jueves, 15 de marzo de 2012

La Riqueza que engendra pobreza

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Si la población mundial, hoy de 8 mil millones de personas, consumiera y contaminara tanto como los europeos, americanos y el resto de los países ricos consumen y contaminan, este planeta nuestro solo podría sostener nuestra vida durante 3 meses o de lo contrario necesitaríamos los recursos de 10 planetas como el nuestro.

El nivel de pobreza en el que vive el 80% de la población no es justo ni saludable. Todavía hay mucha mortalidad infantil, la gente sigue muriendo de malaria, tuberculosis, lepra, fiebre tifoidea y otras enfermedades infecciosas; enfermedades para las que existe una cura desde hace mucho tiempo.

Por otro lado, el nivel de vida del 20% de la humanidad no es ni justo ni saludable; es nuestro nivel de vida el que nos hace morir de cáncer, Alzheimer, Parkinson, diabetes, enfermedades cardiovasculares y muchas otras.

Unos mueren de pobreza y otros mueren de abundancia. ¿No está el mundo globalizado? ¿Y no es la globalización algo así como el principio de los vasos comunicantes?; O sea, si dos cubos de agua, uno medio lleno, el otro medio vacío, se comunican el agua se queda al mesmo nivel tanto en un cubo como en el otro.

Según este principio, la globalización debería llevar a la igualdad entre las gentes, ¿porque no es así? Porque el primer mundo aplicó una válvula al canal de intercomunicación para que el movimiento se pueda hacer en una sola dirección... Los ricos cada vez más ricos los pobres cada vez más pobres

Si bajáramos nuestro nivel de vida y subiera el de los pobres, todos viviríamos mejor, con más justicia y salud; ni ellos morirían de las enfermedades de la pobreza, ni nosotros moriríamos de las enfermedades de la riqueza. Por el contrario, como no queremos bajar de nuestro nivel de vida, entonces tenemos que encontrar mecanismos para que siempre sean pobres. “Muera Marta muera harta”.

P. Jorge Amaro, IMC (Trad.. LIliana Monroy)


jueves, 1 de marzo de 2012

El Propósito de la Misión Itinerante

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"Unus cristianus nulus cristianus", decía San Agustín: “El hábitat natural del cristiano es la comunidad”. No se puede ser cristiano solo, y no es posible vivir y perseverar en la fe sin tener como punto de referencia una comunidad.

Para crecer en la fe, no basta con confrontar a Dios y a su Palabra personalmente; también es necesario confrontar a la comunidad y al mismo tiempo "ser cuerpo" de ella, siendo miembro integrante y activo del Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia.

En la mayoría de las parroquias por ser grandes, frías y poco acogedoras, las personas no se conocen ni se relacionan entre sí, por lo que cada vez son menos referentes para crecer en la fe.

Por esta razón, muchos han abandonado la Iglesia para unirse a iglesias protestantes más pequeñas o incluso sectas, sometiéndose a pagar diezmos para obtener un trato más personalizado y menos masificado. Otros, para hacer frente al sentimiento de "despersonalización" resultante de la masificación, se han refugiado en algunos movimientos eclesiales que han surgido, para vivir la fe de una manera más personal y personalizada.

Todos estos movimientos tienen como punto de referencia la pequeña comunidad cristiana de la que algunos incluso se consideran inventores; olvidan que la Iglesia de los primeros siglos, antes del emperador Constantino, era una iglesia formada por pequeñas comunidades que se reunían en las casas de la gente.

El modelo e inspirador de la Misión Itinerante es San Pablo, evangelizador incansable, difundiendo la semilla del Evangelio. San Pablo formó pequeñas comunidades cristianas en Corinto, en Tesalónica, en Éfeso, etc. Este modelo fue seguido por nosotros los Misioneros, en África con las Pequeñas Comunidades Cristianas y en América Latina con las Comunidades de Base.

Este es, pues, el objetivo de la Misión Itinerante: ayudar a las parroquias, rodeadas de paganismo, a difundir la fe hasta los límites de sus fronteras. ¿Cómo? Actuando en las calles, en los centros comerciales, en los centros culturales, de dos en dos y de puerta en puerta, con el fin de formar, en tal o cual barrio, una pequeña comunidad cristiana.

Esta "pequeña comunidad cristiana" se reúne semanal o quincenalmente, una vez en casa de alguna persona, después en casa de otra y así sucesivamente. A partir de la Palabra de Dios, los miembros comparten su vida en un contexto de oración y, casi, de un grupo de apoyo y/o terapéutico.

Los domingos, todas las pequeñas comunidades cristianas de una parroquia se reúnen en la iglesia para celebrar el Día del Señor. Esta celebración es una verdadera fiesta de la vida porque esta parroquia es ahora una "Comunidad de comunidades", como lo concibió el Vaticano II hace 50 años.

Dispuesto a ayudar, he aquí el llamamiento: ¿hay algún párroco que, siendo el Buen Pastor, quiera ir en busca de la oveja perdida que vive en algún lugar del espacio geográfico de su parroquia?

P. Jorge Amaro, IMC ( trad. Liliana Monroy)