La verdadera fe es más que una cosmovisión: una forma de ver e interpretar el mundo y la vida; más que un asentimiento intelectual a la creencia en la existencia de un Dios, Creador del cielo y de la tierra y Salvador en Cristo, su único Hijo; más que un sentimiento de amor a Dios y al prójimo; Más que una opción fundamental, porque impregna todo lo que somos, sentimos y hacemos.
La fe es todo esto, pero es también, y sobre todo, un don de Dios. Esta fe encuentra su expresión natural en la Misión. Parafraseando al apóstol Santiago 2,17: la fe sin misión es una fe muerta.
Misión y martirio son una y la misma cosa. La misión no es fundamentalmente predicar la palabra de Dios, ni hacer obras de caridad, la misión es dar testimonio de nuestra íntima relación de amor con Cristo, y ofrecerla a los demás. Nadie puede dar lo que no tiene, si no tenemos una relación íntima, personal y amorosa con Cristo no podemos ni debemos ser misioneros.
El testimonio en griego es "mártir"; el misionero es el que da testimonio de Cristo, cualesquiera que sean las circunstancias, a tiempo y fuera de tiempo, con un propósito y sin ninguno, como dice San Pablo. Tal testimonio puede significar una vida corta, como la de Cristo, dar la vida en un minuto; O puede significar una larga vida, siendo fieles minuto a minuto, cada minuto de nuestra vida.
Hay, por tanto, dos formas de martirio, así como hay dos formas de combustión: la combustión viva, "poner toda la carne en el asador", o la combustión lenta, ya que cuando se hace carbón, la leña se transforma lentamente en carbón, que a su vez quema lentamente y calienta a los que tienen frío.
El que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Marcos 8:35
La misión llama a la vida, el martirio llama a la muerte. En Cristo, la vida y la muerte están armonizadas: "Por lo que no vale la pena morir, no vale la pena vivir". No ocupes tu vida con cosas por las que no estás dispuesto a morir; Deja que la razón de tu vida sea la razón de tu muerte y viceversa.
P. Jorge Amaro, IMC (Trad. Liliana Monroy)