Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, (...) esto os lo anunciamos
1 Juan 4, 1, 3b
La fe conduce a la experiencia de Cristo; la experiencia de Cristo resucitado conduce a una vida nueva porque reconfigura, inspira, guía y da sentido a nuestra vida. Esta nueva forma de vivir en Cristo es ya "per se" evangelizadora. La misión, por tanto, no es fundamentalmente predicar la Palabra de Dios y ser caritativo con el prójimo, especialmente con el más desfavorecido, que viene después; la misión es, ante todo, dar testimonio de la relación íntima, personal y amorosa que tenemos con Cristo, que nos ha traído salud para el cuerpo y el alma y sentido para nuestra vida.
Encontrar a Cristo en nuestra vida es como aquel que, habiendo encontrado una perla de gran valor, vende todo lo que posee y compra la perla. Mateo 13, 46. Es como un tesoro escondido en un campo que un hombre encuentra. Lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va, vende todo lo que posee y compra el campo. Mateo 13, 44
"Misionera" es aquella vecina que ha probado tal o cual té, tal o cual medicina y que, cuando se ve curada, no se cansa de anunciar a los cuatro vientos el milagro que la medicina en cuestión ha obrado en ella. Los que la escuchan, conmovidos por su testimonio, creen y su fe les obliga a experimentarla por sí mismos. Si esta experiencia tiene lugar, con la consiguiente transformación de la vida, el proceso comienza de nuevo.
Mi alma glorifica al Señor. Mi espíritu se regocija en Dios, mi Salvador. Porque ha puesto sus ojos en la humildad de su sierva. De ahora en adelante todas las generaciones me proclamarán bienaventurada.Porque el Todopoderoso ha hecho maravillas en mí. Santo es su nombre. Lucas 1, 46-55
Ser misionero es, como María, cantar el Magnificat de las maravillas que el Señor ha obrado en nuestras vidas, de cómo las ha reprogramado, las ha reorientado y les ha dado un propósito. El Magnificat de María, como el de cualquier persona que ha experimentado la presencia de Dios actuando en su vida, es una explosión de alegría; es un "non plus ultra"; darnos cuenta de que Dios llena nuestras medidas; que "en él vivimos, nos movemos y somos" Hch 17, 28
El misionero, por tanto, no es ante todo el que anuncia el Evangelio, el que catequiza, el que habla "objetivamente" de Jesús, de su historia, de su vida y de sus milagros. Eso sería proselitismo, no misión. El misionero no habla "objetivamente" de Cristo, sino subjetivamente, porque es desde su experiencia y vivencia de Cristo que anuncia el "Kerigma", es decir, el Evangelio.
Proclama el evangelio en todo momento y, si es necesario, usa palabras. Vivir la vida como auténticos cristianos es ya una misión, por eso Jesús llamó a los Apóstoles la luz y la sal del mundo. La sal y la luz no hablan, trabajan en silencio. Las obras sustituyen a las palabras, las palabras no sustituyen a las obras, son huecas y sin poder de convicción si no son reforzadas por las obras. Jesús hablaba con autoridad porque había una correspondencia completa entre lo que decía, lo que era y lo que hacía.
A modo de conclusión, podríamos decir que el anuncio misionero se realiza en tres etapas:
1.Comienza con el testimonio silencioso de nuestras vidas, de nuestro "modus vivendi"; de cómo somos sal de la tierra y luz del mundo; de nuestro modo de estar en el mundo, de nuestro comportamiento cotidiano, de nuestras obras y de nuestro compromiso social, especialmente con los más desfavorecidos;
2.Continúa en la entonación de nuestro Magnificat, de las maravillas que el Señor ha obrado en nuestras vidas: Cuando el Señor sacó del cautiverio a los que volvíamos a Sion, éramos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenó de risas y nuestra lengua de cantos. Y se dijo entre las naciones: "El Señor ha hecho grandes cosas por ellos". Sí, el Señor ha hecho grandes cosas por nosotros, y por eso nos alegramos. Salmos 126, 1-3
3.Y conduce a la evangelización, es decir, al anuncio sistemático de la vida y obra de Jesús y del Evangelio del Reino.
El encuentro con Jesús en el pozo de Jacob transformó y salvó la vida de la mujer samaritana. (Juan 4, 5-42). A pesar de no haber sido enviada, sintió el deseo irresistible de compartir su experiencia de Cristo con los habitantes de su pueblo. Conmovidos por el entusiasmo de la mujer samaritana, creyeron y salieron al encuentro de Jesús.
La Palabra sabia, que emana del intelecto y del saber, puede o no generar vida, pero la palabra testimonio, que brota de la experiencia vivida, siempre genera vida.
P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)