viernes, 10 de abril de 2026

CNV - Empatia, el lubrificante de la comunicación no-violenta

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Los componentes del lenguaje no violento, como ya se ha dicho, son cuatro: observación – sentimientos – necesidades – peticiones. El objetivo de la comunicación no violenta es establecer relaciones basadas en la empatía y la gratuidad, de modo que las necesidades de todos puedan ser satisfechas. 

La compasión y la gratuidad son la filosofía de fondo en la que operan los cuatro componentes, el medio en el que se desarrollan y el objetivo final. En este sentido, la compasión y la gratuidad son, al mismo tiempo, el principio, el medio y la meta de la comunicación no violenta.

Los alquimistas de la Edad Media buscaban la piedra filosofal porque creían que esta piedra tenía el don de transformar en oro todo lo que tocara. Para la comunicación no violenta, la piedra filosofal es la empatía; es la varita mágica que hace posible que los cuatro componentes funcionen y que las personas vivan en gratuidad, armonía y entendimiento.

La comunicación no violenta funciona como un motor de coche de cuatro pistones; los cuatro pistones son los cuatro componentes de la CNV: observaciones – sentimientos – necesidades – peticiones. El movimiento continuo de estos, hacia arriba y hacia abajo, dentro de sus respectivos cilindros, activado por la explosión del combustible, es lo que mantiene el motor en marcha y el coche en movimiento. 

La gratuidad, o el dar del corazón, como dice Rosenberg, es el combustible que permite la combustión, la explosión y el movimiento de los pistones. Sin embargo, para que estos funcionen sin parar, con un mínimo desgaste, es necesario que estén lubricados y envueltos en aceite. Ese aceite que facilita y hace posible todo el proceso sin sobrecalentamiento ni fricción —es, en la CNV, la empatía.

¿Qué es la empatía?
“Al ver a la multitud, se compadeció de ella, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor.” (Mateo 9,36)

En comunicación no violenta, el término empatía, usado por la psicología en general, es semejante al unconditional positive regard de Carl Rogers; significan fundamentalmente lo mismo. Empatizar es salir de uno mismo, ver la realidad tal como la ve el otro; es sentir con el otro, hacer nuestro el sufrimiento ajeno; es aceptar y sostener a una persona independientemente de lo que haya dicho o hecho. Ser empático es ser sensible al propio sufrimiento y al de los demás, comprometiéndose a aliviarlo o evitarlo.

Expresar nuestras propias observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones hacia los demás forma parte de la CNV. La segunda parte es la empatía: el proceso de conexión con el otro, adivinando sus sentimientos y necesidades. 

La conexión empática puede ocurrir a veces en silencio, pero en momentos de conflicto comunicar a la otra persona que comprendemos sus sentimientos y que nos importan sus necesidades puede ser un punto de inflexión poderoso y la solución del conflicto. 

No obstante, demostrar que tenemos ese entendimiento no significa necesariamente que tengamos que estar de acuerdo en actuar de formas que contradigan nuestras propias necesidades.

La lengua de la CNV nos ayuda a relacionarnos con los demás, pero el corazón de la empatía está en nuestra capacidad de conectar con compasión con nuestra propia humanidad y con la humanidad de los otros. Ofrecer nuestra presencia empática, en este sentido, es una estrategia (o petición) a través de la cual podemos satisfacer nuestras propias necesidades. Es un regalo para la otra persona y para nosotros mismos: nuestra presencia completa.

Cuando usamos la CNV para conectarnos empáticamente, usamos los mismos cuatro componentes en forma de pregunta, ya que nunca sabemos con certeza lo que ocurre dentro del otro. La otra persona será siempre la autoridad final sobre lo que le sucede en su interior. Nuestra empatía puede satisfacer la necesidad del otro de ser entendida o incluso ayudarle en su propio proceso de autodescubrimiento. Podemos preguntar algo como: “Cuando ves, oyes... ¿te sientes...? ¿Por qué necesitas...? ¿Te gustaría...?”

Empatía y autoempatía
“La caridad empieza en casa” — es difícil mostrar empatía o benevolencia hacia los demás si no la tengo hacia mí mismo. Si no me amo incondicionalmente, jamás podré amar incondicionalmente a los otros. Tanto la expresión de nuestros propios sentimientos y necesidades como las conjeturas empáticas sobre los sentimientos y necesidades ajenos se basan en una conciencia particular que es el corazón de la CNV. Esa conciencia se nutre mediante la práctica de la autoempatía.

En la autoempatía nos dedicamos a nosotros mismos la misma compasión y atención que damos a los demás cuando los escuchamos usando la CNV. Eso significa darnos cuenta de cualquier interpretación y juicio que nos aplicamos y que dificultan la claridad de nuestra conciencia respecto a nuestros sentimientos y necesidades. Esa conciencia interior y claridad sobre sentimientos y necesidades nos ayuda a expresarnos ante los demás y a recibirles con empatía.

La práctica de la CNV implica la intención de conectar con compasión con nosotros mismos y con los demás, y la capacidad de mantener la atención en el momento presente —lo que incluye ser consciente de que, a veces, en este momento presente estamos recordando el pasado o imaginando una posibilidad futura.

La autoempatía muchas veces es fácil: nos damos cuenta de nuestras sensaciones, emociones y necesidades, y nos sintonizamos con quienes somos. Sin embargo, en momentos de conflicto o reactividad hacia los demás, podemos sentir reticencia a conectar con nosotros mismos con compasión, y vacilar en nuestra capacidad de permanecer en el presente.

La autoempatía en momentos así tiene el poder de transformar nuestro estado desconectado del ser y hacernos volver a nuestra intención compasiva y a la atención orientada al presente. Con la práctica, muchas personas descubren que la autoempatía, por sí sola, a veces resuelve conflictos interiores y conflictos con otros, porque transforma nuestra experiencia de vida.

Autoestima. Ser capaz de desmontar la autocrítica, el juicio y el sentimiento de culpabilidad, por una parte, y, por otra, identificar y conectarnos con nuestras necesidades, valores y con lo que es importante para nosotros. 

Como dice Rosenberg, la autocrítica, el sentimiento de culpa y el juicio son expresiones dramáticas de necesidades no satisfechas. Cuando logro descubrir e identificar esas necesidades o valores, puedo reformular esos sentimientos negativos y empezar a sentirme bien conmigo mismo por haberme conectado con mi Ido real y verdadero.

Empatía hacia los demás. Para poder sentir y expresar mejor la empatía por los otros, conviene seguir, a modo de consejo, las señales de aviso de un paso a nivel: Para — Escucha — Observa. El otro puede dirigirse a nosotros en forma de juicio o crítica, buscando culparnos por algo que le sucede. 

Pero si nuestros oídos de comunicación no violenta están conectados, lo que escucharemos no será una crítica sino una expresión dramática de una necesidad insatisfecha. Entonces, todo lo que necesitamos hacer es mirar más allá de la forma violenta —la crítica— para concentrarnos en el contenido de esa expresión, que son las necesidades no satisfechas.

La lengua violenta de nuestro interlocutor debe ser traducida a una lengua no violenta; es decir, no debo personalizar y encajar las acusaciones como si fuesen dirigidas a mí; por el contrario, debo disculpar la forma en que fueron dichas y concentrarme psicoanalíticamente en su contenido, dándome cuenta de que no son más que frustraciones y expresiones dramáticas de necesidades no satisfechas.

Identificar esas necesidades requiere tiempo; requiere que me pare, que respire hondo, que tenga tiempo para traducir e identificar esas necesidades que pueden estar entre líneas en un desahogo, una acusación o un insulto.

Para no mantener a la otra persona esperando el resultado final de mis cálculos, puedo pensar en voz alta e intentar adivinar, preguntándole tentativamente al interlocutor cuáles son sus sentimientos, sus necesidades, qué es lo más importante para él. 

Seguramente mi interlocutor aceptará la interpretación y comprensión que le proponga, o me ayudará corrigiéndome y aclarando. Ese intento recíproco de comprender lo que ocurre hace que la persona se calme y ella misma se conecte con sus necesidades, abandonando poco a poco los sentimientos negativos y la violencia de las palabras.

El corazón de la empatía está en nuestra capacidad de conectar con nuestra propia humanidad y con la humanidad de los otros, con lo más real y vivo en nosotros y en los demás, sin críticas, juicios, sentimientos de culpa, pretensiones ni subterfugios.

La comunicación no violenta nos ayuda a conectar los unos con los otros y con nosotros mismos, para dejar aflorar nuestra empatía natural. Es esa empatía la que inspira, forma, informa y guía la observación, los sentimientos, las necesidades y las peticiones que hacemos a nosotros mismos y a los demás. 

La empatía es la teoría general de la comunicación no violenta y, al mismo tiempo, el medio para alcanzar la armonía y el entendimiento entre todos. Es, como ya dijimos, semejante al aceite del coche que envuelve las piezas en movimiento del motor para evitar el sobrecalentamiento, la fricción y el desgaste.

Por la empatía observamos sin evaluar, culpar o etiquetar; sentimos y nos responsabilizamos de nuestros sentimientos sin acusar y exhortamos a los demás a que también lo hagan; expresamos nuestras necesidades o valores, lo que es importante para nosotros, sin subterfugios y creamos las condiciones o el ambiente para que los demás hagan lo mismo; hacemos peticiones sin pretensiones, exigencias, obligaciones o chantajes, creando el entorno para que los demás hagan lo mismo.

El cerebro humano es uno y trino
La teoría de la evolución de Charles Darwin nos dice que la vida en este planeta evolucionó desde un tronco común, por lo que todas las formas de vida están interconectadas desde hace millones de años, desde que la vida apareció en el mar. Los estados evolutivos anteriores no se han perdido, sino que permanecen en nosotros. 

De este modo, la neurociencia nos dice que tenemos tres cerebros: el reptiliano, el mamífero y el cerebral. Estos se encuentran organizados en forma de matrioska o muñeca rusa: el cerebral contiene al mamífero, que a su vez contiene al reptiliano.

El cerebro reptiliano — Se ubica en la base del cráneo; es el más primitivo y ocupa la parte más interna y central de nuestro cerebro. Se ha mantenido casi inalterado a lo largo de la evolución y lo compartimos con todos los vertebrados. 

Es responsable de las funciones relativas a la supervivencia: ritmo cardíaco, digestión y la locomoción básica, así como el comportamiento sexual. Funciona según el principio estímulo-respuesta automática que puede desencadenar lucha, huida o inmovilización.

Sinónimos de estas reacciones básicas en nuestra vida diaria son: deseo, aversión, ignorancia, amor, odio, indiferencia, esperanza, miedo, desinterés. Es altamente territorial y adquiere y defiende su territorio mediante la lucha. El motor de este cerebro es “Might is right” — el poder tiene razón o se justifica.

El cerebro mamífero — Corresponde al telencéfalo, la estructura donde se hallan el hipocampo y las amígdalas, que proporcionan al mamífero una mayor conciencia de sí mismo y del entorno, de los amigos y de los enemigos. Como los mamíferos cuidan de su prole durante más tiempo, surgen emociones no solo respecto de los hijos sino también respecto a los de la propia especie, y con ello la vida en grupo.

El cerebro racional — El último paso en la evolución del cerebro aconteció hace millones de años con la aparición de la corteza cerebral. El córtex o cerebro racional no está presente únicamente en los seres humanos; seres inteligentes como delfines, ballenas y simios también poseen esta etapa evolutiva. 

No obstante, el ser humano tiene el córtex racional más desarrollado, por medio del cual las sensaciones corporales comunes a otros mamíferos se transforman en sentimientos —como el amor, la compasión o la empatía— mediadas por una comprensión mayor y más racional.
¿Cómo perdemos el control?

Cuando estamos calmados funcionamos desde el neocórtex: pensamos críticamente, resolvemos problemas, somos creativos y empáticos con los demás. En cambio, cuando estamos estresados y percibimos un comportamiento poco positivo por parte de alguien, perdemos la conexión con el neocórtex, dejamos de sentir empatía y nos conectamos automáticamente con la parte más primitiva del cerebro, el reptiliano, quedando reducidos tristemente a tres opciones: atacar, huir o esconderse.

El estrés activa una reacción ancestral diseñada por la naturaleza para ayudarnos a enfrentar el peligro: el cerebro reptiliano. No podemos sentir empatía por un león que corre hacia nosotros; es decir, no podemos ver la perspectiva del otro. Al contrario, atacamos, huimos o nos escondemos. 

Sin embargo, el león puede ir disfrazado de un niño de cinco años que da un golpe y grita que no quiere lavarse los dientes. Inmediatamente dejamos de ver al niño y vemos al león, reaccionando contra él como si fuera realmente un peligro. Tal como Don Quijote embistió con su lanza contra molinos de viento creyendo que eran enemigos.

Si en momentos así conseguimos recordar que todo comportamiento es un intento de satisfacer una necesidad, podremos desconectar el cerebro reptiliano y mantenernos en el córtex. Mucho de nuestro comportamiento, proveniente del cerebro reptiliano, es reactivo: primero actuamos o hablamos y después pensamos. Es como si el comportamiento funcionara en piloto automático.

Cómo funcionamos mejor
Respecto a las emociones negativas —criticar y juzgar a los demás, sentir estrés, miedo, preocupación, egocentrismo, resentimiento o dolor emocional no sanado— debemos aumentar nuestra autoobservación y autoconsciencia; cuidar de nosotros mismos y de nuestra salud física, emocional y espiritual. Debemos combatir el estrés organizando mejor la vida para tener tiempo para hacer deporte, quedar con amigos, meditar y rezar.

El psicólogo Paul Gilbert distingue tres grupos de emociones: las relacionadas con la amenaza y la autoprotección; las relacionadas con la actividad y los logros (lo que él llama la mente competitiva); y, por último, las emociones vinculadas al contentamiento: sentirse seguro, calmo, relajado, alegre y feliz.

Según Gilbert, el primer y el segundo grupo de emociones son más motivadores, por lo que probablemente sean ellas las que despierten nuestra atención. Pero esto solo sucede si se lo permitimos. Nuestra mente competitiva hace que nos importe más ganar un debate que perder una relación; las noticias negativas copan las portadas y las positivas quedan escondidas en el interior del periódico. Dar prioridad al cerebro reptiliano solo aumenta nuestra miseria y no nos hace más felices.

Es cierto que la compasión no habita en el centro del cerebro —éste, como sabemos, está ocupado por el reptiliano—. Sin embargo, como observa Gilbert, está ampliamente demostrado que nuestro sistema inmune, hormonal, cardiovascular y otras funciones vitales funcionan mejor cuando pensamos, sentimos y actuamos desde el córtex o cerebro racional: amar y sentirse amado produce mejores condiciones biológicas que odiar y sentirse odiado; apoyar y ayudar a los demás, en vez de denigrarlos o ignorarlos, nos hace más felices; la “subida” que el reptiliano puede darnos es corta y normalmente nos trae más problemas.

Si el ser humano fuera violento por naturaleza, como postulaba Hobbes con su máxima “Homo homini lupus” y según la visión mítica babilónica de la creación, la mayoría de las personas —conscientes o no— estarían satisfechas en la violencia y sus funciones vitales rendirían mejor en un entorno violento. La verdad, sin embargo, como afirma Gilbert, es precisamente la contraria.

Además de alertarnos ante el peligro, el cerebro reptiliano poca ayuda nos aporta en tanto que los reptiles no establecen relaciones con nada ni con nadie; para ellos todo y todos son hostiles. De modo que su cerebro no aporta mucho al ser humano, que es esencialmente un ser relacional.

Según una leyenda de los pueblos nativos norteamericanos, dos lobos luchan en nuestro corazón y en nuestra mente, disputándose nuestra atención: uno es colérico, vengativo, envidioso, resentido y tramposo; el otro es amoroso, empático, generoso y pacífico. ¿Cuál de los dos ganará nuestra atención? Aquel al que más y mejor alimentemos. Practica la empatía, aunque no la sientas, y acabarás sintiéndola por los demás.

Lo que no es empatía
En su libro, Rosenberg cita a su amiga Holley Humphrey señalando algunos comportamientos comunes o tentaciones en las que caemos al intentar ayudar a los demás. La verdad es que estos comportamientos no solo no ayudan, sino que pueden complicar la situación y evidenciar nuestra dificultad para estar realmente con la otra persona:

  • Aconsejar: “Creo que deberías…”, “¿Por qué no haces esto…?”
  • Analizar: “¿Cómo empezó esto?”, “¿Cuándo fue la última vez que te sentiste así?”
  • Competir por el sufrimiento: “Eso no es nada; mira lo que me pasó a mí”.
  • Educar: “Esto incluso puede acabar siendo una experiencia muy positiva si tú…”
  • Consolar: “No fue culpa tuya; hiciste lo mejor que pudiste”.
  • Contar una historia: “Me recuerda a una ocasión…”
  • Cerrar el asunto: “Anímate. No te sientas tan mal”.
  • Solidarizarse sin límites: “Ah, pobrecito…”
  • Interrogar: “¿Cuándo empezó exactamente?”
  • Explicarse: “Yo habría llamado, pero…”
  • Corregir: “No fue así como pasó”.

Cómo funciona la empatía
La empatía es entrar en contacto con lo que está vivo en la otra persona, con lo que le está ocurriendo; es colocarse en su lugar. Es calzarse sus zapatos, ver la realidad desde su perspectiva. Muchas veces, cuando la otra persona percibe que no logramos conectar empáticamente con ella, nos dice desesperada: “Ponte en mi lugar”. 

Creyendo ser empáticos, a veces damos consejos o intentamos consolar, pero recibimos una réplica como la que me dirigió mi padre en sus últimos días: “Muy bien habla el sano al enfermo”. Con esa respuesta comprendí que estaba lejos de ofrecer empatía. Él no necesitaba una solución que yo sabía que no existía ni consejos; necesitaba empatía, y no fuí capaz de dársela. Pensamos que al ofrecer soluciones o consuelo hacemos sentir mejor al otro, pero la cruda realidad es que, lejos de aliviar, a menudo añadimos sufrimiento.

Es ya bastante difícil ser empático con quienes amamos; mucho más con quienes no amamos o incluso odiamos. En CNV, la empatía es para todos. Sentir empatía es lograr ver la belleza de una persona detrás de lo que diga o haga. La verdadera empatía tiene tres componentes:

Presencia -  El filósofo Martin Buber afirma que la presencia es el don más poderoso que una persona puede dar a otra; es un componente clave de la cura. Algunos psicoterapeutas sostienen que la presencia activa corresponde al 90% del proceso curativo. 

Mantenerse activamente presente junto a otra persona no es fácil: exige no traer al presente nada del pasado. Si empezamos a pensar sobre lo que la persona dice, a analizarlo o a preparar consejos, perdemos la calidad de la presencia, porque la comprensión intelectual no es empatía. Al subir a la «cabeza» para entender y conceptualizar, dejamos de escuchar y de estar con el otro y pasamos a estar solo con nosotros mismos.

Por ejemplo, a veces los sentimientos de las personas pueden responder a una percepción que no es correcta desde el punto de vista fáctico. Incluso en esa situación, debemos ser empáticos primero y corregir después. Si alguien dice “qué estúpidos fueron los americanos al invadir Irak creyendo que Gadafi poseía armas de destrucción masiva”, la tentación inmediata es corregir: “no era Gadafi, era Sadam Hussein”; pero es preciso recordar que la conexión empática es más importante que la corrección.

Focalizar la atención en el aquí y ahora - Si alguien comparte con nosotros el dolor causado por hechos pasados, en lugar de trasladarnos con esa persona al pasado, debemos mantenernos en el presente y enfocar la atención en lo que la persona siente ahora. Si la seguimos en su viaje al pasado, probablemente intentaremos comprender intelectualmente lo ocurrido. Para permanecer en el aquí y ahora basta con preguntar: 

“¿Cómo te sientes ahora como resultado de lo que pasó en el pasado?” Por ejemplo: si alguien cuenta muchas veces que su padre le pegaba y el miedo que le causaba, no preguntamos qué pasó entonces sino cuál es su sentimiento ahora; tal vez aquel miedo pasó a ser ira o rabia, y ese es el sentimiento que importa ahora. Lo mismo cuando la persona no para de hablar y pasa de una historia a otra: interrumpimos y preguntamos, “perdona, ¿cómo te sientes ahora por lo que acabas de contar?”

Confirmar parafraseando -  Nunca debemos asumir que entendemos y estamos conectados empáticamente con lo que ocurre dentro de la otra persona: con sus sentimientos y necesidades. Necesitamos confirmarlo para asegurarnos, y lo hacemos parafraseando lo que la persona nos ha dicho, preguntando sobre su estado emocional y necesidad: 

“¿Te sientes… porque necesitas…?” El feedback sobre nuestra comprensión es importante por dos razones: primero, si nuestra suposición es errónea la persona tiene la oportunidad de corregirnos; segundo, la propia persona puede necesitar esa confirmación para percibir que realmente estamos acompañándole y que le entendemos.

Es difícil conectar empáticamente con alguien que dice que va a suicidarse porque el mundo estaría mejor sin ella; la tendencia es analizar, interrogar y aconsejar. Pero aún más difícil es conectar empáticamente con alguien que nos critica diciendo “tu problema es…”. 

Debemos recordar que toda crítica es una expresión dramática de una o varias necesidades insatisfechas; por ello ignoramos la crítica como si no fuera dirigida contra nosotros y procuramos descubrir los sentimientos y necesidades que hay detrás, contrastando con la persona cuáles son sus sentimientos y necesidades y permitiéndole corregirnos si estamos equivocados.

Empatía – simpatía – compasión
Empatía. Es sentir visceralmente lo que el otro siente. Algunos psicólogos lo llaman “reflejo de neuronas espejo”. La empatía puede surgir de forma automática cuando vemos que alguien sufre. 

Por ejemplo, si vemos a alguien golpearse con un martillo y hacerse daño en el dedo, inmediatamente tenemos una percepción real de su dolor, como si lo sintiéramos también. La empatía no se limita a sentimientos desagradables; también se da con los agradables: muchas veces la sonrisa de alguien nos hace sonreír.

Simpatía. La mayoría de la gente confunde empatía con simpatía. La empatía es estar con el otro; la simpatía es, esencialmente, estar con nosotros mismos, porque al contrario de la empatía (una forma de ser), la simpatía es un sentimiento que surge de la comprensión de la situación ajena. Si la simpatía ocurre después de la empatía es positiva; si surge antes o en lugar de la empatía, no ayuda.

Compasión. La compasión lleva a la empatía y a la simpatía un paso más allá. Cuando somos compasivos, sentimos el dolor del otro (empatía) o reconocemos su sufrimiento (simpatía) y hacemos lo posible por aliviarlo. La compasión es la meta del proceso que comienza por el estar con el otro y sentir sus sentimientos. 

En un primer momento simplemente permanecemos con la persona; esta etapa es insustituible y la más importante. Después conceptualizamos e intentamos entender su situación y, finalmente, movidos por la compasión, hacemos lo que esté en nuestra mano para aliviar su dolor.

Fue precisamente así como Dios actuó con nosotros al enviar a su Hijo: no intentó salvarnos desde arriba sino que se hizo uno de nosotros, vistió nuestra naturaleza humana y, desde ahí, mostró simpatía por nuestra causa, conmovido por nuestro dolor hasta sentirlo en su propia carne. Como dice San Pablo:

“(Cristo), aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo que aferrarse; sino que se vació a sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte —y muerte de cruz—.” (Filipenses 2,6-8)

En resumen: la empatía es sentir lo que el otro siente; la simpatía es el sentimiento que resulta de comprender su dolor; la compasión es la voluntad de aliviar el sufrimiento ajeno.

El poder de la empatía
Rosenberg menciona una experiencia que su maestro Carl Rogers llevó a cabo para demostrar que la empatía por sí sola puede curar emocionalmente. En ese experimento, algunos pacientes fueron tratados por psicoterapeutas de diversas escuelas y otros por personas sin formación en psicoterapia que solo utilizaron la empatía. Los resultados mostraron que quienes aplicaron la empatía —sean psicoterapeutas o laicos— obtuvieron los mejores resultados.

Por ese experimento y por la propia experiencia de Rosenberg, se concluye que la empatía en sí misma es la mejor vía para la curación emocional, la resolución de conflictos y la reconciliación entre personas y grupos.

Para que esto ocurra, el único requisito es que cada individuo o grupo antagónico, primero, a través de la autoempatía descubra lo que en él está vivo —es decir, sus sentimientos y necesidades— y se dé cuenta de que son sus necesidades insatisfechas las que provocan división y conflicto. 

Segundo, mediante la empatía, logre conectar con lo que está vivo en los otros: su humanidad en el nivel de sentimientos y necesidades. Cuando esta empatía bidireccional ocurre, el conflicto se disuelve, y la curación emocional y la reconciliación suceden por sí mismas, como por arte de magia, simplemente porque los sentimientos y las necesidades son universales.

Ocasionalmente, individuos y grupos pueden coincidir en ideas y pensamientos; la coincidencia a nivel de sentimientos y necesidades está, en gran medida, garantizada porque siempre ocurre. Es precisamente por esto que la empatía es el instrumento más poderoso para la cura emocional, la resolución de conflictos y la reconciliación entre personas o grupos.

Conclusión - Cuando estamos calmados funcionamos desde el neocórtex: pensamos críticamente, resolvemos problemas, somos creativos y empáticos con los demás; en cambio, cuando estamos estresados perdemos la conexión con el neocórtex, dejamos de sentir empatía y nos conectamos automáticamente con el cerebro más primitivo, el reptiliano, quedando tristemente reducidos a tres opciones: atacar, huir o esconderse.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 5 de abril de 2026

CNV - Jesùs de Nazaret y la redención por la no violencia

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"Uno de los que estaban con Jesús llevó la mano a la espada, la desenvainó y hirió a un siervo del Sumo Sacerdote, cortándole una oreja. Jesús le dijo: «Vuelve tu espada a la vaina, porque todos los que empuñan la espada, a espada morirán». (Mateo 26, 51-52)

“Quien a hierro mata, a hierro muere” — Este refrán popular tiene probablemente sus raíces en el texto citado. La violencia no sólo no resuelve los conflictos o problemas, sino que crea otros nuevos. Se habla de la espiral de violencia, porque fácilmente se expande, involucrando a cada vez más gente. Por medio de la violencia, la única paz posible es la paz del cementerio: la paz de la muerte y la destrucción.

Jesús de Nazaret desafió el sistema de dominación y su idea básica del valor redentor de la violencia. Y no vivió mucho tiempo. La Iglesia, responsable de proclamar sus enseñanzas, no lo hizo en gran medida: o bien porque no las entendió de verdad, o bien porque, para sobrevivir, tuvo que adaptarse a la cultura y aliarse con el poder dominante.

El Cristo que la comunidad transmitió a la Historia fue un Cristo “aguado”, diluido, menos radical, menos revolucionario. Sin embargo, providencialmente, ese Jesús de Nazaret que no prosperó en la comunidad cristiana ni hizo Historia, quedó contenido en los Evangelios; y a través de ellos descubrimos la dimensión revolucionaria de su enseñanza.

Jesús rechazó el poder autocrático (Mateo 20, 25-28), apeló a la equidad económica (Marcos 12, 30-31), rechazó la violencia (Mateo 5, 38-41), quebró costumbres que trataban a las mujeres como inferiores (Lucas 10, 38-42), rompió las reglas de pureza ritual que separaban a las personas entre sí (Marcos 1, 40-45), desafió la visión patriarcal de la familia (Lucas 11, 27) y rechazó la creencia de que Dios requiere sacrificios de sangre (Mateo 9, 9-13).

El Poder como servicio y no como dominio
«Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores y que los grandes ejercen sobre ellas su poder. No ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos». (Mateo 20, 25-28)

«En cuanto a vosotros, no os dejéis llamar “maestros”, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y a nadie en la tierra llaméis “Padre”, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. Ni permitáis que os llamen “doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: el Mesías. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Quien se enaltece será humillado y quien se humilla será enaltecido». (Mateo 23, 8-12)

Jesús es “anarquista” no en el sentido de negar que la sociedad deba estar organizada y disciplinada, sino en el de afirmar que nadie tiene derecho a ejercer poder sobre nadie; el poder, o es servicio, o es malévolo.

Para Jesús, todo gobierno autocrático es, por su propia naturaleza, violento y opresor. Jesús entiende el poder como servicio y no como dominio sobre las personas. Sustituye el amor al poder por el poder del amor y del servicio a los demás. Ese es el camino de la grandeza y de la auténtica popularidad que tanto buscan los poderosos.

Quienes ejercen el poder autocráticamente son temidos, no amados; los líderes amados por el pueblo son los que ejercen el poder sirviendo; esos son los grandes en la Historia de la humanidad. También en nuestra historia personal, los verdaderamente grandes son quienes nos sirvieron, no quienes nos dominaron: nuestros padres, maestros, catequistas, etc.

Igualdad y equidad económica
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos». (Marcos 12, 30-31)

En un solo mandamiento Jesús une los dos valores sobre los que se asienta la vida humana. Amar a Dios sobre todas las cosas significa no reconocer ninguna autoridad por encima de Dios, no someterse a nada ni a nadie. Este es el garante de la libertad, fundamento de la dignidad de la persona.

Por otra parte, como el ser humano no es una isla, la dimensión social se apoya en la igualdad: bajo Dios, nadie es más que nadie. La combinación de estas dos dimensiones —vertical, del amor a Dios y la libertad, y horizontal, del amor al prójimo como a uno mismo— forma la cruz, símbolo del cristianismo.

Jesús alerta del peligro de las riquezas, que vuelven al hombre insolidario y le cierran la salvación (Marcos 10, 25). Por eso invita al joven rico al desprendimiento y a repartir con los pobres, para alcanzar una riqueza mayor (Mateo 19, 21). Alaba a Zaqueo por su gesto de devolver y compartir, gesto que le valió la salvación (Lucas 19, 1-10). El compartir los bienes materiales forma parte del criterio de entrada en el Reino de los Cielos (Mateo 25, 31-46).

Ojo por ojo, diente por diente, frente a «amad a vuestros enemigos»

«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen; de este modo seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 5, 43-45)

«Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo…» — En el Sermón del Monte Jesús utiliza varias veces esta construcción para, al mismo tiempo, exponer los enunciados de la ideología antigua o sistema de dominio y rebatirlos uno a uno con su doctrina.

Jesús vino a demostrar que el sistema de dominio no es la única forma de vivir en sociedad. El Reino de Dios, que Jesús trae con su venida al mundo, es en verdad la única alternativa real al sistema de dominio. El Reino de Dios inaugurado por Jesús es una situación “win-win”: todos ganan, nadie pierde; no hay oprimidos ni opresores, ni vencidos ni vencedores.

Para el sistema de dominio, el hombre es lobo para el hombre; por eso ha de convencer(se) de que sus enemigos son pérfidos y de que la única forma de vivir en paz es destruirlos. Para Jesús, no hay enemigos. Y si los hay, no se los vence con odio. El odio los hace más fuertes; es como pretender apagar el fuego con gasolina. Sólo el amor puede derrotarlos de verdad.

Para funcionar, la violencia redentora requiere que algunas personas sean declaradas enemigas, de modo que su eliminación violenta sea vista como un acto redentor. Al exhortarnos a amar a nuestros enemigos, Jesús deja a la violencia redentora sin su justificación moral para operar. En este contexto, Marshall Rosenberg decía que, cuando comprendemos las necesidades que motivan nuestro comportamiento y el de los otros, dejamos de tener enemigos.
«No extrañéis, dulces amigos, que tenga mi frente arrugada; vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas».(Antonio Machado)

Inteligentemente, el sistema de dominio buscó limitar la violencia entre personas colocándola en el interior de la conciencia de cada uno. El superyó freudiano es, de algún modo, el “Caballo de Troya” del sistema de dominio dentro de nosotros. Así, la coerción del sistema de dominio la ejerce la propia persona sobre sí misma.

Para quienes, en vez de ejercer la violencia sobre sí por la vía del superyó, eligen ejercerla sobre los demás, el mito de la violencia redentora ofrece la ley del talión del Código de Hammurabi, el código de leyes más antiguo del mundo, también nacido en Babilonia. Como observaba Gandhi, “ojo por ojo y diente por diente nos dejará a todos desdentados y tuertos”.

La creencia es que esta ley restaura el equilibrio roto cuando alguien comete un crimen contra su prójimo; pero en realidad sólo consigue una tregua durante la cual los adversarios aprovechan para armarse. Esa tregua parece un tiempo de paz, pero en realidad es un tipo de guerra: la “Guerra Fría”.

Siendo así, el mundo nunca alcanza la paz: los tiempos de “guerra caliente” se alternan con períodos de guerra fría. Durante la guerra fría se cargan las armas; durante la guerra caliente se disparan. La única paz posible dentro del mito de la violencia redentora es la paz del cementerio.

El amor al prójimo como a uno mismo y el amor a los enemigos parecen ser las únicas ideas que superan el mito de la violencia redentora y establecen una paz verdadera y duradera. Jesús vino para hacer de este mundo el Reino de Dios, un Reino de justicia y paz, una “civilización del amor”, como repetía san Juan Pablo II. El Sermón del Monte es la Carta Magna o Constitución de ese Reino. La CNV (Comunicación No Violenta) es el idioma de ese Reino.

La no violencia redentora
«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no os resistáis violentamente al mal. Antes bien, si alguien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, entrégale también la capa; y si alguien te obliga a caminar una milla, acompáñale dos». (Mateo 5, 38-41)

El Código de Hammurabi, nacido en Babilonia —la misma tierra donde nació el mito de la violencia redentora—, es el primer gran código legal conocido. “Ojo por ojo y diente por diente” fue una ley diseñada para contener la escalada natural de la violencia, permitiendo su uso controlado mediante la venganza, dentro del principio de la reciprocidad. Para Jesús, esta no es la solución, pues opone violencia a violencia.

«No os resistáis violentamente al mal
». Resistir con violencia, vengarse o “vencer el mal” por medio de la violencia es dejarse controlar por la violencia y perpetuar el mito de que por ella se llega a la salvación. Walter Wink observa que este texto ha sido interpretado tradicionalmente como defensa de la sumisión pasiva a la opresión; por ello, históricamente, el cristianismo ha rechazado las enseñanzas de Jesús sobre la no violencia considerándolas utópicas, idealistas e ingenuas.

La verdad, sin embargo, es que el Evangelio no enseña la no resistencia al mal; Jesús enseña a resistir, pero sin violencia. Wink asegura que, si leemos las palabras de Jesús en su contexto histórico y cultural, se hace claro que Jesús defiende una forma creativa de oposición no violenta a la opresión, y no la sumisión. Además, Wink sostiene que se trata de una mala traducción del griego, que diría más bien: “no respondáis violentamente al mal”. Los ejemplos que siguen lo confirman.

«Si alguien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra» - La bofetada se da con la mano derecha, pues la mano izquierda, según la ley judía, sólo podía usarse para tareas impuras. Ahora bien, una bofetada con la mano derecha en la mejilla derecha sólo puede darse con el revés de la mano. Aún hoy, un revés no pretende tanto dañar físicamente como insultar, humillar y degradar.

No se daba a una persona de igual estatus, sino a un inferior: era el tipo de bofetada que un amo daría a un esclavo, un marido a su esposa, un padre a su hijo, un romano a un judío, para recordarle su posición de inferioridad y devolverlo a ella. “Zapatero, a tus zapatos”, decimos en español.

Al ofrecer la mejilla izquierda, el agresor ya no puede volver a golpear con el revés —no puede volver a humillar—; para golpear tendría que hacerlo ahora con la palma, cosa que sólo se daba entre iguales. Si el agresor lo hiciera, se rebajaría a la misma condición del agredido.

Por tanto, volver la otra mejilla significaba entonces: “soy igual a ti en dignidad; no acepto ser humillado”. Además, no puede golpear con el revés la mejilla derecha, porque ahora queda oculta; más que “ofrecer la izquierda”, el oprimido oculta la derecha para no ser humillado de nuevo: se rebela y deja al amo sin salida, pues no puede golpear la izquierda sin rebajarse y reconocerlo como igual.

«Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, entrégale también la capa» - Para entenderlo hay que recordar que el sistema tributario romano llevaba a los pequeños campesinos al endeudamiento, hasta el punto de tener que pagar con sus tierras. Quedaban sin medio de sustento, desfalcados y desprotegidos, es decir, desnudos.

La parábola de los trabajadores de la viña (Mateo 20, 1-16) alude a quienes perdieron sus tierras por deudas y ahora se ven obligados a acudir cada día a la plaza esperando ser contratados. Irónicamente, el latifundista contrata primero a quienes fueron dueños de las tierras —conocen bien el trabajo— y sólo después, si necesita más manos, vuelve a la plaza a contratar más gente.

El endeudado no tenía ninguna posibilidad de ganar el pleito, pues el sistema favorecía al acreedor. Como en el caso de la otra mejilla —y como veremos con la milla extra—, una regla de la no violencia es tomar la iniciativa. Al despojarse de lo único que le quedaba, la capa, y quedarse desnudo, el endeudado protesta y señala al sistema que lo llevó a esa situación.

La desnudez era tabú en Israel, pero la culpa no recaía sobre quien la exhibía, sino sobre quienes la contemplaban y la habían causado (Génesis 9, 20-27). De hecho, también hoy, en muchas situaciones, exhibir desnudez es forma de protesta. Despojarse de la capa y abandonar el tribunal desnudo equivale a decir: “Me lo has quitado todo; sólo me queda mi cuerpo. ¿Qué harás ahora?”. Las miradas acusatorias se vuelven contra el responsable de aquella desnudez, el acreedor.

Como concluye Wink, la enseñanza de Jesús sobre la no violencia apunta a una estrategia de confrontación del sistema, desenmascarando su crueldad esencial y burlándose de sus pretensiones de justicia. 

Quienes escuchan estas enseñanzas ya no se dejarán tratar como esponjas exprimidas por los ricos. Aparentemente aceptan las reglas del juego, llevándolas al absurdo y exponiendo así su crueldad. Al despojarse ante sus compañeros, lo que dejan al desnudo es, precisamente, el sistema y a sus acreedores.

«Si alguien te obliga a caminar una milla, acompáñale dos» - En tiempos de Jesús, cualquiera que fuese hallado en el camino podía ser obligado a servir, como sucedió con el Cireneo, forzado a llevar la cruz de Cristo (Marcos 15, 21).

En el Imperio Romano, los soldados de alta graduación tenían esclavos, burros, caballos o carros para llevar su equipaje; no así los de baja graduación, que podían obligar a cualquiera a cargar su impedimenta una milla. Llevarla más de una milla era ilegal y castigado por la ley.

Como en los dos casos anteriores, la cuestión es cómo los oprimidos pueden recuperar la iniciativa y afirmar con asertividad su dignidad humana en una situación que, por el momento, no puede cambiarse (el dominio romano). El soldado no puede dejar de sentirse interpelado y descolocado cuando el judío no sólo no requiere coerción, sino que se excede de lo previsto. Al privar al soldado de la previsibilidad de la respuesta de la víctima, éste queda descentrado y sin autoridad moral.

Ahora es el soldado quien debe pedir que le devuelvan el equipaje para evitar ser castigado por sus superiores. El humor de la escena quizá se nos escape, pero difícilmente se escapó a los oyentes de Jesús, que debieron deleitarse con la idea de dar una lección moral al opresor. Concluyendo: Jesús es contrario tanto a la pasividad como a la violencia; el mal puede ser confrontado y vencido sin violencia.

La tercera vía
Ante un peligro o una amenaza, fight or flight —lucha o huida— son las dos reacciones posibles de cualquier vertebrado: están inscritas en nuestro primer cerebro, el cerebro reptiliano.

Según Walter Wink, Jesús ofrece una tercera vía. Este nuevo camino marca una mutación histórica en el desarrollo humano: la revuelta contra el principio de la selección natural. Con Jesús emerge una vía por la cual el mal puede combatirse sin reflejarlo. Del Evangelio se deducen estas directrices:

  • ino te quedes inactivo: toma la iniciativa moral;
  • encuentra una alternativa creativa a la violencia;
  • afrma tu humanidad y tu dignidad como persona;
  • responde a la violencia con desdén y con humor;
  • rompe el ciclo de la humillación;
  • sé insumiso: rechaza cualquier posición de inferioridad;
  • expón la injusticia del sistema;
  • asume dinámicamente una posición de poder;
  • avergüenza y doblega al opresor hasta llevarlo al arrepentimiento;
  • mantente firme;
  • fuerza a los poderes a tomar decisiones para las que no están preparados;
  • reconoce tu propio poder;
  • está dispuesto a sufrir antes que a vengarte;
  • obliga al opresor a mirarte bajo una luz nueva;
  • priva al opresor de escenarios donde una demostración de fuerza sea eficaz;
  • está dispuesto a pagar el precio por quebrantar leyes injustas;
  • vence el miedo al sistema de dominación y a sus reglas.

Conclusión - Para funcionar, la violencia redentora necesita que algunos sean declarados enemigos, de modo que su eliminación violenta se vea como un acto redentor. Al exhortarnos a amar a nuestros enemigos, Jesús deja a la violencia redentora sin su justificación moral para operar y abre el único camino hacia una paz verdadera y duradera: el camino del amor, la justicia y la fraternidad.

P. Jorge Amaro, IMC

miércoles, 1 de abril de 2026

El Mal es Natural, el Bien is Arti-ficial

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“El hombre natural no acepta lo que viene del Espíritu de Dios, porque para él es locura. No lo puede comprender, porque solo espiritualmente se puede discernir.” (1 Cor 2,14)

Tendemos a suponer que lo artificial es malo y lo natural es bueno. En el supermercado, buscamos productos naturales y ecológicos, cultivados sin fertilizantes químicos ni pesticidas; los amish viven como si aún estuviéramos en el siglo XIX, rechazando todo lo moderno; huimos de la polución de las ciudades en busca del aire puro de los pueblos. Por otro lado, la palabra “artificial” nos recuerda al plástico, lo que le da una carga semántica frecuentemente negativa.

Lo artificial es natural y lo natural es artificial
Así fue como mi profesor de moral sexual, el fallecido jesuita Javier Jaffo, introdujo el tema de los métodos anticonceptivos. El método del ritmo, la medición de la temperatura basal y la observación del moco cervical son, en teoría, métodos naturales. Sin embargo, su aplicación los convierte en artificiales, ya que la pareja deja de tener relaciones conyugales cuando desea, para hacerlo cuando las circunstancias lo permiten.

La artificialidad de estos métodos radica en el hecho de que son las condiciones —y no los cónyuges— las que determinan el momento de la unión conyugal. Puede incluso suceder que, cuando las condiciones lo permiten, los cónyuges no lo deseen, y viceversa.

Por el contrario, como decía mi profesor, los llamados métodos “artificiales” —la píldora, el preservativo, el diafragma, entre otros (exceptuando el DIU y la píldora del día después por ser abortivos)— son, paradójicamente, los verdaderamente naturales. Confieren a la pareja la libertad de decidir cuándo unirse, sin impedimentos externos.

La Iglesia ha escrito mucho sobre este tema y, al igual que mi profesor, nunca comprendí por qué la píldora sería mala y la aspirina buena —¿acaso no son ambos productos artificiales de la inteligencia humana? Algunos alegan que tienen efectos secundarios. Pero ¿existe algún medicamento químico que no los tenga?

Una vez aceptado el principio de la paternidad responsable, que reconoce el valor moral de la limitación de nacimientos, poco importa el método utilizado: que se emplee el más adecuado para la pareja. ¿O acaso los métodos llamados “naturales” son buenos porque fallan, y los “artificiales” malos porque funcionan? ¿Se está, entonces, contando con el fracaso?

Homo sapiens versus Neandertal
El hombre de Neandertal, que emigró de África mucho antes que el Homo sapiens, era más propenso a adaptarse a la naturaleza, viviendo en simbiosis con ella, al igual que muchos animales. Si hubiéramos seguido ese camino, quizá nunca nos habríamos liberado de nuestra animalidad, ni nos habríamos diferenciado lo suficiente como para alcanzar la plenitud de la condición humana.

No se sabe con certeza por qué se extinguieron los Neandertales, que habitaron Eurasia hace unos 350.000 años. Quizá fueron desplazados por el Homo sapiens, con el que llegaron a cruzarse genéticamente.

A diferencia de los Neandertales, el Homo sapiens —como su nombre indica— no se limita a adaptarse a la naturaleza, sino que busca adaptarla a sí mismo. Más inteligente, combina los elementos naturales para ponerlos a su servicio. Desde la invención de la agricultura y el descubrimiento del fuego hasta la fabricación de herramientas y tecnologías, la creatividad humana ha sido el motor de la emancipación de la naturaleza, el corte del “cordón umbilical” que nos unía a su tutela.

En este sentido, lo que es “natural” nos acerca a los animales, mientras que lo que es “artificial” nos acerca a Dios. La palabra “artificial” proviene del latín ars facere, es decir, “hacer arte”. La diferencia entre nosotros y Dios es que Él crea a partir de la nada, mientras que nosotros creamos manipulando los elementos naturales, haciendo nuevas combinaciones y modificaciones con nuestras herramientas.

Lo natural en el ser humano no es obedecer ciegamente a la naturaleza, sino liberarse de ella, comprenderla y dominarla. Lo natural en el Homo sapiens es, paradójicamente, lo artificial —es decir, la capacidad de hacer arte.

Nuestra naturaleza caída
Las ciencias humanas se alejan cada vez más de la teoría del buen salvaje de Rousseau y se acercan a la de Hobbes: homo homini lupus —“el hombre es el lobo del hombre”. No nacemos como una tabla rasa, aprendiendo el mal por educación. Por el contrario, nacemos ya con el mal en nosotros.

Podemos, sí, aprender técnicas para practicarlo, pero el espíritu del mal no necesita ser enseñado —es innato. Sabemos practicarlo espontáneamente. Todo lo malo que la humanidad ha hecho a lo largo de la historia parece integrar una base de datos universal, similar al inconsciente colectivo descrito por Jung.

San Pablo: el hombre natural o viejo hombre
“Las obras de la carne son bien conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, iras, ambiciones, discordias, divisiones, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes a estas. [...] Los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios.” (Gálatas 5, 19-21)

“No entiendo lo que hago. Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que detesto.” (Romanos 7,15)

San Pablo sentía en su propia carne la fuerza de la naturaleza humana caída —la inclinación natural hacia el mal. A eso llamó “obras de la carne”, características del viejo hombre. Esta es la herencia del pecado original: Adán, nuestro padre terrenal, nos transmitió una naturaleza herida. Hacer el mal no requiere esfuerzo —es casi como una segunda naturaleza.

San Pablo: el hombre espiritual o nuevo hombre
“El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí mismo. Contra tales cosas no hay ley. Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.” (Gálatas 5, 22-24)

El diluvio no fue solución; destruir todo y empezar de nuevo con Noé no resolvió el problema, porque el mal ya estaba impregnado en la naturaleza humana. Dios ideó otro plan: envió a su Hijo, igual a nosotros en todo, excepto en el pecado. El pecado no forma parte de la creación divina —es invención nuestra.

Cristo es el Hombre Nuevo, no surgido tras el diluvio, sino nacido de la unión entre la naturaleza divina y la naturaleza humana purificada en María. Cristo fue injertado en el Adán original, no en lo que este se convirtió. Como todo injerto, el de Cristo transforma el árbol desde dentro, haciéndolo capaz de dar frutos nuevos.

Cristo: Camino, Verdad y Vida
“Quien quiera salvar su vida, la perderá.”
“Quien quiera seguirme, que renuncie a sí mismo.”
“Ama a tus enemigos.”
“Bienaventurados los pobres.”
“No invitéis a vuestros familiares y amigos…”

Jesús utiliza, frecuentemente, un lenguaje paradójico. El modelo de humanidad que Él propone es, a la luz de la lógica natural, artificial. Va contra corriente de nuestras tendencias instintivas —y, sin embargo, está más que demostrado que no hay otro camino hacia la verdadera felicidad.

Como dicen los italianos, “Se non è vero, è ben trovato.” Incluso si la figura histórica de Jesús de Nazaret nunca hubiera existido, la narrativa construida por los cuatro evangelistas seguiría siendo, aun así, la mejor de todos los tiempos.

El cristiano es la medida de lo humano, y lo humano es la medida del cristiano. Los valores del Evangelio orientan la vida personal y social. La propia Carta de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas está, en gran parte, inspirada en los valores evangélicos.

Indiscutiblemente, no hay mejor modelo de vida humana que Jesús de Nazaret. Su vida cotidiana, sus gestos y palabras constituyen, verdaderamente, Camino, Verdad y Vida para todos los tiempos y lugares.

Como modelo de vida, como estrella polar de la humanidad, no existe alternativa igualmente válida. Como Él mismo dijo: “Quien no recoge conmigo, desparrama.” (Lc 11, 23) —no porque recoja con otro, sino porque se pierde en el vacío.

Conclusión - Natural es aquello que recibimos de la naturaleza; artificial —del latín ars facere— es lo que nace de nuestra mente y creatividad. La vida humana tiene, en definitiva, más de artificial que de natural.

P. Jorge Amaro, IMC

miércoles, 25 de marzo de 2026

CNV - El Falaz mito de la violencia redentora

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¿Qué es un mito?
Los mitos son narraciones surgidas en los albores de la civilización humana con el propósito de explicar y dar respuesta a las preguntas fundamentales que los hombres siempre se han planteado: el origen del mundo, del ser humano, de los dioses, el sentido de la vida, etc.

Los mitos no son históricos porque no se refieren a acontecimientos que realmente ocurrieron; sin embargo, el hecho de que no lo sean no significa que sean falsos. Son verdaderos en la medida en que intentan explicar realidades en un tiempo en que la ciencia aún no existía. 

Tomemos, por ejemplo, el mito del dios del tiempo llamado Cronos: este engendraba hijos y luego se los devoraba. Ciertamente no es histórico, pero es verdadero en tanto refleja que el tiempo es algo que se nos da y que luego consumimos. Cada mañana “damos a luz” un nuevo día y, llegada la noche, ya lo hemos devorado.

El sistema de dominio o estructura de poder
Walter Wink denomina así a un entramado compuesto por relaciones económicas injustas, relaciones políticas opresivas, relaciones raciales sesgadas y relaciones de género de corte patriarcal. Todo ello dentro de una sociedad que divide a las personas en clases sociales, para que las relaciones no sean horizontales sino jerárquicas. 

Finalmente, la violencia aparece como el instrumento para mantener y salvaguardar este status quo, vigente desde la antigua Babilonia hace más de 3000 años a. C.

Nada de esto ocurre por azar: según Wink, todo sistema de dominio necesita necesariamente de un mito de dominación: una narración o leyenda que explique y justifique por qué estamos donde estamos y cómo se ha llegado a esa situación.

Ese mito recibe el nombre de “Violencia Redentora” (Might is right). Consagra la creencia de que la violencia salva y se justifica a sí misma; que la guerra trae paz –“si vis pacem, para bellum”, decían los romanos: si quieres la paz, prepárate para la guerra–. Este mito defiende que el poder es imprescindible para establecer paz y concordia. 

Tal como recurrimos a Dios cuando todo lo demás falla, recurrimos a la violencia para resolver los problemas sociales e individuales. Por eso parece funcionar como un dios. De hecho, para Wink, esta –y no el judaísmo, el cristianismo o el islam– es la religión más antigua y extendida del mundo, desde Babilonia hasta nuestros días.

El juego de policías y ladrones, héroes y villanos
El mito funciona de manera paradigmática: un individuo poderoso, un sistema o un grupo causa daño a otros. Dentro del grupo oprimido surge un héroe que, mediante la violencia, derrota y mata al opresor, liberando así a las víctimas.

Tras la victoria, el héroe instaura un nuevo orden de paz y armonía. Pero, inevitablemente, el poder corrompe: el libertador justo acaba convirtiéndose en opresor y villano, iniciando de nuevo el ciclo con la aparición de otro héroe.

La historia de Rusia lo ilustra: el pueblo fue liberado de los zares por la Revolución Bolchevique de 1917, solo para caer bajo un régimen aún más opresivo bajo Stalin y sus sucesores en la llamada “dictadura del proletariado”.

Este esquema se inculca desde la infancia a través de dibujos animados, cuentos y películas. Siempre hay un héroe invencible frente a un villano igualmente poderoso. Conscientemente nos identificamos con el héroe, pero inconscientemente proyectamos en el villano nuestra ira reprimida, nuestra rebeldía y nuestros deseos oscuros. 

Durante buena parte de la trama disfrutamos secretamente del triunfo del mal hasta que, al final, el bien vence tras mucho sufrimiento. Este desenlace restablece un orden interior: sentimos que hemos dominado nuestras propias pulsiones.

Por eso consumimos con placer este tipo de historias: actúan como una catarsis. La derrota del villano equivale a una autopunición de nuestras tendencias oscuras. El cine y el deporte funcionan como válvulas de escape que permiten mantener nuestra agresividad bajo control.

La violencia en la educación
“La letra con sangre entra” –decía un refrán castellano– exaltando la violencia como método educativo. Durante siglos, niños y niñas fueron objeto de palizas tanto en la familia como en la escuela, a menudo en manos de profesores sádicos. El mito legitimaba este abuso.

El mito babilónico de la creación
El relato más antiguo sobre la creación del universo narra que, al principio, existían el dios Apsu y la diosa Tiamat. Como sus hijos hacían demasiado ruido, Apsu decidió matarlos. Los dioses jóvenes descubrieron el plan y lo asesinaron antes. Tiamat juró venganza, pero su sobrino Marduk la derrotó, la descuartizó y con su cuerpo creó el universo.

En este mito, la creación no es un acto de bondad, sino de violencia. El orden cósmico requiere la supresión del principio femenino y se refleja en el sometimiento social de las mujeres. La violencia se justifica como medio necesario para vencer el caos.

Después, Marduk y Ea crearon a los seres humanos de la sangre de un dios ejecutado, para que sirvieran a los dioses. Así, la violencia se presenta como inherente a la naturaleza cósmica y humana. La paz solo puede imponerse desde arriba, por los más fuertes, reyes, sacerdotes o gobernantes.

El mito bíblico de la creación
Muy diferente es el relato del Génesis: “Dijo Dios: Hágase la luz. Y la luz se hizo (…) Y vio Dios que era bueno”. La creación es fruto de la bondad divina. Todo lo creado es bueno, y el mal no forma parte del plan original, sino que entra posteriormente por el mal uso de la libertad humana.

En la Biblia, la violencia nunca aparece como algo natural, sino como un mal artificial introducido por el pecado. No es un hecho inevitable, sino un problema a resolver.

La religión como legitimación del poder
A lo largo de la historia, las religiones han oscilado entre el mito bíblico y el babilónico. El cristianismo, siguiendo al judaísmo, adoptó con frecuencia el mito de la violencia redentora, legitimando guerras, cruzadas e inquisiciones en nombre de Dios. Así, la Iglesia acabó siendo capellán del poder político, justificando la violencia del Estado.

El cesaropapismo –la unión entre poder religioso y político– se consolidó tras Constantino. Ejemplos como las Cruzadas o la Inquisición muestran hasta qué punto religión y política se fusionaron en un mismo proyecto, justificando mutuamente su violencia.

El triángulo de Karpman o “de las Bermudas”
El mito de la violencia redentora perpetúa un círculo vicioso: villano – víctima – héroe. Esta dinámica nunca redime, nunca soluciona el conflicto original, solo se repite. Es una versión moderna del mito griego del eterno retorno: el tiempo como un ciclo devorador, representado por Cronos.

Si no cambiamos de paradigma, si no destituimos el mito babilónico y adoptamos el bíblico, el mundo seguirá atrapado en este círculo sin salida, con la autodestrucción como desenlace más probable.

El pensamiento hebreo, en cambio, no es cíclico sino lineal: desde la esclavitud en Egipto hacia la libertad en la Tierra Prometida. El tiempo avanza hacia un futuro abierto, de posibilidad y esperanza.

Conclusión - La violencia no redime ni a la víctima, ni al villano, ni resuelve el conflicto que la origina. Al contrario, se perpetúa a sí misma en un círculo vicioso interminable. Solo un cambio de paradigma –destituir el mito babilónico y abrazar el mito bíblico de la bondad originaria– abre una esperanza real. De lo contrario, la humanidad se encamina hacia su propia autodestrucción.

P. Jorge Amaro, IMC


viernes, 20 de marzo de 2026

CNV _ Cosmovisión y cosmovisiones

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Cuando éramos bebés podíamos aprender una o incluso dos lenguas sin necesidad de estudiar la gramática, es decir, sin comprender las razones por las que se habla de determinada manera. Bastaba la inmersión y la repetición. Sin embargo, al llegar a la edad adulta, para aprender un idioma necesitamos conocer su gramática, es decir, aprender sus reglas y, de algún modo, obedecerlas para hablar con corrección y adecuación.

La Comunicación No Violenta o Comunicación Compasiva es, en este sentido, una nueva lengua. Para aprenderla en la edad adulta necesitamos comprender sus reglas, su filosofía, su cosmovisión, la forma de pensar que le da fundamento. Si queremos aprender una lengua no violenta, debemos primero reconocer de qué modo la lengua que usamos habitualmente está impregnada de violencia. ¿De dónde proviene esa lengua violenta? ¿Qué hay en su base?

Todo esto está íntimamente relacionado con la manera en que conceptualizamos el mundo y su historia, la naturaleza humana, la realidad que nos rodea y el sentido mismo de la vida. La cosmovisión es la piedra angular, el cimiento sobre el que descansa nuestro pensamiento. Está compuesta de creencias, mitos e ideas fundamentales que, en gran medida, permanecen inconscientes y por ello no suelen cuestionarse ni ponerse en duda.

Para transformar nuestro lenguaje violento en el lenguaje del Reino de Dios, debemos cambiar nuestra manera de pensar. Y para cambiar nuestra manera de pensar, necesitamos confrontar y, en muchos casos, transformar la cosmovisión en la que esta se apoya.

El teólogo Walter Wink, en su libro The Powers that Be, afirma que la cosmovisión es el esqueleto de nuestro pensamiento. Expone además ejemplos de cosmovisiones que han dominado a lo largo de la civilización occidental:

La cosmovisión antigua
Presentaba el mundo celestial en paralelo con el mundo terrenal; lo que sucedía en el Cielo tenía su correlato en la Tierra y viceversa. Así lo reflejan las mitologías griega y romana. Todas las realidades terrestres poseían una dimensión divina y una deidad que las representaba en el cielo: Marte era el dios de la guerra, Venus la diosa del amor, Neptuno el dios del mar, Júpiter el padre de los dioses, etc. En el mundo antiguo —griegos, romanos, egipcios, babilonios, indios y chinos— todos compartían esta forma de comprender la realidad.

La cosmovisión espiritualista
Surgió en el siglo II de la era cristiana, en confrontación directa con la idea de que la creación es buena en sí misma. Impuso el dualismo griego: el espíritu es bueno, la materia es mala. El mundo es considerado prisión del espíritu; el cuerpo, prisión del alma. El sexo y, en general, todo lo corporal es percibido como negativo. Para vencer el mal, el cuerpo debía ser mortificado y negado, a fin de que lo espiritual prevaleciese. El mundo era visto como un “valle de lágrimas” y la muerte como liberación del alma de las cadenas del cuerpo que la contaminaba.

La cosmovisión materialista
En oposición a la espiritualista, la cosmovisión materialista sostiene que lo real es únicamente lo que puede ser conocido a través de los cinco sentidos. Todo lo demás es superstición: no hay Cielo, ni Dios, ni alma. El ser humano no es más que materia; el universo carece de sentido intrínseco y de finalidad. La ética, en este contexto, no existe como referencia absoluta: el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto son arbitrarios, convenciones sociales establecidas para la supervivencia y la convivencia pacífica.

Wink afirma que esta es la cosmovisión dominante en el mundo posmoderno: la matriz o “placa base” sobre la cual operan las universidades, la política, los medios de comunicación y la cultura en general. Tal visión se volvió tan invasiva que incluso se presenta como “científica”, cuando la ciencia —especialmente la física— hace tiempo se apartó de esa lectura materialista hacia una visión de un universo reencantado.

La mayoría de quienes viven bajo esta cosmovisión creen estar al día con la ciencia, pero, en realidad, se han quedado anclados en la física de Newton, que veía el mundo como un reloj preciso y predecible. Tras Einstein, la física mecanicista dio paso a la física cuántica, basada en el principio de incertidumbre y probabilidad de Heisenberg, donde la certeza absoluta fue sustituida por el cálculo de probabilidades.

La cosmovisión teológica
Surgió como reacción espiritual frente a la cosmovisión materialista. Reafirma la existencia de un mundo sobrenatural, pero lo protege tras un muro, declarando que su existencia es únicamente materia de fe: no puede ser probada ni refutada por la ciencia.

En esta perspectiva, ciencia y religión caminan de espaldas. Esto obliga a muchos creyentes cultos a vivir en una especie de esquizofrenia: durante la semana creen que el ser humano es fruto de la evolución de las especies; el domingo creen que fue creado directamente por Dios. Evolucionistas entre semana, creacionistas el fin de semana.

La cosmovisión integral
Supone una síntesis y superación de las anteriores al situar el espíritu en el corazón mismo de la materia. Dios es trascendente, distinto y superior a todo, pero, al mismo tiempo, es el corazón de cada criatura. Esta armonía entre trascendencia e inmanencia no debe confundirse con el panteísmo, que afirma que todo es Dios.

Se relaciona más bien con el panenteísmo: todo está en Dios y Dios está en todo. San Francisco de Asís veía en cada criatura una manifestación de Dios porque reconocía su presencia inmanente en todas ellas. Wink sostiene que esta es la cosmovisión de la nueva física cuántica, de la teología de la liberación, de la teología feminista, de muchas religiones nativas de Norteamérica. Señala como exponentes de esta visión al psicólogo Carl Jung y al paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin.

Aunque presentadas en una secuencia que sugiere evolución, Wink advierte que todas estas cosmovisiones siguen vivas y que, en realidad, la mayoría de las personas no se guía exclusivamente por una sola, sino que mezcla fragmentos de varias, dependiendo de cada circunstancia. Comprender qué cosmovisiones guían nuestro pensamiento es esencial para que el ser humano y sus instituciones se liberen de los poderes que los dominan.

“Beau Sauvage” o “Homo homini lupus”?
Homo homini lupus – Para el filósofo inglés Thomas Hobbes (1679), el hombre en estado natural se cree con derecho a todo, usa su poder de modo arbitrario para preservar su vida. Su interés egoísta prevalece, por lo que no hay paz ni seguridad: impera la ley del más fuerte. Como no es sociable por naturaleza, debe someter su voluntad a un soberano o a una asamblea —el rey o el Estado—, perdiendo libertad e incluso el ejercicio de la violencia.

Beau Sauvage – Para otros pensadores, el hombre en estado natural es bueno, sano y feliz. La propiedad privada introdujo desigualdades —ricos y pobres, libres y esclavos—, lo que desencadenó la corrupción y la violencia. La salida es un contrato social donde la voluntad general sea soberana: como todos ceden por igual, nadie pierde.

¿Cuál de estas teorías describe mejor la naturaleza humana? Dado que el ser humano procede de una evolución de más de cinco millones de años de mamíferos y primates, conviene preguntarse primero si los animales de los que descendemos son violentos por naturaleza. La observación muestra que, en general, los animales no ejercen violencia gratuitamente, sino únicamente cuando sus necesidades básicas no están satisfechas.

La vida se alimenta de vida en la cadena alimentaria: la gacela come hierba, el león caza a la gacela, al morir el león es devorado por hienas y buitres, y éstos, a su vez, por los gusanos, que fecundan la tierra de donde brota nuevamente la hierba. El término “cadáver” proviene precisamente de carne dada a los gusanos.

Si a un animal se le ofrece una vía alternativa para alimentarse, deja de cazar. Basta observar a nuestros perros y gatos, antaño cazadores implacables y hoy plenamente integrados en nuestros hogares.

Millones de años de evolución nos separan de los primates. Creados a imagen y semejanza de Dios, los seres humanos no estamos llamados a ser lobos unos de otros, sino hermanos. El mundo creado por Dios posee recursos suficientes para que las necesidades de todos se satisfagan sin recurrir a la violencia.

De ahí uno de los postulados fundamentales de la CNV: al igual que en el resto de los seres vivos, los conflictos y la violencia entre personas surgen cuando las necesidades no están satisfechas. La CNV se convierte en una herramienta que facilita que las necesidades de unos y otros encuentren respuesta, reduciendo así la violencia y resolviendo los conflictos.

La creencia de que el hombre es por naturaleza malo, egoísta y violento proviene de mitologías y ha servido durante siglos para justificar la violencia de unos sobre otros, e incluso contra sí mismos mediante la culpa y la vergüenza.

El lema “Si vis pacem, para bellum” (“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”) resume esta cosmovisión. Según ella, como el hombre sería violento por naturaleza, la paz no puede alcanzarse con medios pacíficos, sino únicamente con medios violentos.

La sociedad educa al individuo a reprimir su ira y ejercer violencia contra sí mismo; y a quienes no lo logran, se les aplica violencia desde fuera mediante el poder coercitivo y punitivo. Así, partiendo de una premisa falsa —que el ser humano es malo por naturaleza— se perpetúan estructuras de poder y violencia.

En contraste, la cosmovisión que sostiene la Comunicación No Violenta como lenguaje del Mundo Nuevo, el Reino de Dios que Jesús anunció, afirma que Dios creó todas las cosas buenas. El Génesis nos muestra un Dios que se alegra de su creación: “Y vio Dios que era bueno” (Génesis 1, 4.12.18.21.25). Y si todo es bueno, con mayor razón lo es el ser humano, creado a imagen y semejanza del Creador (Génesis 1, 26).

Los hombres del futuro
Además de Walter Wink y otros teólogos como Paul Tillich y Teilhard de Chardin, uno de los grandes inspiradores de Marshall Rosenberg fue su profesor Carl Rogers, pionero de la psicoterapia no directiva centrada en la persona.

En un artículo escrito al final de su vida, Rogers describió cómo imaginaba al hombre del mañana. Sus intuiciones resultaron certeras y hoy siguen siendo profundamente inspiradoras:

  • Abiertos al mundo interior y exterior, a nuevas formas de ver, de ser y de pensar.
  • Críticos frente a una ciencia y tecnología centradas en controlar la naturaleza y a las personas.
  • Buscadores de nuevas formas de comunicación, cercanía e intimidad.
  • Capaces de mirar a los demás con benevolencia y consideración positiva, prestando ayuda de manera amable, no moralista y sin juicios.
  • Ecológicos, aliados de las fuerzas de la naturaleza en vez de vivir en guerra con ellas.
  • Críticos con instituciones rígidas y burocráticas, recordando que las instituciones deben existir para las personas, no al revés.
  • Desconfiados de la autoridad externa: personas moralmente autónomas, capaces de confiar en su propia experiencia y conciencia para emitir juicios, incluso en contra de leyes que consideran injustas.
  • Espirituales: buscan un sentido, un propósito y una misión mayores que ellos mismos y que su propia vida.

Conclusión - Para transformar nuestro lenguaje violento en el lenguaje del Reino de Dios, debemos cambiar nuestra manera de pensar. Y para cambiar nuestra manera de pensar, debemos confrontar —y en muchos casos transformar— la cosmovisión en la que ésta se fundamenta.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 15 de marzo de 2026

Morir en Vida

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Muerte eterna

Al acercarnos al final de la Cuaresma, en el tercer domingo, en el episodio de la Samaritana, aprendemos que el pecado es como una sed: se sacia por momentos, pero siempre vuelve a aparecer. Esta es también la dinámica del vicio: un comportamiento repetitivo y obsesivo que roba la libertad. Jesús es el agua viva, el agua de la verdadera libertad que, una vez bebida, elimina para siempre esa sed.

En el cuarto domingo, en el episodio de la curación del ciego de nacimiento, comprendemos que el pecado es como la oscuridad, mientras que Jesús es la luz. Cristo es la luz del mundo, que ilumina el camino de la humanidad, la luz que conduce a la vida, la luz de la fe que nos permite ver la realidad como Dios la ve.

En el quinto domingo, con el episodio de la resurrección de Lázaro, entendemos que el pecado es como una muerte interior, y Jesús es la resurrección. La muerte parece tener un carácter de fin absoluto, que condiciona todo lo demás. Pero para Jesús, que deliberadamente retrasó su llegada a Betania, la muerte no es un fin, sino un medio para algo mayor: la manifestación de la gloria de Dios.

En Romanos 6, 23, San Pablo afirma: «El salario del pecado es la muerte». Sin embargo, Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ezequiel 18, 23). De hecho, como decía San Ireneo: Gloria Dei homo vivens – la mayor gloria de Dios es el hombre plenamente vivo.

Dios quiere que tengamos vida, y vida en abundancia. La vida plena del ser humano es lo que más alegra el corazón de Dios. Lo que más le entristece es que permitamos que la muerte reine en nosotros – ya sea en la dimensión física, psicológica o espiritual.

Muerte temporal
Tenemos grabado en el imaginario que la muerte ocurre únicamente al final de la vida. Pero eso no es cierto. La muerte forma parte de la propia vida y ocurre a diario, en múltiples niveles: físico, psicológico y espiritual. La muerte existe en función de la vida: no es su fin, sino un medio. El fin es siempre la vida.

Nacer, crecer, reproducirse y morir: esta es la regla por la que se rige todo ser vivo. Un organismo adulto está formado por trillones de células, cada una de ellas un ser vivo autónomo. Todas provienen de una única célula madre, fruto de la unión del espermatozoide y el óvulo. La ameba, habitante de aguas estancadas, es un ser vivo unicelular.

Así, cada célula de nuestro cuerpo nace, crece, se reproduce y muere. Este ciclo celular explica el crecimiento físico. Cada siete años, tenemos un cuerpo biológicamente renovado, formado por células nuevas – completamente diferentes de las de siete años antes. A lo largo de la vida, podemos decir que “encarnamos” entre doce cuerpos distintos. Así como la serpiente muda de piel para poder crecer, nosotros también pasamos por sucesivos “cambios de cuerpo” para vivir y madurar.

Lo que es verdad en el plano físico también lo es en los planos psicológico y espiritual. En estos niveles, crecer y vivir exige morir: abandonar hábitos, personas, situaciones, actitudes, ideas.

Las únicas células que se niegan a morir y se multiplican de forma desordenada son las cancerígenas. También nosotros nos volvemos “cancerígenos” psicológica y espiritualmente cuando nos aferramos de forma enfermiza a algo o a alguien que no es Dios.

Bautismo = Pascua = Muerte = Paso
«Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Romanos 6, 4).

El antiguo ritual del bautismo, aún practicado por algunas iglesias, consistía en la inmersión total del catecúmeno en el agua: se descendía por un lado y se ascendía por otro. Este gesto simbólico reproduce la Pascua de Cristo: el paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del hombre viejo al hombre nuevo – a imagen y semejanza de Cristo, arquetipo del hombre renovado.

Este paso, esta muerte interior, es una condición esencial para seguir a Jesús:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lucas 9, 23).

En la Pascua, hay quienes destacan el sufrimiento de la pasión y quienes prefieren exaltar la alegría de la resurrección. Sin embargo, la Pascua es un todo indivisible, como una moneda con dos caras. No hay alegría pascual sin la mortificación cuaresmal. Y, como en la guerra, la alegría de la victoria es proporcional a la dureza de la batalla: cuanto mayor sea la mortificación en Cuaresma, más intensa será la alegría de la Pascua.

Las pascuas de la vida
«Revístanse del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4, 24).

Durante mis años de estudio en Teología, tuve un compañero que, cada Cuaresma, dejaba de fumar. Sin embargo, el Domingo de Pascua volvía a retomar el vicio. En cambio, mi padre dejó de fumar en la Cuaresma de sus 22 años... y nunca más volvió a hacerlo.

Estamos llamados a morir en vida. Si en cada Cuaresma de nuestra existencia morimos a un vicio, a una actitud negativa, a un pecado, poco a poco alcanzaremos la santidad antes de la muerte final – que no es más que el paso a la vida eterna. Tal como San Pablo, podremos decir:

«Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 20).

Muramos, pues, al pecado, para que podamos vivir ya – aquí y ahora – una vida nueva con Dios y para Dios.

Conclusión - En cada momento, en nuestro cuerpo, hay células que mueren y son sustituidas por otras. La muerte es conditio sine qua non del crecimiento físico, de la madurez psicológica y de la plenitud espiritual. Aprender a morir es, en definitiva, el secreto de aprender a vivir.

martes, 10 de marzo de 2026

CNV - El Lenguaje de la Paz

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«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10)

“Año nuevo, vida nueva”. Haciendo honor a este proverbio, he decidido escribir este año sobre una nueva forma de vivir que quiero ir adoptando progresivamente en la medida en que la voy investigando y escribiendo sobre ella. No me cuesta admitir que esta es, probablemente, la razón principal por la que he elegido este tema para el blog de 2018.

Investigo y escribo sobre ello, en primer lugar, para convencerme a mí mismo de que hasta ahora he vivido de un modo equivocado, y de que este año será para mí un noviciado en esta forma alternativa de vida. Si, al compartir estas reflexiones, alguien más llega a la misma conclusión que yo, tanto mejor. Como decía Mahatma Gandhi: «Si no encarnamos o no nos convertimos en el cambio que queremos ver en el mundo, nunca habrá cambio en el mundo».

El tema se llama CNV (Comunicación No Violenta), más conocida en inglés como NVC (Nonviolent Communication). Descubrí esta metodología en un curso bíblico que realicé en Jerusalén, y pronto me di cuenta del enorme potencial que encierra para transformar la vida de las personas, de la sociedad y del mundo.

Según su fundador, Marshall Rosenberg, la CNV no es solamente una forma de comunicarse ni se refiere únicamente a la ausencia de violencia. Es más que una técnica o teoría: es toda una filosofía de vida, una nueva lengua sustentada en una cosmovisión distinta, en una manera renovada de ver, pensar y sentir la existencia y todo lo que la rodea.

Rosenberg, judío estadounidense y psicólogo clínico, al iniciar su carrera como psicoterapeuta pronto percibió que ni el psicoanálisis ni el diagnóstico de la ira o de otros problemas psicológicos generaban los cambios profundos que él y sus pacientes deseaban. Descubrió que el problema era más sistémico que individual y que, por lo tanto, la solución también debía serlo.

La Comunicación No Violenta se propone como una alternativa al modo habitual de comunicarnos, como una lengua nueva para afrontar la violencia individual y social y contribuir a crear una civilización distinta, un mundo nuevo: lo que, en términos cristianos, llamaríamos el Reino de Dios. Y es que la lengua que hemos heredado y usado desde los inicios de la humanidad es violenta, no porque lo seamos por naturaleza, sino por educación. Hemos nacido, crecido y sido formados en una sociedad cuyos cimientos culturales y estructurales están impregnados de violencia.

El éxito del uso de la CNV en la psicoterapia llevó a Rosenberg a extenderla a través de talleres y encuentros, llegando a miles de personas en todo el mundo, especialmente en contextos de conflicto. Los resultados han sido sorprendentes. Quienes entran en contacto con este modo de comunicar reconocen que han vivido en el error y descubren, con esperanza, la posibilidad de una vida más plena, auténtica y feliz.

Cómo estamos llamados a vivir
«Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Sopórtense mutuamente y perdónense, si alguno tiene queja contra otro. El Señor los perdonó: hagan ustedes lo mismo» (Colosenses 3, 12-13).

Rosenberg, al comprender que se enfrentaba a un problema global, se planteó una pregunta fundamental: ¿Cómo estamos llamados a vivir? Como esa pregunta no podía responderse únicamente desde la psicología, acudió a las religiones. En todas ellas encontró un concepto central: la compasión. Estamos llamados a vivir con compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás.

En la tradición judeocristiana, la compasión de Dios hacia su pueblo es incondicional (Isaías 54, 10). Para Jesús, la compasión era un sentimiento natural que lo movía constantemente hacia las personas con las que se encontraba: tuvo compasión de las multitudes que vagaban como ovejas sin pastor (Mateo 9, 35-38); se conmovió ante los dos ciegos a la orilla del camino, privados de participar plenamente en la vida (Mateo 20, 29-34).

La CNV nos ofrece herramientas para pensar, escuchar y hablar de manera que despierte la compasión y la generosidad que ya habitan en nosotros. Nos ayuda a interactuar de forma más auténtica, solidaria y vital. Pero el modo de pensar y de vivir que nos propone es radicalmente distinto del que hemos aprendido a lo largo de siglos de cultura y educación.

Cómo hemos vivido
Lejos de comunicarnos compasivamente con nosotros mismos y con los demás, solemos usar sin darnos cuenta una lengua ofensiva y violenta, que hiere y alimenta conflictos. La mayor parte de nuestras expresiones se apoyan en una lengua estática, centrada en el abuso del verbo “ser”, que utilizamos para juzgar, clasificar, diagnosticar y etiquetar a los demás. Tenemos el hábito de señalar defectos, de decir a los otros qué problema tienen y cómo deberían comportarse.

Nuestra lengua, desde tiempos remotos, ha fomentado conflictos internos y externos, guerras frías o abiertas, agresividad pasiva o explosiva. Vivimos en un mundo de dominadores y dominados, explotadores y explotados, y ni unos ni otros son felices. Quien promueve la guerra no vive en paz, pero tampoco quien la sufre; como dice el refrán: «Quien va a la guerra, da y recibe».

Fuimos educados en estructuras de poder en las que algunos se creen superiores y se arrogan el derecho de definir lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto. Los que obedecen sus reglas son considerados “buenos”, y los que se rebelan son “malos”. La justicia que se deriva de esta cosmovisión es retributiva: premios para los obedientes y castigos para los desobedientes. La CNV pone al descubierto la falacia de este modo de pensar, de hablar y de vivir.

Una lengua que etiqueta y condena
Son pocas las veces en que describimos lo que vemos sin juzgarlo. Nuestra cultura abusa del verbo “ser”: nos hemos acostumbrado a encasillar todo y a todos. Si alguien mató a un perro, lo llamamos “mata-perros”; si alguien miente, lo etiquetamos para siempre como “mentiroso”. Y así sucesivamente: egoísta, perezoso, cruel, orgulloso…

Este uso nos ata a una identidad fija, nos impide crecer y cambiar. Poco a poco, los ojos se nos nublan con los prejuicios, hasta que solo vemos lo que queremos ver y solo escuchamos lo que queremos escuchar.

Una lengua que niega la libertad y la responsabilidad
Frases como «Tengo que hacerlo» o «Es mi deber» nos convierten en esclavos de un deber impuesto, anulando nuestra capacidad de elección. Y cuando no elegimos, tampoco nos sentimos responsables de lo que hacemos.

Fue esta mentalidad la que permitió a muchos justificarse en los juicios tras el Holocausto: «Solo cumplía órdenes». Hoy repetimos la misma lógica al decir: «Son órdenes superiores, es la ley, es la política de la empresa».

Una lengua que intimida con castigos o seduce con premios
Cuando alguien actúa por miedo al castigo o por la expectativa de un premio, no lo hace desde la libertad ni desde la compasión. El resultado puede ser eficaz en apariencia, pero siempre deja un alto coste humano. La violencia engendra violencia. Y tanto el que obedece como el que ordena quedan empobrecidos, pues la relación se convierte en desigual y coercitiva.

El verdadero motor de la acción humana no debería ser ni el miedo ni la recompensa, sino la alegría de contribuir libremente al bien de los demás. Como dice otro proverbio: «Quien corre por gusto, no se cansa».

Vivir compasivamente
Lengua e inteligencia evolucionan unidas en la historia de la humanidad. No hay inteligencia sin lenguaje, ni lenguaje sin inteligencia. El niño aprende a hablar y, al mismo tiempo, es educado. Así también, si queremos cambiar de vida, necesitamos adoptar una lengua nueva que la sostenga.

La Comunicación No Violenta nos invita a aprender y practicar un nuevo modo de hablar y de pensar, que nos conduzca a una auténtica conversión (metanoia): un cambio de mentalidad que, a su vez, genera una transformación de vida.

Rosenberg descubrió que, más que analizar los problemas o interpretarlos, bastaba con enseñar a las personas a hablar y escuchar de manera distinta. Quienes aprendían esta nueva lengua experimentaban cambios profundos, resolviendo sus conflictos sin necesidad de largas terapias.

En el fondo de toda acción humana están las necesidades universales que todos compartimos. Reconocerlas y expresarlas puede ser el camino hacia una mayor conexión, cooperación y paz.

Conclusión - La Comunicación No Violenta no es solo una técnica de diálogo, sino un modo de vida que transforma nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. En clave cristiana, abre un camino hacia el Reino de Dios en la tierra: una civilización fundada en la compasión, la justicia y la paz.

P. Jorge Amaro, IMC