jueves, 15 de junio de 2017

Fátima: Francisco el contemplativo

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Perfil humano
Francisco de Jesús Marto nació el 11 de junio de 1908 en Aljustrel, una aldea perteneciente a la parroquia de Fátima, en el municipio de Ourém. Era hijo de Manuel Pedro Marto y de su esposa Olímpia de Jesús dos Santos.

Hermano de Jacinta, ambos diferían del carácter más enérgico y rústico de su prima Lucía. Francisco era de complexión robusta, rostro redondeado y mejillas abultadas, de tez algo morena y labios breves como su hermana. Sin embargo, al contrario de ella, era sumamente dulce, tranquilo y pacífico, sin ser por ello apático. Al contrario: era enérgico, fuerte, decidido y gozaba de buena salud.

Como todos los niños de su edad, le gustaba jugar, pero a diferencia de su hermana, no era competitivo. De hecho, parecía no importarle ganar. Si alguien rompía las reglas del juego o discutía con él, cedía sin resistencia, limitándose a decir:

—«¿Tú crees que ganaste? Pues vale. A mí me da igual».
Y cuando algún compañero se aprovechaba de su calma para quitarle algo, respondía simplemente:
—«Déjale. No me importa». Era tan pacífico que llegaba a exasperar a su prima Lucía. Ella podía ordenarle cualquier cosa, y él la cumplía sin discutir.

No era en absoluto miedoso. Podía ir solo por la noche a cualquier sitio oscuro sin mostrar temor ni contrariedad. Jugaba con lagartos y serpientes que encontraba por el campo, los hacía enrollarse en su palo y les daba de beber leche de las ovejas en los huecos de las piedras. Le apasionaba la música, que practicaba tocando su flautilla en los momentos de calma. Como su hermana, amaba las flores y la naturaleza.

Moralmente, era irreprochable. Cuenta doña Olímpia:
—«Una mañana, al salir con el ganado, le dije: “Hoy vas al Oiteirinho de la madrina Teresa, que no está en casa, fue a la aldea”. Y él me respondió: “¡Ah, eso no lo hago!”. No me contuve y le di una bofetada. Pero él no se acobardó. Se volvió hacia mí, muy serio, y me dijo: “¿Entonces es mi madre quien me está enseñando a robar?”».

Francisco y el Eneagrama
Según los psicólogos, existen tres centros de inteligencia: la mente, el corazón y el cuerpo. Todos usamos los tres para relacionarnos con el mundo, pero uno suele predominar como centro preferencial.

La teoría del Eneagrama identifica nueve tipos de personalidad, distribuidos en estos tres centros. Cada tipo está definido por una compulsión o tendencia inconsciente que guía su comportamiento.

Por providencia —o quizá por casualidad— los tres pastorcitos representan de forma clara estos tres centros: Lucía es cerebral, Jacinta es emocional y Francisco visceral o instintivo. Cada uno encarna a su manera el mensaje de Fátima, según su tipo de personalidad.

Dentro del centro instintivo, Francisco no es un tipo 8 (cuya compulsión es la fuerza), ni un tipo 1 (cuya compulsión es la perfección), sino claramente un tipo 9, cuya compulsión es buscar la paz y la armonía, evitando el conflicto a toda costa.

Los de tipo 9 tienden a olvidarse de sí mismos para acomodarse a los demás. Lucía lo percibió bien: Francisco obedecía sin cuestionar, casi como un autómata. Son excelentes pacificadores porque saben suavizar tensiones. También en esto destaca Francisco, capaz incluso de renunciar a lo que le gustaba con tal de evitar disputas, como refleja este episodio:

En cierta ocasión, le regalaron un pañuelito con la imagen de Nuestra Señora de Nazaré. Estaba encantado y se lo mostró a sus amigos. Sin embargo, el pañuelo desapareció.
—«Le tenía mucho cariño —dice su madre— y no paraba de hablar de él».
Cuando le dijeron que otro niño lo tenía y afirmaba que era suyo, Francisco no insistió en recuperarlo:
—«Que se lo quede. A mí no me importa».

Los de tipo 9 buscan siempre la tranquilidad. Francisco vivía desapegado de todo y de todos, como si estuviera un poco en las alturas. Pocas cosas realmente le importaban. Silencioso, ensimismado, contemplativo.

Eucarístico y contemplativo
«Me gustó mucho —decía— ver al Ángel, y aún más ver a Nuestra Señora. Pero lo que más me gustó fue ver a Nuestro Señor en aquella luz que la Virgen nos puso en el corazón. Yo quiero mucho a Dios… pero Él está tan triste por tantos pecados... ¡No debemos cometer ni el más pequeño pecado! (...) Dentro de poco, Jesús vendrá a buscarme para ir al Cielo con Él, y entonces estaré siempre con Él, consolándolo. ¡Qué maravilla!». — Francisco

«Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios, ¡y no nos quemábamos!». Pasaba horas en adoración al Santísimo, al que llamaba “Jesús escondido”. Penitencia y oración son el núcleo del mensaje de Fátima. Los dos hermanos las vivieron intensamente, pero Francisco estaba más inclinado a la oración, y Jacinta al sacrificio. Mientras Jacinta ofrecía penitencias por la conversión de los pecadores, Francisco se dedicaba a consolar a Jesús con su oración y su presencia.

Al igual que Jesús en el Evangelio, a veces desaparecía sin que nadie se diera cuenta, se alejaba de su hermana y su prima, y se escondía tras una pared o en un rincón solitario para rezar. Cuando Lucía y Jacinta le encontraban:
—Francisco, ¿por qué no nos avisas para rezar contigo?
—Prefiero rezar solo, para pensar y consolar a Nuestro Señor que está tan triste.

Ya después de las apariciones, cuenta Lucía que cuando iban a la escuela, a veces él se detenía en la iglesia y le decía:
—Vosotras iros a la escuela. Yo me quedo aquí con Jesús escondido. No vale la pena que aprenda a leer; dentro de poco me voy al Cielo. Cuando terminéis la escuela, venid a buscarme.

A pesar de su amor por la Eucaristía, el párroco de Fátima se negó a darle la comunión. Pero lo que el párroco le negó, se lo concedió el Ángel. Al comulgar, Francisco exclamó:
—«Sentía que Dios estaba en mí, pero no sabía cómo».

Tras las apariciones, la vida de Francisco cambió por completo. Jacinta no perdía ocasión para ofrecer sacrificios, y Francisco no perdía oportunidad para aislarse, rezar el rosario y consolar a Jesús.
—«No vengáis aquí —decía—. Dejadme solo».
—¿Y qué haces tanto tiempo?
—«Pienso en Dios, que está tan triste por tantos pecados… ¡Si al menos pudiera darle alegría!»

“Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero” —Santa Teresa de Ávila

Francisco ya vivía totalmente centrado en su relación con “Jesús escondido”. No pensaba en otra cosa. Todo tiempo era poco para estar con Él y consolarle. Un día le preguntaron si quería ser carpintero, militar, médico o sacerdote. Respondió:
—«No quiero ser nada».
—¿Y qué quieres ser entonces?
—«No quiero ser nada. Quiero morirme e ir al Cielo».

Cuando él y Jacinta estaban ya enfermos, cada uno en su cuarto, era Lucía quien les llevaba los recados. Sabiendo que Francisco moriría primero, Jacinta le envió a decir que no se olvidara de rezar por ella y por Lucía. Francisco respondió que tenía miedo de olvidarlo cuando viese a Nuestro Señor. Tal sería la alegría y deslumbramiento que sentiría al contemplar al que hasta entonces era solo su “Jesús escondido”, que temía quedar absorto y sin pensamiento alguno.

Y al Cielo se fue, en efecto, el 4 de abril de 1919, dos años después de las apariciones. Durante su enfermedad, sus padres aún esperaban su curación. Su madrina Teresa prometió a la Virgen ofrecerle su peso en trigo si lo sanaba, a lo que Francisco respondió con una sonrisa angelical:
—«Nuestra Señora no le va a conceder esa gracia».

Y cada vez que alguien le hablaba con esperanza de curación, replicaba:
—«Es inútil. Nuestra Señora me quiere con Ella en el Cielo». Y no lo decía con resignación o tristeza, sino con una sonrisa alegre y confiada.

Conclusión - Francisco es el contemplativo por excelencia entre los tres videntes de Fátima. Su misión no fue hablar, ni enseñar, ni sufrir visiblemente, sino consolar en silencio. Su figura nos recuerda que la oración silenciosa, la adoración y el amor fiel, aún sin palabras, pueden ser una poderosa respuesta al dolor del mundo y al Corazón herido de Dios.

P. Jorge Amaro, IMC

jueves, 1 de junio de 2017

Fátima y su relevancia para el mundo

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«Si atienden a Mis pedidos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, difundirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones contra la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, Mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe.»  (Aparición del 13 de julio de 1917)

El siglo XX fue, sin lugar a dudas, el más sangriento de la historia de la humanidad. El Dios de Israel, que vio el sufrimiento de su pueblo esclavizado en Egipto, no podía permanecer impasible ante los horrores de nuestra época. Si en aquel entonces envió a Moisés, en este tiempo envió a María, aquella que, desde las bodas de Caná, está atenta a las necesidades de su pueblo, y que, desde su visita a Isabel, no ha cesado de visitar a sus hijos.

Desde la primera aparición de la Virgen María en Fátima, el 13 de mayo de 1917, hasta el atentado contra el Papa Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981 en la Plaza de San Pedro, en Roma, Fátima ha estado en el centro como un clamor celestial dirigido a una humanidad sufriente.

Fátima, el comunismo y la consagración de Rusia
«Vendré a pedir la consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón.» (Aparición del 13 de julio de 1917)

Entre todas las peticiones de la Virgen a los pastorcillos, esta fue sin duda la más delicada. Desde Pío XII, el 31 de octubre de 1942, hasta el Papa Francisco, el 13 de octubre de 2013, se han sucedido siete intentos de cumplir dicha solicitud. No obstante, numerosos rodeos diplomáticos y ecuménicos evitaron mencionar explícitamente a Rusia, intentando dar a entender que la consagración estaba implícita.

José Milhazes, en su libro El Mensaje de Fátima en Rusia, relata cómo una imagen de la Virgen de Fátima fue llevada clandestinamente a la Plaza Roja en los años 70.

La hermana Lucía protestó afirmando que, en el acto de dedicación del 13 de mayo de 1982, Rusia no aparecía como objeto de consagración, y repitió: «La consagración de Rusia no se ha hecho como la Virgen pidió.»

Finalmente, el 25 de marzo de 1984, el Papa Juan Pablo II mandó traer la imagen oficial de la Capilla de las Apariciones y el célebre icono ruso de Kazán, entonces en Fátima. Tras recitar la fórmula de consagración, añadió: «Iluminad especialmente a aquellos pueblos cuya consagración y entrega Vos esperáis de nosotros.» Esta fue la fórmula más explícita hasta entonces, y la hermana Lucía reconoció que la consagración había sido aceptada por el cielo.

Apenas un año después, comenzó la conversión de Rusia: Mijaíl Gorbachov accedió al poder e impulsó la Perestroika, palabra rusa que significa precisamente conversión. Con esta revolución, el país abandonaba el ateísmo militante y recuperaba la libertad religiosa.

El cardenal Joachim Meisner, arzobispo de Berlín hasta la caída del Muro, declaró: «Para mí, es evidente que la revolución antisoviética comenzó en Fátima con la Virgen y los tres niños.» Como las murallas de Jericó (Josué 6, 20), la fuerza de la oración logró lo que ninguna otra fuerza, ni siquiera la militar, pudo conseguir.

Fátima y el nazismo
No sólo el comunismo se sintió desafiado por Fátima. También el nazismo se mostró incómodo. De hecho, la Oficina Central de Seguridad del Reich llegó a declarar: «Toda la propaganda de Fátima, en su estructura total, se orienta contra los fundamentos del Nacionalsocialismo.»

El mensaje de Fátima condena explícitamente el comunismo como ideología atea y militante. Sin embargo, no se posiciona abiertamente contra la revolución social que trajo consigo el comunismo, ni se refiere de forma directa al nazismo. Sólo menciona la Segunda Guerra Mundial y el gran mal que causaría.

Pese a la clara oposición de Fátima a la ideología atea soviética, los aliados prefirieron no utilizar el mensaje contra la Rusia comunista, ya que era aliada en la lucha contra la Alemania nazi. Así, manipularon la interpretación del mensaje para que sirviera de arma contra el nazismo.

El padre Luis G. da Fonseca llegó a reescribir el texto del segundo secreto, sustituyendo la consagración de Rusia por la consagración del mundo, y donde se decía «Rusia difundirá sus errores», escribió «una propaganda impía difundirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras». De este modo, la atención se desvió de Rusia hacia Alemania, especialmente en 1942. Fátima fue, también en este contexto, un instrumento geopolítico.

Fátima y la Guerra Fría
La cúpula azul de la iglesia ortodoxa, situada detrás de la Basílica de Fátima (ya no pintada de azul), fue durante décadas conocida como sede del “Ejército Azul”. Esta organización religiosa, fundada por el sacerdote estadounidense padre Colgan, llegó a contar con 25 millones de miembros y fue utilizada por gobiernos norteamericanos y dictaduras latinoamericanas para combatir el comunismo.

El nombre de este ejército pacífico contrastaba claramente con el del Ejército Rojo soviético. El padre Colgan resumió el mensaje de Fátima en tres preceptos: devoción al Inmaculado Corazón de María, rezo diario del rosario y cumplimiento fiel de los deberes del propio estado de vida.

Las imágenes peregrinas de Fátima
La primera imagen salió de Portugal en 1946, a petición de un párroco de Berlín, con la intención de recorrer todas las capitales europeas hasta llegar a Rusia. Le siguieron otras peregrinaciones: en 1948 a África, en 1949 a América, y en 1953 a Corea del Sur. En plena guerra, la Señora Blanca de la Paz volvía a ser utilizada como una bandera contra el comunismo.

Ese mismo año, en El Cairo, se organizó una de las mayores manifestaciones marianas jamás vistas en el país. Curiosamente, la imagen de Fátima desfiló en un coche perteneciente a la embajada rusa.

Fátima y la religión musulmana
Cuenta la tradición que Fátima era el nombre de una doncella árabe capturada por Don Afonso Henriques en la lucha contra los moros, y entregada en matrimonio al noble Don Gonçalo Hermingues, con la condición de que aceptara libremente casarse y convertirse al cristianismo.

Fátima aceptó y, tras una adecuada instrucción, fue bautizada con el nombre de Oureana, origen del nombre actual de la ciudad de Ourém. La joven murió tempranamente, y Don Gonçalo, desconsolado, se retiró al monasterio cisterciense de Alcobaça.

El nombre Fátima ha sido desde siempre muy común en el mundo islámico, por ser también el de la hija amada del profeta Mahoma. Fátima es profundamente venerada por los musulmanes por su fidelidad a su padre, su esposo y sus hijos. Fue la única hija de Mahoma que tuvo hijos varones que sobrevivieron, y cuya descendencia fundó importantes linajes, como en Egipto.

Lo que pocos cristianos saben es que la Virgen María también es venerada por los musulmanes. De hecho, cuando Mahoma conquistó La Meca y sus seguidores comenzaron a destruir ídolos, él protegió una estatua de María para evitar su destrucción.

El Corán contiene una sura (capítulo) entera dedicada a María, y ella es el único personaje femenino mencionado por su nombre. Todas las demás mujeres son referidas solo por su función (por ejemplo, “la esposa de Abraham”, en lugar de Sara).

María es venerada como virgen y madre del profeta Isa (Jesús), quien, tanto para musulmanes como para cristianos, volverá al final de los tiempos para juzgar a vivos y muertos. Quizá la intervención de la Virgen de Fátima aún no haya terminado y pueda ser clave en el acercamiento entre el cristianismo y el islam.

De hecho, en sus peregrinaciones, la Virgen de Fátima ha despertado curiosidad y respeto entre los pueblos árabes, precisamente por llevar ese nombre. No resulta, por tanto, descabellado pensar que María — venerada por cristianos y musulmanes— pueda, bajo la advocación de Nuestra Señora de Fátima, contribuir a una mayor aproximación entre ambas religiones.

Conclusión - La revolución antisoviética contra el ateísmo militante se inició en Fátima con la Virgen y tres niños humildes. Como las murallas de Jericó, la fuerza de la oración derribó estructuras que ninguna fuerza humana pudo abatir. Fátima no fue un fenómeno limitado a Portugal ni a la Iglesia; fue y sigue siendo un faro espiritual para el mundo entero.

P. Jorge Amaro, IMC