Nosotros, los errantes, siempre en busca del camino más solitario, no acabamos un día donde lo hayamos comenzado; y ningún amanecer nos encuentra donde nos dejó el atardecer.
Khalil Gibran, El Profeta
El patrón de las películas de vaqueros
En mis tiempos de niño y de adolescente, me encantaba ver películas de vaqueros en la televisión. Hoy, pensando en retrospectiva, me queda claro que esas películas influyeron, diría que incluso, forjaron de alguna manera mi futuro. ¿Qué tiene que ver un misionero con un héroe vaquero? En realidad, no son tan diferentes; de hecho, tienen en común la mística que los mueve, la sed y el amor por la justicia y la libertad; solo divergen en la forma de actuar.
La mayoría de las películas de vaqueros tiene una narrativa similar: Al inicio de la película, al son de una música característica de este tipo de filmes, vemos al vaquero cabalgando en dirección a una ciudad. Al llegar, rápidamente se da cuenta de que algo va mal en esa localidad. Las calles están desiertas y las pocas personas que se pueden ver se esconden atemorizadas detrás de sus ventanas.
A pesar de percibir la sensación de terror que flota en el aire, el vaquero cabalga, y tras atar el caballo, camina intrépidamente, con la despreocupación y la autoconfianza que siempre lo caracterizan, hacia la puerta del Bar, que abre de una patada.
Es allí donde encuentra a los forajidos (bandidos, como los llamábamos entonces) que, después de matar al sheriff y a cuantos se les han enfrentado, infunden el miedo en los demás. Mientras pide un whisky al camarero, uno de los bandidos se acerca para desafiarlo; el whisky termina normalmente en la cara del bandido y, mientras este lleva la mano a la pistola, ya el vaquero ha disparado contra él, apuntando su arma a los demás. De este primer enfrentamiento queda claro que nuestro protagonista es un tipo duro y, a diferencia del resto de los hombres de la ciudad, no se deja intimidar fácilmente.
Saliendo del bar, con la misma soltura con la que entró, se encuentra con los habitantes del pueblo para informarse de la gravedad de la situación. Les inspira confianza, coraje y juntos trazan un plan y comienzan a trabajar para la liberación de la ciudad. Muchas veces les enseña técnicas de autodefensa, que rápidamente aprenden, ganando así también confianza en sí mismos.
Como siempre tiene que haber algo de romance para despertar el interés del público, las películas de vaqueros no son una excepción. Mientras duran los preparativos para la batalla final, una mujer se enamora de nuestro protagonista, dando así inicio a un romance que se despliega al mismo tiempo que el trabajo de liberación.
Eventualmente llega el día tan esperado. Con la ayuda de la gente del pueblo, el vaquero derrota a los bandidos. Aquí el patrón de las películas de vaqueros diverge un poco; en unas, cuando las personas buscan al vaquero para darle las gracias, este ya no se encuentra, solo se ve su silueta cabalgando a galope contra la luz del atardecer al son de la música con la que empezó la película; en otras, el vaquero permanece solo el tiempo suficiente para despedirse de aquellos a quienes amó, y por quienes arriesgó la vida por puro amor, por la verdad y la justicia, sin buscar nada a cambio.
Cierto es que el pueblo le ofrece establecerse allí, ser su sheriff, casarse con la mujer, etc. Hasta la fecha no conozco ninguna película de vaqueros que termine como los cuentos: "se casaron, tuvieron muchos hijos y fueron muy felices."
Se le ofrecen poder, dinero y amor... ¿Qué más puede desear una persona bajo el sol? Aun así, él rechaza y no se queda, porque la justicia, la verdad y la paz, con las que está comprometido y por las que arriesga su vida, le piden que se mantenga libre... Si aceptara y se quedara en la ciudad, otras ciudades no serían liberadas.
Abrazo inclusivo
Como el vaquero, el misionero ama universalmente. El mundo entero es su patria y la humanidad su hogar. Tiene hambre de justicia y sed de paz. Por ellas y para ellas, vive cada momento de su vida y siempre está dispuesto a sacrificarla enteramente, en cada uno de esos momentos.
A lo largo de toda su vida, el misionero se esfuerza por amar a todos por igual, sin exclusivismos y en libertad. Su objetivo no es pertenecer a una persona, sino ser uno con todos. En la sociedad de hoy, que pone tanto énfasis en el sexo y donde la masculinidad se ha vuelto sinónimo de desempeño sexual, un misionero, al igual que Jesús en su tiempo, encarna una forma de amar no erótica. En un mundo donde muchos buscan sexo sin amor, los misioneros se esfuerzan por amar sin sexo.
Un abrazo cerrado incluye a algunas personas, pero excluye a todas las demás. El misionero no cierra los brazos sobre nadie en particular, lo cual no quiere decir que ame con menos intensidad. Como una madre con varios hijos, en el aquí y ahora de su vida, el misionero ama con toda la intensidad a la persona que tiene frente a sí, sin agotar en ella su amor, porque el amor nunca se agota.
Aunque la sociedad de hoy tiende a poner el instinto sexual al mismo nivel que otras necesidades físicas individuales, como comer y beber, la verdad, que pocos quieren admitir, es que, a diferencia de estos apetitos que son intrínsecos al individuo en función de él mismo, el apetito sexual, también intrínseco al individuo, no se realiza en función de él, sino en función de la especie. La relación sexual no es tanto una necesidad de los seres humanos como individuos, sino una necesidad de la raza humana para sobrevivir.
En función del individuo, la práctica del sexo es completamente inocua, ni resta ni añade nada a la persona que lo practica o no lo practica. Por lo tanto, el individuo no necesita la realización del acto sexual para preservar, afirmar o aumentar su masculinidad o feminidad. Hombres y mujeres se distinguen tanto como se complementan en todas las áreas de su masculinidad y feminidad, no solo en los órganos genitales.
El amor puede existir y subsistir y tener sentido, sin sexo, ya que hay una infinidad de situaciones amorosas donde el sexo no se aplica, no entra ni debe entrar; al contrario, el sexo sin amor no debe existir, no tiene sentido, pues transforma a la persona en un objeto de placer instrumentalizándola y degradándola, incluso en el caso del sexo consentido entre adultos donde ambos son sujeto y objeto.
Amar es, como dice Santo Tomás de Aquino, desear el bien del otro. Por eso dice el proverbio español "obras son amores y no buenas razones", el amor se manifiesta en las obras, tal como la fe. Contrariamente a lo que dice el dicho popular: practicar sexo no es "hacer el amor", pues el amor se manifiesta en las obras, crece o decrece con y por ellas.
Lejos de ser la única, el acto sexual es tan solo una de las muchas formas de decir: "Te amo"; y no aplica, ni es lícito, ni moral en muchas formas de amar. Pero, incluso en las situaciones amorosas en que es correcta y adecuada la expresión sexual, esta, por sí sola, ni resta ni añade nada al amor, solo expresa o no expresa el amor que existe o no existe.
La necesidad es amar y ser amado
"All you need is love", solían cantar los Beatles en los años 60. De hecho, después de las necesidades básicas que no incluyen el sexo, amar y ser amado es la única necesidad y condición sin la cual la vida humana ni existe ni subsiste. Ninguna persona jamás alcanzará la madurez plena, como ser humano, si no es amada incondicionalmente durante la infancia y ama incondicionalmente como adulto.
Quien en su adultez busca ser amado más que amar, se comporta afectivamente como un niño. Y como la sociedad no tolera que los adultos se comporten como niños, buscará ser amado de forma sesgada, con engaños, manipulaciones y juegos psicológicos; de eso tratan las telenovelas. Quien es maduro afectivamente puede pasar sin ser amado; no puede pasar sin amar. Jesús en su vida terrenal, buscando siempre amar y servir a los más pobres y desfavorecidos, no buscaba ser amado, pero tampoco rechazaba el amor que le profesaban.
Amor universal, paternidad universal
Todo hombre y toda mujer, tienen una vocación natural para ser padre y madre. El misionero está llamado a realizarla, no de una forma biológica o física, sino de una forma psicológica y espiritual. Incluso para los que son padres, en sentido biológico, lo más importante no es el escaso tiempo del proceso de la concepción, sino los largos años del proceso educativo.
El misionero no es padre trayendo más hijos al mundo, sino contribuyendo a la educación y humanización de los que ya están aquí. Su paternidad o maternidad no se mide por el número de hijos biológicos que haya engendrado, sino por las vidas en las que haya influenciado positivamente. Su misión es inspirar a los demás para que vivan de manera más justa, más pacífica y plena.
El misionero, al igual que el vaquero solitario de las películas, nunca se queda en un solo lugar. Continúa su camino, llevando consigo su deseo insaciable de justicia, su amor por la verdad y su anhelo de paz. Porque, para él, la vida no se trata de asentarse en un lugar, sino de seguir avanzando, liberando a los cautivos y proclamando un amor que no conoce fronteras ni condiciones.
Y, al igual que en las películas de vaqueros, su partida deja una huella imborrable. Aunque no busque gloria ni reconocimiento, el amor que ha sembrado florece en aquellos a quienes ha tocado, transformando corazones y comunidades enteras. Así, su misión se perpetúa más allá de su propia vida, en cada acto de amor y justicia que ha inspirado.
El misionero ama sin esperar nada a cambio. Ama en libertad, con los brazos siempre abiertos, listo para abrazar al siguiente que se cruce en su camino. Porque, para él, la vida es una aventura en la que el amor es la única brújula que importa. Del misionero se puede decir, como se dijo de Jesús: "Pasó por el mundo haciendo el bien."
Conclusión - El misionero, como el vaquero solitario, se mueve por un amor universal y desinteresado, buscando la justicia y la paz sin atarse a nada ni a nadie. Su vida es un acto continuo de entrega, donde el amor se expresa en obras más allá de las relaciones convencionales. Comprometido, pero no enganchado.
P. Jorge Amaro, IMC (Edit. Begoña Peña)