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En la celebración del quincuagésimo aniversario de las apariciones, el 13 de mayo de 1967, después de la misa, el pueblo gritó al Papa Pablo VI que quería ver a Lucía... |
«No fue la Iglesia la que impuso Fátima, fue Fátima la que se impuso a la Iglesia» Cardenal Cerejeira, Patriarca de Lisboa 1943
La Iglesia nunca ha declarado, ni declarará jamás, Fátima como un dogma de fe con carácter infalible. Lo que allí ocurrió se sitúa en un ámbito intermedio entre lo natural y lo sobrenatural. Por tanto, como sucede con todo lo relacionado con la fe, no puede demostrarse de forma plenamente convincente desde el punto de vista racional, pero tampoco puede refutarse con certeza.
La Iglesia se limita a declarar que lo ocurrido puede aceptarse con una certeza razonable y plausible; como, de hecho, sucede con toda materia de fe. La fe nunca puede ser puramente racional ni racionalizada; solo puede —y debe— ser razonable.
Fátima recorrió un largo y arduo camino hasta ser aceptada por las autoridades eclesiásticas y tolerada por las autoridades civiles. En ese proceso, sin duda, intervino Dios en más de una ocasión para que no fuese ignorada. Porque sí, fue Dios, ya que los tres pastorcitos no hicieron propaganda alguna de su testimonio y, según se desprende de los interrogatorios a los que fueron sometidos, poco les importaba si creían o no en su palabra.
Vox populi, vox Dei
El pueblo seguía acudiendo en masa a Fátima por centenares de miles, incluso después de la muerte de Francisco en 1919 y de Jacinta en 1920. A pesar de ser ridiculizados por la prensa laicista y obstaculizados por las autoridades civiles —hasta el punto de dinamitar la pequeña capilla que allí se había erigido—, desde que Jacinta reveló a su madre la aparición del 13 de mayo, las multitudes no dejaron de congregarse.
Porque Jacinta no pudo guardar en secreto la aparición del 13 de mayo, en todas las demás —el día 13 de cada mes hasta la última, el 13 de octubre— los niños nunca más estuvieron solos. El 13 de junio, unas 50 personas estaban presentes; el 13 de julio, entre dos y tres mil; el 13 de agosto, pese a que los videntes habían sido arrestados, se congregaron 18.000 personas en el lugar de las apariciones; ese mismo mes, los videntes vieron a la Señora el día 19, en los Valinhos, tras haber sido liberados. El 13 de septiembre, la multitud ascendía ya a 30.000 personas, y el 13 de octubre, unas 70.000 presenciaron el tan anunciado y esperado milagro, como la Señora había prometido a Lucía tres meses antes.
No era solo la fe la que movía al pueblo a acudir en masa a la Cova da Iria desde la segunda aparición, sino la participación activa en la misma. Todo comenzaba con el rezo del rosario guiado por Lucía. Aunque solo los videntes veían a la Virgen, y entre ellos solo Lucía hablaba con ella, el resto del pueblo también experimentaba algo misterioso...
Todos coinciden en que, al mediodía solar de cada día 13 —incluido el 13 de agosto, cuando los niños no estaban presentes—, la luz del sol perdía intensidad, se levantaba una brisa fresca y una pequeña nube descendía sobre la encina donde los pastorcitos afirmaban que la Virgen se posaba.
Durante las apariciones, veían a Lucía en éxtasis y la oían hablar; como respuesta a sus preguntas, escuchaban un sonido como un “zumbido de abejas”. Lucía avisaba siempre cuando la visión terminaba y decía que la Virgen se retiraba hacia Oriente, de donde siempre procedía.
Un día, Jacinta cortó una ramita de la encina sobre la que la Virgen había posado su pie, y todos los que la olieron se deleitaron con un perfume desconocido. Finalmente, el milagro del sol selló, para el pueblo, la autenticidad de Fátima, que desde entonces es visitada por centenares de miles y hasta millones de peregrinos.
“Voz del pueblo, voz de Dios” – Fue el pueblo sencillo quien promovió y defendió Fátima, imponiéndola a una Iglesia perpleja, y resistiendo las insidiosas embestidas del republicanismo ateo, anticlerical y masón. Sin esta respuesta popular, Fátima habría sido ignorada y olvidada. Se confirma, una vez más, el paradigma bíblico: “Has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños” (Mateo 11, 25).
Quienes afirman gratuitamente que Fátima fue inventada por la Iglesia, desconocen la documentación histórica que demuestra exactamente lo contrario. Fátima solo fue aprobada oficialmente en 1930, después de trece largos años de investigación.
La reticencia inicial de la Iglesia
El testimonio del P. Lacerda, director del periódico “O Mensageiro”, sobre el párroco de Fátima, es revelador:
“Como nota final esclarecedora debo decir que el párroco de Fátima, mi amigo el P. Manuel Marques Ferreira, se mantuvo siempre al margen de todo, llegando incluso a no acudir a la Cova da Iria en el día de las apariciones. Solo fue allí el último día, tras muchos ruegos”.
El Sr. Marto, padre de Francisco y Jacinta, y el primero en creer a sus hijos (al contrario que la madre de Lucía), afirmaba que el párroco no creía y no dejaba creer a los demás. La incredulidad del párroco influyó directamente en la reticencia de Dña. María Rosa, madre de Lucía, quien apenas admitió —casi hasta el fin de su vida— la gracia que la Virgen concedió a su hija, haciendo su vida más amarga.
Fue el pueblo, que acudía por miles a la Cova da Iria, quien mantuvo viva la llama de Fátima, obligando a las autoridades civiles a respetarla y a las autoridades eclesiásticas a posicionarse a favor. Esto ocurrió finalmente el 13 de mayo de 1922, cuando el obispo de Leiría, D. José Alves Correia da Silva, publicó la “Provisión sobre los acontecimientos de Fátima”.
En ella resumía los hechos ocurridos, destacando la enorme adhesión popular pese a las persecuciones civiles y el desinterés eclesiástico, y nombraba una comisión para estudiar los hechos extraordinarios conforme al derecho canónico. Asimismo, pedía a los fieles:
“Que informen sobre todo cuanto sepan, tanto a favor como en contra de las apariciones o hechos extraordinarios que con ellas se relacionen, y testifiquen especialmente si en ellas ha habido o hay alguna forma de explotación, superstición, doctrinas o elementos contrarios a nuestra Santa Religión”.
¿Cómo reaccionaron las autoridades?
“No es verosímil que tres niños de tan corta edad, rudos e ignorantes, mientan y persistan en la mentira durante tantos meses, incluso sometidos a interrogatorios constantes y amenazas por parte de autoridades eclesiásticas y civiles (...). Ningún temor logra hacerles cambiar su testimonio de que han visto a la Virgen (...). La naturalidad y franqueza con que se expresan, su simplicidad y candor, la indiferencia hacia si les creen o no...”. (Documentación Crítica de Fátima)
Así concluye el canónigo Manuel Nunes Formigão, tras numerosos interrogatorios realizados por él mismo, por el párroco de Aljustrel y Fátima, y por otros clérigos. Todos muy críticos e incluso sarcásticos, aunque nunca hicieron daño a los niños, si bien a veces los interrogatorios les llevaban al agotamiento, como ocurrió el día del milagro del sol.
Menos condescendientes fueron las autoridades civiles, que llegaron al extremo de someterlos a tortura psicológica. Les dijeron que, si no se retractaban, serían hervidos en aceite en una sala contigua. Primero interrogaron a Jacinta, luego a Francisco y por último a Lucía. Uno a uno, entraron creyendo que sus compañeros ya habían muerto. Pero ninguno se retractó.
A esto hay que añadir la presión constante del pueblo: unos amenazaban, otros ridiculizaban, otros prometían riquezas si revelaban el secreto. Era imposible que unos niños soportaran tanto sufrimiento si no hubiera nada real, y que lo que sucedía cada mes, ante miles de personas, fuese puro teatro. Los padres de Jacinta pensaron alejarlos de Fátima, pero los niños se negaron diciendo: “¡Si nos matan, no importa! ¡Iremos más rápido al Cielo!”
El gran milagro del sol
Para el 13 de octubre se esperaban grandes multitudes, ya que Lucía había anunciado desde julio que la Virgen haría un milagro “para que todos creyeran”. La tensión era tal que, la víspera, la madre de Lucía le sugirió confesarse, por temor a que fueran asesinados si no ocurría el milagro. Con calma y convicción, Lucía consoló a su madre diciendo que podrían ir a confesarse si ella quería, pero que tenía la certeza de que la Virgen cumpliría su promesa.
Solas frente a todo y a todos, solo la divina Providencia las sostuvo, pues incluso sus familiares más cercanos —sobre todo los de Lucía— contribuyeron a su sufrimiento llamándolas mentirosas. No solo proclamaron la palabra de la Virgen, sino que la encarnaron en sus propias vidas:
“Os echarán mano y os perseguirán (...), encarcelándoos (...). Así tendréis ocasión de dar testimonio. (...) No os preocupéis por vuestra defensa, porque Yo mismo os daré palabras y sabiduría que ninguno de vuestros adversarios podrá resistir ni contradecir”. (Lucas 21, 12-19)
Quienes afirman que Fátima fue inventada por la Iglesia no tienen documentos para sostener semejantes calumnias. Claramente no han leído la Documentación Crítica de Fátima, que describe, por un lado, las estrategias de las autoridades civiles para desacreditar a los videntes y evitar que el pueblo acudiera al lugar de las apariciones, y por otro, el riguroso proceso canónico llevado a cabo por la Iglesia.
Finalmente, el 13 de octubre de 1930, con el conocimiento y aprobación del Papa Pío XI, el obispo D. José Correia da Silva anunció en una carta pastoral:
“Invocando humildemente al Espíritu Santo y poniéndonos bajo la protección de la Santísima Virgen, y después de escuchar la opinión de nuestros Reverendos consejeros, declaramos dignas de crédito las visiones de los pastorcitos en la Cova da Iria, parroquia de Fátima, de esta diócesis, ocurridas entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917. Permitimos oficialmente el culto a Nuestra Señora de Fátima”.
Fátima y los Papas
El 5 de mayo de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, el Papa Benedicto XV, en una carta dirigida al cardenal Gasparri, suplicaba fervorosamente la ayuda del Cielo por medio de la Virgen María:
“Encargamos, por tanto, a Vuestra Eminencia que haga saber a todos los obispos del mundo nuestro ardiente deseo de que se recurra al Corazón de Jesús, Trono de gracias, por medio de María (...), para que lleve ante Ella el grito angustioso de las madres y esposas, el gemido de los niños inocentes, el suspiro de todos los corazones nobles.
Que pueda Ella, en su amabilidad y benignísima solicitud, obtener para el mundo la paz anhelada, y que los siglos venideros recuerden la eficacia de Su intercesión y la grandeza del beneficio obtenido por Ella para sus hijos”.
Ocho días después, la Virgen se apareció en Fátima, revelando al Papa y al mundo su plan de paz. Un año más tarde, el mismo Papa, al restablecer la diócesis de Leiria, calificó los sucesos de Fátima como “una ayuda extraordinaria de la Madre de Dios”.
Pío XI, su sucesor, ofreció estampas de la Virgen de Fátima a los seminaristas. Pío XII se refirió a Fátima en 1940, en la encíclica Saeculo exeunte. En 1950, dijo al superior general de los dominicos:
“Decid a vuestros religiosos que el pensamiento del Papa está contenido en el Mensaje de Fátima”. En 1964, al concluir el Concilio Vaticano II, Pablo VI ofreció la Rosa de Oro a Fátima, encomendando toda la Iglesia al cuidado de Nuestra Señora, y visitó el santuario en el 50.º aniversario de la primera aparición.
San Juan Pablo II visitó Fátima tres veces —1982, 1991 y 2000—. En esta última visita beatificó a Francisco y Jacinta, e hizo universal la fiesta de Nuestra Señora de Fátima, ordenando su inclusión en el Misal Romano.
El Papa Francisco pidió al Patriarca de Lisboa que consagrara su pontificado a la Virgen de Fátima, lo cual tuvo lugar el 13 de mayo de 2013.
Conclusión - Al acudir por miles desde la primera aparición, fue el pueblo quien promovió y defendió Fátima, imponiéndola a una Iglesia inicialmente escéptica y resistiendo con fe las embestidas del republicanismo portugués, ateo, anticlerical y masón.
P. Jorge Amaro, IMC
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