miércoles, 15 de marzo de 2017

Fátima, como se impuso a la Iglesia

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En la celebración del quincuagésimo aniversario de las apariciones, el 13 de mayo de 1967, después de la misa, el pueblo gritó al Papa Pablo VI que quería ver a Lucía...

«No fue la Iglesia la que impuso Fátima, fue Fátima la que se impuso a la Iglesia» Cardenal Cerejeira, Patriarca de Lisboa 1943

La Iglesia nunca ha declarado, ni declarará jamás, Fátima como un dogma de fe con carácter infalible. Lo que allí ocurrió se sitúa en un ámbito intermedio entre lo natural y lo sobrenatural. Por tanto, como sucede con todo lo relacionado con la fe, no puede demostrarse de forma plenamente convincente desde el punto de vista racional, pero tampoco puede refutarse con certeza. 

La Iglesia se limita a declarar que lo ocurrido puede aceptarse con una certeza razonable y plausible; como, de hecho, sucede con toda materia de fe. La fe nunca puede ser puramente racional ni racionalizada; solo puede —y debe— ser razonable.

Fátima recorrió un largo y arduo camino hasta ser aceptada por las autoridades eclesiásticas y tolerada por las autoridades civiles. En ese proceso, sin duda, intervino Dios en más de una ocasión para que no fuese ignorada. Porque sí, fue Dios, ya que los tres pastorcitos no hicieron propaganda alguna de su testimonio y, según se desprende de los interrogatorios a los que fueron sometidos, poco les importaba si creían o no en su palabra.

Vox populi, vox Dei
El pueblo seguía acudiendo en masa a Fátima por centenares de miles, incluso después de la muerte de Francisco en 1919 y de Jacinta en 1920. A pesar de ser ridiculizados por la prensa laicista y obstaculizados por las autoridades civiles —hasta el punto de dinamitar la pequeña capilla que allí se había erigido—, desde que Jacinta reveló a su madre la aparición del 13 de mayo, las multitudes no dejaron de congregarse.

Porque Jacinta no pudo guardar en secreto la aparición del 13 de mayo, en todas las demás —el día 13 de cada mes hasta la última, el 13 de octubre— los niños nunca más estuvieron solos. El 13 de junio, unas 50 personas estaban presentes; el 13 de julio, entre dos y tres mil; el 13 de agosto, pese a que los videntes habían sido arrestados, se congregaron 18.000 personas en el lugar de las apariciones; ese mismo mes, los videntes vieron a la Señora el día 19, en los Valinhos, tras haber sido liberados. El 13 de septiembre, la multitud ascendía ya a 30.000 personas, y el 13 de octubre, unas 70.000 presenciaron el tan anunciado y esperado milagro, como la Señora había prometido a Lucía tres meses antes.

No era solo la fe la que movía al pueblo a acudir en masa a la Cova da Iria desde la segunda aparición, sino la participación activa en la misma. Todo comenzaba con el rezo del rosario guiado por Lucía. Aunque solo los videntes veían a la Virgen, y entre ellos solo Lucía hablaba con ella, el resto del pueblo también experimentaba algo misterioso...

Todos coinciden en que, al mediodía solar de cada día 13 —incluido el 13 de agosto, cuando los niños no estaban presentes—, la luz del sol perdía intensidad, se levantaba una brisa fresca y una pequeña nube descendía sobre la encina donde los pastorcitos afirmaban que la Virgen se posaba.

Durante las apariciones, veían a Lucía en éxtasis y la oían hablar; como respuesta a sus preguntas, escuchaban un sonido como un “zumbido de abejas”. Lucía avisaba siempre cuando la visión terminaba y decía que la Virgen se retiraba hacia Oriente, de donde siempre procedía.

Un día, Jacinta cortó una ramita de la encina sobre la que la Virgen había posado su pie, y todos los que la olieron se deleitaron con un perfume desconocido. Finalmente, el milagro del sol selló, para el pueblo, la autenticidad de Fátima, que desde entonces es visitada por centenares de miles y hasta millones de peregrinos.

Voz del pueblo, voz de Dios” – Fue el pueblo sencillo quien promovió y defendió Fátima, imponiéndola a una Iglesia perpleja, y resistiendo las insidiosas embestidas del republicanismo ateo, anticlerical y masón. Sin esta respuesta popular, Fátima habría sido ignorada y olvidada. Se confirma, una vez más, el paradigma bíblico: “Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños” (Mateo 11, 25).

Quienes afirman gratuitamente que Fátima fue inventada por la Iglesia, desconocen la documentación histórica que demuestra exactamente lo contrario. Fátima solo fue aprobada oficialmente en 1930, después de trece largos años de investigación.

La reticencia inicial de la Iglesia
El testimonio del P. Lacerda, director del periódico “O Mensageiro”, sobre el párroco de Fátima, es revelador:

“Como nota final esclarecedora debo decir que el párroco de Fátima, mi amigo el P. Manuel Marques Ferreira, se mantuvo siempre al margen de todo, llegando incluso a no acudir a la Cova da Iria en el día de las apariciones. Solo fue allí el último día, tras muchos ruegos”.

El Sr. Marto, padre de Francisco y Jacinta, y el primero en creer a sus hijos (al contrario que la madre de Lucía), afirmaba que el párroco no creía y no dejaba creer a los demás. La incredulidad del párroco influyó directamente en la reticencia de Dña. María Rosa, madre de Lucía, quien apenas admitió —casi hasta el fin de su vida— la gracia que la Virgen concedió a su hija, haciendo su vida más amarga.

Fue el pueblo, que acudía por miles a la Cova da Iria, quien mantuvo viva la llama de Fátima, obligando a las autoridades civiles a respetarla y a las autoridades eclesiásticas a posicionarse a favor. Esto ocurrió finalmente el 13 de mayo de 1922, cuando el obispo de Leiría, D. José Alves Correia da Silva, publicó la “Provisión sobre los acontecimientos de Fátima”.

En ella resumía los hechos ocurridos, destacando la enorme adhesión popular pese a las persecuciones civiles y el desinterés eclesiástico, y nombraba una comisión para estudiar los hechos extraordinarios conforme al derecho canónico. Asimismo, pedía a los fieles:

“Que informen sobre todo cuanto sepan, tanto a favor como en contra de las apariciones o hechos extraordinarios que con ellas se relacionen, y testifiquen especialmente si en ellas ha habido o hay alguna forma de explotación, superstición, doctrinas o elementos contrarios a nuestra Santa Religión”.

¿Cómo reaccionaron las autoridades?
“No es verosímil que tres niños de tan corta edad, rudos e ignorantes, mientan y persistan en la mentira durante tantos meses, incluso sometidos a interrogatorios constantes y amenazas por parte de autoridades eclesiásticas y civiles (...). Ningún temor logra hacerles cambiar su testimonio de que han visto a la Virgen (...). La naturalidad y franqueza con que se expresan, su simplicidad y candor, la indiferencia hacia si les creen o no...”. (Documentación Crítica de Fátima)

Así concluye el canónigo Manuel Nunes Formigão, tras numerosos interrogatorios realizados por él mismo, por el párroco de Aljustrel y Fátima, y por otros clérigos. Todos muy críticos e incluso sarcásticos, aunque nunca hicieron daño a los niños, si bien a veces los interrogatorios les llevaban al agotamiento, como ocurrió el día del milagro del sol.

Menos condescendientes fueron las autoridades civiles, que llegaron al extremo de someterlos a tortura psicológica. Les dijeron que, si no se retractaban, serían hervidos en aceite en una sala contigua. Primero interrogaron a Jacinta, luego a Francisco y por último a Lucía. Uno a uno, entraron creyendo que sus compañeros ya habían muerto. Pero ninguno se retractó.

A esto hay que añadir la presión constante del pueblo: unos amenazaban, otros ridiculizaban, otros prometían riquezas si revelaban el secreto. Era imposible que unos niños soportaran tanto sufrimiento si no hubiera nada real, y que lo que sucedía cada mes, ante miles de personas, fuese puro teatro. Los padres de Jacinta pensaron alejarlos de Fátima, pero los niños se negaron diciendo:  “¡Si nos matan, no importa! ¡Iremos más rápido al Cielo!”

El gran milagro del sol
Para el 13 de octubre se esperaban grandes multitudes, ya que Lucía había anunciado desde julio que la Virgen haría un milagro “para que todos creyeran”. La tensión era tal que, la víspera, la madre de Lucía le sugirió confesarse, por temor a que fueran asesinados si no ocurría el milagro. Con calma y convicción, Lucía consoló a su madre diciendo que podrían ir a confesarse si ella quería, pero que tenía la certeza de que la Virgen cumpliría su promesa.

Solas frente a todo y a todos, solo la divina Providencia las sostuvo, pues incluso sus familiares más cercanos —sobre todo los de Lucía— contribuyeron a su sufrimiento llamándolas mentirosas. No solo proclamaron la palabra de la Virgen, sino que la encarnaron en sus propias vidas:

“Os echarán mano y os perseguirán (...), encarcelándoos (...). Así tendréis ocasión de dar testimonio. (...) No os preocupéis por vuestra defensa, porque Yo mismo os daré palabras y sabiduría que ninguno de vuestros adversarios podrá resistir ni contradecir”. (Lucas 21, 12-19)

Quienes afirman que Fátima fue inventada por la Iglesia no tienen documentos para sostener semejantes calumnias. Claramente no han leído la Documentación Crítica de Fátima, que describe, por un lado, las estrategias de las autoridades civiles para desacreditar a los videntes y evitar que el pueblo acudiera al lugar de las apariciones, y por otro, el riguroso proceso canónico llevado a cabo por la Iglesia.

Finalmente, el 13 de octubre de 1930, con el conocimiento y aprobación del Papa Pío XI, el obispo D. José Correia da Silva anunció en una carta pastoral:

“Invocando humildemente al Espíritu Santo y poniéndonos bajo la protección de la Santísima Virgen, y después de escuchar la opinión de nuestros Reverendos consejeros, declaramos dignas de crédito las visiones de los pastorcitos en la Cova da Iria, parroquia de Fátima, de esta diócesis, ocurridas entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917. Permitimos oficialmente el culto a Nuestra Señora de Fátima”.

Fátima y los Papas
El 5 de mayo de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el Papa Benedicto XV, en una carta dirigida al cardenal Gasparri, suplicaba fervorosamente la ayuda del Cielo por medio de la Virgen María:

“Encargamos, por tanto, a Vuestra Eminencia que haga saber a todos los obispos del mundo nuestro ardiente deseo de que se recurra al Corazón de Jesús, Trono de gracias, por medio de María (...), para que lleve ante Ella el grito angustioso de las madres y esposas, el gemido de los niños inocentes, el suspiro de todos los corazones nobles. 

Que pueda Ella, en su amabilidad y benignísima solicitud, obtener para el mundo la paz anhelada, y que los siglos venideros recuerden la eficacia de Su intercesión y la grandeza del beneficio obtenido por Ella para sus hijos”.

Ocho días después, la Virgen se apareció en Fátima, revelando al Papa y al mundo su plan de paz. Un año más tarde, el mismo Papa, al restablecer la diócesis de Leiria, calificó los sucesos de Fátima como “una ayuda extraordinaria de la Madre de Dios”.

Pío XI, su sucesor, ofreció estampas de la Virgen de Fátima a los seminaristas. Pío XII se refirió a Fátima en 1940, en la encíclica Saeculo exeunte. En 1950, dijo al superior general de los dominicos:

“Decid a vuestros religiosos que el pensamiento del Papa está contenido en el Mensaje de Fátima”. En 1964, al concluir el Concilio Vaticano II, Pablo VI ofreció la Rosa de Oro a Fátima, encomendando toda la Iglesia al cuidado de Nuestra Señora, y visitó el santuario en el 50.º aniversario de la primera aparición.

San Juan Pablo II visitó Fátima tres veces —1982, 1991 y 2000—. En esta última visita beatificó a Francisco y Jacinta, e hizo universal la fiesta de Nuestra Señora de Fátima, ordenando su inclusión en el Misal Romano.

El Papa Francisco pidió al Patriarca de Lisboa que consagrara su pontificado a la Virgen de Fátima, lo cual tuvo lugar el 13 de mayo de 2013.

Conclusión - Al acudir por miles desde la primera aparición, fue el pueblo quien promovió y defendió Fátima, imponiéndola a una Iglesia inicialmente escéptica y resistiendo con fe las embestidas del republicanismo portugués, ateo, anticlerical y masón.

P. Jorge Amaro, IMC

miércoles, 1 de marzo de 2017

Fátima: Algo tuvo que haber pasado, no nada

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Desde el principio, tanto a nivel nacional como internacional, Fátima no ha estado exenta de enemigos. Tras investigar los hechos y el contenido del mensaje, y haber leído atentamente los escritos de sus detractores, comprobé que sus afirmaciones son tan frívolas como prejuiciosas, ignorando por completo la realidad y la veracidad de los acontecimientos. 

Son tan mezquinas y fáciles de refutar que ni siquiera me molesto en rebatirlas. Prefiero dedicar mi tiempo y energía a los hechos y a la riqueza del mensaje de Fátima, ofreciendo al lector suficientes elementos para responder por sí mismo a los críticos, si alguna vez se cruza con ellos.

Entre los detractores de Fátima, hay quienes sostienen que todo fue una invención de la Iglesia de aquella época; otros se aferran a las supuestas contradicciones de los niños, sometidos a interrogatorios excesivos y agotadores; y no faltan los que, desde dentro de la propia Iglesia, intentan desacreditar el mensaje en su totalidad, apoyándose en ciertas aparentes incongruencias teológicas.

Hay oro en la arena del río, pero no toda la arena es oro
Esta es la metáfora que utilizo cuando quiero explicar cómo la Biblia contiene la Palabra de Dios, aunque no todo lo escrito en ella sea, palabra por palabra, Palabra de Dios. Al igual que es necesario cribar la arena del río para encontrar el oro que se oculta en ella, también es necesario interpretar la Escritura para descubrir en ella la Palabra viva de Dios.

Cuando aplicamos al texto bíblico herramientas como la crítica literaria, la crítica histórica, la exégesis y otras ciencias como la arqueología, la psicología o la filosofía, podemos discernir y dejar de lado los mitos, las creencias, los usos y costumbres, la historia concreta de una época, la personalidad y carácter del autor, así como sus limitaciones y prejuicios. Una vez depurado todo esto, lo que queda es la pura inspiración divina: la ipssissima Dei verbum, la palabra misma de Dios.

Este mismo criterio que utilizamos para la Revelación pública de Dios en la Escritura, puede aplicarse también a la revelación privada de Fátima, sobre todo en lo referente a aquellas afirmaciones que puedan parecer teológicamente incongruentes, como, por ejemplo:

"…llevad a todas las almas al cielo, especialmente a las que más lo necesiten". - Es evidente que, en portugués, esta conclusión de la oración puede parecer incoherente, ya que todos necesitamos la salvación de Dios. Sin embargo, en muchas lenguas, los católicos han añadido la expresión: "especialmente a las que más necesiten de tu misericordia". Es decir, aquellos más alejados de Dios, quienes se hallan en mayor miseria espiritual, son los que más necesitan de la misericordia divina.

Otro ejemplo es: "Penitencia y oración por la conversión de los pobres pecadores". - Esta frase puede dar a entender que quienes rezan y hacen penitencia no se consideran a sí mismos pecadores, lo cual sería contrario a la enseñanza bíblica:
   
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros." (1 Juan 1,8)

Pero lo cierto es que los propios videntes se reconocían pecadores, y también vivieron un proceso de conversión personal. Por ejemplo, tras las apariciones, afirmaban: “Ya no podemos rezar el rosario como antes”, cuando lo hacían deprisa, abreviando las oraciones. Más aún: después de lo vivido, hacían todo lo posible por no pecar, pues su amor a Dios era tal que temían ofenderle aún más de lo que ya lo estaba por causa de otros pecadores.

"Algo hubo, no la nada"
Volviendo a mis tiempos de estudiante de teología con enfoque positivista, tras haber leído todas las teorías sobre la resurrección de Jesús —desde las más osadas a las más ilógicas y las más literales—, encontré en la fórmula del entonces célebre teólogo Hans Küng una afirmación clave: “Algo hubo, no la nada”.

Para Küng, la resurrección sorprendió por completo a los apóstoles, del mismo modo que las apariciones sorprendieron a los tres pastorcillos de Fátima. Es difícil, incluso para el propio Küng, describir qué clase de experiencia vivieron los apóstoles. Pero de una cosa está seguro: algo ocurrió. Porque del nada solo Dios puede crear; los hombres solo pueden transformar lo que ya existe.

Algo extraordinario debió de suceder para transformar a unos discípulos temerosos y cobardes —que incluso habían regresado a su vida anterior— en apóstoles intrépidos y audaces, como Pedro en su discurso en los Hechos de los Apóstoles (Hechos 2,14-36).

Es probable que la experiencia de Jesús resucitado no posea todo el realismo que los evangelios describen, pero sin duda fue real de alguna manera. De lo contrario, no habría sido transmitida con tal fuerza y detalle, sino quizás con un tono más místico o simbólico.

El mismo razonamiento se aplica a Fátima
Del mismo modo, recurro a este razonamiento en el caso de las apariciones de la Virgen María a los tres niños en Fátima. Algo debió ocurrir, pues, debido a su corta edad y su ignorancia, es inconcebible que ellos hubieran podido inventar tanto el evento como el contenido del mensaje.

La transformación radical de vida que experimentaron los apóstoles también se observa en aquellos tres niños. Algo grandioso debió de pasar para explicar el cambio tan profundo que vivieron. No solo en el plano exterior —por el hecho de pasar a vivir bajo la mirada constante del pueblo—, sino también en su interior, al conformar sus vidas al mensaje recibido y vivir una verdadera conversión.

Ciertamente, hay aspectos del fenómeno de Fátima que podrían tener una explicación puramente humana: la visión del infierno, ciertas representaciones de la Virgen Dolorosa, san José con el Niño Jesús, Cristo bendiciendo al mundo y la Virgen del Carmen. Sin embargo, los hechos centrales de Fátima, así como su mensaje, no pueden explicarse simplemente desde una perspectiva natural o psicológica. Algo sobrenatural, fuera de lo común, que desborda la experiencia cotidiana, tuvo que suceder.

Los videntes no sabían nada de lo que ocurría fuera de su pequeño entorno, ni a nivel nacional ni internacional. Incluso si hubieran oído hablar de algo, no habrían sido capaces de comprenderlo ni mucho menos de expresarlo. Su nivel de cultura era tan limitado que, por ejemplo, cuando se les habló de Rusia, Lucía pensaba que se trataba de una mujer de mala vida que necesitaba convertirse.

Apariciones inesperadas
Todo esto nos lleva a concluir que debió de ocurrir algo suficientemente real y objetivo. Las experiencias místicas nunca son colectivas, sino íntimas e individuales, y suelen surgir tras largos procesos de vida ascética y oración contemplativa.

En Fátima, como en las apariciones de Cristo resucitado, la visión del ángel en 1916 y la de la Virgen María el 13 de mayo de 1917 sorprendieron por completo a los niños. En el momento de la primera aparición de la Virgen, ni siquiera estaban rezando: simplemente cuidaban del rebaño. Al ver un relámpago, pensaron que se avecinaba una tormenta y corrieron a buscar refugio. 

Fue entonces cuando se dieron cuenta de algo extraordinario. Una Señora más resplandeciente que el sol se les apareció, de pie sobre una encina. Como en todas las teofanías del Antiguo y del Nuevo Testamento, la Señora les dijo que no tuvieran miedo, que no venía a hacerles daño.

Igual que en las apariciones de Jesús a los apóstoles, en Fátima hubo no uno, ni dos, sino tres testigos desde la primera aparición. En las siguientes, hubo incluso más testigos, hasta llegar a las 70.000 personas que presenciaron el llamado "milagro del sol", como la Virgen había prometido a los pastorcillos.

En todas las apariciones, muchas personas afirmaron haber visto o sentido algo. Tanto los tres videntes como los demás presentes fueron testigos de un fenómeno sobrenatural. Cada uno lo vivió a su manera, pero todos compartieron la misma experiencia fundamental. 

Ni siquiera los tres niños vivieron exactamente lo mismo: Francisco veía a la Señora, pero no la oía; Jacinta la veía y la oía; Lucía, en cambio, mantenía un diálogo completo: veía, oía, hablaba y recibía respuesta.

Conclusión - Algo tuvo que haber pasado. Porque, debido a su edad e ignorancia, no es razonable pensar que aquellos tres niños pudieran haber inventado por sí solos ni el evento ni el contenido del mensaje. Por eso afirmamos, con razón y fe: Fátima, algo fue… no la nada.

P. Jorge Amaro, IMC