jueves, 1 de enero de 2026

Todo es relativo

A lo largo de la historia del pensamiento, muchos han intentado simplificar y sintetizar la complejidad de la realidad en un único concepto. Así, vino Moisés y dijo: “La Ley lo es todo”; vino Jesús y afirmó: “El Amor lo es todo”; después, Karl Marx declaró: “El Capital lo es todo”; Freud sostuvo: “El Sexo lo es todo”; Adler añadió: “El Poder lo es todo”. Por último, vino Einstein y mandó todo al diablo, proclamando: “Todo es relativo”. (Anónimo)

La falacia del relativismo absoluto
La afirmación de que “todo es relativo” no solo relativiza lo absoluto, sino que también absolutiza lo relativo. Es decir, “todo es relativo” se convierte, irónicamente, en una nueva forma de absoluto.

Decir que “todo es relativo” implica que nada es absoluto; sin embargo, si el concepto de absoluto no existiera, tampoco existiría el de relativo —pues ambos se definen en oposición. El concepto de “relativo” solo tiene sentido si hay algo que no lo es. Por tanto, es lógico concluir que existen realidades absolutas y realidades relativas.

“Todo es relativo” es una generalización. Y todas las frases que contienen términos como “todo”, “nada”, “siempre”, “nunca” o “jamás” tienden a la generalización abusiva. En efecto, no hay nada más falso que una generalización totalizadora —ya sea en el tiempo, al afirmar que algo ha ocurrido siempre a lo largo de la historia de la humanidad; o en el espacio, al decir que ocurrió en todos los lugares y culturas.

Estas expresiones se utilizan con frecuencia para simplificar la realidad. Sin embargo, esta es mucho más compleja de lo que parece. A diferencia de la física mecanicista de Newton, la física cuántica nos muestra que los fenómenos no ocurren siempre del mismo modo. Se habla, en cambio, de probabilidades estadísticas. Es decir, incluso en la ciencia, no todo es absoluto.

El relativismo moral
Es en el ámbito de la moral donde esta falacia —“todo es relativo”— ha sido más utilizada y de manera más abusiva. El relativismo moral desorienta especialmente a los jóvenes. Al afirmar que todo es relativo, el individuo se coloca como medida de todas las cosas, rechazando cualquier instancia por encima o más allá de sí mismo.

Ya no es el Hombre (con mayúscula) la medida de todas las cosas, como decía Protágoras, sino el individuo aislado. Ahora bien, una sociedad en la que cada persona se considera el único criterio de verdad y valor está condenada a la fragmentación —como la torre de Babel. Un mínimo de consenso es esencial para la convivencia humana.

El ser humano es al mismo tiempo individual y social. La libertad es una condición fundamental para la individualidad y debe ser promovida; pero la igualdad es una condición indispensable para la paz social y, por tanto, debe ser cultivada. Una sociedad con grandes desigualdades solo puede mantenerse mediante dictaduras, ejércitos y represión. Pero ninguna dictadura dura para siempre.

Es cierto que los valores humanos pueden presentar matices culturales, históricos e incluso personales. Sin embargo, un mínimo de objetividad es imprescindible. Véase, por ejemplo, el lenguaje: si el significado de las palabras fuera puramente relativo, la comunicación entre las personas sería imposible.

Debe existir, por tanto, un criterio por el cual se pueda discernir si una conducta es correcta o incorrecta, adecuada o inadecuada. Eliminar ese criterio es abrir la puerta a la anarquía, que, como nos enseña la historia, conduce con frecuencia a la tiranía.

Y aún más: ¿por qué razón el relativismo moral se invoca casi siempre para justificar ciertos comportamientos, pero rara vez se utiliza para condenar? ¿Será porque sirve más para exculpar que para responsabilizar?

La naturaleza de los valores humanos
De forma acrítica e irónica, muchos han aceptado el “todo es relativo” como si fuera una verdad absoluta. Ante este eslogan tan difundido, se hace difícil comunicar verdades firmes e inmutables, como los valores humanos.

Los valores humanos no cambian, porque están enraizados en la naturaleza humana, que tampoco cambia. Valores como la justicia, la paz, la generosidad, la solidaridad, la fraternidad y el amor se mantienen inalterables a lo largo de los siglos y milenios. Lo que era amor en tiempos de Jacob y Raquel, fue amor en tiempos de Marco Antonio y Cleopatra, y en los tiempos de Romeo y Julieta —y seguirá siéndolo dentro de mil años.

La forma en que vivimos estos valores no altera su validez. El hecho de que ciertas personas dejen de practicarlos no los vuelve obsoletos. Los valores humanos expresan la esencia del ser humano en el aquí y el ahora; y como esa esencia es constante, también lo son los valores.

En el conocido cuento de Esopo, La zorra y las uvas, la zorra, incapaz de alcanzar las uvas, declara que están verdes. Algo similar ocurre hoy con los valores humanos: incapaz de practicarlos —por falta de voluntad, esfuerzo o sacrificio— el ser humano moderno prefiere relativizarlos, declararlos pasados de moda, para evitar el peso de la conciencia o de la autocrítica.

Einstein y los absolutos de la ciencia
Para Albert Einstein, no todo es relativo. La velocidad de la luz, por ejemplo, es una constante universal e insuperable por cualquier cuerpo físico. Se trata de una verdad absoluta en el ámbito de la física. Ni siquiera la teoría de la relatividad sostiene que todo sea relativo —solo que las mediciones del espacio y del tiempo varían según el sistema de referencia.

La coexistencia de lo absoluto y lo relativo
La vida del otro es, para mí, un valor absoluto. Mi propia vida también lo es, en la medida en que no tengo derecho a ponerle fin arbitrariamente. Pero esa vida se vuelve relativa cuando se compara con valores mayores —como la justicia, la paz o el amor— por los cuales, si fuera necesario, estaría dispuesto a morir.

Nuestra vida (nuestro tiempo y energía) solo encuentra sentido cuando se dedica al cultivo de valores humanos —desde los más elevados, como la justicia y el amor, hasta otros más expresivos como el arte o la música. Por esos valores, sobre todo por los primeros, muchos estarían dispuestos a dar la vida.

Decía Camões: “Otros valores más altos se levantan”. Los valores no están en contradicción entre sí, sino que se articulan en una jerarquía. La vida, el amor, la paz y la justicia están por encima de la pintura, la música o la literatura. Como nos recuerda el Evangelio, el amor a Dios está incluso por encima del amor a los padres o a cualquier otra realidad terrena.

La inmutabilidad de la naturaleza humana
La naturaleza humana no cambia ni en el tiempo (de generación en generación), ni en el espacio (de cultura en cultura). ¿Por qué ha habido sociedades sin ciencia ni tecnología, pero nunca sociedades sin religión? Porque el sentimiento religioso forma parte de la naturaleza humana.

Este sentimiento se manifestó de formas semejantes en civilizaciones que nunca tuvieron contacto entre sí. En el Creciente Fértil y en la América precolombina, por ejemplo, se construyeron pirámides y se realizaron sacrificios humanos. Estos paralelismos no se explican solo por coincidencia o necesidad, sino sobre todo porque el ser humano es esencialmente el mismo en todas partes.

Existen múltiples culturas y civilizaciones, con diferencias motivadas por la geografía, el clima o los recursos disponibles. Pero esas diferencias son superficiales. Solo existe un modelo de desarrollo humano —el que culminó en la civilización occidental, responsable de la invención de la rueda, la escritura, la pólvora, la electricidad, la radio, la televisión, el ordenador, internet, el teléfono móvil, entre otros.

Del mismo modo, no hay alternativa a Jesús como camino, verdad y vida. Jesús es el único modelo de humanidad vivido en plenitud, el único que realizó completamente el potencial humano —moral, espiritual y existencial.

Conclusión - El eslogan popular “todo es relativo” termina siendo una contradictio in terminis, pues relativiza lo absoluto y absolutiza lo relativo. La realidad humana, cultural, moral y espiritual está hecha de matices, sí, pero se apoya en fundamentos que no pueden relativizarse sin consecuencias graves. Reconocer esta tensión entre lo absoluto y lo relativo es un paso esencial para comprender la verdad —y para vivir en paz con los demás y con nosotros mismos.

P. Jorge Amaro, IMC

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