domingo, 16 de octubre de 2016

Perdonar con condiciones

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«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Mal». Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará a vosotros». (Mateo 6, 12-15)

Dios solo perdona si nosotros perdonamos
La oración del Padrenuestro es mucho más que una simple plegaria: es el compendio más condensado del mensaje de Jesús; contiene todo lo necesario para tener vida y tenerla en plenitud. Por eso, la dimensión del perdón no solo forma parte del cuerpo de la oración, sino que merece por parte de Jesús un comentario añadido a modo de “posdata”.

De todos los temas enumerados en esta oración, como si fuera una lista, Jesús solo comenta uno: el perdón. Y lo hace en los versículos 14 y 15, fuera del cuerpo principal de la oración, para que no haya lugar a dudas ni a malas interpretaciones sobre lo que piensa al respecto.

En homilías dialogadas suelo preguntar con frecuencia si Dios nos ama incondicionalmente. La respuesta, unánime, es siempre que sí. Luego pregunto si también nos perdona incondicionalmente, y de nuevo todos asienten sin pensarlo demasiado, creyendo que es lógico que así sea.

Cuando contradigo esa idea consensuada afirmando que el perdón de Dios no es incondicional —aunque su amor sí lo sea— y que exige ciertas condiciones, muchos se sorprenden y, sin reflexionar, se apresuran a decir que esa doctrina es falsa.

Muchos cristianos rezan el Padrenuestro varias veces al día sin ser plenamente conscientes de lo que están diciendo y de a qué se están comprometiendo. En el comentario añadido que Jesús hace, solo podemos concluir que, aunque Dios no impone condiciones para amarnos, no sucede lo mismo a la hora de perdonarnos: no nos perdona incondicionalmente, y debemos cumplir ciertos requisitos para recibir su perdón. Para ser perdonados, es conditio sine qua non perdonar de corazón a quienes nos han ofendido.

En efecto, cuando en el Padrenuestro decimos «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», estamos diciendo a Dios que, como nosotros ya hemos perdonado —es decir, ya hemos cumplido nuestra parte—, ahora le corresponde a Él cumplir la suya y perdonarnos. Colocamos nuestro perdón hacia los demás como condición previa al perdón que pedimos a Dios. Lo que nos autoriza moralmente a pedir su perdón es haber perdonado sinceramente a quienes nos han hecho daño.

Con la medida con que midáis, se os medirá a vosotros (Mateo 7,2). Así como el amor que sentimos por nosotros mismos debe ser la medida del amor al prójimo, no podemos querer a Dios para nosotros y al diablo para los demás. No podemos exigir que Dios nos perdone si nos negamos a perdonar sinceramente a quienes nos ofenden. Esta es una enseñanza dura, como lo fue el sermón sobre la Eucaristía en el evangelio de San Juan, que llevó a muchos discípulos a dejar de seguir al Señor.

«Y perdona nuestras ofensas en mayor medida que nosotros perdonamos» – Esta interpretación suavizada del versículo 12, propuesta por el sacerdote carismático Marcelo Rossi, ignora intencionadamente la exigencia radical de Jesús, posiblemente por lo difícil que resulta aceptar la condición impuesta.

Un perdón revocado
Palabra de rey no vuelve atrás. Recordemos la promesa del rey Herodes a la hija de Herodías, o la firmeza de Pilato respecto al letrero que mandó colocar en la cruz. Un rey no se desdice de sus palabras; mucho menos Dios, Rey del universo.

Sin embargo, la parábola narrada en Mateo 18, 23-35 sugiere que, en cuanto al perdón, Dios puede dar marcha atrás. En ella, un siervo debía una enorme cantidad a su señor, y éste, movido a compasión, le perdonó la deuda. Pero como aquel siervo no mostró la misma misericordia con quien le debía una cantidad insignificante, el señor revocó el perdón concedido y lo castigó severamente.

Cuando Dios llega al punto de retirar lo que ya había dado, algo que una persona sensata nunca hace a la ligera, quiere decir que no renuncia a la única condición que exige para conceder su perdón: que estemos dispuestos a perdonar a quienes necesitan nuestro perdón tanto como nosotros necesitamos el suyo.

Ayudas para el camino
Entonces Pedro se acercó y le preguntó: «Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces he de perdonarle? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». (Mateo 18, 21-22)

Estos versículos preceden a la parábola del siervo sin misericordia. Dios no nos da tregua: debemos perdonar siempre, sin cansarnos, como Él mismo lo hace. Nunca podemos decir “basta ya”; no podemos abandonar a nadie, porque Dios nunca nos abandona.

Sin restar dificultad al acto de perdonar, estos puntos pueden ser de ayuda:

  1. Considerar la educación y el pasado de la persona: los traumas de infancia, malos padres, profesores o tutores. Nadie tiene una educación perfecta. Desde Freud, sabemos que los primeros años marcan profundamente la vida. Superar esos condicionamientos no es fácil, y muchos no lo logran. Si los tribunales consideran estos factores atenuantes, ¿por qué no hacerlo nosotros al perdonar?
  2. «Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen»: esta fue la razón que Jesús encontró para perdonar a quienes lo crucificaron. Con frecuencia, cuando hacemos daño, lo hacemos bajo una fuerte emoción que nubla la mente, como el alcohol. En ese estado, no somos plenamente conscientes de nuestras palabras o actos. El hijo pródigo “estaba fuera de sí” cuando decidió abandonar su hogar. Solo “al volver en sí” decidió regresar.
  3. Distinguir entre el pecado y el pecador: quien comete una mala acción también puede haber hecho muchas buenas. Solemos centrarnos solo en lo negativo. Una sola ofensa puede borrar, en nuestra mente, toda una vida de bien. Difundimos el mal que nos hacen, pero callamos el bien. Dios distingue entre el pecado y el pecador; nosotros también deberíamos hacerlo, para no “tirar al niño con el agua sucia”.
  4. Evitar la hipocresía: criticamos en otros lo que nosotros mismos hacemos o podríamos hacer si estuviéramos en las mismas circunstancias. Si honestamente reconocemos que podríamos haber actuado igual, entonces perdonar es aplicar la regla de oro: «Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti».
  5. «Amad a vuestros enemigos y orad por quienes os persiguen» (Mateo 5, 44) – Más que una exhortación, esta es una técnica que funciona milagrosamente. No tenemos ganas de orar por quienes nos odian, pero si nos obligamos a hacerlo, si persistimos en hacer lo correcto pese a lo que sentimos, con el tiempo el odio se disipa. Haz la prueba y verás. El Evangelio no se equivoca.

Conclusión - El sabernos amados incondicionalmente por Dios nos lleva ingenuamente a creer que también nos perdona sin condiciones. Sin embargo, la verdad es que Dios pone condiciones para concedernos su perdón.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 2 de octubre de 2016

Perdonar y olvidar

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Un ex prisionero de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia. “¿Ya has perdonado a los nazis por todo lo que nos hicieron?”, le preguntó. “Sí, ya los he perdonado”, respondió su amigo. “Pues yo no, y nunca los perdonaré. Todavía los odio con toda mi alma”. Al oír esto, su amigo le dijo amablemente: “Si es así, todavía te tienen prisionero”.


Dios perdona y olvida, es como un ordenador con mucha memoria operativa, pero sin disco duro para almacenar datos. Para Dios, que vive en un eterno presente, el pasado no tiene valor. El bien y el mal contribuyeron a lo que somos hoy, que es lo que le interesa a Dios: las buenas obras han formado nuestro buen carácter, las malas acciones, si supimos afrontar sus consecuencias, nos dieron una lección, pues en la vida aprendemos más de nuestros errores que de nuestros aciertos.

“Aguas pasadas no mueven molinos”
No perdonar es elegir quedarse encerrado en una celda de amargura, cumpliendo condena por el crimen de otra persona. — Mahatma Gandhi

Dios perdona y olvida, pasa página como solemos decir; el agua no se queda pegada a ningún lado, corre, “moves on”, como dicen en inglés. Lo que pasa con Dios y con el agua que, una vez pasada, ya no puede mover el molino, no pasa con nosotros. De hecho, muchos de nosotros, contra todas las leyes de la física, quedamos atados al pasado y vivimos nuestra historia de forma circular y repetitiva, como un disco rayado.

De este modo, el pasado se proyecta continua y obsesivamente en el presente, obligando a las personas de nuestras relaciones actuales a representar y actuar nuestros monstruos del pasado, reaccionando nosotros como reaccionamos entonces.

Sólo perdonando a quienes nos han herido en el pasado nos liberamos de las ataduras del resentimiento y otras emociones dañinas que andan sueltas en nuestro ser; como no logramos controlarlas porque no las conocemos, son ellas las que nos controlan a nosotros, influyendo en nuestro comportamiento presente. Sólo cuando perdonamos nos emancipamos totalmente de quienes nos ofendieron y les retiramos el poder que, en caso de no perdonar, aún tienen sobre nosotros.

Se cuenta que, en el Cielo, Caín evitaba la compañía de Abel, hasta que un día, este, sin entender la razón del comportamiento de su hermano, decide confrontarlo:
—Oye, ¿por qué huyes de mí? ¿Acaso no somos hermanos?
Caín, cabizbajo y avergonzado, responde en tono de pregunta:
—¿Tú no sabes lo que ocurrió allá abajo, en la Tierra, entre tú y yo?
—Tengo una vaga idea —dijo Abel—; ¿fuiste tú quien me mató a mí, o fui yo quien te mató a ti?

Mientras dura el remordimiento, dura la culpa. Caín aún no se había perdonado a sí mismo… Si Dios perdona y olvida, pasa página, nosotros, por nuestro propio bien y equilibrio anímico, estamos llamados a hacer lo mismo: perdonar a los demás y perdonarnos a nosotros mismos. Es cierto que los hechos no son totalmente olvidados desde el punto de vista cognitivo; pero si realmente logramos perdonar, estos se recuerdan de forma distinta, sin emoción; ya no provocan estrés ni ansiedad, odio ni resentimiento en nuestro corazón, por lo que realmente han quedado en el pasado y pueden incluso ser olvidados cognitivamente.

El pecado es una deuda contraída
Anuló el documento que, con sus decretos, era contrario a nosotros; lo abolió enteramente y lo clavó en la cruz.”Colosenses 2,14

“Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Así rezaban los españoles el Padre Nuestro hace unos años. Cuando pecamos, contraemos una deuda con quien pecamos; las relaciones con esa persona, el orden, el equilibrio y la armonía no se restablecen si la deuda no es saldada.

La idea de satisfacer, compensar o reparar a quien hemos dañado viene del hecho de sentirnos deudores. La palabra ofensa, que usamos ahora también en español para estar en sintonía con América Latina, no transmite el mismo sentido.

Necesitamos mirar el pecado como deuda contraída para entender lo que San Pablo dice a los cristianos de Colosas. Les habla, en efecto, de una factura que contiene extensa y detalladamente los pecados de la humanidad y los nuestros propios. Esa factura, que es un documento de nuestra deuda, habla contra nosotros, pues relata todo el mal que hemos hecho.

En Cristo, Dios Padre abolió o anuló la factura. En el griego original, San Pablo no utiliza el término chiastrein, que significa anular colocando una X sobre el cuerpo de la factura. No usa este término porque, incluso después de anular una factura, siempre se puede leer y arrepentirse uno de haber perdonado la deuda. El término que Pablo usa es exalaifein, que significa borrar.

En aquella época no existía el papel como ahora; los papiros y las pieles se usaban una y otra vez, por eso se escribía con una tinta que se podía borrar fácilmente, como hasta hace poco hacíamos con nuestras pizarras. Una vez borrada la factura, ya no se puede leer. Pero para que no quedase ningún vestigio de dicha factura, Dios la crucificó, es decir, la destruyó por completo, como si hubiese sido quemada; ya no puede ser leída, no sólo porque fue borrada, sino porque ya no existe.

Jesús de Nazaret pagó la factura de nuestra deuda; al asumir nuestros pecados, de algún modo Él se encarnó en la factura de deuda de toda la humanidad, y con su muerte la destruyó.

“Él mismo, en su cuerpo, llevó nuestros pecados sobre el madero, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia: por sus heridas fuisteis sanados.” —1 Pedro 2, 24

Al asumir nuestros pecados, Jesús, de algún modo, se transformó en la vieja factura que contenía todos los pecados o deudas de la humanidad para con Dios; al morir en la cruz, la destruyó para siempre. Si en Jesús Dios perdona y olvida nuestras faltas, también nosotros estamos llamados a perdonar y olvidar las ofensas de los demás, así como el mal que nos hemos hecho a nosotros mismos.

Conclusión - Si Dios, que todo lo sabe, elige no recordar nuestros pecados, ¿quiénes somos nosotros para seguir reteniendo lo que ya ha sido redimido?

P. Jorge Amaro, IMC