miércoles, 15 de noviembre de 2017

Fátima: La oración como Misión

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La penitencia y la oración constituyen el núcleo de la espiritualidad y del mensaje de Fátima. El objetivo principal de la penitencia y de la oración que María pide a los pastorcitos no es el perfeccionamiento personal. Nuestra Señora no exhorta a los tres niños a hacer sacrificios y a rezar para alcanzar su propia santidad. 

Por eso, la espiritualidad de Fátima no es egocéntrica, es decir, no consiste en un conjunto de prácticas espirituales cuyo fin sea el beneficio o la perfección del que las realiza. No es, por tanto, comparable a la ascética de los monjes, cuya finalidad es la santificación personal, la experiencia mística o la visión beatífica.

Muy al contrario, tanto la penitencia como la oración que María pide a los pastorcitos tienen un fin muy concreto y específico: la conversión de los “pobres pecadores” y la reparación de los Corazones heridos de Jesús y de María. Es, por tanto, una espiritualidad altruista.

Es cierto que, mediante estas prácticas, los pastorcitos se santificaron; pero no las llevaron a cabo para santificarse, sino para contribuir al bien espiritual de los demás. No se ofrecieron para salvarse a sí mismos, sino para salvar a otros. En este sentido, tanto su oración como su penitencia eran una participación activa en la misión universal de la salvación.

Incluso cuando decidieron no volver a pecar, la razón principal de esa resolución no fue llegar a ser santos, sino no ofender más a Nuestro Señor. También en esto, el objetivo es altruista: no pecaban por amor a Dios. Nunca hicieron nada con la intención directa de alcanzar la santidad.

La oración de intercesión
“Abrahán se acercó y dijo: ‘¿Vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad; ¿los vas a destruir también? ¿No perdonarás a la ciudad por esos cincuenta justos?’ (…) ‘Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a toda la ciudad por ellos’”.   Génesis 18, 23-33

“Mientras Moisés mantenía las manos en alto, vencía Israel; pero cuando las bajaba, vencía Amalec”.
  Éxodo 17, 11

Los dos grandes patriarcas de nuestra fe, Abrahán y Moisés, experimentaron el valor y la eficacia de la oración de intercesión a Dios en favor del pueblo. Más tarde, esta misión de interceder por el bien del pueblo recaerá en los sacerdotes, descendientes de Aarón.

Durante la Edad Media, la sociedad cristiana estaba estructurada en estamentos, y cada uno tenía una función específica: los nobles defendían al clero y al pueblo, el clero intercedía ante Dios por todos, y el pueblo sostenía materialmente a los otros dos.

Hoy, sin embargo, la oración ya no es tarea exclusiva de una clase o grupo. Todos estamos llamados a rezar. La oración no es sólo un medio para expresar nuestro amor a Dios. De hecho, la oración expresa tanto el amor a Dios como el amor al prójimo, cuando rezamos por él. La oración puede ser nuestra respuesta a la pregunta de Dios: ¿Dónde está tu hermano? (cf. Génesis 4,9). A diferencia de Caín, debemos sentirnos guardianes de nuestro hermano, preocuparnos por él, desear su bien, actuar en su favor no sólo con obras, sino también en la oración, intercediendo por él ante Aquel que puede hacer mucho más que nosotros, especialmente donde nuestras fuerzas no alcanzan.

El Padrenuestro y el Avemaría, como la mayoría de las oraciones cristianas, nunca excluyen a los demás. Aunque las recemos en la intimidad de nuestra habitación y en lo más profundo de nuestro corazón, los otros están siempre presentes. Nos dirigimos a Dios en plural, como comunidad, y lo que pedimos nunca es sólo para nosotros, sino también para toda la Iglesia.

El capítulo 17 del Evangelio según San Juan nos presenta la llamada oración sacerdotal de Jesús: la más extensa de toda la Biblia. En la segunda y tercera parte de esta oración, Jesús pide por sus discípulos y por todos los creyentes. Un punto central de esta plegaria es la unidad de todos, base esencial de la oración de intercesión, pues todos somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

La comunión de los santos es una de las creencias más queridas del catolicismo. Consiste en la solidaridad que se establece entre todos los bautizados, estén aún en este mundo o ya en la eternidad, sea en el purgatorio o en la gloria de Dios. Es con base en esta comunión que el pueblo cristiano —y en especial el portugués— muestra una particular devoción al ofrecer oraciones y Misas por las almas más olvidadas del purgatorio: aquellas por las que nadie reza.

La providencia de la oración
Un día, había decidido no ir a cortarme el pelo. Sin embargo, comencé a oír insistentemente una voz interior que me impulsaba a ir. Me resistí, pero la voz se hizo cada vez más persistente, hasta volverse una obsesión. Finalmente accedí y fui. Al entrar, el barbero me sorprendió diciendo:
“¡Estaba ahora mismo rezando para que viniera hoy!”

 “La oración es el complemento más eficaz después de la medicina tradicional, superando la acupuntura, las hierbas, las vitaminas y otros remedios alternativos.”  — The Washington Post, 24 de marzo de 2006

Es difícil medir con precisión la eficacia de la oración. En las apariciones de Fátima, son muchas las intenciones que Lucía presenta a la Virgen, y Ella responde que algunas son atendidas y otras no. Pero ante esta realidad, sólo hay una certeza: es más probable que nuestras peticiones sean escuchadas si las formulamos que si no lo hacemos.

Sin embargo, tanto si se cumplen como si no, se cumple siempre la voluntad de Dios —una voluntad que hemos de aceptar incondicionalmente, porque Dios, como Padre, sabe mejor que nosotros lo que verdaderamente necesitamos. “Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen” — Mateo 5, 44

Incluso el enemigo deja de serlo cuando tenemos el valor de rezar por él, como el Evangelio nos manda. Es algo misterioso que todos podemos experimentar: en el momento en que conseguimos rezar por quien nos hace daño, desaparece el odio de nuestro corazón.

Francisco y Jacinta, reparadores de la humanidad
En el verano de 1916, mientras los tres niños jugaban en el huerto junto al Pozo del Arneiro, se les aparece el Ángel y les dice: "¿Qué hacéis? ¡Orad! ¡Orad mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros planes de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios."

Con el paso del tiempo, la Hermana Lucía interpreta estas palabras no como una reprimenda por estar jugando, sino como un llamado a algo supremamente importante: la oración. Este llamado sigue resonando en nuestros corazones, pues como cristianos a menudo nos perdemos en mil ocupaciones, como Marta en el Evangelio, y no elegimos lo más importante: detenernos, sentarnos a los pies de Jesús como María, y dirigirnos a Él, que es todo en todos.

Los pastorcitos respondieron fielmente al llamado del Ángel, y un año después también a las exhortaciones de la Virgen, rezando y ofreciendo sacrificios por la conversión de los pecadores. Asumieron esa tarea como una verdadera misión, encarnándola según sus características personales:

Jacinta, emotiva y sensible, sin descuidar la oración —especialmente la eucarística, al "Jesús escondido"— se inclinaba más por los sacrificios, movida por una profunda compasión por los pecadores. Quería salvar a cuantos pudiera.

Francisco, de naturaleza más contemplativa, sin dejar de ofrecer sacrificios como su hermana, se dedicaba más intensamente a la oración. Le conmovía la tristeza de Jesús y pasaba horas a solas con Él para consolarle.

Oración y sacrificio forman un binomio inseparable, como la teoría y la práctica. Rezar sin sacrificarse equivale al personaje del Evangelio que dice “Señor, Señor” pero no pone en práctica la Palabra (cf. Mateo 7, 21).

Por otro lado, el sacrificio sin oración no sería cristiano. Por eso, la Virgen enseñó a los niños una oración que debía acompañar cada sacrificio:

“Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.”

Usando una analogía: el sacrificio es el contenido de una carta, la oración es el sobre con la dirección escrita. Es ella quien dirige nuestra ofrenda a Dios, en intercesión por los pecadores.

Francisco, el consolador del Señor
Un día Lucía le preguntó:
– Francisco, ¿por qué no me pides que rece contigo y con Jacinta?
– Me gusta más rezar solo, para pensar y consolar a Nuestro Señor, que está tan triste.
Otro día, le preguntó:
– Francisco, ¿qué prefieres: consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores, para que no vayan al infierno?
– Preferiría consolar a Nuestro Señor. ¿No viste cómo Nuestra Señora se puso tan triste, incluso en la última aparición, cuando dijo que no se ofendiera más a Dios? ¡Está ya muy ofendido! Yo quiero consolarle, y luego convertir a los pecadores para que no le ofendan más.

Francisco reconoce la trascendencia de Dios y se alegra con Su presencia. Confiesa: “Lo que más me gustó fue ver a Nuestro Señor, en aquella luz que Nuestra Señora nos puso en el pecho. ¡Me gusta tanto Dios!” Siente que arde en esa luz que es Dios, y exclama: “¡Cómo es Dios! ¡No se puede explicar!”

Es esta unión con Dios la que le hace comprender el dolor que causan las ofensas humanas. Y brota de su alma esta respuesta enternecedora: “¡Si yo pudiera consolarle!”  (cf. Conferencia Episcopal Portuguesa, 2017)

Es quizá la parte más contemplativa del mensaje de Fátima. Francisco era verdaderamente un contemplativo. Se apartaba de los otros niños y pasaba las mañanas enteras ante el Santísimo en la iglesia de Fátima, mientras Jacinta y Lucía iban a la escuela. No lo hacía para sentirse bien en la presencia de Dios, sino para consolar al Jesús entristecido por los pecados del mundo.

Devoción al Inmaculado Corazón de María
“A Jacinta y a Francisco me los llevo en breve. Pero tú te quedas un poco más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.”  [A quienes la abracen, prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas, como flores puestas por Mí para adornar su trono.]

El mundo moderno, frío y tecnológico, es poco dado a los símbolos. Pero para comprender mejor lo que significan el Corazón de Jesús y el Corazón de María, nos puede ayudar adentrarnos en el mundo de la poesía. Todos conocemos la expresión “hablar con el corazón en la mano”, que denota angustia, aflicción, desvelo… Así se presentan el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María: afligidos por el estado del mundo.

En sentido bíblico —y también en Fátima— el “corazón” no es sólo el órgano que impulsa la sangre, sino símbolo del centro íntimo del ser humano, donde se funden los pensamientos, afectos y decisiones.

El Sagrado Corazón de Jesús, representado con el corazón en el pecho o en la mano, manifiesta gráficamente cuánto nos amó y sufrió por nosotros, hasta dar su vida. Esta devoción inspiró a la Iglesia desde las apariciones a Santa Margarita María en 1675. Y no está exenta de sentido bíblico, si recordamos que un soldado atravesó el costado de Cristo y nos mostró su corazón.

El Inmaculado Corazón de María, representado igualmente con el corazón visible, expresa el amor, la entrega y el dolor vivido por su Hijo, desde la Anunciación hasta la Cruz. En el Calvario, Jesús nos la entrega como Madre, iniciando así su pasión espiritual por nosotros.

La Virgen comunica a los niños que su Hijo desea establecer en el mundo esta devoción. Por eso Lucía permanece en vida más tiempo: para hacerla conocer y amar.

Esta imagen también tiene fundamento bíblico: el anciano Simeón profetiza a María que una espada le atravesará el alma (cf. Lucas 2,35).

 “Amor con amor se paga”. La devoción al Corazón de Jesús y al Corazón de María no se justifica porque Dios la necesite, sino porque nosotros la necesitamos. Sólo cuando nos abrimos a su amor, ese amor da fruto en nosotros. Y no es posible abrirse al amor de Dios sin corresponderle. Por eso, el proverbio cobra sentido: “Dios necesita nuestro amor para poder amarnos”.  “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14,23)

El Inmaculado Corazón de María es medianero de todas las gracias. Fue en ese Corazón, inmaculado desde la concepción, que Dios encontró el “sí” para realizar la encarnación de su Hijo. Si es medianera de la gracia primera —Cristo—, también lo es de todas las demás. Por eso Jacinta, ferviente devota del Inmaculado Corazón, exhorta a su prima Lucía:

 “Tú te quedas para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando llegue el momento, no te escondas. Díselo a todos: que Dios nos concede las gracias por medio del Corazón Inmaculado de María; que se las pidan a Ella; que el Corazón de Jesús quiere que, a su lado, se venere el Corazón Inmaculado de María; que pidan la paz a este Corazón, porque Dios se la ha confiado. ¡Si yo pudiera meter en el corazón de todo el fuego que tengo dentro, que me abrasa y me hace amar tanto al Corazón de Jesús y de María…!”

Conclusión - “La oración es el complemento más eficaz después de la medicina tradicional, superando la acupuntura, las hierbas, las vitaminas y otros remedios alternativos.”  — The Washington Post, 24 de marzo de 2006

P. Jorge Amaro, IMC

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Fátima: El sacrificio personal como Misión

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—¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?
—¡Sí, queremos!
—Pues vais a tener mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo.

El tema central del mensaje de Fátima
En la primera aparición, justo después de presentarse y de pedir a los pastorcitos que volvieran allí durante seis meses consecutivos, Nuestra Señora les preguntó si querían ofrecerse a sí mismos por la salvación de los pecadores.

Fátima se hace eco de la forma en que la comunidad cristiana interpretó la muerte de Jesús, quien se ofreció como cordero sin mancha para expiar los pecados de la humanidad. Jesús no dio su vida por nosotros solo en el acto de su muerte: toda su vida fue vivida para los demás. Vino para servir y no para ser servido (Marcos 10, 45). A lo largo de su vida, luchó contra el pecado y el mal en todas sus formas. Al final, fue ese mismo pecado el que lo mató. Murió no solo por nuestros pecados, sino también a causa de ellos.

Jesús combatió el pecado del mismo modo que nuestro cuerpo combate una enfermedad. Cuando una bacteria o un virus invade nuestro organismo, un glóbulo blanco llamado neutrófilo persigue al invasor una vez que ha sido identificado por los anticuerpos, y mediante un proceso llamado fagocitosis, lo captura, lo devora y muere. Jesús también asumió el pecado de la humanidad, muriendo en ese mismo proceso, salvando así a la humanidad de la muerte eterna.

Lo que María pide a los pastorcitos es solidaridad y participación en la pasión de Cristo, en su único acto reparador por los pecados de la humanidad. Al participar en el misterio de la redención de Cristo a través del sacrificio voluntario, dejamos de ser sujetos pasivos para convertirnos en agentes activos, tanto de nuestra propia salvación como de la salvación de los demás.

Este tema central del mensaje de Fátima es también el más difícil de comprender en nuestros días. Pero así como María en Lourdes vino a reafirmar el dogma de la Inmaculada Concepción, en Fátima viene a reafirmar la teología —considerada por muchos como obsoleta o retrógrada— de la expiación y la reparación. Pero ¿cómo puede una persona reparar sus propios pecados y los de los demás?

Jesús murió para expiar los pecados de la humanidad
“El salario del pecado es la muerte” (Romanos 6, 23): este es el orden de las cosas. No existen actos inocuos o neutros; lo que no promueve la vida, conduce inevitablemente a la muerte. El bien promueve la vida, el mal lleva a la muerte como consecuencia lógica. Esta es una verdad irrefutable. Lo comprobamos en cada mala acción que cometemos; como dice el proverbio: “el mal queda con quien lo practica”. El castigo acompaña a la mala acción como el archivo adjunto acompaña al correo electrónico.

No hay obra mala que no sea seguida por un castigo, que no procede de Dios directamente, sino de ese mismo orden natural como consecuencia lógica de la acción. Dios siempre perdona, el hombre a veces, la naturaleza ni perdona ni olvida. El mal que hacemos contra nuestra naturaleza humana o contra la naturaleza del planeta, se paga y con creces.

Si Jesús de Nazaret hubiera sido solo un profeta, su muerte habría sido vista como la de un justo. Pero como Jesús, además de verdadero hombre, es verdadero Dios, su muerte no puede entenderse como un mero acontecimiento personal, sino como un acto con repercusiones universales sobre la humanidad creada por Él y representada en Él. Como Jesús resucitó, su muerte sirvió para matar a la muerte: aquella muerte eterna que era el destino inevitable del hombre pecador.

Jesús murió por nuestros pecados, en el sentido de que fueron nuestros pecados los que lo mataron. Pero, al no permanecer muerto y resucitar, nuestros pecados murieron consigo. Su muerte fue, por tanto, el fin de la muerte como castigo por el pecado.

Dios no puede contradecir el orden de las cosas que Él mismo creó. Como hemos visto, ese orden incluye que al pecado le siga el castigo, y el castigo es la muerte. Sin intervención divina, seríamos como un tren sin frenos que corre hacia su destrucción inevitable.

Juan 15, 3: “Sin mí no podéis hacer nada”. Si por nuestras propias fuerzas pudiéramos salvarnos, no habría sido necesaria la venida de Cristo al mundo. El pecado nos dejó en el fondo de un pozo sin salida, en arenas movedizas donde cuanto más nos movemos más nos hundimos; en un agujero abierto en el hielo quebradizo de un lago que se rompe bajo nuestro peso. Del mal y del pecado no podemos salir por nosotros mismos.

Juan 1,29: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” Juan Bautista, aunque hijo de sacerdote, actúa fuera del sistema sacrificial del Templo y ofrece el perdón por medio del bautismo de conversión, señalando a Jesús como el verdadero Cordero de Dios que sustituye los sacrificios de animales. Solo quien no tiene pecado puede pagar por los pecados de los demás.

El sacrificio de Cristo es perfecto porque Él es al mismo tiempo sacerdote, víctima, altar y templo donde se ofrece. Si algo es perfecto, no puede ser mejorado; por eso el sacrificio de Cristo, y solo el de Cristo, es suficiente para pagar por todos los pecados de la humanidad, pasados, presentes y futuros.

En el sacrificio de Cristo se satisface la justicia de Dios, pues alguien pagó el precio del pecado, que es la muerte. Pero también se manifiesta la gracia y el amor divino, pues no fuimos nosotros quienes pagamos, sino su propio Hijo.

Asociarse al sacrificio de Cristo

Una solidaridad misteriosa: Así como somos solidarios en el mal, también lo somos en el bien. La idea de que todos pertenecemos al Cuerpo Místico de Cristo no es solo una noción piadosa, sino también una realidad científica: la humanidad desciende de un mismo tronco común; existen lazos que nos unen a todos desde el origen.

“Un pequeño paso para un hombre, un salto gigantesco para la humanidad”, dijo Neil Armstrong al pisar la Luna. No fue una hazaña individual ni en su ejecución ni en su significado; fue, en realidad, un logro colectivo de toda la humanidad.

Inconsciente espiritual colectivo: Freud descubrió una instancia en nuestro interior, el inconsciente, formado por lo vivido, reprimido y olvidado en la infancia, que influye en nuestra conducta sin que lo sepamos. Jung, su discípulo, fue más allá y habló del inconsciente colectivo: una memoria compartida por toda la humanidad.

Cada uno de nuestros actos forma parte de esta “base de datos colectiva”, por lo que todo ser humano nace capacitado para los actos más nobles o más despreciables sin necesidad de aprendizaje previo. Lo individual influye en lo colectivo y viceversa.

Efecto mariposa: Pequeñas causas pueden tener consecuencias inmensas. El aleteo de una mariposa en un lugar puede desatar un huracán en otro. Así también nuestras acciones, aunque pequeñas, pueden tener efectos insospechados sobre los demás.

En la vida humana no existen actos neutros: todos tienen repercusiones, buenas o malas, según su naturaleza.

Mateo 16,24: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.” Todo sacrificio supone inmolar el ego. Todo acto de altruismo es una negación de uno mismo. Después del sacrificio de Cristo, los sacrificios que agradan a Dios no consisten en ofrecer cosas, como en la Antigua Ley, sino en ofrecernos a nosotros mismos.

Tertuliano (197 d.C.): “La sangre de los mártires es semilla de cristianos.” El martirio configura al cristiano con Cristo de forma absoluta, siendo camino directo al Reino de Dios. No solo gana el mártir individualmente, también gana la Iglesia, pues su testimonio actualiza la pasión de Cristo en la historia.

Colosenses 1,24: “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, por su Cuerpo, que es la Iglesia.”

Este versículo ha sido citado como base bíblica de la práctica pedida por Nuestra Señora en la primera aparición: ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores. Es importante aclarar que nuestros sacrificios no añaden valor redentor al de Cristo. El sacrificio de Cristo es perfecto y no necesita ser perfeccionado.

Pero nuestros sufrimientos personales, si los unimos a los de Cristo, adquieren sentido y valor. No se desperdician: se convierten en sufrimientos redentores.

El infierno se evita con el purgatorio
El Ángel, señalando la tierra con la mano derecha, dijo con voz fuerte: “¡Penitencia, penitencia, penitencia!”

Estas son las palabras del ángel con la espada de fuego. Nuestra Señora mostró a los pastorcitos el infierno como una posibilidad real en la otra vida, y el infierno en que se había convertido el mundo del siglo XX. Para evitar uno y otro, la alternativa es la penitencia. El infierno se evita con el purgatorio, tanto en esta vida como en la otra.

Cristo expió nuestros pecados, por lo que no necesitamos volver a expiarlos. Dios perdona y olvida. Entonces, ¿por qué el purgatorio? Porque somos nosotros los que no perdonamos ni olvidamos, ni a los demás ni a nosotros mismos. El purgatorio es una exigencia de nuestra propia naturaleza.

Zaqueo, al convertirse, dijo: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres y, si he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más” (Lucas 19,8). Jesús ya lo había perdonado, no le exigió nada. Lo que Zaqueo ofreció fue fruto de su conversión, no condición para su perdón.

Marcos 1,15: “Convertíos y creed en el Evangelio.” La penitencia y el sacrificio forman parte del proceso de conversión. Cuanto más puros salgamos de esta vida, menos purgatorio necesitaremos en la otra. El purgatorio puede comenzar aquí y ahora. En cualquier caso, sigue siendo cierto: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.”

Sor Lucía explicó años más tarde que el fuego purificador del purgatorio no es físico, sino el fuego del amor divino que Dios comunica a las almas. Un acto perfecto de amor, como el martirio, purifica todos los pecados y lleva directamente al cielo.

Jacinta, la buena pastora
Un día, al volver a casa, se metió entre el rebaño.
—Jacinta —le pregunté—, ¿por qué te metes ahí, entre las ovejas?
—Para hacer como Nuestro Señor, que en la estampa que me dieron también está así, en medio de muchas y con una en brazos.

Jacinta encarna el aspecto sacrificial del mensaje de Fátima; ella, a su manera, imita a Jesús, el Buen Pastor, que cuida a la oveja perdida y la lleva sobre sus hombros al redil. Muchos fueron los sacrificios que Jacinta ofreció por los pecadores en los tres años posteriores a las apariciones. Y cuando, ya enferma en cama, la Virgen le preguntó si quería seguir sufriendo para convertir más pecadores, respondió que sí. Como Cristo, la pequeña pastorcita también dio su vida por las ovejas del Señor.

La visión del infierno la impresionó tanto que incluso jugando preguntaba a Lucía: “¿Y si rezamos mucho por los pecadores, Nuestro Señor los librará de allí? ¿Y con los sacrificios también? ¡Pobrecitos! ¡Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos!”

La expresión “pobres pecadores” fue acuñada en Fátima. Siempre que se habla de ellos, se hace con ternura. Así lo muestra el ángel en su oración a la Trinidad, María tras la visión del infierno, y los mismos pastorcitos. Jacinta, la más sensible de los tres, refleja mejor la misericordia y el amor de Dios por los pecadores, tal como aparece en ambos Testamentos: Ezequiel 18,23: “¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado... y no más bien en que se convierta y viva?”

En Jesús de Nazaret, la misericordia de Dios se hace concreta: Jesús buscaba la compañía de los pecadores, los tocaba, los curaba, comía con ellos y, al final, se entregó por ellos como víctima, siendo comido en la Eucaristía y en la cruz, cuerpo entregado y sangre derramada.

Los pastorcitos, especialmente Jacinta en su breve vida y Lucía en su larga misión, comprendieron y asociaron sus sacrificios a la pasión de Cristo, dándoles sentido y utilidad, haciendo eco de su redención en el aquí y ahora de la historia.

Conclusión - En Fátima, la Virgen nos llama a participar, con amor y sacrificio, na missão redentora de Cristo, transformando o sofrimento em oferenda solidária pela conversão dos pecadores.

P. Jorge Amaro, IMC