En el tercer misterio luminoso contemplamos el Reino de Dios en las palabras y milagros de Jesús.
Del Evangelio de Lucas (11:20):
"Si Yo expulso los demonios por el poder de Dios, entonces el Reino de Dios ha llegado a vosotros."
Comentario de Cromacio de Aquilea
El Maestro de la vida y Médico celestial, Cristo el Señor, vino con este propósito: instruir a los hombres con Sus enseñanzas y sanar los males del cuerpo y del alma con la medicina divina.
Meditación 1
En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. (…) Por medio de ella fueron hechas todas las cosas; sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (…) Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; contemplamos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre, llena de gracia y verdad. (Juan 1:1-3, 14)
Jesucristo es la Palabra eterna del Padre, que se encarnó en el tiempo y el espacio humanos. Además de ser la encarnación de la Palabra, Jesús proclamó palabras de vida a lo largo de toda su vida pública, especialmente en el Sermón de la Montaña en el Evangelio de Mateo, que resume su doctrina y es considerado la Carta Magna del cristianismo.
En las palabras de Jesús se revela el corazón del Reino de Dios: un reino de justicia, amor, misericordia y verdad. Él vino a anunciar que este Reino ya está entre nosotros, manifestado en Su persona, en Sus enseñanzas y en Sus acciones. Cada palabra de Jesús, desde las bienaventuranzas hasta las parábolas, traza el camino para vivir en este Reino.
En el Sermón de la Montaña, Jesús dice: "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5:3). Con esto, no se refiere a un reino lejano o meramente futuro, sino a una realidad presente, accesible para todos los que viven de acuerdo con los principios de humildad, compasión y justicia.
Meditación 2
Para el hombre como ser individual, Jesús se presenta como el único modelo de humanidad, aquel por quien debemos medirnos para ser genuinamente humanos: "el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6).
Para el hombre como ser social y para la sociedad en general, Él introduce el Reino de Dios como un proyecto social: una sociedad más justa, fraterna, inclusiva y pacífica, o como se define en el Padre Nuestro: "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo."
El Reino de Dios ya está entre nosotros desde el momento en que Cristo entró en la historia humana. Sin embargo, aún no está presente en su plenitud. Nos corresponde a nosotros, como Iglesia, continuar la expansión del Reino de Dios hasta que Cristo sea todo en todos. En este sentido, la Iglesia está para el mundo como la levadura está para la masa, transformando este mundo en el Reino de Dios.
Los milagros son los primeros signos del Reino de Dios, un nuevo orden en el que prevalecen la salud, la justicia y la paz. Manifiestan la realidad del Reino, donde no hay dolor, sufrimiento ni muerte. Al curar a los enfermos, resucitar a los muertos y realizar otras maravillas, Jesús revela lo que el Reino de Dios representa para la Humanidad.
Oración
Señor Dios,
Tú que enviaste a Tu Hijo Jesucristo como la Palabra encarnada,
te damos gracias por la revelación de Tu Reino entre nosotros.
Que los milagros que Él realizó nos recuerden Tu infinita misericordia
y Tu deseo de sanar y restaurar a cada uno de nosotros,
tanto en el cuerpo como en el alma.
Que podamos ver en cada acto de amor y compasión
la manifestación del Reino que ya está presente entre nosotros.
Ayúdanos, Señor, a vivir según los principios de Tu Reino,
abrazando la humildad, la justicia y la paz.
Que las bienaventuranzas que Jesús proclamó
sean la luz que guíe nuestros pasos,
y que nuestra vida refleje la gracia y la verdad que sólo Él puede dar.
Inspíranos a ser levadura en la masa,
promoviendo la transformación
en nuestras comunidades y en el mundo,
para que todos puedan conocer Tu amor y Tu voluntad.
Señor, que Tu Iglesia sea un signo visible de Tu Reino,
un espacio donde todos sean acogidos
y donde la justicia y la fraternidad puedan florecer.
Confiamos en Ti, pues sabemos que con Tu ayuda
podemos ser instrumentos de paz y amor.
Que se haga Tu voluntad en la tierra como en el cielo. Amén.
P. Jorge Amaro, IMC