domingo, 13 de enero de 2013

Fé, Misión y Martirio

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En línea con el Año de la Fe proclamado por el Papa Benedicto XVI, Fe, Misión y Martirio es el tema anual de reflexión para toda la familia de la Consolata. Este tema atraviesa e inspira nuestras actividades, encuentros y retiros para este año.

La verdadera fe es más que una cosmovisión: una forma de ver e interpretar el mundo y la vida; más que un asentimiento intelectual a la creencia en la existencia de un Dios, Creador del cielo y de la tierra y Salvador en Cristo, su único Hijo; más que un sentimiento de amor a Dios y al prójimo; Más que una opción fundamental, porque impregna todo lo que somos, sentimos y hacemos.

La fe es todo esto, pero es también, y sobre todo, un don de Dios. Esta fe encuentra su expresión natural en la Misión. Parafraseando al apóstol Santiago 2,17: la fe sin misión es una fe muerta.

Misión y martirio son una y la misma cosa. La misión no es fundamentalmente predicar la palabra de Dios, ni hacer obras de caridad, la misión es dar testimonio de nuestra íntima relación de amor con Cristo, y ofrecerla a los demás. Nadie puede dar lo que no tiene, si no tenemos una relación íntima, personal y amorosa con Cristo no podemos ni debemos ser misioneros.

El testimonio en griego es "mártir"; el misionero es el que da testimonio de Cristo, cualesquiera que sean las circunstancias, a tiempo y fuera de tiempo, con un propósito y sin ninguno, como dice San Pablo. Tal testimonio puede significar una vida corta, como la de Cristo, dar la vida en un minuto; O puede significar una larga vida, siendo fieles minuto a minuto, cada minuto de nuestra vida.

Hay, por tanto, dos formas de martirio, así como hay dos formas de combustión: la combustión viva, "poner toda la carne en el asador", o la combustión lenta, ya que cuando se hace carbón, la leña se transforma lentamente en carbón, que a su vez quema lentamente y calienta a los que tienen frío.

El que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Marcos 8:35

La misión llama a la vida, el martirio llama a la muerte. En Cristo, la vida y la muerte están armonizadas: "Por lo que no vale la pena morir, no vale la pena vivir". No ocupes tu vida con cosas por las que no estás dispuesto a morir; Deja que la razón de tu vida sea la razón de tu muerte y viceversa.

P. Jorge Amaro, IMC (Trad. Liliana Monroy)


martes, 1 de enero de 2013

Dimensión Cristiana del Tiempo

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Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y por toda la eternidad. Hebreos 13:8
Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin. Apocalipsis 22, 13

Partiendo de la realidad objetivamente observable, en la Antigua Grecia y en el Lejano Oriente, siempre ha existido una comprensión circular del tiempo: desde el punto de vista cósmico, los 365 días que tarda la tierra en dar una vuelta alrededor del sol; desde el punto de vista de la Naturaleza, más concretamente del cambio climático, las cuatro estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno.

De estos hechos nació el mito del "eterno retorno" para la Filosofía, para la Ciencia la idea de que "no hay nada nuevo bajo el sol" y para la Religión la creencia en la "reencarnación".

Desde un punto de vista existencial y humano, cada día que pasa es un día más que viviremos y un día menos de los que nos quedan de vida. Concebir el tiempo como una línea recta, que viene del pasado, pasa por el presente y se dirige hacia el futuro, no es nada que pueda observarse en la naturaleza.

El tiempo en línea recta es el tiempo de la historia individual y comunitaria, el tiempo que integra la idea de progreso: hoy fue mejor que ayer, mañana será mejor que hoy. En Filosofía, la máxima de Heráclito "no nos bañamos dos veces en las aguas de un mismo río" comparte esta comprensión del tiempo, y lo mismo ocurre en la Cosmología y la Religión, que transmiten las nociones del principio y el fin del mundo.

Esta es también la concepción judía del tiempo: la salida de Egipto (tierra de esclavitud), el paso por el desierto (lugar de sufrimiento, penitencia, purificación y esfuerzo) y la entrada en la Tierra Prometida, donde fluyen la leche y la miel (tierra de libertad, de esfuerzo recompensado y de trabajo acabado).

 Este es el arquetipo del progreso y de la vida humana defendido incluso por la teoría de Karl Marx, en la que: Egipto sería el capitalismo, el desierto sería la dictadura sobre el proletariado, y la tierra prometida sería el socialismo y una sociedad sin clases.

El tiempo cristiano, la Espiral – Es la síntesis entre la línea recta y el círculo, ya que es un círculo en continuo movimiento hacia adelante. El diccionario define espiral como "una línea curva e ilimitada, descrita por un punto que rodea un poste y del cual se aleja progresivamente", como una hélice, un resorte o una escalera de caracol.

Este es el tiempo cristiano e incluso el tiempo humano (hay que tener en cuenta que es en forma de espiral que se representa el ADN de nuestro código genético). Como indica la figura, cada año consta de 365 días alrededor del Sol, el Sol que es Cristo, que ilumina y da sentido a nuestra vida, que es el principio y el fin, tanto del Universo como de nuestras vidas individuales.

Hay que recordar también que se bien representamos los 365 días alrededor del sol como una elíptica, en la realidad como el sol también se mueve a torno al centro de nuestra galaxia, la figura que verdaderamente describe nuestro planeta siguiendo el sol a la vez que rodando a torno a él, es una espiral.

El tiempo cristiano, por tanto, no es ni un círculo ni una línea recta, es decir, cada Navidad y cada Pascua son diferentes, ya que el año en el que nos encontramos y las condiciones situacionales en las que vivimos son diferentes.

Sin embargo, Cristo es la constante a lo largo de nuestra vida, es el eje alrededor del cual gravitamos, "es en él que vivimos, nos movemos y somos" (Hechos 17,28). Cada año meditamos en el misterio de Cristo, desde su Encarnación hasta su Muerte, Resurrección y Ascensión al cielo.

En última instancia, para salir de nuestro "Egipto" personal, configurando cada vez más nuestra vida a la suya, en el sentido de que un día llegaremos a la Tierra Prometida y podremos decir con san Pablo: "Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí". (Gálatas 2:20).

P. Jorge nuestro, IMC