viernes, 20 de marzo de 2026

CNV _ Cosmovisión y cosmovisiones

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Cuando éramos bebés podíamos aprender una o incluso dos lenguas sin necesidad de estudiar la gramática, es decir, sin comprender las razones por las que se habla de determinada manera. Bastaba la inmersión y la repetición. Sin embargo, al llegar a la edad adulta, para aprender un idioma necesitamos conocer su gramática, es decir, aprender sus reglas y, de algún modo, obedecerlas para hablar con corrección y adecuación.

La Comunicación No Violenta o Comunicación Compasiva es, en este sentido, una nueva lengua. Para aprenderla en la edad adulta necesitamos comprender sus reglas, su filosofía, su cosmovisión, la forma de pensar que le da fundamento. Si queremos aprender una lengua no violenta, debemos primero reconocer de qué modo la lengua que usamos habitualmente está impregnada de violencia. ¿De dónde proviene esa lengua violenta? ¿Qué hay en su base?

Todo esto está íntimamente relacionado con la manera en que conceptualizamos el mundo y su historia, la naturaleza humana, la realidad que nos rodea y el sentido mismo de la vida. La cosmovisión es la piedra angular, el cimiento sobre el que descansa nuestro pensamiento. Está compuesta de creencias, mitos e ideas fundamentales que, en gran medida, permanecen inconscientes y por ello no suelen cuestionarse ni ponerse en duda.

Para transformar nuestro lenguaje violento en el lenguaje del Reino de Dios, debemos cambiar nuestra manera de pensar. Y para cambiar nuestra manera de pensar, necesitamos confrontar y, en muchos casos, transformar la cosmovisión en la que esta se apoya.

El teólogo Walter Wink, en su libro The Powers that Be, afirma que la cosmovisión es el esqueleto de nuestro pensamiento. Expone además ejemplos de cosmovisiones que han dominado a lo largo de la civilización occidental:

La cosmovisión antigua
Presentaba el mundo celestial en paralelo con el mundo terrenal; lo que sucedía en el Cielo tenía su correlato en la Tierra y viceversa. Así lo reflejan las mitologías griega y romana. Todas las realidades terrestres poseían una dimensión divina y una deidad que las representaba en el cielo: Marte era el dios de la guerra, Venus la diosa del amor, Neptuno el dios del mar, Júpiter el padre de los dioses, etc. En el mundo antiguo —griegos, romanos, egipcios, babilonios, indios y chinos— todos compartían esta forma de comprender la realidad.

La cosmovisión espiritualista
Surgió en el siglo II de la era cristiana, en confrontación directa con la idea de que la creación es buena en sí misma. Impuso el dualismo griego: el espíritu es bueno, la materia es mala. El mundo es considerado prisión del espíritu; el cuerpo, prisión del alma. El sexo y, en general, todo lo corporal es percibido como negativo. Para vencer el mal, el cuerpo debía ser mortificado y negado, a fin de que lo espiritual prevaleciese. El mundo era visto como un “valle de lágrimas” y la muerte como liberación del alma de las cadenas del cuerpo que la contaminaba.

La cosmovisión materialista
En oposición a la espiritualista, la cosmovisión materialista sostiene que lo real es únicamente lo que puede ser conocido a través de los cinco sentidos. Todo lo demás es superstición: no hay Cielo, ni Dios, ni alma. El ser humano no es más que materia; el universo carece de sentido intrínseco y de finalidad. La ética, en este contexto, no existe como referencia absoluta: el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto son arbitrarios, convenciones sociales establecidas para la supervivencia y la convivencia pacífica.

Wink afirma que esta es la cosmovisión dominante en el mundo posmoderno: la matriz o “placa base” sobre la cual operan las universidades, la política, los medios de comunicación y la cultura en general. Tal visión se volvió tan invasiva que incluso se presenta como “científica”, cuando la ciencia —especialmente la física— hace tiempo se apartó de esa lectura materialista hacia una visión de un universo reencantado.

La mayoría de quienes viven bajo esta cosmovisión creen estar al día con la ciencia, pero, en realidad, se han quedado anclados en la física de Newton, que veía el mundo como un reloj preciso y predecible. Tras Einstein, la física mecanicista dio paso a la física cuántica, basada en el principio de incertidumbre y probabilidad de Heisenberg, donde la certeza absoluta fue sustituida por el cálculo de probabilidades.

La cosmovisión teológica
Surgió como reacción espiritual frente a la cosmovisión materialista. Reafirma la existencia de un mundo sobrenatural, pero lo protege tras un muro, declarando que su existencia es únicamente materia de fe: no puede ser probada ni refutada por la ciencia.

En esta perspectiva, ciencia y religión caminan de espaldas. Esto obliga a muchos creyentes cultos a vivir en una especie de esquizofrenia: durante la semana creen que el ser humano es fruto de la evolución de las especies; el domingo creen que fue creado directamente por Dios. Evolucionistas entre semana, creacionistas el fin de semana.

La cosmovisión integral
Supone una síntesis y superación de las anteriores al situar el espíritu en el corazón mismo de la materia. Dios es trascendente, distinto y superior a todo, pero, al mismo tiempo, es el corazón de cada criatura. Esta armonía entre trascendencia e inmanencia no debe confundirse con el panteísmo, que afirma que todo es Dios.

Se relaciona más bien con el panenteísmo: todo está en Dios y Dios está en todo. San Francisco de Asís veía en cada criatura una manifestación de Dios porque reconocía su presencia inmanente en todas ellas. Wink sostiene que esta es la cosmovisión de la nueva física cuántica, de la teología de la liberación, de la teología feminista, de muchas religiones nativas de Norteamérica. Señala como exponentes de esta visión al psicólogo Carl Jung y al paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin.

Aunque presentadas en una secuencia que sugiere evolución, Wink advierte que todas estas cosmovisiones siguen vivas y que, en realidad, la mayoría de las personas no se guía exclusivamente por una sola, sino que mezcla fragmentos de varias, dependiendo de cada circunstancia. Comprender qué cosmovisiones guían nuestro pensamiento es esencial para que el ser humano y sus instituciones se liberen de los poderes que los dominan.

“Beau Sauvage” o “Homo homini lupus”?
Homo homini lupus – Para el filósofo inglés Thomas Hobbes (1679), el hombre en estado natural se cree con derecho a todo, usa su poder de modo arbitrario para preservar su vida. Su interés egoísta prevalece, por lo que no hay paz ni seguridad: impera la ley del más fuerte. Como no es sociable por naturaleza, debe someter su voluntad a un soberano o a una asamblea —el rey o el Estado—, perdiendo libertad e incluso el ejercicio de la violencia.

Beau Sauvage – Para otros pensadores, el hombre en estado natural es bueno, sano y feliz. La propiedad privada introdujo desigualdades —ricos y pobres, libres y esclavos—, lo que desencadenó la corrupción y la violencia. La salida es un contrato social donde la voluntad general sea soberana: como todos ceden por igual, nadie pierde.

¿Cuál de estas teorías describe mejor la naturaleza humana? Dado que el ser humano procede de una evolución de más de cinco millones de años de mamíferos y primates, conviene preguntarse primero si los animales de los que descendemos son violentos por naturaleza. La observación muestra que, en general, los animales no ejercen violencia gratuitamente, sino únicamente cuando sus necesidades básicas no están satisfechas.

La vida se alimenta de vida en la cadena alimentaria: la gacela come hierba, el león caza a la gacela, al morir el león es devorado por hienas y buitres, y éstos, a su vez, por los gusanos, que fecundan la tierra de donde brota nuevamente la hierba. El término “cadáver” proviene precisamente de carne dada a los gusanos.

Si a un animal se le ofrece una vía alternativa para alimentarse, deja de cazar. Basta observar a nuestros perros y gatos, antaño cazadores implacables y hoy plenamente integrados en nuestros hogares.

Millones de años de evolución nos separan de los primates. Creados a imagen y semejanza de Dios, los seres humanos no estamos llamados a ser lobos unos de otros, sino hermanos. El mundo creado por Dios posee recursos suficientes para que las necesidades de todos se satisfagan sin recurrir a la violencia.

De ahí uno de los postulados fundamentales de la CNV: al igual que en el resto de los seres vivos, los conflictos y la violencia entre personas surgen cuando las necesidades no están satisfechas. La CNV se convierte en una herramienta que facilita que las necesidades de unos y otros encuentren respuesta, reduciendo así la violencia y resolviendo los conflictos.

La creencia de que el hombre es por naturaleza malo, egoísta y violento proviene de mitologías y ha servido durante siglos para justificar la violencia de unos sobre otros, e incluso contra sí mismos mediante la culpa y la vergüenza.

El lema “Si vis pacem, para bellum” (“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”) resume esta cosmovisión. Según ella, como el hombre sería violento por naturaleza, la paz no puede alcanzarse con medios pacíficos, sino únicamente con medios violentos.

La sociedad educa al individuo a reprimir su ira y ejercer violencia contra sí mismo; y a quienes no lo logran, se les aplica violencia desde fuera mediante el poder coercitivo y punitivo. Así, partiendo de una premisa falsa —que el ser humano es malo por naturaleza— se perpetúan estructuras de poder y violencia.

En contraste, la cosmovisión que sostiene la Comunicación No Violenta como lenguaje del Mundo Nuevo, el Reino de Dios que Jesús anunció, afirma que Dios creó todas las cosas buenas. El Génesis nos muestra un Dios que se alegra de su creación: “Y vio Dios que era bueno” (Génesis 1, 4.12.18.21.25). Y si todo es bueno, con mayor razón lo es el ser humano, creado a imagen y semejanza del Creador (Génesis 1, 26).

Los hombres del futuro
Además de Walter Wink y otros teólogos como Paul Tillich y Teilhard de Chardin, uno de los grandes inspiradores de Marshall Rosenberg fue su profesor Carl Rogers, pionero de la psicoterapia no directiva centrada en la persona.

En un artículo escrito al final de su vida, Rogers describió cómo imaginaba al hombre del mañana. Sus intuiciones resultaron certeras y hoy siguen siendo profundamente inspiradoras:

  • Abiertos al mundo interior y exterior, a nuevas formas de ver, de ser y de pensar.
  • Críticos frente a una ciencia y tecnología centradas en controlar la naturaleza y a las personas.
  • Buscadores de nuevas formas de comunicación, cercanía e intimidad.
  • Capaces de mirar a los demás con benevolencia y consideración positiva, prestando ayuda de manera amable, no moralista y sin juicios.
  • Ecológicos, aliados de las fuerzas de la naturaleza en vez de vivir en guerra con ellas.
  • Críticos con instituciones rígidas y burocráticas, recordando que las instituciones deben existir para las personas, no al revés.
  • Desconfiados de la autoridad externa: personas moralmente autónomas, capaces de confiar en su propia experiencia y conciencia para emitir juicios, incluso en contra de leyes que consideran injustas.
  • Espirituales: buscan un sentido, un propósito y una misión mayores que ellos mismos y que su propia vida.

Conclusión - Para transformar nuestro lenguaje violento en el lenguaje del Reino de Dios, debemos cambiar nuestra manera de pensar. Y para cambiar nuestra manera de pensar, debemos confrontar —y en muchos casos transformar— la cosmovisión en la que ésta se fundamenta.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 15 de marzo de 2026

Morir en Vida

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Muerte eterna

Al acercarnos al final de la Cuaresma, en el tercer domingo, en el episodio de la Samaritana, aprendemos que el pecado es como una sed: se sacia por momentos, pero siempre vuelve a aparecer. Esta es también la dinámica del vicio: un comportamiento repetitivo y obsesivo que roba la libertad. Jesús es el agua viva, el agua de la verdadera libertad que, una vez bebida, elimina para siempre esa sed.

En el cuarto domingo, en el episodio de la curación del ciego de nacimiento, comprendemos que el pecado es como la oscuridad, mientras que Jesús es la luz. Cristo es la luz del mundo, que ilumina el camino de la humanidad, la luz que conduce a la vida, la luz de la fe que nos permite ver la realidad como Dios la ve.

En el quinto domingo, con el episodio de la resurrección de Lázaro, entendemos que el pecado es como una muerte interior, y Jesús es la resurrección. La muerte parece tener un carácter de fin absoluto, que condiciona todo lo demás. Pero para Jesús, que deliberadamente retrasó su llegada a Betania, la muerte no es un fin, sino un medio para algo mayor: la manifestación de la gloria de Dios.

En Romanos 6, 23, San Pablo afirma: «El salario del pecado es la muerte». Sin embargo, Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ezequiel 18, 23). De hecho, como decía San Ireneo: Gloria Dei homo vivens – la mayor gloria de Dios es el hombre plenamente vivo.

Dios quiere que tengamos vida, y vida en abundancia. La vida plena del ser humano es lo que más alegra el corazón de Dios. Lo que más le entristece es que permitamos que la muerte reine en nosotros – ya sea en la dimensión física, psicológica o espiritual.

Muerte temporal
Tenemos grabado en el imaginario que la muerte ocurre únicamente al final de la vida. Pero eso no es cierto. La muerte forma parte de la propia vida y ocurre a diario, en múltiples niveles: físico, psicológico y espiritual. La muerte existe en función de la vida: no es su fin, sino un medio. El fin es siempre la vida.

Nacer, crecer, reproducirse y morir: esta es la regla por la que se rige todo ser vivo. Un organismo adulto está formado por trillones de células, cada una de ellas un ser vivo autónomo. Todas provienen de una única célula madre, fruto de la unión del espermatozoide y el óvulo. La ameba, habitante de aguas estancadas, es un ser vivo unicelular.

Así, cada célula de nuestro cuerpo nace, crece, se reproduce y muere. Este ciclo celular explica el crecimiento físico. Cada siete años, tenemos un cuerpo biológicamente renovado, formado por células nuevas – completamente diferentes de las de siete años antes. A lo largo de la vida, podemos decir que “encarnamos” entre doce cuerpos distintos. Así como la serpiente muda de piel para poder crecer, nosotros también pasamos por sucesivos “cambios de cuerpo” para vivir y madurar.

Lo que es verdad en el plano físico también lo es en los planos psicológico y espiritual. En estos niveles, crecer y vivir exige morir: abandonar hábitos, personas, situaciones, actitudes, ideas.

Las únicas células que se niegan a morir y se multiplican de forma desordenada son las cancerígenas. También nosotros nos volvemos “cancerígenos” psicológica y espiritualmente cuando nos aferramos de forma enfermiza a algo o a alguien que no es Dios.

Bautismo = Pascua = Muerte = Paso
«Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Romanos 6, 4).

El antiguo ritual del bautismo, aún practicado por algunas iglesias, consistía en la inmersión total del catecúmeno en el agua: se descendía por un lado y se ascendía por otro. Este gesto simbólico reproduce la Pascua de Cristo: el paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del hombre viejo al hombre nuevo – a imagen y semejanza de Cristo, arquetipo del hombre renovado.

Este paso, esta muerte interior, es una condición esencial para seguir a Jesús:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lucas 9, 23).

En la Pascua, hay quienes destacan el sufrimiento de la pasión y quienes prefieren exaltar la alegría de la resurrección. Sin embargo, la Pascua es un todo indivisible, como una moneda con dos caras. No hay alegría pascual sin la mortificación cuaresmal. Y, como en la guerra, la alegría de la victoria es proporcional a la dureza de la batalla: cuanto mayor sea la mortificación en Cuaresma, más intensa será la alegría de la Pascua.

Las pascuas de la vida
«Revístanse del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4, 24).

Durante mis años de estudio en Teología, tuve un compañero que, cada Cuaresma, dejaba de fumar. Sin embargo, el Domingo de Pascua volvía a retomar el vicio. En cambio, mi padre dejó de fumar en la Cuaresma de sus 22 años... y nunca más volvió a hacerlo.

Estamos llamados a morir en vida. Si en cada Cuaresma de nuestra existencia morimos a un vicio, a una actitud negativa, a un pecado, poco a poco alcanzaremos la santidad antes de la muerte final – que no es más que el paso a la vida eterna. Tal como San Pablo, podremos decir:

«Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 20).

Muramos, pues, al pecado, para que podamos vivir ya – aquí y ahora – una vida nueva con Dios y para Dios.

Conclusión - En cada momento, en nuestro cuerpo, hay células que mueren y son sustituidas por otras. La muerte es conditio sine qua non del crecimiento físico, de la madurez psicológica y de la plenitud espiritual. Aprender a morir es, en definitiva, el secreto de aprender a vivir.

martes, 10 de marzo de 2026

CNV - El Lenguaje de la Paz

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«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10)

“Año nuevo, vida nueva”. Haciendo honor a este proverbio, he decidido escribir este año sobre una nueva forma de vivir que quiero ir adoptando progresivamente en la medida en que la voy investigando y escribiendo sobre ella. No me cuesta admitir que esta es, probablemente, la razón principal por la que he elegido este tema para el blog de 2018.

Investigo y escribo sobre ello, en primer lugar, para convencerme a mí mismo de que hasta ahora he vivido de un modo equivocado, y de que este año será para mí un noviciado en esta forma alternativa de vida. Si, al compartir estas reflexiones, alguien más llega a la misma conclusión que yo, tanto mejor. Como decía Mahatma Gandhi: «Si no encarnamos o no nos convertimos en el cambio que queremos ver en el mundo, nunca habrá cambio en el mundo».

El tema se llama CNV (Comunicación No Violenta), más conocida en inglés como NVC (Nonviolent Communication). Descubrí esta metodología en un curso bíblico que realicé en Jerusalén, y pronto me di cuenta del enorme potencial que encierra para transformar la vida de las personas, de la sociedad y del mundo.

Según su fundador, Marshall Rosenberg, la CNV no es solamente una forma de comunicarse ni se refiere únicamente a la ausencia de violencia. Es más que una técnica o teoría: es toda una filosofía de vida, una nueva lengua sustentada en una cosmovisión distinta, en una manera renovada de ver, pensar y sentir la existencia y todo lo que la rodea.

Rosenberg, judío estadounidense y psicólogo clínico, al iniciar su carrera como psicoterapeuta pronto percibió que ni el psicoanálisis ni el diagnóstico de la ira o de otros problemas psicológicos generaban los cambios profundos que él y sus pacientes deseaban. Descubrió que el problema era más sistémico que individual y que, por lo tanto, la solución también debía serlo.

La Comunicación No Violenta se propone como una alternativa al modo habitual de comunicarnos, como una lengua nueva para afrontar la violencia individual y social y contribuir a crear una civilización distinta, un mundo nuevo: lo que, en términos cristianos, llamaríamos el Reino de Dios. Y es que la lengua que hemos heredado y usado desde los inicios de la humanidad es violenta, no porque lo seamos por naturaleza, sino por educación. Hemos nacido, crecido y sido formados en una sociedad cuyos cimientos culturales y estructurales están impregnados de violencia.

El éxito del uso de la CNV en la psicoterapia llevó a Rosenberg a extenderla a través de talleres y encuentros, llegando a miles de personas en todo el mundo, especialmente en contextos de conflicto. Los resultados han sido sorprendentes. Quienes entran en contacto con este modo de comunicar reconocen que han vivido en el error y descubren, con esperanza, la posibilidad de una vida más plena, auténtica y feliz.

Cómo estamos llamados a vivir
«Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Sopórtense mutuamente y perdónense, si alguno tiene queja contra otro. El Señor los perdonó: hagan ustedes lo mismo» (Colosenses 3, 12-13).

Rosenberg, al comprender que se enfrentaba a un problema global, se planteó una pregunta fundamental: ¿Cómo estamos llamados a vivir? Como esa pregunta no podía responderse únicamente desde la psicología, acudió a las religiones. En todas ellas encontró un concepto central: la compasión. Estamos llamados a vivir con compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás.

En la tradición judeocristiana, la compasión de Dios hacia su pueblo es incondicional (Isaías 54, 10). Para Jesús, la compasión era un sentimiento natural que lo movía constantemente hacia las personas con las que se encontraba: tuvo compasión de las multitudes que vagaban como ovejas sin pastor (Mateo 9, 35-38); se conmovió ante los dos ciegos a la orilla del camino, privados de participar plenamente en la vida (Mateo 20, 29-34).

La CNV nos ofrece herramientas para pensar, escuchar y hablar de manera que despierte la compasión y la generosidad que ya habitan en nosotros. Nos ayuda a interactuar de forma más auténtica, solidaria y vital. Pero el modo de pensar y de vivir que nos propone es radicalmente distinto del que hemos aprendido a lo largo de siglos de cultura y educación.

Cómo hemos vivido
Lejos de comunicarnos compasivamente con nosotros mismos y con los demás, solemos usar sin darnos cuenta una lengua ofensiva y violenta, que hiere y alimenta conflictos. La mayor parte de nuestras expresiones se apoyan en una lengua estática, centrada en el abuso del verbo “ser”, que utilizamos para juzgar, clasificar, diagnosticar y etiquetar a los demás. Tenemos el hábito de señalar defectos, de decir a los otros qué problema tienen y cómo deberían comportarse.

Nuestra lengua, desde tiempos remotos, ha fomentado conflictos internos y externos, guerras frías o abiertas, agresividad pasiva o explosiva. Vivimos en un mundo de dominadores y dominados, explotadores y explotados, y ni unos ni otros son felices. Quien promueve la guerra no vive en paz, pero tampoco quien la sufre; como dice el refrán: «Quien va a la guerra, da y recibe».

Fuimos educados en estructuras de poder en las que algunos se creen superiores y se arrogan el derecho de definir lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto. Los que obedecen sus reglas son considerados “buenos”, y los que se rebelan son “malos”. La justicia que se deriva de esta cosmovisión es retributiva: premios para los obedientes y castigos para los desobedientes. La CNV pone al descubierto la falacia de este modo de pensar, de hablar y de vivir.

Una lengua que etiqueta y condena
Son pocas las veces en que describimos lo que vemos sin juzgarlo. Nuestra cultura abusa del verbo “ser”: nos hemos acostumbrado a encasillar todo y a todos. Si alguien mató a un perro, lo llamamos “mata-perros”; si alguien miente, lo etiquetamos para siempre como “mentiroso”. Y así sucesivamente: egoísta, perezoso, cruel, orgulloso…

Este uso nos ata a una identidad fija, nos impide crecer y cambiar. Poco a poco, los ojos se nos nublan con los prejuicios, hasta que solo vemos lo que queremos ver y solo escuchamos lo que queremos escuchar.

Una lengua que niega la libertad y la responsabilidad
Frases como «Tengo que hacerlo» o «Es mi deber» nos convierten en esclavos de un deber impuesto, anulando nuestra capacidad de elección. Y cuando no elegimos, tampoco nos sentimos responsables de lo que hacemos.

Fue esta mentalidad la que permitió a muchos justificarse en los juicios tras el Holocausto: «Solo cumplía órdenes». Hoy repetimos la misma lógica al decir: «Son órdenes superiores, es la ley, es la política de la empresa».

Una lengua que intimida con castigos o seduce con premios
Cuando alguien actúa por miedo al castigo o por la expectativa de un premio, no lo hace desde la libertad ni desde la compasión. El resultado puede ser eficaz en apariencia, pero siempre deja un alto coste humano. La violencia engendra violencia. Y tanto el que obedece como el que ordena quedan empobrecidos, pues la relación se convierte en desigual y coercitiva.

El verdadero motor de la acción humana no debería ser ni el miedo ni la recompensa, sino la alegría de contribuir libremente al bien de los demás. Como dice otro proverbio: «Quien corre por gusto, no se cansa».

Vivir compasivamente
Lengua e inteligencia evolucionan unidas en la historia de la humanidad. No hay inteligencia sin lenguaje, ni lenguaje sin inteligencia. El niño aprende a hablar y, al mismo tiempo, es educado. Así también, si queremos cambiar de vida, necesitamos adoptar una lengua nueva que la sostenga.

La Comunicación No Violenta nos invita a aprender y practicar un nuevo modo de hablar y de pensar, que nos conduzca a una auténtica conversión (metanoia): un cambio de mentalidad que, a su vez, genera una transformación de vida.

Rosenberg descubrió que, más que analizar los problemas o interpretarlos, bastaba con enseñar a las personas a hablar y escuchar de manera distinta. Quienes aprendían esta nueva lengua experimentaban cambios profundos, resolviendo sus conflictos sin necesidad de largas terapias.

En el fondo de toda acción humana están las necesidades universales que todos compartimos. Reconocerlas y expresarlas puede ser el camino hacia una mayor conexión, cooperación y paz.

Conclusión - La Comunicación No Violenta no es solo una técnica de diálogo, sino un modo de vida que transforma nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. En clave cristiana, abre un camino hacia el Reino de Dios en la tierra: una civilización fundada en la compasión, la justicia y la paz.

P. Jorge Amaro, IMC


jueves, 5 de marzo de 2026

Fátima: Teologia del Mensaje

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El centro del mensaje de Fátima es el misterio de la Santísima Trinidad. Como aparece en una oración enseñada por el Ángel y otra por Nuestra Señora, podemos afirmar que las apariciones de Fátima comienzan y terminan con este misterio.

Sin embargo, Lucía le dijo al entonces cardenal Ratzinger que el objetivo “práctico” de todas las apariciones era hacer crecer al Pueblo de Dios en las virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad, que están presentes desde la primera oración enseñada por el Ángel: "Dios mío, creo, adoro, espero y os amo..."

En mi opinión, al contrario que algunos teólogos, Guadalupe, Lourdes y Fátima son teofanías y no meras mariofanías. Cuando los pastorcillos preguntaron de dónde era la Señora, ella respondió que era del Cielo. Por tanto, fue el Cielo quien se manifestó por medio de ella y el mensaje que vino a comunicar no era suyo, sino del Cielo, es decir, de Dios.

Las revelaciones de Dios tienen lugar en diferentes tiempos, lugares y por medio de distintas personas. La teofanía de Fátima es algo más compleja que otras, ya que se manifiesta en distintos momentos, lugares y personas. Así podemos distinguir tres ciclos diferentes en las apariciones de Fátima:

Ciclo angélico: apariciones del ángel en 1916
Excluimos las experiencias de Lucía y sus amigas en 1915 por ser difusas y poco concluyentes. Aun así, estas experiencias prepararon a Lucía para las apariciones del ángel al año siguiente, esta vez junto a sus primos. En línea con el papel de los ángeles en la Biblia, este ángel es un mensajero, como lo fue el Arcángel Gabriel al anunciar a María que sería madre del Verbo encarnado. El ángel anunció a los niños:

"Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras súplicas (...) Tienen sobre vosotros designios de misericordia". En Fátima, el ángel va más allá del simple papel de mensajero y prepara a los niños para las verdaderas apariciones: las de Nuestra Señora. Como Juan Bautista fue precursor del Mesías, el ángel prepara a los niños para el encuentro con lo sobrenatural.

Quizá por eso las apariciones del ángel fueron de distinta naturaleza: los niños afirmaban que los tres encuentros con el ángel fueron extenuantes; se sentían sin energías, casi fuera de sí. Por el contrario, los encuentros con la Virgen los dejaban radiantes, confortados y llenos de energía.

Un detalle que puede causar dudas: en las representaciones artísticas los ángeles siempre aparecen con alas. Sin embargo, el ángel de Fátima, según los pastorcillos, no tenía alas. Y tienen razón: en la Biblia los ángeles no tienen alas; quienes las tienen son los Querubines y Serafines que custodian el Arca de la Alianza.

Ciclo mariano: apariciones de Nuestra Señora en 1917
El centro del mensaje de Fátima son las apariciones marianas de mayo a octubre de 1917. Las del ángel fueron una preparación, y las posteriores una ayuda para su comprensión. En estas apariciones se revela un núcleo doctrinal amplio, completo, que hace de Fátima la más doctrinal, profética, social y política de todas las apariciones, ya que inspiró medidas concretas en el siglo XX.

Ciclo del Corazón de María: apariciones en Pontevedra (1925-1926) y Tuy (1929)
Años más tarde, cuando Lucía aún sufría la soledad tras la muerte de sus primos, la Virgen la favoreció con estas apariciones, como ya había hecho con Jacinta en su lecho de muerte. Cumplía así la promesa de nunca abandonarla y de darle fuerza y luz para interpretar la misión.

Estas visiones fueron para Lucía lo que la transfiguración fue para Jesús y los apóstoles: una confirmación en su camino, tanto en la interpretación del mensaje como en la vocación que le tocó vivir. Sirvieron también para esclarecer aspectos de la devoción de los cinco primeros sábados.

Dimensiones del mensaje de Fátima
Por su amplitud doctrinal, muchos teólogos consideran que Fátima es toda una "Suma Teológica". Abarca todos los temas esenciales de nuestra fe y ofrece pautas prácticas para vivirlos, tanto a nivel individual como litúrgico.

Dimensión sacrificial – El sacrificio eucarístico como ofrenda de uno mismo: "¿Queréis ofreceros...?" En la primera aparición mariana, los pastorcillos pidieron ir al Cielo, como Santiago y Juan pidieron sentarse junto a Jesús en su Reino. Pero antes, debían beber su mismo cáliz (Mc 10,35-45).

Cristo entregó su vida; el cristiano debe amar como Él, dando la vida por los demás (Jn 13,34-35).

Dimensión escatológica – Advertencia evangélica: "Si no os convertís, todos pereceréis" (Lc 13,3). Trata de las desgracias causadas por el pecado, de la conversión de los pecadores y de la visión del infierno, como llamada a evitarlo.

Dimensión misionera – La misión atraviesa todo el mensaje: oración, sacrificios, Rosario, consagración, primeros sábados... Todo es para la conversión de los pecadores, no para la santificación personal. Es una espiritualidad altruista.

A diferencia de muchos católicos preocupados sólo por su propia salvación, los pastorcillos ya tenían asegurado el Cielo y se entregaron para que otros también lo alcanzaran. Francisco se destacó por su apostolado de oración; Jacinta por su espíritu de sacrificio.

Dimensión mariana – Devoción al Inmaculado Corazón de María, el Rosario como contemplación de Cristo con María. La Virgen se presenta como "Señora del Rosario".

Dimensión eclesial – Oración solidaria de toda la Iglesia por la paz y la conversión del mundo.

Dimensión petrina – Fátima comienza con un llamamiento del Papa y siempre ha implicado al Papado. Incluso Juan Pablo II, su gran protagonista, al principio fue reticente.

Dimensión profética – Fátima movilizó a millones como un "ejército azul de María" frente al "ejército rojo de Rusia". Hoy el ateísmo militante persiste en otros grupos que influyen contra la Iglesia. Fátima sigue llamando a ser militantes del Evangelio, como miembros activos de la Iglesia.

Dimensión pedagógico-religiosa – Enseñanza de oraciones, devociones prácticas, reparación y consuelo al Corazón de Jesús y María.

Encarnar el mensaje de Fátima
Significa poner en práctica lo que María pidió y los pastorcillos cumplieron generosamente. Nos toca hacer lo mismo si amamos a María y queremos colaborar en la redención del mundo.

Dejar de ofender a Jesús – Fue lo primero que hicieron los pastorcillos: ganaron conciencia de sus actos, reconociendo incluso los pecados más pequeños.

Rezar el Rosario a diario – Con María contemplamos los misterios de la Redención. Nadie mejor que ella para introducirnos en la vida y enseñanza de su Hijo.

Ofrecer sacrificios – Es vivir la Eucaristía en la vida. Al final de la Misa latina, el sacerdote dice: "Ite missa est". Significa que la Misa termina, pero comienza la Misión. Vivimos la Eucaristía para ser Eucaristía: ofrecer nuestra vida por los demás, como Jesús.

Devoción al Inmaculado Corazón de María – La oración actúa como espejo que purifica nuestra imagen de Dios y de nosotros mismos. Esta devoción purifica el corazón, haciéndolo semejante al de María. ¡Dichosos los limpios de corazón!

Práctica de los cinco primeros sábados – Como ejercicios espirituales, sirven para reavivar una fe adormecida.

Uso del escapulario – Aunque ha perdido popularidad, su valor sigue vigente. No es un talismán, sino un recordatorio constante de que estamos llamados a revestirnos de Cristo (Ef 4,22-24).

Conclusión
"Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que este poder extraordinario proviene de Dios y no de nosotros" (2 Corintios 4,7).

Al final de esta larga reflexión sobre el acontecimiento de Fátima, su significado y mensaje, me doy cuenta de la riqueza, profundidad doctrinal, profética, social y política que encierra. Cuesta creer que se haya confiado a tres niños incultos, y que, a pesar de todo, hayan sabido vivirla, anunciarla y custodiarla, a pesar de la incredulidad de sus familias, de la Iglesia y de los poderes políticos.

Quiero terminar esta reflexión como la comencé: El misterio escondido a los sabios y entendidos fue revelado a los sencillos, y aceptado por los verdaderamente sabios, los que tienen la mente abierta y reconocen que solo saben que nada saben (Mt 11,25).

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 1 de marzo de 2026

Una Prueba a tu cristianismo

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«Examinaos a vosotros mismos para ver si estáis en la fe; poneos a prueba.
» — 2 Corintios 13,5

Para todos los que nacimos en el seno de una familia cristiana y que nos consideramos cristianos —practicantes o no— es saludable hacer una revisión de nuestra fe. Al igual que un coche necesita revisiones periódicas para funcionar bien, también nuestra vida espiritual requiere análisis regulares. La rutina cotidiana tiende a adormecernos y a dejarnos tan inconscientes que acabamos por no saber lo que hacemos, ni, sobre todo, por qué lo hacemos.

“María va con las otras” — la presión social tiende a uniformar los comportamientos. Viviendo en países tradicionalmente cristianos, es fácil caer en el automatismo de actuar y pensar como los demás. Lo llaman “opinión pública”, que conduce a una práctica igualmente estandarizada. Este comportamiento de rebaño puede, en realidad, ser más anticristiano que cristiano.

Necesitamos detenernos y discernir si somos cristianos genuinos, cuestionando nuestra fe, nuestras acciones y, principalmente, nuestras motivaciones. San Pablo, en la segunda carta a los Corintios, recomienda justamente esa autoevaluación. No debemos dar por sentado nuestro cristianismo; para progresar en la fe y en la práctica cristiana, hemos de examinarnos y confrontarnos. Como decía Sócrates: "Una vida sin examen no merece ser vivida".

¿Alguna vez has sufrido por Cristo?
«Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros, me odió a mí.» Juan 15,18-20

El mundo —es decir, la sociedad que nos rodea— no es cristiano. Es más, cada vez se aleja más de los valores del Evangelio, volviéndose pagano y materialista. Quien se esfuerza por vivir según el Evangelio encontrará, tarde o temprano, oposición.

Si nunca has tenido ningún disgusto o resistencia a causa de tu fe, solo hay dos posibilidades: o bien la sociedad es perfectamente cristiana (lo cual, como sabemos, no es cierto), o tú no lo eres en realidad y te camuflas en el mundo como un camaleón en su hábitat.

Cristo dijo que debemos ser sal de la Tierra —la sal que impide la corrupción, pero que, al ponerse en una herida, hace daño. El cristiano que es verdaderamente sal inevitablemente causará incomodidad y, por ello, sufrirá. El cristiano también es luz que denuncia las tinieblas y sus tramas ocultas; y quien vive en las tinieblas intenta apagar cualquier luz que se encienda.

En los primeros cinco siglos del Cristianismo, ser cristiano y ser mártir eran casi sinónimos. Hoy, ¿cuántas injusticias, mentiras y corrupciones presenciamos en silencio? Cristo no fue crucificado solo por anunciar el Reino de Dios, sino por denunciar las hipocresías e injusticias de su tiempo.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia... bienaventurados los pacificadores... bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia...

La mitad de las bienaventuranzas apuntan a la tensión y al sufrimiento provocados por la fidelidad al Evangelio. El cristiano no es alguien que asiste pasivamente a las injusticias, sino quien las denuncia; no es un "alma de paz", sino un pacificador, alguien que entra en los conflictos y promueve la reconciliación —y eso, muchas veces, tiene un coste.

¿Qué has dejado tú para seguir a Cristo?
«Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué recibiremos, pues?” (...) “Todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mi causa, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.”» — Mateo 19,27-29

Cuando Jesús llamó a sus discípulos, lo dejaron todo: barcas, redes e incluso la familia. El joven rico, a pesar de cumplir todos los requisitos, rechazó la llamada de Jesús porque estaba demasiado apegado a sus posesiones.

Hoy, todos nos decimos discípulos de Cristo. Pero solo es discípulo quien, de hecho, ha dejado algo para seguirle. Si mi fe nunca me ha llevado a abandonar nada —hábitos, ambiciones, comportamientos o relaciones incompatibles con el Evangelio— entonces no soy verdaderamente discípulo. Nadie nace discípulo: uno se hace discípulo mediante decisiones concretas y renuncias reales.

Queremos “el sol en la era y la lluvia en el sembrado”. Intentamos conciliar lo inconciliable: deseamos seguir a Cristo, pero también todo lo que el mundo ofrece. Es el sincretismo del corazón dividido.

¿A quién haces la voluntad?
«Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, porque tú lo dices, echaré las redes.» Lucas 5,5

«El que recibe mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama.» — Juan 14,21

«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino solo el que hace la voluntad de mi Padre.» — Mateo 7,21

Existe una diferencia entre lo que nos apetece hacer y lo que debemos hacer. Nuestra naturaleza, inclinada al egoísmo, prefiere el camino más fácil, pero la voluntad de Dios no siempre es cómoda —aunque, al final, siempre es liberadora. Hay alegría y paz en seguir la voluntad divina, incluso cuando nos cuesta. La tristeza llega cuando, cediendo a nuestros caprichos, nos alejamos de ella.

«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió.»
—dijo Jesús (Juan 4,34).

También nosotros fuimos creados para realizar un plan de Dios. Nuestra misión, nuestros dones y el verdadero sentido de la vida se encuentran en ese designio —y no en un proyecto hecho a nuestra medida.

“El Señor ha hecho maravillas en mí”
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»Marcos 8,29

Cristiano no es quien sabe mucho sobre Cristo, sino quien le ha conocido y experimentado como Salvador. El verdadero cristiano puede cantar, como María, el Magnificat, porque reconoce las maravillas que Dios ha hecho en su vida. Es alguien que responde con el corazón a la pregunta de Jesús: “Y tú, ¿quién dices que soy yo?”

Pilato llamó a Jesús “Rey de los Judíos”, pero solo porque lo oyó decir. Muchos hoy también “oyen decir” cosas sobre Cristo, pero nunca le han conocido de verdad. No le experimentan, no le aman, no le siguen. Saben algo de doctrina, pero no la viven —y por eso abandonan fácilmente la fe, la catequesis, la Iglesia. Y lo que es más grave: no transmiten a Cristo a sus hijos.

Psicoanálisis del católico practicante
«Tened cuidado de no practicar vuestras buenas obras delante de los hombres, para ser vistos por ellos.»Mateo 6,1

Jesús fue duro con los fariseos: rezaban, ayunaban y daban limosna —pero para ser vistos. Hacían buenas obras con malas intenciones. Por eso, ya recibieron su recompensa: la aprobación humana. Pero no tendrán recompensa junto al Padre.

Hoy, ese fariseísmo sigue presente en nuestras parroquias: personas que hacen las cosas para aparentar; ministros que solo quieren servir donde hay visibilidad; líderes que no sueltan cargos por apego al poder; sacerdotes que confunden la misión con su vanidad personal.

El síndrome del “déjà vu” — Al igual que quienes abusan de los antibióticos se vuelven resistentes a sus efectos, también quienes frecuentan excesivamente la Iglesia sin verdadera conversión corren el riesgo de volverse inmunes al Evangelio. Ya han escuchado tanto que ya no oyen nada. Y así, el remedio ya no cura, la Palabra ya no salva. Porque no hay otra Palabra con poder de vida eterna.

Conclusión - Si te dices cristiano, pero nunca has sufrido a causa del Evangelio, o bien el mundo es cristiano (lo cual no es cierto), o entonces tú no lo eres. El cristianismo no es una etiqueta, sino un camino que exige verdad, entrega y transformación.

P. Jorge Amaro, IMC

miércoles, 25 de febrero de 2026

Fátima: "Rezad el rosário todos los días"

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En Portugal se llama "terço" a lo que en otros países se conoce como "rosario". Lo que realmente rezábamos era un tercio del Rosario completo, que consta de tres partes, sumando un total de 150 Avemarías. Curiosamente, también son 150 los salmos del libro homónimo del Antiguo Testamento, perteneciente a la literatura sapiencial.

De ahí que se solía decir que el Rosario completo era el breviario del pueblo o de los laicos que, a diferencia de los clérigos y religiosos, no podían rezar la salmodia.

El Rosario completo constaba, por tanto, de tres partes o tercios, en los que se meditaban sucesivamente los Misterios Gozosos —referentes al nacimiento e infancia de Jesús—, los Misterios Dolorosos —que abarcan su Pasión y Muerte— y los Misterios Gloriosos —que contemplan su Resurrección y Ascensión al Cielo.

Durante siglos, la Iglesia no reparó en que el Rosario quedaba incompleto si solo incluía la Encarnación, la Pasión y la Resurrección. Faltaba un aspecto esencial: la vida pública de Jesús, en la que, a través de su predicación, sus gestos y su estilo de vida, nos presenta al hombre nuevo, el camino, la verdad y la vida para toda la humanidad.

Fue el Papa san Juan Pablo II quien, en 2002, mediante la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, incorporó los Misterios Luminosos al Rosario, rompiendo así con la antigua estructura de tres tercios. Desde entonces, el Rosario completo comprende cuatro series de misterios, con 200 Avemarías en total.

De acuerdo con esta nueva realidad, lo que antes llamábamos “Terço” deberíamos llamar ahora “Cuarto”, pues son ya cuatro los bloques de misterios. Sin embargo, dado que no vamos a rebautizarlo, lo más sensato sería abandonar esa palabra y utilizar, como en el resto del mundo cristiano, el término “Rosario”.

Composición del Rosario
Se llama “Rosario” porque las 150 (hoy 200) Avemarías, agrupadas en decenas y entrelazadas con el Padrenuestro, el Gloria y la meditación de los misterios de la vida de Jesús y nuestra redención, forman una “corona de rosas” ofrecida a María, Madre del Señor y Madre nuestra.

Los veinte misterios del Rosario se reparten en cuatro grupos de cinco:

Misterios Gozosos: contemplamos el inicio de la redención, desde la Anunciación a María y la Encarnación del Hijo de Dios, hasta la adolescencia de Jesús.

Misterios Luminosos: meditamos los momentos más significativos de la vida pública de Jesús, desde su bautismo en el Jordán hasta la institución de la Eucaristía como memorial de su pasión. Es en esta etapa donde Jesús se revela como Luz del Mundo (Jn 8, 12).

Misterios Dolorosos: contemplamos la Pasión y Muerte de Jesús, desde su agonía en Getsemaní hasta su último suspiro en la cruz. Jesús murió “por nuestros pecados”, lo que significa que pagó una deuda que nosotros no podíamos saldar. Pero también implica que los pecados que llevaron a su muerte siguen cometiéndose hoy, y por tanto, su muerte es consecuencia del pecado de toda la humanidad.

Misterios Gloriosos: celebramos el triunfo de Jesús sobre la muerte con su Resurrección. Desde entonces, la muerte ya no es el destino final del ser humano, sino un tránsito hacia la vida eterna. La historia de Jesús, que comenzó con el “sí” de María, concluye con la glorificación de quien es modelo de vida cristiana para todos nosotros.

El Padrenuestro - El Padrenuestro, que introduce cada misterio, es mucho más que una simple oración enseñada por Jesús. Resume lo esencial del Evangelio; podríamos decir que es un verdadero “evangelio de bolsillo”.

Compuesto por varias peticiones sin conexión aparente entre ellas, puede entenderse como una lista —como las que hacemos para no olvidar nada—, que organiza el modo en que nos dirigimos a Dios, lo alabamos y presentamos nuestras súplicas. Más que una oración en sí, es un auténtico manual práctico de oración y de vida.
El Avemaría

El Avemaría - se divide en dos partes. La primera es bíblica y recoge las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel; la segunda surge de la fe viva de la Iglesia, aunque no se sabe con certeza cuándo ni dónde comenzó a utilizarse. Por eso, el Avemaría representa la unión perfecta entre la Palabra de Dios (la Escritura) y la tradición viva de la Iglesia.

La primera parte, de carácter ascendente, nos eleva hasta Jesús en cinco peldaños. La segunda, descendente, nos lleva desde Él hasta nuestra realidad humana, hasta el momento de la muerte.

Esta oración no puede ser comprendida por quienes defienden los principios de sola fide, sola scriptura, solus Christus, porque en ella confluyen armoniosamente la Escritura y la Tradición, unidas por Jesús, Alfa y Omega, centro de la historia.

El Gloria al Padre - Es la invocación al Dios Uno y Trino: un solo Dios en tres personas unidas en un triángulo de amor. Resuelve así el dilema de la filosofía griega entre la unidad y la multiplicidad. Esta oración nos recuerda también que, creados a imagen y semejanza de Dios, los seres humanos no existen ni subsisten fuera de la comunión, fuera de la familia.

Origen e historia del Rosario
Las cuentas del Rosario, como instrumento de oración, tienen su origen en la India, en el siglo III a.C. En el cristianismo, los Padres del Desierto del siglo III y IV comenzaron a usar instrumentos similares para contar las oraciones, especialmente el Padrenuestro.

En la Antigüedad, griegos y romanos coronaban con rosas las estatuas de sus dioses como signo de amor y veneración. Inspiradas quizá por esa tradición, algunas mujeres cristianas que eran llevadas al martirio lucían coronas de rosas, símbolo de alegría y entrega. Tras su muerte, los cristianos recogían esas coronas y rezaban una oración por cada rosa, en memoria de los mártires.

Lucía y Jacinta, las videntes de Fátima, gustaban de adornarse con flores en el cabello. En el día de las apariciones, vestían sus mejores ropas, como si fueran a misa, y las niñas solían colocarse flores, especialmente Jacinta, que fue fotografiada con una corona de rosas durante las apariciones.

El Rosario como oración estructurada surge en torno al año 800, en el ámbito monástico, como el “salterio de los laicos”. No obstante, fue en 1214 cuando la tradición afirma que la Virgen María lo entregó a santo Domingo de Guzmán como arma espiritual contra los enemigos de la fe.

El Rosario adquirió enorme fuerza tras la victoria cristiana en la batalla de Lepanto (1571) contra los turcos. El Papa san Pío V pidió que se rezara el Rosario para sostener la flota cristiana. Tras la victoria, instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, el 7 de octubre, luego rebautizada como Nuestra Señora del Rosario.

Las apariciones marianas, en especial la de Fátima, donde María pidió rezar el Rosario todos los días, hicieron de esta oración una seña de identidad de los católicos, frente a ortodoxos y protestantes.

Cómo se reza el Rosario
Cada día de la semana se dedica a una serie de misterios: los Gozosos se rezan los lunes y sábados; los Dolorosos, los martes y viernes; los Gloriosos, los miércoles y domingos; y los Luminosos, los jueves.

Hay distintas formas de rezar el Rosario. La más habitual comienza con la señal de la cruz, seguida del Credo, un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria. Luego se enuncia el primer misterio, a veces acompañado de una breve meditación, y se reza una decena: un Padrenuestro seguido de diez Avemarías y un Gloria. Después de cada decena, se añaden jaculatorias diversas según el lugar o costumbre, y siempre la oración que la Virgen enseñó en Fátima:

 «Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.»

Al finalizar las cinco decenas, se rezan tres Avemarías por las intenciones del Santo Padre, como signo de comunión con toda la Iglesia, y se concluye con la Salve Regina, precedida o no por la Letanía Lauretana, según el tiempo disponible.

La importancia del Rosario
El Rosario es una oración mariana y, al mismo tiempo, plenamente cristocéntrica. Invocamos a María como Madre de Dios y madre nuestra, y le pedimos que nos acompañe en nuestra oración al Padre (Padrenuestro) y a la Trinidad (Gloria), mientras contemplamos los misterios de la vida de su Hijo, en los cuales ella participa activamente.

En Fátima, como en otras apariciones, María no llama la atención sobre sí misma, sino que remite siempre a su Hijo. Su alegría no reside en que la alabemos a ella, sino en que alabemos a Jesús. Como dice el refrán: “Quien besa al hijo, endulza la boca de la madre.”

No se puede amar al Hijo sin amar también a la Madre. Todo amor dirigido a Jesús alcanza inevitablemente a María. Así lo entendió aquella mujer del Evangelio que exclamó: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!» (Lc 11, 27).

El Rosario no es una oración de acción de gracias, ni de súplica, ni siquiera de lamento, como algunos salmos. Es, ante todo, una oración de meditación y contemplación. Por eso se dice: “En este misterio contemplamos…”

Se cuenta que alguien confesó al Papa Juan XXIII que se distraía al rezar el Rosario, repitiendo las Avemarías casi mecánicamente. El Papa respondió: “¿Y para qué sirve el Rosario, si no es para distraernos…?”

Al ser una oración contemplativa, la repetición de las Avemarías cumple una función similar a los mantras en el budismo: ocupan la mente para evitar su dispersión, favoreciendo así la contemplación de los misterios divinos.

El Rosario y Fátima
En todas las apariciones de Fátima en 1917, así como en las posteriores a sor Lucía en Tuy y Pontevedra, la Virgen insistió en que se rezase el Rosario todos los días. ¿Por qué el Rosario? Porque es una oración accesible a todos, pequeños y grandes, sabios e ignorantes.

En aquella época, especialmente en las zonas rurales de Portugal, el Rosario era parte de la vida familiar: tras la cena, junto al fuego, el padre o la madre dirigían la oración, y nadie se iba a la cama sin haberlo terminado. “La familia que reza unida, permanece unida.” La televisión, como un caballo de Troya, trastornó esa armonía doméstica, y el Rosario fue reemplazado por las telenovelas. Quizás por ello, Portugal tiene una de las tasas de divorcio más altas del mundo: un 70%.

Los pastorcitos ya rezaban el Rosario, aunque con rapidez, repitiendo solo el principio de las Avemarías. Tras las apariciones, comenzaron a rezarlo como la Virgen deseaba. En especial Francisco, a quien María dijo que tenía que rezar muchos Rosarios para ir al Cielo.

Francisco hizo del Rosario su seña de identidad: llegaba a rezar hasta diez Rosarios al día. Incluso tras su exhumación, su padre lo reconoció porque, entre los restos, aún estaba intacto el Rosario que solía llevar.

Conclusión - El Rosario es una poderosa oración de contemplación. Las Avemarías repetitivas actúan como mantras, liberando la mente de distracciones y permitiendo fijar la atención en los misterios de Cristo. Meditemos o no, estemos distraídos o centrados, quien ama verdaderamente el Rosario y no pasa un día sin rezarlo es, ipso facto, una persona de oración.

P. Jorge Amaro, IMC

martes, 10 de febrero de 2026

Fátima: La oración como Misión

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La penitencia y la oración constituyen el núcleo de la espiritualidad y del mensaje de Fátima. El objetivo principal de la penitencia y de la oración que María pide a los pastorcitos no es el perfeccionamiento personal. Nuestra Señora no exhorta a los tres niños a hacer sacrificios y a rezar para alcanzar su propia santidad. 

Por eso, la espiritualidad de Fátima no es egocéntrica, es decir, no consiste en un conjunto de prácticas espirituales cuyo fin sea el beneficio o la perfección del que las realiza. No es, por tanto, comparable a la ascética de los monjes, cuya finalidad es la santificación personal, la experiencia mística o la visión beatífica.

Muy al contrario, tanto la penitencia como la oración que María pide a los pastorcitos tienen un fin muy concreto y específico: la conversión de los “pobres pecadores” y la reparación de los Corazones heridos de Jesús y de María. Es, por tanto, una espiritualidad altruista.

Es cierto que, mediante estas prácticas, los pastorcitos se santificaron; pero no las llevaron a cabo para santificarse, sino para contribuir al bien espiritual de los demás. No se ofrecieron para salvarse a sí mismos, sino para salvar a otros. En este sentido, tanto su oración como su penitencia eran una participación activa en la misión universal de la salvación.

Incluso cuando decidieron no volver a pecar, la razón principal de esa resolución no fue llegar a ser santos, sino no ofender más a Nuestro Señor. También en esto, el objetivo es altruista: no pecaban por amor a Dios. Nunca hicieron nada con la intención directa de alcanzar la santidad.

La oración de intercesión
“Abrahán se acercó y dijo: ‘¿Vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad; ¿los vas a destruir también? ¿No perdonarás a la ciudad por esos cincuenta justos?’ (…) ‘Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a toda la ciudad por ellos’”.   Génesis 18, 23-33

“Mientras Moisés mantenía las manos en alto, vencía Israel; pero cuando las bajaba, vencía Amalec”.
  Éxodo 17, 11

Los dos grandes patriarcas de nuestra fe, Abrahán y Moisés, experimentaron el valor y la eficacia de la oración de intercesión a Dios en favor del pueblo. Más tarde, esta misión de interceder por el bien del pueblo recaerá en los sacerdotes, descendientes de Aarón.

Durante la Edad Media, la sociedad cristiana estaba estructurada en estamentos, y cada uno tenía una función específica: los nobles defendían al clero y al pueblo, el clero intercedía ante Dios por todos, y el pueblo sostenía materialmente a los otros dos.

Hoy, sin embargo, la oración ya no es tarea exclusiva de una clase o grupo. Todos estamos llamados a rezar. La oración no es sólo un medio para expresar nuestro amor a Dios. De hecho, la oración expresa tanto el amor a Dios como el amor al prójimo, cuando rezamos por él. La oración puede ser nuestra respuesta a la pregunta de Dios: ¿Dónde está tu hermano? (cf. Génesis 4,9). A diferencia de Caín, debemos sentirnos guardianes de nuestro hermano, preocuparnos por él, desear su bien, actuar en su favor no sólo con obras, sino también en la oración, intercediendo por él ante Aquel que puede hacer mucho más que nosotros, especialmente donde nuestras fuerzas no alcanzan.

El Padrenuestro y el Avemaría, como la mayoría de las oraciones cristianas, nunca excluyen a los demás. Aunque las recemos en la intimidad de nuestra habitación y en lo más profundo de nuestro corazón, los otros están siempre presentes. Nos dirigimos a Dios en plural, como comunidad, y lo que pedimos nunca es sólo para nosotros, sino también para toda la Iglesia.

El capítulo 17 del Evangelio según San Juan nos presenta la llamada oración sacerdotal de Jesús: la más extensa de toda la Biblia. En la segunda y tercera parte de esta oración, Jesús pide por sus discípulos y por todos los creyentes. Un punto central de esta plegaria es la unidad de todos, base esencial de la oración de intercesión, pues todos somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

La comunión de los santos es una de las creencias más queridas del catolicismo. Consiste en la solidaridad que se establece entre todos los bautizados, estén aún en este mundo o ya en la eternidad, sea en el purgatorio o en la gloria de Dios. Es con base en esta comunión que el pueblo cristiano —y en especial el portugués— muestra una particular devoción al ofrecer oraciones y Misas por las almas más olvidadas del purgatorio: aquellas por las que nadie reza.

La providencia de la oración
Un día, había decidido no ir a cortarme el pelo. Sin embargo, comencé a oír insistentemente una voz interior que me impulsaba a ir. Me resistí, pero la voz se hizo cada vez más persistente, hasta volverse una obsesión. Finalmente accedí y fui. Al entrar, el barbero me sorprendió diciendo:
“¡Estaba ahora mismo rezando para que viniera hoy!”

 “La oración es el complemento más eficaz después de la medicina tradicional, superando la acupuntura, las hierbas, las vitaminas y otros remedios alternativos.”  — The Washington Post, 24 de marzo de 2006

Es difícil medir con precisión la eficacia de la oración. En las apariciones de Fátima, son muchas las intenciones que Lucía presenta a la Virgen, y Ella responde que algunas son atendidas y otras no. Pero ante esta realidad, sólo hay una certeza: es más probable que nuestras peticiones sean escuchadas si las formulamos que si no lo hacemos.

Sin embargo, tanto si se cumplen como si no, se cumple siempre la voluntad de Dios —una voluntad que hemos de aceptar incondicionalmente, porque Dios, como Padre, sabe mejor que nosotros lo que verdaderamente necesitamos. “Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen” — Mateo 5, 44

Incluso el enemigo deja de serlo cuando tenemos el valor de rezar por él, como el Evangelio nos manda. Es algo misterioso que todos podemos experimentar: en el momento en que conseguimos rezar por quien nos hace daño, desaparece el odio de nuestro corazón.

Francisco y Jacinta, reparadores de la humanidad
En el verano de 1916, mientras los tres niños jugaban en el huerto junto al Pozo del Arneiro, se les aparece el Ángel y les dice: "¿Qué hacéis? ¡Orad! ¡Orad mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros planes de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios."

Con el paso del tiempo, la Hermana Lucía interpreta estas palabras no como una reprimenda por estar jugando, sino como un llamado a algo supremamente importante: la oración. Este llamado sigue resonando en nuestros corazones, pues como cristianos a menudo nos perdemos en mil ocupaciones, como Marta en el Evangelio, y no elegimos lo más importante: detenernos, sentarnos a los pies de Jesús como María, y dirigirnos a Él, que es todo en todos.

Los pastorcitos respondieron fielmente al llamado del Ángel, y un año después también a las exhortaciones de la Virgen, rezando y ofreciendo sacrificios por la conversión de los pecadores. Asumieron esa tarea como una verdadera misión, encarnándola según sus características personales:

Jacinta, emotiva y sensible, sin descuidar la oración —especialmente la eucarística, al "Jesús escondido"— se inclinaba más por los sacrificios, movida por una profunda compasión por los pecadores. Quería salvar a cuantos pudiera.

Francisco, de naturaleza más contemplativa, sin dejar de ofrecer sacrificios como su hermana, se dedicaba más intensamente a la oración. Le conmovía la tristeza de Jesús y pasaba horas a solas con Él para consolarle.

Oración y sacrificio forman un binomio inseparable, como la teoría y la práctica. Rezar sin sacrificarse equivale al personaje del Evangelio que dice “Señor, Señor” pero no pone en práctica la Palabra (cf. Mateo 7, 21).

Por otro lado, el sacrificio sin oración no sería cristiano. Por eso, la Virgen enseñó a los niños una oración que debía acompañar cada sacrificio:

“Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.”

Usando una analogía: el sacrificio es el contenido de una carta, la oración es el sobre con la dirección escrita. Es ella quien dirige nuestra ofrenda a Dios, en intercesión por los pecadores.

Francisco, el consolador del Señor
Un día Lucía le preguntó:
– Francisco, ¿por qué no me pides que rece contigo y con Jacinta?
– Me gusta más rezar solo, para pensar y consolar a Nuestro Señor, que está tan triste.
Otro día, le preguntó:
– Francisco, ¿qué prefieres: consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores, para que no vayan al infierno?
– Preferiría consolar a Nuestro Señor. ¿No viste cómo Nuestra Señora se puso tan triste, incluso en la última aparición, cuando dijo que no se ofendiera más a Dios? ¡Está ya muy ofendido! Yo quiero consolarle, y luego convertir a los pecadores para que no le ofendan más.

Francisco reconoce la trascendencia de Dios y se alegra con Su presencia. Confiesa: “Lo que más me gustó fue ver a Nuestro Señor, en aquella luz que Nuestra Señora nos puso en el pecho. ¡Me gusta tanto Dios!” Siente que arde en esa luz que es Dios, y exclama: “¡Cómo es Dios! ¡No se puede explicar!”

Es esta unión con Dios la que le hace comprender el dolor que causan las ofensas humanas. Y brota de su alma esta respuesta enternecedora: “¡Si yo pudiera consolarle!”  (cf. Conferencia Episcopal Portuguesa, 2017)

Es quizá la parte más contemplativa del mensaje de Fátima. Francisco era verdaderamente un contemplativo. Se apartaba de los otros niños y pasaba las mañanas enteras ante el Santísimo en la iglesia de Fátima, mientras Jacinta y Lucía iban a la escuela. No lo hacía para sentirse bien en la presencia de Dios, sino para consolar al Jesús entristecido por los pecados del mundo.

Devoción al Inmaculado Corazón de María
“A Jacinta y a Francisco me los llevo en breve. Pero tú te quedas un poco más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.”  [A quienes la abracen, prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas, como flores puestas por Mí para adornar su trono.]

El mundo moderno, frío y tecnológico, es poco dado a los símbolos. Pero para comprender mejor lo que significan el Corazón de Jesús y el Corazón de María, nos puede ayudar adentrarnos en el mundo de la poesía. Todos conocemos la expresión “hablar con el corazón en la mano”, que denota angustia, aflicción, desvelo… Así se presentan el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María: afligidos por el estado del mundo.

En sentido bíblico —y también en Fátima— el “corazón” no es sólo el órgano que impulsa la sangre, sino símbolo del centro íntimo del ser humano, donde se funden los pensamientos, afectos y decisiones.

El Sagrado Corazón de Jesús, representado con el corazón en el pecho o en la mano, manifiesta gráficamente cuánto nos amó y sufrió por nosotros, hasta dar su vida. Esta devoción inspiró a la Iglesia desde las apariciones a Santa Margarita María en 1675. Y no está exenta de sentido bíblico, si recordamos que un soldado atravesó el costado de Cristo y nos mostró su corazón.

El Inmaculado Corazón de María, representado igualmente con el corazón visible, expresa el amor, la entrega y el dolor vivido por su Hijo, desde la Anunciación hasta la Cruz. En el Calvario, Jesús nos la entrega como Madre, iniciando así su pasión espiritual por nosotros.

La Virgen comunica a los niños que su Hijo desea establecer en el mundo esta devoción. Por eso Lucía permanece en vida más tiempo: para hacerla conocer y amar.

Esta imagen también tiene fundamento bíblico: el anciano Simeón profetiza a María que una espada le atravesará el alma (cf. Lucas 2,35).

 “Amor con amor se paga”. La devoción al Corazón de Jesús y al Corazón de María no se justifica porque Dios la necesite, sino porque nosotros la necesitamos. Sólo cuando nos abrimos a su amor, ese amor da fruto en nosotros. Y no es posible abrirse al amor de Dios sin corresponderle. Por eso, el proverbio cobra sentido: “Dios necesita nuestro amor para poder amarnos”.  “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14,23)

El Inmaculado Corazón de María es medianero de todas las gracias. Fue en ese Corazón, inmaculado desde la concepción, que Dios encontró el “sí” para realizar la encarnación de su Hijo. Si es medianera de la gracia primera —Cristo—, también lo es de todas las demás. Por eso Jacinta, ferviente devota del Inmaculado Corazón, exhorta a su prima Lucía:

 “Tú te quedas para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando llegue el momento, no te escondas. Díselo a todos: que Dios nos concede las gracias por medio del Corazón Inmaculado de María; que se las pidan a Ella; que el Corazón de Jesús quiere que, a su lado, se venere el Corazón Inmaculado de María; que pidan la paz a este Corazón, porque Dios se la ha confiado. ¡Si yo pudiera meter en el corazón de todo el fuego que tengo dentro, que me abrasa y me hace amar tanto al Corazón de Jesús y de María…!”

Conclusión - “La oración es el complemento más eficaz después de la medicina tradicional, superando la acupuntura, las hierbas, las vitaminas y otros remedios alternativos.”  — The Washington Post, 24 de marzo de 2006

P. Jorge Amaro, IMC