Nueva evangelización versus misión "ad gentes" “Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Mateo 28, 19
En el envío misionero, Jesús mandó a sus apóstoles a todo el mundo para hacer discípulos de todas las naciones y pueblos, no de un solo pueblo o nación. Hoy, sin embargo, obsesionada con la disminución de fieles y con la "Nueva Evangelización" como única solución al problema, la Iglesia, sobre todo la europea, se ha vuelto hacia sí misma y ha puesto la "Misión Ad Gentes", el objetivo para el cual Cristo la constituyó, en segundo plano.
Esta tendencia está probada por la propia conferencia episcopal portuguesa, que en toda su historia solo recientemente produjo un documento sobre la Misión, y hasta colocó en la misma comisión la Nueva Evangelización y la Misión Ad Gentes.
Antiguamente había sacerdotes diocesanos que querían ser misioneros; hoy el movimiento es inverso: son cada vez más los misioneros que se hacen diocesanos. Después de haber tenido la vocación más perfecta de la Iglesia, como decía nuestro fundador José Allamano, ahora le dan la espalda a la Misión; después de ser pescadores de hombres, se conforman con ser pastores; después de ser águilas, ahora se conforman con ser gallinas de corral.
Por otro lado, tal vez para justificar “teológicamente” el quedarse aquí, se ha diluido el concepto de “Ad Gentes”; hoy cualquier actividad pastoral es considerada “Ad Gentes”. Cuando todo es “Ad Gentes”, nada es “Ad Gentes”. Lo que es de todos, no es de nadie; la sal y el azúcar desaparecen de la vista cuando se disuelven en un liquido; el “Ad Gentes” se convierte en “Ad Nientes”.
Si los 12 apóstoles hubieran tenido como objetivo convertir a todo el pueblo de Israel, y si para ello se hubieran quedado en su país, el cristianismo no tendría la dimensión universal que tiene hoy y los judíos tampoco se habrían convertido.
La tesis del libro “La tercera Iglesia a las puertas” de Otto Kuss sostiene que serán los evangelizados de otros países quienes volverán a evangelizar el viejo continente. La nueva evangelización, por tanto, no va a ser hecha por nosotros, sino por aquellos a quienes, hace muchas generaciones, fuimos a evangelizar; de hecho, ya hay entre nosotros misioneros, clero y movimientos laicos de esos países que intentan, tal vez, no una “Nueva Evangelización” en el sentido de Juan Pablo II, es decir, evangelizar de nuevo, sino una “Evangelización Nueva” en el sentido del cardenal Martini, es decir, una nueva forma de evangelizar.
Hubo un tiempo en que Europa daba, desde su abundancia, a la Iglesia universal; hoy, ante la escasez, es natural pensar más en sí misma y cerrarse en sí misma; puede ser natural, pero no es evangélico. No es eso lo que aprendemos en el Antiguo Testamento, en el episodio de la viuda de Sarepta, quien hizo un pan para el profeta Eliseo con la última harina que había reservado para ella misma y para su hijo, antes de que ambos murieran de hambre.
La misma idea está presente en el Nuevo Testamento, como en el episodio de la viuda pobre que dio de lo que le era necesario para sobrevivir. Desde el punto de vista del Evangelio, no tiene quien retiene, sino quien da.
Pastoral de mantenimiento
“¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte para ir en busca de la perdida?” Mateo 18, 12
La triste realidad es que las parroquias no salen de su rutina de “business as usual”, lo que se traduce en una pastoral de mantenimiento que gráficamente puede ser representada en la inversión de la parábola de la oveja perdida: todo lo que el pastor hace es mantener y entretener a una oveja dentro del redil y no se preocupa por las 99 que andan perdidas.
De hecho, ir en su busca es trabajo de un “buen pastor”, y el buen pastor se parece más al pescador, pues deja su zona de confort para ir en su búsqueda. Como no veo en nuestra Iglesia grandes iniciativas de “Nueva Evangelización”, ¿no será que esta fue inventada para contrarrestar y restar fuerza a la Misión "Ad Gentes" ¿Y por lo tanto un pretexto para no hacer ni una ni otra?
Documento de identidad o pasaporte
Cuando nacemos, nuestro nombre es inscrito en el registro civil y más tarde se nos da un DNI (documento nacional de identidad), que nos define jurídicamente al igual que nuestro ADN, que nos define biológicamente. Más tarde se nos da una partida de Bautismo, cuando nuestro nombre es registrado en el libro de la comunidad cristiana.
El documento de identidad solo nos define como portugueses en Portugal, mientras que el pasaporte, aunque no es más que un duplicado del documento de identidad, nos define como portugueses en el mundo; nos abre las puertas de todos los países que constituyen este planeta. Todos los portugueses tienen un documento de identidad, pero no todos tienen un pasaporte; análogamente, todos los registrados en el libro del bautismo son cristianos, pero no todos son misioneros.
“Todo cristiano es misionero”, se decía hace un tiempo, y teóricamente es verdad, pero en la práctica no es así; hay cristianos que lo son de puertas para adentro, son cristianos evidentemente, al igual que una vela no necesita estar encendida para ser vela, pero no son misioneros, es decir, son velas apagadas.
Como todos los talentos, la fe crece cuando se comparte y decrece cuando no se comparte; o se enciende o se apaga; el cristiano que no es misionero, que no comparte su fe, tarde o temprano, como todo talento que no se ejercita, pierde lo que no da y deja de ser cristiano.
El misionero es aquel que, además del documento de identidad, que lo define hacia dentro del país, también tiene un pasaporte, que lo define hacia fuera del país y lo capacita para responder al llamado de Cristo, de dejar su tierra y los suyos, e ir por todo el mundo anunciando la Buena Nueva.
El cristiano es miembro de la Iglesia, el misionero es miembro del Reino de Dios, que es el objetivo de la misión. Cristo fundó la Iglesia para expandir el Reino de Dios en el mundo, y no para ser un castillo en medio de un mundo sin Dios como Rey.
La alegría de ser misionero
Los setenta y dos discípulos volvieron llenos de alegría, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «No os alegréis porque los espíritus se os someten; alegraos más bien porque vuestros nombres están escritos en el cielo». Lucas 10, 17,18,20
Como cristianos, nuestros nombres están escritos en el libro de la parroquia; si queremos que también estén escritos en el cielo, tenemos que ser más que eso, tenemos que ser misioneros. No todo cristiano es misionero, como no todo discípulo es apóstol. Cristo llamó a los doce como discípulos y los envió como apóstoles; es como apóstoles que tienen sus nombres escritos en el cielo, y no como discípulos.
La salvación es para todos, nos salvamos en la medida en que contribuimos para que otros se salven; de la misma manera que solo somos felices cuando contribuimos a la felicidad de los demás. La Misión es asunto de todos los cristianos; Cristo dijo estas cosas no en el contexto de la misión de los 12, sino en el contexto de la misión de los 72, una alusión a los 72 los miembros del Sanedrín, que eran los representantes del pueblo judío. Análogamente, todo el pueblo cristiano está llamado a ser misionero, de lejos o de cerca.
Conclusión
Si limitamos la Misión a la Nueva Evangelización interna, somos como gallinas; pero si llevamos la fe más allá de nuestras fronteras, nos convertimos en águilas.
P. Jorge Amaro, IMC