¿Qué es un mito?
Los mitos son narraciones surgidas en los albores de la civilización humana con el propósito de explicar y dar respuesta a las preguntas fundamentales que los hombres siempre se han planteado: el origen del mundo, del ser humano, de los dioses, el sentido de la vida, etc.
Los mitos no son históricos porque no se refieren a acontecimientos que realmente ocurrieron; sin embargo, el hecho de que no lo sean no significa que sean falsos. Son verdaderos en la medida en que intentan explicar realidades en un tiempo en que la ciencia aún no existía.
Tomemos, por ejemplo, el mito del dios del tiempo llamado Cronos: este engendraba hijos y luego se los devoraba. Ciertamente no es histórico, pero es verdadero en tanto refleja que el tiempo es algo que se nos da y que luego consumimos. Cada mañana “damos a luz” un nuevo día y, llegada la noche, ya lo hemos devorado.
El sistema de dominio o estructura de poder
Walter Wink denomina así a un entramado compuesto por relaciones económicas injustas, relaciones políticas opresivas, relaciones raciales sesgadas y relaciones de género de corte patriarcal. Todo ello dentro de una sociedad que divide a las personas en clases sociales, para que las relaciones no sean horizontales sino jerárquicas.
Finalmente, la violencia aparece como el instrumento para mantener y salvaguardar este status quo, vigente desde la antigua Babilonia hace más de 3000 años a. C.
Nada de esto ocurre por azar: según Wink, todo sistema de dominio necesita necesariamente de un mito de dominación: una narración o leyenda que explique y justifique por qué estamos donde estamos y cómo se ha llegado a esa situación.
Ese mito recibe el nombre de “Violencia Redentora” (Might is right). Consagra la creencia de que la violencia salva y se justifica a sí misma; que la guerra trae paz –“si vis pacem, para bellum”, decían los romanos: si quieres la paz, prepárate para la guerra–. Este mito defiende que el poder es imprescindible para establecer paz y concordia.
Tal como recurrimos a Dios cuando todo lo demás falla, recurrimos a la violencia para resolver los problemas sociales e individuales. Por eso parece funcionar como un dios. De hecho, para Wink, esta –y no el judaísmo, el cristianismo o el islam– es la religión más antigua y extendida del mundo, desde Babilonia hasta nuestros días.
El juego de policías y ladrones, héroes y villanos
El mito funciona de manera paradigmática: un individuo poderoso, un sistema o un grupo causa daño a otros. Dentro del grupo oprimido surge un héroe que, mediante la violencia, derrota y mata al opresor, liberando así a las víctimas.
Tras la victoria, el héroe instaura un nuevo orden de paz y armonía. Pero, inevitablemente, el poder corrompe: el libertador justo acaba convirtiéndose en opresor y villano, iniciando de nuevo el ciclo con la aparición de otro héroe.
La historia de Rusia lo ilustra: el pueblo fue liberado de los zares por la Revolución Bolchevique de 1917, solo para caer bajo un régimen aún más opresivo bajo Stalin y sus sucesores en la llamada “dictadura del proletariado”.
Este esquema se inculca desde la infancia a través de dibujos animados, cuentos y películas. Siempre hay un héroe invencible frente a un villano igualmente poderoso. Conscientemente nos identificamos con el héroe, pero inconscientemente proyectamos en el villano nuestra ira reprimida, nuestra rebeldía y nuestros deseos oscuros.
Durante buena parte de la trama disfrutamos secretamente del triunfo del mal hasta que, al final, el bien vence tras mucho sufrimiento. Este desenlace restablece un orden interior: sentimos que hemos dominado nuestras propias pulsiones.
Por eso consumimos con placer este tipo de historias: actúan como una catarsis. La derrota del villano equivale a una autopunición de nuestras tendencias oscuras. El cine y el deporte funcionan como válvulas de escape que permiten mantener nuestra agresividad bajo control.
La violencia en la educación
“La letra con sangre entra” –decía un refrán castellano– exaltando la violencia como método educativo. Durante siglos, niños y niñas fueron objeto de palizas tanto en la familia como en la escuela, a menudo en manos de profesores sádicos. El mito legitimaba este abuso.
El mito babilónico de la creación
El relato más antiguo sobre la creación del universo narra que, al principio, existían el dios Apsu y la diosa Tiamat. Como sus hijos hacían demasiado ruido, Apsu decidió matarlos. Los dioses jóvenes descubrieron el plan y lo asesinaron antes. Tiamat juró venganza, pero su sobrino Marduk la derrotó, la descuartizó y con su cuerpo creó el universo.
En este mito, la creación no es un acto de bondad, sino de violencia. El orden cósmico requiere la supresión del principio femenino y se refleja en el sometimiento social de las mujeres. La violencia se justifica como medio necesario para vencer el caos.
Después, Marduk y Ea crearon a los seres humanos de la sangre de un dios ejecutado, para que sirvieran a los dioses. Así, la violencia se presenta como inherente a la naturaleza cósmica y humana. La paz solo puede imponerse desde arriba, por los más fuertes, reyes, sacerdotes o gobernantes.
El mito bíblico de la creación
Muy diferente es el relato del Génesis: “Dijo Dios: Hágase la luz. Y la luz se hizo (…) Y vio Dios que era bueno”. La creación es fruto de la bondad divina. Todo lo creado es bueno, y el mal no forma parte del plan original, sino que entra posteriormente por el mal uso de la libertad humana.
En la Biblia, la violencia nunca aparece como algo natural, sino como un mal artificial introducido por el pecado. No es un hecho inevitable, sino un problema a resolver.
La religión como legitimación del poder
A lo largo de la historia, las religiones han oscilado entre el mito bíblico y el babilónico. El cristianismo, siguiendo al judaísmo, adoptó con frecuencia el mito de la violencia redentora, legitimando guerras, cruzadas e inquisiciones en nombre de Dios. Así, la Iglesia acabó siendo capellán del poder político, justificando la violencia del Estado.
El cesaropapismo –la unión entre poder religioso y político– se consolidó tras Constantino. Ejemplos como las Cruzadas o la Inquisición muestran hasta qué punto religión y política se fusionaron en un mismo proyecto, justificando mutuamente su violencia.
El triángulo de Karpman o “de las Bermudas”
El mito de la violencia redentora perpetúa un círculo vicioso: villano – víctima – héroe. Esta dinámica nunca redime, nunca soluciona el conflicto original, solo se repite. Es una versión moderna del mito griego del eterno retorno: el tiempo como un ciclo devorador, representado por Cronos.
Si no cambiamos de paradigma, si no destituimos el mito babilónico y adoptamos el bíblico, el mundo seguirá atrapado en este círculo sin salida, con la autodestrucción como desenlace más probable.
El pensamiento hebreo, en cambio, no es cíclico sino lineal: desde la esclavitud en Egipto hacia la libertad en la Tierra Prometida. El tiempo avanza hacia un futuro abierto, de posibilidad y esperanza.
Conclusión - La violencia no redime ni a la víctima, ni al villano, ni resuelve el conflicto que la origina. Al contrario, se perpetúa a sí misma en un círculo vicioso interminable. Solo un cambio de paradigma –destituir el mito babilónico y abrazar el mito bíblico de la bondad originaria– abre una esperanza real. De lo contrario, la humanidad se encamina hacia su propia autodestrucción.
P. Jorge Amaro, IMC






