martes, 15 de julio de 2025

Fátima: Revelación privada, pero no para uso privado


¿Revelación pública, privada... o algo más?

La Iglesia denomina "revelación pública" al acontecimiento central de la fe cristiana: la venida de Cristo, el Hijo de Dios, al mundo desde su encarnación en el seno de la Virgen María, su vida, palabra y obra entre nosotros, su muerte, resurrección y ascensión al cielo, y la efusión del Espíritu Santo. Frente a esta, se encuentran las llamadas “revelaciones privadas”: las apariciones de la Virgen María en lugares como Guadalupe, Lourdes o Fátima, así como las visiones místicas concedidas a santos y fieles a lo largo de dos mil años de cristianismo.

Pero si lo pensamos con detenimiento, ni la revelación “pública” es enteramente pública, ni la “privada” es completamente privada; ambas son, en cierto sentido, mixtas. Toda revelación es pública, porque su destinatario final no es solo el individuo o grupo que la recibe, sino el pueblo de Dios. Y, al mismo tiempo, toda revelación es privada, porque no se produce “urbi et orbi”, sino que se manifiesta en contextos personales o comunitarios limitados. Como dijo Jesús: «Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz del día; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas» (Mateo 10,27).

«Judas —no el Iscariote— le dijo: “Señor, ¿por qué te manifiestas a nosotros y no al mundo?” Jesús le respondió: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”» (Juan 14,22-23).

«No se apareció a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había designado de antemano: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de su resurrección» (Hechos 10,41).

La revelación pública de Jesús se realizó en un ámbito íntimo, limitado a los que lo siguieron desde Galilea y a quienes fueron testigos de su gloria tras la resurrección. Como Judas Tadeo, cuando era niño también me preguntaba por qué el Resucitado no se apareció a Caifás, a Pilato, a Herodes o a los que gritaron “¡Crucifícalo!”. Con el tiempo, comprendí la respuesta de Jesús: sólo el amor y la fe permiten acceder al misterio revelado. Cristo se manifiesta a quienes le aman y creen en Él.

En definitiva, la llamada revelación pública fue también privada, pues Jesús reveló su identidad solo a sus discípulos. Pero los destinatarios de esa revelación son todos los pueblos, lenguas, culturas y generaciones.

La revelación de Fátima: privada en forma, universal en contenido
La revelación de Fátima, de forma análoga a la de Cristo, aunque tuvo desde el principio una dimensión pública —pues los pastorcillos nunca volvieron a estar solos tras la primera aparición—, fue una revelación privada en cuanto que sólo ellos vieron a la Virgen. Sin embargo, su mensaje estaba dirigido al mundo entero del siglo XX y, a través de la devoción al Inmaculado Corazón de María que sor Lucía promovió, a todas las personas de todos los tiempos.

Las revelaciones privadas como ecos del Evangelio
«Donde no hay profecía, el pueblo se desmorona» (cf. Proverbios 29,18). — Santo Tomás de Aquino

«Desde el principio del mundo, Nuestra Señora se ha aparecido muchas veces, de diferentes maneras... y eso es lo que importa. Si el mundo está mal, y no hubiera habido casos como estos, estaría peor... El poder de Dios es grande. No sabemos lo que es, pero algo será... Lo que Dios quiera».  — Sr. Marto, padre de Francisco y Jacinta

Desde su sencillez, el señor Marto expresa la misma intuición que Santo Tomás de Aquino: Dios, en cada época, ha suscitado mediaciones para orientar a su pueblo.

En mis tiempos de estudiante de teología se repetía que el Cielo ya habló plenamente en Jesucristo, el Verbo eterno encarnado para todos los tiempos, y que no volvería a hablar. Pensábamos que el Cielo estaba cerrado, no por tres años y medio, como en tiempos del profeta Elías (cf. Lucas 4,25), sino para siempre.

Las apariciones marianas, como otras revelaciones privadas, no suelen ser objeto de estudio teológico sistemático, ni siquiera dentro de la mariología. A menudo son relegadas al ámbito de la piedad popular. Pero el Espíritu Santo no se limita a soplar a través de la jerarquía: «Sopla donde quiere» (Juan 3,8), y la voz del pueblo —vox populi, vox Dei— se ha impuesto, en el caso de Fátima, incluso a los doctores.

Es verdad que tras Cristo no habrá una nueva revelación que lo sustituya, pero sí puede haber llamadas del Cielo que reactiven o apliquen el Evangelio a situaciones históricas concretas. Esta es precisamente la acción del Espíritu Santo: actualizar, amplificar, recordar lo esencial. En este sentido, las revelaciones privadas son ecos del Evangelio, recordatorios proféticos de dimensiones olvidadas o descuidadas de la fe.

Fátima en el contexto de una revelación más amplia
Muchos teólogos han despreciado o minimizado las revelaciones privadas por considerarlas accesorias. Karl Rahner, sin embargo, uno de los grandes teólogos del siglo XX, las concibe como una extensión de la Revelación, en cuanto clarificación de la voluntad divina para una acción precisa de la Iglesia en un momento histórico determinado.

Así, Rahner supera la dicotomía entre lo público y lo privado, integrando ambas dimensiones en una única Revelación en desarrollo continuo. La Iglesia misma, en cuanto Cuerpo de Cristo, es actualización viva de esa Revelación.

«Las palabras divinas crecen con quienes las leen», decía san Gregorio Magno.

La Revelación no es un archivo cerrado, sino un proceso dinámico, interactivo, entre la Palabra y el lector, entre la Escritura y el contexto histórico en que se encarna.

La función de la Iglesia en la historia es transformarla en historia de salvación. Ella es levadura del Reino de Dios, fermento que transforma la masa del mundo.

Como el mundo avanza por evolución y revolución, también la Iglesia vive un movimiento ordinario (el crecimiento lento del Reino) y otro extraordinario (las irrupciones proféticas del Espíritu). Todos los bautizados, como sacerdotes, profetas y reyes, participan en esta misión. En ese sentido, Lucía, Jacinta y Francisco fueron verdaderos profetas, portadores e intérpretes del mensaje recibido, cada uno desde su propio carácter y espiritualidad.

Revelación general y revelaciones particulares
«Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo» (Hebreos 1,1-2).

La revelación pública es la Palabra definitiva pronunciada por Dios en Jesucristo. Esta Palabra interpela a la naturaleza humana, que no cambia: lo que fue amor hace dos mil años lo seguirá siendo dentro de diez mil. Los valores que fundamentan la vida —verdad, justicia, misericordia— son eternos.

Si la naturaleza humana cambiara, Cristo tendría que encarnarse en cada época. Pero como no cambia, Dios se encarnó una sola vez, para siempre. En este sentido, el Cielo ya ha hablado. Y todo aquel que quiera salvarse, aquí y ahora o en la vida futura, debe confrontarse con Cristo, el único modelo de humanidad plena.

Sea creyente, agnóstico o de otra religión, todo ser humano en búsqueda de plenitud se mide, consciente o no, con Jesús de Nazaret, paradigma universal.

Fátima, Lourdes, Guadalupe y otras manifestaciones marianas son revelaciones privadas. No son indispensables para la salvación, pero pueden ser ayudas providenciales. Su contenido debe ser siempre coherente con el Evangelio: esa es la clave de su autenticidad.

Quizás los términos “pública” y “privada” ya no sean suficientes para captar la riqueza de esta distinción. Propongamos, entonces:

Revelación general o esencial, porque es para todos en todo tiempo, y necesaria para la salvación.
Revelación particular o carismática, porque está vinculada a tiempos, lugares y personas concretas, y aunque no es indispensable, puede ser profundamente útil. 

Conclusión - Las revelaciones privadas, como la de Fátima, no añaden nada esencial a la revelación de Cristo, pero actúan como recordatorios providenciales que reavivan la fe y actualizan el Evangelio en contextos históricos concretos.

P. Joge Amaro, IMC



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