Así brille vuestra luz delante de los hombres, de modo que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mateo 5, 16
Después de exponer, en artículos anteriores, los votos de pobreza y castidad, completo el trípode sobre el cual se asienta la vida religiosa reflexionando sobre el voto de obediencia. El religioso está llamado a ser un faro, a guiar a sus semejantes hacia el Cielo viviendo, en el aquí y ahora, la misma vida que se vivirá en el cielo eternamente; está llamado a encarnar los valores del Reino y a guiar a la humanidad en las relaciones: riqueza-desprendimiento con su vivencia del voto de pobreza; amor-sexo con su vivencia del voto de castidad; y poder-libertad-fidelidad con el voto de obediencia.
Conocer la verdad
Si permanecéis fieles a mi mensaje, seréis verdaderamente mis discípulos, conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Juan 8, 31-32
Administradores, no propietarios - En la Iglesia se nos dice que la vida no es nuestra, que es un don de Dios; no hemos hecho nada para tenerla, ni se nos consultó si queríamos o no vivir. En su totalidad, la vida es, de hecho, un don. Pero en lo que respecta a la primera parte de esta vida, el tiempo que vivimos en la tierra, es más que un don, es un préstamo. En el libro del Génesis se dice que Dios hizo un muñeco de barro y que le sopló en las narinas y que aquel comenzó a vivir. Pero de la misma forma que sopla, retira ese soplo divino cuando morimos.
Que la vida es un préstamo está claro en la parábola de los talentos. Todo préstamo debe generar intereses; nuestra vida tiene que dar fruto; debe ser productiva; puede no ser reproductiva, pero tiene que ser productiva. Debemos dejar en este mundo más de lo que encontramos; debemos hacer la diferencia, ser parte de la solución y no parte del problema; que nuestra vida sea un aporte para la solución, para un mundo mejor, y no un aporte para el problema, es decir, un mundo peor que el que era antes de que llegáramos. Como sugiere la parábola de los talentos, tenemos que hacer algo con nuestra vida, no podemos entregarla tal como la recibimos.
Todo buen administrador tiene los “libros” en orden, pues no sabe ni el día ni la hora en que el patrón o un fiscal del gobierno puede venir a inspeccionar sus cuentas. Por eso debemos hacer informes periódicos de nuestra administración. Para ello, la Iglesia tiene un sacramento, el sacramento de la penitencia; los que recurren a este sacramento presentan periódicamente cuentas de las entradas y las salidas, y así saben si están creciendo económicamente o si están caminando hacia la quiebra. También es un ejercicio de autocrítica, imprescindible para el crecimiento como persona en todos los niveles.
Constructores, no arquitectos - Toda persona que viene a este mundo viene con un proyecto. Viene porque Dios así lo quiso. Las circunstancias de su nacimiento no importan: ni restan ni añaden dignidad. Tanto hijo de Dios es el nacido por amor como el nacido por accidente, el nacido de una prostituta, el nacido de una noche de placer e incluso el nacido de una violación; toda vida humana que viene a este mundo, desde su concepción hasta la muerte natural, es viable y, por lo tanto, inviolable.
Dios escribe recto por líneas torcidas. Para sus designios se sirve tanto de nuestro bien como de nuestro mal. Para Él no hay hijos ilegítimos ni de sangre azul; para todos es Padre; todos, iguales en dignidad, son herederos de la vida eterna.
Así como no se construye ninguna casa en nuestras ciudades y aldeas antes de ser debidamente diseñada y proyectada, ninguna vida viene a este mundo sin que Dios haya trazado para ella un proyecto; sin que Él haya diseñado un plan.
No fuisteis vosotros quienes me elegisteis; fui Yo quien os elegí a vosotros y os destiné a ir y a dar fruto, y fruto que permanezca. Juan 15, 16 - No somos, por lo tanto, nosotros quienes diseñamos nuestro destino; estamos llamados a ser una casa construida sobre la roca, si escuchamos la palabra, es decir, si conocemos el plan que respecta a nuestra vida y lo ponemos en práctica, si lo ejecutamos tal como está dibujado.
Como no somos propietarios de nuestra vida, tampoco somos sus arquitectos, sino sus albañiles o maestros de obra. El arquitecto de todo y de todos, el creador, es Dios; el diseño, el proyecto, o plan de nuestra vida está con Él; para conocerlo tenemos que consultarlo periódicamente, a medida que vamos construyendo nuestra vida, nuestra casa.
El constructor que no consulta al arquitecto periódicamente corre el riesgo de construir algo que no está de acuerdo con el proyecto. Como es embarazoso siempre que esto sucede en nuestras ciudades, casas a las cuales no se les da la autorización para ser habitadas, llegando incluso a ser destruidas porque no fueron edificadas conforme al diseño: peor embarazo es presentarse ante Dios con una vida vivida contra su voluntad.
La consulta periódica, continua y constante que el constructor debe hacer al arquitecto se llama oración. Jesús pasaba noches enteras en oración para saber cuál era la voluntad de Dios respecto a Él. Otro tanto debemos hacer nosotros, pues es su voluntad y no la nuestra la que debemos actuar. Es Él quien nos llama, quien nos da la vocación y los talentos suficientes para que nuestra vida sea viable; en una profesión o en una misión.
Como el constructor solo pide instrucciones para los cimientos, si está en los cimientos, y no para el tejado, pues aún no ha llegado el momento de construirlo, la oración debe ser un proceso continuo y constante que acompaña la construcción paso a paso. La visión de la totalidad y del conjunto, el diseño así como la maqueta del plan, solo Dios la tiene y solo al final la veremos y seremos confrontados con ella y por ella. Quien nunca reza, nunca sabe cuál es el plan de Dios respecto a él.
El verdadero discípulo de Cristo es un obediente, pues ya el maestro era obediente al Padre. Quien me ama cumple mis mandamientos; el discípulo es el que escucha la palabra y la pone en práctica. Permanecer fieles al mensaje del maestro, significa por lo tanto obedecer a los dictados de ese mensaje.
La verdad lleva a la libertad, la libertad lleva a la verdad
Dominarnos a nosotros mismos es el mayor de los imperios...
¿Cómo puede alguien decirse libre si es gobernado por sus propios placeres? Sócrates
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Juan 14, 6
Antes de poder someternos a un proyecto trazado por Dios y ser un aporte real para el mundo; antes de poder entregarnos, de alma y corazón, a ese proyecto por el cual nos damos a nosotros mismos al servicio de una causa, tenemos que poseernos: nadie da lo que no tiene, si no nos poseemos no nos podemos donar.
Para poder poseernos tenemos que someter dentro de nosotros fuerzas antagónicas, que no obedecen a nuestra razón; tenemos que llegar a ser dueños de nosotros mismos, venciendo la guerra civil que todo hombre tiene dentro de sí.
Al reprender a un adolescente es frecuente oír: “puedo hacer lo que quiera con mi vida”; muchas veces los que así dicen son, precisamente, los que menos poder tienen para hacer con su propia vida lo que quieren. No hay libertad para… sin libertad de… No somos libres para hacer lo que sea si no nos poseemos interiormente; si no estamos libres de vicios, malos hábitos, manías y todo tipo de comportamientos repetitivos, obsesivos y excéntricos, que más que nuestra inteligencia, gobiernan nuestra vida cotidiana y en cada momento deciden qué hacer.
Un hombre puede dejar que un mal hábito se apodere de él, de tal forma que no consiga liberarse. Puede dejarse atar y dominar por un placer, de tal forma que no tenga fuerza para soltarse. Completamente esclavizado por la auto-indulgencia, una persona puede llegar a la esquizofrenia de, al mismo tiempo, amar y odiar sus malos hábitos. Quien ha sido atrapado en la red, en la tela de la adicción, ha perdido por completo el poder de hacer lo que quiere. Como dice Jesús, nadie que peca puede decir que es libre.
La libertad es para el alma lo que el pan es para el cuerpo. Pero si la libertad es un valor humano, como todos los otros valores, no es algo con lo que nacemos, sino algo que vamos conquistando con esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas.
Una vida en Presente Perfecto
Así, lo que realizo, no lo entiendo; pues no es lo que quiero lo que practico, sino lo que odio (…) Ahora, si lo que no quiero es lo que hago, entonces ya no soy yo quien lo realizo, sino el pecado que habita en mí. (…) Quiero hacer el bien, pero es el mal que no quiero, el que acabo haciendo. Romanos 7:15-21
Para poder poseernos tenemos que conocernos. En términos de gramática, es una ilusión pensar que nuestra vida transcurre en el Presente simple, cuando el 90% de nuestro comportamiento está influenciado por nuestro pasado. En realidad, el tiempo del verbo en que vivimos es el Presente Perfecto (que no existe en español y que se refiere a una acción que comenzó en el pasado y continúa en el presente).
Vivimos en un presente que a menudo es invadido por los asuntos no resueltos de nuestro pasado. Un pasado del cual no somos conscientes, pero que sigue reproduciéndose en nuestro presente cuando, ajeno a nuestra voluntad, alguna circunstancia o evento lo acciona. De este modo, tenemos la impresión de que caminamos por un terreno minado y que, sin querer, podemos accionar una bomba, o que funcionamos y nos comportamos en piloto automático.
Conócete a ti mismo - La máxima socrática suena aquí en toda su exuberancia. Solo puedo aspirar a ser libre, a poseerme a mí mismo para poder donar si me conozco. Lo que conozco de mí mismo puedo controlar, pues todo conocimiento implica control; lo que no conozco de mí mismo me controla, y ajeno a mi voluntad, me hace vivir atrapado en un piloto automático.
Nuestra verdad, nuestra identidad, tiene una dimensión histórica, es algo que ha venido construyéndose. Por eso, así como los árboles necesitan crecer hacia abajo, a fin de poder crecer hacia arriba, también nosotros, para poder crecer como personas, debemos visitar nuestro pasado.
Así como el árbol extiende sus raíces en profundidad para encontrar alimento, así nosotros debemos extender nuestro conocimiento hasta el principio de nuestra vida, a fin de comprender totalmente cómo llegamos a ser lo que somos, y así estar capacitados para convertirnos en lo que Dios nos llama a ser.
Después de apropiarnos de nuestro pasado y ser conscientes de todo lo bueno y malo que hemos hecho o nos ha sucedido, debemos huir de la tentación de negar lo que sea, y asumir y hacernos responsables de nuestra historia.
... Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Porque conocemos la verdad de nuestro pasado, y de él nos hacemos responsables, ahora tenemos el poder para controlar su influencia en nuestro presente. De esta forma, ya no caminamos sobre un terreno minado, ni somos conducidos en la vida por un piloto automático; somos libres porque nuestro comportamiento es decidido directamente por nuestra razón. Así, podemos ahora disponer de nuestro tiempo y energías y comprometerlos en una causa de nuestra elección.
Conclusión - Así como un árbol extiende sus raíces para nutrirse, debemos explorar nuestro pasado para entender como legamos a ser lo que somos. Lo que conocemos de nosotros mismos lo podemos controlar, lo que no conocemos nos controla a nosotros. Conocer nuestro pasado nos libera y nos guía hacia lo que Dios nos llama a ser.
Pe. Jorge Amaro, IMC