viernes, 2 de agosto de 2013

Experiencia - Salud - Metanoia

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Al entrar en la casa de Pedro, Jesús vio que la suegra de Pedro estaba acostada en su cama con fiebre. Le tocó la mano y la fiebre la abandonó. Y ella se levantó y comenzó a servirle. Mateo 8:14-15

El testimonio cualificado de los cristianos auténticos nos sitúa ante la elección de la fe. Es solo cuando elegimos creer
que estamos preparados para tener una experiencia de Cristo, quien nos dará la certeza de que nuestra fe no es en vano (1 Co 15:17) y que Él está vivo y activo en nuestras vidas.

Experiencia personal de Cristo
Ya no es por tus palabras que creemos; nosotros mismos oímos y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo. Juan 4, 42

Nunca dejó de sorprenderme que Pablo, el mayor divulgador de la fe en Cristo en los tiempos apostólicos, no fuera técnicamente un apóstol, porque no era uno de los doce; ni siquiera podría haber sustituido a Judas en el colegio apostólico, como podría hacerlo Matías, porque no cumplía los requisitos: no era de los que acompañaron a Jesús desde el bautismo de Juan hasta la Ascensión (Hch 1,21-22).

Aunque fue contemporáneo de Jesús, no lo conoció personalmente, por lo que técnicamente no podía decir, como los otros apóstoles, “lo que vimos y oímos y nuestras manos lo tocaron, te lo anunciamos...” (1 Juan 1:1-3) Pablo, sin embargo, habla de su experiencia de Cristo con un realismo de ninguna manera inferior a aquellos que vio, oyó y tocó (Gálatas 1:11-19).

Es sólo el primero de muchos otros que, a lo largo de 2000 mil años, en todos los continentes, en innumerables idiomas y en el contexto de las más variadas culturas, han tenido una experiencia personal tan real de Cristo que han cambiado radicalmente su vida hasta el punto de estar dispuestos a dar su vida por él.

Lo prueban los miles de mártires que han testimoniado con su sangre su experiencia íntima, personal y amorosa con Cristo. Este solo hecho sería prueba suficiente de que Jesús de Nazaret fue y es una realidad que vivió, murió, resucitó y está vivo. De hecho, nunca tantos se han equivocado tanto.

Salud
Desde los bancos de la catequesis sabemos que Cristo vino al mundo para salvarnos, murió y resucitó para nuestra salvación. Si le preguntas a la mayoría de los cristianos qué significa la salvación o qué dice, te dirán que es para librarse del infierno e ir al cielo. "Salvación" es una palabra tan gastada que la gente ya la oye sin decirles nada.

En latín, la salvación es salus; y salus no significa, principalmente, salvación, sino salud y también seguridad y bienestar en general. Cristo no es sólo salvación para la segunda etapa de nuestra vida, "el cielo puede esperar", es también nuestra salud, la del cuerpo y del alma, aquí y ahora; nuestra seguridad, la única seguridad verdadera en un mundo en constante cambio; es también nuestro bienestar, nuestra alegría y felicidad.

Jesús no solo se preocupaba por la salvación del alma, sino por la salud en general; por eso sanó a los ciegos, a los cojos y a los sordomudos; perdonó los pecados, y alimentó a las multitudes con pan y pescado; y así como el vino en la Biblia a menudo tiene el significado de alegría, también convirtió sus vidas acuosas y tristes en vidas embriagadoras de alegría.

En el evangelio, todos los que han conocido a Cristo, todos los que se han relacionado con Él, se han sentido salvos, sanados, alimentados, sus pecados perdonados y han encontrado seguridad, gozo y bienestar.

Metanoia
La suegra de Pedro, el cojo, el ciego, el sordomudo, los leprosos y los endemoniados, encontraron salud física y mental; el pecador que derramó lágrimas a los pies de Jesús, la mujer sorprendida en adulterio esperando ser castigada, Zaqueo y el hijo pródigo encontraron la salud moral y espiritual.

La mujer samaritana se liberó de su obsesivo y adictivo ir y venir al pozo y encontró la libertad y la autonomía de un agua que brota de su interior. Los 5000 encontraron la saciedad y los invitados de Caná, alegría en el buen vino y en la convivencia; el buen ladrón, en la hora de la muerte, encontró la salvación eterna. Ayer, hoy y mañana, nadie encuentra a Cristo sin experimentar un cambio radical en su vida.
 
La palabra griega metanoia significa cambio de mente, cambiar la forma de pensar o simplemente cambiar de idea, como diríamos coloquialmente. Como son las ideas e ideologías las que inspiran nuestro comportamiento cotidiano, cambiar de opinión significa cambiar de vida.

Existe una terapia psicológica que se basa en esta intuición, la TREC (Terapia Racional Emotiva Conductual). Según esta teoría, casi todas las emociones y comportamientos son el resultado de lo que las personas piensan, creen y asumen como verdad sobre sí mismas, los demás o el mundo en general. Si estas creencias son irracionales, los sentimientos y comportamientos serán inapropiados. El trabajo del terapeuta es confrontar estas creencias con la razón para destruirlas.

Al confrontar nuestra forma de pensar con el Evangelio, adquirimos la forma de pensar de Jesús y con el tiempo comenzamos a actuar, encarnar e incorporar el Evangelio con miras a poder decir un día con San Pablo: "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí". (Gálatas 2:20.)

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)



lunes, 1 de julio de 2013

De la Fe a la Experiencia

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En busca de su identidad, un muñeco de sal viajó miles de kilómetros hasta que se topó con el mar. Fascinado por algo que nunca había visto, preguntó:
-    ¿Quién eres?
-    "Yo soy el mar", respondió.
-    No entiendo cómo puedo llegar a conocerte.
-    Acércate, tócame. Tan pronto como el hombre de sal puso un pie en el agua, pronto se quedó sin él.
-    ¿Qué has hecho, mar? ¡Me has cortado el pie!
-    Para conocerme tienes que implicarte, dar algo de ti. Y cuanto más te des, más me conocerás y te conocerás a ti mismo.
El muñeco de sal se adentró más en el mar hasta que una ola lo absorbió y solo tuvo tiempo de decir: “El mar soy yo”.


 (...) lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y tocado con respecto a la Palabra de Vida, porque la Vida ha sido revelada; la hemos visto, damos testimonio de ella... lo que hemos visto y oído, esto os anunciamos, 1 Juan 1:1-3.

El testimonio puede ser más o menos plausible o creíble, pero siempre es un testimonio y no una prueba científica. Los destinatarios, es decir, los que lo presencian, nunca estarán totalmente convencidos de lo que aceptar, de lo que creer. Tener fe siempre será una opción.

Entonces, y sólo después de haber dado un paso en la oscuridad, se hace la luz; abres la puerta y comienzas a ver, tocar y sentir, a tener experiencia. No se trata, por tanto, de "Ver para creer", como se dice popularmente, sino de "Creer para ver". Los que vienen ya no necesitan creer, pero los que creen, los que se arriesgan a tener fe después de haber tenido de alguna manera la experiencia y la confirmación de que valió la pena, no han sido defraudados.

"Fides Quaerens Intellectum" decía San Anselmo o "Credo ut intelligam". La fe precede, motiva y busca el conocimiento y no al contrario. Creo para entender; es la fe la puerta de entrada a un nuevo conocimiento y a una nueva forma de conocer. A aquellos que por elección no dan este paso les está vetado este conocimiento. Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes y las has revelado a los niños. (Lucas 10:21.)

Las cosas se conocen y luego nos gustan o no nos gustan; con las personas y con Dios es todo lo contrario; el amor precede al conocimiento. Primero se ama y solo después se conoce, porque amar es involucrarse con el otro; cuanto más amor más conocimiento y viceversa. Cualquiera que quiera conocernos sin darse a conocer es malintencionado. Es contra esto que dice la frase popular: Que nadie descubra su pecho/ por grande que sea el dolor/ porque quien descubre su pecho/ de sí mismo es un traidor.

Cuando era niño, después de vibrar con las liturgias de la Semana Santa, especialmente con el Triduo Pascual, me aburría con la idea de Jesús resucitado; pensaba que debía manifestarse vivo a Anás y Caifás, a Pilato y Herodes, y a todos los que gritaban: "Crucifícalo”, para hacer patente su error. Solo más tarde, me di cuenta de que Jesús solo se apareció, solo se reveló, a aquellos que lo amaban, comenzando por aquellos que más lo amaban: María Magdalena y sus discípulos.

La fe es la puerta, es el camino, es el proceso que lleva a tener una experiencia de Dios y también a tener una experiencia con los hombres. Una vez que tenemos esa experiencia, ya no la necesitamos. La fe es el cohete que, venciendo la poderosa fuerza de la gravedad, es decir, la razón, nos coloca en la órbita de Dios; una vez en órbita, es su atracción gravitacional la que nos mueve y no necesitamos más cohetes.

Aquel día el maestro simplemente dijo: "No hago nada más que estar sentado en la orilla a venderos agua del río; la compráis porque no veis el río, pero el día que la veáis ya no necesitaréis comprarla".

La predicación del misionero despierta la fe. Nos pone en el tren que, naturalmente, si no lo descarrilamos, nos lleva a un conocimiento de Dios en la persona de Cristo y a mantener una íntima relación de amor con él. Una vez que llegan aquí, sobran la predicación y la fe. De esta experiencia de haber visto y vivido con Cristo muerto y resucitado hablan los Apóstoles, no de su fe. (1 Juan 1:1-4).

Karl Rahner, por otro lado, dice que el cristiano del futuro es un místico o no es un cristiano. Uno no es cristiano porque haya escuchado la palabra de Cristo, ni siquiera porque practique su doctrina; se es cristiano cuando se vive en íntima unión simbiótica con Cristo hasta el punto de poder decir, como San Pablo, “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. Gálatas 2:20. 

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)



domingo, 16 de junio de 2013

Fe y Razón

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Si la razón es la capacidad de ver, comprender y aceptar la verdad material evidente por sí misma, que es físicamente observable y que a menudo puede expresarse o cuantificarse matemáticamente, la fe es la capacidad de ver, comprender y aceptar verdades no materiales, pero no menos evidentes, más allá de lo que es físicamente observable, no matemáticamente expresable o cuantificable.

La fe y la razón no son dos conceptos opuestos e irreconciliables como el sí y el no, el blanco y el negro, la mentira y la verdad. Anthony Kenny define la razón como el promedio entre el escepticismo y la credulidad, es decir, el equilibrio ideal entre la creencia y la duda inadecuada.

Al igual que la fe, que para ser humana debe huir de la irracionalidad y ser razonable, la razón debe huir de la pretensión de ser "un experto en todos los oficios", es decir, de ser el único camino hacia el conocimiento. Parafraseando a Pascal, la fe tiene razones que la razón desconoce. Si la fe sin razón es ciega, la razón sin fe no es menos ciega; ambas son importantes para el conocimiento.

Históricamente, a lo largo del tiempo, la razón se constituye e instituye en la ciencia, que es el proceso de determinar el comportamiento de la materia o del universo mediante la observación, la experimentación y la razón. Históricamente, la fe se constituye e instituye en la religión, que es un sistema organizado de creencias, ideas o respuestas sobre la causa, la naturaleza y el propósito del universo que no son ni pueden ser objeto de la ciencia.

El ateísmo también es una creencia y menos científica
La religión contiene dentro de sí la fe de que el Dios eterno creó la materia (el universo), una creencia sobrenatural, no basada en la observación directa, que precedió al Big Bang. El ateísmo contiene en sí mismo la fe de que la materia (el universo) es eterna y no creada; una creencia sobrenatural que, igualmente, no puede basarse en la observación directa porque el observador, el hombre, no existía en ese momento.

La ciencia no puede probar que la creencia de que Dios precedió al Big Bang y está en el origen del universo es errónea. Por el contrario, la creencia atea de que el universo siempre ha existido y se ha creado a sí mismo viola la ley de conservación de la materia/energía (CME2) de Einstein, la primera ley de la termodinámica, según la cual la materia puede convertirse en energía y viceversa, pero ni la materia ni la energía pueden crearse a sí mismas.

La creencia atea de que el universo es eterno y siempre existirá viola la segunda ley de la termodinámica, la llamada ley de la degradación, por la que la transformación de la materia en energía no es posible sin el deterioro irreversible o desgaste de la primera. De esto podemos concluir científicamente que el universo terminará cuando haya gastado toda su energía.

Dejando a un lado el hecho de que un día no necesitaremos fe porque veremos a Dios cara a cara, incluso en este mundo, el conocimiento científico puede aumentar y estar un paso más cerca de probar la existencia de Dios de manera irrefutable; mientras que la fe atea en un universo increado y eterno siempre seguirá siendo una creencia porque nunca tendremos conocimiento científico del origen de un universo eterno increado, ya que ninguna persona existió o pudo estar presente para observar el comienzo de un universo sin principio.

Fe y razón en la vida cotidiana
La fe no vive solo de la religión, ni la razón vive solo de la ciencia. La fe y la razón van juntas y las necesitamos en nuestra vida diaria. Prácticamente cada acto contiene un poco de razón y un poco de fe. En nuestra vida, la razón analiza, la fe decide; sin razón, decidiríamos prematuramente y cometeríamos más errores de los que ya cometemos; sin fe nunca seríamos capaces de decidir, de arriesgar una solución a nuestros problemas, porque siempre pensaríamos que algo puede haber escapado a nuestro análisis y caeríamos en un estancamiento.

Cuando acepto un cheque por un servicio prestado creo que tiene cobertura, sería descortés y podría perder a un amigo si lo rechazara. Cuando me subo a un avión, creo que los policías han hecho un buen trabajo al evitar que alguien ponga una bomba en su equipaje y creo que los pilotos están bien preparados y tienen buenas intenciones.

Cuando me siento a comer en un restaurante, confío en que los alimentos estén en buen estado y no requieran que sean analizados en un laboratorio antes de consumirlos. Es la falta de fe y el miedo al envenenamiento lo que hace que en Etiopía el cocinero siempre pruebe la comida delante de los invitados.

Cuando me uno a una mujer en matrimonio, creo que va a funcionar, que va a ser para toda la vida. Cuando solicito un préstamo bancario, por más que el banco analice mi situación financiera, si finalmente me concede el crédito solicitado es porque tiene fe en que algún día se lo devolveré con intereses.

La tarjeta de crédito es, después de todo, una tarjeta de fe y funciona en base a ella. Hablamos de fe en los mercados como hablamos de fe en Dios. En resumen, la fe no es solo la moneda de cambio entre nosotros y Dios, sino que también es la moneda de cambio entre nosotros y los demás.

Dado que el hombre no es objeto de la ciencia, en la vida cotidiana no hay certezas, solo probabilidades. Al igual que la razón, la fe es esencial en las relaciones humanas para el entendimiento entre las personas. Es sobre la base de la confianza que las personas tienen entre sí que se hacen y aceptan promesas y compromisos..

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)


domingo, 2 de junio de 2013

La Fe como opción

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Escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del río o a los dioses de los amorreos, cuya tierra habéis ocupado, porque yo y mi casa serviremos al Señor.
Josué 24:15

Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por medio de Él. El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado porque no cree en el Hijo unigénito de Dios. Y la condenación está en esto: la Luz ha venido al mundo y los hombres han preferido las tinieblas a la Luz porque sus obras fueron malas. Juan 3:17-19

Regalo vs. opción
Hace dos años, en Loriga, después de la peregrinación al cementerio el 1 de noviembre y todavía en el cementerio, conversaba con un compatriota que me dijo: " Vosotros, los que creéis, sois consolados por la fe, nosotros, los incrédulos, no tenemos este consuelo." Más tarde, otro amigo también me dijo: " Lo que quieres que te haga, no lo puedo creer..."

A menudo nos referimos a la fe como un don de Dios. San Pablo dice: "Es el Espíritu quien clama dentro de nosotros, Abba, oh, Padre" (Rom. 8:15). Jesús dice que es él quien nos ha elegido a nosotros y no nosotros a él (Juan 15:16). Si la fe es un don de Dios, ¿por qué algunos la tienen y otros no? ¿Es un Dios injusto, que da fe a unos y no a otros? Entonces, ¿es la fe un don o una opción? ¿O es ambas cosas?

Todo viene de Dios; la iniciativa es suya, por lo que la fe es un don. Pero el don no tiene efecto sin nuestra respuesta, sin nuestro asentimiento, por lo que la fe también es una opción. Somos salvados gratuitamente por la gracia de Dios a través de la fe. La fe es nuestra respuesta a la gracia salvadora de Dios.

En este sentido, la fe es un viaje de ida y vuelta; es como una carta que Dios nos envía, certificada y con acuse de recibo que requiere que acepte la carta y firme el documento que la acompaña. La fe es como un cheque en blanco que Dios me firma y me envía; para que este cheque tenga valor, o para que me sirva de algo, tengo que escribir en él una suma de dinero.

La salvación es un regalo gratuito de Dios; la fe en esa salvación es una elección libre del hombre. Alguien dijo que Dios alimenta a las aves del cielo, pero no va a poner su comida en el nido; tienen que salir a buscarla.

El domingo por la mañana los dos vieron la tumba vacía, María Magdalena y el apóstol Juan; la primera lo vio y pensó que el cuerpo del Señor había sido robado, el segundo lo vio y pensó que Jesús había resucitado de entre los muertos.

Jesús reprende y acusa la falta de fe de la gente de su generación (Mateo 17:17, Marcos 6:6, Lucas 24:25) así como la de sus discípulos (Marcos 16:14). Si la fe no fuera una opción y fuera sólo un don de Dios no habría razón para tal censura.

Jesús, amargado porque los fariseos no querían creer ni a Juan el Bautista ni a sí mismo, llora por Jerusalén y condena a las ciudades donde más milagros se hicieron y ellos no lo creyeron. Por último, alaba a los pequeños y a los humildes porque creyeron y aceptaron su mensaje, a diferencia de los sabios. Mateo 11, 16, 27.

La fe es un obsequio razonable
Razonable, no racional. Si Dios existe, Él es el Creador de todo y de todos. Como criaturas que somos, no es lógico que nuestra mente pueda abarcar la mente de Dios; que la parte pueda comprender el todo. Dios nunca puede ser objeto de la ciencia, ni tampoco el hombre. Por otra parte, el misterio no involucra sólo a Dios y al hombre, sino que es común a todas las áreas del conocimiento.

Ninguna ciencia o campo del conocimiento puede jactarse de haber descubierto ya todo lo que hay que saber en su campo; cuanto más se sabe, más se puede saber. Es por eso por lo que el verdadero sabio se considera ignorante. Nicolás de Cusa lo llamó ignorancia aprendida: ante la inmensidad de lo que hay que conocer, sólo sé que no sé nada.

Como lo define el Concilio Vaticano I, la fe es una obligación razonable; razonable porque, mientras que la vida de los demás seres vivos que habitan este planeta con nosotros está regulada por el instinto, nosotros, descendientes del Homo Sapiens, regulamos la nuestra por la razón. Hoy, a pesar de los avances de la ciencia, o precisamente a causa de ellos, la existencia de Dios es más lógica, más plausible, más creíble humanamente que su inexistencia.

Además de ser razonable, la fe también es una obsesión porque nunca podrá ser probada, nunca será una conclusión científica, siempre será un paso en la oscuridad y en el vacío, una decisión. Una vez que las exigencias de la razón han sido mínimamente satisfechas, la fe es una opción. Algunos dan el paso más allá de lo que se puede conocer; otros no se arriesgan, son demasiado cautelosos, esperan la razón para llenar sus medidas y responder a todas sus preguntas, lo que nunca sucede y nunca sucederá.

(...) El hombre rico insistió: “Te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos. Que él les advierta, no sea que ellos también vengan a este lugar de tormento”. Abraham le dijo: "Tienen a Moisés y a los profetas; ¡Que los oigan!'. Él le respondió: "No, padre Abraham. Si alguno de los muertos viene a ellos, se arrepentirá". Abraham le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán si alguno resucita de entre los muertos". Lucas 16:27-31

Nadie puede culpar a Dios por no haberle dado el don de la fe. Solo los que son soberbios e idolatran la razón no creen. Solo aquellos que no quieren dar el paso hacia lo desconocido más allá de la razón no creen. Solo los que no se arriesgan no ganan. Solo los que no quieren creer, no lo creen.

Pedro le dijo: «Si eres tú, Señor, dime que vaya a ti sobre las aguas.» «Ven», le dijo Jesús. Y Pedro salió de la barca y caminó sobre el agua para venir a Jesús. Pero cuando sintió la violencia del viento, tuvo miedo, y cuando comenzó a ir al fondo, gritó: "¡Señor, sálvame!" Al instante Jesús le tendió la mano, lo tomó y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» Mateo 14:28-31

Pedro creyó y se arriesgó y le fue bien...

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)


miércoles, 15 de mayo de 2013

Deç testimonio a la Fe - Vosotros sois la Luz del Mundo

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Vosotros sois la luz del mundo. No se puede esconder una ciudad en una colina; ni se enciende la lámpara para ponerla debajo del celemín, sino encima del candelabro, y así alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que, cuando vean vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mateo 5:14-16

La luz sirve para ver- La luz revela la verdad de las cosas porque las muestra tal como son; su verdadero color, textura y forma. Sin luz, en la oscuridad, nada se ve, nada tiene color, nada tiene forma. El cristiano que sigue a su maestro, que es el camino, la verdad y la vida, se transforma también en verdad andante, camino y vida. El cristiano que verdaderamente lo es, vive con sentido, es un punto de referencia, modelo a seguir, un dedo que apunta a la verdad porque la encarna y la vive.

La luz sirve para ser visto - Un ciego fue invitado a cenar a casa de un amigo. Después de la cena, como ya era de noche, le dio una lámpara para que volviera a su casa. El ciego se rió en tono burlón: “¿No ves que soy ciego? ¿Para qué sirve la lámpara?” "Tómala", insistió el amigo. Y así lo hizo. Cuando, yendo por el camino, se hallaba lejos de la casa, alguien se acercó al ciego y el ciego, comprendiendo la razón de la lámpara, gritó:” ¿No has visto mi lámpara?”” No, no te vi, así que me topé contigo, pero ahora veo que tienes una lámpara, pero está apagada”.

Cuando hay falta de visibilidad por la lluvia o porque es el inicio o el final del día, muchos automovilistas no encienden las luces porque dicen que aún pueden ver; olvidan que las luces también están hechas para ser vistas.

No se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mateo 5, 15-16

Cuando, pretendiendo ser cristianos, no encarnamos la palabra de Dios somos una luz tenue que, no sólo no muestra el camino, sino que también constituye una "piedra de tropiezo" que es el significado de la palabra escándalo en griego.

La luz desenmascara el mal – (...) la luz ha venido al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas (Juan 3:19). En este sentido, la luz tiene la misma capacidad de denuncia y anticorrupción que la sal. Es en la oscuridad, en la oscuridad de la noche, en secreto, donde se cometen los peores males de este mundo.

Desenmascarar estas injusticias es tarea del cristiano por difícil y arriesgada que sea; si nadie lo hace, la oscuridad infesta toda la sociedad que se convierte en una mafia; "Donde no entra el sol, entra el médico", dice la gente.

La luz debe brillar - En el diálogo de Jesús con la samaritana, esta le pregunta a Jesús dónde adorar a Dios si en el templo de Jerusalén o en el monte de Samaria. Jesús responde que Dios es adorado en todas partes y porque él es el Espíritu, en espíritu y en verdad uno será adorado. Sin dejar de asistir a la Sinagoga y al Templo, la mayor parte de su ministerio lo llevó a cabo en la calle, en vida.

Lo mismo sucedió en los primeros cinco siglos de la Iglesia; la Palabra se predicaba en las plazas públicas o se transmitía de persona a persona por su testimonio; la Eucaristía se celebraba en las casas de las personas. El culto estaba en la vida y la vida estaba en la adoración.

Con la construcción de templos, después del emperador Constantino, el culto y la vida se separaron. Hoy tenemos vida sin culto, la de los que se llaman a sí mismos católicos no practicantes, y culto sin vida, el de los que practican la religión, pero solo en la Iglesia; fuera son iguales o peores que los demás. Hoy la única luz que brilla es la lámpara del Santísimo, solo en la Iglesia, por supuesto.

Deja que tu luz brille delante de los hombres... Estamos llamados a ser la luz del mundo, no la luz del templo; no una luz que se pone debajo de un celemín, sino una luz que está en la cima de la montaña donde se puede ver el mundo. Como alguien dijo, "La fe se aferra o se extingue"; La fe se da o se pierde; la fe solo está disponible cuando se da.

Cristo es el Sol, nosotros somos la Luna - Toda la luz proviene del Sol. Cristo es el sol de nuestras vidas que nos guía, nos ilumina y nos calienta. Nosotros, como discípulos, o planetas, giramos a su alrededor captando su luz que luego, como la luna, reflejamos para iluminar el mundo que camina en tinieblas. De hecho, el cristiano es como la luna en sus diferentes fases:

Cuarto menguante: aquellos que abandonan gradualmente la oración, la práctica de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, ven cómo su luz pierde intensidad corriendo el riesgo de extinguirse por completo.

Luna nueva - El que ya ha dejado de lado la oración, la lectura, la escucha de la Palabra de Dios y la práctica de los sacramentos, ya no es iluminado por Cristo ni ilumina; es un agujero negro, el llamado católico no practicante. Sin la guía de la Palabra de Dios, el católico se deja llevar fácilmente por las filosofías de este mundo.

Cuarto creciente: El que se esfuerza por encarnar el Verbo de Dios y hace cuerpo con los demás cristianos, siendo célula del cuerpo místico de Cristo, crece como persona en la fe y en la madurez humana.

Luna Llena – Aquel que, a pesar de tener todavía zonas oscuras en su vida (en referencia a los grandes cráteres de la luna), vive fundamentalmente para Cristo y, como dijo San Pablo de sí mismo, "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". Tu vida es un faro para los demás; es un Cristo vivo.

"El amor es como la luna cuando no crece mengua". La fe es exactamente lo mismo; aumenta o disminuye; nunca permanece estática porque en este mundo no hay nada estático. Siempre se ha dicho que "Lo que no se usa se atrofia". La fe aumenta cuando se usa en la vida, cuando es el motor de nuestra vida; disminuye, incluso se atrofia, cuando, en la vida de la persona, no se utiliza, cuando no inspira y motiva acciones y genera actitudes.

Cuando vivimos nuestra fe de esta manera, damos verdadero testimonio de Cristo, somos sal de la tierra y luz del mundo y, de esta manera, realizamos una evangelización silenciosa porque lleva a la fe a muchos de los que vienen a nosotros y viven con nosotros. 

P. Jorge Amaro, IMC (Begoña Peña)


jueves, 2 de mayo de 2013

Del Testimonio a la fe: Sois la sal de la Tierra

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Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal está corrompida, ¿con qué se va a salar? No sirve para nada más que para ser expulsada y pisoteada por los hombres. Mateo 5, 13

Pertenecemos a una Iglesia que sufre de verborrea, cuando su fundador era un Verbo encarnado. Es sintomático que Jesús comparara a sus discípulos con la sal y la luz, cuya acción se realiza en silencio. Francisco de Asís lo entendió cuando dijo: "En todo tiempo y lugar predica el Evangelio y, cuando sea necesario, usa las palabras".

El evangelio encarnado hace un mejor servicio a la evangelización que el evangelio proclamado porque las obras sustituyen a las palabras; las palabras no sólo no sustituyen a las obras, sino que son desautorizadas por la ausencia de estas o por las obras contrarias a las palabras; puede que las obras no necesiten palabras, pero las palabras siempre necesitan obras.

Podríamos descargar toneladas de Biblias en el centro de un continente bien poblado en el que ni una sola persona se convertiría al cristianismo solo por ellos. También podríamos predicar la Palabra de Dios a los cuatro vientos, lo cual no podríamos lograr de otra manera, porque "las palabras las llevan con el viento". La misma Palabra de Dios, después de haber sido pronunciada por tantos profetas, tuvo que encarnarse para ser creíble.

El cristianismo se difunde por el contacto humano, por el testimonio de vida. "Mirad cómo se aman", decían los romanos, observando el talento individual y social de los primeros cristianos. Se dice que la educación de los niños es aérea; lo educativo no son tanto los consejos o incluso las labores que los padres hacen hacia sus hijos, sino su comportamiento cotidiano y el ambiente que crean en el hogar; la forma de reaccionar ante las situaciones. Lo mismo ocurre con la evangelización; lo que inspira la fe es el testimonio silencioso de nuestra vida cotidiana, por eso Jesús exhortó a sus discípulos a ser sal y luz.

La sal derrite la nieve – En las ciudades donde la nieve es una constante en invierno es la sal la que permite que las calles permanezcan abiertas al tráfico. El cristiano que es sal ayuda a restablecer la comunicación entre las personas cuyas relaciones han sido rotas; es un pacifista en los conflictos. Recordemos la colisión del Titanic con un iceberg, las avalanchas de nieve que entierran vivas a las personas; el agua en estado sólido está más al servicio del mal y de la muerte que de la vida.

Solo en estado líquido el agua es fuente de vida, porque solo en este estado puede ser absorbida por los seres vivos y ser parte integral de ellos. La sal derrite el hielo, lo que hace resbalar a la gente, y mantiene el agua en estado líquido; el cristiano, que es sal, deshace las artimañas, las trampas, las intrigas y los planes que los malvados tejen para derribar a sus semejantes.

La sal fija el agua en el cuerpo - El agua y la sal están juntas; el mar es el gran reservorio de las dos. Sin sal en nuestro cuerpo nos deshidrataríamos rápidamente; de hecho, los sobres de sales de rehidratación fueron lo primero que dábamos en África a las personas que se deshidrataban fácilmente con las fiebres altas que provoca la malaria. Así como el agua es el principio de la vida física, el agua del Bautismo es el principio de la vida cristiana; el cristiano que es sal permanece fiel a las promesas del Bautismo. En el antiguo ritual del bautismo se usaba la sal; con el Bautismo somos parte de los redimidos, de los que poseen el agua que brota para la vida eterna. Sin sal, esta agua se nos escapa.

La sal conserva y preserva – La sal conserva la carne y el pescado; en los días en que no había refrigeración, esta era la forma de evitar la corrupción. El cristiano, que es sal, evita la corrupción en el tejido social de las familias, instituciones, empresas, organizaciones, gobiernos, clubes, etc. En las instituciones donde hay cristianos auténticos, no hay degradación ni corrupción.

En el ámbito de la biología, cuando se abre una herida, el cuerpo puede ser invadido por virus, gérmenes y bacterias que son perjudiciales para la salud; la sal tiene el poder de matar muchos de estos agentes nocivos. Del mismo modo, en el tejido social, en el contexto de instituciones, empresas y clubes, hay situaciones que pueden dar lugar a que alguien prevarique.

Los ladrones no nacen como tales, como dice la gente "La situación hace al ladrón". La presencia de cristianos en una institución tiene el mismo efecto disuasorio que las penas en el sistema judicial.

Así como la sal da sabor a la comida, así el cristiano da sentido a la vida humana. Solo Cristo responde con lógica a las tres preguntas que se hace todo ser humano que viene a este mundo: De dónde venimos, hacia dónde vamos y cuál es el sentido de la vida. sin Cristo, la vida humana no tiene sentido, ni gusto, ni propósito.

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)



martes, 16 de abril de 2013

El realismo de la resurección

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Creemos, y por eso hablamos, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos llevará ante él con vosotros. (…) Es por eso por lo que no desmayamos, e incluso, si el hombre externo en nosotros está en camino a la ruina, el hombre interno se renueva día a día. (…) No miramos las cosas que son visibles, sino las cosas que son invisibles porque las cosas que son visibles son efímeras, mientras que las cosas que son invisibles son eternas. 2 corintios 4:14, 16, 18

Antropología hebrea y antropología griega
La idea de que el alma es inmortal y está destinada a la eternidad y que el cuerpo, que encarna por un tiempo, es mortal y, como tal, está destinado a desaparecer, tiene que ver con la antropología dualista griega y nada que ver con el pensamiento bíblico.

En la antropología hebrea y bíblica, ni el alma es inmortal ni el cuerpo es mortal. En nuestro ser, las dimensiones corporal y espiritual forman un todo indivisible. Si, durante nuestra vida terrena, el cuerpo tiene un alma que lo anima, en nuestra vida después de la muerte el alma tiene un cuerpo que le da forma, un cuerpo que no es físico sino espiritual. Con la misma forma que el físico, pero no de la misma naturaleza.

La materia visible está formada por cosas invisibles
Siempre hemos dado por sentado que la materia es visible y el espíritu es invisible; en realidad, este no es el caso. La física cuántica de nuestro tiempo, que ha destronado para siempre a la física mecanicista y materialista de Newton, nos dice que la realidad visible está hecha de realidades invisibles.

El átomo, considerado como el "bloque de construcción" de la materia, es invisible y está formado por un electrón siempre en movimiento dentro de una nebulosa cuyo centro está compuesto por neutrones y protones; estos, a su vez, están formados por quarks que, a su vez, siguen estando formados por la partícula más elemental recientemente descubierta y apodada "la partícula de Dios". De esto podemos concluir que definiciones simplistas como la de que ¨la materia es visible y el espíritu es invisible¨ no tienen nada que ver con la física de nuestros días.

La metáfora del agua
El agua, sin dejar nunca de ser lo que es, existe en la naturaleza en tres estados diferentes: sólido, líquido y gaseoso. En estado gaseoso, el agua, sin perder nada de lo que la caracteriza en su esencia, existe en forma intangible e invisible.

Así como el agua, que sin dejar de ser lo que es en su esencia puede existir en una forma intocable e invisible, así nosotros, como personas, también podemos existir en una forma invisible e intangible en nuestro cuerpo espiritual que reemplaza nuestro cuerpo físico después de la muerte. Nuestro cuerpo físico es nuestra forma de ser y de estar en el tiempo y en el espacio; nuestro cuerpo espiritual será nuestra forma de ser y existir más allá del tiempo y el espacio.

Volviendo a nuestra analogía, el agua en estado sólido y gaseoso es como si estuviese en el limbo porque está en estado puro. Pero es el principio de la vida sólo cuando existe en estado líquido, no puro sino potable. Cuando el vapor de agua se condensa en forma de lluvia o rocío penetra en la madre tierra y, luego de adquirir un "cuerpo físico" formado por las sales minerales que lo componen, mana de la tierra, por lo que se le llama "manantial de agua".

Las sales minerales son el cuerpo físico del agua ya que la transforman de pura a potable y la fijan dentro de cada organismo vivo. El agua pura, sin sales minerales, no es el principio de la vida porque, al no poder retenerla en su estado puro, los seres vivos se deshidratarían y morirían con ella.

Cuando el agua se evapora, se desprende de las sales minerales que eran su forma de estar en este mundo y vuelve a existir en estado puro. La evaporación del agua es como nuestra muerte; al igual que el agua, que no necesita sales minerales para ser agua, nosotros no necesitamos nuestro cuerpo físico para ser lo que somos, hijos de Dios; no es, por lo tanto, nuestro cuerpo físico el que nos identifica ante Dios, sino nuestro cuerpo espiritual.

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)