Además de la constante exhortación de Nuestra Señora a rezar el rosario y a practicar los Primeros Sábados, durante las apariciones los niños aprendieron oraciones que resumen y expresan todos los aspectos del mensaje de Fátima. A través de estas oraciones, el contenido doctrinal del mensaje se convierte en una práctica espiritual cuando se reza en privado, y en expresión litúrgica cuando se ora en comunidad.
Aprendidas del Ángel y de la Señora del Rosario por Lucía, Francisco y Jacinta, estas oraciones forman hoy parte de una tradición orante que destaca la adoración a Dios, particularmente en su presencia eucarística, y la disponibilidad del creyente para colaborar en la misión redentora de Cristo.
Tanto las oraciones enseñadas por el ángel como las comunicadas por Nuestra Señora no versan sobre María, sino sobre el misterio de Dios y la redención de la humanidad. De este modo, María revela en Fátima cuál es su verdadero papel en la historia de la salvación: señalar a los hombres los caminos de Dios y presentar a Dios las necesidades de los hombres. Son cinco las oraciones de Fátima, y, como se ha dicho, ninguna está dirigida directamente a la Virgen.
Desde el punto de vista doctrinal, Fátima es la más completa de todas las apariciones marianas, pues abarca los principales pilares de la teología católica: el misterio de la Santísima Trinidad, presente ya en las apariciones del ángel; la Eucaristía, la oración, la penitencia, la reparación, la escatología, el ministerio del Papa, la comunión de los santos, entre otros.
“Dios mío, yo creo...”
Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo.
Y os pido perdón por los que no creen,
no adoran, no esperan y no os aman.
Una oración simple y breve, pero profundamente completa: una invitación al cristiano a vivir las tres dimensiones del tiempo humano —pasado, presente y futuro— a la luz de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. La vida humana solo puede vivirse en el presente, pero un presente que, cuando está lleno de caridad e inspirado por la fe heredada del pasado, se proyecta hacia el futuro con esperanza, sin miedo ni ansiedad.
La virtud de la Fe: “Yo creo” - La fe es la piedra angular que nos permite mirar la vida y la realidad con otros ojos. Es un paso más allá de lo racional y lo razonable; es riesgo, decisión, opción fundamental. Es la llave que abre la puerta de la salvación: una salvación que implica el Cielo en el futuro, pero que ya en el presente se traduce en paz, felicidad y bienestar físico, espiritual, psicológico y moral.
La virtud de la Esperanza: “Yo espero” - La esperanza es la fe proyectada hacia el futuro, y otorga al presente una sensación de seguridad. El cristiano no necesita ansiolíticos porque vive sin ansiedad, enraizado en una fe que se manifiesta en caridad para con Dios y con el prójimo. “Quien nada debe, nada teme”, dice el refrán: el cristiano no teme porque vive en paz con Dios y con los hombres.
La fe también nos asegura que, por muy duro o alegre que sea el presente, todo es pasajero, y nuestra historia tendrá un final feliz gracias a la muerte y resurrección del Señor. Si creemos que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, como afirma el Evangelio, viviremos seguros de que incluso el sufrimiento y la angustia son estaciones pasajeras hacia un destino glorioso.
“Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará” - Así vivieron los pastorcitos de Fátima, especialmente Lucía, que pronto perdería la compañía de sus primos. Al darse cuenta de que quedaría sola, sintió una profunda tristeza que llevó a la Virgen a preguntarle: “¿Y tú, sufres mucho por eso?”. Y a modo de consuelo, le prometió: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”, es decir, al Cielo ya prometido a ella, a Jacinta y a Francisco desde la primera aparición.
La virtud de la Caridad: “Adoro… y os amo” - Vivimos solo en el presente, inspirados por el pasado y confiados en el futuro. El presente debe estar lleno de caridad: el amor solo puede ejercerse en el ahora. “No dejes para mañana lo que puedes y debes hacer hoy.” Las buenas intenciones no salvan a nadie, ni siquiera a uno mismo. La caridad no puede ser un proyecto, sino una acción inmediata. No puede postergarse.
Adoro – El presente debe estar lleno de amor a Dios. Buscar tiempo y espacio para estar con Él, como hacía Jesús, como hacía Francisco de Fátima, aislándose detrás de un arbusto o pasándose las horas de clase en la iglesia, consolando al “Dios escondido”.
Os amo – Quien ama a Dios con todo su corazón mira al prójimo de otro modo: ya no como enemigo o rival, sino como hermano, deseándole el mayor bien. El amor a Dios no existe sin el amor al prójimo, y viceversa. Por eso, para Jesús, ambos forman un único mandamiento del amor.
Fátima, misionera: “Os pido perdón…” - Además de invitar a vivir la fe, la esperanza y la caridad, esta oración deja claro que el cristiano no vive para sí mismo ni siquiera para su perfección personal. Vive para los demás. Como Jesús, que vino por los enfermos, no por los sanos; que no condenaba a los pecadores, sino que los acogía con misericordia. Como Jacinta, que repetía con ternura: “¡Pobrecitos los pecadores…!”
Os pido perdón – porque no evangelicé, porque no salí de mí mismo, porque viví encerrado, haciendo de mi fe un secreto para llevarme a la tumba. Como decía Karl Rahner, Dios, en su infinita misericordia, salvará a aquellos que, sin culpa personal, nunca oyeron hablar de Él; pero ¿y los que teníamos el deber de hablarles de Él y no lo hicimos?
En este sentido, Fátima es esencialmente misionera: no solo llama a evangelizar, sino que invita al cristiano a considerarse pecador por no haber sido misionero, y por ello pedir perdón. Esta conciencia debería resonar en cada cristiano con las palabras de san Pablo, el mayor evangelizador: “¡Ay de mí si no evangelizo!”
Os pido perdón – no solo por no haber evangelizado, sino por haber escandalizado. Por no haber sido un peldaño para que otros se acercaran a Dios, sino un obstáculo, una piedra de tropiezo.
Las vocaciones nacen muchas veces del ejemplo de alguien que encarna una vocación concreta. Así también ocurre con la evangelización: el primer encuentro con Cristo no es con su doctrina, ni siquiera con su palabra, sino con uno de sus seguidores, alguien que encarna su Evangelio.
El encuentro con un cristiano nunca es neutro: si sus palabras, gestos y actitudes reflejan lo que dice ser, ya está evangelizando, incluso sin quererlo. Si no hay coherencia entre su fe y su vida, no solo no evangeliza, sino que escandaliza. Y si ese es el primer contacto que alguien tiene con el cristianismo, es posible que nunca más vuelva a acercarse.
Las primeras impresiones importan. Nuestra vida puede ser atrayente y edificante… o repelente y escandalosa.
“Santísima Trinidad…”
Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
os adoro profundamente
y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo,
presente en todos los sagrarios de la tierra,
en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias
con que Él mismo es ofendido.
Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón
y del Corazón Inmaculado de María,
os pido la conversión de los pobres pecadores.
El Evangelio de san Juan comienza con un prólogo que resume e interpreta toda la vida y enseñanza de Jesús. Esta oración cumple una función similar: es una especie de obertura que concentra, anticipa y sintetiza todo lo que la Virgen transmitirá después a los pastorcitos. Lo esencial del mensaje de Fátima ya está contenido en esta plegaria.
Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo – Con la construcción de la Basílica de la Santísima Trinidad, Fátima quedó arquitectónicamente completa. El recinto expresa topográficamente el mensaje de Fátima concentrado en esta invocación trinitaria.
La basílica, de forma circular, simboliza la eternidad de Dios. A su derecha se alza la Cruz Alta, evocando el sacrificio de Cristo que nos abrió las puertas de la salvación. En el centro del recinto, como en el centro de la historia humana, está Cristo glorioso, resucitado y bendiciendo al mundo como lo vieron los niños en la última aparición. A la izquierda, el lugar de las apariciones de la Virgen, siempre junto a su Hijo, como estuvo al pie del pesebre y de la cruz.
La Capilla de las Apariciones y el Cristo dorado ocupan el punto más bajo del santuario, mientras que la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, coronada por una gran torre en forma de corona, se eleva como símbolo del destino glorioso que aguarda a quienes escuchan el consejo de María en Caná: “Haced lo que Él os diga”.
“Os adoro profundamente”- Adorar significa rendirse, someterse. Quien adora a Dios entrega todo su ser sin reservas a su voluntad. Esta adoración es “profunda” porque brota desde lo más hondo del alma, que reconoce en Dios su fuente, como proclama el salmo: “Todas mis fuentes están en ti”.
“Y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo…” - No se trata de recordar a Dios el sacrificio de Cristo, sino de renovar nosotros mismos la memoria del amor redentor. Como el pueblo de Israel en el desierto, olvidamos fácilmente los prodigios divinos. El sagrario es memoria viva de esas gracias recibidas y fuente de nuevas gracias si nos abrimos a Él. Esta oración es una exhortación tanto a la comunión frecuente como a la adoración eucarística.
“En reparación…” - Adorar es también reparar. Nuestra fidelidad debe compensar los ultrajes, sacrilegios e indiferencias que hieren el Corazón de Jesús. Y lo más doloroso no es el odio, sino la indiferencia. Quien odia, al menos alguna vez amó y puede volver a amar. El indiferente no ama ni desea amar. Este es el nuevo ateísmo de nuestro tiempo: vivir como si Dios no existiera.
“Y por los méritos de su Santísimo Corazón…” - Al invocar los méritos de Cristo y del Corazón Inmaculado de María, reconocemos nuestra indignidad y renovamos la súplica por la conversión de los pecadores, tema constante en todas las oraciones del Ángel y de la Virgen.
Conclusión - Desde el punto de vista doctrinal, Fátima es la más completa de todas las apariciones, pues abarca los grandes misterios de la fe católica: la Trinidad, la Eucaristía, la adoración, la penitencia, la reparación, la esperanza escatológica, el ministerio del Papa, la comunión de los santos… todo está presente en este lugar bendito donde el Cielo tocó la tierra.
P. Jorge Amaro, IMC

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