lunes, 1 de julio de 2013

De la Fe a la Experiencia

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En busca de su identidad, un muñeco de sal viajó miles de kilómetros hasta que se topó con el mar. Fascinado por algo que nunca había visto, preguntó:
-    ¿Quién eres?
-    "Yo soy el mar", respondió.
-    No entiendo cómo puedo llegar a conocerte.
-    Acércate, tócame. Tan pronto como el hombre de sal puso un pie en el agua, pronto se quedó sin él.
-    ¿Qué has hecho, mar? ¡Me has cortado el pie!
-    Para conocerme tienes que implicarte, dar algo de ti. Y cuanto más te des, más me conocerás y te conocerás a ti mismo.
El muñeco de sal se adentró más en el mar hasta que una ola lo absorbió y solo tuvo tiempo de decir: “El mar soy yo”.


 (...) lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y tocado con respecto a la Palabra de Vida, porque la Vida ha sido revelada; la hemos visto, damos testimonio de ella... lo que hemos visto y oído, esto os anunciamos, 1 Juan 1:1-3.

El testimonio puede ser más o menos plausible o creíble, pero siempre es un testimonio y no una prueba científica. Los destinatarios, es decir, los que lo presencian, nunca estarán totalmente convencidos de lo que aceptar, de lo que creer. Tener fe siempre será una opción.

Entonces, y sólo después de haber dado un paso en la oscuridad, se hace la luz; abres la puerta y comienzas a ver, tocar y sentir, a tener experiencia. No se trata, por tanto, de "Ver para creer", como se dice popularmente, sino de "Creer para ver". Los que vienen ya no necesitan creer, pero los que creen, los que se arriesgan a tener fe después de haber tenido de alguna manera la experiencia y la confirmación de que valió la pena, no han sido defraudados.

"Fides Quaerens Intellectum" decía San Anselmo o "Credo ut intelligam". La fe precede, motiva y busca el conocimiento y no al contrario. Creo para entender; es la fe la puerta de entrada a un nuevo conocimiento y a una nueva forma de conocer. A aquellos que por elección no dan este paso les está vetado este conocimiento. Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes y las has revelado a los niños. (Lucas 10:21.)

Las cosas se conocen y luego nos gustan o no nos gustan; con las personas y con Dios es todo lo contrario; el amor precede al conocimiento. Primero se ama y solo después se conoce, porque amar es involucrarse con el otro; cuanto más amor más conocimiento y viceversa. Cualquiera que quiera conocernos sin darse a conocer es malintencionado. Es contra esto que dice la frase popular: Que nadie descubra su pecho/ por grande que sea el dolor/ porque quien descubre su pecho/ de sí mismo es un traidor.

Cuando era niño, después de vibrar con las liturgias de la Semana Santa, especialmente con el Triduo Pascual, me aburría con la idea de Jesús resucitado; pensaba que debía manifestarse vivo a Anás y Caifás, a Pilato y Herodes, y a todos los que gritaban: "Crucifícalo”, para hacer patente su error. Solo más tarde, me di cuenta de que Jesús solo se apareció, solo se reveló, a aquellos que lo amaban, comenzando por aquellos que más lo amaban: María Magdalena y sus discípulos.

La fe es la puerta, es el camino, es el proceso que lleva a tener una experiencia de Dios y también a tener una experiencia con los hombres. Una vez que tenemos esa experiencia, ya no la necesitamos. La fe es el cohete que, venciendo la poderosa fuerza de la gravedad, es decir, la razón, nos coloca en la órbita de Dios; una vez en órbita, es su atracción gravitacional la que nos mueve y no necesitamos más cohetes.

Aquel día el maestro simplemente dijo: "No hago nada más que estar sentado en la orilla a venderos agua del río; la compráis porque no veis el río, pero el día que la veáis ya no necesitaréis comprarla".

La predicación del misionero despierta la fe. Nos pone en el tren que, naturalmente, si no lo descarrilamos, nos lleva a un conocimiento de Dios en la persona de Cristo y a mantener una íntima relación de amor con él. Una vez que llegan aquí, sobran la predicación y la fe. De esta experiencia de haber visto y vivido con Cristo muerto y resucitado hablan los Apóstoles, no de su fe. (1 Juan 1:1-4).

Karl Rahner, por otro lado, dice que el cristiano del futuro es un místico o no es un cristiano. Uno no es cristiano porque haya escuchado la palabra de Cristo, ni siquiera porque practique su doctrina; se es cristiano cuando se vive en íntima unión simbiótica con Cristo hasta el punto de poder decir, como San Pablo, “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Gálatas 2:20. 

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)