jueves, 16 de abril de 2015

"Felix Culpa"

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Oh indispensable pecado de Adán,
Pues Cristo lo disuelve en su amor;
Oh feliz culpa que ha merecido
La gracia de un tan grande redentor
.
Pregón Pascual

La expresión latina “Felix Culpa” deriva de los escritos de San Agustín sobre la caída de Adán y Eva, que arruinó la naturaleza humana dando inicio al pecado original, que, como una enfermedad genética, se ha propagado de generación en generación.

A la luz de la Resurrección de Cristo, San Agustín reinterpreta de manera "positiva" el pecado de Adán y Eva, extendiendo así la positividad del presente a la negatividad del pasado. Por esta razón, la Iglesia incluyó esta exclamación del santo en el pregón pascual, que es el momento litúrgico en la vigilia Pascual en que se proclama la resurrección de Cristo.

En la vida diaria encontramos ejemplos de esta realidad: la mujer que da a luz, ante la alegría inmensa que siente al tener a su hijo en brazos, pronto olvida los dolores del parto o los ve de manera distinta. Que la botella esté medio llena o medio vacía es un hecho irrelevante; lo relevante es la interpretación que se hace del hecho: para el pesimista está medio vacía, para el optimista está medio llena.

"No hay mal que por bien no venga"
El caballo de un viejo agricultor se escapó a las montañas. "Qué mala suerte", dijeron los vecinos con empatía, a lo que el anciano respondió: "¿Mala suerte o buena suerte? ¿Quién sabe?" Una semana después, el caballo regresó con una manada de caballos salvajes, y esta vez los vecinos felicitaron al agricultor por su suerte.

La respuesta del viejo fue la misma: "¿Buena suerte o mala suerte? ¿Quién sabe?" Luego, su hijo, al intentar domar a uno de los caballos, cayó y se rompió una pierna. Todos vieron esto como mala suerte, pero el anciano se limitó a decir: "¿Mala suerte o buena suerte? ¿Quién sabe?" Semanas después, el ejército pasó reclutando a todos los jóvenes aptos para el servicio, excepto al hijo del viejo, que aún usaba muletas...

La manzana del Jardín del Edén parecía buena; mucho de lo que aparentemente parece bueno puede ser malo, y viceversa, lo que parece malo puede ser bueno. Las palabras suerte o mala suerte solo tienen sentido para el supersticioso; el creyente ve todo, lo bueno y lo malo, como providencia divina encaminada hacia un final feliz.

Como la antimateria existe en oposición y en función de la materia, así Dios creó la posibilidad del mal como una alternativa a Él mismo, para que el hombre fuera libre de amarlo o rechazarlo. Fue el mal uso o abuso de esa libertad lo que creó los males concretos de los que la humanidad ha sufrido desde aquel momento.

Dado que nada existía antes de Dios, y la posibilidad del mal fue creada por Él, podemos concluir que Dios es indirectamente responsable del mal en el mundo. Al colocar ese árbol en el jardín, Dios conocía el riesgo que corría. Por otro lado, la alternativa de no crear la posibilidad del mal nos habría convertido en robots, marionetas, extensiones de Dios, pero no en seres personales, libres, autónomos e independientes, como Dios quiso que fuésemos desde el principio.

El salario del pecado es la muerte (Romanos 6:23)
Con la muerte de Su Hijo, Dios pagó el precio de haber creado la posibilidad del mal para que el hombre fuera libre. La providencia divina nos dice que nada sucede sin la voluntad de Dios. Si Dios permite el mal, es porque tiene en mente un bien mayor.

La misma providencia divina nos invita a no interpretar ningún acontecimiento, ya sea individual o comunitario, fuera de su contexto. Cada acontecimiento debe verse como una pieza de un rompecabezas del solo Dios tiene la visión total; nos corresponde tener fe en que Dios dirige tanto nuestra historia como la de la humanidad hacia un bien mayor y un final feliz.

Todos tenemos ejemplos en la vida de cómo, de hecho, "no hay mal que por bien no venga": Fue una desavenencia entre San Pablo, Bernabé y Marcos lo que llevó a Marcos a dejar la compañía del santo. En lugar de seguir a San Pedro, de esta manera tuvimos un evangelio nacido de la predicación de San Pedro, el de San Marcos, como más tarde tuvimos otro nacido de la predicación de San Pablo, el de San Lucas.

Cuando San Antonio de Lisboa fue a Italia, su trabajo consistía en lavar ollas y sartenes. Fue necesario que enfermara el predicador designado para la ordenación de un sacerdote, para que sacaran a San Antonio de la cocina y lo pusieran en su lugar adecuado, el púlpito, donde pronto se reveló como un predicador extraordinario.

Una enfermedad y el tiempo de convalecencia transformaron la vida de San Francisco de Asís, de San Ignacio de Loyola, y de muchos otros santos que seguían un camino que no los conducía a la santidad, sino todo lo contrario.

“Felix Culpa” en nuestra vida
Dios escribe derecho con renglones torcidos, y siempre va un paso adelante de nosotros. Al fracasar el plan A con la caída de Adán, Dios ideó inmediatamente un plan B; cuando la humanidad mató a Su Hijo, Dios lo resucitó. Podemos leer la historia de la humanidad con los renglones torcidas donde Dios escribe recto.

Felix Culpa es una exclamación hecha en el presente sobre algo que sucedió en el pasado.
Felix culpa es la lectura presente de una realidad pasada.
Felix culpa es la reinterpretación del pasado negativo a la luz del presente positivo.

La parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13:24-30) sugiere que en el mundo y en la sociedad, al igual que el trigo y la cizaña, el mal y el bien están tan entrelazados que es difícil distinguirlos, por lo que lo mejor es no precipitarse, confiar en la providencia divina y esperar al final.

El Felix culpa no solo se aplica a la historia de la salvación de la humanidad, sino también a nuestra historia personal de salvación. Solo nos sentimos salvados cuando, al mirar la negatividad de nuestro pasado, entonamos nuestro “Felix Culpa”.

El primer paso es hacernos responsables de todo lo que hemos hecho y de todo lo que nos ha sucedido. No podemos culpar a otros, decir que fue el diablo quien nos tentó, o apelar a nuestra herencia genética, culpar a nuestro entorno social o a nuestros padres. Es cierto que todos estos factores nos han moldeado y contribuido a lo que somos hoy; sería un error negar su importancia. Conscientes de que no hay sociedades, familias, padres y educaciones perfectas, debemos hacernos responsables de todo lo que hemos hecho y de todo lo que nos ha sucedido, tomando así las riendas de nuestra vida.

Hacerse responsable no significa instalarse y revolcarse en una especie de culpa falsa, insalubre, cruel, abusiva y depresiva; estas son las "arenas movedizas" de una espiritualidad suicida. Para salir de este estancamiento, es necesario mirar el conjunto de nuestra vida, entonar nuestro Felix Culpa y verificar que no hay mal que por bien no venga.

En la vida aprendemos más de nuestros errores que de nuestros aciertos. Cada hecho negativo es un regalo que nos da la vida. Todo regalo viene en una caja; la caja es el hecho negativo, su contenido, el presente, es la lección que ese hecho negativo nos brindó, es decir, lo que aprendimos de él.

Conocí a una joven que no lograba superar el trauma de haber sido abusada sexualmente por su tío, ni entonar su Felix Culpa, hasta el día en que se dio cuenta de que la visión negativa que tenía del sexo de alguna manera la había librado de una vida sexual promiscua, de embarazos y abortos que fueron la realidad de algunas de sus amigas.

No hay familias perfectas, ni padres, ni tíos perfectos, ni primos, ni maestros, ni catequistas; mucho antes de que fuéramos conscientes de nosotros mismos, antes de conocernos como personas, el pecado ya nos había tocado de mil maneras.

El "Felix Culpa" no transforma el mal en bien, ni justifica ni excusa a quienes lo cometieron. Solo ayuda a reinterpretarlo para encajarlo en el contexto general de la vida, mirarlo de manera menos negativa y evitar que arruine el presente.

Lo que importa es el resultado final
Si el pecador renuncia a todos los pecados que cometió, si observa todas mis leyes y practica el derecho y la justicia, vivirá, no morirá. No se recordarán las faltas que cometió, vivirá por causa de la justicia que practicó. (…) Pero si el justo se desvía de su justicia y practica el mal (…) La justicia que practicó no será recordada; morirá por causa de la infidelidad y del pecado que cometió. (Ezequiel 18: 21-22, 24)

Esta escritura sugiere que lo que realmente importa es cómo nos encontramos al final de nuestras vidas; lo que cuenta es el momento presente, lo que hemos llegado a ser. La positividad y la negatividad son como los andamios de la construcción de nuestra vida.

Como sugiere el profeta Ezequiel, Dios no tiene memoria histórica del bien o del mal que hacemos durante nuestra vida; lo importante no son los actos, sino las actitudes, es decir, las personas en las que nos convertimos al final de la construcción de nuestra vida. Por lo tanto, lo que cuenta es el resultado final; por eso, como dicen los españoles con cierta ironía, "que Dios nos coja confesados".

Inspirándonos en la parábola de los talentos, podemos afirmar que Dios no nos pide lo que no nos dio; inspirándonos en la parábola del sembrador, podemos afirmar que Dios no pide a todos que den el 100%; Él está igualmente contento con el 60% o incluso con el 30%. Lo importante es no esconder el talento y hacerlo rendir; hacer la tortilla con los huevos que nos dieron y nunca concluir que no tenemos suficientes huevos para hacerla.

Conclusión – “Felix Culpa” es la reinterpretación en retrospectiva del pasado negativo a la luz del presente positivo.

P. Jorge Amaro, IMC (Edit. Begoña Peña)

miércoles, 1 de abril de 2015

Las cosas que el dinero no compra

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Dios gobierna en el otro mundo; el dinero manda en este. No hay nada que el dinero no te haga hacer; todos tienen un precio.

¿Cuánto vales? Lo escuchamos tantas veces en las películas: el dinero compra todo y a todos; nadie resiste al vil metal. Las personas que llegan a vender su honor, su verdad y su dignidad lo hacen creyendo que el dinero les comprará todo lo esencial para la autorrealización y la felicidad.

La verdad es que, lejos de comprar todo, el dinero ni siquiera compra las cosas más importantes, aquellas que realmente necesitamos en la vida. Por eso no es difícil encontrar personas deprimidas e infelices entre los ricos y personas felices y realizadas entre los pobres.

El dinero puede comprar una cama, pero no puede comprar el sueño; puede comprar comida, pero no el apetito; puede comprar libros, pero no la inteligencia; puede comprar lujo, pero no la belleza; puede comprar una casa, pero no un hogar; medicamentos, pero no la salud; reuniones sociales, pero no el amor; diversión, pero no la felicidad; un crucifijo, pero no la fe; un lugar lujoso en el cementerio, pero no en el cielo.

No hay nada más valioso que la vida, y la vida es un don de Dios; el amor, que es el principio de la vida, es libre y no puede ser vendido ni comprado. En esencia, solo se compran los medios materiales esenciales para estar vivos; la vida ni se compra ni se vende ni se posee.

La princesa Diana de Gales tenía todo lo que una joven podría pedir en la vida: juventud, belleza, poder, dinero, fama, "sangre azul" y dos hijos preciosos, y aun así no era feliz porque le faltaba lo principal, lo que el dinero no puede comprar: el amor. En su búsqueda, abandonó todo y fue en esa búsqueda que perdió la vida. Otros, que teniendo lo esencial, el amor, hacen lo contrario, buscando afanosamente todo lo que ella despreciaba, gastando en ello sus vidas, y muchas veces terminan perdiendo lo que ya tenían: el amor.

Al igual que Diana de Gales, San Benito de Nursia, San Bernardo de Claraval, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Antonio de Lisboa, Santa Isabel de Portugal, San Nuno Álvares Pereira, Santa Beatriz de Silva, etc., los santos de la Iglesia Católica, en su mayoría, eran de clase media-alta, cultos, jóvenes, bellos, ricos, algunos de sangre azul, y todos lo dejaron todo por Cristo, tal como San Pablo lo hizo: "Por causa de él lo perdí todo y lo considero basura a fin de ganar a Cristo" (Filipenses 3:8).

El valor y no valor de la pobreza
La pobreza exaltada en la Biblia no es aquella que impide a los seres humanos sustentar sus vidas y vivir con dignidad. Desde el principio, la Biblia nos presenta un Dios que, lejos de ser neutral o imparcial, lucha contra este tipo de pobreza.

De hecho, Dios está del lado de los pobres contra los ricos, como se ve en el cántico de María (Lucas 1:53). Se alegra de la caída de los ricos, no como seres humanos, sino en su calidad de ricos. Como seres humanos, Dios quiere la conversión del pecador, no su muerte. Dios es probablemente el único que distingue entre el pecador y sus pecados, condenando el pecado, pero salvando al pecador.

Como religiosos, nuestro voto de pobreza surge de la segunda bienaventuranza que cita San Mateo en su Evangelio: la opción por la pobreza (Mateo 5:3). La elección de la pobreza, por tanto, está motivada por la libertad respecto al dinero, que puede dominar el corazón, y por el deseo de testimoniar el amor de Dios por los últimos, los discriminados, los rechazados, compartiendo su condición. Buscamos compartir la condición de los pobres, tanto como lo hizo Jesús: "Siendo rico, se hizo pobre" (2 Corintios 8:9).

El voto de pobreza
Así como los votos religiosos de castidad, pobreza y obediencia hacen referencia a valores eternos, aquellos que los encarnan se convierten en sacramentos, embajadores, signo y símbolo de eternidad para el resto de los cristianos. Viviendo ya aquí y ahora los valores que todos estamos llamados a vivir en el cielo, relativizan realidades como el dinero, el poder y el placer.

Con respecto al voto de castidad, como en el cielo no hay muerte, no hay necesidad de matrimonio, como sugiere Mateo 22:30. Vivir en castidad o en amistad universal es lo que nos espera a todos.

En cuanto al voto de obediencia, lo que el religioso quiere relativizar es el amor por el poder, que tantos tienen; la obsesión por querer llegar a la cima, pensando que una vez allí no se tiene que obedecer a nadie. Obedeciendo, el religioso quiere mostrar que es haciendo la voluntad de Dios como mejor nos realizamos.

Conclusión - El dinero puede comprar muchas cosas materiales, pero las más importantes en la vida, como el amor, la felicidad, la fe y la dignidad, son invaluables y no están a la venta.

P. Jorge Amaro. IMC (Edit. Begoña Peña)