miércoles, 25 de febrero de 2026

Fátima: "Rezad el rosário todos los días"


En Portugal se llama "terço" a lo que en otros países se conoce como "rosario". Lo que realmente rezábamos era un tercio del Rosario completo, que consta de tres partes, sumando un total de 150 Avemarías. Curiosamente, también son 150 los salmos del libro homónimo del Antiguo Testamento, perteneciente a la literatura sapiencial.

De ahí que se solía decir que el Rosario completo era el breviario del pueblo o de los laicos que, a diferencia de los clérigos y religiosos, no podían rezar la salmodia.

El Rosario completo constaba, por tanto, de tres partes o tercios, en los que se meditaban sucesivamente los Misterios Gozosos —referentes al nacimiento e infancia de Jesús—, los Misterios Dolorosos —que abarcan su Pasión y Muerte— y los Misterios Gloriosos —que contemplan su Resurrección y Ascensión al Cielo.

Durante siglos, la Iglesia no reparó en que el Rosario quedaba incompleto si solo incluía la Encarnación, la Pasión y la Resurrección. Faltaba un aspecto esencial: la vida pública de Jesús, en la que, a través de su predicación, sus gestos y su estilo de vida, nos presenta al hombre nuevo, el camino, la verdad y la vida para toda la humanidad.

Fue el Papa san Juan Pablo II quien, en 2002, mediante la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, incorporó los Misterios Luminosos al Rosario, rompiendo así con la antigua estructura de tres tercios. Desde entonces, el Rosario completo comprende cuatro series de misterios, con 200 Avemarías en total.

De acuerdo con esta nueva realidad, lo que antes llamábamos “Terço” deberíamos llamar ahora “Cuarto”, pues son ya cuatro los bloques de misterios. Sin embargo, dado que no vamos a rebautizarlo, lo más sensato sería abandonar esa palabra y utilizar, como en el resto del mundo cristiano, el término “Rosario”.

Composición del Rosario
Se llama “Rosario” porque las 150 (hoy 200) Avemarías, agrupadas en decenas y entrelazadas con el Padrenuestro, el Gloria y la meditación de los misterios de la vida de Jesús y nuestra redención, forman una “corona de rosas” ofrecida a María, Madre del Señor y Madre nuestra.

Los veinte misterios del Rosario se reparten en cuatro grupos de cinco:

Misterios Gozosos: contemplamos el inicio de la redención, desde la Anunciación a María y la Encarnación del Hijo de Dios, hasta la adolescencia de Jesús.

Misterios Luminosos: meditamos los momentos más significativos de la vida pública de Jesús, desde su bautismo en el Jordán hasta la institución de la Eucaristía como memorial de su pasión. Es en esta etapa donde Jesús se revela como Luz del Mundo (Jn 8, 12).

Misterios Dolorosos: contemplamos la Pasión y Muerte de Jesús, desde su agonía en Getsemaní hasta su último suspiro en la cruz. Jesús murió “por nuestros pecados”, lo que significa que pagó una deuda que nosotros no podíamos saldar. Pero también implica que los pecados que llevaron a su muerte siguen cometiéndose hoy, y por tanto, su muerte es consecuencia del pecado de toda la humanidad.

Misterios Gloriosos: celebramos el triunfo de Jesús sobre la muerte con su Resurrección. Desde entonces, la muerte ya no es el destino final del ser humano, sino un tránsito hacia la vida eterna. La historia de Jesús, que comenzó con el “sí” de María, concluye con la glorificación de quien es modelo de vida cristiana para todos nosotros.

El Padrenuestro - El Padrenuestro, que introduce cada misterio, es mucho más que una simple oración enseñada por Jesús. Resume lo esencial del Evangelio; podríamos decir que es un verdadero “evangelio de bolsillo”.

Compuesto por varias peticiones sin conexión aparente entre ellas, puede entenderse como una lista —como las que hacemos para no olvidar nada—, que organiza el modo en que nos dirigimos a Dios, lo alabamos y presentamos nuestras súplicas. Más que una oración en sí, es un auténtico manual práctico de oración y de vida.
El Avemaría

El Avemaría - se divide en dos partes. La primera es bíblica y recoge las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel; la segunda surge de la fe viva de la Iglesia, aunque no se sabe con certeza cuándo ni dónde comenzó a utilizarse. Por eso, el Avemaría representa la unión perfecta entre la Palabra de Dios (la Escritura) y la tradición viva de la Iglesia.

La primera parte, de carácter ascendente, nos eleva hasta Jesús en cinco peldaños. La segunda, descendente, nos lleva desde Él hasta nuestra realidad humana, hasta el momento de la muerte.

Esta oración no puede ser comprendida por quienes defienden los principios de sola fide, sola scriptura, solus Christus, porque en ella confluyen armoniosamente la Escritura y la Tradición, unidas por Jesús, Alfa y Omega, centro de la historia.

El Gloria al Padre - Es la invocación al Dios Uno y Trino: un solo Dios en tres personas unidas en un triángulo de amor. Resuelve así el dilema de la filosofía griega entre la unidad y la multiplicidad. Esta oración nos recuerda también que, creados a imagen y semejanza de Dios, los seres humanos no existen ni subsisten fuera de la comunión, fuera de la familia.

Origen e historia del Rosario
Las cuentas del Rosario, como instrumento de oración, tienen su origen en la India, en el siglo III a.C. En el cristianismo, los Padres del Desierto del siglo III y IV comenzaron a usar instrumentos similares para contar las oraciones, especialmente el Padrenuestro.

En la Antigüedad, griegos y romanos coronaban con rosas las estatuas de sus dioses como signo de amor y veneración. Inspiradas quizá por esa tradición, algunas mujeres cristianas que eran llevadas al martirio lucían coronas de rosas, símbolo de alegría y entrega. Tras su muerte, los cristianos recogían esas coronas y rezaban una oración por cada rosa, en memoria de los mártires.

Lucía y Jacinta, las videntes de Fátima, gustaban de adornarse con flores en el cabello. En el día de las apariciones, vestían sus mejores ropas, como si fueran a misa, y las niñas solían colocarse flores, especialmente Jacinta, que fue fotografiada con una corona de rosas durante las apariciones.

El Rosario como oración estructurada surge en torno al año 800, en el ámbito monástico, como el “salterio de los laicos”. No obstante, fue en 1214 cuando la tradición afirma que la Virgen María lo entregó a santo Domingo de Guzmán como arma espiritual contra los enemigos de la fe.

El Rosario adquirió enorme fuerza tras la victoria cristiana en la batalla de Lepanto (1571) contra los turcos. El Papa san Pío V pidió que se rezara el Rosario para sostener la flota cristiana. Tras la victoria, instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, el 7 de octubre, luego rebautizada como Nuestra Señora del Rosario.

Las apariciones marianas, en especial la de Fátima, donde María pidió rezar el Rosario todos los días, hicieron de esta oración una seña de identidad de los católicos, frente a ortodoxos y protestantes.

Cómo se reza el Rosario
Cada día de la semana se dedica a una serie de misterios: los Gozosos se rezan los lunes y sábados; los Dolorosos, los martes y viernes; los Gloriosos, los miércoles y domingos; y los Luminosos, los jueves.

Hay distintas formas de rezar el Rosario. La más habitual comienza con la señal de la cruz, seguida del Credo, un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria. Luego se enuncia el primer misterio, a veces acompañado de una breve meditación, y se reza una decena: un Padrenuestro seguido de diez Avemarías y un Gloria. Después de cada decena, se añaden jaculatorias diversas según el lugar o costumbre, y siempre la oración que la Virgen enseñó en Fátima:

 «Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.»

Al finalizar las cinco decenas, se rezan tres Avemarías por las intenciones del Santo Padre, como signo de comunión con toda la Iglesia, y se concluye con la Salve Regina, precedida o no por la Letanía Lauretana, según el tiempo disponible.

La importancia del Rosario
El Rosario es una oración mariana y, al mismo tiempo, plenamente cristocéntrica. Invocamos a María como Madre de Dios y madre nuestra, y le pedimos que nos acompañe en nuestra oración al Padre (Padrenuestro) y a la Trinidad (Gloria), mientras contemplamos los misterios de la vida de su Hijo, en los cuales ella participa activamente.

En Fátima, como en otras apariciones, María no llama la atención sobre sí misma, sino que remite siempre a su Hijo. Su alegría no reside en que la alabemos a ella, sino en que alabemos a Jesús. Como dice el refrán: “Quien besa al hijo, endulza la boca de la madre.”

No se puede amar al Hijo sin amar también a la Madre. Todo amor dirigido a Jesús alcanza inevitablemente a María. Así lo entendió aquella mujer del Evangelio que exclamó: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!» (Lc 11, 27).

El Rosario no es una oración de acción de gracias, ni de súplica, ni siquiera de lamento, como algunos salmos. Es, ante todo, una oración de meditación y contemplación. Por eso se dice: “En este misterio contemplamos…”

Se cuenta que alguien confesó al Papa Juan XXIII que se distraía al rezar el Rosario, repitiendo las Avemarías casi mecánicamente. El Papa respondió: “¿Y para qué sirve el Rosario, si no es para distraernos…?”

Al ser una oración contemplativa, la repetición de las Avemarías cumple una función similar a los mantras en el budismo: ocupan la mente para evitar su dispersión, favoreciendo así la contemplación de los misterios divinos.

El Rosario y Fátima
En todas las apariciones de Fátima en 1917, así como en las posteriores a sor Lucía en Tuy y Pontevedra, la Virgen insistió en que se rezase el Rosario todos los días. ¿Por qué el Rosario? Porque es una oración accesible a todos, pequeños y grandes, sabios e ignorantes.

En aquella época, especialmente en las zonas rurales de Portugal, el Rosario era parte de la vida familiar: tras la cena, junto al fuego, el padre o la madre dirigían la oración, y nadie se iba a la cama sin haberlo terminado. “La familia que reza unida, permanece unida.” La televisión, como un caballo de Troya, trastornó esa armonía doméstica, y el Rosario fue reemplazado por las telenovelas. Quizás por ello, Portugal tiene una de las tasas de divorcio más altas del mundo: un 70%.

Los pastorcitos ya rezaban el Rosario, aunque con rapidez, repitiendo solo el principio de las Avemarías. Tras las apariciones, comenzaron a rezarlo como la Virgen deseaba. En especial Francisco, a quien María dijo que tenía que rezar muchos Rosarios para ir al Cielo.

Francisco hizo del Rosario su seña de identidad: llegaba a rezar hasta diez Rosarios al día. Incluso tras su exhumación, su padre lo reconoció porque, entre los restos, aún estaba intacto el Rosario que solía llevar.

Conclusión - El Rosario es una poderosa oración de contemplación. Las Avemarías repetitivas actúan como mantras, liberando la mente de distracciones y permitiendo fijar la atención en los misterios de Cristo. Meditemos o no, estemos distraídos o centrados, quien ama verdaderamente el Rosario y no pasa un día sin rezarlo es, ipso facto, una persona de oración.

P. Jorge Amaro, IMC

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