Abuelo nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre...
Hay pequeñas comunidades cristianas que el misionero solo puede visitar de vez en cuando. En una de estas visitas, un sacerdote misionero conoció a un catequista que estaba enseñando a los niños una versión inusual del Padre Nuestro. Dios no fue invocado como Padre, sino como Abuelo.
Ese catequista simplemente estaba haciendo lo que todo buen catequista debe hacer; a partir de la realidad existencial de cada persona para poder anunciarle la Palabra de Dios de un modo que la comprenda y se adapte a su realidad. El concepto de padre no era comprensible para los niños que estaban siendo criados por sus abuelos porque sus padres habían muerto de SIDA.
El problema del SIDA es muy grave en África; de los 35 millones de personas infectadas con esta enfermedad, 25 viven en África. "Al perro flaco todo son pulgas", dice un proverbio castellano. Esto era lo que le faltaba a África, ya diezmada por tantas otras enfermedades debido al nivel de subdesarrollo en el que todavía se encuentra.
El testimonio que recibimos de nuestros padres no se transmite a nuestros hijos porque la fe de la generación actual de padres parece estar afectada por el equivalente de la enfermedad del SIDA. Los padres transmiten la vida a sus hijos, pero no les transmiten la fe sin la cual la vida no tiene sentido.
La fe es a la vida lo que el sistema operativo es a una computadora; sin él, nada en la computadora funciona, ya que es la base sobre la que funcionan todos los programas. Es triste existir sin saber por qué se existe y para qué se existe; estudiar para tener una profesión, para trabajar, para comer y para divertirse es muy pobre. La vida humana es más que esto y no por eso somos radicalmente diferentes a otras especies de seres vivos.
Lo natural sería, como en otros tiempos, que los padres transmitieran a sus hijos la fe que han recibido; que después de mamá y papá, Jesús fuera la tercera palabra que los niños aprendieran y que el regazo fuera el primer banco de la Iglesia y la primera catequesis. Pero no es así; los padres de hoy, si bautizan a sus hijos, es por tradición o superstición; si son enviados a la catequesis, es para que hagan su Primera Comunión, que también es una tradición y el equivalente a los ritos de paso en otras culturas.
Todo este adoctrinamiento es visto como "un rollo"tanto por los padres como por los hijos; ni uno ni otro llegan nunca a tener una relación personal con Cristo, de modo que ambos miran a la religión con ignorancia y prejuicio. De su simplismo concluyen que es inútil en la vida cotidiana.
Donde los padres fracasan, los abuelos pueden tener éxito. Cuando se obstruye una arteria y se impide el paso normal de la sangre, se realiza una derivación. Lo mismo puede suceder en el paso de la fe de generación en generación. Cuando los padres abandonan la fe que recibieron de sus padres, no transmitiéndola a sus hijos, los abuelos pueden asumir esta tarea y acercarse a sus nietos. Muchos ya lo hacen precisamente en las horas que pasan con sus nietos porque saben que la fe es tan vital para el niño como la sangre que corre por sus venas.
El niño tiene solo dos padres, pero cuatro abuelos. Sería triste que ninguno de los cuatro hiciera este compromiso de "desvío" de la fe por sus nietos.
P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)