viernes, 20 de marzo de 2026

CNV _ Cosmovisión y cosmovisiones

No hay comentarios:

Cuando éramos bebés podíamos aprender una o incluso dos lenguas sin necesidad de estudiar la gramática, es decir, sin comprender las razones por las que se habla de determinada manera. Bastaba la inmersión y la repetición. Sin embargo, al llegar a la edad adulta, para aprender un idioma necesitamos conocer su gramática, es decir, aprender sus reglas y, de algún modo, obedecerlas para hablar con corrección y adecuación.

La Comunicación No Violenta o Comunicación Compasiva es, en este sentido, una nueva lengua. Para aprenderla en la edad adulta necesitamos comprender sus reglas, su filosofía, su cosmovisión, la forma de pensar que le da fundamento. Si queremos aprender una lengua no violenta, debemos primero reconocer de qué modo la lengua que usamos habitualmente está impregnada de violencia. ¿De dónde proviene esa lengua violenta? ¿Qué hay en su base?

Todo esto está íntimamente relacionado con la manera en que conceptualizamos el mundo y su historia, la naturaleza humana, la realidad que nos rodea y el sentido mismo de la vida. La cosmovisión es la piedra angular, el cimiento sobre el que descansa nuestro pensamiento. Está compuesta de creencias, mitos e ideas fundamentales que, en gran medida, permanecen inconscientes y por ello no suelen cuestionarse ni ponerse en duda.

Para transformar nuestro lenguaje violento en el lenguaje del Reino de Dios, debemos cambiar nuestra manera de pensar. Y para cambiar nuestra manera de pensar, necesitamos confrontar y, en muchos casos, transformar la cosmovisión en la que esta se apoya.

El teólogo Walter Wink, en su libro The Powers that Be, afirma que la cosmovisión es el esqueleto de nuestro pensamiento. Expone además ejemplos de cosmovisiones que han dominado a lo largo de la civilización occidental:

La cosmovisión antigua
Presentaba el mundo celestial en paralelo con el mundo terrenal; lo que sucedía en el Cielo tenía su correlato en la Tierra y viceversa. Así lo reflejan las mitologías griega y romana. Todas las realidades terrestres poseían una dimensión divina y una deidad que las representaba en el cielo: Marte era el dios de la guerra, Venus la diosa del amor, Neptuno el dios del mar, Júpiter el padre de los dioses, etc. En el mundo antiguo —griegos, romanos, egipcios, babilonios, indios y chinos— todos compartían esta forma de comprender la realidad.

La cosmovisión espiritualista
Surgió en el siglo II de la era cristiana, en confrontación directa con la idea de que la creación es buena en sí misma. Impuso el dualismo griego: el espíritu es bueno, la materia es mala. El mundo es considerado prisión del espíritu; el cuerpo, prisión del alma. El sexo y, en general, todo lo corporal es percibido como negativo. Para vencer el mal, el cuerpo debía ser mortificado y negado, a fin de que lo espiritual prevaleciese. El mundo era visto como un “valle de lágrimas” y la muerte como liberación del alma de las cadenas del cuerpo que la contaminaba.

La cosmovisión materialista
En oposición a la espiritualista, la cosmovisión materialista sostiene que lo real es únicamente lo que puede ser conocido a través de los cinco sentidos. Todo lo demás es superstición: no hay Cielo, ni Dios, ni alma. El ser humano no es más que materia; el universo carece de sentido intrínseco y de finalidad. La ética, en este contexto, no existe como referencia absoluta: el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto son arbitrarios, convenciones sociales establecidas para la supervivencia y la convivencia pacífica.

Wink afirma que esta es la cosmovisión dominante en el mundo posmoderno: la matriz o “placa base” sobre la cual operan las universidades, la política, los medios de comunicación y la cultura en general. Tal visión se volvió tan invasiva que incluso se presenta como “científica”, cuando la ciencia —especialmente la física— hace tiempo se apartó de esa lectura materialista hacia una visión de un universo reencantado.

La mayoría de quienes viven bajo esta cosmovisión creen estar al día con la ciencia, pero, en realidad, se han quedado anclados en la física de Newton, que veía el mundo como un reloj preciso y predecible. Tras Einstein, la física mecanicista dio paso a la física cuántica, basada en el principio de incertidumbre y probabilidad de Heisenberg, donde la certeza absoluta fue sustituida por el cálculo de probabilidades.

La cosmovisión teológica
Surgió como reacción espiritual frente a la cosmovisión materialista. Reafirma la existencia de un mundo sobrenatural, pero lo protege tras un muro, declarando que su existencia es únicamente materia de fe: no puede ser probada ni refutada por la ciencia.

En esta perspectiva, ciencia y religión caminan de espaldas. Esto obliga a muchos creyentes cultos a vivir en una especie de esquizofrenia: durante la semana creen que el ser humano es fruto de la evolución de las especies; el domingo creen que fue creado directamente por Dios. Evolucionistas entre semana, creacionistas el fin de semana.

La cosmovisión integral
Supone una síntesis y superación de las anteriores al situar el espíritu en el corazón mismo de la materia. Dios es trascendente, distinto y superior a todo, pero, al mismo tiempo, es el corazón de cada criatura. Esta armonía entre trascendencia e inmanencia no debe confundirse con el panteísmo, que afirma que todo es Dios.

Se relaciona más bien con el panenteísmo: todo está en Dios y Dios está en todo. San Francisco de Asís veía en cada criatura una manifestación de Dios porque reconocía su presencia inmanente en todas ellas. Wink sostiene que esta es la cosmovisión de la nueva física cuántica, de la teología de la liberación, de la teología feminista, de muchas religiones nativas de Norteamérica. Señala como exponentes de esta visión al psicólogo Carl Jung y al paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin.

Aunque presentadas en una secuencia que sugiere evolución, Wink advierte que todas estas cosmovisiones siguen vivas y que, en realidad, la mayoría de las personas no se guía exclusivamente por una sola, sino que mezcla fragmentos de varias, dependiendo de cada circunstancia. Comprender qué cosmovisiones guían nuestro pensamiento es esencial para que el ser humano y sus instituciones se liberen de los poderes que los dominan.

“Beau Sauvage” o “Homo homini lupus”?
Homo homini lupus – Para el filósofo inglés Thomas Hobbes (1679), el hombre en estado natural se cree con derecho a todo, usa su poder de modo arbitrario para preservar su vida. Su interés egoísta prevalece, por lo que no hay paz ni seguridad: impera la ley del más fuerte. Como no es sociable por naturaleza, debe someter su voluntad a un soberano o a una asamblea —el rey o el Estado—, perdiendo libertad e incluso el ejercicio de la violencia.

Beau Sauvage – Para otros pensadores, el hombre en estado natural es bueno, sano y feliz. La propiedad privada introdujo desigualdades —ricos y pobres, libres y esclavos—, lo que desencadenó la corrupción y la violencia. La salida es un contrato social donde la voluntad general sea soberana: como todos ceden por igual, nadie pierde.

¿Cuál de estas teorías describe mejor la naturaleza humana? Dado que el ser humano procede de una evolución de más de cinco millones de años de mamíferos y primates, conviene preguntarse primero si los animales de los que descendemos son violentos por naturaleza. La observación muestra que, en general, los animales no ejercen violencia gratuitamente, sino únicamente cuando sus necesidades básicas no están satisfechas.

La vida se alimenta de vida en la cadena alimentaria: la gacela come hierba, el león caza a la gacela, al morir el león es devorado por hienas y buitres, y éstos, a su vez, por los gusanos, que fecundan la tierra de donde brota nuevamente la hierba. El término “cadáver” proviene precisamente de carne dada a los gusanos.

Si a un animal se le ofrece una vía alternativa para alimentarse, deja de cazar. Basta observar a nuestros perros y gatos, antaño cazadores implacables y hoy plenamente integrados en nuestros hogares.

Millones de años de evolución nos separan de los primates. Creados a imagen y semejanza de Dios, los seres humanos no estamos llamados a ser lobos unos de otros, sino hermanos. El mundo creado por Dios posee recursos suficientes para que las necesidades de todos se satisfagan sin recurrir a la violencia.

De ahí uno de los postulados fundamentales de la CNV: al igual que en el resto de los seres vivos, los conflictos y la violencia entre personas surgen cuando las necesidades no están satisfechas. La CNV se convierte en una herramienta que facilita que las necesidades de unos y otros encuentren respuesta, reduciendo así la violencia y resolviendo los conflictos.

La creencia de que el hombre es por naturaleza malo, egoísta y violento proviene de mitologías y ha servido durante siglos para justificar la violencia de unos sobre otros, e incluso contra sí mismos mediante la culpa y la vergüenza.

El lema “Si vis pacem, para bellum” (“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”) resume esta cosmovisión. Según ella, como el hombre sería violento por naturaleza, la paz no puede alcanzarse con medios pacíficos, sino únicamente con medios violentos.

La sociedad educa al individuo a reprimir su ira y ejercer violencia contra sí mismo; y a quienes no lo logran, se les aplica violencia desde fuera mediante el poder coercitivo y punitivo. Así, partiendo de una premisa falsa —que el ser humano es malo por naturaleza— se perpetúan estructuras de poder y violencia.

En contraste, la cosmovisión que sostiene la Comunicación No Violenta como lenguaje del Mundo Nuevo, el Reino de Dios que Jesús anunció, afirma que Dios creó todas las cosas buenas. El Génesis nos muestra un Dios que se alegra de su creación: “Y vio Dios que era bueno” (Génesis 1, 4.12.18.21.25). Y si todo es bueno, con mayor razón lo es el ser humano, creado a imagen y semejanza del Creador (Génesis 1, 26).

Los hombres del futuro
Además de Walter Wink y otros teólogos como Paul Tillich y Teilhard de Chardin, uno de los grandes inspiradores de Marshall Rosenberg fue su profesor Carl Rogers, pionero de la psicoterapia no directiva centrada en la persona.

En un artículo escrito al final de su vida, Rogers describió cómo imaginaba al hombre del mañana. Sus intuiciones resultaron certeras y hoy siguen siendo profundamente inspiradoras:

  • Abiertos al mundo interior y exterior, a nuevas formas de ver, de ser y de pensar.
  • Críticos frente a una ciencia y tecnología centradas en controlar la naturaleza y a las personas.
  • Buscadores de nuevas formas de comunicación, cercanía e intimidad.
  • Capaces de mirar a los demás con benevolencia y consideración positiva, prestando ayuda de manera amable, no moralista y sin juicios.
  • Ecológicos, aliados de las fuerzas de la naturaleza en vez de vivir en guerra con ellas.
  • Críticos con instituciones rígidas y burocráticas, recordando que las instituciones deben existir para las personas, no al revés.
  • Desconfiados de la autoridad externa: personas moralmente autónomas, capaces de confiar en su propia experiencia y conciencia para emitir juicios, incluso en contra de leyes que consideran injustas.
  • Espirituales: buscan un sentido, un propósito y una misión mayores que ellos mismos y que su propia vida.

Conclusión - Para transformar nuestro lenguaje violento en el lenguaje del Reino de Dios, debemos cambiar nuestra manera de pensar. Y para cambiar nuestra manera de pensar, debemos confrontar —y en muchos casos transformar— la cosmovisión en la que ésta se fundamenta.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 15 de marzo de 2026

Morir en Vida

No hay comentarios:


Muerte eterna

Al acercarnos al final de la Cuaresma, en el tercer domingo, en el episodio de la Samaritana, aprendemos que el pecado es como una sed: se sacia por momentos, pero siempre vuelve a aparecer. Esta es también la dinámica del vicio: un comportamiento repetitivo y obsesivo que roba la libertad. Jesús es el agua viva, el agua de la verdadera libertad que, una vez bebida, elimina para siempre esa sed.

En el cuarto domingo, en el episodio de la curación del ciego de nacimiento, comprendemos que el pecado es como la oscuridad, mientras que Jesús es la luz. Cristo es la luz del mundo, que ilumina el camino de la humanidad, la luz que conduce a la vida, la luz de la fe que nos permite ver la realidad como Dios la ve.

En el quinto domingo, con el episodio de la resurrección de Lázaro, entendemos que el pecado es como una muerte interior, y Jesús es la resurrección. La muerte parece tener un carácter de fin absoluto, que condiciona todo lo demás. Pero para Jesús, que deliberadamente retrasó su llegada a Betania, la muerte no es un fin, sino un medio para algo mayor: la manifestación de la gloria de Dios.

En Romanos 6, 23, San Pablo afirma: «El salario del pecado es la muerte». Sin embargo, Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ezequiel 18, 23). De hecho, como decía San Ireneo: Gloria Dei homo vivens – la mayor gloria de Dios es el hombre plenamente vivo.

Dios quiere que tengamos vida, y vida en abundancia. La vida plena del ser humano es lo que más alegra el corazón de Dios. Lo que más le entristece es que permitamos que la muerte reine en nosotros – ya sea en la dimensión física, psicológica o espiritual.

Muerte temporal
Tenemos grabado en el imaginario que la muerte ocurre únicamente al final de la vida. Pero eso no es cierto. La muerte forma parte de la propia vida y ocurre a diario, en múltiples niveles: físico, psicológico y espiritual. La muerte existe en función de la vida: no es su fin, sino un medio. El fin es siempre la vida.

Nacer, crecer, reproducirse y morir: esta es la regla por la que se rige todo ser vivo. Un organismo adulto está formado por trillones de células, cada una de ellas un ser vivo autónomo. Todas provienen de una única célula madre, fruto de la unión del espermatozoide y el óvulo. La ameba, habitante de aguas estancadas, es un ser vivo unicelular.

Así, cada célula de nuestro cuerpo nace, crece, se reproduce y muere. Este ciclo celular explica el crecimiento físico. Cada siete años, tenemos un cuerpo biológicamente renovado, formado por células nuevas – completamente diferentes de las de siete años antes. A lo largo de la vida, podemos decir que “encarnamos” entre doce cuerpos distintos. Así como la serpiente muda de piel para poder crecer, nosotros también pasamos por sucesivos “cambios de cuerpo” para vivir y madurar.

Lo que es verdad en el plano físico también lo es en los planos psicológico y espiritual. En estos niveles, crecer y vivir exige morir: abandonar hábitos, personas, situaciones, actitudes, ideas.

Las únicas células que se niegan a morir y se multiplican de forma desordenada son las cancerígenas. También nosotros nos volvemos “cancerígenos” psicológica y espiritualmente cuando nos aferramos de forma enfermiza a algo o a alguien que no es Dios.

Bautismo = Pascua = Muerte = Paso
«Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Romanos 6, 4).

El antiguo ritual del bautismo, aún practicado por algunas iglesias, consistía en la inmersión total del catecúmeno en el agua: se descendía por un lado y se ascendía por otro. Este gesto simbólico reproduce la Pascua de Cristo: el paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del hombre viejo al hombre nuevo – a imagen y semejanza de Cristo, arquetipo del hombre renovado.

Este paso, esta muerte interior, es una condición esencial para seguir a Jesús:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga» (Lucas 9, 23).

En la Pascua, hay quienes destacan el sufrimiento de la pasión y quienes prefieren exaltar la alegría de la resurrección. Sin embargo, la Pascua es un todo indivisible, como una moneda con dos caras. No hay alegría pascual sin la mortificación cuaresmal. Y, como en la guerra, la alegría de la victoria es proporcional a la dureza de la batalla: cuanto mayor sea la mortificación en Cuaresma, más intensa será la alegría de la Pascua.

Las pascuas de la vida
«Revístanse del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4, 24).

Durante mis años de estudio en Teología, tuve un compañero que, cada Cuaresma, dejaba de fumar. Sin embargo, el Domingo de Pascua volvía a retomar el vicio. En cambio, mi padre dejó de fumar en la Cuaresma de sus 22 años... y nunca más volvió a hacerlo.

Estamos llamados a morir en vida. Si en cada Cuaresma de nuestra existencia morimos a un vicio, a una actitud negativa, a un pecado, poco a poco alcanzaremos la santidad antes de la muerte final – que no es más que el paso a la vida eterna. Tal como San Pablo, podremos decir:

«Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 20).

Muramos, pues, al pecado, para que podamos vivir ya – aquí y ahora – una vida nueva con Dios y para Dios.

Conclusión - En cada momento, en nuestro cuerpo, hay células que mueren y son sustituidas por otras. La muerte es conditio sine qua non del crecimiento físico, de la madurez psicológica y de la plenitud espiritual. Aprender a morir es, en definitiva, el secreto de aprender a vivir.

martes, 10 de marzo de 2026

CNV - El Lenguaje de la Paz

No hay comentarios:

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10)

“Año nuevo, vida nueva”. Haciendo honor a este proverbio, he decidido escribir este año sobre una nueva forma de vivir que quiero ir adoptando progresivamente en la medida en que la voy investigando y escribiendo sobre ella. No me cuesta admitir que esta es, probablemente, la razón principal por la que he elegido este tema para el blog de 2018.

Investigo y escribo sobre ello, en primer lugar, para convencerme a mí mismo de que hasta ahora he vivido de un modo equivocado, y de que este año será para mí un noviciado en esta forma alternativa de vida. Si, al compartir estas reflexiones, alguien más llega a la misma conclusión que yo, tanto mejor. Como decía Mahatma Gandhi: «Si no encarnamos o no nos convertimos en el cambio que queremos ver en el mundo, nunca habrá cambio en el mundo».

El tema se llama CNV (Comunicación No Violenta), más conocida en inglés como NVC (Nonviolent Communication). Descubrí esta metodología en un curso bíblico que realicé en Jerusalén, y pronto me di cuenta del enorme potencial que encierra para transformar la vida de las personas, de la sociedad y del mundo.

Según su fundador, Marshall Rosenberg, la CNV no es solamente una forma de comunicarse ni se refiere únicamente a la ausencia de violencia. Es más que una técnica o teoría: es toda una filosofía de vida, una nueva lengua sustentada en una cosmovisión distinta, en una manera renovada de ver, pensar y sentir la existencia y todo lo que la rodea.

Rosenberg, judío estadounidense y psicólogo clínico, al iniciar su carrera como psicoterapeuta pronto percibió que ni el psicoanálisis ni el diagnóstico de la ira o de otros problemas psicológicos generaban los cambios profundos que él y sus pacientes deseaban. Descubrió que el problema era más sistémico que individual y que, por lo tanto, la solución también debía serlo.

La Comunicación No Violenta se propone como una alternativa al modo habitual de comunicarnos, como una lengua nueva para afrontar la violencia individual y social y contribuir a crear una civilización distinta, un mundo nuevo: lo que, en términos cristianos, llamaríamos el Reino de Dios. Y es que la lengua que hemos heredado y usado desde los inicios de la humanidad es violenta, no porque lo seamos por naturaleza, sino por educación. Hemos nacido, crecido y sido formados en una sociedad cuyos cimientos culturales y estructurales están impregnados de violencia.

El éxito del uso de la CNV en la psicoterapia llevó a Rosenberg a extenderla a través de talleres y encuentros, llegando a miles de personas en todo el mundo, especialmente en contextos de conflicto. Los resultados han sido sorprendentes. Quienes entran en contacto con este modo de comunicar reconocen que han vivido en el error y descubren, con esperanza, la posibilidad de una vida más plena, auténtica y feliz.

Cómo estamos llamados a vivir
«Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Sopórtense mutuamente y perdónense, si alguno tiene queja contra otro. El Señor los perdonó: hagan ustedes lo mismo» (Colosenses 3, 12-13).

Rosenberg, al comprender que se enfrentaba a un problema global, se planteó una pregunta fundamental: ¿Cómo estamos llamados a vivir? Como esa pregunta no podía responderse únicamente desde la psicología, acudió a las religiones. En todas ellas encontró un concepto central: la compasión. Estamos llamados a vivir con compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás.

En la tradición judeocristiana, la compasión de Dios hacia su pueblo es incondicional (Isaías 54, 10). Para Jesús, la compasión era un sentimiento natural que lo movía constantemente hacia las personas con las que se encontraba: tuvo compasión de las multitudes que vagaban como ovejas sin pastor (Mateo 9, 35-38); se conmovió ante los dos ciegos a la orilla del camino, privados de participar plenamente en la vida (Mateo 20, 29-34).

La CNV nos ofrece herramientas para pensar, escuchar y hablar de manera que despierte la compasión y la generosidad que ya habitan en nosotros. Nos ayuda a interactuar de forma más auténtica, solidaria y vital. Pero el modo de pensar y de vivir que nos propone es radicalmente distinto del que hemos aprendido a lo largo de siglos de cultura y educación.

Cómo hemos vivido
Lejos de comunicarnos compasivamente con nosotros mismos y con los demás, solemos usar sin darnos cuenta una lengua ofensiva y violenta, que hiere y alimenta conflictos. La mayor parte de nuestras expresiones se apoyan en una lengua estática, centrada en el abuso del verbo “ser”, que utilizamos para juzgar, clasificar, diagnosticar y etiquetar a los demás. Tenemos el hábito de señalar defectos, de decir a los otros qué problema tienen y cómo deberían comportarse.

Nuestra lengua, desde tiempos remotos, ha fomentado conflictos internos y externos, guerras frías o abiertas, agresividad pasiva o explosiva. Vivimos en un mundo de dominadores y dominados, explotadores y explotados, y ni unos ni otros son felices. Quien promueve la guerra no vive en paz, pero tampoco quien la sufre; como dice el refrán: «Quien va a la guerra, da y recibe».

Fuimos educados en estructuras de poder en las que algunos se creen superiores y se arrogan el derecho de definir lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto. Los que obedecen sus reglas son considerados “buenos”, y los que se rebelan son “malos”. La justicia que se deriva de esta cosmovisión es retributiva: premios para los obedientes y castigos para los desobedientes. La CNV pone al descubierto la falacia de este modo de pensar, de hablar y de vivir.

Una lengua que etiqueta y condena
Son pocas las veces en que describimos lo que vemos sin juzgarlo. Nuestra cultura abusa del verbo “ser”: nos hemos acostumbrado a encasillar todo y a todos. Si alguien mató a un perro, lo llamamos “mata-perros”; si alguien miente, lo etiquetamos para siempre como “mentiroso”. Y así sucesivamente: egoísta, perezoso, cruel, orgulloso…

Este uso nos ata a una identidad fija, nos impide crecer y cambiar. Poco a poco, los ojos se nos nublan con los prejuicios, hasta que solo vemos lo que queremos ver y solo escuchamos lo que queremos escuchar.

Una lengua que niega la libertad y la responsabilidad
Frases como «Tengo que hacerlo» o «Es mi deber» nos convierten en esclavos de un deber impuesto, anulando nuestra capacidad de elección. Y cuando no elegimos, tampoco nos sentimos responsables de lo que hacemos.

Fue esta mentalidad la que permitió a muchos justificarse en los juicios tras el Holocausto: «Solo cumplía órdenes». Hoy repetimos la misma lógica al decir: «Son órdenes superiores, es la ley, es la política de la empresa».

Una lengua que intimida con castigos o seduce con premios
Cuando alguien actúa por miedo al castigo o por la expectativa de un premio, no lo hace desde la libertad ni desde la compasión. El resultado puede ser eficaz en apariencia, pero siempre deja un alto coste humano. La violencia engendra violencia. Y tanto el que obedece como el que ordena quedan empobrecidos, pues la relación se convierte en desigual y coercitiva.

El verdadero motor de la acción humana no debería ser ni el miedo ni la recompensa, sino la alegría de contribuir libremente al bien de los demás. Como dice otro proverbio: «Quien corre por gusto, no se cansa».

Vivir compasivamente
Lengua e inteligencia evolucionan unidas en la historia de la humanidad. No hay inteligencia sin lenguaje, ni lenguaje sin inteligencia. El niño aprende a hablar y, al mismo tiempo, es educado. Así también, si queremos cambiar de vida, necesitamos adoptar una lengua nueva que la sostenga.

La Comunicación No Violenta nos invita a aprender y practicar un nuevo modo de hablar y de pensar, que nos conduzca a una auténtica conversión (metanoia): un cambio de mentalidad que, a su vez, genera una transformación de vida.

Rosenberg descubrió que, más que analizar los problemas o interpretarlos, bastaba con enseñar a las personas a hablar y escuchar de manera distinta. Quienes aprendían esta nueva lengua experimentaban cambios profundos, resolviendo sus conflictos sin necesidad de largas terapias.

En el fondo de toda acción humana están las necesidades universales que todos compartimos. Reconocerlas y expresarlas puede ser el camino hacia una mayor conexión, cooperación y paz.

Conclusión - La Comunicación No Violenta no es solo una técnica de diálogo, sino un modo de vida que transforma nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. En clave cristiana, abre un camino hacia el Reino de Dios en la tierra: una civilización fundada en la compasión, la justicia y la paz.

P. Jorge Amaro, IMC


domingo, 1 de marzo de 2026

Una Prueba a tu cristianismo

No hay comentarios:


«Examinaos a vosotros mismos para ver si estáis en la fe; poneos a prueba.
» — 2 Corintios 13,5

Para todos los que nacimos en el seno de una familia cristiana y que nos consideramos cristianos —practicantes o no— es saludable hacer una revisión de nuestra fe. Al igual que un coche necesita revisiones periódicas para funcionar bien, también nuestra vida espiritual requiere análisis regulares. La rutina cotidiana tiende a adormecernos y a dejarnos tan inconscientes que acabamos por no saber lo que hacemos, ni, sobre todo, por qué lo hacemos.

“María va con las otras” — la presión social tiende a uniformar los comportamientos. Viviendo en países tradicionalmente cristianos, es fácil caer en el automatismo de actuar y pensar como los demás. Lo llaman “opinión pública”, que conduce a una práctica igualmente estandarizada. Este comportamiento de rebaño puede, en realidad, ser más anticristiano que cristiano.

Necesitamos detenernos y discernir si somos cristianos genuinos, cuestionando nuestra fe, nuestras acciones y, principalmente, nuestras motivaciones. San Pablo, en la segunda carta a los Corintios, recomienda justamente esa autoevaluación. No debemos dar por sentado nuestro cristianismo; para progresar en la fe y en la práctica cristiana, hemos de examinarnos y confrontarnos. Como decía Sócrates: "Una vida sin examen no merece ser vivida".

¿Alguna vez has sufrido por Cristo?
«Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros, me odió a mí.» Juan 15,18-20

El mundo —es decir, la sociedad que nos rodea— no es cristiano. Es más, cada vez se aleja más de los valores del Evangelio, volviéndose pagano y materialista. Quien se esfuerza por vivir según el Evangelio encontrará, tarde o temprano, oposición.

Si nunca has tenido ningún disgusto o resistencia a causa de tu fe, solo hay dos posibilidades: o bien la sociedad es perfectamente cristiana (lo cual, como sabemos, no es cierto), o tú no lo eres en realidad y te camuflas en el mundo como un camaleón en su hábitat.

Cristo dijo que debemos ser sal de la Tierra —la sal que impide la corrupción, pero que, al ponerse en una herida, hace daño. El cristiano que es verdaderamente sal inevitablemente causará incomodidad y, por ello, sufrirá. El cristiano también es luz que denuncia las tinieblas y sus tramas ocultas; y quien vive en las tinieblas intenta apagar cualquier luz que se encienda.

En los primeros cinco siglos del Cristianismo, ser cristiano y ser mártir eran casi sinónimos. Hoy, ¿cuántas injusticias, mentiras y corrupciones presenciamos en silencio? Cristo no fue crucificado solo por anunciar el Reino de Dios, sino por denunciar las hipocresías e injusticias de su tiempo.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia... bienaventurados los pacificadores... bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia...

La mitad de las bienaventuranzas apuntan a la tensión y al sufrimiento provocados por la fidelidad al Evangelio. El cristiano no es alguien que asiste pasivamente a las injusticias, sino quien las denuncia; no es un "alma de paz", sino un pacificador, alguien que entra en los conflictos y promueve la reconciliación —y eso, muchas veces, tiene un coste.

¿Qué has dejado tú para seguir a Cristo?
«Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué recibiremos, pues?” (...) “Todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mi causa, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.”» — Mateo 19,27-29

Cuando Jesús llamó a sus discípulos, lo dejaron todo: barcas, redes e incluso la familia. El joven rico, a pesar de cumplir todos los requisitos, rechazó la llamada de Jesús porque estaba demasiado apegado a sus posesiones.

Hoy, todos nos decimos discípulos de Cristo. Pero solo es discípulo quien, de hecho, ha dejado algo para seguirle. Si mi fe nunca me ha llevado a abandonar nada —hábitos, ambiciones, comportamientos o relaciones incompatibles con el Evangelio— entonces no soy verdaderamente discípulo. Nadie nace discípulo: uno se hace discípulo mediante decisiones concretas y renuncias reales.

Queremos “el sol en la era y la lluvia en el sembrado”. Intentamos conciliar lo inconciliable: deseamos seguir a Cristo, pero también todo lo que el mundo ofrece. Es el sincretismo del corazón dividido.

¿A quién haces la voluntad?
«Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, porque tú lo dices, echaré las redes.» Lucas 5,5

«El que recibe mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama.» — Juan 14,21

«No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino solo el que hace la voluntad de mi Padre.» — Mateo 7,21

Existe una diferencia entre lo que nos apetece hacer y lo que debemos hacer. Nuestra naturaleza, inclinada al egoísmo, prefiere el camino más fácil, pero la voluntad de Dios no siempre es cómoda —aunque, al final, siempre es liberadora. Hay alegría y paz en seguir la voluntad divina, incluso cuando nos cuesta. La tristeza llega cuando, cediendo a nuestros caprichos, nos alejamos de ella.

«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió.»
—dijo Jesús (Juan 4,34).

También nosotros fuimos creados para realizar un plan de Dios. Nuestra misión, nuestros dones y el verdadero sentido de la vida se encuentran en ese designio —y no en un proyecto hecho a nuestra medida.

“El Señor ha hecho maravillas en mí”
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»Marcos 8,29

Cristiano no es quien sabe mucho sobre Cristo, sino quien le ha conocido y experimentado como Salvador. El verdadero cristiano puede cantar, como María, el Magnificat, porque reconoce las maravillas que Dios ha hecho en su vida. Es alguien que responde con el corazón a la pregunta de Jesús: “Y tú, ¿quién dices que soy yo?”

Pilato llamó a Jesús “Rey de los Judíos”, pero solo porque lo oyó decir. Muchos hoy también “oyen decir” cosas sobre Cristo, pero nunca le han conocido de verdad. No le experimentan, no le aman, no le siguen. Saben algo de doctrina, pero no la viven —y por eso abandonan fácilmente la fe, la catequesis, la Iglesia. Y lo que es más grave: no transmiten a Cristo a sus hijos.

Psicoanálisis del católico practicante
«Tened cuidado de no practicar vuestras buenas obras delante de los hombres, para ser vistos por ellos.»Mateo 6,1

Jesús fue duro con los fariseos: rezaban, ayunaban y daban limosna —pero para ser vistos. Hacían buenas obras con malas intenciones. Por eso, ya recibieron su recompensa: la aprobación humana. Pero no tendrán recompensa junto al Padre.

Hoy, ese fariseísmo sigue presente en nuestras parroquias: personas que hacen las cosas para aparentar; ministros que solo quieren servir donde hay visibilidad; líderes que no sueltan cargos por apego al poder; sacerdotes que confunden la misión con su vanidad personal.

El síndrome del “déjà vu” — Al igual que quienes abusan de los antibióticos se vuelven resistentes a sus efectos, también quienes frecuentan excesivamente la Iglesia sin verdadera conversión corren el riesgo de volverse inmunes al Evangelio. Ya han escuchado tanto que ya no oyen nada. Y así, el remedio ya no cura, la Palabra ya no salva. Porque no hay otra Palabra con poder de vida eterna.

Conclusión - Si te dices cristiano, pero nunca has sufrido a causa del Evangelio, o bien el mundo es cristiano (lo cual no es cierto), o entonces tú no lo eres. El cristianismo no es una etiqueta, sino un camino que exige verdad, entrega y transformación.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 1 de febrero de 2026

Murallas & Libros

No hay comentarios:

 


(...) Todo el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza (...) Esdras leía el libro desde la mañana hasta la tarde, y todo el pueblo escuchaba atentamente la lectura del libro y lloraba al oír las palabras de la ley Nehemías 8, 1, 3, 9

En el mundo antiguo y medieval, la identidad de un pueblo, su forma de ser y de existir, su carácter, su lengua, su cosmovisión y su idiosincrasia eran defendidos y preservados por muros y construidos por libros, epopeyas, obras literarias. En el mundo todavía hay muchas ciudades fortificadas, como Avila y Marvão, castillos y murallas como la que divide Inglaterra de Escocia, construida por los romanos; y la famosa Gran Muralla China, de miles de kilómetros de largo, que divide a China en dos.

Las paredes también pueden entenderse en sentido figurado. Los gitanos no tienen patria ni lengua propia, viven dispersos en prácticamente todos los países del mundo occidental y, sin embargo, no se mezclan y se distinguen fácilmente por su forma de vestir, sus usos, costumbres y tradiciones.

Lo que verdaderamente crea un pueblo es una obra literaria. El pueblo judío es impensable sin la Torá, sin los libros de la ley y los profetas. Lo que define y caracteriza al pueblo griego son la Ilíada y la Odisea de Homero; el ex libris del pueblo italiano es la Divina Comedia de Dante Alighieri; lo que define el carácter del pueblo español es el Quijote de la Mancha, de Cervantes; el alma rusa se encuentra en Dostoievski, en su libro Los hermanos Karamazov. 

El alma inglesa está representada por Shakespeare y, finalmente, el alma portuguesa o lusitana está en los Lusiadas de Camões. El alma de Colombia o de todo el pueblo latino americano es representada en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. 

El día de Portugal y de las comunidades de habla portuguesa no es el día del rey Dom Alfonso Henríquez, el primer rey de Portugal y el que tuvo el reinado más largo de nuestra historia, 57 años. El día de Portugal es el día de Camões, porque nuestra nacionalidad, más que el golpe de la espada nació con el trazo de la pluma, de la pluma de Camões. 

Para el rey Dom Alfonso Henríquez, Portugal eran sus tierras, sus dominios. Fue Camões quien creó la nacionalidad; que nos dio una prehistoria de las hazañas de los lusitanos, que describió nuestro carácter y nuestra historia durante la gran epopeya de nuestra nación hasta el descubrimiento de la ruta marítima a la India. Y fue fiel a las raíces de nuestra lengua, escribiendo en verso, al estilo de las cantigas de amigo cantadas en gallegoportugués por los trovadores del Camino de Santiago. 

Si reuniera a un grupo de emigrantes portugueses, obligados a vivir en una tierra extranjera por las vicisitudes de la vida, y les recitara: "Las armas y los barones señalaron que, desde la playa lusitana occidental, por mares nunca antes navegados..." ciertamente llorarían cuando fueran tocados en lo más profundo de su ser, como lloraron los judíos desde el exilio babilónico cuando escucharon a Esdras recitar el libro de la Ley del Señor. 

¿Dónde está nuestra identidad, qué nos define como católicos? Dejamos de rezar el rosario en familia para ver telenovelas; la familia que reza unida permanece unida; Nuestra tasa de divorcios es la más alta del mundo, superando el 70%. 

No vamos a misa los domingos y nos excusamos con el repetido estribillo "los que van allí son los peores"; hemos creado el anacronismo de "católico no practicante", como si un pianista pudiera ser un pianista no practicante; O un científico podría serlo solo de nombre. Los únicos que se bendicen son los futbolistas al entrar y salir del campo. 

El Maestro nos dijo que fuéramos sal de la tierra, pero ahora lo que somos es tierra; para que seamos la luz del mundo para que los hombres, al ver nuestras buenas obras, glorifiquen a Dios, pero nosotros somos el mundo, no la luz; que fuimos la levadura de la masa, pero es masa lo que somos; café sin cafeína, tabaco sin nicotina, cerveza sin alcohol, en fin, lavada 

Ojalá estuviéramos con los gitanos o los judíos, que, al tener una identidad fuerte, logran sobrevivir en la cultura más adversa.

Conclusión – Al igual que Don quijote de La Mancha para España, existen obras literarias que resumen en sí mismas la idiosincrasia de un pueblo. Los libros crean una identidad cultural, los muros la defienden. 

jueves, 15 de enero de 2026

Dios y César

No hay comentarios:


“Maestro, dinos tu parecer: ¿Es lícito o no pagar el impuesto al César?” Pero Jesús, conociendo su malicia, respondió: “¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del impuesto.” Ellos le presentaron un denario. Les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” “Del César” – respondieron. Entonces les dijo: “Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.” (Mateo 22, 17-21)

El dinero es del César, nosotros somos de Dios
En tiempos de Jesús, para muchos judíos pagar impuestos al César era casi un acto de apostasía, pues implicaba reconocer al César, y no a Dios, como Señor. Sin embargo, Jesús, en lugar de tomar partido en un conflicto político, eleva la discusión y, al mismo tiempo, da una lección atemporal.

Pide la moneda del tributo, que le es entregada. Era una moneda romana con la imagen del César grabada. Entonces fue fácil para Jesús decir: “Dad al César lo que es del César”, pues la moneda pertenece a quien la acuñó. Pero no se detiene ahí. Añade: “…y a Dios lo que es de Dios.” Es decir, así como la moneda lleva grabada la imagen del César, el ser humano lleva en sí la imagen de Dios, porque fue creado a su imagen y semejanza. Por tanto, lo que pertenece a Dios somos nosotros mismos: nuestra vida, nuestra conciencia, nuestra libertad y nuestro amor.

Separación entre Iglesia y Estado
A diferencia de algunas grandes religiones, el cristianismo nunca impuso al Estado ni a la sociedad un derecho revelado ni un ordenamiento jurídico derivado de la fe. Como afirmó Benedicto XVI, la Iglesia siempre ha apelado a la razón y a la naturaleza como verdaderas fuentes del derecho.

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” significa que hay deberes distintos: con Dios y con el Estado. Simplificando sin caer en el simplismo: el Estado gobierna el cuerpo, Dios gobierna el alma.

Cuando Dios dijo: “Creced y multiplicaos y dominad la tierra” (Génesis 1,22), concedió al ser humano autonomía y responsabilidad sobre la creación. Dios no delegó a los profetas ni a su Hijo la revelación de sistemas políticos ni técnicas de gobierno. La revelación divina siempre nos ha orientado hacia el amor, la justicia, la paz y el entendimiento entre los pueblos, así como hacia la amistad con Él.

Existe, por tanto, una legítima distinción entre lo temporal y lo espiritual. Los gobernantes elaboran leyes, cobran impuestos y organizan la sociedad – y deben ser respetados en la medida en que actúen con justicia. La Iglesia no prescribe soluciones técnicas ni programas políticos concretos. Como subrayó Benedicto XVI, el cristianismo nunca ha derivado leyes civiles del Evangelio. No existe en el cristianismo un equivalente a la Sharía, el sistema legal islámico extraído directamente del Corán y que regula la vida política, moral y social en ciertos países.

El derecho romano, que ha influido profundamente en los sistemas jurídicos occidentales, se inspiró en la filosofía griega, no en la revelación bíblica. La misión de la Iglesia es otra: iluminar la conciencia humana, promoviendo valores como la justicia, la paz, la caridad y el bien común.

El llamado cesaropapismo de la Edad Media, así como sus reinterpretaciones en los regímenes fascistas europeos o latinoamericanos del siglo XX, nunca fueron una versión cristiana de la Sharía. Fueron más bien trágicas mezclas de intereses políticos y religiosos, en busca de un poder absoluto, alejadas del Evangelio.

Reino de Dios y Reino de los hombres
Jesús dijo a Pilato: «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no fuera entregado a las autoridades judías; pero mi reino no es de aquí.» (Juan 18,36)
Jesús deja claro que no vino a instaurar un poder político. Si su Reino fuera de este mundo, habría movilizado ejércitos. Pero no lo hizo: su Reino es espiritual y su fuerza es el amor. Jesús no vino a gobernar como los reyes de la tierra, sino a transformar los corazones.

Durante la campaña del referéndum sobre el aborto, algunos políticos afirmaron que la Iglesia no debía meterse en política. Es cierto que la Iglesia no debe inmiscuirse en la política partidaria ni en el gobierno rutinario de la “Polis”. No debe recomendar partidos ni candidatos, pues ninguno representa íntegramente el Evangelio.

Pero la Iglesia tiene el deber de ser una voz profética. Debe hablar en nombre de los pobres, de los oprimidos, de los excluidos – porque todos los sistemas políticos, incluso los democráticos, generan víctimas. La Iglesia debe ser referente de justicia, de paz, de solidaridad. Como Jesús, debe denunciar el pecado y anunciar la verdad.

Al rezar “Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, el cristiano desea que el Reino de Dios se manifieste ya en este mundo. Y eso ocurre siempre que alguien promueve la justicia, la paz, el perdón y el amor.

Salomón: ejemplo de un rey guiado por Dios
“Concede a tu siervo un corazón dócil, para saber administrar justicia a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal” (1 Reyes 3,9)

Salomón, en la víspera de su coronación, no pidió riquezas, ni victorias sobre sus enemigos, ni larga vida – como hacen los políticos de todos los tiempos. Pidió sabiduría y humildad. Salomón gobernaba Israel, pero era Dios quien gobernaba a Salomón.

Dios y la política
El Reino de Dios no es un sistema rival del reino de los hombres. Actúa como la levadura en la masa. Opera dentro de la historia, a través de hombres y mujeres que hacen el bien, que luchan por un mundo más justo y fraterno. Y, como el Espíritu sopla donde quiere, los ciudadanos del Reino de Dios no son solo los cristianos, sino todos los hombres de buena voluntad.

Isaías (45,1.4-6) llama “ungido del Señor” a Ciro, rey de Persia, aunque este era pagano, porque realizó la voluntad de Dios. Esto muestra que Dios puede inspirar a quien Él quiera – incluso fuera de las fronteras visibles de la fe.

Todo pertenece a Dios – incluido el César
En los tiempos antiguos, el gobierno del pueblo de Israel antes de los reyes se basaba en la idea de que todo pertenece a Dios. En efecto, Dios es el Creador de todo. Pero eso no significa que deba intervenir directamente en los detalles de la política o de la economía de cada nación.

Porque es trascendente, Dios no se impone en los detalles. Porque es inmanente, actúa dentro de cada conciencia. Él inspira a los legisladores y gobernantes para que promulguen leyes justas, que promuevan la paz, la concordia y el bien común.

Dios no escribió directamente la Biblia – inspiró a los autores sagrados. Del mismo modo, Dios no dicta leyes civiles, pero sopla en el corazón de quienes tienen responsabilidades, para que actúen con sabiduría, justicia y honestidad.

Conclusión - La moneda pertenece a quien lleva su imagen grabada. Por eso, “Dad al César lo que es del César.” Pero nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso, “Dad a Dios lo que es de Dios.” 

P. Jorge Amaro, IMC

jueves, 1 de enero de 2026

Todo es relativo

No hay comentarios:

A lo largo de la historia del pensamiento, muchos han intentado simplificar y sintetizar la complejidad de la realidad en un único concepto. Así, vino Moisés y dijo: “La Ley lo es todo”; vino Jesús y afirmó: “El Amor lo es todo”; después, Karl Marx declaró: “El Capital lo es todo”; Freud sostuvo: “El Sexo lo es todo”; Adler añadió: “El Poder lo es todo”. Por último, vino Einstein y mandó todo al diablo, proclamando: “Todo es relativo”. (Anónimo)

La falacia del relativismo absoluto
La afirmación de que “todo es relativo” no solo relativiza lo absoluto, sino que también absolutiza lo relativo. Es decir, “todo es relativo” se convierte, irónicamente, en una nueva forma de absoluto.

Decir que “todo es relativo” implica que nada es absoluto; sin embargo, si el concepto de absoluto no existiera, tampoco existiría el de relativo —pues ambos se definen en oposición. El concepto de “relativo” solo tiene sentido si hay algo que no lo es. Por tanto, es lógico concluir que existen realidades absolutas y realidades relativas.

“Todo es relativo” es una generalización. Y todas las frases que contienen términos como “todo”, “nada”, “siempre”, “nunca” o “jamás” tienden a la generalización abusiva. En efecto, no hay nada más falso que una generalización totalizadora —ya sea en el tiempo, al afirmar que algo ha ocurrido siempre a lo largo de la historia de la humanidad; o en el espacio, al decir que ocurrió en todos los lugares y culturas.

Estas expresiones se utilizan con frecuencia para simplificar la realidad. Sin embargo, esta es mucho más compleja de lo que parece. A diferencia de la física mecanicista de Newton, la física cuántica nos muestra que los fenómenos no ocurren siempre del mismo modo. Se habla, en cambio, de probabilidades estadísticas. Es decir, incluso en la ciencia, no todo es absoluto.

El relativismo moral
Es en el ámbito de la moral donde esta falacia —“todo es relativo”— ha sido más utilizada y de manera más abusiva. El relativismo moral desorienta especialmente a los jóvenes. Al afirmar que todo es relativo, el individuo se coloca como medida de todas las cosas, rechazando cualquier instancia por encima o más allá de sí mismo.

Ya no es el Hombre (con mayúscula) la medida de todas las cosas, como decía Protágoras, sino el individuo aislado. Ahora bien, una sociedad en la que cada persona se considera el único criterio de verdad y valor está condenada a la fragmentación —como la torre de Babel. Un mínimo de consenso es esencial para la convivencia humana.

El ser humano es al mismo tiempo individual y social. La libertad es una condición fundamental para la individualidad y debe ser promovida; pero la igualdad es una condición indispensable para la paz social y, por tanto, debe ser cultivada. Una sociedad con grandes desigualdades solo puede mantenerse mediante dictaduras, ejércitos y represión. Pero ninguna dictadura dura para siempre.

Es cierto que los valores humanos pueden presentar matices culturales, históricos e incluso personales. Sin embargo, un mínimo de objetividad es imprescindible. Véase, por ejemplo, el lenguaje: si el significado de las palabras fuera puramente relativo, la comunicación entre las personas sería imposible.

Debe existir, por tanto, un criterio por el cual se pueda discernir si una conducta es correcta o incorrecta, adecuada o inadecuada. Eliminar ese criterio es abrir la puerta a la anarquía, que, como nos enseña la historia, conduce con frecuencia a la tiranía.

Y aún más: ¿por qué razón el relativismo moral se invoca casi siempre para justificar ciertos comportamientos, pero rara vez se utiliza para condenar? ¿Será porque sirve más para exculpar que para responsabilizar?

La naturaleza de los valores humanos
De forma acrítica e irónica, muchos han aceptado el “todo es relativo” como si fuera una verdad absoluta. Ante este eslogan tan difundido, se hace difícil comunicar verdades firmes e inmutables, como los valores humanos.

Los valores humanos no cambian, porque están enraizados en la naturaleza humana, que tampoco cambia. Valores como la justicia, la paz, la generosidad, la solidaridad, la fraternidad y el amor se mantienen inalterables a lo largo de los siglos y milenios. Lo que era amor en tiempos de Jacob y Raquel, fue amor en tiempos de Marco Antonio y Cleopatra, y en los tiempos de Romeo y Julieta —y seguirá siéndolo dentro de mil años.

La forma en que vivimos estos valores no altera su validez. El hecho de que ciertas personas dejen de practicarlos no los vuelve obsoletos. Los valores humanos expresan la esencia del ser humano en el aquí y el ahora; y como esa esencia es constante, también lo son los valores.

En el conocido cuento de Esopo, La zorra y las uvas, la zorra, incapaz de alcanzar las uvas, declara que están verdes. Algo similar ocurre hoy con los valores humanos: incapaz de practicarlos —por falta de voluntad, esfuerzo o sacrificio— el ser humano moderno prefiere relativizarlos, declararlos pasados de moda, para evitar el peso de la conciencia o de la autocrítica.

Einstein y los absolutos de la ciencia
Para Albert Einstein, no todo es relativo. La velocidad de la luz, por ejemplo, es una constante universal e insuperable por cualquier cuerpo físico. Se trata de una verdad absoluta en el ámbito de la física. Ni siquiera la teoría de la relatividad sostiene que todo sea relativo —solo que las mediciones del espacio y del tiempo varían según el sistema de referencia.

La coexistencia de lo absoluto y lo relativo
La vida del otro es, para mí, un valor absoluto. Mi propia vida también lo es, en la medida en que no tengo derecho a ponerle fin arbitrariamente. Pero esa vida se vuelve relativa cuando se compara con valores mayores —como la justicia, la paz o el amor— por los cuales, si fuera necesario, estaría dispuesto a morir.

Nuestra vida (nuestro tiempo y energía) solo encuentra sentido cuando se dedica al cultivo de valores humanos —desde los más elevados, como la justicia y el amor, hasta otros más expresivos como el arte o la música. Por esos valores, sobre todo por los primeros, muchos estarían dispuestos a dar la vida.

Decía Camões: “Otros valores más altos se levantan”. Los valores no están en contradicción entre sí, sino que se articulan en una jerarquía. La vida, el amor, la paz y la justicia están por encima de la pintura, la música o la literatura. Como nos recuerda el Evangelio, el amor a Dios está incluso por encima del amor a los padres o a cualquier otra realidad terrena.

La inmutabilidad de la naturaleza humana
La naturaleza humana no cambia ni en el tiempo (de generación en generación), ni en el espacio (de cultura en cultura). ¿Por qué ha habido sociedades sin ciencia ni tecnología, pero nunca sociedades sin religión? Porque el sentimiento religioso forma parte de la naturaleza humana.

Este sentimiento se manifestó de formas semejantes en civilizaciones que nunca tuvieron contacto entre sí. En el Creciente Fértil y en la América precolombina, por ejemplo, se construyeron pirámides y se realizaron sacrificios humanos. Estos paralelismos no se explican solo por coincidencia o necesidad, sino sobre todo porque el ser humano es esencialmente el mismo en todas partes.

Existen múltiples culturas y civilizaciones, con diferencias motivadas por la geografía, el clima o los recursos disponibles. Pero esas diferencias son superficiales. Solo existe un modelo de desarrollo humano —el que culminó en la civilización occidental, responsable de la invención de la rueda, la escritura, la pólvora, la electricidad, la radio, la televisión, el ordenador, internet, el teléfono móvil, entre otros.

Del mismo modo, no hay alternativa a Jesús como camino, verdad y vida. Jesús es el único modelo de humanidad vivido en plenitud, el único que realizó completamente el potencial humano —moral, espiritual y existencial.

Conclusión - El eslogan popular “todo es relativo” termina siendo una contradictio in terminis, pues relativiza lo absoluto y absolutiza lo relativo. La realidad humana, cultural, moral y espiritual está hecha de matices, sí, pero se apoya en fundamentos que no pueden relativizarse sin consecuencias graves. Reconocer esta tensión entre lo absoluto y lo relativo es un paso esencial para comprender la verdad —y para vivir en paz con los demás y con nosotros mismos.

P. Jorge Amaro, IMC