“Año nuevo, vida nueva”. Haciendo honor a este proverbio, he decidido escribir este año sobre una nueva forma de vivir que quiero ir adoptando progresivamente en la medida en que la voy investigando y escribiendo sobre ella. No me cuesta admitir que esta es, probablemente, la razón principal por la que he elegido este tema para el blog de 2018.
Investigo y escribo sobre ello, en primer lugar, para convencerme a mí mismo de que hasta ahora he vivido de un modo equivocado, y de que este año será para mí un noviciado en esta forma alternativa de vida. Si, al compartir estas reflexiones, alguien más llega a la misma conclusión que yo, tanto mejor. Como decía Mahatma Gandhi: «Si no encarnamos o no nos convertimos en el cambio que queremos ver en el mundo, nunca habrá cambio en el mundo».
El tema se llama CNV (Comunicación No Violenta), más conocida en inglés como NVC (Nonviolent Communication). Descubrí esta metodología en un curso bíblico que realicé en Jerusalén, y pronto me di cuenta del enorme potencial que encierra para transformar la vida de las personas, de la sociedad y del mundo.
Según su fundador, Marshall Rosenberg, la CNV no es solamente una forma de comunicarse ni se refiere únicamente a la ausencia de violencia. Es más que una técnica o teoría: es toda una filosofía de vida, una nueva lengua sustentada en una cosmovisión distinta, en una manera renovada de ver, pensar y sentir la existencia y todo lo que la rodea.
Rosenberg, judío estadounidense y psicólogo clínico, al iniciar su carrera como psicoterapeuta pronto percibió que ni el psicoanálisis ni el diagnóstico de la ira o de otros problemas psicológicos generaban los cambios profundos que él y sus pacientes deseaban. Descubrió que el problema era más sistémico que individual y que, por lo tanto, la solución también debía serlo.
La Comunicación No Violenta se propone como una alternativa al modo habitual de comunicarnos, como una lengua nueva para afrontar la violencia individual y social y contribuir a crear una civilización distinta, un mundo nuevo: lo que, en términos cristianos, llamaríamos el Reino de Dios. Y es que la lengua que hemos heredado y usado desde los inicios de la humanidad es violenta, no porque lo seamos por naturaleza, sino por educación. Hemos nacido, crecido y sido formados en una sociedad cuyos cimientos culturales y estructurales están impregnados de violencia.
El éxito del uso de la CNV en la psicoterapia llevó a Rosenberg a extenderla a través de talleres y encuentros, llegando a miles de personas en todo el mundo, especialmente en contextos de conflicto. Los resultados han sido sorprendentes. Quienes entran en contacto con este modo de comunicar reconocen que han vivido en el error y descubren, con esperanza, la posibilidad de una vida más plena, auténtica y feliz.
Cómo estamos llamados a vivir
«Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Sopórtense mutuamente y perdónense, si alguno tiene queja contra otro. El Señor los perdonó: hagan ustedes lo mismo» (Colosenses 3, 12-13).
Rosenberg, al comprender que se enfrentaba a un problema global, se planteó una pregunta fundamental: ¿Cómo estamos llamados a vivir? Como esa pregunta no podía responderse únicamente desde la psicología, acudió a las religiones. En todas ellas encontró un concepto central: la compasión. Estamos llamados a vivir con compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás.
En la tradición judeocristiana, la compasión de Dios hacia su pueblo es incondicional (Isaías 54, 10). Para Jesús, la compasión era un sentimiento natural que lo movía constantemente hacia las personas con las que se encontraba: tuvo compasión de las multitudes que vagaban como ovejas sin pastor (Mateo 9, 35-38); se conmovió ante los dos ciegos a la orilla del camino, privados de participar plenamente en la vida (Mateo 20, 29-34).
La CNV nos ofrece herramientas para pensar, escuchar y hablar de manera que despierte la compasión y la generosidad que ya habitan en nosotros. Nos ayuda a interactuar de forma más auténtica, solidaria y vital. Pero el modo de pensar y de vivir que nos propone es radicalmente distinto del que hemos aprendido a lo largo de siglos de cultura y educación.
Cómo hemos vivido
Lejos de comunicarnos compasivamente con nosotros mismos y con los demás, solemos usar sin darnos cuenta una lengua ofensiva y violenta, que hiere y alimenta conflictos. La mayor parte de nuestras expresiones se apoyan en una lengua estática, centrada en el abuso del verbo “ser”, que utilizamos para juzgar, clasificar, diagnosticar y etiquetar a los demás. Tenemos el hábito de señalar defectos, de decir a los otros qué problema tienen y cómo deberían comportarse.
Nuestra lengua, desde tiempos remotos, ha fomentado conflictos internos y externos, guerras frías o abiertas, agresividad pasiva o explosiva. Vivimos en un mundo de dominadores y dominados, explotadores y explotados, y ni unos ni otros son felices. Quien promueve la guerra no vive en paz, pero tampoco quien la sufre; como dice el refrán: «Quien va a la guerra, da y recibe».
Fuimos educados en estructuras de poder en las que algunos se creen superiores y se arrogan el derecho de definir lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto. Los que obedecen sus reglas son considerados “buenos”, y los que se rebelan son “malos”. La justicia que se deriva de esta cosmovisión es retributiva: premios para los obedientes y castigos para los desobedientes. La CNV pone al descubierto la falacia de este modo de pensar, de hablar y de vivir.
Una lengua que etiqueta y condena
Son pocas las veces en que describimos lo que vemos sin juzgarlo. Nuestra cultura abusa del verbo “ser”: nos hemos acostumbrado a encasillar todo y a todos. Si alguien mató a un perro, lo llamamos “mata-perros”; si alguien miente, lo etiquetamos para siempre como “mentiroso”. Y así sucesivamente: egoísta, perezoso, cruel, orgulloso…
Este uso nos ata a una identidad fija, nos impide crecer y cambiar. Poco a poco, los ojos se nos nublan con los prejuicios, hasta que solo vemos lo que queremos ver y solo escuchamos lo que queremos escuchar.
Una lengua que niega la libertad y la responsabilidad
Frases como «Tengo que hacerlo» o «Es mi deber» nos convierten en esclavos de un deber impuesto, anulando nuestra capacidad de elección. Y cuando no elegimos, tampoco nos sentimos responsables de lo que hacemos.
Fue esta mentalidad la que permitió a muchos justificarse en los juicios tras el Holocausto: «Solo cumplía órdenes». Hoy repetimos la misma lógica al decir: «Son órdenes superiores, es la ley, es la política de la empresa».
Una lengua que intimida con castigos o seduce con premios
Cuando alguien actúa por miedo al castigo o por la expectativa de un premio, no lo hace desde la libertad ni desde la compasión. El resultado puede ser eficaz en apariencia, pero siempre deja un alto coste humano. La violencia engendra violencia. Y tanto el que obedece como el que ordena quedan empobrecidos, pues la relación se convierte en desigual y coercitiva.
El verdadero motor de la acción humana no debería ser ni el miedo ni la recompensa, sino la alegría de contribuir libremente al bien de los demás. Como dice otro proverbio: «Quien corre por gusto, no se cansa».
Vivir compasivamente
Lengua e inteligencia evolucionan unidas en la historia de la humanidad. No hay inteligencia sin lenguaje, ni lenguaje sin inteligencia. El niño aprende a hablar y, al mismo tiempo, es educado. Así también, si queremos cambiar de vida, necesitamos adoptar una lengua nueva que la sostenga.
La Comunicación No Violenta nos invita a aprender y practicar un nuevo modo de hablar y de pensar, que nos conduzca a una auténtica conversión (metanoia): un cambio de mentalidad que, a su vez, genera una transformación de vida.
Rosenberg descubrió que, más que analizar los problemas o interpretarlos, bastaba con enseñar a las personas a hablar y escuchar de manera distinta. Quienes aprendían esta nueva lengua experimentaban cambios profundos, resolviendo sus conflictos sin necesidad de largas terapias.
En el fondo de toda acción humana están las necesidades universales que todos compartimos. Reconocerlas y expresarlas puede ser el camino hacia una mayor conexión, cooperación y paz.
Conclusión - La Comunicación No Violenta no es solo una técnica de diálogo, sino un modo de vida que transforma nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. En clave cristiana, abre un camino hacia el Reino de Dios en la tierra: una civilización fundada en la compasión, la justicia y la paz.
P. Jorge Amaro, IMC






