El Vaticano ha creado un espacio para el diálogo entre creyentes y no creyentes, llamado el "Atrio de los Gentiles". Este nombre evoca el único lugar del templo de Jerusalén que podía ser frecuentado por no judíos. Era, de hecho, el lugar donde se compraban y vendían animales para sacrificios.
El Templo de Jerusalén estaba dividido en atrios, que consistían en rectángulos concéntricos, dispuestos según el nivel "Sagrado": desde el menos sagrado, el Atrio de los Gentiles, abierto a todos, hasta el más sagrado, el Sancta Sanctorum. Siguiendo esta escala, cualquiera entraría en el primero, solo los judíos entrarían en el segundo, el tercero los varones, el cuarto los sacerdotes, y el quinto, únicamente, el "Santo de los Santos", el Sumo Sacerdote.
En concreto, el diálogo entre creyentes y no creyentes, que tuvo lugar en Guimarães y Braga los días 16 y 17 de noviembre, me llenó de confianza; designarla como el "Atrio de los Gentiles" sin duda tiene sentido en términos históricos y metafóricos, pero no es inmune a la posibilidad de una cierta connotación peyorativa.
"Gentiles" era el nombre despectivo que los judíos daban a los no judíos, e incluso había fariseos que creían vehementemente que Dios creó a los gentiles para alimentar el fuego del infierno (donde terminarían los judíos "malos"). Desde este punto de vista, creo que, en los tiempos que corren, llamar "gentiles" a los "no creyentes" es como llamarlos "infieles", el nombre que los musulmanes dan a todos aquellos que no profesan su fe.
Cuando éramos pequeños, si había algo que más odiábamos era que nos insultaran. Debemos evitar la tentación de llamar a los demás según nuestra visión del mundo, es decir, la forma en que vemos y estamos en el mundo. Por esta misma razón, a los inuit del norte de Canadá no les gusta que los llamen esquimales; ese es el nombre que les damos, no el nombre con el que se identifican. Dudo que, a los no creyentes en general, o a aquellos que simplemente no profesan nuestra fe, les guste ser llamados "gentiles".
En esta montaña, el Señor del Universo preparará para todos los pueblos un banquete de suculentos manjares, un banquete de deliciosos vinos. Isaías 25,6
Si tuviera que encontrar en el Antiguo Testamento un nombre metafórico para este espacio de diálogo entre hombres y mujeres de buena voluntad, lo llamaría el Banquete de Isaías. Isaías es, sin duda, el profeta menos nacionalista y el más universalista del judaísmo, un auténtico “avant la letre”, es decir,” cristiano".
PP. Jorge Amaro, IMC ( trad. Liliana Monroy)