Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que, después de despojarlo y llenarlo de golpes, lo abandonaron, dejándolo medio muerto. Por casualidad, bajaba por aquel camino un sacerdote que, al verlo, pasó de largo. Del mismo modo, también un levita pasó por aquel lugar y, al verlo, siguió adelante.
Pero un samaritano, que iba de viaje, llegó cerca de él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó, curó sus heridas echándoles aceite y vino, lo colocó sobre su propia montura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más, te lo pagaré cuando vuelva".
Jesús preguntó: «¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?» Respondió: «El que tuvo misericordia de él». Jesús le dijo: «Ve y haz tú lo mismo». (Lucas 10, 25-37)
La segunda parábola más conocida después del Hijo Pródigo es, sin duda, la del Buen Samaritano. Tanto influyó esta parábola en la cultura occidental que hoy el término “samaritano”, más allá de referirse a un habitante de Samaria, se aplica a toda persona solidaria, compasiva y dispuesta a ayudar a quienes están en dificultades.
Cómo ganar la vida eterna
La parábola se enmarca en el contexto del diálogo que Jesús mantiene con un doctor de la ley que le pregunta qué debe hacer para ganar la vida eterna. Jesús, como un buen psicoterapeuta no directivo al estilo de Rogers, lo guía para que encuentre la respuesta en su propia interpretación de la Ley. El doctor de la ley responde lo que Jesús espera escuchar: en lugar de mencionar leyes concretas, da al amor el estatus y la importancia de una ley, sabiendo que Jesús haría lo mismo.
La respuesta del doctor de la ley sintetiza el Antiguo Testamento, la Ley y los Profetas, uniendo el amor a Dios, descrito en el libro del Deuteronomio (6, 4-8), con el amor al prójimo, mencionado en el Levítico (19, 18). Jesús simplemente aprueba esta síntesis diciendo: «Haz esto y vivirás». Vivirás aquí y ahora según la Ley y entrarás en la vida eterna.
«Si alguien dice: “Yo amo a Dios”, pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.» (1 Juan 4, 20)
Este texto nos lleva a concluir que el amor a Dios que no se manifiesta en el amor al prójimo no es real ni genuino. Sin embargo, como dice el Evangelio, solo podemos amar verdaderamente al prójimo cuando entendemos que al hacerlo por los demás, lo hacemos por Dios:
«En verdad os digo: Siempre que hicisteis esto a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí mismo me lo hicisteis.» (Mateo 25, 40)
Así volvemos al amor a Dios como lo primordial y más importante, porque solo cuando vemos a Dios como Padre podemos ver al otro como hermano. Si Dios no es el Padre de todos, entonces mi prójimo no es mi hermano, sino mi rival, mi enemigo, alguien a quien temo, envidio u odio. Por más éxito que tengan nuestros hermanos de sangre, no los envidiamos; de la misma manera, cuando verdaderamente amo a Dios como Padre, todas las personas que me rodean, grandes y pequeñas, cercanas o lejanas, son mis hermanos de sangre porque Dios es el Creador y Padre de todo y de todos.
Cristianización de la gramática
¿Quién es mi prójimo? Al igual que otros doctores de la ley que se acercaron a Jesús, este tampoco vino con la intención de enfatizar su doctrina. Su primera pregunta es solo una preparación para la segunda, donde busca señalar que Jesús no hace distinciones entre las personas. La segunda pregunta implica que algunas personas pueden considerarse prójimos y otras no. Así era para los judíos: ellos, como pueblo elegido por Dios, consideraban como prójimo solo a quienes pertenecían a su misma tribu y religión. Los demás eran gentiles, paganos, y no podían ser considerados prójimos.
Para Jesús no hay diferencia entre las personas. Es lo que intenta enseñar con la parábola del Buen Samaritano. En pleno desierto de Judea yace un herido; nadie lo conoce, no se sabe nada de él: su rostro desfigurado impide identificarlo étnicamente, no puede hablar para revelar su idioma o dialecto, y, posiblemente despojado y medio desnudo, no se puede deducir su vestimenta ni costumbres. Jesús omite estos detalles porque no son importantes. Lo único que importa es que es un ser humano. La dignidad no está supeditada a diferencias étnicas, lingüísticas o políticas, sino al hecho de ser humano.
Dios es Padre de todos, por lo que, al rezar el Padrenuestro, nadie debería quedar excluido del pronombre “nuestro”. De hecho, si lleváramos nuestra fe hasta las últimas consecuencias, modificaríamos la gramática y eliminaríamos todos los pronombres personales excepto tres, porque trinitaria es nuestra fe: Yo + Tú = Nosotros.
Comenzamos por el “yo” al reconocernos como seres libres, autónomos y distintos de todo lo que nos rodea. Luego miramos a nuestro alrededor y reconocemos un “tú”, diferente a nosotros, pero con igual dignidad. Finalmente, al necesitar el uno del otro y compartir iguales derechos y deberes, surge el “nosotros”, el “yo” y el “tú” juntos. Los demás pronombres podríamos descartarlos por ser discriminatorios.
Los pronombres “él” y “ella”, “vosotros” y “ellos” establecen distinciones que, aunque puedan parecer objetivas, son irrelevantes en cuanto a la dignidad humana y abren la puerta a la discriminación. Una vez más, como cristianos, el “nuestro” del Padrenuestro debe abarcar a toda la humanidad sin distinciones ni discriminaciones.
Anatomía geográfica
La ciencia nos dice que el ser humano proviene de un tronco común. Con la filosofía griega en mente, verificamos que la dignidad de la persona humana está ligada a la esencia y no a los accidentes. Lo que Jesús quiere que este doctor de la ley entienda es que las diferencias étnicas, de género, de posición social, de clase, de color de piel, de tipo de cabello, etc., son accidentes; es decir, son formas de existir y no tienen nada que ver con la esencia, pues no la alteran. Como la dignidad de la persona humana proviene de la esencia y no de los accidentes, Jesús narra la parábola con la esperanza de que su interlocutor concluya por sí mismo que el prójimo, de cada persona humana, es toda persona humana.
Nacidos de un tronco común, hace cinco millones de años en el valle del Rift, en África, las características fisiológicas que presentan los seres humanos de hoy se deben a las condiciones morfológicas y climáticas del entorno en el que habitaron durante miles de años. Por ejemplo, el color de la piel es proporcional a la distancia al ecuador: cuanto más cerca, más oscura; cuanto más lejos, más clara. Los congoleños son los seres humanos con piel más oscura; los marroquíes son más claros que los congoleños; los portugueses, más claros que los marroquíes; y los noruegos, más claros que los portugueses.
La distancia al ecuador también influye en el color de los ojos y el cabello: en el norte de Europa predominan los ojos azules; en el centro, los marrones; y en el sur, los negros. Lo mismo sucede con el cabello: en el norte de Europa es rubio; en el centro, castaño; y en el sur, negro. El tamaño de la nariz también está relacionado con la temperatura del aire: además de filtrarlo, la nariz lo calienta, por lo que en los países fríos las personas tienen narices más grandes.
Asimismo, la temperatura y la incidencia del sol influyen en el cabello rizado o liso. El cabello encrespado de los africanos forma una caja de aire que permite la circulación, protegiendo así la cabeza de los rayos solares y el calor. Finalmente, los ojos de los asiáticos están adaptados a las condiciones extremas de las estepas asiáticas: inviernos fríos con mucha luminosidad y veranos con mucho viento y polvo.
La revolución francesa “avant la lettre”
En Occidente, fue la Revolución Francesa la que instituyó la idea de que, por nacimiento y ante la ley, todos somos iguales. De este modo, no hay esclavo ni señor, ni noble ni plebeyo. Sin embargo, mucho antes de ser iguales ante la ley ya éramos iguales ante Dios.
Si observamos atentamente, vemos que los ideales de la Revolución Francesa no son verdaderamente un descubrimiento de los revolucionarios, sino que ya estaban implícitos en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.
Libertad: Está implícita en el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Solo cuando amamos a Dios sobre todo y todos, ponemos orden y jerarquía en nuestro corazón y somos verdaderamente libres. Al rendir homenaje a un Ser trascendente, trascendemos y nos situamos por encima de todo lo que no es Dios; solo así somos verdaderamente libres.
Igualdad: Está implícita en el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. El otro es un alter ego, un “otro yo”, de donde surge el concepto de altruismo. No es un extraño, sino una persona con igual dignidad, iguales derechos y deberes. Así como me amo a mí mismo, debo amar al otro que está frente a mí; la medida de mi autoestima es la medida de mi amor por el otro.
Fraternidad: Esta palabra deriva de “frater”, que en latín significa hermano. Una de las marcas del cristianismo es considerar que Dios es Padre de todos, lo que nos hace hijos suyos y, por ende, hermanos entre nosotros. Por ello, todo lo que hacemos, para bien o para mal, a un hermano, se lo hacemos también a Cristo, nuestro hermano mayor.
La fraternidad y la igualdad son inseparables: la fraternidad lleva a la igualdad y la igualdad lleva a la fraternidad. La libertad (amor a Dios) es la base de la vida individual; la igualdad (amor al prójimo), la base de la vida social.
Religión como opio
Estamos en desacuerdo con Karl Marx cuando dice que la religión es el opio del pueblo. La religión en sí no lo es, pero su práctica puede serlo. Una religión que crea diferencias entre las personas, que me lleva a relacionarme con ellas de manera desigual, es opio porque me aliena, aliena a otros y genera odio y conflicto.
La verdadera religión es la que fomenta relaciones basadas en el amor. El sacerdote y el levita de la parábola se excusan en su religión para no ayudar al herido. Sin embargo, el samaritano, un hombre de negocios muestra compasión y misericordia, cualidades divinas. Esto lo convierte en un ejemplo vivo de la misericordia divina, un modelo que Cristo nos invita a seguir.
Misericordia: es la ley fundamental que reside en el corazón de cada persona cuando ve, con ojos sinceros, al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordiae Vultus, Papa Francisco.
Conclusión - Sin duda, la parábola del Buen Samaritano es la segunda más conocida después de la del Hijo Pródigo. Su influencia en la cultura occidental ha sido tan profunda que, hoy en día, el término "samaritano" no solo se refiere a un habitante de Samaria, sino que se aplica a toda persona solidaria, compasiva y dispuesta a ayudar a quienes están en dificultad.
P. Jorge Amaro, IMC