonía con sus necesidades. Cuando escuchamos una autocrítica o un juicio interior debemos preguntarnos: «¿Cómo me siento? ¿Qué necesito?»

Ejemplo: Estoy enganchado a la televisión
Observación: Identifica lo que haces, cuántas horas al día dedicas a la televisión.
Sentimiento: ¿Cómo te sientes? — «Me siento estresado y ansioso, porque dejo de lado cosas importantes.»
Necesidad: Vincula ese sentimiento con una necesidad que no está siendo satisfecha con ese comportamiento. — «Necesito parte del tiempo que dedico a la televisión para atender mis tareas.»
Petición: Después de reconocer esa necesidad, ¿qué petición puedes hacerte a ti mismo? — «Voy a establecer un tiempo limitado para ver televisión, de manera que pueda disponer de espacio para realizar mis tareas.»

Los errores como etapas del progreso
«Los errores son los dolores de crecimiento de la sabiduría. Sin ellos no habría crecimiento individual, ni progreso, ni conquista.» (William Jordan)

En CNV miramos los errores de manera positiva, sin atribuirles un valor ético que nos conduzca al sentimiento de culpa. Si un error queda pegado a nuestra conciencia y volvemos a él una y otra vez, es porque nos estamos culpabilizando por lo ocurrido. En ese caso, debemos dejar de pensar así.

Errare humanum est. En el aprendizaje de cualquier cosa —piano, bicicleta, un idioma nuevo, etc.— errar forma parte del proceso. Los errores son oportunidades de aprendizaje: si no existieran, no sabríamos cuándo acertamos. En la vida aprendemos más de los errores que de los aciertos; los errores enseñan, los aciertos no. Son los errores los que nos indican lo que ya hemos aprendido y lo que aún nos falta por aprender.

En la tradición judeocristiana, la acción equivocada recibe el nombre de pecado. El concepto de pecado, hoy tan moralizante y asociado a la culpa y a una conciencia escrupulosa —por considerarse una grave ofensa a Dios y al prójimo—, en su origen no tenía este sentido ni esa connotación.

En amárico, la lengua semítica oficial de Etiopía, “pecado” se dice Hatiat, que procede de la raíz hatá, y significa “perder”, “no encontrar” o “errar el blanco”. Es como imaginar a alguien con un arco que dispara hacia la diana y falla el objetivo. Eso significa pecado: errar el blanco. En sí mismo no es una mala acción, sino un error de cálculo o de visión que nos indica simplemente que debemos practicar más.

En uno de sus talleres, una mujer contó a Rosenberg la discusión a gritos que había tenido con su hijo antes de llegar a la sesión:

Marshall: ¿Qué te dijiste a ti misma después de gritarle?
Madre: «Me dije que soy una pésima madre. No debería haber hablado así a mi hijo. ¿En qué estaría pensando?»

Así como no debemos tomarnos como algo personal los insultos y críticas de los demás, de algún modo tampoco deberíamos tomar tan a pecho nuestros propios juicios internos. Los sentimientos que acompañan al autojuicio son la culpa y la vergüenza, que nos hunden en la depresión.

En el ámbito educativo, estos sentimientos pueden llevar a la madre a compensar a su hijo con una actitud condescendiente o excesivamente complaciente, haciendo que el remedio sea peor que la enfermedad. Necesitamos aprender, pero sin odiarnos ni insultarnos a nosotros mismos. El aprendizaje basado en la culpa o la vergüenza nos sale caro, tanto a nosotros como a quienes conviven estrechamente con nosotros.

Marshall: ¿Qué necesidad tuya quedó insatisfecha por la forma en que trataste a tu hijo?
Madre: «Para mí es un valor y una necesidad respetar a las personas; al faltar al respeto a mi hijo, fui contra mi propia necesidad y valor de respetar a los demás.»
Marshall: Ahora que tu atención se centra en tus necesidades y valores, y no en la culpa, ¿cómo te sientes?
Madre: «Me siento triste.»
Marshall: ¿Y cómo sientes esa tristeza en comparación con lo que pensabas antes, cuando te decías a ti misma que eras una mala madre y que no sabías en qué estabas pensando?
Madre: «Me siento triste, pero aliviada y esperanzada.»

Gracias al uso de la CNV, los gritos de aquella madre —que la llevaban a considerarse una “mala madre” y a una posible depresión, con la consecuente condescendencia motivada por la culpa— se convirtieron simplemente en una ocasión de aprendizaje. Al liberarse de la culpa, se sintió aliviada y esperanzada de que la próxima vez lo haría mejor. En CNV no somos malos ni culpables: simplemente no siempre estamos a la altura de satisfacer nuestras necesidades y valores.

“Quiero” en lugar de “tengo que”
«Don’t do anything that isn’t play» —No hagas nada que no sea por gusto. (Marshall Rosenberg)

En CNV no existen los deberes entendidos como obligaciones que tenemos que cumplir, queramos o no. No hacemos nada “por los demás” ni por mero deber; todo lo que hacemos responde en última instancia a una necesidad nuestra. Por eso, lo hacemos por gusto y no por obligación.

Cuando lo que hacemos está motivado por el gusto de hacerlo, nunca nos cansamos: la motivación es intrínseca. Por el contrario, cuando lo hacemos por deber, la motivación es extrínseca, no nace de nosotros; lo hacemos de mala gana, pobremente y, en cuanto tenemos oportunidad de escapar, lo dejamos.

Una de las palabras más violentas que los seres humanos han inventado es “deber”: «No debería haber hecho eso.» «Debería haber sido más comprensivo.»

El “deber” nos coloca en una deuda constante, imposible de saldar. Haga uno lo que haga, nunca es suficiente. Nunca vivimos satisfechos cuando actuamos por deber, porque nos sentimos en deuda. Lo que hacemos por obligación no es fuente de alegría ni de felicidad: no se hace ni por gusto ni con gusto, se hace porque “tenía que hacerse”. Quien vive bajo el imperio del deber, vive siempre insatisfecho.

El “deber” es el chip que el sistema de dominación ha implantado en nuestra conciencia moral para que vivamos eternamente como esclavos: esclavos del deber.

Traducción de “deber” en opción
1ª etapa – Trae a la mente aquellas cosas que habitualmente te dices a ti mismo que tienes que hacer; algo que no te gusta y temes, pero haces igualmente porque crees que no tienes opción.

2ª etapa – Reconoce que, en realidad, eliges hacer esas cosas. Sustituye en cada caso «Tengo que…» por «Elijo…» y percibe cómo suena diferente en tus oídos y en tu corazón.

3ª etapa – Toma conciencia de la necesidad que hay detrás de cada acción que eliges hacer y completa la frase: «Elijo hacer… porque necesito…». Si no encuentras ninguna necesidad detrás, lo mejor es abandonar esa acción.

En cada elección, toma conciencia de la necesidad o el valor que se satisface con ella. Al ganar claridad sobre las necesidades que se cubren mediante nuestros actos, los experimentamos como un juego o un placer, incluso cuando son exigentes y conllevan esfuerzo, sufrimiento o frustración. No hay grandes victorias sin grandes batallas; como dice el refrán: «Tristeza bien ordenada es la antesala de la alegría.»

Encajar positivamente el pasado
“Las aguas pasadas no mueven molinos” – Proverbio portugués

Con frecuencia, la naturaleza humana parece funcionar al revés de la naturaleza física. El agua que ya pasó por el molino ya no lo puede mover; sin embargo, en nosotros hay muchas cosas pasadas que todavía nos mueven, nos promueven y nos conmueven en el presente, como la propia psicoanálisis vino a demostrar.

A diferencia del psicoanálisis, que analiza el pasado para encontrar en él la causa de nuestros males presentes, la Comunicación No Violenta (CNV) se centra únicamente en el presente. Hablar demasiado del pasado no siempre ayuda: puede perpetuar la herida y el dolor. Así como “recordar es vivir”, recordar las heridas y los traumas del pasado es volver a revivirlos, dándonos la sensación de que aún seguimos allí.

La CNV no rechaza el pasado, pero nos invita a revisitarlo con una mirada positiva. Del mismo modo que en el cristianismo se lee el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, también nosotros debemos leer nuestro pasado desde la perspectiva de nuestro presente. Se trata de integrar positivamente las experiencias negativas, entonando nuestro propio Felix culpa: si hoy nuestro presente es bueno, de algún modo misterioso también el mal del pasado contribuyó a ello. “No hay mal que por bien no venga”.

El acento, el foco de nuestra atención, ha de ser siempre el presente. Es aquí donde vivimos y donde se juega nuestra vida. Por eso, la pregunta eterna que debemos hacernos es: “¿Qué es lo que está vivo en mí aquí y ahora?”, es decir, cómo me siento en este momento, qué necesidades tengo y qué puedo hacer para que la vida sea más maravillosa.

“Los nuevos amores hacen olvidar los viejos.” – Las experiencias positivas del presente sanan los traumas del pasado: se convierten en los nuevos inquilinos de nuestro inconsciente, desalojando los traumas antiguos y ocupando su lugar, regalándonos una sensación de plenitud y bienestar.

Así, al contrario del psicoanálisis, que va del pasado al presente, la CNV avanza del presente hacia atrás: la compasión y la empatía hacia nosotros mismos y hacia los demás, vividas en el ahora, se encargan de sanar el pasado como por arte de magia.

CNV: entre el luto y el perdón
La Comunicación No Violenta nos muestra una diferencia fundamental entre el luto y la petición de disculpas:
La petición de disculpas. – En CNV no existen las “disculpas”, pues forman parte de la lógica de la violencia. Quien pide perdón se siente culpable, y se siente culpable porque ha hecho algo “malo” y, por ello, debe pagar un precio, debe cumplir una penitencia. Es el mismo esquema de la confesión sacramental: admites que eres una mala persona por lo que hiciste (confesión), reconoces tu falta y, finalmente, se te impone una reparación (penitencia). Cuando te odias lo suficiente, se te concede el perdón. Pero esto puede convertirse en un círculo vicioso: se odian y no se perdonan, no se perdonan porque se odian.

El luto. – En lugar del violento mecanismo de la disculpa y de la culpa, la CNV propone el luto, no violento. En un ejercicio de introspección, la persona se pregunta: ¿qué necesidad no satisfecha había en ese comportamiento? 

Cuando descubrimos la necesidad que estaba en juego, dejamos de sentir culpa y vergüenza, y experimentamos un sufrimiento distinto: un sufrimiento natural, no moral; un dolor que no nos deja atrapados en la herida, sino que nos abre a la esperanza, porque conduce al aprendizaje, a la sanación, y no al odio hacia uno mismo, ni a la culpa, ni a la auto-humillación, ni al pozo de la depresión.

De esta forma, aprendemos de nuestros errores sin perder la autoestima ni el respeto por nosotros mismos. Como dice Rosenberg, culparnos o culpar a los demás es siempre una trágica expresión de una necesidad no satisfecha.

Aprecio en vez de elogios
«Guardaos de hacer vuestras buenas obras delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.» (Mateo 6, 1)

“Has hecho un buen trabajo”, “eres una persona encantadora”, “eres muy inteligente”. – Los elogios, aunque sean positivos, no dejan de ser juicios de valor; implican evaluación. Para Rosenberg, tan alienantes son los juicios negativos como los positivos, pues en realidad no nos dicen nada ni de quien los da ni de quien los recibe.

No aprendemos nada auténtico sobre nosotros ni sobre los demás con un lenguaje estático que pretende definir a la persona entera por una sola acción. En cambio, aprendemos algo verdadero cuando alguien nos dice no lo que somos, sino cómo una acción nuestra impactó positivamente en su vida, satisfaciendo alguna de sus necesidades.

Es cierto que actuamos movidos por el puro placer de contribuir y no para recibir agradecimientos; pero también necesitamos ese reconocimiento para confirmar que nuestra acción hizo la vida más plena, la nuestra y la de los demás.

Es trágico trabajar tanto para “comprar” amor y elogios, negarnos a nosotros mismos, renunciar a lo que nos gusta para agradar a los demás. Tarde o temprano, quienes pretendemos agradar perciben que no somos auténticos y, paradójicamente, ese comportamiento acaba volviéndose contra nosotros.

Cuando hacemos lo que hacemos incondicionalmente, con el único fin de enriquecer la vida, entonces recibimos el verdadero aprecio de los demás. Y como no lo hicimos para obtenerlo, ese reconocimiento se convierte en una auténtica celebración de la vida.

En CNV no se formulan juicios de valor genéricos sobre la persona ni se utiliza el verbo “ser” en este sentido. La gratitud se expresa siempre en referencia al acto que ayudó a enriquecer la vida. Para ello se usan los cuatro componentes: se describe lo que la otra persona hizo, se expresa lo que sentimos al recibirlo, se nombra la necesidad o el valor que fue satisfecho y, finalmente, se celebra la gratitud no para manipular, sino para reconocer y festejar la vida.

El aprecio, en este caso, no es más que la confirmación de que nuestros esfuerzos tuvieron el efecto deseado: la constatación de que nuestro empeño mereció la pena porque enriqueció la vida. Y eso nos alegra y nos hace celebrar de un modo que la simple aprobación externa nunca podría proporcionar.

Conclusión - De forma ingeniosa, el sistema de dominio buscó limitar la violencia entre las personas introduciéndola dentro de la propia conciencia moral de cada uno. En nuestro interior, el “superyó” freudiano funciona como el verdadero “Caballo de Troya” del sistema de dominio: la coacción ya no viene de fuera, sino que la ejerce cada persona sobre sí misma.

P. Jorge Amaro, IMC




viernes, 5 de junio de 2026

CNV - Un Mundo de Jirafas y Chacales

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“Tomé el libro de la mano del ángel y lo devoré: en mi boca era dulce como la miel; pero, después de comerlo, mis entrañas se llenaron de amargura. Entonces me dijeron: ‘Es necesario que sigas profetizando contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes’.”(Apocalipsis 10, 10-11)

Marshall Rosenberg (1934-2015)
El fundador de la Comunicación No Violenta (CNV), al descubrir el potencial de esta nueva lengua para transformar la mente y el corazón de las personas, con el fin de establecer nuevas relaciones y, de manera definitiva, construir una sociedad de armonía y paz, decidió que este sería su gran aporte a la humanidad, su misión y su lucha personal.

Por ello abandonó su consulta de psicoterapeuta y se lanzó a la aventura de difundir la buena nueva de la CNV. Dentro de Estados Unidos recorrió miles de kilómetros para impartir talleres en las principales ciudades, acampando a las afueras y durmiendo en el coche con tal de hacer accesible la formación a todos.

El éxito de estos talleres fue tan grande que pronto Rosenberg cambió su viejo coche por el avión, llevando esta lengua de paz a más de 50 países y contribuyendo a la resolución de conflictos crónicos como los de Irlanda del Norte, Israel o Nigeria, entre otros. Creó lo que llamó “Escuelas Jirafa”, con el fin de que los niños del futuro fueran educados en este nuevo idioma y en esta filosofía de vida. La claridad de sus ideas, el don de la palabra y su sentido del humor conquistaban multitudes. Con facilidad lograba tocar mentes y corazones para su causa.

Parafraseando el pasaje del Apocalipsis citado al inicio: el sabor de la CNV en la boca es dulce como la miel; es decir, nos entusiasma, nos da esperanza y nos hace soñar con la posibilidad de transformarnos interiormente, de cambiar nuestro pequeño mundo y, tal vez, el mundo entero. Sin embargo, al “rumiarla” y digerirla descubrimos que no es fácil sustituir de un día para otro un lenguaje que nos acompaña desde hace milenios y en el que hemos sido educados, formados e incluso condicionados.

La digestión de esta lengua es difícil porque no tenemos aún “los ácidos” necesarios para asimilarla. Requiere tiempo. Y cuando por fin empezamos a usarla, no surge de manera automática como la comunicación reactiva y violenta que proviene de nuestro cerebro reptiliano. A menudo necesitamos parar el “partido” y pedir un tiempo muerto, como en el baloncesto, para poder conectarnos con el neocórtex, el cerebro propiamente humano, fruto de la evolución. En ese sentido, la CNV puede parecer artificial, como si estuviéramos leyendo un guion y siguiendo normas estrictas.

Pero así debe ser, hasta que se convierte en una segunda naturaleza. Aprender CNV es como aprender un idioma extranjero: primero pensamos antes de hablar, necesitamos aprender su nueva gramática, que difiere radicalmente de la gramática de la violencia. La CNV es sencilla de aprender, pero difícil de integrar y encarnar en la vida cotidiana. Requiere paciencia y perseverancia.

Para simplificar el aprendizaje de esta nueva lengua y mostrar el contraste entre dos modos de comunicarse y de concebir la vida, Rosenberg utilizó dos animales como símbolos. La comunicación violenta fue representada por el carnívoro Chacal, símbolo de agresión, dominio y autoritarismo; la comunicación no violenta, por la Jirafa, herbívora, pacífica y dotada del corazón más grande de todos los animales terrestres.

El Chacal
La célula básica de la sociedad del chacal es una pareja monógama que defiende su territorio de posibles agresores. Dicho territorio se marca y se protege con intensidad, expulsando a intrusos y delimitándolo con orina y heces.

El chacal representa el lenguaje que la humanidad ha utilizado desde los tiempos del mito babilónico de la creación. Desde niños, nuestra cultura nos enseña a hablar “chacal”: un idioma coercitivo, agresivo y autoritario que genera sumisión o resistencia, e inevitablemente, contraataque.

Es un lenguaje estático, afín a la antigua física mecanicista de Newton, donde la naturaleza y sus leyes parecían funcionar con la precisión de un reloj suizo. Sin embargo, la física cuántica nos muestra que la realidad está llena de excepciones; el principio de incertidumbre de Heisenberg revela que hay tantas excepciones como reglas. Incluso la medicina moderna demuestra que un mismo medicamento no produce idénticos efectos en distintas personas, y ya se investiga en fármacos diferenciados para hombres y mujeres.

Para los chacales, las personas tienen una identidad fija, inmutable, que no evoluciona ni puede transformarse. Pero la realidad es que somos seres en construcción, imposibles de encasillar o etiquetar.

En general, el lenguaje chacal se caracteriza por querer forzar la realidad en categorías rígidas: “lo que debería ser” y “lo que no debería ser”, “lo que está mal”, “lo que está bien”, “lo que las personas son” o “lo que no son”. Es un lenguaje que se instala en juicios, análisis y nostalgias del pasado o en expectativas del futuro, pero rara vez habita el momento presente.

La Jirafa
La jirafa simboliza a quienes hablan este nuevo idioma no violento, el lenguaje del futuro. Desde la perspectiva del cristianismo —que en su esencia es una religión no violenta, pues su fundador se enfrentó sin armas a la violencia del poder dominante— creemos que es el idioma del Reino de Dios, definido como justicia, paz e integridad de la creación.

La jirafa es el animal terrestre con el corazón más grande: representa la compasión, núcleo y forma de la CNV. La compasión es algo natural en todo ser humano; por eso, cuando mostramos compasión hacia el violento, le desarmamos de su agresión y le ayudamos a reconectar con la compasión que reside en lo profundo de su corazón, aunque él viva desconectado de ella. El personaje de Scrooge en Cuento de Navidad de Charles Dickens ilustra bien esta verdad.

Su largo cuello le da una visión más amplia y lúcida. El gran corazón de la jirafa debe bombear la sangre hasta la cabeza, situada a gran altura. Esa altura le permite contemplar la realidad desde arriba, con un ángulo de visión más amplio que ningún otro animal. Quienes hablan el idioma de la no violencia observan la realidad con objetividad y perspectiva, enmarcando los hechos en un contexto mayor. Si algo no tiene la jirafa es visión de túnel, más propia del chacal.

La jirafa, además, es capaz de comer y digerir espinas. Su lengua fuerte, dura y resistente le permite masticarlas sin hacerse daño. Traducido al ámbito humano, significa que quien habla “jirafa” es capaz de “digerir” palabras agresivas de los chacales, críticas destructivas e insultos, transformándolos en alimento inofensivo que no le hiere. Más exactamente, en la capacidad de descubrir detrás de esas palabras necesidades insatisfechas y la frustración que las acompaña.

Jirafa versus Chacal: gana la Jirafa
Como podemos ver en la imagen que ilustra este texto, en sus conferencias y talleres Rosenberg utilizaba dos símbolos —la Jirafa y el Chacal— en forma de marionetas, mostrando de manera práctica los dos estilos de comunicación enfrentados.

Dado que hasta ahora hemos vivido en un mundo de chacales, todos nacemos chacales, pero todos estamos llamados a ser jirafas. Todas las jirafas fueron alguna vez chacales, por lo que cualquier chacal puede convertirse en jirafa. Cada jirafa tiene un pasado de chacal, y cada chacal tiene —o puede tener— un futuro de jirafa.

Ante un ataque externo en forma de insulto, juicio negativo o crítica destructiva, el chacal solo ve dos alternativas, que en el fondo son las que nos dicta nuestro cerebro reptiliano: luchar —rebelarse, vengarse— o huir —esconderse, someterse—. El chacal responde a la acusación acusando al otro, o bien la acepta culpándose a sí mismo y sintiéndose culpable.

La jirafa, en cambio, utiliza la compasión y la empatía, tanto consigo misma como con los demás. Consigo misma, toma conciencia de los sentimientos y necesidades que la invectiva del otro ha despertado en ella y los expresa con honestidad. Con el otro, busca comprender los sentimientos y necesidades que hay detrás de la acusación, entrando en un diálogo, haciendo preguntas aclaratorias y estableciendo una conexión auténtica.

Cuando escuchamos con oídos de jirafa, percibimos los sentimientos y necesidades de quien habla, más allá de las palabras que utilice. Recordamos que satisfacer las propias necesidades, que son universales, es el único objetivo de todo lo que cualquier ser humano dice o hace.

Usar orejas de jirafa hacia fuera hace la vida mucho más sencilla: donde antes escuchábamos críticas y ataques personales, ahora oímos a alguien expresando sus necesidades. Y, si usamos esas mismas orejas hacia dentro, con nosotros mismos, donde antes había dudas, autocrítica, autoacusación y culpabilidad, ahora descubrimos sentimientos y necesidades.

CHACAL – aliena la vida
Objetivo: Tener razón. Obligar a los demás a hacer lo que yo quiero.
Evaluaciones: Juicios morales (bueno/malo, correcto/incorrecto). Pensamiento dualista (o… o…).
Motivaciones: Extrínsecas (premios y castigos).
Génesis de los sentimientos: Causados por acciones externas, personas y acontecimientos.
Modo de buscar seguridad: A través de la obediencia jerárquica.
Relaciones con los demás: Jerárquicas, sistema de castas, poder sobre el otro (homo homini 
lupus), clases sociales, perder–ganar.
Génesis de la autoridad: Externa: gobierno, Iglesia, jefe, padres, profesores.
Cede por: Sentimiento de culpa, vergüenza o ira.
Quiere que los demás sientan su dolor…: Provocando dolor en los otros.
Imagen de los demás: Villano que merece castigo o héroe que merece un premio; visto como un 
objeto o un medio para un fin.
Enfoque: En comportamientos y actos pasados, en acontecimientos futuros.

JIRAFA – sirve a la vida
Objetivo: Conectarse empáticamente con los demás, comprenderlos.
Evaluaciones: Juicios que sirven a la vida (necesidades satisfechas o insatisfechas).
Motivaciones: Intrínsecas (sentimientos, necesidades, valores).
Génesis de los sentimientos: Necesidades insatisfechas, propias o ajenas.
Modo de buscar seguridad: Mediante la conexión afectiva con los demás; lo afectivo es eficaz.
Relaciones con los demás: Igualdad, fraternidad, poder compartido; “todos ganan” (win–win). 
Satisfacer las necesidades de todos.
Génesis de la autoridad: Interna, de origen divino.
Cede por: Compasión o alegría.
Quiere que los demás sientan su dolor…: Pidiendo empatía a los demás.
Imagen de los demás: Verdaderamente humanos. Lo que necesitan, lo que está vivo en ellos; la 
persona como un fin en sí misma.
Enfoque: En el momento presente.

La Jirafa tiene dos modos básicos de actuar:
Escucha con empatía a sí misma y a los demás – “Cuando ves/oyes…” (observación), “¿Te sientes…?” (sentimientos), “¿Por qué necesitas…?”, “¿Te gustaría…?”

Se expresa con honestidad – “Cuando veo/escucho…” (observación), “Siento…”, “Porque necesito…”, “¿Estarías dispuesto a…?”

La jirafa realiza observaciones objetivas, se responsabiliza de sus propios sentimientos, reconoce e identifica sus necesidades y, basándose en ellas, formula peticiones realistas y viables. En cambio, el chacal no observa, evalúa constantemente, confunde pensamientos con sentimientos, mezcla necesidades con estrategias y da órdenes en lugar de hacer solicitudes.

Traducir la agresividad verbal en necesidades
“Transformarán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces. Una nación no alzará la espada contra otra, ni se adiestrarán más para la guerra.” Isaías 2, 4

Cuando funcionamos en modo Jirafa, siempre hay dos formas de conexión: hacia nosotros mismos y hacia los demás. Dirigiendo los “oídos” hacia uno mismo, la jirafa toma conciencia de sus propios sentimientos y necesidades; dirigiéndolos hacia los demás, percibe los sentimientos y necesidades ajenos.

Ante un ataque verbal, dentro de la lógica de la comunicación violenta que imita el cerebro reptiliano, la respuesta habitual es simple: rebelarse o someterse. En CNV existe una tercera vía: responsabilizarnos de lo que escuchamos, desconectar el cerebro reptiliano, respirar profundamente, adoptar una visión de “rayos X” para leer entre líneas lo que se dice y descubrir las necesidades insatisfechas, con el fin de traducir el mensaje subyacente. Veámoslo en el siguiente ejemplo:

“¡Eres la persona más egoísta que he conocido!”

Chacal externo – culpa a los demás y contraataca: “¡No tienes derecho a decir eso, yo siempre he sido atento, el egoísta eres tú!”
Chacal interno – se culpa a sí mismo y se somete: acepta el juicio del otro, sintiéndose culpable o avergonzado, y afirma: “¡Perdona, debería haber sido más considerado!”

Jirafa interna – toma conciencia de sus propios sentimientos y necesidades: “Al escucharte llamarme egoísta, me siento dolido porque necesito reconocimiento por mis esfuerzos en ser atento hacia tus preferencias…”
Jirafa externa – identifica los sentimientos y necesidades del otro: “¿Te sientes herido porque necesitas más consideración hacia tus preferencias?”

En pocas palabras, el chacal es egoísta, abusa de los pronombres personales (“yo”, “a mí”, “yo mismo”). La jirafa es altruista y usa el pronombre “nosotros”. La prioridad del chacal es tener razón y hacer que el otro esté equivocado; como siempre quiere ganar, el otro debe aceptar la derrota.

La prioridad de la jirafa es conectarse con el otro para que ambos ganen; reconoce el problema como compartido y busca una solución válida para ambos. El chacal se centra más en ganar que en resolver genuinamente el problema; ante un ataque, se siente herido o intimidado. La jirafa siente empatía por sí misma. El chacal juzga, acusa y da órdenes; la jirafa observa, expresa honestamente sentimientos y necesidades y hace peticiones.

En conclusión: La jirafa observa, el chacal evalúa. La jirafa siente, el chacal piensa. La jirafa es consciente de sus necesidades, el chacal confunde necesidades con estrategias. La jirafa pide, el chacal ordena.

En el enfrentamiento entre jirafa y chacal, la jirafa siempre gana si mantiene su actitud. Al actuar con compasión y empatía, tarde o temprano consigue apelar al corazón del chacal, despertando su propia compasión y empatía, transformándolo también en jirafa. Así, el número de jirafas aumenta mientras los chacales disminuyen, hasta que eventualmente podrían extinguirse.

Conclusión: Para simplificar el aprendizaje de esta nueva lengua, Rosenberg utilizaba dos animales como símbolos. La comunicación violenta estaba representada por el carnívoro Chacal, símbolo de agresión, dominio y autocracia; la comunicación no violenta, por la herbívora Jirafa, pacífica y con el corazón más grande de todos los animales terrestres.

P. Jorge Amaro, IMC



lunes, 1 de junio de 2026

Tu vida no gira en torno a ti.

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Un hombre, al partir al extranjero, llamó a sus siervos y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y después partió. El que había recibido cinco talentos negoció con ellos y ganó otros cinco. De igual forma, el que recibió dos ganó otros dos.

Pero el que solo recibió uno fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. (…) El señor le respondió: “¡Siervo malo y perezoso! (…) Quitadle, pues, el talento, y dádselo al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadlo a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y rechinar de dientes.” Mateo 25, 14.26.28-30

Nadie vino a este mundo por casualidad.
El hijo de una prostituta que nació de una relación por dinero, el hijo de una violación, el hijo de una noche de placer ocasional, el hijo de un “accidente” o de un desliz… todos ellos fueron llamados a la vida y vinieron al mundo porque Dios, en su infinita y misteriosa providencia, así lo quiso.

El hijo de una noche de amor entre dos personas que se prometieron para toda la vida y viven en fidelidad mutua, no es superior en dignidad a ninguno de los antes mencionados. Dios los ama a todos por igual. Para Dios no hay hijos ilegítimos: todos son hijos legítimos del Padre de todo y de todos. Puede que no tengan el amor de sus padres, pero nunca les faltará el amor del Padre de los padres: Dios.

Ganar la vida o perder la vida
“Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa, la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?” Mateo 16, 25-26

Es habitual decir de quien trabaja incansablemente que “está ganándose la vida”. En este sentido, ganarse la vida es sinónimo de garantizar el sustento; pero buscar medios de vida y vivir plenamente no son lo mismo. Al igual que estar vivo y vivir con sentido no son sinónimos.

Quienes gastan su vida —tiempo y energía— solo en buscar medios de supervivencia, no se diferencian mucho del resto de seres vivos de este planeta. Gacelas y leones, tigres y leopardos: todos los animales pasan sus días buscando sustento. Sobreviven, no viven.

El ser humano, sin embargo, posee un don singular: tiene poder y control sobre su propia vida. Puede moldearla, transformarla en un cielo o en un infierno, según administre el tiempo y los dones que le han sido confiados.

“Mirad, guardaos de toda avaricia, porque, aunque alguien viva en la abundancia, su vida no depende de sus bienes.” (…) “Había un hombre rico, cuyas tierras produjeron una gran cosecha. Y pensó para sí: ‘(…) Tienes muchos bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y disfruta’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán la vida; y lo que has acumulado, ¿para quién será?’ Así le sucederá al que acumula para sí, y no es rico ante Dios.” Lucas 12, 16-17.20-21

Hay quienes acumulan en vida bienes que bastarían para mantener dos o tres vidas humanas. Pero ¿acaso tendrá esas vidas? ¿Acaso alargará sus días por haber acumulado más de lo necesario? No. La vida no se resume en ganar medios de vida.

La vida no consiste en acumular, sino en vaciarse. No es centrarse en uno mismo, sino irradiarse en amor. La vida no es una fuerza centrípeta —atraer todo hacia dentro—, sino centrífuga: es compartir, entregarse, donarse. Por eso, paradójicamente, la vida se pierde cuando se retiene y se gana cuando se da.

Tu vida no va sobre ti — naciste para una misión
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.” Marcos 10, 45

“¿Quién es mayor: el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está sentado a la mesa? Pues Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.” Lucas 22, 27

Nadie le preguntó a Jesús cuál era el objetivo de su vida, pero si se lo hubieran preguntado, esta última habría sido su respuesta.

Mi vida tiene un valor absoluto para los demás, pero relativo para mí; lo absoluto para mí es el propósito por el cual vivo. Mi vida no gira en torno a mí mismo. Si yo fuera el centro de mi propia existencia, vivir sería simplemente sobrevivir: mantener las funciones vitales. Pero vivir es mucho más que eso: es consagrar tiempo y energía a una causa mayor.

La vida de Beethoven giró en torno a la música; la de Picasso, a la pintura; la de Einstein, a la física; la de Mandela, a la justicia y la igualdad. La vida de Jesús, Hijo de Dios, giró en torno a la salvación de la Humanidad.

Nadie es más feliz que quien se vuelve útil. Y nadie es más útil que quien ama —y amar, como decía Santo Tomás de Aquino, es querer y buscar el bien del otro.

Los talentos, al igual que los dones del Espíritu Santo, sirven tanto para la realización personal como para el bien de la comunidad. Y es precisamente siendo útil a los demás como te descubres pleno en ti mismo. Quien es inútil para los demás, acaba por serlo también para sí mismo.

Talentos, las herramientas de la vida
“La peor desgracia que os puede pasar, jóvenes, es no ser útiles a nadie y que vuestras vidas no sirvan para nada.” Raoul Follereau

Dios, arquitecto de nuestra existencia, trazó un proyecto para cada uno de nosotros. Nadie viene al mundo sin un propósito. En diálogo con Dios a través de la oración, atentos a los signos de los tiempos, debemos discernir el proyecto divino que se nos ha confiado —y para el cual hemos recibido talentos suficientes.

En lugar de envidiar los talentos de los demás, como adolescentes que llenan sus habitaciones de ídolos y carteles, volvamos la mirada hacia nosotros mismos y descubramos nuestros dones. Siempre hay algo escondido que quizá nunca hayamos explorado…

Tener envidia de los talentos ajenos es como esconder los nuestros y acusar a Dios de parcialidad. Pero Dios no es injusto: a cada uno le da lo necesario para que su vida sea significativa y fecunda.

Cuando miramos por una ventana, podemos fijar la vista en el cristal o en el paisaje que hay más allá —no es posible enfocar ambos al mismo tiempo. Así, quien se concentra en los talentos de otros, desenfoca los suyos propios, como si no existieran.

Nunca serás mejor que aquel a quien tratas de imitar. Pero siendo tú mismo, nadie podrá superarte. Por eso, no pretendamos ser quienes no somos ni jamás seremos.

Así como “la ocasión hace al ladrón”, también los grandes desafíos crean grandes hombres —hombres que se lanzan, que arriesgan, que se atreven. Solo probando lo nuevo, y asumiendo riesgos, podemos descubrir si estamos a la altura de la misión.

La Segunda Guerra Mundial creó a Churchill, y lo mismo se aplica a todos los grandes de la historia.

“Quien no arriesga, no gana.” El talento no usado es talento irremediablemente perdido. Dones no descubiertos ni cultivados nos alejan del objetivo que Dios nos ha confiado —y sin alcanzar ese objetivo, la vida se vuelve fútil.

Lo que no tiene utilidad es basura. Y la basura se quema. He aquí el verdadero significado del infierno.

Conclusión – El objetivo de la vida no es ser feliz, sino ser útil.
Quien no encuentra realización personal en el servicio al prójimo es inútil —para la sociedad y para sí mismo. Y, naturalmente, será infeliz.

P. Jorge Amaro, IMC

lunes, 25 de mayo de 2026

CNV - Pedir sin exigir

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«Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.» (Mateo 7, 7-8)

«Dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida y rebosante pondrán en vuestro regazo; porque con la medida con que midáis, se os medirá a vosotros.» (Lucas 6, 38)

Después de aprender a hacer observaciones, expresar sentimientos y reconocer necesidades sin analizar, juzgar, criticar o acusar a quienes se relacionan con nosotros, estamos preparados para hacer peticiones, pues hemos creado la situación ideal para que estas sean atendidas. Cuando somos auténticos, nos abrimos y compartimos con total honestidad lo que observamos, sentimos y necesitamos, despertamos compasión y empatía en los demás, aumentando así la probabilidad de que las necesidades de todos sean satisfechas y la vida de todos resulte más agradable.

Con el fin de satisfacer nuestras necesidades, formulamos peticiones para evaluar la probabilidad de obtener cooperación en las estrategias concretas que tenemos en mente. Nuestro objetivo es identificar y expresar una acción específica que creemos que servirá a este propósito y, después, verificar con los demás implicados su disponibilidad para colaborar en la satisfacción de dichas necesidades.

La CNV ofrece orientaciones sobre cómo realizar este proceso, de modo que se maximice la conexión en la relación y se aumenten las posibilidades de que las necesidades de todos los participantes en la interacción sean tenidas en cuenta y atendidas.

¿Qué es una petición en CNV?
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada.» (Juan 15, 5)

El texto de San Juan nos recuerda, al mismo tiempo, nuestra indigencia y nuestra pertenencia a una comunidad. Como seres sociales, nuestra felicidad y nuestro bienestar dependen también de los demás. De hecho, una parte esencial de nuestras relaciones son las peticiones que, de manera implícita o explícita, les dirigimos. Rosenberg sostiene que el 80% de nuestra comunicación contiene peticiones, ya sea de empatía o de acción.

En el marco de la Comunicación No Violenta, una petición es una oportunidad de contribuir a nuestro bienestar y/o al de los otros; consiste en solicitar una acción concreta destinada a satisfacer una necesidad real, propia o ajena. Para ello es imprescindible ser conscientes de nuestras necesidades y saber expresarlas adecuadamente.

Cuando hacemos peticiones estamos preparados para escuchar un “No”. Como el objetivo último de la CNV es que todos ganen, el “No” tiene el valor de un “Sí”. Sabemos que un “sí” forzado sería un regalo envenenado que acabaría generando pérdidas para ambos interlocutores. Curiosamente, en la lengua nacional de Etiopía, el amárico, existen dos palabras para decir sí —“Au” y “Eshi”— pero ninguna para decir no, ya que considerarlo poco cortés.

Pretender que el otro contribuya a la satisfacción de nuestras necesidades ignorando o incluso sacrificando las suyas equivale a reducirlo a un esclavo de nuestra voluntad. Esto no es bueno para él y, en consecuencia, tampoco puede ser bueno para nosotros. Un pedido que desconoce las necesidades del otro ya no es un pedido, sino una orden, una exigencia.

Un “No” puede ser la respuesta a una petición nuestra, pero lo que realmente expresa es que, en ese momento, las necesidades de nuestro interlocutor entran en conflicto con las nuestras. Esto es comprensible y fácil de aceptar, porque en CNV las necesidades de los demás son tan importantes como las propias. Por eso, desde la perspectiva de la CNV, nunca oímos un “No”: lo que escuchamos son los sentimientos y necesidades que, en ese momento, impiden al otro decir “Sí”.

El espíritu de las peticiones radica en nuestra capacidad de escuchar y acoger un “No”, para seguir trabajando con nosotros mismos o con el otro en busca de formas que permitan satisfacer las necesidades de todos. Para saber si estamos haciendo una petición o una exigencia basta con observar cómo reaccionamos cuando la respuesta es negativa.

Las órdenes obligan al otro a una obediencia ciega y su incumplimiento acarrea consecuencias punitivas; las peticiones, en cambio, otorgan libertad de elección, incluso cuando la respuesta es un “No”. Y ese “No” significa un “Sí” a las necesidades de la otra persona, que en ese momento le impiden decir “Sí” a nuestra demanda. Por eso, una petición rechazada, en la mayoría de los casos, conduce simplemente a más diálogo.

Si confiamos en que a través del diálogo podemos hallar estrategias para atender las necesidades de ambos, un “No” no es un obstáculo, sino una señal que nos alerta de que un “Sí” a nuestra petición tendría un coste demasiado elevado para las necesidades del otro.

Una orden rechazada genera castigos; una petición rechazada genera más diálogo. Reconocemos que el “No” es, en el fondo, una expresión de una necesidad que impide a la otra persona decir “Sí”.
Si acogemos de buena fe el “No” del otro, podemos seguir buscando conexión y entendimiento, de modo que aparezcan nuevas estrategias que permitan atender a ambas partes. Como decía mi padre: “No quieras de tu amigo más de lo que él quiere contigo”.

Por tanto, en CNV, lo que en apariencia se presenta como un “No” absoluto a la satisfacción de mis necesidades, en realidad es un “Sí” del otro a las suyas. Y como amo al otro como a mí mismo, sus necesidades son también las mías; desde esta perspectiva, lo que escucho no es un “No”, sino un “Sí”.

Y mis necesidades, aquellas que motivaron mi petición, ¿cómo las gestionamos, él y yo? Pues en la respuesta en la que me explica por qué no puede satisfacerlas en este momento, al priorizar las suyas, me pregunta si estoy de acuerdo en posponer las mías para un momento próximo y concreto.

Pedir sin exigir: la importancia de la madurez y la claridad

Si somos psicológicamente maduros y amamos al otro como a nosotros mismos, aceptamos de buen grado ese aplazamiento; si no lo somos, reaccionamos como un niño que exige la satisfacción inmediata de sus necesidades. La capacidad psíquica de posponer la gratificación o el placer de ver satisfechas nuestras necesidades es una prueba de madurez psicológica, como lo demuestra el conocido “Test de la golosina”.

A varios niños de entre 4 y 5 años se les ofreció individualmente la posibilidad de comer una golosina en el momento o recibir dos si lograban esperar 15 minutos sin comerse la primera. El seguimiento posterior demostró que aquellos que consiguieron retrasar la gratificación fueron más exitosos en la vida que aquellos que no pudieron resistir la tentación.

Pese a que, en una interpretación rígida y a veces violenta del cristianismo, se ha insistido machaconamente en la idea de que el otro viene siempre antes que yo, que sus necesidades son más importantes que las mías y que debo olvidarme de mí mismo para ponerme al servicio del prójimo, la CNV propone lo contrario: que debo atender primero mis propias necesidades. En realidad, esto es exactamente lo que sugiere el mandamiento de “amarás al prójimo como a ti mismo”. Si el “altruismo violento cristiano” fuese la verdad, el mandamiento debería estar formulado al revés.

Esto me ayuda a entender algo que siempre me había generado confusión cuando viajaba en avión y escuchaba las instrucciones de seguridad: en caso de una repentina despresurización de la cabina, debía ponerme primero mi propia mascarilla de oxígeno y solo después ayudar a los niños o a otras personas. Según el “altruismo violento” de raíz cristiana, debería primero asistir a los demás y solo después ocuparme de mí.

Sin embargo, si actuara de esa forma, correría el riesgo de perder la conciencia antes de ponerme mi mascarilla, con lo cual perecería yo por no haberme protegido a tiempo y perecerían los demás por no haber recibido mi ayuda. El resultado sería catastrófico.

La caridad comienza en casa. Como en el ejemplo del avión, podemos mencionar muchos otros. En la cultura etíope, por ejemplo, quienes sostienen económicamente a la familia comen antes que los niños. Esto puede parecer extraño en nuestra cultura occidental, pero es un hecho: si una madre que amamanta no se alimenta primero, el bebé no recibirá el alimento necesario. En CNV, si uno pierde, todos pierden; si uno gana, todos ganan. O ganamos todos, o no gana nadie.

Si alguien accede a nuestra petición movido por miedo, culpa, vergüenza, obligación o deseo de recompensa, se compromete la calidad de la relación y la confianza mutua. Nuestros pedidos deben formularse de manera que dejen al otro libre y con capacidad de elección; quizás no obtengamos una aprobación inmediata de nuestros deseos, pero aumentamos la probabilidad de que nuestras necesidades sean satisfechas a largo plazo, porque transmitimos el mensaje de que no solo cuentan nuestras necesidades, sino también las de los demás.

Dos tipos de pedidos: de conexión y de acción
Existen, por tanto, dos tipos de peticiones: peticiones de conexión y peticiones de acción. Las primeras deben preceder a las segundas, porque solo después de establecer la conexión —es decir, el entendimiento mutuo de sentimientos y necesidades— se pueden buscar soluciones concretas que atiendan a ambas partes.

Pasar directamente a la solución de problemas sin asegurarnos de que los interlocutores están en la misma sintonía es una receta para el fracaso. La consigna es clara: primero la conexión, después las soluciones.

Peticiones para una mayor conexión, empatía y entendimiento mutuo
Es el grado de conexión que tenemos con una persona lo que determina la calidad de su respuesta a nuestra petición. Por eso, nuestras primeras peticiones deben orientarse a fortalecer la conexión, buscando comprensión mutua. Entre ellas podemos destacar:

Peticiones de entendimiento: sirven para asegurarnos de que lo que hemos expresado ha sido realmente comprendido. Ejemplo: “¿Podrías repetir lo que me has oído decir?”. Así verificamos si el mensaje fue recibido como lo enviamos. Nunca debemos dar por sentado que nos hemos expresado con total claridad ni que el otro interpreta nuestras palabras de la misma manera que nosotros. Si la persona no entendió lo que dijimos, podemos responder: “Te agradezco que me hayas dicho lo que escuchaste; me doy cuenta de que no me expresé con la claridad que quería. Voy a intentarlo de nuevo”.

Peticiones de empatía: buscan conectar a nivel de sentimientos, no solo de pensamientos. Ejemplo: “¿Cómo te sientes respecto a lo que te he dicho?”. Los sentimientos revelan más sobre una persona que sus pensamientos, y esta conexión emocional es fundamental antes de pasar a un pedido de acción.

Peticiones de pausa: a veces necesitamos tiempo para pensar y evitar reacciones impulsivas. Ejemplo: “Estoy confuso, me gustaría tomarme un tiempo para reflexionar antes de responder”. La CNV no funciona de forma automática como la comunicación violenta; reaccionar desde nuestro cerebro reptiliano es rápido, pero conectar con el neocórtex requiere más calma y tiempo.

Peticiones de acción, soluciones o estrategias para satisfacer necesidades
Los pedidos de acción deben reunir ciertas características:

Deben formularse en presente y para el presente, no para un futuro incierto. Ejemplo: mejor “¿Puedes comprometerte ahora a lavar el coche mañana por la tarde?” que “¿Podrías lavar el coche mañana?”. Vale más un pájaro en mano que cien volando.

Deben ser concretos y específicos, no vagos o genéricos. Ejemplo: “Me gustaría que llamases a la puerta antes de entrar en mi despacho” es mucho más claro que “Quiero que respetes mi intimidad”, que es demasiado amplio y poco realista.

Deben formularse en positivo, no en negativo. Pedimos lo que queremos, no lo que no queremos. Si decimos lo que no deseamos, esperamos que el otro adivine lo contrario, y eso puede generar malentendidos. Rosenberg cuenta un ejemplo: una mujer quería que su marido pasara más tiempo en casa con ella y le pidió que no pasara tanto tiempo en el trabajo. Él entendió que debía buscar otra actividad y decidió apuntarse al golf. Lo adecuado habría sido pedir directamente lo que ella deseaba: “Quiero que pases más tiempo en casa conmigo”.

Deben ser viables y realistas, no abstractos. Muchas veces pedimos actitudes en lugar de acciones concretas. Ejemplo: “Quiero que me aceptes como soy” es un deseo vago y abstracto; en cambio, “¿Podrías darme un ejemplo de algo que hice y que te gustó?” es un pedido concreto que puede cumplirse en el momento.

Formular peticiones, no dar órdenes
“I’ll make you an offer you cannot refuse” — (Voy a hacerte una oferta que no podrás rechazar)
— La Mafia

El objetivo de la CNV es crear una calidad de empatía y entendimiento mutuo que nos permita ofrecernos unos a otros con compasión y gratuidad. Quien piense que el objetivo es cambiar el comportamiento del otro, o conseguir que las cosas se hagan a nuestra manera, está fuera del espíritu y de la filosofía de la CNV.

De hecho, en el momento en que el otro percibe nuestra determinación u obstinación en obtener lo que queremos, entiende nuestra petición no como una solicitud, sino como una orden más o menos disfrazada.

Cuando quien pide no acompaña su solicitud de la expresión de sus sentimientos y necesidades, esta es recibida más fácilmente como una orden que como una petición. Las órdenes suelen incluir amenazas de castigos o promesas de recompensas, y se apoyan en el miedo, la culpa, la vergüenza o la manipulación para obtener sumisión o conformidad.

Las solicitudes se perciben como órdenes cuando quienes las escuchan creen que serán juzgados, reprendidos o castigados si no cumplen. Los pedidos generan cooperación, mientras que las órdenes provocan resistencia. Ante una orden, solo hay dos opciones: sumisión o rebelión; ambas conllevan un coste muy alto y daños en las relaciones interpersonales.

La percepción de un pedido como coercitivo reduce de inmediato la posibilidad de una respuesta compasiva; cuanto más escuchan las personas órdenes, menos desean relacionarse con nosotros.

No siempre resulta fácil diferenciar una petición de una orden. Una buena prueba es observar la reacción de la otra persona ante un “no”. Si la respuesta al “no” es un argumento, un reproche o una crítica, entonces lo que se emitió no fue un pedido, sino una orden. Veámoslo en este ejemplo:

“Me siento solo, ¿quieres pasar la noche conmigo?”
“Hoy no, estoy muy cansado.”
“Si realmente me amaras, y sabiendo que me siento solo, pasarías la noche conmigo.”

El buen uso del cuarto componente de la CNV demuestra que hemos asimilado los anteriores y que estamos capacitados para contribuir tanto a nuestro propio bienestar como al de los demás, enriqueciendo así la vida en general. Dejar de dar órdenes para formular peticiones significa que estamos más centrados en la calidad del vínculo que queremos construir con los otros que en la mera satisfacción de nuestras necesidades.

CNV en acción
Observación – Dijiste que solo tendrás el informe listo la próxima semana.
Sentimiento – Me siento frustrado y preocupado.
Necesidad/Valor – Para mí es importante cumplir plazos para mejorar la eficiencia de la empresa.
Petición – ¿Podrías decirme cuál es el problema y qué se puede hacer para que esté listo mañana a las 16:00?

Observación – Cuando me devolviste el coche, el depósito de combustible estaba vacío.
Sentimiento – Me sentí molesto.
Necesidad/Valor – Necesito el coche para llegar mañana al trabajo.
Petición – ¿Podrías repostar esta noche?

Observación – Dijiste que te apetecía ir a la discoteca hoy.
Sentimiento – Yo, en cambio, me siento cansado y estresado.
Necesidad/Valor – Necesito descansar y relajarme.
Petición de conexión – ¿Cómo te sientes con respecto a lo que acabo de decirte?

Además de generar mayor empatía y entendimiento entre todos, paradójicamente, la CNV es también el único camino por el cual las necesidades de todas las partes se satisfacen de forma voluntaria, compasiva y gratuita, sin costes añadidos para nadie.

Conclusión - Como seres sociales que somos, nuestra felicidad y nuestro bienestar incluyen necesariamente a los demás. De hecho, parte esencial de nuestras relaciones son las peticiones que, de manera implícita o explícita, formulamos a quienes nos rodean. Rosenberg afirma que el 80% de nuestra comunicación contiene peticiones, ya sea de empatía o de acción.

P. Jorge Amaro, IMC




miércoles, 20 de mayo de 2026

CNV - Necesitar sin planificar

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“Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común. Vendían tierras y otros bienes y repartían el dinero entre todos, según las necesidades de cada uno. Como si tuvieran un solo corazón, acudían diariamente al templo, partían el pan en sus casas y compartían la comida con alegría y sencillez de corazón.”  Hechos de los Apóstoles 2, 44-46

Sentimientos versus necesidades
Las necesidades son la principal motivación del comportamiento, tanto humano como animal. Si los sentimientos son el humo, las necesidades son el fuego: donde hay humo hay fuego, y viceversa.

Los sentimientos actúan como un termómetro que mide la temperatura del cuerpo y revela si hay o no fiebre. Si noto que la temperatura de mi cuerpo ha subido, es señal de que algo no funciona bien: tal vez una infección que necesita tratamiento.

Del mismo modo, tanto el dolor como el placer son síntomas o reacciones del cuerpo, cuya causa se encuentra dentro de él. Ejemplo: siento hambre, necesito alimento; siento frío, necesito abrigo. Igualmente, la tristeza, el miedo o la valentía son reacciones del espíritu, cuya raíz se encuentra en lo más profundo del alma. Ejemplo: me siento solo, necesito compañía; me siento nervioso, necesito relajarme.

En la mayoría de los casos, los sentimientos surgen de necesidades (valores) percibidas como satisfechas o insatisfechas. Estos son generalmente “desencadenados” por la percepción interna y externa de los acontecimientos. Sin embargo, la rabia, la culpa y la vergüenza constituyen excepciones, pues suelen estar causadas por interpretaciones o juicios internos sobre lo que ocurre fuera. Por ejemplo, la rabia brota cuando creo que alguien o algo está equivocado.

Asumir la responsabilidad de nuestros sentimientos
Una vez identificados los sentimientos —y diferenciados de los pensamientos—, el paso siguiente consiste en asumir la responsabilidad de los mismos. Podemos hacerlo a priori, cuando nos convencemos de que los demás no pueden hacernos sentir de una u otra manera: pueden provocar un sentimiento, pero no fabricarlo. Los sentimientos son nuestros, plenamente nuestros, y no nos queda otra alternativa que reconocer su paternidad. Lo que los demás hacen puede estimular nuestras emociones, pero no son ellos su verdadera causa.

Ahora bien, reconocer nuestros sentimientos a priori no siempre basta; solo nos convencemos de verdad cuando los asumimos a posteriori, es decir, cuando descubrimos la necesidad personal que los origina. Solo así evitamos la tentación de culpar a los demás por lo que sentimos.

Por desgracia, solemos seguir el camino contrario: en lugar de hacer un ejercicio de introspección para descubrir qué necesidad no satisfecha está generando el sentimiento (buscar el fuego a partir del humo), nos volcamos hacia fuera y culpamos a otros, buscando un chivo expiatorio.

Negar nuestra responsabilidad usando pronombres impersonales
A veces recurrimos a frases que descargan la responsabilidad sin señalar a nadie en concreto. Ejemplo: “Me enfado cuando veo que nuestros catálogos contienen errores ortográficos.”
Cuando tomamos conciencia de que la verdadera causa del sentimiento es una necesidad insatisfecha, podemos reformular así: “Me enfado cuando veo que nuestros catálogos contienen errores ortográficos, porque necesito que nuestra empresa proyecte una imagen de profesionalidad.”

Negar nuestra responsabilidad mencionando solo las acciones de otros
Otra manera de evadirnos es atribuir directamente nuestros sentimientos a las acciones ajenas, con la esperanza de que los demás se sientan culpables y hagan lo que queremos. Esto es chantaje afectivo, y puede llevar al otro a actuar movido por la culpa. Ejemplo: “Mamá se siente decepcionada contigo porque no te acabas la comida del plato.”

Si asumimos la responsabilidad, en cambio, liberamos al otro de toda culpa y expresamos la necesidad que hay detrás: “Mamá se siente decepcionada contigo porque no te acabas la comida del plato, ya que quiero que crezcas fuerte y sano.”

Negar nuestra responsabilidad culpando a los demás
Cuando estamos desconectados de nuestras necesidades, tendemos a responsabilizar a otros de lo que sentimos: “Me siento irritado porque tú no acudiste a la cita que habíamos acordado.”

Por el contrario, cuando nos conectamos con nuestras necesidades descubrimos que la verdadera causa de nuestros sentimientos no es la acción del otro, sino la insatisfacción de lo que necesitamos: “Me sentí irritado cuando no acudiste a la cita porque yo necesitaba desahogarme contigo.”

De este modo expresamos nuestros sentimientos asumiendo plena responsabilidad por ellos. Esto ayuda a los demás a comprender qué es importante para nosotros y, al no sentirse culpabilizados ni criticados, se incrementa la posibilidad de que nuestras necesidades y las suyas puedan ser satisfechas.

Cuatro opciones ante la recepción de un mensaje negativo
Experimentamos sentimientos positivos cuando nuestras necesidades son satisfechas, y sentimientos negativos cuando estas no lo son.

“Nunca quieres pasar tiempo conmigo… ¿por qué eres tan egoísta?”
Cuando alguien, verbal o no verbalmente, expresa un mensaje negativo, tenemos cuatro opciones sobre cómo recibirlo:

1. Culparnos a nosotros mismos
Aceptamos la valoración de la otra persona como verdadera y dejamos que afecte a nuestra autoestima. La culpa, la vergüenza o la depresión pueden minar la forma en que nos concebimos. Lo que hagamos para compensar nuestro supuesto egoísmo no beneficiará ni a nosotros ni al otro, porque parte del sentimiento de culpabilidad.

2. Culpar a los demás
Cuando responsabilizamos a los demás de lo que sentimos, tendemos a despertar en ellos sentimientos de culpa. Quizás hagan un esfuerzo por satisfacer nuestras necesidades, pero lo harán movidos por la culpa y no de manera libre y voluntaria. El resultado es que, a la larga, tanto quien pide como quien da pagan un alto precio.

3. Detectar nuestros propios sentimientos y necesidades
Ejemplo: “Cuando te oigo decir que soy egoísta, me siento herido porque necesito reconocimiento por lo que he hecho por ti.”
Cuando dirigimos nuestra atención hacia dentro y nos centramos en nuestros propios sentimientos y necesidades, comprendemos que nuestro dolor proviene de una necesidad de reconocimiento no satisfecha, y no de la crítica en sí misma.

4. Detectar los sentimientos y necesidades del otro
La cuarta opción es escuchar con empatía los sentimientos y necesidades que se esconden detrás de la crítica negativa. Se trata de leer entre líneas, de fijarnos no tanto en lo que la persona dice, sino en lo que realmente quiere expresar.

La CNV nos ofrece una especie de “rayos X” para descubrir que una crítica, o incluso un insulto, no es más que una expresión trágica de necesidades insatisfechas.

En este caso concreto, al escuchar empáticamente la crítica sin tomarla de manera personal, podríamos preguntar:

“¿Te sientes dolido porque no has recibido la atención que necesitas o porque deseas que se tenga más en cuenta tus gustos y preferencias?”

La diferencia entre culpabilizar y responsabilizarse
Es muy distinto decir: “Me has decepcionado porque no viniste anoche”.
Aquí relatamos un hecho, expresamos un sentimiento y culpamos al otro de lo que sentimos. Muchas veces lo que buscamos es que se sienta culpable y nos compense. Si no lo hace, crece nuestro resentimiento y el conflicto se intensifica; si lo hace, ambos acabaremos pagando el precio, porque actuará desde la energía negativa de la culpa y no desde la energía positiva de dar libremente, desde el corazón.

En cambio, si decimos:
“Me sentí decepcionado cuando no te vi anoche porque necesitaba compartir algo importante contigo”.
Aquí expresamos con autenticidad nuestros sentimientos y necesidades sin culpar al otro. Esto aumenta la probabilidad de que la otra persona nos escuche con empatía y esté más dispuesta a atender cualquier petición que formulemos después.

El sentimiento de decepción no surge porque el otro no haya acudido, sino porque una necesidad nuestra quedó insatisfecha. Con ojos y oídos no violentos no vemos un “NO” del otro a nuestra necesidad, sino un “SÍ” a la satisfacción de sus propias necesidades —que también son nuestras, porque le amamos como a nosotros mismos—, necesidades que le impidieron estar presente.

Hacerse responsable de los propios sentimientos
Todo sentimiento que aparece en nosotros es nuestro. Los sentimientos no flotan en el aire, no viajan desde fuera: surgen dentro de nosotros. Si nacen en ti, te pertenecen. Al reconocerlos y descubrir la necesidad insatisfecha que los genera, nos damos cuenta de que la misma dinámica —una necesidad no cubierta— es también la que mueve al otro a actuar o hablar como lo hace.
 

En CNV, debemos recordar siempre que todas las críticas, evaluaciones o conductas negativas —nuestras o ajenas— no son más que expresiones trágicas y alienadas de necesidades insatisfechas e inconscientes. Si nos tomamos la molestia de descubrir esas necesidades, podremos expresar lo que sentimos de un modo menos trágico y violento.

¿Qué son las necesidades?
Nuestras necesidades son la expresión de lo más profundo de nuestra humanidad. Todos los seres humanos compartimos necesidades básicas para la supervivencia: hidratación, nutrición, descanso, abrigo y conexión, entre otras. Pero también compartimos muchas otras necesidades, aunque cada persona pueda experimentarlas en distintos grados y momentos.

En CNV, las necesidades representan lo más vivo en nosotros: nuestros valores esenciales y nuestros más hondos deseos humanos. Identificarlas, comprenderlas y conectar con ellas nos permite mejorar la relación con nosotros mismos y con los demás, favoreciendo que todos estemos más dispuestos a realizar acciones que beneficien a todos.

Sentimientos y necesidades son la lengua de la vida. Sin embargo, desde hace más de 10.000 años hemos sido educados en culturas de dominación que nos han desconectado de nuestras necesidades. Las personas no son buenos esclavos cuando están vivas y conscientes de lo que sienten y necesitan.

Las estructuras de poder buscan precisamente lo contrario: que neguemos nuestras necesidades, que las veamos como una carga. ¿Por qué? Porque así unos sacrifican las suyas para que otros puedan satisfacer las propias. Nos hacen creer que nuestras necesidades solo pueden cumplirse a costa de las de los demás.

Por ejemplo:
Una madre puede haber sacrificado muchas de sus necesidades para que un pequeño porcentaje de las de su hijo fueran atendidas. Aunque la mayoría de lo que hizo fue por amor, esto puede dificultar la confianza: cuando alguien nos da algo, podemos preguntarnos si lo hace por amor o por interés.

Este modo de pensar parte de una ideología de la escasez, como si los recursos fueran limitados y siempre alguien tuviera que perder para que otro ganase. La CNV nos enseña lo contrario: no somos codependientes, sino interdependientes. El mundo dispone de recursos suficientes para que las necesidades de todos sean atendidas, sin que nadie tenga que sacrificarse.

Culturalmente se nos ha hecho sentir vergüenza de tener necesidades. Quien las tiene y busca satisfacerlas es tachado de egoísta. El sistema de dominación nos ha educado para olvidar nuestras necesidades y convertirnos en “robots altruistas” al servicio de la estructura social.

Ejemplos:
A las mujeres se les ha dicho que no deben tener necesidades, sino sacrificarlas por su familia.
A los hombres se les ha inculcado que no tienen necesidades, que deben estar dispuestos a sacrificar su vida por la patria, el rey o la bandera.

Pese a todos los intentos por negarlas, las necesidades son los recursos indispensables para sostener y enriquecer la vida. Igual que los sentimientos, son universales, trascienden culturas, épocas y geografías.

Con frecuencia, las necesidades se expresan en forma de valores éticos o morales, pues ambos conceptos están íntimamente relacionados: una necesidad existe en referencia a un valor, y un valor moral existe en referencia a una necesidad.

En CNV, las necesidades o valores son la base más importante para una conexión compasiva. Mientras no conectemos con este nivel en nosotros mismos y en los demás, será muy difícil lograr la calidad de relación que buscamos en la comunicación no violenta.

Nueve necesidades básicas
"¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿Qué daría el hombre a cambio de su alma?" — Marcos 8,36-37

La salud de las llamadas “economías saludables” es inversamente proporcional a la enfermedad de los trabajadores que las sostienen. ¿De qué sirve tener una economía próspera si esa prosperidad se obtiene a costa de la salud física, psicológica, moral y espiritual de las personas? ¿Qué es más importante: la economía o las personas?

Manfred Max-Neef, el padre de la economía del “pie descalzo”, desarrolló un sistema económico basado en la satisfacción de nueve necesidades básicas. Según él, el éxito económico no se mide por el producto interior bruto, sino por el grado en que estas necesidades básicas son satisfechas para toda la población. Fundamentalmente, lo que importa en una economía no es la riqueza que produce, sino la calidad de vida que proporciona a quienes la integran. Las nueve necesidades básicas según Max-Neef son:

Sustento – aire, agua, alimento, ejercicio, expresión sexual…
Seguridad – abrigo, protección, estabilidad
Amor – amar y ser amado, confianza, integridad, respeto, honestidad
Empatía – solidaridad, ponerse en el lugar del otro y permitir que el otro se ponga en el nuestro
Diversión – juego, recreación, actividades de ocio
Comunidad – interdependencia, pertenencia, afiliación
Creatividad – creación de cosas nuevas, innovación
Autonomía – libertad, independencia, autodeterminación, autoestima
Necesidad de significado – sentido último, contribuir a la vida, dar propósito a nuestra existencia

A veces describimos nuestros sentimientos utilizando sustantivos o incluso verbos. A continuación, algunos ejemplos de cómo hacerlo desde la perspectiva de la CNV 

 Evaluaciones     Sentimientos                                       Necesidades
Abandonado    Dolor, tristeza, soledad    Conexión, compañía, ayuda, pertenencia
Atacado    Miedo, desafío, hostilidad    Consideración, seguridad
Humillado    Ira, tristeza, desilusión    Respeto, reconocimiento
Tracionado    Ira, desilusión    Confianza, honestidad, compromiso
Acusado    Confusión, miedo, hostilidad    Justicia, responsabilidad
Acosado    Miedo, presión    Autonomía, seguridad, consideración
Engañado    Resentimiento, ira, dolor    Honestidad, justicia, confianza, fe
Criticado    ansiedad, frustración, humillación    Comprensión, reconocimiento, respeto
Ignorado    Soledad, dolor, tristeza, vergüenza    Respeto, consideración, reconocimiento
Insultado    Irritación, vergüenza    Respeto, consideración, reconocimiento
Intimidado    Miedo, ansiedad    Seguridad, igualdad, validación
Aislado    Soledad, miedo    Pertenencia, , inclusión, contribución
Juzgado    Resentimiento, miedo, dolor    Justicia, igualdad, consideración
Manipulado    Irritación, impotencia, frustración    Confianza, igualdad, autenticidad
Incomprendido    Preocupación, frustración    Ser escuchado, claridad, comprensión
Provocado    Irritación, raiva, resentimiento    Respeto, consideración

Necesidades – Estrategias – Preferencias – Deseos
Las necesidades son las cualidades y valores fundamentales que todos compartimos como seres humanos; son lo que guía nuestras acciones y comportamientos. Desde la perspectiva de la Comunicación No Violenta (CNV), todo comportamiento humano surge de un intento de satisfacer una necesidad humana. Todo lo que hacemos tiene como propósito atender nuestras necesidades.

Necesidad: fin u objetivo a conseguir.
Estrategia: medio para alcanzar ese fin.
Preferencia: modo particular de satisfacer una necesidad.
Deseo: esa misma preferencia proyectada hacia el futuro.

Las necesidades son universales, mientras que las estrategias no lo son: varían de persona a persona, de generación a generación y de cultura a cultura. Confundir una necesidad con una estrategia es un error frecuente.

Por ejemplo, decir “Necesito tu amor” confunde necesidad con estrategia. La necesidad real es amar y ser amado, y la otra persona es simplemente la estrategia elegida para satisfacer esa necesidad. Existen miles de formas de satisfacer cualquier necesidad, y ninguna persona es imprescindible. Confundir necesidad con estrategia puede ser peligroso: “Necesito tu amor” podría derivar incluso en conductas extremas como delitos pasionales o suicidio.

La clave para expresar necesidades
Para conectar con nuestras necesidades y expresarlas de manera efectiva:
Concentrémonos en palabras que describan experiencias humanas comunes.
Evitemos mencionar personas, lugares, acciones concretas o objetos, ya que eso describe una estrategia, no una necesidad.
Ejemplo:
“Quiero que vengas a mi fiesta de cumpleaños” → estrategia específica para satisfacer la necesidad de amor y conexión.

La gramática del amor en CNV
¿Me amas?
Antes de responder, necesito saber si usas la palabra “amor” como sentimiento.
¡Claro!
En CNV, el amor es una necesidad, no un sentimiento. Ahora que lo aclaramos, pregúntame de nuevo.
¿Me amas?
¿Cuándo?
¿Cuándo?
Sí, porque los sentimientos cambian de minuto a minuto; necesito saber a qué momento te refieres.
Humm… ¿y si es ahora mismo?
No, pero pregúntame dentro de un rato, puede que la respuesta cambie. — Marshall Rosenberg

A lo largo de los siglos, el amor se ha presentado como necesidad, sentimiento y acción. En inglés, la palabra “love” puede funcionar como sustantivo, verbo o adjetivo. En CNV, no puede ser simultáneamente necesidad, sentimiento y acción:

Sentimientos: alertas sobre necesidades satisfechas (positivos) o insatisfechas (negativos).
Acciones: motivadas por la necesidad.
Necesidad de amor: impulsa acciones que buscan amar y ser amado, pero no es acción ni sentimiento en sí.

Como decía Santo Tomás de Aquino, amar es querer el bien del otro. El amor se traduce en las buenas obras que otros nos hacen o que nosotros hacemos por ellos.

Diferencia entre necesidad y sentimiento
El amor no es un sentimiento porque los sentimientos son volátiles; Rosenberg indica que, salvo el luto, un sentimiento dura como máximo 40 segundos. Los sentimientos muestran si la necesidad de amar y ser amado está o no satisfecha:
Empatía → necesidad de amar satisfecha.
Celos → necesidad de ser amado no satisfecha.

El amor genera múltiples sentimientos y acciones; nunca se reduce a uno solo. Es un sustantivo, una necesidad universal, que no hace referencia a una persona específica. Cada necesidad humana tiene innumerables estrategias posibles.

Ejemplo: necesidad de amar y ser amado → puede satisfacerse potencialmente con cualquier persona en el mundo (7 mil millones de posibles relaciones). En CNV, se diferencia entre:
Necesidad → amar y ser amado
Preferencia o estrategia → la persona elegida (por ejemplo, tu pareja)
Expresiones como “Estoy perdidamente enamorado de ti” o “Necesito tu amor” confunden necesidad con preferencia. Incluso si la relación romántica se convierte en una única experiencia emocional, el amor sigue siendo la necesidad y la persona elegida, la preferencia.

Ejercicios para reconocer necesidades
“Me irrita cuando dejas documentos de la empresa en la sala de conferencias”
Necesidad subyacente: seguridad y orden.
CNV: “Me irrito cuando dejas documentos en la sala de conferencias porque necesito que nuestros documentos estén guardados con seguridad”.
“Me siento decepcionado porque dijiste que lo harías y no lo hiciste”
Necesidad subyacente: confianza.
CNV: “Cuando dijiste que lo harías y luego no lo hiciste, me sentí decepcionado porque necesito poder confiar en tus palabras”.
“Me siento intimidado cuando levantas la voz”
Necesidad subyacente: seguridad.
CNV: “Cuando levantas la voz, temo que alguien pueda salir lastimado y necesito que todos estén seguros”.
“Me siento contento de que hayas recibido ese premio”
Necesidad subyacente: reconocimiento.
CNV: “Cuando recibiste ese premio, me sentí contento porque esperaba que tu esfuerzo fuera reconocido”.
“Agradezco que me hayas dado una vuelta porque necesitaba llegar a casa antes que mis hijos”
CNV: ejemplo perfecto de expresión de sentimientos y necesidades.

Conclusión - En CNV, las necesidades o valores son la parte más importante para establecer una conexión compasiva con el otro. La calidad de la comunicación no violenta depende de conectarnos con nuestras necesidades y las de los demás antes de actuar o comunicarnos.

P. Jorge Amaro, IMC