«Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Tú qué dices?» (...) Jesús, inclinándose hacia el suelo, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Como insistían en interrogarlo, se levantó y les dijo:
«¡Quien de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra!» (...) Al oír esto, comenzaron a salir uno a uno, comenzando por los más viejos, y quedó solo Jesús con la mujer que estaba en medio de ellos. Entonces, Jesús se levantó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te condenó?» Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Ve y no peques más en adelante.» Juan 8, 1-11
«Quien no tenga pecado que arroje la primera piedra». Porque todos, de una manera u otra, somos pecadores, nuestra miseria común debería despertar compasión unos por otros. Por el contrario, la mayoría de las veces suscita la crítica; una crítica mordaz e hipócrita, porque nadie está libre de culpa.
Jesús nos aconseja no juzgar para no ser juzgados; además, advierte que la medida que usemos con los demás será usada con nosotros; y también, sobre esta manía nuestra de señalar con el dedo, dice en tono de reprensión: ¿por qué miras la paja en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que está en tu propio ojo? (Mateo 7, 3.)
El ojo humano no puede enfocar al mismo tiempo de lejos y de cerca; por eso, quien abunda en la crítica a los demás, es decir, quien enfoca de lejos y pone su atención en los defectos de los demás, muy probablemente es deficiente en autocrítica, es decir, no enfoca de cerca para ver sus propios defectos.
Pero, ¿por qué enfocamos mejor de lejos que de cerca? ¿Y por qué sentimos placer exponiendo los pecados de los demás para humillarlos? Porque toda humillación es una forma indirecta y solapada de autoexaltación; al señalar con el dedo a alguien, estoy atrayendo la atención de los demás sobre mí, y subliminalmente diciendo: «Yo no soy así», «yo soy mejor»...
Al contrario del hombre, Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva (Ezequiel 18, 23). Dios, que perdona y olvida, está más interesado en nuestro presente y en nuestro futuro que en nuestro pasado; cree en nuestras potencialidades y conoce, mejor que nosotros, nuestros talentos, pues Él nos los dio y es en base a eso que nos perdona y nos invita a cambiar; lo que Dios operó en pecadores como Pedro, Pablo, Agustín y tantos otros puede operar en nosotros también. Todos ellos tenían un pasado de pecado, pero para Dios lo que contaba era su futuro de santidad.
San Pedro, el cobarde
San Pedro, quien llegó a decir a su amigo y maestro, «Daría la vida por ti» (Lucas 22, 33), cuando, confrontado por una criada como uno de los seguidores de Jesús, lo negó tres veces, llegando a afirmar que ni siquiera lo conocía.
San Pablo, el cómplice de asesinatos
San Pablo es el ejemplo clásico de conversión, que en griego se dice metanoia y que significa cambio de mente o, como decimos popularmente, «cambiar de idea». Nuestra vida está gobernada por nuestros pensamientos o ideas; muchos de estos son prejuiciosos e irracionales, tornando en consecuencia inadecuado también nuestro comportamiento.
La conversión como metanoia supone confrontar los pensamientos para modificarlos. Hay una teoría de psicoterapia que parte de este principio. La REBT (Terapia Racional Emotiva y Conductual) se basa en el concepto de que las emociones y comportamientos resultan de procesos cognitivos, y que es posible para los seres humanos modificar tales procesos para lograr diferentes maneras de sentir y comportarse.
En el encuentro con Cristo, en el camino a Damasco, Saulo cambió de mente, cambió de idea acerca de Jesús, y si antes perseguía a los cristianos, y había sido hasta cómplice en la ejecución de muchos (Hechos 7, 54-60), ahora con la misma convicción y furor anunciaba a Cristo, llegando a ser, entre los apóstoles, quien más viajó, quien más sufrió por el evangelio y quien más se preocupó en educar y guiar a las pequeñas comunidades nacientes de su predicación con cartas que contenían sus meditaciones y reflexiones sobre el misterio de Cristo.
San Agustín, el "Bon vivant"
El gran San Agustín, obispo de Hipona, quien junto con Santo Tomás de Aquino son respectivamente el «Platón» y el «Aristóteles» de la teología católica, no nació santo sino pecador, como todos nosotros. A los 15 y 16 años llevaba una vida disoluta; a los 17 entró en una unión de hecho con una joven que duró 14 años; de esa unión, que nunca resultó en matrimonio, nació un hijo que vivió hasta la adolescencia. Las incesantes oraciones y lágrimas de su madre, Santa Mónica, llevaron un día al esposo y al hijo Agustín a la gracia de la conversión.
Miseria y Misericordia
Volviendo a la mujer pecadora; después de que todos abandonaran su pretensa autoridad para juzgar, quedó sola con Jesús; como dice el propio San Agustín, quedaron la miseria y la misericordia: la miseria humana representada por la mujer pecadora, la misericordia divina representada por Jesús.
La respuesta de Dios a la miseria humana es su misericordia divina. Hay personas aprisionadas en su pasado que desconocen que no hay pecado o miseria humana superior a la misericordia divina, y que los más santos de los santos también fueron pecadores; y si ellos, a pesar de su miseria, tuvieron un futuro, nosotros también lo tenemos, todos lo tienen. Todo santo tuvo un pasado de pecador, todo pecador puede tener un futuro de santo.
Conclusión - De pecador a santo: tu futuro es más grande que tu pasado.
Pe. Jorge Amaro, IMC