Desde el principio, tanto a nivel nacional como internacional, Fátima no ha estado exenta de enemigos. Tras investigar los hechos y el contenido del mensaje, y haber leído atentamente los escritos de sus detractores, comprobé que sus afirmaciones son tan frívolas como prejuiciosas, ignorando por completo la realidad y la veracidad de los acontecimientos.
Son tan mezquinas y fáciles de refutar que ni siquiera me molesto en rebatirlas. Prefiero dedicar mi tiempo y energía a los hechos y a la riqueza del mensaje de Fátima, ofreciendo al lector suficientes elementos para responder por sí mismo a los críticos, si alguna vez se cruza con ellos.
Entre los detractores de Fátima, hay quienes sostienen que todo fue una invención de la Iglesia de aquella época; otros se aferran a las supuestas contradicciones de los niños, sometidos a interrogatorios excesivos y agotadores; y no faltan los que, desde dentro de la propia Iglesia, intentan desacreditar el mensaje en su totalidad, apoyándose en ciertas aparentes incongruencias teológicas.
Hay oro en la arena del río, pero no toda la arena es oro
Esta es la metáfora que utilizo cuando quiero explicar cómo la Biblia contiene la Palabra de Dios, aunque no todo lo escrito en ella sea, palabra por palabra, Palabra de Dios. Al igual que es necesario cribar la arena del río para encontrar el oro que se oculta en ella, también es necesario interpretar la Escritura para descubrir en ella la Palabra viva de Dios.
Cuando aplicamos al texto bíblico herramientas como la crítica literaria, la crítica histórica, la exégesis y otras ciencias como la arqueología, la psicología o la filosofía, podemos discernir y dejar de lado los mitos, las creencias, los usos y costumbres, la historia concreta de una época, la personalidad y carácter del autor, así como sus limitaciones y prejuicios. Una vez depurado todo esto, lo que queda es la pura inspiración divina: la ipssissima Dei verbum, la palabra misma de Dios.
Este mismo criterio que utilizamos para la Revelación pública de Dios en la Escritura, puede aplicarse también a la revelación privada de Fátima, sobre todo en lo referente a aquellas afirmaciones que puedan parecer teológicamente incongruentes, como, por ejemplo:
"…llevad a todas las almas al cielo, especialmente a las que más lo necesiten". - Es evidente que, en portugués, esta conclusión de la oración puede parecer incoherente, ya que todos necesitamos la salvación de Dios. Sin embargo, en muchas lenguas, los católicos han añadido la expresión: "especialmente a las que más necesiten de tu misericordia". Es decir, aquellos más alejados de Dios, quienes se hallan en mayor miseria espiritual, son los que más necesitan de la misericordia divina.
Otro ejemplo es: "Penitencia y oración por la conversión de los pobres pecadores". - Esta frase puede dar a entender que quienes rezan y hacen penitencia no se consideran a sí mismos pecadores, lo cual sería contrario a la enseñanza bíblica:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros." (1 Juan 1,8)
Pero lo cierto es que los propios videntes se reconocían pecadores, y también vivieron un proceso de conversión personal. Por ejemplo, tras las apariciones, afirmaban: “Ya no podemos rezar el rosario como antes”, cuando lo hacían deprisa, abreviando las oraciones. Más aún: después de lo vivido, hacían todo lo posible por no pecar, pues su amor a Dios era tal que temían ofenderle aún más de lo que ya lo estaba por causa de otros pecadores.
"Algo hubo, no la nada"
Volviendo a mis tiempos de estudiante de teología con enfoque positivista, tras haber leído todas las teorías sobre la resurrección de Jesús —desde las más osadas a las más ilógicas y las más literales—, encontré en la fórmula del entonces célebre teólogo Hans Küng una afirmación clave: “Algo hubo, no la nada”.
Para Küng, la resurrección sorprendió por completo a los apóstoles, del mismo modo que las apariciones sorprendieron a los tres pastorcillos de Fátima. Es difícil, incluso para el propio Küng, describir qué clase de experiencia vivieron los apóstoles. Pero de una cosa está seguro: algo ocurrió. Porque del nada solo Dios puede crear; los hombres solo pueden transformar lo que ya existe.
Algo extraordinario debió de suceder para transformar a unos discípulos temerosos y cobardes —que incluso habían regresado a su vida anterior— en apóstoles intrépidos y audaces, como Pedro en su discurso en los Hechos de los Apóstoles (Hechos 2,14-36).
Es probable que la experiencia de Jesús resucitado no posea todo el realismo que los evangelios describen, pero sin duda fue real de alguna manera. De lo contrario, no habría sido transmitida con tal fuerza y detalle, sino quizás con un tono más místico o simbólico.
El mismo razonamiento se aplica a Fátima
Del mismo modo, recurro a este razonamiento en el caso de las apariciones de la Virgen María a los tres niños en Fátima. Algo debió ocurrir, pues, debido a su corta edad y su ignorancia, es inconcebible que ellos hubieran podido inventar tanto el evento como el contenido del mensaje.
La transformación radical de vida que experimentaron los apóstoles también se observa en aquellos tres niños. Algo grandioso debió de pasar para explicar el cambio tan profundo que vivieron. No solo en el plano exterior —por el hecho de pasar a vivir bajo la mirada constante del pueblo—, sino también en su interior, al conformar sus vidas al mensaje recibido y vivir una verdadera conversión.
Ciertamente, hay aspectos del fenómeno de Fátima que podrían tener una explicación puramente humana: la visión del infierno, ciertas representaciones de la Virgen Dolorosa, san José con el Niño Jesús, Cristo bendiciendo al mundo y la Virgen del Carmen. Sin embargo, los hechos centrales de Fátima, así como su mensaje, no pueden explicarse simplemente desde una perspectiva natural o psicológica. Algo sobrenatural, fuera de lo común, que desborda la experiencia cotidiana, tuvo que suceder.
Los videntes no sabían nada de lo que ocurría fuera de su pequeño entorno, ni a nivel nacional ni internacional. Incluso si hubieran oído hablar de algo, no habrían sido capaces de comprenderlo ni mucho menos de expresarlo. Su nivel de cultura era tan limitado que, por ejemplo, cuando se les habló de Rusia, Lucía pensaba que se trataba de una mujer de mala vida que necesitaba convertirse.
Apariciones inesperadas
Todo esto nos lleva a concluir que debió de ocurrir algo suficientemente real y objetivo. Las experiencias místicas nunca son colectivas, sino íntimas e individuales, y suelen surgir tras largos procesos de vida ascética y oración contemplativa.
En Fátima, como en las apariciones de Cristo resucitado, la visión del ángel en 1916 y la de la Virgen María el 13 de mayo de 1917 sorprendieron por completo a los niños. En el momento de la primera aparición de la Virgen, ni siquiera estaban rezando: simplemente cuidaban del rebaño. Al ver un relámpago, pensaron que se avecinaba una tormenta y corrieron a buscar refugio.
Fue entonces cuando se dieron cuenta de algo extraordinario. Una Señora más resplandeciente que el sol se les apareció, de pie sobre una encina. Como en todas las teofanías del Antiguo y del Nuevo Testamento, la Señora les dijo que no tuvieran miedo, que no venía a hacerles daño.
Igual que en las apariciones de Jesús a los apóstoles, en Fátima hubo no uno, ni dos, sino tres testigos desde la primera aparición. En las siguientes, hubo incluso más testigos, hasta llegar a las 70.000 personas que presenciaron el llamado "milagro del sol", como la Virgen había prometido a los pastorcillos.
En todas las apariciones, muchas personas afirmaron haber visto o sentido algo. Tanto los tres videntes como los demás presentes fueron testigos de un fenómeno sobrenatural. Cada uno lo vivió a su manera, pero todos compartieron la misma experiencia fundamental.
Ni siquiera los tres niños vivieron exactamente lo mismo: Francisco veía a la Señora, pero no la oía; Jacinta la veía y la oía; Lucía, en cambio, mantenía un diálogo completo: veía, oía, hablaba y recibía respuesta.
Conclusión - Algo tuvo que haber pasado. Porque, debido a su edad e ignorancia, no es razonable pensar que aquellos tres niños pudieran haber inventado por sí solos ni el evento ni el contenido del mensaje. Por eso afirmamos, con razón y fe: Fátima, algo fue… no la nada.
P. Jorge Amaro, IMC
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