lunes, 15 de septiembre de 2014

Tener o no tener pasaporte

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Nueva evangelización versus misión "ad gentes" “Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”
. Mateo 28, 19

En el envío misionero, Jesús mandó a sus apóstoles a todo el mundo para hacer discípulos de todas las naciones y pueblos, no de un solo pueblo o nación. Hoy, sin embargo, obsesionada con la disminución de fieles y con la "Nueva Evangelización" como única solución al problema, la Iglesia, sobre todo la europea, se ha vuelto hacia sí misma y ha puesto la "Misión Ad Gentes", el objetivo para el cual Cristo la constituyó, en segundo plano.

Esta tendencia está probada por la propia conferencia episcopal portuguesa, que en toda su historia solo recientemente produjo un documento sobre la Misión, y hasta colocó en la misma comisión la Nueva Evangelización y la Misión Ad Gentes.

Antiguamente había sacerdotes diocesanos que querían ser misioneros; hoy el movimiento es inverso: son cada vez más los misioneros que se hacen diocesanos. Después de haber tenido la vocación más perfecta de la Iglesia, como decía nuestro fundador José Allamano, ahora le dan la espalda a la Misión; después de ser pescadores de hombres, se conforman con ser pastores; después de ser águilas, ahora se conforman con ser gallinas de corral.

Por otro lado, tal vez para justificar “teológicamente” el quedarse aquí, se ha diluido el concepto de “Ad Gentes”; hoy cualquier actividad pastoral es considerada “Ad Gentes”. Cuando todo es “Ad Gentes”, nada es “Ad Gentes”. Lo que es de todos, no es de nadie; la sal y el azúcar desaparecen de la vista cuando se disuelven en un liquido; el “Ad Gentes” se convierte en “Ad Nientes”.

Si los 12 apóstoles hubieran tenido como objetivo convertir a todo el pueblo de Israel, y si para ello se hubieran quedado en su país, el cristianismo no tendría la dimensión universal que tiene hoy y los judíos tampoco se habrían convertido.

La tesis del libro “La tercera Iglesia a las puertas” de Otto Kuss sostiene que serán los evangelizados de otros países quienes volverán a evangelizar el viejo continente. La nueva evangelización, por tanto, no va a ser hecha por nosotros, sino por aquellos a quienes, hace muchas generaciones, fuimos a evangelizar; de hecho, ya hay entre nosotros misioneros, clero y movimientos laicos de esos países que intentan, tal vez, no una “Nueva Evangelización” en el sentido de Juan Pablo II, es decir, evangelizar de nuevo, sino una “Evangelización Nueva” en el sentido del cardenal Martini, es decir, una nueva forma de evangelizar.

Hubo un tiempo en que Europa daba, desde su abundancia, a la Iglesia universal; hoy, ante la escasez, es natural pensar más en sí misma y cerrarse en sí misma; puede ser natural, pero no es evangélico. No es eso lo que aprendemos en el Antiguo Testamento, en el episodio de la viuda de Sarepta, quien hizo un pan para el profeta Eliseo con la última harina que había reservado para ella misma y para su hijo, antes de que ambos murieran de hambre.

La misma idea está presente en el Nuevo Testamento, como en el episodio de la viuda pobre que dio de lo que le era necesario para sobrevivir. Desde el punto de vista del Evangelio, no tiene quien retiene, sino quien da.

Pastoral de mantenimiento

“¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte para ir en busca de la perdida?” Mateo 18, 12

La triste realidad es que las parroquias no salen de su rutina de “business as usual”, lo que se traduce en una pastoral de mantenimiento que gráficamente puede ser representada en la inversión de la parábola de la oveja perdida: todo lo que el pastor hace es mantener y entretener a una oveja dentro del redil y no se preocupa por las 99 que andan perdidas.

De hecho, ir en su busca es trabajo de un “buen pastor”, y el buen pastor se parece más al pescador, pues deja su zona de confort para ir en su búsqueda. Como no veo en nuestra Iglesia grandes iniciativas de “Nueva Evangelización”, ¿no será que esta fue inventada para contrarrestar y restar fuerza a la Misión "Ad Gentes" ¿Y por lo tanto un pretexto para no hacer ni una ni otra?

Documento de identidad o pasaporte
Cuando nacemos, nuestro nombre es inscrito en el registro civil y más tarde se nos da un DNI (documento nacional de identidad), que nos define jurídicamente al igual que nuestro ADN, que nos define biológicamente. Más tarde se nos da una partida de Bautismo, cuando nuestro nombre es registrado en el libro de la comunidad cristiana.

El documento de identidad solo nos define como portugueses en Portugal, mientras que el pasaporte, aunque no es más que un duplicado del documento de identidad, nos define como portugueses en el mundo; nos abre las puertas de todos los países que constituyen este planeta. Todos los portugueses tienen un documento de identidad, pero no todos tienen un pasaporte; análogamente, todos los registrados en el libro del bautismo son cristianos, pero no todos son misioneros.

“Todo cristiano es misionero”, se decía hace un tiempo, y teóricamente es verdad, pero en la práctica no es así; hay cristianos que lo son de puertas para adentro, son cristianos evidentemente, al igual que una vela no necesita estar encendida para ser vela, pero no son misioneros, es decir, son velas apagadas.

Como todos los talentos, la fe crece cuando se comparte y decrece cuando no se comparte; o se enciende o se apaga; el cristiano que no es misionero, que no comparte su fe, tarde o temprano, como todo talento que no se ejercita, pierde lo que no da y deja de ser cristiano.

El misionero es aquel que, además del documento de identidad, que lo define hacia dentro del país, también tiene un pasaporte, que lo define hacia fuera del país y lo capacita para responder al llamado de Cristo, de dejar su tierra y los suyos, e ir por todo el mundo anunciando la Buena Nueva.

El cristiano es miembro de la Iglesia, el misionero es miembro del Reino de Dios, que es el objetivo de la misión. Cristo fundó la Iglesia para expandir el Reino de Dios en el mundo, y no para ser un castillo en medio de un mundo sin Dios como Rey.

La alegría de ser misionero

Los setenta y dos discípulos volvieron llenos de alegría, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «No os alegréis porque los espíritus se os someten; alegraos más bien porque vuestros nombres están escritos en el cielo». Lucas 10, 17,18,20

Como cristianos, nuestros nombres están escritos en el libro de la parroquia; si queremos que también estén escritos en el cielo, tenemos que ser más que eso, tenemos que ser misioneros. No todo cristiano es misionero, como no todo discípulo es apóstol. Cristo llamó a los doce como discípulos y los envió como apóstoles; es como apóstoles que tienen sus nombres escritos en el cielo, y no como discípulos.

La salvación es para todos, nos salvamos en la medida en que contribuimos para que otros se salven; de la misma manera que solo somos felices cuando contribuimos a la felicidad de los demás. La Misión es asunto de todos los cristianos; Cristo dijo estas cosas no en el contexto de la misión de los 12, sino en el contexto de la misión de los 72, una alusión a los 72 los miembros del Sanedrín, que eran los representantes del pueblo judío. Análogamente, todo el pueblo cristiano está llamado a ser misionero, de lejos o de cerca.

Conclusión
Si limitamos la Misión a la Nueva Evangelización interna, somos como gallinas; pero si llevamos la fe más allá de nuestras fronteras, nos convertimos en águilas.

P. Jorge Amaro, IMC


lunes, 1 de septiembre de 2014

Sólo no perdi lo que di

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El hecho
Con el fin de crear espacio en mi disco externo para las numerosas fotos y videos que tomé recientemente en Etiopía, borré la copia de seguridad de todo lo que tenía en el computador, pensando que sería solo de forma provisional.

Lamentablemente, después de días de uso del programa Photoshop para el tratamiento de las fotografías, el computador se averió; ante la avería, para no perder ninguna información, quise copiar de nuevo todos los documentos del computador al disco externo, pero ya no fui a tiempo, ya que lo que estaba dañado era precisamente el disco duro del computador.

El significado
¡Catástrofe… perdí todo… perdí largos y extensos años de trabajo; cómo me pudo pasar esto a mí, que uso el computador desde que se empezó a vulgarizar y que siempre había sido tan cuidadoso en guardar una copia de seguridad, y a veces hasta dos… Estoy perdido, pensé… esto es como morir, o peor, como tener Alzheimer, perder la memoria; mucho del material que tengo en el computador lo necesito aquí y ahora y en el futuro!

Digital y espiritual
Fue en 1989, cuando llegué a Etiopía, que conocí a mi amigo americano, el P. George Cotter de feliz memoria, recientemente fallecido. Él estaba realizando un trabajo de investigación en el área de la antropología cultural y recogía proverbios etíopes. La colección de estos proverbios estaba contenida en un pequeño computador portátil, con pantalla monocromática verde, con menos de un megabyte de memoria y 20 megabytes de disco duro.

Para evitar llevar baúles llenos de libros, como muchos misioneros hacen, dejé todos los libros en Portugal y sólo llevé a Etiopía un archivo con miles de fichas, era la forma, en esa época, de guardar información de manera ordenada. Al ver aquella maquinita de George, pensé que sería la solución a mi problema.

Como misionero, ya había viajado mucho, nunca había estado más de 3 o 4 años en el mismo lugar, desde los 10 años, y aún tendría mucho que viajar; el computador me permitía llevar la casa a cuestas como el caracol; mucho más ligero que cargar libros.

Fue entonces cuando comenzó a surgir en mí la filosofía del digital. Como hoy estoy aquí, mañana estoy allá, solo puedo llevar conmigo lo esencial; y todo lo que para mí tiene valor es digitalizable. Si lo pensamos bien, lo digital es sinónimo de espiritual; tanto uno como el otro son realidades inmateriales e intangibles que necesitan un, cada vez más pequeño, sustrato material para existir y subsistir.

Hoy, si imprimiéramos la información contenida en un pequeño disco externo, llenaríamos una casa de libros, de discos de música, de álbumes de fotografías y de grandes rollos de películas de celuloide. No sé si sería posible “imprimir”, o de alguna forma materializar, la mente y el espíritu contenidos en nuestro cerebro…

La magnitud de la pérdida
Todo lo que poseo actualmente es digital y está en mi computador: mi diario; los libros que necesito y me son caros los digitalicé y los puse allí, fue un trabajo faraónico de muchos años; mis sermones; artículos ya publicados y por publicar; solo en documentos de puro texto tengo 8 gigas, más de 3000 documentos, todo muy bien organizado por temas y carpetas; PowerPoints que hice sobre numerosos temas; conferencias; encuentros formativos; retiros; mis músicas preferidas, algunas adquiridas ya en digital, otras las digitalicé yo.

Las fotografías de los lugares donde estuve y de las actividades allí desarrolladas: España, Etiopía, Canadá, Inglaterra, Estados Unidos y Portugal, que llevé semanas digitalizando de antiguos diapositivas o negativos; todas ellas son más de 12.000 debidamente catalogadas por tema, lugar y año; y por último, alrededor de 100 películas de mensaje, muchas de las cuales compré en CD y pasé al disco por comodidad. Un total de 120 gigas, que en un momento se esfumaron en nada…

“Sólo no perdí lo que di”
Después de dos noches de mal dormir y malos sueños, comencé a pensar que algunos documentos estarían en el correo electrónico; otros los habría dado a amigos y personas que me lo pidieron. Me vino a la memoria, específicamente, una carpeta titulada diaporamas, donde había colocado el trabajo de un verano. Digitalicé los antiguos diaporamas, hechos de diapositivas sincronizadas con una banda sonora en cassette.

Fabulosos diaporamas con muchas historias y mensajes que nadie se había acordado de transformar en PowerPoints. Yo digitalicé el sonido y la imagen y manualmente sincronizé ambos; fue un trabajo que duró un verano entero y resultó en una carpeta de unos 15 diaporamas. Como noté que sería material valioso, lo di después a un catequista, así como muchos libros en el ámbito de la psicología y espiritualidad.

Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa, la hallará (Mateo 16, 25). He aquí la prueba de cómo lo digital y lo espiritual se parecen y de que el evangelio es la verdad y el camino a seguir en todas las realidades y situaciones de la vida humana.

Todo lo que di, de mi trabajo digital, no se perdió; todo lo que retuve solo para mí, se perdió. Si es verdad que solo damos lo que tenemos, también es verdad que solo tenemos lo que damos. Recordemos aquí la parábola de los talentos: aquel que no “dio”, que no hizo rendir su talento, lo perdió; los que “dieron”, es decir, pusieron en riesgo de perder sus talentos negociando con ellos, ganaron.

Si durante algunos años, un futbolista, un cantante o un pintor dejan de practicar su arte, es decir, de “darla”, de ponerla al servicio de la comunidad, al cabo de un tiempo pierden talento en relación a ese arte y oficio: Porque no dieron, perdieron…

Un final feliz…
Pensaba en recurrir a aquellos a quienes di, para recuperar algo de lo perdido, cuando el técnico informático me llama para informarme que, después de tres días trabajando en el disco dañado, logró recuperar todo menos tres videos de Etiopía hechos recientemente. Deo Gracias…

Conclusión - Lo único que no perdí fue lo que compartí: una lección poderosa sobre el verdadero valor de lo digital y lo espiritual tras una desastre tecnológico.

P. Jorge Amaro, IMC