lunes, 1 de junio de 2026

Tu razón de ser no eres tú mismo

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Un hombre, al partir al extranjero, llamó a sus siervos y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y después partió. El que había recibido cinco talentos negoció con ellos y ganó otros cinco. De igual forma, el que recibió dos ganó otros dos.

Pero el que solo recibió uno fue, cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. (…) El señor le respondió: “¡Siervo malo y perezoso! (…) Quitadle, pues, el talento, y dádselo al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadlo a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y rechinar de dientes.” Mateo 25, 14.26.28-30

Nadie vino a este mundo por casualidad.
El hijo de una prostituta que nació de una relación por dinero, el hijo de una violación, el hijo de una noche de placer ocasional, el hijo de un “accidente” o de un desliz… todos ellos fueron llamados a la vida y vinieron al mundo porque Dios, en su infinita y misteriosa providencia, así lo quiso.

El hijo de una noche de amor entre dos personas que se prometieron para toda la vida y viven en fidelidad mutua, no es superior en dignidad a ninguno de los antes mencionados. Dios los ama a todos por igual. Para Dios no hay hijos ilegítimos: todos son hijos legítimos del Padre de todo y de todos. Puede que no tengan el amor de sus padres, pero nunca les faltará el amor del Padre de los padres: Dios.

Ganar la vida o perder la vida
“Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa, la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?” Mateo 16, 25-26

Es habitual decir de quien trabaja incansablemente que “está ganándose la vida”. En este sentido, ganarse la vida es sinónimo de garantizar el sustento; pero buscar medios de vida y vivir plenamente no son lo mismo. Al igual que estar vivo y vivir con sentido no son sinónimos.

Quienes gastan su vida —tiempo y energía— solo en buscar medios de supervivencia, no se diferencian mucho del resto de seres vivos de este planeta. Gacelas y leones, tigres y leopardos: todos los animales pasan sus días buscando sustento. Sobreviven, no viven.

El ser humano, sin embargo, posee un don singular: tiene poder y control sobre su propia vida. Puede moldearla, transformarla en un cielo o en un infierno, según administre el tiempo y los dones que le han sido confiados.

“Mirad, guardaos de toda avaricia, porque, aunque alguien viva en la abundancia, su vida no depende de sus bienes.” (…) “Había un hombre rico, cuyas tierras produjeron una gran cosecha. Y pensó para sí: ‘(…) Tienes muchos bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y disfruta’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán la vida; y lo que has acumulado, ¿para quién será?’ Así le sucederá al que acumula para sí, y no es rico ante Dios.” Lucas 12, 16-17.20-21

Hay quienes acumulan en vida bienes que bastarían para mantener dos o tres vidas humanas. Pero ¿acaso tendrá esas vidas? ¿Acaso alargará sus días por haber acumulado más de lo necesario? No. La vida no se resume en ganar medios de vida.

La vida no consiste en acumular, sino en vaciarse. No es centrarse en uno mismo, sino irradiarse en amor. La vida no es una fuerza centrípeta —atraer todo hacia dentro—, sino centrífuga: es compartir, entregarse, donarse. Por eso, paradójicamente, la vida se pierde cuando se retiene y se gana cuando se da.

Tu vida no va sobre ti — naciste para una misión
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.” Marcos 10, 45

“¿Quién es mayor: el que está sentado a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está sentado a la mesa? Pues Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.” Lucas 22, 27

Nadie le preguntó a Jesús cuál era el objetivo de su vida, pero si se lo hubieran preguntado, esta última habría sido su respuesta.

Mi vida tiene un valor absoluto para los demás, pero relativo para mí; lo absoluto para mí es el propósito por el cual vivo. Mi vida no gira en torno a mí mismo. Si yo fuera el centro de mi propia existencia, vivir sería simplemente sobrevivir: mantener las funciones vitales. Pero vivir es mucho más que eso: es consagrar tiempo y energía a una causa mayor.

La vida de Beethoven giró en torno a la música; la de Picasso, a la pintura; la de Einstein, a la física; la de Mandela, a la justicia y la igualdad. La vida de Jesús, Hijo de Dios, giró en torno a la salvación de la Humanidad.

Nadie es más feliz que quien se vuelve útil. Y nadie es más útil que quien ama —y amar, como decía Santo Tomás de Aquino, es querer y buscar el bien del otro.

Los talentos, al igual que los dones del Espíritu Santo, sirven tanto para la realización personal como para el bien de la comunidad. Y es precisamente siendo útil a los demás como te descubres pleno en ti mismo. Quien es inútil para los demás, acaba por serlo también para sí mismo.

Talentos, las herramientas de la vida
“La peor desgracia que os puede pasar, jóvenes, es no ser útiles a nadie y que vuestras vidas no sirvan para nada.” Raoul Follereau

Dios, arquitecto de nuestra existencia, trazó un proyecto para cada uno de nosotros. Nadie viene al mundo sin un propósito. En diálogo con Dios a través de la oración, atentos a los signos de los tiempos, debemos discernir el proyecto divino que se nos ha confiado —y para el cual hemos recibido talentos suficientes.

En lugar de envidiar los talentos de los demás, como adolescentes que llenan sus habitaciones de ídolos y carteles, volvamos la mirada hacia nosotros mismos y descubramos nuestros dones. Siempre hay algo escondido que quizá nunca hayamos explorado…

Tener envidia de los talentos ajenos es como esconder los nuestros y acusar a Dios de parcialidad. Pero Dios no es injusto: a cada uno le da lo necesario para que su vida sea significativa y fecunda.

Cuando miramos por una ventana, podemos fijar la vista en el cristal o en el paisaje que hay más allá —no es posible enfocar ambos al mismo tiempo. Así, quien se concentra en los talentos de otros, desenfoca los suyos propios, como si no existieran.

Nunca serás mejor que aquel a quien tratas de imitar. Pero siendo tú mismo, nadie podrá superarte. Por eso, no pretendamos ser quienes no somos ni jamás seremos.

Así como “la ocasión hace al ladrón”, también los grandes desafíos crean grandes hombres —hombres que se lanzan, que arriesgan, que se atreven. Solo probando lo nuevo, y asumiendo riesgos, podemos descubrir si estamos a la altura de la misión.

La Segunda Guerra Mundial creó a Churchill, y lo mismo se aplica a todos los grandes de la historia.

“Quien no arriesga, no gana.” El talento no usado es talento irremediablemente perdido. Dones no descubiertos ni cultivados nos alejan del objetivo que Dios nos ha confiado —y sin alcanzar ese objetivo, la vida se vuelve fútil.

Lo que no tiene utilidad es basura. Y la basura se quema. He aquí el verdadero significado del infierno.

Conclusión – El objetivo de la vida no es ser feliz, sino ser útil.
Quien no encuentra realización personal en el servicio al prójimo es inútil —para la sociedad y para sí mismo. Y, naturalmente, será infeliz.

P. Jorge Amaro, IMC

lunes, 25 de mayo de 2026

CNV - Pedir sin exigir

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«Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.» (Mateo 7, 7-8)

«Dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida y rebosante pondrán en vuestro regazo; porque con la medida con que midáis, se os medirá a vosotros.» (Lucas 6, 38)

Después de aprender a hacer observaciones, expresar sentimientos y reconocer necesidades sin analizar, juzgar, criticar o acusar a quienes se relacionan con nosotros, estamos preparados para hacer peticiones, pues hemos creado la situación ideal para que estas sean atendidas. Cuando somos auténticos, nos abrimos y compartimos con total honestidad lo que observamos, sentimos y necesitamos, despertamos compasión y empatía en los demás, aumentando así la probabilidad de que las necesidades de todos sean satisfechas y la vida de todos resulte más agradable.

Con el fin de satisfacer nuestras necesidades, formulamos peticiones para evaluar la probabilidad de obtener cooperación en las estrategias concretas que tenemos en mente. Nuestro objetivo es identificar y expresar una acción específica que creemos que servirá a este propósito y, después, verificar con los demás implicados su disponibilidad para colaborar en la satisfacción de dichas necesidades.

La CNV ofrece orientaciones sobre cómo realizar este proceso, de modo que se maximice la conexión en la relación y se aumenten las posibilidades de que las necesidades de todos los participantes en la interacción sean tenidas en cuenta y atendidas.

¿Qué es una petición en CNV?
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada.» (Juan 15, 5)

El texto de San Juan nos recuerda, al mismo tiempo, nuestra indigencia y nuestra pertenencia a una comunidad. Como seres sociales, nuestra felicidad y nuestro bienestar dependen también de los demás. De hecho, una parte esencial de nuestras relaciones son las peticiones que, de manera implícita o explícita, les dirigimos. Rosenberg sostiene que el 80% de nuestra comunicación contiene peticiones, ya sea de empatía o de acción.

En el marco de la Comunicación No Violenta, una petición es una oportunidad de contribuir a nuestro bienestar y/o al de los otros; consiste en solicitar una acción concreta destinada a satisfacer una necesidad real, propia o ajena. Para ello es imprescindible ser conscientes de nuestras necesidades y saber expresarlas adecuadamente.

Cuando hacemos peticiones estamos preparados para escuchar un “No”. Como el objetivo último de la CNV es que todos ganen, el “No” tiene el valor de un “Sí”. Sabemos que un “sí” forzado sería un regalo envenenado que acabaría generando pérdidas para ambos interlocutores. Curiosamente, en la lengua nacional de Etiopía, el amárico, existen dos palabras para decir sí —“Au” y “Eshi”— pero ninguna para decir no, ya que considerarlo poco cortés.

Pretender que el otro contribuya a la satisfacción de nuestras necesidades ignorando o incluso sacrificando las suyas equivale a reducirlo a un esclavo de nuestra voluntad. Esto no es bueno para él y, en consecuencia, tampoco puede ser bueno para nosotros. Un pedido que desconoce las necesidades del otro ya no es un pedido, sino una orden, una exigencia.

Un “No” puede ser la respuesta a una petición nuestra, pero lo que realmente expresa es que, en ese momento, las necesidades de nuestro interlocutor entran en conflicto con las nuestras. Esto es comprensible y fácil de aceptar, porque en CNV las necesidades de los demás son tan importantes como las propias. Por eso, desde la perspectiva de la CNV, nunca oímos un “No”: lo que escuchamos son los sentimientos y necesidades que, en ese momento, impiden al otro decir “Sí”.

El espíritu de las peticiones radica en nuestra capacidad de escuchar y acoger un “No”, para seguir trabajando con nosotros mismos o con el otro en busca de formas que permitan satisfacer las necesidades de todos. Para saber si estamos haciendo una petición o una exigencia basta con observar cómo reaccionamos cuando la respuesta es negativa.

Las órdenes obligan al otro a una obediencia ciega y su incumplimiento acarrea consecuencias punitivas; las peticiones, en cambio, otorgan libertad de elección, incluso cuando la respuesta es un “No”. Y ese “No” significa un “Sí” a las necesidades de la otra persona, que en ese momento le impiden decir “Sí” a nuestra demanda. Por eso, una petición rechazada, en la mayoría de los casos, conduce simplemente a más diálogo.

Si confiamos en que a través del diálogo podemos hallar estrategias para atender las necesidades de ambos, un “No” no es un obstáculo, sino una señal que nos alerta de que un “Sí” a nuestra petición tendría un coste demasiado elevado para las necesidades del otro.

Una orden rechazada genera castigos; una petición rechazada genera más diálogo. Reconocemos que el “No” es, en el fondo, una expresión de una necesidad que impide a la otra persona decir “Sí”.
Si acogemos de buena fe el “No” del otro, podemos seguir buscando conexión y entendimiento, de modo que aparezcan nuevas estrategias que permitan atender a ambas partes. Como decía mi padre: “No quieras de tu amigo más de lo que él quiere contigo”.

Por tanto, en CNV, lo que en apariencia se presenta como un “No” absoluto a la satisfacción de mis necesidades, en realidad es un “Sí” del otro a las suyas. Y como amo al otro como a mí mismo, sus necesidades son también las mías; desde esta perspectiva, lo que escucho no es un “No”, sino un “Sí”.

Y mis necesidades, aquellas que motivaron mi petición, ¿cómo las gestionamos, él y yo? Pues en la respuesta en la que me explica por qué no puede satisfacerlas en este momento, al priorizar las suyas, me pregunta si estoy de acuerdo en posponer las mías para un momento próximo y concreto.

Pedir sin exigir: la importancia de la madurez y la claridad

Si somos psicológicamente maduros y amamos al otro como a nosotros mismos, aceptamos de buen grado ese aplazamiento; si no lo somos, reaccionamos como un niño que exige la satisfacción inmediata de sus necesidades. La capacidad psíquica de posponer la gratificación o el placer de ver satisfechas nuestras necesidades es una prueba de madurez psicológica, como lo demuestra el conocido “Test de la golosina”.

A varios niños de entre 4 y 5 años se les ofreció individualmente la posibilidad de comer una golosina en el momento o recibir dos si lograban esperar 15 minutos sin comerse la primera. El seguimiento posterior demostró que aquellos que consiguieron retrasar la gratificación fueron más exitosos en la vida que aquellos que no pudieron resistir la tentación.

Pese a que, en una interpretación rígida y a veces violenta del cristianismo, se ha insistido machaconamente en la idea de que el otro viene siempre antes que yo, que sus necesidades son más importantes que las mías y que debo olvidarme de mí mismo para ponerme al servicio del prójimo, la CNV propone lo contrario: que debo atender primero mis propias necesidades. En realidad, esto es exactamente lo que sugiere el mandamiento de “amarás al prójimo como a ti mismo”. Si el “altruismo violento cristiano” fuese la verdad, el mandamiento debería estar formulado al revés.

Esto me ayuda a entender algo que siempre me había generado confusión cuando viajaba en avión y escuchaba las instrucciones de seguridad: en caso de una repentina despresurización de la cabina, debía ponerme primero mi propia mascarilla de oxígeno y solo después ayudar a los niños o a otras personas. Según el “altruismo violento” de raíz cristiana, debería primero asistir a los demás y solo después ocuparme de mí.

Sin embargo, si actuara de esa forma, correría el riesgo de perder la conciencia antes de ponerme mi mascarilla, con lo cual perecería yo por no haberme protegido a tiempo y perecerían los demás por no haber recibido mi ayuda. El resultado sería catastrófico.

La caridad comienza en casa. Como en el ejemplo del avión, podemos mencionar muchos otros. En la cultura etíope, por ejemplo, quienes sostienen económicamente a la familia comen antes que los niños. Esto puede parecer extraño en nuestra cultura occidental, pero es un hecho: si una madre que amamanta no se alimenta primero, el bebé no recibirá el alimento necesario. En CNV, si uno pierde, todos pierden; si uno gana, todos ganan. O ganamos todos, o no gana nadie.

Si alguien accede a nuestra petición movido por miedo, culpa, vergüenza, obligación o deseo de recompensa, se compromete la calidad de la relación y la confianza mutua. Nuestros pedidos deben formularse de manera que dejen al otro libre y con capacidad de elección; quizás no obtengamos una aprobación inmediata de nuestros deseos, pero aumentamos la probabilidad de que nuestras necesidades sean satisfechas a largo plazo, porque transmitimos el mensaje de que no solo cuentan nuestras necesidades, sino también las de los demás.

Dos tipos de pedidos: de conexión y de acción
Existen, por tanto, dos tipos de peticiones: peticiones de conexión y peticiones de acción. Las primeras deben preceder a las segundas, porque solo después de establecer la conexión —es decir, el entendimiento mutuo de sentimientos y necesidades— se pueden buscar soluciones concretas que atiendan a ambas partes.

Pasar directamente a la solución de problemas sin asegurarnos de que los interlocutores están en la misma sintonía es una receta para el fracaso. La consigna es clara: primero la conexión, después las soluciones.

Peticiones para una mayor conexión, empatía y entendimiento mutuo
Es el grado de conexión que tenemos con una persona lo que determina la calidad de su respuesta a nuestra petición. Por eso, nuestras primeras peticiones deben orientarse a fortalecer la conexión, buscando comprensión mutua. Entre ellas podemos destacar:

Peticiones de entendimiento: sirven para asegurarnos de que lo que hemos expresado ha sido realmente comprendido. Ejemplo: “¿Podrías repetir lo que me has oído decir?”. Así verificamos si el mensaje fue recibido como lo enviamos. Nunca debemos dar por sentado que nos hemos expresado con total claridad ni que el otro interpreta nuestras palabras de la misma manera que nosotros. Si la persona no entendió lo que dijimos, podemos responder: “Te agradezco que me hayas dicho lo que escuchaste; me doy cuenta de que no me expresé con la claridad que quería. Voy a intentarlo de nuevo”.

Peticiones de empatía: buscan conectar a nivel de sentimientos, no solo de pensamientos. Ejemplo: “¿Cómo te sientes respecto a lo que te he dicho?”. Los sentimientos revelan más sobre una persona que sus pensamientos, y esta conexión emocional es fundamental antes de pasar a un pedido de acción.

Peticiones de pausa: a veces necesitamos tiempo para pensar y evitar reacciones impulsivas. Ejemplo: “Estoy confuso, me gustaría tomarme un tiempo para reflexionar antes de responder”. La CNV no funciona de forma automática como la comunicación violenta; reaccionar desde nuestro cerebro reptiliano es rápido, pero conectar con el neocórtex requiere más calma y tiempo.

Peticiones de acción, soluciones o estrategias para satisfacer necesidades
Los pedidos de acción deben reunir ciertas características:

Deben formularse en presente y para el presente, no para un futuro incierto. Ejemplo: mejor “¿Puedes comprometerte ahora a lavar el coche mañana por la tarde?” que “¿Podrías lavar el coche mañana?”. Vale más un pájaro en mano que cien volando.

Deben ser concretos y específicos, no vagos o genéricos. Ejemplo: “Me gustaría que llamases a la puerta antes de entrar en mi despacho” es mucho más claro que “Quiero que respetes mi intimidad”, que es demasiado amplio y poco realista.

Deben formularse en positivo, no en negativo. Pedimos lo que queremos, no lo que no queremos. Si decimos lo que no deseamos, esperamos que el otro adivine lo contrario, y eso puede generar malentendidos. Rosenberg cuenta un ejemplo: una mujer quería que su marido pasara más tiempo en casa con ella y le pidió que no pasara tanto tiempo en el trabajo. Él entendió que debía buscar otra actividad y decidió apuntarse al golf. Lo adecuado habría sido pedir directamente lo que ella deseaba: “Quiero que pases más tiempo en casa conmigo”.

Deben ser viables y realistas, no abstractos. Muchas veces pedimos actitudes en lugar de acciones concretas. Ejemplo: “Quiero que me aceptes como soy” es un deseo vago y abstracto; en cambio, “¿Podrías darme un ejemplo de algo que hice y que te gustó?” es un pedido concreto que puede cumplirse en el momento.

Formular peticiones, no dar órdenes
“I’ll make you an offer you cannot refuse” — (Voy a hacerte una oferta que no podrás rechazar)
— La Mafia

El objetivo de la CNV es crear una calidad de empatía y entendimiento mutuo que nos permita ofrecernos unos a otros con compasión y gratuidad. Quien piense que el objetivo es cambiar el comportamiento del otro, o conseguir que las cosas se hagan a nuestra manera, está fuera del espíritu y de la filosofía de la CNV.

De hecho, en el momento en que el otro percibe nuestra determinación u obstinación en obtener lo que queremos, entiende nuestra petición no como una solicitud, sino como una orden más o menos disfrazada.

Cuando quien pide no acompaña su solicitud de la expresión de sus sentimientos y necesidades, esta es recibida más fácilmente como una orden que como una petición. Las órdenes suelen incluir amenazas de castigos o promesas de recompensas, y se apoyan en el miedo, la culpa, la vergüenza o la manipulación para obtener sumisión o conformidad.

Las solicitudes se perciben como órdenes cuando quienes las escuchan creen que serán juzgados, reprendidos o castigados si no cumplen. Los pedidos generan cooperación, mientras que las órdenes provocan resistencia. Ante una orden, solo hay dos opciones: sumisión o rebelión; ambas conllevan un coste muy alto y daños en las relaciones interpersonales.

La percepción de un pedido como coercitivo reduce de inmediato la posibilidad de una respuesta compasiva; cuanto más escuchan las personas órdenes, menos desean relacionarse con nosotros.

No siempre resulta fácil diferenciar una petición de una orden. Una buena prueba es observar la reacción de la otra persona ante un “no”. Si la respuesta al “no” es un argumento, un reproche o una crítica, entonces lo que se emitió no fue un pedido, sino una orden. Veámoslo en este ejemplo:

“Me siento solo, ¿quieres pasar la noche conmigo?”
“Hoy no, estoy muy cansado.”
“Si realmente me amaras, y sabiendo que me siento solo, pasarías la noche conmigo.”

El buen uso del cuarto componente de la CNV demuestra que hemos asimilado los anteriores y que estamos capacitados para contribuir tanto a nuestro propio bienestar como al de los demás, enriqueciendo así la vida en general. Dejar de dar órdenes para formular peticiones significa que estamos más centrados en la calidad del vínculo que queremos construir con los otros que en la mera satisfacción de nuestras necesidades.

CNV en acción
Observación – Dijiste que solo tendrás el informe listo la próxima semana.
Sentimiento – Me siento frustrado y preocupado.
Necesidad/Valor – Para mí es importante cumplir plazos para mejorar la eficiencia de la empresa.
Petición – ¿Podrías decirme cuál es el problema y qué se puede hacer para que esté listo mañana a las 16:00?

Observación – Cuando me devolviste el coche, el depósito de combustible estaba vacío.
Sentimiento – Me sentí molesto.
Necesidad/Valor – Necesito el coche para llegar mañana al trabajo.
Petición – ¿Podrías repostar esta noche?

Observación – Dijiste que te apetecía ir a la discoteca hoy.
Sentimiento – Yo, en cambio, me siento cansado y estresado.
Necesidad/Valor – Necesito descansar y relajarme.
Petición de conexión – ¿Cómo te sientes con respecto a lo que acabo de decirte?

Además de generar mayor empatía y entendimiento entre todos, paradójicamente, la CNV es también el único camino por el cual las necesidades de todas las partes se satisfacen de forma voluntaria, compasiva y gratuita, sin costes añadidos para nadie.

Conclusión - Como seres sociales que somos, nuestra felicidad y nuestro bienestar incluyen necesariamente a los demás. De hecho, parte esencial de nuestras relaciones son las peticiones que, de manera implícita o explícita, formulamos a quienes nos rodean. Rosenberg afirma que el 80% de nuestra comunicación contiene peticiones, ya sea de empatía o de acción.

P. Jorge Amaro, IMC




miércoles, 20 de mayo de 2026

CNV - Necesitar sin planificar

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“Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común. Vendían tierras y otros bienes y repartían el dinero entre todos, según las necesidades de cada uno. Como si tuvieran un solo corazón, acudían diariamente al templo, partían el pan en sus casas y compartían la comida con alegría y sencillez de corazón.”  Hechos de los Apóstoles 2, 44-46

Sentimientos versus necesidades
Las necesidades son la principal motivación del comportamiento, tanto humano como animal. Si los sentimientos son el humo, las necesidades son el fuego: donde hay humo hay fuego, y viceversa.

Los sentimientos actúan como un termómetro que mide la temperatura del cuerpo y revela si hay o no fiebre. Si noto que la temperatura de mi cuerpo ha subido, es señal de que algo no funciona bien: tal vez una infección que necesita tratamiento.

Del mismo modo, tanto el dolor como el placer son síntomas o reacciones del cuerpo, cuya causa se encuentra dentro de él. Ejemplo: siento hambre, necesito alimento; siento frío, necesito abrigo. Igualmente, la tristeza, el miedo o la valentía son reacciones del espíritu, cuya raíz se encuentra en lo más profundo del alma. Ejemplo: me siento solo, necesito compañía; me siento nervioso, necesito relajarme.

En la mayoría de los casos, los sentimientos surgen de necesidades (valores) percibidas como satisfechas o insatisfechas. Estos son generalmente “desencadenados” por la percepción interna y externa de los acontecimientos. Sin embargo, la rabia, la culpa y la vergüenza constituyen excepciones, pues suelen estar causadas por interpretaciones o juicios internos sobre lo que ocurre fuera. Por ejemplo, la rabia brota cuando creo que alguien o algo está equivocado.

Asumir la responsabilidad de nuestros sentimientos
Una vez identificados los sentimientos —y diferenciados de los pensamientos—, el paso siguiente consiste en asumir la responsabilidad de los mismos. Podemos hacerlo a priori, cuando nos convencemos de que los demás no pueden hacernos sentir de una u otra manera: pueden provocar un sentimiento, pero no fabricarlo. Los sentimientos son nuestros, plenamente nuestros, y no nos queda otra alternativa que reconocer su paternidad. Lo que los demás hacen puede estimular nuestras emociones, pero no son ellos su verdadera causa.

Ahora bien, reconocer nuestros sentimientos a priori no siempre basta; solo nos convencemos de verdad cuando los asumimos a posteriori, es decir, cuando descubrimos la necesidad personal que los origina. Solo así evitamos la tentación de culpar a los demás por lo que sentimos.

Por desgracia, solemos seguir el camino contrario: en lugar de hacer un ejercicio de introspección para descubrir qué necesidad no satisfecha está generando el sentimiento (buscar el fuego a partir del humo), nos volcamos hacia fuera y culpamos a otros, buscando un chivo expiatorio.

Negar nuestra responsabilidad usando pronombres impersonales
A veces recurrimos a frases que descargan la responsabilidad sin señalar a nadie en concreto. Ejemplo: “Me enfado cuando veo que nuestros catálogos contienen errores ortográficos.”
Cuando tomamos conciencia de que la verdadera causa del sentimiento es una necesidad insatisfecha, podemos reformular así: “Me enfado cuando veo que nuestros catálogos contienen errores ortográficos, porque necesito que nuestra empresa proyecte una imagen de profesionalidad.”

Negar nuestra responsabilidad mencionando solo las acciones de otros
Otra manera de evadirnos es atribuir directamente nuestros sentimientos a las acciones ajenas, con la esperanza de que los demás se sientan culpables y hagan lo que queremos. Esto es chantaje afectivo, y puede llevar al otro a actuar movido por la culpa. Ejemplo: “Mamá se siente decepcionada contigo porque no te acabas la comida del plato.”

Si asumimos la responsabilidad, en cambio, liberamos al otro de toda culpa y expresamos la necesidad que hay detrás: “Mamá se siente decepcionada contigo porque no te acabas la comida del plato, ya que quiero que crezcas fuerte y sano.”

Negar nuestra responsabilidad culpando a los demás
Cuando estamos desconectados de nuestras necesidades, tendemos a responsabilizar a otros de lo que sentimos: “Me siento irritado porque tú no acudiste a la cita que habíamos acordado.”

Por el contrario, cuando nos conectamos con nuestras necesidades descubrimos que la verdadera causa de nuestros sentimientos no es la acción del otro, sino la insatisfacción de lo que necesitamos: “Me sentí irritado cuando no acudiste a la cita porque yo necesitaba desahogarme contigo.”

De este modo expresamos nuestros sentimientos asumiendo plena responsabilidad por ellos. Esto ayuda a los demás a comprender qué es importante para nosotros y, al no sentirse culpabilizados ni criticados, se incrementa la posibilidad de que nuestras necesidades y las suyas puedan ser satisfechas.

Cuatro opciones ante la recepción de un mensaje negativo
Experimentamos sentimientos positivos cuando nuestras necesidades son satisfechas, y sentimientos negativos cuando estas no lo son.

“Nunca quieres pasar tiempo conmigo… ¿por qué eres tan egoísta?”
Cuando alguien, verbal o no verbalmente, expresa un mensaje negativo, tenemos cuatro opciones sobre cómo recibirlo:

1. Culparnos a nosotros mismos
Aceptamos la valoración de la otra persona como verdadera y dejamos que afecte a nuestra autoestima. La culpa, la vergüenza o la depresión pueden minar la forma en que nos concebimos. Lo que hagamos para compensar nuestro supuesto egoísmo no beneficiará ni a nosotros ni al otro, porque parte del sentimiento de culpabilidad.

2. Culpar a los demás
Cuando responsabilizamos a los demás de lo que sentimos, tendemos a despertar en ellos sentimientos de culpa. Quizás hagan un esfuerzo por satisfacer nuestras necesidades, pero lo harán movidos por la culpa y no de manera libre y voluntaria. El resultado es que, a la larga, tanto quien pide como quien da pagan un alto precio.

3. Detectar nuestros propios sentimientos y necesidades
Ejemplo: “Cuando te oigo decir que soy egoísta, me siento herido porque necesito reconocimiento por lo que he hecho por ti.”
Cuando dirigimos nuestra atención hacia dentro y nos centramos en nuestros propios sentimientos y necesidades, comprendemos que nuestro dolor proviene de una necesidad de reconocimiento no satisfecha, y no de la crítica en sí misma.

4. Detectar los sentimientos y necesidades del otro
La cuarta opción es escuchar con empatía los sentimientos y necesidades que se esconden detrás de la crítica negativa. Se trata de leer entre líneas, de fijarnos no tanto en lo que la persona dice, sino en lo que realmente quiere expresar.

La CNV nos ofrece una especie de “rayos X” para descubrir que una crítica, o incluso un insulto, no es más que una expresión trágica de necesidades insatisfechas.

En este caso concreto, al escuchar empáticamente la crítica sin tomarla de manera personal, podríamos preguntar:

“¿Te sientes dolido porque no has recibido la atención que necesitas o porque deseas que se tenga más en cuenta tus gustos y preferencias?”

La diferencia entre culpabilizar y responsabilizarse
Es muy distinto decir: “Me has decepcionado porque no viniste anoche”.
Aquí relatamos un hecho, expresamos un sentimiento y culpamos al otro de lo que sentimos. Muchas veces lo que buscamos es que se sienta culpable y nos compense. Si no lo hace, crece nuestro resentimiento y el conflicto se intensifica; si lo hace, ambos acabaremos pagando el precio, porque actuará desde la energía negativa de la culpa y no desde la energía positiva de dar libremente, desde el corazón.

En cambio, si decimos:
“Me sentí decepcionado cuando no te vi anoche porque necesitaba compartir algo importante contigo”.
Aquí expresamos con autenticidad nuestros sentimientos y necesidades sin culpar al otro. Esto aumenta la probabilidad de que la otra persona nos escuche con empatía y esté más dispuesta a atender cualquier petición que formulemos después.

El sentimiento de decepción no surge porque el otro no haya acudido, sino porque una necesidad nuestra quedó insatisfecha. Con ojos y oídos no violentos no vemos un “NO” del otro a nuestra necesidad, sino un “SÍ” a la satisfacción de sus propias necesidades —que también son nuestras, porque le amamos como a nosotros mismos—, necesidades que le impidieron estar presente.

Hacerse responsable de los propios sentimientos
Todo sentimiento que aparece en nosotros es nuestro. Los sentimientos no flotan en el aire, no viajan desde fuera: surgen dentro de nosotros. Si nacen en ti, te pertenecen. Al reconocerlos y descubrir la necesidad insatisfecha que los genera, nos damos cuenta de que la misma dinámica —una necesidad no cubierta— es también la que mueve al otro a actuar o hablar como lo hace.
 

En CNV, debemos recordar siempre que todas las críticas, evaluaciones o conductas negativas —nuestras o ajenas— no son más que expresiones trágicas y alienadas de necesidades insatisfechas e inconscientes. Si nos tomamos la molestia de descubrir esas necesidades, podremos expresar lo que sentimos de un modo menos trágico y violento.

¿Qué son las necesidades?
Nuestras necesidades son la expresión de lo más profundo de nuestra humanidad. Todos los seres humanos compartimos necesidades básicas para la supervivencia: hidratación, nutrición, descanso, abrigo y conexión, entre otras. Pero también compartimos muchas otras necesidades, aunque cada persona pueda experimentarlas en distintos grados y momentos.

En CNV, las necesidades representan lo más vivo en nosotros: nuestros valores esenciales y nuestros más hondos deseos humanos. Identificarlas, comprenderlas y conectar con ellas nos permite mejorar la relación con nosotros mismos y con los demás, favoreciendo que todos estemos más dispuestos a realizar acciones que beneficien a todos.

Sentimientos y necesidades son la lengua de la vida. Sin embargo, desde hace más de 10.000 años hemos sido educados en culturas de dominación que nos han desconectado de nuestras necesidades. Las personas no son buenos esclavos cuando están vivas y conscientes de lo que sienten y necesitan.

Las estructuras de poder buscan precisamente lo contrario: que neguemos nuestras necesidades, que las veamos como una carga. ¿Por qué? Porque así unos sacrifican las suyas para que otros puedan satisfacer las propias. Nos hacen creer que nuestras necesidades solo pueden cumplirse a costa de las de los demás.

Por ejemplo:
Una madre puede haber sacrificado muchas de sus necesidades para que un pequeño porcentaje de las de su hijo fueran atendidas. Aunque la mayoría de lo que hizo fue por amor, esto puede dificultar la confianza: cuando alguien nos da algo, podemos preguntarnos si lo hace por amor o por interés.

Este modo de pensar parte de una ideología de la escasez, como si los recursos fueran limitados y siempre alguien tuviera que perder para que otro ganase. La CNV nos enseña lo contrario: no somos codependientes, sino interdependientes. El mundo dispone de recursos suficientes para que las necesidades de todos sean atendidas, sin que nadie tenga que sacrificarse.

Culturalmente se nos ha hecho sentir vergüenza de tener necesidades. Quien las tiene y busca satisfacerlas es tachado de egoísta. El sistema de dominación nos ha educado para olvidar nuestras necesidades y convertirnos en “robots altruistas” al servicio de la estructura social.

Ejemplos:
A las mujeres se les ha dicho que no deben tener necesidades, sino sacrificarlas por su familia.
A los hombres se les ha inculcado que no tienen necesidades, que deben estar dispuestos a sacrificar su vida por la patria, el rey o la bandera.

Pese a todos los intentos por negarlas, las necesidades son los recursos indispensables para sostener y enriquecer la vida. Igual que los sentimientos, son universales, trascienden culturas, épocas y geografías.

Con frecuencia, las necesidades se expresan en forma de valores éticos o morales, pues ambos conceptos están íntimamente relacionados: una necesidad existe en referencia a un valor, y un valor moral existe en referencia a una necesidad.

En CNV, las necesidades o valores son la base más importante para una conexión compasiva. Mientras no conectemos con este nivel en nosotros mismos y en los demás, será muy difícil lograr la calidad de relación que buscamos en la comunicación no violenta.

Nueve necesidades básicas
"¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿Qué daría el hombre a cambio de su alma?" — Marcos 8,36-37

La salud de las llamadas “economías saludables” es inversamente proporcional a la enfermedad de los trabajadores que las sostienen. ¿De qué sirve tener una economía próspera si esa prosperidad se obtiene a costa de la salud física, psicológica, moral y espiritual de las personas? ¿Qué es más importante: la economía o las personas?

Manfred Max-Neef, el padre de la economía del “pie descalzo”, desarrolló un sistema económico basado en la satisfacción de nueve necesidades básicas. Según él, el éxito económico no se mide por el producto interior bruto, sino por el grado en que estas necesidades básicas son satisfechas para toda la población. Fundamentalmente, lo que importa en una economía no es la riqueza que produce, sino la calidad de vida que proporciona a quienes la integran. Las nueve necesidades básicas según Max-Neef son:

Sustento – aire, agua, alimento, ejercicio, expresión sexual…
Seguridad – abrigo, protección, estabilidad
Amor – amar y ser amado, confianza, integridad, respeto, honestidad
Empatía – solidaridad, ponerse en el lugar del otro y permitir que el otro se ponga en el nuestro
Diversión – juego, recreación, actividades de ocio
Comunidad – interdependencia, pertenencia, afiliación
Creatividad – creación de cosas nuevas, innovación
Autonomía – libertad, independencia, autodeterminación, autoestima
Necesidad de significado – sentido último, contribuir a la vida, dar propósito a nuestra existencia

A veces describimos nuestros sentimientos utilizando sustantivos o incluso verbos. A continuación, algunos ejemplos de cómo hacerlo desde la perspectiva de la CNV 

 Evaluaciones     Sentimientos                                       Necesidades
Abandonado    Dolor, tristeza, soledad    Conexión, compañía, ayuda, pertenencia
Atacado    Miedo, desafío, hostilidad    Consideración, seguridad
Humillado    Ira, tristeza, desilusión    Respeto, reconocimiento
Tracionado    Ira, desilusión    Confianza, honestidad, compromiso
Acusado    Confusión, miedo, hostilidad    Justicia, responsabilidad
Acosado    Miedo, presión    Autonomía, seguridad, consideración
Engañado    Resentimiento, ira, dolor    Honestidad, justicia, confianza, fe
Criticado    ansiedad, frustración, humillación    Comprensión, reconocimiento, respeto
Ignorado    Soledad, dolor, tristeza, vergüenza    Respeto, consideración, reconocimiento
Insultado    Irritación, vergüenza    Respeto, consideración, reconocimiento
Intimidado    Miedo, ansiedad    Seguridad, igualdad, validación
Aislado    Soledad, miedo    Pertenencia, , inclusión, contribución
Juzgado    Resentimiento, miedo, dolor    Justicia, igualdad, consideración
Manipulado    Irritación, impotencia, frustración    Confianza, igualdad, autenticidad
Incomprendido    Preocupación, frustración    Ser escuchado, claridad, comprensión
Provocado    Irritación, raiva, resentimiento    Respeto, consideración

Necesidades – Estrategias – Preferencias – Deseos
Las necesidades son las cualidades y valores fundamentales que todos compartimos como seres humanos; son lo que guía nuestras acciones y comportamientos. Desde la perspectiva de la Comunicación No Violenta (CNV), todo comportamiento humano surge de un intento de satisfacer una necesidad humana. Todo lo que hacemos tiene como propósito atender nuestras necesidades.

Necesidad: fin u objetivo a conseguir.
Estrategia: medio para alcanzar ese fin.
Preferencia: modo particular de satisfacer una necesidad.
Deseo: esa misma preferencia proyectada hacia el futuro.

Las necesidades son universales, mientras que las estrategias no lo son: varían de persona a persona, de generación a generación y de cultura a cultura. Confundir una necesidad con una estrategia es un error frecuente.

Por ejemplo, decir “Necesito tu amor” confunde necesidad con estrategia. La necesidad real es amar y ser amado, y la otra persona es simplemente la estrategia elegida para satisfacer esa necesidad. Existen miles de formas de satisfacer cualquier necesidad, y ninguna persona es imprescindible. Confundir necesidad con estrategia puede ser peligroso: “Necesito tu amor” podría derivar incluso en conductas extremas como delitos pasionales o suicidio.

La clave para expresar necesidades
Para conectar con nuestras necesidades y expresarlas de manera efectiva:
Concentrémonos en palabras que describan experiencias humanas comunes.
Evitemos mencionar personas, lugares, acciones concretas o objetos, ya que eso describe una estrategia, no una necesidad.
Ejemplo:
“Quiero que vengas a mi fiesta de cumpleaños” → estrategia específica para satisfacer la necesidad de amor y conexión.

La gramática del amor en CNV
¿Me amas?
Antes de responder, necesito saber si usas la palabra “amor” como sentimiento.
¡Claro!
En CNV, el amor es una necesidad, no un sentimiento. Ahora que lo aclaramos, pregúntame de nuevo.
¿Me amas?
¿Cuándo?
¿Cuándo?
Sí, porque los sentimientos cambian de minuto a minuto; necesito saber a qué momento te refieres.
Humm… ¿y si es ahora mismo?
No, pero pregúntame dentro de un rato, puede que la respuesta cambie. — Marshall Rosenberg

A lo largo de los siglos, el amor se ha presentado como necesidad, sentimiento y acción. En inglés, la palabra “love” puede funcionar como sustantivo, verbo o adjetivo. En CNV, no puede ser simultáneamente necesidad, sentimiento y acción:

Sentimientos: alertas sobre necesidades satisfechas (positivos) o insatisfechas (negativos).
Acciones: motivadas por la necesidad.
Necesidad de amor: impulsa acciones que buscan amar y ser amado, pero no es acción ni sentimiento en sí.

Como decía Santo Tomás de Aquino, amar es querer el bien del otro. El amor se traduce en las buenas obras que otros nos hacen o que nosotros hacemos por ellos.

Diferencia entre necesidad y sentimiento
El amor no es un sentimiento porque los sentimientos son volátiles; Rosenberg indica que, salvo el luto, un sentimiento dura como máximo 40 segundos. Los sentimientos muestran si la necesidad de amar y ser amado está o no satisfecha:
Empatía → necesidad de amar satisfecha.
Celos → necesidad de ser amado no satisfecha.

El amor genera múltiples sentimientos y acciones; nunca se reduce a uno solo. Es un sustantivo, una necesidad universal, que no hace referencia a una persona específica. Cada necesidad humana tiene innumerables estrategias posibles.

Ejemplo: necesidad de amar y ser amado → puede satisfacerse potencialmente con cualquier persona en el mundo (7 mil millones de posibles relaciones). En CNV, se diferencia entre:
Necesidad → amar y ser amado
Preferencia o estrategia → la persona elegida (por ejemplo, tu pareja)
Expresiones como “Estoy perdidamente enamorado de ti” o “Necesito tu amor” confunden necesidad con preferencia. Incluso si la relación romántica se convierte en una única experiencia emocional, el amor sigue siendo la necesidad y la persona elegida, la preferencia.

Ejercicios para reconocer necesidades
“Me irrita cuando dejas documentos de la empresa en la sala de conferencias”
Necesidad subyacente: seguridad y orden.
CNV: “Me irrito cuando dejas documentos en la sala de conferencias porque necesito que nuestros documentos estén guardados con seguridad”.
“Me siento decepcionado porque dijiste que lo harías y no lo hiciste”
Necesidad subyacente: confianza.
CNV: “Cuando dijiste que lo harías y luego no lo hiciste, me sentí decepcionado porque necesito poder confiar en tus palabras”.
“Me siento intimidado cuando levantas la voz”
Necesidad subyacente: seguridad.
CNV: “Cuando levantas la voz, temo que alguien pueda salir lastimado y necesito que todos estén seguros”.
“Me siento contento de que hayas recibido ese premio”
Necesidad subyacente: reconocimiento.
CNV: “Cuando recibiste ese premio, me sentí contento porque esperaba que tu esfuerzo fuera reconocido”.
“Agradezco que me hayas dado una vuelta porque necesitaba llegar a casa antes que mis hijos”
CNV: ejemplo perfecto de expresión de sentimientos y necesidades.

Conclusión - En CNV, las necesidades o valores son la parte más importante para establecer una conexión compasiva con el otro. La calidad de la comunicación no violenta depende de conectarnos con nuestras necesidades y las de los demás antes de actuar o comunicarnos.

P. Jorge Amaro, IMC


viernes, 15 de mayo de 2026

Santa María

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La Santa Iglesia de Dios añadió a la alabanza de la primera parte del Ave María una petición y una invocación a la Santísima Madre de Dios. Tal inclusión implica que debemos, con piedad y humildad, recurrir a ella, para que, por su intercesión, seamos reconciliados con Dios, nosotros que somos pecadores, y alcancemos las bendiciones que tanto necesitamos en el presente y en el futuro de nuestra vida.

Así se pronuncia el Catecismo del Concilio de Trento sobre la segunda parte del Ave María. No se conoce su autor concreto; se trata del fruto de muchos años de reflexión, práctica litúrgica y oración. Comenzó a integrarse en algunos breviarios de las antiguas órdenes religiosas, hasta pasar al uso regular del pueblo de Dios hacia el siglo XV. Como toda Tradición, no fue simplemente copiada de la Biblia, pero está profundamente enraizada en ella.

Santa María – A diferencia de Eva, que, con orgullo ante Dios, quiso usurpar el poder divino sometiéndose a la serpiente, símbolo del Mal, María, humilde ante Dios y totalmente sometida a Su voluntad, aplasta la cabeza de la serpiente. Al convertirse en Madre de Dios, María alcanzó, por el camino de la humildad, lo que Eva pretendía alcanzar por el orgullo: “ser como Dios” (Génesis 3,5). Eva, la pretenciosa, quería ser como Dios en omnipotencia; María, la humilde sierva de Sión, aspira a ser como Dios en santidad.

Si Abraham es nuestro padre en la fe, María es nuestra madre en la fe; en ella se cumplen, en plenitud, la fe y la esperanza transmitidas a lo largo de los siglos.

Madre de Dios – Un entusiasta predicador protestante, al subir a un autobús, afirmó: “Esta es la carta y este es el sobre que la contenía; nos quedamos con la carta y tiramos el sobre a la basura. Cristo es la carta; María, el sobre.” Alguien le respondió: “¿Tu madre también es un sobre que tiras a la basura?”

En realidad, no se tira el sobre. Los enamorados que guardan cartas de amor las conservan con sus respectivos sobres. Cristo es la carta de amor de Dios a la humanidad. María es ese sobre florido y precioso que transporta esa carta. Quien es madre, lo es siempre. Por otra parte, el sobre lleva el remitente — la dirección de quien envía el mensaje. Necesitamos esa indicación para poder responder, al igual que necesitamos la mediación de María para dirigirnos plenamente a Cristo.

Madre es aquella que lleva un hijo en su seno y contribuye genéticamente a su formación. María es madre en ambos sentidos. Si María es madre de Jesús, y Jesús es Dios, entonces María es Madre de Dios. Es un silogismo incontestable.

Ella no es Madre de Dios en el sentido de ser el origen de Dios o anterior a Él, ni es la fuente de la divinidad de Jesús. Es Madre de Dios porque concibió y dio a luz a Aquel que es verdadero Dios y verdadero hombre, y porque contribuyó con su ser a la naturaleza humana de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Ruega por nosotros, pecadores – Nueva Eva, nuevo Abraham, nuevo Jacob, María es también nuevo Moisés. Abraham intercedió por Sodoma y Gomorra; Moisés, continuamente, intercedía por el pueblo, incluso cuando ya no podía mantener los brazos en alto. En la Nueva y Eterna Alianza instituida por Cristo, el papel de intercesora corresponde a María, pues no hay criatura humana más cercana a Dios que ella.

Ya durante la peregrinación terrena de su Hijo, María ejerció ese papel de intercesora y mediadora de todas las gracias. El primer milagro de Jesús, en las bodas de Caná, se realizó a petición de María (Juan 2,1-11). Ella no impone, sino que señala; no exige, sino que confía; y el Hijo atiende a la súplica de la Madre.

Ahora – “Aguas pasadas no mueven molinos.” La vida ocurre en el presente. Sin embargo, hay personas que permanecen prisioneras del pasado, de acontecimientos traumáticos o culpabilizadores, que funcionan como maldiciones e impiden su libertad interior y su plena responsabilidad sobre su comportamiento actual.

El pecado se comete en el pasado y se perdona en el presente. El perdón de Jesús nos libera y deshace las cadenas del pasado, que pasa a integrarse en el conjunto de la vida con un nuevo significado. Con Cristo, podemos entonar nuestro “Felix Culpa” — “¡Oh culpa feliz!” — porque “no hay mal que por bien no venga” y “Dios escribe recto con renglones torcidos”.

Las tres virtudes teologales modelan nuestra existencia en los tres tiempos. Sólo se vive en el presente, pero es la fe que nos llega del pasado la que ilumina ese presente, y es la esperanza en el futuro la que lo anima. La caridad, en cambio, es la única acción propia del presente: vivir es amar — a Dios y al prójimo.

Y en la hora de nuestra muerte – “Quiero morir”, dijo mi madre en agonía, cuando sintió que la muerte venía a buscarla para llevarla a Dios. Jesús declaró: “Nadie Me quita la vida; Yo la doy libremente” (Juan 10,18). Si vivimos amando a Dios sobre todas las cosas, la muerte no nos priva de nada ni de nadie. Soltar lo poco para entregarnos al Todo que es Dios no debe ser motivo de temor. Vivamos con la firme esperanza de que lo mejor está por venir.

Amén – “Así sea”, “yo creo” — es nuestro sello, nuestra firma al final de la oración. Con esta palabra, suscribimos todo lo que acabamos de decir, con fe y confianza.

Conclusión – La primera parte del Ave María se refiere al pasado y al papel de María en la historia de la salvación de la humanidad. La segunda parte trata del presente y del futuro, y del papel de María en la salvación de cada uno de nosotros.

Rezar el Ave María es, por tanto, entrar en la eternidad de Dios, acogiendo el don de Su Madre como intercesora y compañera de camino, desde ahora hasta la hora de nuestra muerte.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 10 de mayo de 2026

CNV - Sentir sin Subterfugios

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¿Qué son las emociones o sentimientos?
Los sentimientos o emociones son señales que recibimos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, que nos alertan sobre el estado actual de nuestras necesidades: satisfechas o insatisfechas.

Como proceden tanto del cuerpo como del espíritu, pueden manifestarse en sonrisas, miradas, expresiones faciales, dolores de cabeza o de estómago, así como en emociones tales como la ira, el miedo, la frustración, la culpa o la decepción.

Existe una sola naturaleza humana que no cambia ni con el paso del tiempo, de generación en generación, ni con la diversidad de culturas o civilizaciones: los sentimientos o emociones, al igual que las necesidades que los sustentan, son universales. Todas las personas experimentan las mismas emociones o comparten los mismos sentimientos, porque estos nacen de esa naturaleza humana inmutable.

La clave para identificar y expresar sentimientos es centrarnos en palabras que describan nuestra experiencia interior, en lugar de aquellas que describen interpretaciones de las acciones de los demás. Por ejemplo: «me siento solo» refleja una vivencia interior, mientras que «siento que no me quieres» expresa una interpretación sobre los sentimientos del otro.

Sentimientos y pensamientos
Los pensamientos son procesos cognitivos o intelectuales que buscan la verdad; siguen un camino dialéctico, lógico y deductivo que parte de una o varias premisas y conduce a una conclusión que, en ocasiones, se convierte en decisión. Los pensamientos pueden ser abstractos, pero la mayor parte de las veces se ocupan de realidades cualificables, cuantificables y verificables.

En cuanto a su naturaleza, pueden incluir creencias, ideales, opiniones, proyectos. Los sentimientos, en cambio, constituyen lo más personal e intransferible que existe en el ser humano; los pensamientos se pueden copiar, los sentimientos no: de algún modo están sujetos a un “derecho de autor”.

Le cœur a ses raisons que la raison ne connaît point. —Como bien comprendió Pascal, los sentimientos son más difíciles de definir, pues no surgen de la cabeza, sino de lo profundo de nuestro ser. No los provocamos nosotros, es decir, no están sometidos a nuestra voluntad; no hay nada que yo pueda hacer para sentir una emoción concreta. Los sentimientos emergen en nuestra conciencia de manera automática, sin que lo queramos y sin previo aviso: son imprevisibles. Precisamente por esta razón, los sentimientos o emociones no han sido objeto de estudio riguroso por parte de ninguna ciencia, ni siquiera de la psicología.

En cierto modo, no somos responsables de nuestros sentimientos, ya que no tenemos poder alguno sobre ellos: no podemos producirlos, evitarlos ni borrarlos. Sin embargo, nos pertenecen, porque proceden de nuestro interior y no son provocados directamente por otras personas o circunstancias.

Cuando afloran a nuestra conciencia, no nos queda otra alternativa que asumirlos y responsabilizarnos de ellos. Son valiosas señales, mensajeros de nuestro estado físico, moral y espiritual. Ignorarlos es vivir desconectados de nosotros mismos, sin saber dónde estamos ni hacia dónde vamos. Nuestros sentimientos son un dedo que apunta a una necesidad satisfecha o insatisfecha.

Espiritualidad y sentimientos
Espiritualmente, los sentimientos se asemejan a la vida misma: así como no tenemos poder sobre nuestra vida, tampoco lo tenemos sobre nuestros sentimientos; no podemos ordenarlos a voluntad, no podemos dejar de sentir ni empezar a sentir algo concreto. Como sucede con la vida, la única opción es administrarlos.

Podemos optar por ignorarlos, reprimirlos, esconderlos o expresarlos. Para ello, necesitamos desarrollar inteligencia emocional, es decir, la capacidad de identificarlos y nombrarlos. Algunos tienen habilidad en esta tarea, pero la mayoría, debido a nuestra educación y cultura, somos emocionalmente analfabetos.

Cerebrales” y “sentimentales
Los individuos “cerebrales” tienden a ver el mundo en blanco y negro, no toleran la imprecisión. Consideran que las personas son demasiado inciertas e inconstantes, por lo que se centran más en lo tangible y conceptualizable: buscan la verdad, miden y clasifican, aplican reglas generales. Desde la mirada de los sentimentales, son percibidos como fríos, sin corazón, pedantes o robots calculadores.

Los emocionales o sentimentales, en cambio, se orientan hacia las relaciones y las consideraciones sociales; escuchan su corazón y tienen en cuenta los sentimientos de los demás. Para ellos, las cosas materiales valen en la medida en que están al servicio de la existencia humana, que es lo más importante.

En el trabajo suelen ser sociables y colaboradores; sus decisiones se basan más en valores humanos que en reglas generales. Para los cerebrales, los sentimentales no son personas confiables, porque consideran que los sentimientos son volubles.

La interacción entre pensamientos y sentimientos
En el interior de la persona humana, pensamientos y sentimientos están llamados a entenderse, ya que están tan interconectados que una confusión emocional suele ir acompañada de una confusión mental.

Las personas emocionalmente sensibles tienden a ver y experimentar el mundo a través de sus emociones. Algunas sienten, pero no logran nombrar ni identificar las emociones ni sus causas. Por otra parte, como las emociones son su manera principal de experimentar los acontecimientos de la vida, llegan a etiquetar sus pensamientos como si fueran emociones.

Por ejemplo, cuando alguien dice: «me siento estúpido», está expresando de forma inadecuada tanto un pensamiento como un sentimiento. Como pensamiento, equivaldría a «soy estúpido»; como sentimiento, estaría más relacionado con la vergüenza, la tristeza o el dolor. Si una persona experimenta emociones pero no consigue ponerles nombre, se le hará más difícil gestionarlas. Los rótulos o etiquetas son fundamentales en la gestión de las emociones.

¿Quieres que también te prepare una versión resumida y adaptada (más breve y pedagógica) para usar como material de formación o reflexión en talleres de CNV?

Alfabetización emocional – Lo afectivo es eficaz
Nuestra cultura no nos entrena para identificar los sentimientos y, con frecuencia, no sabemos cómo nos sentimos; carecemos de palabras para expresar lo que experimentamos emocional o afectivamente y, por ello, somos analfabetos emocionales.

Ser emocionalmente alfabetizado significa saber diferenciar pensamientos de sentimientos, ser capaz de nombrar los propios sentimientos y los de los demás, evaluar su intensidad, reconocer su causa y decidir qué hacer con ellos, asumiendo la responsabilidad de la manera en que nuestras emociones pueden afectar a los otros. También implica aprender a gestionar tanto nuestras emociones como las de los demás, de modo que mejoren la calidad de vida de ambas partes.

La alfabetización emocional consiste en hacer que nuestras emociones trabajen a nuestro favor y no contra nosotros. Contribuye a mejorar las relaciones humanas, crea vínculos afectivos entre las personas, facilita el trabajo en grupo, impulsa la cooperación y fortalece el sentido de comunidad.
Todos tenemos algo que aprender acerca de nuestras emociones. 

Algunas personas crecen con un alto nivel de alfabetización emocional, otras permanecen emocionalmente analfabetas. Las emociones forman parte esencial de la naturaleza humana: cuando nos desconectamos de ellas, perdemos un aspecto fundamental de nuestro potencial. Reconocer y gestionar nuestros sentimientos, así como responder adecuadamente a las emociones de los demás, incrementa nuestro poder personal tanto en la vida profesional como en la vida privada.

Ser emocionalmente alfabetizado significa estar capacitado para identificar las emociones propias y ajenas, su intensidad, su origen y la mejor manera de gestionarlas; significa saber cómo tratarlas porque las comprendemos. Implica también desarrollar la empatía y aprender a asumir la responsabilidad del impacto que nuestras emociones tienen sobre los demás.

Los periódicos están llenos de historias de personas inteligentes y exitosas que cometieron graves errores emocionales, llegando a arruinar su vida. Emociones como la ira, el miedo, la vergüenza o el deseo sexual pueden llevar a personas lúcidas a comportarse de manera insensata.

La verdadera fortaleza
No descubras tu pecho / por mayor que sea el dolor / pues quien su pecho descubre / de sí mismo es traidor.

Todos, pero especialmente los varones, hemos crecido ignorando nuestras emociones o sentimientos, convencidos de que resulta vergonzoso, débil o peligroso hablar de ellos. Lo que negamos en nosotros mismos lo negamos también en los demás; por eso solemos despreciar o desoír las emociones de aquellos que tienen el valor de expresarlas.

Nuestra cultura tiende a relegar la vivencia de los sentimientos al ámbito familiar. Fuera de este, en la vida profesional, laboral o social, se considera inapropiado expresarlos: se espera que las relaciones sean funcionales, neutras, impersonales. En la vida pública se nos aconseja no implicarnos personalmente y, por ello, recurrimos a innumerables máscaras que nos convierten en autómatas y transforman nuestras relaciones en una farsa.

Como los sentimientos revelan más de nosotros que los pensamientos, tendemos a ocultarlos, pues mostrar nuestro lado vulnerable parece un signo de debilidad y un riesgo de ser fácilmente dominados. Solo nos abrimos con los amigos, y aun así con reservas, temiendo que puedan no ser sinceros. «Líbrame Dios de mis amigos, que de mis enemigos me libro yo».

Cuando veas la sombra de un gigante, fíjate en la posición del sol para comprobar si no se trata de la sombra de un enano. (Friedrich Novalis)

Aplicamos la misma lógica que funciona entre los animales: se dice que un perro huele nuestro miedo y, cuando lo detecta, nos ataca con más facilidad. Así, ocultamos nuestra debilidad proyectando una identidad que no es la nuestra. Pero este juego puede fracasar, porque si el otro lo percibe, no dudará en dejarnos en evidencia, obligándonos a asumir nuestra verdadera identidad con vergüenza y deshonor.

Por eso me complazco en mis debilidades, en las afrentas, en las necesidades, en las persecuciones y en las angustias, por Cristo. Pues cuando soy débil, entonces soy fuerte. (2 Cor 12, 10)

La vulnerabilidad como fuerza
Para Rosenberg, lejos de ser un obstáculo, revelar nuestros sentimientos constituye un valor añadido. Ofrece varios ejemplos que confirman lo que San Pablo había intuido hace dos mil años: cuando asumimos nuestras debilidades con valentía, nos hacemos fuertes, porque estamos en la verdad; y no hay posición más vulnerable que vivir en la mentira y proyectarla sobre los demás.

Rosenberg cuenta la visita que realizó a una escuela secundaria para hablar sobre la comunicación no violenta. Al entrar en un aula, los alumnos, que estaban animadamente conversando, enmudecieron. Saludó con un “buenos días” y nadie respondió: el silencio era sepulcral. «Me sentí incómodo», relata, pero siguió adelante con actitud profesional, como si nada ocurriera. La clase mostraba desinterés, cada cual ocupado en lo suyo, y su incomodidad crecía, aunque él seguía ignorándola.

De pronto, un estudiante le espetó: «A ti no te gustan los negros, ¿verdad?». Inmediatamente, Rosenberg comprendió que él mismo había sido responsable de esa percepción errónea: al tratar de ocultar su incomodidad por no lograr conectar con los alumnos, había transmitido, a través de su lenguaje corporal, un mensaje equivocado. El error de los estudiantes fue interpretarlo como racismo.

Reconociendo esta vez sus sentimientos, respondió: «Me siento nervioso, pero no porque seáis negros, sino porque no conozco a ninguno de vosotros y estaba ansioso por saber si sería aceptado». Esa expresión de vulnerabilidad fue como una varita mágica que transformó a una clase apática en un grupo participativo e interesado.

Un cambio de paradigma
Hubo un tiempo en que se decía que los hombres no lloran, y la psicología descartaba el estudio de las emociones por considerarlas imposibles de abordar científicamente. Pero después de ver lágrimas en los ojos de figuras públicas, en especial de políticos, y tras la publicación del libro de Daniel Goleman La inteligencia emocional, que se convirtió en un best seller, los sentimientos han pasado a ser más valorados. Ya no se asocian tanto con la debilidad, sino con la esencia del ser humano. Ser humano es ser capaz de compasión y de misericordia ante el propio sufrimiento y el sufrimiento ajeno.

Los psicópatas, en cambio, pueden actuar sin las limitaciones que frenan al resto de los mortales. Son capaces de mentir, robar, extorsionar, torturar o matar sin sentir culpa alguna. Cuando adquieren poder sobre los demás, se convierten en extremadamente peligrosos. Baste recordar figuras como el emperador romano Calígula, Adolf Hitler o Stalin. La Historia está llena de ejemplos semejantes en todos los ámbitos: en la vida individual y familiar, en la política, en los negocios, en las calles, en cualquier parte.

Lista de sentimientos cuando nuestras necesidades no están satisfechas
Enfadado – irritado – cuestionado – confuso – decepcionado – desanimado – angustiado – avergonzado – frustrado – indefenso – infeliz – impaciente – molesto – solitario – nervioso – abrumado – perplejo – reticente – triste – incómodo – confundido.

Lista de sentimientos cuando nuestras necesidades están satisfechas
Asombrado – cómodo – optimista – confiado – con energía – pleno – realizado – inspirado – alegre – feliz – esperanzado – orgulloso – aliviado – agradecido – sorprendido – conmovido – seguro de sí mismo.

Identificación de sentimientos
Expresiones de sentimientos que contienen una autoevaluación
«Siento que no he sido tratado con justicia».

Rosenberg advierte que, con frecuencia, confundimos pensamientos con sentimientos. Por eso, cuando la expresión «siento…» va seguida de algo que no es un adjetivo, no estamos expresando un sentimiento, sino un pensamiento u opinión. Por ejemplo: «Siento como si estuviera hablando con una pared» no expresa un sentimiento, sino un juicio disfrazado de emoción.

Para expresar un sentimiento, ni siquiera necesitamos decir «yo siento»; basta con nombrarlo directamente. En lugar de «me siento irritado», podemos decir simplemente «estoy irritado».
«Siento que soy un fracaso como guitarrista».

Aquí no estoy expresando un sentimiento, sino una autocrítica negativa sobre mis capacidades. El sentimiento real sería: «me siento frustrado (impaciente, decepcionado) conmigo mismo por mi actuación en el último concierto».

Expresiones de sentimientos que contienen una evaluación de los demás
«Siento que no soy importante para mi jefe».

Esto no expresa un sentimiento, sino una interpretación sobre cómo creo que mi jefe me valora. El sentimiento genuino sería: «me siento triste» o «me siento desanimado».
Cuando expresamos sentimientos, los demás no forman parte de la ecuación: los sentimientos son lo más íntimo y personal que tenemos. Los otros pueden ser el detonante, pero la causa siempre está en nosotros, no en ellos.
«Me siento incomprendido».

Esto es una evaluación sobre la capacidad del otro para comprender. El sentimiento auténtico sería: «me siento ansioso» o «me siento irritado».

«Me siento ignorado».

De nuevo, es una interpretación negativa de las acciones de otra persona. Y, sin embargo, la misma situación puede interpretarse de formas opuestas: si me agrada la persona que me ignora, me siento herido porque deseaba implicarme con ella; si no me agrada, incluso puedo sentir alivio.

Para evitar confusiones, conviene no abusar de la fórmula «siento que…», ya que fácilmente se convierte en una manera de expresar pensamientos o juicios. Lo mejor es recurrir a nuestro vocabulario emocional y nombrar directamente el estado de ánimo: «estoy confuso», «estoy preocupado», «estoy cansado».

Cómo se relaciona la observación con los sentimientos
Después de comunicar a nuestro interlocutor lo que hemos observado de forma objetiva, añadimos la implicación personal: expresamos el sentimiento que esa observación despierta en nosotros, sin emitir crítica ni juicio moral. De este modo, nombramos la emoción que experimentamos en el momento presente, lo que nos permite establecer una conexión auténtica con el otro en un clima de respeto y cooperación.

El propósito de esta etapa no es avergonzar al otro por lo que siente ni impedirle sentir, sino identificar con precisión la emoción que está presente en nosotros o en la otra persona. Como los sentimientos son difíciles de expresar con palabras, debemos hacerlo de manera tentativa, contrastando con el interlocutor si nuestra percepción es correcta o no.

Algunos ejemplos:

  • «Ya falta solo una hora para que empiece el programa, veo que has acelerado el paso (observación). ¿Estás nervioso?» (indagación sobre el sentimiento del otro).
  • «Veo a tu perro correr y ladrar sin correa (observación). Tengo miedo» (expresión de sentimiento propio).
  • «He notado que tu nombre no apareció en los agradecimientos (observación). ¿Te sentiste dolido porque no te valoraron como mereces?» (indagación sobre el sentimiento del otro).

Conclusión -  Nuestra cultura no nos enseña a identificar los sentimientos y, con frecuencia, no sabemos cómo nos sentimos. Ser emocionalmente alfabetizado significa saber diferenciar pensamientos y sentimientos, ser capaz de nombrar las emociones propias y ajenas, evaluarlas en su intensidad, reconocer su causa y decidir qué hacer con ellas, asumiendo la responsabilidad de la manera en que nuestros sentimientos pueden afectar a los demás.

P. Jorge Amaro, IMC

martes, 5 de mayo de 2026

CNV - Observar sin Juzgar

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No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. (Lucas 6, 37)

Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. (Mateo18, 3)

El símbolo de la justicia, así como su significado, es universalmente conocido: una dama con los ojos vendados, que representa la neutralidad y la imparcialidad; con una balanza en la mano, para sopesar y valorar equitativamente los actos imputables; y con una espada, que denota el poder de ejecutar una sentencia.

Sin embargo, si contemplamos esta misma figura con los ojos limpios de un niño, que desconoce su carga simbólica y cultural, puede reflejar algo muy distinto: la manera en que solemos comportarnos. Evaluamos y sentenciamos a los demás, guiados por prejuicios, porque tenemos los ojos vendados a la realidad observable.

Las observaciones son aquello que podemos ver y oír, los estímulos que despiertan nuestras reacciones. El objetivo es describir de forma objetiva, concreta y neutra el motivo de nuestra reacción, tanto como lo haría una cámara de vídeo que registrara el momento. Esto ayuda a crear una realidad compartida con la otra persona. La observación constituye el contexto de la expresión de nuestros sentimientos y necesidades, y en ocasiones ni siquiera es necesaria si ambas partes ya están claras sobre el contexto.

La clave de una buena observación es separar nuestros juicios, evaluaciones o interpretaciones de la descripción de lo ocurrido. Por ejemplo, si decimos a alguien: «eres antipático», es probable que lo niegue; pero si decimos: «hoy no me saludaste al entrar en la sala», la persona podrá reconocer más fácilmente el hecho descrito.

Cuando somos capaces de describir lo que vemos o escuchamos en lenguaje de observación, sin mezclar ninguna valoración, aumentamos la probabilidad de que la otra persona, aunque no responda de inmediato, esté más dispuesta a escuchar nuestros sentimientos y necesidades. Por el contrario, si expresamos una crítica o una valoración, el diálogo se enturbia desde el primer momento.

La comunicación no violenta nos ayuda precisamente a distinguir la observación de la evaluación, a depurar nuestras descripciones de todo juicio moralista y de toda calificación, ya sea negativa o positiva. La comunicación no violenta se fundamenta en una observación libre de prejuicios, interpretaciones y valoraciones, así como en la capacidad de ofrecer a la otra persona un feedback basado en esa observación.

Un buen feedback debería ser como un espejo: reflejar fielmente lo que ha ocurrido, sin interpretar, analizar ni añadir nada. Cuando, aunque sea de manera velada o disimulada, dejamos que nuestras observaciones incluyan una apreciación, una interpretación o una crítica, la otra persona se pondrá inmediatamente a la defensiva y la comunicación se resentirá, quedando envenenada y destinada al fracaso.

Nuestra excesiva rapidez en emitir juicios nos hace perder datos observables. En este sentido, resulta iluminador lo que dice Jesús acerca de hacernos como niños: recuperar cualidades que perdimos al crecer. Una de ellas es conservar la mirada pura de la infancia, una visión no subjetiva de las cosas, no contaminada por la carga cultural o por prejuicios.

A diferencia de los niños, los adultos se llenan a menudo de prejuicios y opiniones sobre todo y sobre todos; parecen llevar las anteojeras que se colocan a los caballos, reduciendo así su campo de visión para mirar solo hacia delante. Desarrollan «cataratas» en los ojos y «cera» en los oídos: solo ven y oyen lo que quieren y como quieren. De esta manera, percepción, interpretación y valoración se confunden en una sola cosa.

Observación según la CNV
Para Marshall Rosenberg, una observación es la descripción de lo que está sucediendo en el mismo instante en que observamos y relatamos nuestra observación. Se trata de un informe elaborado a partir de nuestros cinco sentidos exteriores —la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato— junto con nuestro pensamiento y visión interior, desprovista de valoraciones y prejuicios.

Una observación no violenta consiste, por tanto, en relatar los hechos tal y como son percibidos por nuestra experiencia sensorial en un contexto determinado de tiempo y lugar, libres de cualquier tipo de análisis o evaluación.

Observar sin evaluar no es fácil, especialmente cuando lo que observamos nos desagrada, cuando despierta nuestra ira o incluso nuestro aprecio. Tendemos a implicarnos personalmente en lo observado y, con frecuencia, caemos en juicios precipitados de los que después nos arrepentimos, sin poder ya remediarlos si los hemos expresado en voz alta. Como dice el refrán popular: «Palabra dicha, piedra lanzada».

Debido a nuestra educación y a la cultura de la violencia en la que estamos inmersos, es casi inevitable que surjan interpretaciones y valoraciones acerca de todo lo que percibimos. Cuando esto sucede, y para evitar conflictos, la CNV recomienda que guardemos esas evaluaciones para nosotros, como si fueran un mal pensamiento. Y en caso de formularlas en voz alta, hemos de asumir la plena responsabilidad de ellas.

«La forma más elevada de inteligencia humana es la capacidad de observar sin juzgar».
— Jiddu Krishnamurti

Observar sin evaluar significa dar el beneficio de la duda, es decir, desconfiar de nuestra propia interpretación y de las conclusiones casi automáticas de nuestra mente, para mantenernos en el terreno de la observación pura. Juzgar y evaluar equivale a encasillar, a congelar una realidad viva en una fotografía fija. Como recordaba Heráclito, el filósofo griego del devenir, la realidad no es estática, sino dinámica.

Nuestra mente tiende a funcionar según la filosofía mecanicista de la física de Newton, que concebía la naturaleza como un engranaje de precisión, semejante a un reloj exacto. Por pereza mental, preferimos un mundo donde todo funcione con leyes claras y previsibles, donde las excepciones son vistas como anomalías y, por tanto, despreciadas. Un mundo estable, uniforme y perfectamente controlable.

Pero ese pudo ser el mundo de Newton, no el nuestro. El nuestro está mejor descrito por la física cuántica y por el principio de incertidumbre de Heisenberg, donde el azar y la variabilidad forman parte esencial de la realidad. Las variables son tantas como las leyes, y aunque ello nos lleve a la confusión, refleja mejor la naturaleza de nuestro mundo.

Si queremos vivir en sintonía con este mundo dinámico y en constante transformación, debemos cambiar nuestra cosmovisión y nuestro lenguaje. Estos no pueden ser estáticos ni absolutos, sino relativos y dinámicos. La CNV desplaza la atención de lo que «somos» —nuestra identidad, personalidad, apellido— a lo que estamos experimentando en el momento presente: cómo nos sentimos y qué nos ocurre. El lenguaje estático está anclado en el pasado; la CNV es dinámica y se centra en el presente.

Aprender a traducir juicios e interpretaciones en lenguaje de observación nos aparta del esquema de «bien/mal» y nos ayuda a asumir la responsabilidad de nuestras reacciones, dirigiendo la atención a nuestras necesidades como fuente de nuestros sentimientos, en lugar de proyectar esa responsabilidad sobre otras personas.

El ejemplo clásico de Rosenberg
Rosenberg cuenta que un día fue llamado a una escuela donde los profesores estaban constantemente en conflicto con el director. En una reunión, les preguntó:

«¿Qué hace el director que entra en conflicto con vuestras necesidades?»

Lo que pedía era una observación concreta de los comportamientos del director, pero las respuestas fueron solo valoraciones:
«Es un charlatán».
«El director habla demasiado».

Al mostrarles que esas frases eran evaluaciones y no observaciones, otro profesor intervino:
«Cree que solo él tiene buenas ideas».
Finalmente, otro dijo:
«En las reuniones quiere ser siempre el centro de atención».

Sin embargo, nadie lograba identificar un comportamiento concreto, objetivo y libre de valoración. En un encuentro posterior, Rosenberg descubrió lo que realmente irritaba a los docentes: el director solía aprovechar cualquier tema de discusión para contar largas historias de su infancia y juventud, lo que desviaba las reuniones del tema principal y alargaba excesivamente su duración.

Este caso ilustra bien nuestra dificultad para describir lo que observamos sin contaminarlo con juicios. A veces, como sucedía con estos profesores, la evaluación invade tanto nuestra mente que llegamos incluso a olvidar el hecho original que la provocó.

Evaluar sin asumir responsabilidad
En el libro de Rosenberg encontramos ejemplos en los que la observación lleva implícita una evaluación, lo que demuestra lo difícil que resulta separarlas en la vida cotidiana.
«Eres demasiado generoso».
Aquí se presenta una supuesta observación, pero en realidad es una valoración. Quien la pronuncia se erige en medida universal de lo que es ser «menos», «más» o «demasiado» generoso, y formula una afirmación categórica, aparentemente objetiva, sin responsabilizarse de ella.

La traducción a lenguaje de observación sería algo así:
«Al ver que entregaste todos los bombones sin quedarte con ninguno, pienso que fuiste demasiado generoso».

De esta manera, se hace referencia a un hecho concreto, evitando interpretaciones apresuradas. Pero si queremos interpretar, hemos de asumir la responsabilidad:
«Yo creo que eso es ser demasiado generoso» o «para mí eso es ser demasiado generoso».
Así, dejamos la realidad abierta a otras interpretaciones posibles.

Uso y abuso de los verbos que evalúan
«Juan siempre está posponiendo». – Esta observación contiene una generalización. Aunque hayamos sorprendido a Juan aplazando algo en más de una ocasión, eso no significa que lo haga siempre. Es el mismo caso de quien una vez mató a un perro y desde entonces pasa a ser conocido como «mata-perros». Las generalizaciones son siempre injustas, del mismo modo que lo es etiquetar a una persona, incluso cuando esta repite un comportamiento con frecuencia.

El verbo más nocivo de todos dentro del marco de la comunicación no violenta es el verbo «ser», porque bautiza a las personas y las encadena a una etiqueta que les impide crecer y progresar. El abuso de este verbo en la educación de los niños los condena a convertirse en lo que los demás quieren que sean. El verbo «ser» ata a las personas a identidades estáticas. Cada vez que etiquetamos a alguien, lo encerramos en una camisa de fuerza, lo condenamos a cadena perpetua y no le permitimos salir de ella.

Somos un ser en construcción, en crecimiento continuo, en un devenir constante, en permanente evolución. El verbo «ser» no nos define, porque no somos piedras, no somos seres estáticos: somos seres vivos. El verbo «ser» solo sirve para definir cosas muertas y, cuando pretende definir lo que está vivo, lo mata.

«Juan solo estudió para el examen de Física la noche anterior». – El antídoto contra la generalización y la etiqueta es referirnos a un caso concreto. De esta forma, observamos o relatamos algo que realmente sucedió y permanecemos fieles a la realidad, dejando que sea Juan quien saque sus propias conclusiones sobre la frecuencia o recurrencia de su conducta.

«Mónica es fea». – Esta frase supone que poseemos un patrón universal de belleza y que, en el caso de Mónica, nos erigimos en portavoces de siete mil millones de personas.

«El aspecto de Mónica no me atrae». – Así me responsabilizo de mi apreciación, que es únicamente mía y no extensible a nadie más. Ya decían los romanos: «de gustibus non est disputandum», y en nuestro refranero popular encontramos la versión: «quien feo ama, hermoso le parece».

Profetas de desgracias
«Su trabajo no va a ser aceptado». – Con frecuencia, en nuestras afirmaciones adoptamos la pretensión de ser profetas, y casi siempre profetas de desgracias. Con cierta malicia y un sutil placer en el mal ajeno, hacemos pronósticos negativos acerca de los pensamientos, ideas, intenciones, deseos o acciones de los demás. Pero esta no es una observación, sino una valoración a priori, cuyo objetivo puede ser humillar a la persona, disuadirla de sus propósitos o incluso influir en ella para que fracase.

«Yo no creo que su trabajo sea aceptado». – Esta sería la traducción en clave de CNV: quien evalúa se responsabiliza de su propia valoración. Así se resta peso y autoridad a lo que se dice.

«Si no haces comidas equilibradas, perderás la salud». – Esta es una afirmación que ni siquiera un médico debería hacer, pues confunde predicción con certeza. La medicina no es una ciencia exacta como las matemáticas: son muchos los factores que influyen en la salud y en la enfermedad. Por lo tanto, aunque esta afirmación pueda contener algo de verdad, no refleja toda la realidad.

«Si tus comidas no son equilibradas, temo que tu salud pueda verse afectada». – Esta formulación se ajusta más a la verdad, ya que la dieta es solo uno de los muchos factores que condicionan tanto la salud como la enfermedad.

Generalizaciones
«Los extranjeros son descuidados». – Este es un ejemplo típico de generalización, quizá el error más común en nuestra vida diaria. Palabras como «siempre», «nunca», «casi siempre» suelen ir acompañadas de generalizaciones. Una generalización es la universalización de nuestra experiencia. Si somos lo suficientemente humildes, reconoceremos que nuestra experiencia es muy limitada en el tiempo y en el espacio, y que, por tanto, no puede ni debe universalizarse.

La base del racismo y de la discriminación está precisamente en esta universalización y generalización de nuestras experiencias cuando hacemos afirmaciones sobre grupos de personas: los hombres… las mujeres… los negros… los gitanos… los ingleses…

«La familia de extranjeros que vive en el número 24 no cuida su jardín». – El antídoto contra la generalización es ser específico en tiempo y lugar, limitando nuestra afirmación a un contexto y a un comportamiento concreto; al fin y al cabo, «contra los hechos no hay argumentos».

«Óscar es un mal jugador». – Es una generalización muy común en los ambientes futbolísticos y en las discusiones acaloradas entre aficionados. Expresa frustración, pero no tiene nada que ver con la verdad.

«Óscar no marcó goles en los últimos cinco partidos». – Traducida a una afirmación aceptable según los cánones de la CNV, se convierte en una referencia a hechos concretos, sin caer en conclusiones precipitadas. El mismo jugador, si marca un gol decisivo en un campeonato, sería inmediatamente valorado de forma muy diferente.

Ejemplos de observaciones con o sin evaluaciones
  • «Juan estaba enfadado conmigo ayer sin ninguna razón». – Evaluación
  • «Anoche, Nancy se mordía las uñas mientras veía la televisión». – Observación
  • «Sam no pidió mi opinión durante la reunión». – Observación
  • «Mi padre es un buen hombre». – Evaluación
  • «Clara trabaja mucho». – Evaluación
  • «Enrique es agresivo». – Evaluación
  • «Carlos fue el primero todos los días de esta semana». – Observación
  • «Mi hijo, muchas veces, no se cepilla los dientes». – Evaluación
  • «Lucas me dijo que no me sienta bien el amarillo». – Observación
  • «Mi tía protesta cuando hablo con ella». – Evaluación
Los puros de corazón verán a Dios
«Si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo lejos de ti: más te vale entrar con un solo ojo en la Vida que, teniendo los dos, ser arrojado a la Gehena del fuego». (Mateo 18, 9)

«La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti son tinieblas, ¡qué grandes tinieblas serán!». (Mateo 6, 22-23)

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». (Mateo 5, 8)

Como sugiere Jesús, nuestros ojos están enfermos y, por tanto, se convierten en ocasión de caída. No vemos objetivamente, sino que vemos lo que queremos ver; no observamos sin interpretar, de modo que nuestros ojos dejan de ser ventanas al mundo y lámparas que iluminan las cosas tal cual son. Necesitamos purificar nuestro corazón y nuestra mente: solo así veremos a Dios, veremos la realidad en su verdad y, de este modo, contribuiremos a la armonía en las relaciones humanas y a la paz en el mundo.

Evaluación o juicios de valor en CNV
¿Cómo es posible vivir sin evaluar el comportamiento de los demás y el propio? ¿Acaso en la CNV no hay ningún tipo de evaluación? Sí la hay, pero en la CNV nos abstenemos de evaluaciones moralistas, expresadas en un lenguaje estático, que forman parte del juego de quién tiene razón / quién no la tiene, quién es bueno / quién es malo, quién merece ser premiado / quién merece ser castigado.

La evaluación en CNV se centra en lo observable, en el presente, en el aquí y el ahora. Se refiere a actos concretos y no a actitudes genéricas. Es una evaluación dinámica, enfocada en lo que ocurre en nosotros y en los demás en el campo de los sentimientos y necesidades. En la CNV, tanto nuestro comportamiento observable –lo que decimos o hacemos en un momento dado– como el de los demás se evalúa en la medida en que responde o no a nuestras necesidades, en la medida en que nos hace sentir bien o no.

La comunicación violenta, en cambio, se apoya en evaluaciones estáticas y moralistas que, cuando se pronuncian, colocan a las personas a la defensiva porque las clasifican en dos categorías: los buenos, que merecen ser elogiados y recompensados, y los malos, que merecen ser reprendidos y castigados. En la CNV, la evaluación se basa en lo que está ocurriendo en el presente y en si ello responde o no a las necesidades y valores de quienes participan en la interacción.

Conclusión - Una observación no violenta consiste, por tanto, en el relato de los hechos tal como son percibidos por nuestra experiencia sensorial, en un contexto concreto de tiempo y lugar, libre de cualquier tipo de análisis y valoración.

P. Jorge Amaro, IMC


viernes, 1 de mayo de 2026

Ave María

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El Ave María es, sin duda, la oración más popular y más repetida por los católicos. Solo en el Rosario —tan querido por sabios y sencillos— se recita cincuenta veces, pero también se repite en innumerables otras situaciones y circunstancias.

Al igual que la oración del Padre Nuestro, el Ave María se divide en dos partes; sin embargo, a diferencia de aquella, no es enteramente bíblica. En un movimiento ascendente, la primera parte —extraída directamente de la Sagrada Escritura— se compone de cinco peldaños que se elevan hasta Jesús. En un movimiento descendente, la segunda parte, nacida de la Tradición, también está formada por cinco peldaños que nos conducen hasta nuestra realidad humana, culminando en la hora de la muerte.

Esta oración no puede ser plenamente comprendida por los defensores del principio protestante “sola fide, sola scriptura, solus Christus”, pues en ella se unen, de forma armoniosa, la Escritura —Palabra de Dios, presente en la primera parte— con la Tradición de la Iglesia, es decir, la fe viva de la comunidad cristiana a lo largo de los siglos, expresada en la segunda parte. Jesús, Alfa y Omega, centro de la historia de la salvación, es el nexo que une ambas partes.

El Ave María es, por tanto, un compendio de la historia de la salvación: en ella se encuentran el Cielo, representado por el ángel Gabriel, y la Tierra, representada por Isabel, prima de María. Une el pasado —la Anunciación y la Visitación— con el presente, cuando pedimos la intercesión de María “ahora”, y con el futuro, al invocarla para “la hora de nuestra muerte”.

“Ave” – Significa “alégrate”; resuena en ella el anuncio profético: Alégrate, hija de Sión, el Señor está en medio de ti. Así saluda el ángel Gabriel a María. Pocos versículos antes, se presenta a Zacarías con estas palabras: Yo soy Gabriel, que estoy en presencia de Dios (Lucas 1,19).

María, siendo humana, y estando los humanos alejados de Dios a causa del pecado, es aquí ensalzada por el propio arcángel, que reconoce en ella una dignidad superior a la suya. Esta salutación insinúa ya el dogma de la Inmaculada Concepción: María fue concebida sin pecado, preservada desde el primer instante por una gracia singular de Dios.

“María” – El nombre “María” puede interpretarse como “iluminada” e “iluminadora”. Iluminada interiormente por Cristo, el Sol naciente, es como la luna, que refleja la luz del sol. Así, María no brilla por sí misma, sino por referencia a Cristo. Es el espejo más puro de la luz divina, el dedo que siempre señala al Señor.

“Llena de gracia” – La gracia es la presencia viva de Dios. El ángel reconoce que María está plena de esa presencia. Llena de gracia porque fue concebida sin pecado original; llena de gracia porque, al acoger a Jesús en su seno, se convirtió en mediadora de la Gracia por excelencia. Por eso, es también mediadora de todas las gracias que Dios concede a quienes le aman.

“El Señor es contigo” – María es la morada del Altísimo. Es el Arca de la Nueva Alianza. Si el arca antigua contenía signos y testimonios de la presencia y de las maravillas de Dios, María contiene al mismo Dios hecho hombre. Es, al mismo tiempo, templo y esposa del Espíritu Santo.

El arca antigua contenía:

El maná, que alimentaba temporalmente al pueblo —pero María contiene a Cristo, el nuevo maná, el Pan vivo bajado del Cielo, que sacia para la vida eterna;
Las tablas de la Ley —pero María contiene a Cristo, la Nueva Ley, la Ley del Amor, que no solo prohíbe el mal, sino que invita a hacer el bien sin medida;
La vara de Moisés, símbolo de la autoridad sacerdotal —pero María lleva en su seno al Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas.

“Bendita tú eres entre las mujeres” – Terminada la Anunciación, comienza la Visitación. Si en el primer episodio María contempla a Dios y acoge Su Palabra, en el segundo actúa: parte con prontitud a servir a su prima Isabel. Oración y acción se unen. María es ejemplo de quien vive la Palabra escuchada.

Hacemos nuestra esta salutación de Isabel, inspirada por el Espíritu Santo. De Isabel proviene la primera bienaventuranza del Evangelio:
Feliz tú que has creído, porque se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor (Lc 1,45).

María es la culminación de la fe de Abraham, transmitida de generación en generación. No por Jacob, sino por María, Abraham tiene una descendencia más numerosa que las estrellas del cielo y las arenas del mar: él es padre de todos los creyentes, dentro y fuera de Israel.

“Bendito es el fruto de tu vientre”
El trigo que Dios sembró en el seno de María se ha convertido para nosotros en el Pan vivo, que da vida y salvación eterna. (Cántico de Fátima)

María es discípula porque escuchó y practicó la Palabra de Dios. Es Madre porque fue, primero, discípula. Es el terreno fértil por excelencia: en ella, la Palabra dio fruto abundante. Es también la escalera de Jacob —el puente entre el Cielo y la Tierra.

Cada vez que recitamos el Ave María, unimos el Cielo y la Tierra: el ángel Gabriel e Isabel, la Palabra de Dios y la respuesta humana. Por la escalera que es María, desciende Dios a la Tierra, y por ella asciende la humanidad, en Cristo, hasta el Padre.

Jesús – Por paradójico que parezca, el Ave María es una oración profundamente cristocéntrica. Jesús es el centro y el corazón de la oración. Es en Él y por Él que María es alabada. Jesús es el punto de unión entre la parte bíblica y la parte tradicional de la oración.

Así como una piedra lanzada al agua crea círculos concéntricos que se expanden hasta los límites del lago, también Jesús, al venir al mundo, se convierte en el centro de la historia de la humanidad. Su acción sigue expandiéndose hasta que Dios sea todo en todos (1 Corintios 15,28).

Jesús es la piedra angular (Hechos 4,11), el fundamento firme de la Iglesia, Aquel que mantiene todo unido de forma armoniosa y segura.

Conclusión – Las palabras del Ángel, seguidas por las de Isabel, constituyen la parte bíblica del Ave María, que culmina en Jesús, centro y razón de ser de esta oración. Él es el vínculo que une la Escritura con la Tradición de la Iglesia, representada en la segunda parte de la oración.

Así, el Ave María es un eco constante de la historia de la salvación. Cada vez que la rezamos, reavivamos la memoria del misterio de la Encarnación y nos abrimos a la intercesión de Aquella que, con humildad y fe, se convirtió en morada de Dios entre nosotros.

P. Jorge Amaro, IMC