viernes, 1 de agosto de 2014
¿Ateos o Politeístas?
“Las apariencias engañan”… Muchos ateos, es decir, aquellos que argumentan en contra de la existencia de Dios, y también los agnósticos que ni siquiera argumentan, a menudo lo son de fachada para los demás y para sí mismos. En la práctica, simplemente han sustituido al Dios “cristiano” por una infinidad de pequeños dioses a los que, consciente o inconscientemente, rinden culto.
Percepción natural de lo divino
El niño, desde su nacimiento, percibe el mundo que le rodea como “una tierra inhóspita, un yermo de soledad y horrendos aullidos” (Deuteronomio 32:10). Teme todo y a todos, por lo que necesita aferrarse a algo o a alguien en quien pueda confiar, y cuando lo encuentra, le sonríe, le da la mano y desarrolla una relación.
La filogénesis repite o recapitula la ontogénesis: es decir, en el desarrollo y evolución de un bebé hasta la madurez, vemos repetida o recapitulada la evolución y desarrollo del hombre primitivo hasta nuestros días. La experiencia de extrema soledad e inseguridad que el bebé percibe es idéntica a la que sintió el hombre primitivo. También él, ante un mundo que no conocía ni sabía controlar, buscó, además del amparo de los de su especie, la protección de un ser superior definido antropológicamente como “tremendo y fascinante”.
En todo tiempo y en todo lugar, desde que tomó conciencia de sí mismo, el hombre siempre ha sido religioso, es decir, siempre ha entendido que el sentido y la razón última de su ser y de su vida estaban fuera de sí, lo trascendían, y por eso buscó religarse y crear lazos con ese ser superior y trascendente.
¿Ateísmo o emancipación?
El ateísmo solo surgió cuando el hombre ganó cierta confianza en sí mismo, después de que la ciencia y la técnica le proveyeran de mejores medios de sustento y un mayor conocimiento y control de las fuerzas de la naturaleza.
No es, por tanto, casualidad que el ateísmo surgiera solo donde la ciencia y la técnica estaban más desarrolladas, en Occidente; y tampoco es casualidad que los ateos sean normalmente personas que detentan algún poder financiero, social, político o intelectual, al cual, irónicamente, se aferran religiosamente.
Lo que entonces parece ateísmo quizás es emancipación. Mientras el hombre se sentía inseguro y desprotegido frente al mundo circundante, buscó el amor de Dios como Padre. Con el desarrollo de la ciencia y la técnica, el hombre no solo ganó un cierto control sobre el mundo que lo rodeaba, sino también una mayor confianza en sí mismo, hasta el punto de poder afirmar, ante el viaje inaugural del Titanic, “ni Dios lo puede hundir”.
Sintiendo que ha alcanzado la mayoría de edad, ya no necesitaba más de un Dios Padre, tal como sucede análogamente en la psicología freudiana: el niño, en su proceso de emancipación, se antagoniza con el padre; Nietzsche llega incluso a declarar a Dios muerto para dar la bienvenida a la mayoría de edad del hombre, lo que él llamó superhombre. Pero Dios no desaparece por mucho que se lo odie, ni muere por mucho que se lo declare muerto.
El Dios cristiano ha muerto, vivan los antiguos dioses del Olimpo
Abandonada la relación con Dios trascendente que lo hacía verdaderamente libre, rápidamente comenzó el hombre moderno a deificar o idolatrar realidades inmanentes y domésticas con las que se religó.
Así, la mayor parte de los que se declaran ateos, son en realidad politeístas, es decir, niegan en su vida al verdadero Dios para someterse a realidades humanas y mundanas a las cuales dedican, o con las que malgastan gran parte de su tiempo y energías. Son raros los ateos que no establecen lazos y vínculos “religiosos” con estas realidades.
Consciente o inconscientemente, el hombre de hoy ha recreado los antiguos dioses del Olimpo. Para los romanos como para los griegos, cada realidad era gobernada o tutelada por un dios: Venus o Afrodita, la diosa del amor; Baco o Dionisio, el dios del placer; Cronos, el dios del tiempo; Neptuno o Poseidón, el dios del mar, etc. Júpiter o Zeus, el jefe de los dioses, etc.
En el antiguo Olimpo no había dioses para realidades como la paz, la fraternidad, el amor (entendido como servicio al otro), la generosidad, la misericordia, la justicia. Estos son, al mismo tiempo, valores humanos y atributos de Dios. Solo había dioses para las realidades materiales y mundanas que reflejaban la naturaleza caída del hombre.
La Biblia advierte sobre la tentación de dar valor de “Dios” a las realidades mundanas, absolutizándolas o idolatrándolas; no podéis servir a Dios y al dinero (Lucas 16:13); no podéis servir al poder, al placer, a la fama, a la juventud, a la belleza física, a la ciencia, a la técnica y a muchas otras realidades.
“Amar a Dios sobre todas las cosas” (Deuteronomio 6:5) significa relativizar todas las cosas, absolutizar solo a Dios y cultivar valores humanos que, en definitiva, son ellos mismos atributos o definiciones de Dios. Al negar la existencia de Dios, a quien debemos amar sobre todas las cosas, el amor, la relación o religación del Hombre moderno recae sobre todas las cosas, transformando así al Hombre moderno en politeísta, dividido, mundanizado y materialista.
La naturaleza aborrece el vacío
«Cuando un espíritu maligno sale de un hombre, vaga por lugares áridos buscando reposo; y no encontrándolo, dice: 'Volveré a mi casa de donde salí.' Al llegar, la encuentra barrida y ordenada. Va entonces y toma consigo otros siete espíritus peores que él; y entrando, se instalan allí. Y el estado final de ese hombre se vuelve peor que el primero.» Lucas 11:24-26
Tanto los teístas como los ateos pueden caer en la tentación de la idolatría; sin embargo, los segundos están más expuestos que los primeros; por un lado, porque cerrados a la trascendencia, quedan a merced de la inmanencia, viviendo en la pura mundanidad; por otro, porque pretenden, de una manera casi artificial, crear un vacío en su interior, y la naturaleza, también la humana, aborrece el vacío.
Conclusión - El ateísmo, más que una negación de Dios, es una nueva forma de politeísmo donde el dinero, la fama y el placer se convierten en las deidades de la vida cotidiana. Estas deidades de hoy, otra cosa no son que un resurgir de los dioses de la fertilidad de los pueblos antiguos.
P. Jorge Amaro, IMC
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