En el segundo Misterio Gozoso, contemplamos la visita de la Santísima Virgen María a su prima, Santa Isabel.
Del Evangelio de San Lucas (1:39-43, 46)
En aquellos días, María se levantó y fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá. Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Cuando Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su vientre e Isabel quedó llena del Espíritu Santo. Entonces, exclamando con fuerte voz, dijo: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! (...) ¡Feliz la que ha creído que se cumplirá lo que le fue anunciado de parte del Señor!».
Comentario de San Ambrosio
«Bienaventurada tú que has creído», dijo Isabel. Pero también vosotros sois benditos porque habéis oído y creído: toda alma que cree y hace la voluntad de Dios concibe y da a luz la Palabra de Dios, reconociendo Sus obras.
Meditación 1
Si en la Anunciación María está en oración, en la Visitación, María está en acción; si en la Anunciación María escucha la palabra de Dios, en la Visitación, ella pone en práctica esa misma palabra, como tantas veces su Hijo sugiere; si en la Anunciación María ama a Dios sobre todas las cosas, en la Visitación ama al prójimo como a sí misma.
Si en la Anunciación María tiene una experiencia personal con Dios como discípula, en la Visitación, al entonar su Magníficat y dar testimonio de su experiencia con Dios, actúa como misionera, relatando y testificando todo lo que Dios ha obrado en ella.
En estos dos Misterios Gozosos encontramos el camino de toda la vida cristiana; por eso María es para nosotros modelo de discípula y misionera. En ella se concentran todas las virtudes que el cristiano debe cultivar. María es, por tanto, no solo la Madre de Jesús y nuestra Madre, sino también un ejemplo de seguimiento de Cristo.
Meditación 2
«Feliz tú que has creído», fueron las palabras de Isabel a María. Estas palabras nos recuerdan que la fe es una opción, una apuesta, una decisión que tomamos libremente después de agotar el uso de la razón. La fe es un salto hacia lo desconocido, y, solo después de darlo, sabremos si acertamos o no. María encontró la felicidad en su fe en la Palabra de Dios anunciada por el ángel. También nosotros seremos felices si creemos e infelices si no lo hacemos.
María viajó de Nazaret a Ein Kerem, recorriendo unos 150 km para ayudar a su prima. Sin embargo, Isabel reconoció en ella algo más que a su prima María, pues ya estaba embarazada del Hijo de Dios. Al responder a las palabras de Isabel con su Magníficat, María muestra lo que significa ser misionero. No se trata precisamente de un predicador de doctrinas; la doctrina viene en segundo plano.
Al igual que María en el Magníficat, el misionero debe testificar las grandes obras que Dios ha hecho en su vida. Así como la Historia se divide en antes y después de Cristo, también nuestra vida cambia cuando encontramos a Cristo, como ocurrió con Pablo.
En el Magníficat, María relata las grandes cosas que el Todopoderoso ha hecho en su vida. De igual manera, el proyecto de Jesús no es solo individual, sino también social, llamándonos a hacer de este mundo el Reino de Dios.
El misionero, tal como narra María en su Magníficat, es quien ayuda a derribar a los poderosos de sus tronos y a exaltar a los humildes; es quien enfrenta las injusticias de este mundo, luchando para que el Reino de Dios se establezca aquí, en una sociedad más justa, pacífica y fraterna.
Oración
Señor, nuestro Dios,
así como María se levantó apresuradamente
para servir y llevar Tu presencia a la casa de Isabel,
también nosotros, movidos por Tu Espíritu,
queremos responder con prontitud a Tu llamada.
Haz de nosotros discípulos fieles
que escuchan Tu Palabra con el corazón abierto,
y misioneros generosos
que la ponen en práctica a través del servicio y del amor al prójimo.
Que, como María,
podamos reconocer y testificar
las grandes maravillas que realizas en nuestras vidas
y anunciar con alegría Tu Reino de justicia, paz y fraternidad.
Señor, ayúdanos a derribar las barreras que nos separan de los demás,
a exaltar a los humildes y a combatir las injusticias
que impiden que Tu paz reine en el mundo.
Que nuestra fe sea firme y confiada en Ti, como la de María,
y que sepamos encontrar la verdadera felicidad
en creer en Tus promesas.
Así como María entonó su Magníficat,
te alabamos y bendecimos,
porque eres fiel y misericordioso,
y en Ti depositamos toda nuestra confianza.
Amén.
P. Jorge Amaro, IMC