Un joven monje, mirando un prado maravillosamente florecido, le dijo a su maestro: “Qué difícil es para nosotros, los monjes, la castidad; es como estar frente a una multitud de flores maravillosas y perfumadas, sin poder recoger ni una sola…” Un hombre casado que pasaba por allí, al escuchar estas palabras, observó: “¿Qué diremos nosotros los casados?
Hemos recogido una flor, nos hemos embriagado con su fragancia y ahora tenemos un deseo fortísimo de conocer otras; ¿no es acaso más difícil la castidad para nosotros?” Una mujer, al escuchar estas afirmaciones, exclamó: “¿Existe sufrimiento mayor que no ser recogida por quien verdaderamente queríamos y cuando queríamos?” Dios, al escuchar a los tres, pensó: “Los tres tienen razón, por eso mismo prometí a los puros de corazón que verían mi rostro”. (Autor desconocido)
La virginidad o castidad no es innata, ni temporal, ni algo exclusivo de sacerdotes y monjas. Los valores humanos, para que sean valores y sean humanos, deben poder aplicarse universalmente. Consideremos entonces que todos están llamados a vivir en castidad, aunque la práctica de esta virtud por cada persona dependa de su opción fundamental.
La sexualidad como liturgia del amor
Hasta hace muy poco tiempo, la sexualidad se veía como algo impuro y sucio. El propio acto conyugal, a pesar de ser el único medio para la transmisión de la vida, era visto como negativo. Después de Sigmund Freud, comenzamos a mirar nuestra sexualidad de una forma más positiva, superando incluso las dicotomías sucio-limpio, puro-impuro al tratarse de partes de nuestra anatomía. De esta forma, hoy en día, la gran mayoría de las personas conceptualizan su cuerpo como puro y limpio, en su totalidad y en cada una de sus partes.
Después de haber sido disociada de un supuesto lado oscuro de nuestra naturaleza, la sexualidad también comenzó a entenderse en un sentido mucho más amplio que el puramente genital. El ser humano no es solo masculino o femenino en su cuerpo, sino también en su mente, personalidad y carácter. La masculinidad y la feminidad son entonces dos formas diferentes y complementarias de ser, estar y expresarse como individuo, y no solo una referencia de género.
En el contexto de una pareja, el acto conyugal es, y debe ser ante todo, una expresión de amor y solo después un medio para la procreación, y nunca, como se entendía teológicamente, un remedio para la concupiscencia. En la eventualidad de que el acto conyugal sea procreativo, los hijos son, y deben ser, fruto del amor y no del deseo o la concupiscencia.
Como no todos los actos conyugales están naturalmente abiertos a la transmisión de la vida, podemos concluir que, mientras que la procreación no sucede siempre en cada uno de los actos conyugales, el amor debe siempre preceder y acompañar todos y cada uno de estos actos.
Castidad para todos
A lo largo de la historia, la castidad, entendida como abstinencia, ha sido el atributo distintivo de unos pocos: monjes, sacerdotes y monjas. La misma santidad, entendida como el ideal y objetivo para todo cristiano, con pocas excepciones, estaba solo al alcance de ese grupo de personas, pues a priori se consideraba que estaban en una mejor posición para alcanzarla. Los demás estaban vetados para ser candidatos a la castidad y la santidad por el simple hecho de estar casados.
Los laicos casados eran animados a imitar al clero tanto como podían, especialmente durante la Cuaresma, extendiendo la abstinencia y el ayuno a la práctica sexual; algunos fueron tan lejos que llegaron a hacer el voto clerical de castidad, absteniéndose de cualquier forma de comportamiento sexual para el resto de sus vidas, viviendo como hermanos y hermanas.
Como dijimos antes, para que sea un valor universal, la castidad debe ser aplicable universalmente a todo ser humano, cualquiera que sea su forma de ser y estar en la vida. Como tal, la castidad, para la mayoría de las personas, no puede significar abstinencia de sexo, ya que esta es la forma de expresar amor y unión entre los esposos.
Por lo tanto, la castidad debe buscarse más en las actitudes que en los actos; cada beso, abrazo y caricia puede, al mismo tiempo, ser una expresión de amor o de lujuria, todo depende de la intención de quien los da. Por lo tanto, no hay actos puros o impuros, limpios o sucios en sí mismos; el amor o la lujuria no se encuentran en el acto en sí, sino en el actor y sus motivaciones.
¿Qué hay de malo en el placer?
Esa es la cuestión que muchos jóvenes adultos me han planteado en el contexto del Sacramento de la Reconciliación. Mi respuesta ha sido siempre: “El placer no tiene nada de malo, siempre que su obtención no sea el motivo principal de ningún acto humano”. Por ejemplo, disfrutamos de nuestra comida y hasta creamos un sinfín de diferentes recetas para hacerla más agradable, pero no comemos por placer. El placer no es, ni debe ser, la razón principal para comer.
El placer puede ser una de las razones por las que comemos, pero la primera es la supervivencia y la salud. Aquellos que se dejan llevar por el placer de comer pronto arruinan su salud. Comemos con placer, para tener salud. Cuando el placer se convierte en la motivación primordial, fácilmente se cae en la dinámica del vicio, actos obsesivos y repetitivos sobre los cuales no se tiene control.
Lo que dijimos sobre la relación comida-placer-salud puede aplicarse a la relación sexo-placer-amor. El placer degrada, vicia e instrumentaliza a las personas cuando es la razón principal para la práctica del acto sexual. El placer puede y debe acompañar al acto sexual como lo hace al acto de comer, pero es el amor el que dignifica y otorga valor ético al sexo.
Como decía Erich Fromm, afirmar el placer más allá de la realidad es equivalente a negarlo. Cualquier placer agradable a lo largo de la vida debe estar restringido dentro de los límites de la naturaleza humana. Abusar del placer, sea del tipo que sea, más allá de la condición y naturaleza humanas, acorta la vida y, por lo tanto, también el placer.
La castidad ciertamente significa abstinencia para algunos y a veces para todos. Sin embargo, como valor universal o virtud que debe proponerse a todos, sean casados, solteros o religiosos, la castidad no se refiere solo a la práctica o no práctica del acto sexual genital, sino a toda nuestra vida y a todos nuestros actos, pensamientos y sentimientos; siendo nuestra sexualidad, masculina o femenina, transversal e intrínseca a nuestro ser, no hay pensamientos, sentimientos o acciones que sean asexuados.
Tan casto es el religioso que, por amor al Reino, se abstiene de relaciones sexuales como el casado que las tiene con y por amor a su esposa. Como actitud, la castidad tiene más que ver con la purificación del sexo, es decir, anteponer el amor al placer, que con la ausencia de este.
San Agustín, ya en el siglo IV, daba más importancia a la actitud que al acto cuando decía: "Ama et fac quod vis." Ama y haz lo que quieras. Amar, como define Santo Tomás de Aquino, es querer el bien del otro, por lo que quien ama verdaderamente no puede dejar de hacer el bien.
P. Jorge Amaro, IMC (Edit Begoña Peña)