miércoles, 16 de septiembre de 2015

La Verdad os hará libres

No hay comentarios:


Así brille vuestra luz delante de los hombres, de modo que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
Mateo 5, 16

Después de exponer, en artículos anteriores, los votos de pobreza y castidad, completo el trípode sobre el cual se asienta la vida religiosa reflexionando sobre el voto de obediencia. El religioso está llamado a ser un faro, a guiar a sus semejantes hacia el Cielo viviendo, en el aquí y ahora, la misma vida que se vivirá en el cielo eternamente; está llamado a encarnar los valores del Reino y a guiar a la humanidad en las relaciones: riqueza-desprendimiento con su vivencia del voto de pobreza; amor-sexo con su vivencia del voto de castidad; y poder-libertad-fidelidad con el voto de obediencia.

Conocer la verdad
Si permanecéis fieles a mi mensaje, seréis verdaderamente mis discípulos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Juan 8, 31-32

Administradores, no propietarios - En la Iglesia se nos dice que la vida no es nuestra, que es un don de Dios; no hemos hecho nada para tenerla, ni se nos consultó si queríamos o no vivir. En su totalidad, la vida es, de hecho, un don. Pero en lo que respecta a la primera parte de esta vida, el tiempo que vivimos en la tierra, es más que un don, es un préstamo. En el libro del Génesis se dice que Dios hizo un muñeco de barro y que le sopló en las narinas y que aquel comenzó a vivir. Pero de la misma forma que sopla, retira ese soplo divino cuando morimos.

Que la vida es un préstamo está claro en la parábola de los talentos. Todo préstamo debe generar intereses; nuestra vida tiene que dar fruto; debe ser productiva; puede no ser reproductiva, pero tiene que ser productiva. Debemos dejar en este mundo más de lo que encontramos; debemos hacer la diferencia, ser parte de la solución y no parte del problema; que nuestra vida sea un aporte para la solución, para un mundo mejor, y no un aporte para el problema, es decir, un mundo peor que el que era antes de que llegáramos. Como sugiere la parábola de los talentos, tenemos que hacer algo con nuestra vida, no podemos entregarla tal como la recibimos.

Todo buen administrador tiene los “libros” en orden, pues no sabe ni el día ni la hora en que el patrón o un fiscal del gobierno puede venir a inspeccionar sus cuentas. Por eso debemos hacer informes periódicos de nuestra administración. Para ello, la Iglesia tiene un sacramento, el sacramento de la penitencia; los que recurren a este sacramento presentan periódicamente cuentas de las entradas y las salidas, y así saben si están creciendo económicamente o si están caminando hacia la quiebra. También es un ejercicio de autocrítica, imprescindible para el crecimiento como persona en todos los niveles.

Constructores, no arquitectos - Toda persona que viene a este mundo viene con un proyecto. Viene porque Dios así lo quiso. Las circunstancias de su nacimiento no importan: ni restan ni añaden dignidad. Tanto hijo de Dios es el nacido por amor como el nacido por accidente, el nacido de una prostituta, el nacido de una noche de placer e incluso el nacido de una violación; toda vida humana que viene a este mundo, desde su concepción hasta la muerte natural, es viable y, por lo tanto, inviolable.

Dios escribe recto por líneas torcidas. Para sus designios se sirve tanto de nuestro bien como de nuestro mal. Para Él no hay hijos ilegítimos ni de sangre azul; para todos es Padre; todos, iguales en dignidad, son herederos de la vida eterna.

Así como no se construye ninguna casa en nuestras ciudades y aldeas antes de ser debidamente diseñada y proyectada, ninguna vida viene a este mundo sin que Dios haya trazado para ella un proyecto; sin que Él haya diseñado un plan.

No fuisteis vosotros quienes me elegisteis; fui Yo quien os elegí a vosotros y os destiné a ir y a dar fruto, y fruto que permanezca. Juan 15, 16 - No somos, por lo tanto, nosotros quienes diseñamos nuestro destino; estamos llamados a ser una casa construida sobre la roca, si escuchamos la palabra, es decir, si conocemos el plan que respecta a nuestra vida y lo ponemos en práctica, si lo ejecutamos tal como está dibujado.

Como no somos propietarios de nuestra vida, tampoco somos sus arquitectos, sino sus albañiles o maestros de obra. El arquitecto de todo y de todos, el creador, es Dios; el diseño, el proyecto, o plan de nuestra vida está con Él; para conocerlo tenemos que consultarlo periódicamente, a medida que vamos construyendo nuestra vida, nuestra casa.

El constructor que no consulta al arquitecto periódicamente corre el riesgo de construir algo que no está de acuerdo con el proyecto. Como es embarazoso siempre que esto sucede en nuestras ciudades, casas a las cuales no se les da la autorización para ser habitadas, llegando incluso a ser destruidas porque no fueron edificadas conforme al diseño: peor embarazo es presentarse ante Dios con una vida vivida contra su voluntad.

La consulta periódica, continua y constante que el constructor debe hacer al arquitecto se llama oración. Jesús pasaba noches enteras en oración para saber cuál era la voluntad de Dios respecto a Él. Otro tanto debemos hacer nosotros, pues es su voluntad y no la nuestra la que debemos actuar. Es Él quien nos llama, quien nos da la vocación y los talentos suficientes para que nuestra vida sea viable; en una profesión o en una misión.

Como el constructor solo pide instrucciones para los cimientos, si está en los cimientos, y no para el tejado, pues aún no ha llegado el momento de construirlo, la oración debe ser un proceso continuo y constante que acompaña la construcción paso a paso. La visión de la totalidad y del conjunto, el diseño así como la maqueta del plan, solo Dios la tiene y solo al final la veremos y seremos confrontados con ella y por ella. Quien nunca reza, nunca sabe cuál es el plan de Dios respecto a él.

El verdadero discípulo de Cristo es un obediente, pues ya el maestro era obediente al Padre. Quien me ama cumple mis mandamientos; el discípulo es el que escucha la palabra y la pone en práctica. Permanecer fieles al mensaje del maestro, significa por lo tanto obedecer a los dictados de ese mensaje.

La verdad lleva a la libertad, la libertad lleva a la verdad
Dominarnos a nosotros mismos es el mayor de los imperios...
¿Cómo puede alguien decirse libre si es gobernado por sus propios placeres? Sócrates
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Juan 14, 6

Antes de poder someternos a un proyecto trazado por Dios y ser un aporte real para el mundo; antes de poder entregarnos, de alma y corazón, a ese proyecto por el cual nos damos a nosotros mismos al servicio de una causa, tenemos que poseernos: nadie da lo que no tiene, si no nos poseemos no nos podemos donar.

Para poder poseernos tenemos que someter dentro de nosotros fuerzas antagónicas, que no obedecen a nuestra razón; tenemos que llegar a ser dueños de nosotros mismos, venciendo la guerra civil que todo hombre tiene dentro de sí.

Al reprender a un adolescente es frecuente oír: “puedo hacer lo que quiera con mi vida”; muchas veces los que así dicen son, precisamente, los que menos poder tienen para hacer con su propia vida lo que quieren. No hay libertad para… sin libertad de… No somos libres para hacer lo que sea si no nos poseemos interiormente; si no estamos libres de vicios, malos hábitos, manías y todo tipo de comportamientos repetitivos, obsesivos y excéntricos, que más que nuestra inteligencia, gobiernan nuestra vida cotidiana y en cada momento deciden qué hacer.

Un hombre puede dejar que un mal hábito se apodere de él, de tal forma que no consiga liberarse. Puede dejarse atar y dominar por un placer, de tal forma que no tenga fuerza para soltarse. Completamente esclavizado por la auto-indulgencia, una persona puede llegar a la esquizofrenia de, al mismo tiempo, amar y odiar sus malos hábitos. Quien ha sido atrapado en la red, en la tela de la adicción, ha perdido por completo el poder de hacer lo que quiere. Como dice Jesús, nadie que peca puede decir que es libre.

La libertad es para el alma lo que el pan es para el cuerpo. Pero si la libertad es un valor humano, como todos los otros valores, no es algo con lo que nacemos, sino algo que vamos conquistando con esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas.

Una vida en Presente Perfecto
Así, lo que realizo, no lo entiendo; pues no es lo que quiero lo que practico, sino lo que odio (…) Ahora, si lo que no quiero es lo que hago, entonces ya no soy yo quien lo realizo, sino el pecado que habita en mí. (…) Quiero hacer el bien, pero es el mal que no quiero, el que acabo haciendo. Romanos 7:15-21

Para poder poseernos tenemos que conocernos. En términos de gramática, es una ilusión pensar que nuestra vida transcurre en el Presente simple, cuando el 90% de nuestro comportamiento está influenciado por nuestro pasado. En realidad, el tiempo del verbo en que vivimos es el Presente Perfecto (que no existe en español y que se refiere a una acción que comenzó en el pasado y continúa en el presente).

Vivimos en un presente que a menudo es invadido por los asuntos no resueltos de nuestro pasado. Un pasado del cual no somos conscientes, pero que sigue reproduciéndose en nuestro presente cuando, ajeno a nuestra voluntad, alguna circunstancia o evento lo acciona. De este modo, tenemos la impresión de que caminamos por un terreno minado y que, sin querer, podemos accionar una bomba, o que funcionamos y nos comportamos en piloto automático.

Conócete a ti mismo - La máxima socrática suena aquí en toda su exuberancia. Solo puedo aspirar a ser libre, a poseerme a mí mismo para poder donar si me conozco. Lo que conozco de mí mismo puedo controlar, pues todo conocimiento implica control; lo que no conozco de mí mismo me controla, y ajeno a mi voluntad, me hace vivir atrapado en un piloto automático.

Nuestra verdad, nuestra identidad, tiene una dimensión histórica, es algo que ha venido construyéndose. Por eso, así como los árboles necesitan crecer hacia abajo, a fin de poder crecer hacia arriba, también nosotros, para poder crecer como personas, debemos visitar nuestro pasado.

Así como el árbol extiende sus raíces en profundidad para encontrar alimento, así nosotros debemos extender nuestro conocimiento hasta el principio de nuestra vida, a fin de comprender totalmente cómo llegamos a ser lo que somos, y así estar capacitados para convertirnos en lo que Dios nos llama a ser.

Después de apropiarnos de nuestro pasado y ser conscientes de todo lo bueno y malo que hemos hecho o nos ha sucedido, debemos huir de la tentación de negar lo que sea, y asumir y hacernos responsables de nuestra historia.

... Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Porque conocemos la verdad de nuestro pasado, y de él nos hacemos responsables, ahora tenemos el poder para controlar su influencia en nuestro presente. De esta forma, ya no caminamos sobre un terreno minado, ni somos conducidos en la vida por un piloto automático; somos libres porque nuestro comportamiento es decidido directamente por nuestra razón. Así, podemos ahora disponer de nuestro tiempo y energías y comprometerlos en una causa de nuestra elección.

Conclusión - Así como un árbol extiende sus raíces para nutrirse, debemos explorar nuestro pasado para entender como legamos a ser lo que somos. Lo que conocemos de nosotros mismos lo podemos controlar, lo que no conocemos nos controla a nosotros. Conocer nuestro pasado nos libera y nos guía hacia lo que Dios nos llama a ser.

Pe. Jorge Amaro, IMC

miércoles, 2 de septiembre de 2015

En Espíritu y Verdad

No hay comentarios:


La mujer le dijo: «¡Señor, veo que eres profeta! Nuestros antepasados adoraron a Dios en este monte, pero vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén». Jesús le dijo: «Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. (…) Pero se acerca la hora, y es ya, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues estos son los adoradores que el Padre busca». Juan 4, 19-21, 23.

En dos simples palabras – Espíritu y Verdad – Jesús revela a la Samaritana y a todos nosotros la esencia de la oración. Como Dios es un ser espiritual que está en todas partes, la oración no necesita un lugar específico; Dios trasciende todos los lugares y, al mismo tiempo, es inmanente a todos ellos. Aunque no está condicionada por la especificidad del lugar, la oración sí está condicionada por nuestra forma de ser y de vivir. Sólo puede orar, sólo puede encontrarse con Dios, quien vive y permanece en la verdad.

Yahvé, el Dios de los nómadas
Greg Retallack realizó un estudio en el que establece una relación entre la identidad del dios adorado en un templo particular y la ubicación de dicho templo. Por ejemplo, los nómadas que vivían en suelos pobres adoraban a Hermes, el dios mensajero y mediador; los pueblos asentados en tierras fértiles tendían a adorar a dioses de la fertilidad como Hera.

Retallack concluye que los dioses de la antigua Grecia no surgieron de una ciudad imaginaria y poética llamada Olimpo, sino que personifican el modo de vida de esas gentes; en el fondo, los antiguos adoraban sus propios medios de subsistencia o, mejor dicho, adoraban a Aquel que ellos creían que garantizaba esos medios.

Dios es un ser espiritual. Obligados a guiar sus rebaños en busca de nuevos pastos, los pueblos dedicados a la ganadería, como el pueblo judío, son necesariamente nómadas. Mientras los pueblos sedentarios construían grandes templos y estatuas para representar sus creencias, los nómadas, para no tener que cargar con ídolos pesados durante sus desplazamientos, conceptualizaron a Dios como un Ser a la vez trascendente e inmanente.

Trascendente, porque al ser Creador de todo y de todos no puede ser representado por nada de lo que existe; para los nómadas, cualquier forma material de representar a Dios es idolatría. Inmanente, porque está en el corazón de cada cosa y persona, lo que lo hace fácil de llevar.

Los Turkana, en el norte de Kenia, usan la misma palabra para decir cielo y Dios. De igual forma, los mongoles, turcos y tártaros adoraban a Tengri, el dios del cielo azul. Dios, al igual que el cielo, está en todas partes. Una realidad que es a la vez trascendente e inmanente no puede ser material, sino espiritual.

Dios es un ser personal
Lejos de todo y de todos, al cuidar sus rebaños, los pastores pasan mucho tiempo solos; la soledad, el miedo y la inseguridad los llevan a establecer una relación con ese Ser espiritual, un Ser que se preocupa, que protege y que quiere tener una relación personal con cada miembro del pueblo. Los dioses de los pueblos sedentarios son materialistas y llaman al pueblo a tener más. Los dioses de los nómadas son espirituales y llaman al pueblo a despojarse y a desprenderse de los bienes materiales para cultivar el espíritu y ser más.

Templos del Espíritu Santo (1 Cor 3, 16)
Jesús respondió: «Si alguien me ama, guardará mi palabra; mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Juan 14, 23.

Dios, un ser espiritual, nos creó a su imagen y semejanza; por eso somos, al mismo tiempo, cuerpo, es decir, tenemos una dimensión física, y espíritu, tenemos una dimensión espiritual. Nuestro cuerpo es lo que tenemos en común con las demás criaturas que Dios creó; nuestro espíritu es lo que tenemos en común con el Creador.

Como somos intrínsecamente templos del Espíritu Santo, no necesitamos ningún otro templo para encontrarnos con Dios; sólo necesitamos guardar silencio y hacer un ejercicio de introspección, entrando dentro de nosotros mismos.

El silencio es capaz de cavar un espacio interior en nuestro íntimo para que allí habite Dios, para que su Palabra permanezca en nosotros a fin de que el amor por Él eche raíces en nuestra mente y en nuestro corazón, y anime nuestra vida. Benedicto XI.

No hay oración sin silencio, ni silencio sin oración; uno lleva al otro. La práctica diaria de la meditación tiene beneficios para la salud en general, tanto física como psicológica y espiritual. Reduce el estrés, la tensión arterial alta, ayuda a la concentración, a dormir, a vencer la ansiedad y el asma. La meditación es para el alma lo que el ejercicio es para el cuerpo. No tiene contraindicaciones, sólo beneficios en todos los niveles.

¿Qué es la verdad?
(…) Para esto vine al mundo: para dar testimonio de la Verdad. Todo aquel que vive de la Verdad escucha mi voz». Pilatos le replicó: «¿Qué es la verdad?». Juan 18, 37-38.

Como no espera una respuesta, más que una pregunta, la afirmación de Pilatos es un amargo desahogo de alguien cansado, que no encuentra sentido ni consuelo en la filosofía y el “modus vivendi” de los griegos y romanos de la época. Esta misma pregunta fue respondida por Jesús a sus discípulos cuando Él mismo se presentó ante ellos como “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14, 6).

Jesús vino al mundo para dar testimonio de la verdad, es decir, para mostrar a los hombres cómo se vive en verdad en el día a día. En este sentido, como Cristo es la verdad, el estándar de humanidad, quien quiera ser auténticamente humano debe medirse con Cristo. La oración, sobre todo la oración bíblica o “Lectio Divina”, es de hecho el acto de medirse con Cristo.

Medirse con Cristo es encontrar la verdad de nuestras vidas; algo así como activar un GPS que nos dice dónde estamos, qué somos, dónde debemos llegar, qué nos falta para llegar y el camino hasta allí.

Si, pues, estás presentando una ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda. Mateo 5, 23-24.

Cuando nos medimos con Cristo, no sólo encontramos nuestra verdad a nivel individual, sino también nuestra verdad como miembros de una comunidad. Rezar, por tanto, no sólo tiene la dimensión vertical de amar a Dios, sino también la dimensión horizontal de amar al prójimo. Cuando me encuentro con Dios, reconozco mis déficits de amor al prójimo, porque Dios siempre pregunta, como hizo con Caín, ¿dónde está tu hermano? (Génesis 4, 9).

La verdad sobre mi
Cuando veas un gigante, examina primero la posición del sol para asegurarte de que no es la sombra de un enano. Von Hardenberg.

Dios se revela a quien está en contacto con su realidad. Quien tiene una falsa imagen de sí mismo también tendrá una falsa imagen de Dios; tal persona vive fuera de sí misma, y al perder contacto consigo misma, pierde contacto con Dios. Parafraseando la afirmación de Hardenberg, hay muchos enanos que, al no aceptar su realidad, proyectan hacia afuera la imagen del gigante que pretenden ser. Tantas veces se esconden y proyectan en esa imagen idealizada e irreal de sí mismos, que llegan a identificarse con ella y realmente piensan que son esa sombra.

No hay complejos de superioridad; el fanfarrón y orgulloso que proyecta una imagen de superioridad, en realidad se ve y se siente inferior. Al no aceptar esa inferioridad, trata de ocultarla no sólo de los demás, sino también de sí mismo; entonces, se llena de sí mismo como la rana que quería ser más grande que un buey para llenar el vacío que siente. Si estamos llamados a ser Templos del Espíritu Santo, no podemos llenarnos de nosotros mismos; por eso Dios no habita en quienes no son humildes, porque están llenos de sí mismos.

Cuando perdemos el contacto con nuestra realidad, con nuestra verdad, también perdemos contacto con Dios, porque Dios no puede relacionarse con alguien que no existe. Dios sólo se relaciona conmigo cuando estoy en contacto con mi realidad; cuando soy honesto conmigo mismo, no excuso mis pecados ni escondo mis defectos de mí mismo; cuando soy auténtico y no me refugio en falsas imágenes de mí.

Tener una imagen falsa de uno mismo lleva a tener una imagen falsa de Dios. La consecuencia es que si yo no soy yo, Dios no es Dios. Por tanto, la oración no es posible porque estoy divorciado de mi verdad.

Deus intimior timo meo
Se dice que Dios, queriendo ser el resultado de una búsqueda con cierto grado de dificultad, consultó a sus ángeles sobre el mejor lugar para esconderse de los hombres. Un ángel sugirió enterrarse en lo más profundo de la Tierra, pero Dios pensó que tarde o temprano el hombre acabaría excavando y encontrándolo. Otro ángel propuso las profundidades del océano, pero Dios también descartó esta idea, ya que un día el hombre tendría la capacidad de explorar el fondo de los océanos y lo encontraría fácilmente. Entonces, Dios exclamó: «¡Ya sé! Me esconderé en lo más profundo del corazón del propio hombre, él buscará en todos los lugares menos allí…».

San Agustín decía que Dios está más allá de lo más íntimo de mí mismo. Como Julio Verne en su Viaje al centro de la Tierra, para llegar hasta Dios, tengo que emprender un viaje de introspección al centro de mí mismo y más allá de él. Por eso la oración es un ejercicio de autoconciencia y autoconocimiento. Al igual que Dios, el ser humano también es un misterio para sí mismo; quien reza aumenta al mismo tiempo el conocimiento de sí mismo y el conocimiento de Dios.

El conocimiento de Dios y el conocimiento de nosotros mismos son partes del mismo proceso. No es posible conocerse a uno mismo sin conocer a Dios, ni conocer a Dios sin conocerse a uno mismo; porque Dios está más allá de mí, para llegar hasta Él debo pasar por mí mismo.

Yoga, Reiki, Zen y meditación trascendental
Buda era indio e hinduista, por lo tanto, formado y versado en el politeísmo y en la parafernalia de un número ilimitado de dioses. En reacción a todo esto, fundó el budismo, una “religión” o, mejor dicho, una espiritualidad atea. El budismo tradicional es un camino hacia la iluminación, hacia la auto perfección individual e incluso egoísta, ya que no contempla a los demás ni nuestra relación con ellos.

Hoy, en Occidente, el budismo se nos presenta mezclado con otras filosofías en forma de sincretismo religioso de la Nueva Era (New Age). Para la Nueva Era, Dios no es un ser personal, sino una energía de la cual todos podemos participar. El hombre es solo una partícula de esa energía que vive en el espacio y en el tiempo. Si Dios no existe como persona, el ser humano tampoco es persona.

Es cierto que para nosotros esto es incorrecto; Dios es mucho más que una energía, es un ser espiritual y personal. Un ser que siempre ha buscado revelarse al Hombre, y así lo hizo de forma limitada a lo largo de la historia de la humanidad, hasta encarnarse en la criatura que creó para un mayor conocimiento e interacción.

Para discernir cuál es la mejor actitud en relación a las prácticas espirituales del extremo oriente, tomemos como ejemplo la reacción de la Iglesia ante la teoría de la evolución de las especies de Darwin. Pío XII aceptó las conclusiones de Darwin en su encíclica Humanae Generis, tal como lo hizo el propio Darwin, que era religioso y siguió creyendo en Dios Creador y Salvador después de sus descubrimientos. Es irrelevante si Dios creó directamente al ser humano o si lo pensó al final de un proceso evolutivo…

En este sentido, también podemos separar las prácticas del budismo y otras prácticas espirituales del extremo oriente de su ideología o filosofía atea. «Lo que no mata, engorda», dice nuestro pueblo en su simplicidad, y Jesús dice: «Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor» (Marcos 9, 40).

En estas vacaciones, con tiempo libre, busquemos la ayuda de estas técnicas orientales y no prestemos atención a aquellos cristianos fundamentalistas fanáticos que gustan de tirar al niño con el agua del baño.

Podemos excusarnos por no haber ido a misa un domingo porque no había iglesia en lo alto de la montaña o en las profundidades del valle, en la playa fluvial o en la playa marítima donde nos encontrábamos; pero no tenemos excusa para no habernos encontrado con Dios en Espíritu y con nosotros mismos en verdad.

¿Dónde podría esconderme de tu espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia? Si subo a los cielos, Tú estás allí; (…) Si vuelo en las alas de la aurora o habito en los confines del mar, aun allí me guiará tu mano y me sostendrá tu diestra. Si digo: "Quizás las tinieblas me oculten o la luz se convierta en noche a mi alrededor", ni siquiera las tinieblas me ocultarían de Ti y la noche sería para Ti brillante como el día». - Salmo 139, 7-12.

Conclusión – Dios, al ser un ser espiritual, se encuentra dentro de nuestro propio espíritu, y para poder conectarnos verdaderamente con Él, es necesario conocernos y aceptarnos tal como somos. Un concepto erróneo sobre nosotros mismos distorsiona nuestra visión de Dios, lo que impide una auténtica relación con Él.

P. Jorge Amaro, IMC