miércoles, 1 de julio de 2015

Las Castidad como actitud

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Un joven monje, mirando un prado maravillosamente florecido, le dijo a su maestro: “Qué difícil es para nosotros, los monjes, la castidad; es como estar frente a una multitud de flores maravillosas y perfumadas, sin poder recoger ni una sola…” Un hombre casado que pasaba por allí, al escuchar estas palabras, observó: “¿Qué diremos nosotros los casados?

Hemos recogido una flor, nos hemos embriagado con su fragancia y ahora tenemos un deseo fortísimo de conocer otras; ¿no es acaso más difícil la castidad para nosotros?” Una mujer, al escuchar estas afirmaciones, exclamó: “¿Existe sufrimiento mayor que no ser recogida por quien verdaderamente queríamos y cuando queríamos?” Dios, al escuchar a los tres, pensó: “Los tres tienen razón, por eso mismo prometí a los puros de corazón que verían mi rostro
”. (Autor desconocido)

La virginidad o castidad no es innata, ni temporal, ni algo exclusivo de sacerdotes y monjas. Los valores humanos, para que sean valores y sean humanos, deben poder aplicarse universalmente. Consideremos entonces que todos están llamados a vivir en castidad, aunque la práctica de esta virtud por cada persona dependa de su opción fundamental.

La sexualidad como liturgia del amor
Hasta hace muy poco tiempo, la sexualidad se veía como algo impuro y sucio. El propio acto conyugal, a pesar de ser el único medio para la transmisión de la vida, era visto como negativo. Después de Sigmund Freud, comenzamos a mirar nuestra sexualidad de una forma más positiva, superando incluso las dicotomías sucio-limpio, puro-impuro al tratarse de partes de nuestra anatomía. De esta forma, hoy en día, la gran mayoría de las personas conceptualizan su cuerpo como puro y limpio, en su totalidad y en cada una de sus partes.

Después de haber sido disociada de un supuesto lado oscuro de nuestra naturaleza, la sexualidad también comenzó a entenderse en un sentido mucho más amplio que el puramente genital. El ser humano no es solo masculino o femenino en su cuerpo, sino también en su mente, personalidad y carácter. La masculinidad y la feminidad son entonces dos formas diferentes y complementarias de ser, estar y expresarse como individuo, y no solo una referencia de género.

En el contexto de una pareja, el acto conyugal es, y debe ser ante todo, una expresión de amor y solo después un medio para la procreación, y nunca, como se entendía teológicamente, un remedio para la concupiscencia. En la eventualidad de que el acto conyugal sea procreativo, los hijos son, y deben ser, fruto del amor y no del deseo o la concupiscencia.

Como no todos los actos conyugales están naturalmente abiertos a la transmisión de la vida, podemos concluir que, mientras que la procreación no sucede siempre en cada uno de los actos conyugales, el amor debe siempre preceder y acompañar todos y cada uno de estos actos.

Castidad para todos
A lo largo de la historia, la castidad, entendida como abstinencia, ha sido el atributo distintivo de unos pocos: monjes, sacerdotes y monjas. La misma santidad, entendida como el ideal y objetivo para todo cristiano, con pocas excepciones, estaba solo al alcance de ese grupo de personas, pues a priori se consideraba que estaban en una mejor posición para alcanzarla. Los demás estaban vetados para ser candidatos a la castidad y la santidad por el simple hecho de estar casados.

Los laicos casados eran animados a imitar al clero tanto como podían, especialmente durante la Cuaresma, extendiendo la abstinencia y el ayuno a la práctica sexual; algunos fueron tan lejos que llegaron a hacer el voto clerical de castidad, absteniéndose de cualquier forma de comportamiento sexual para el resto de sus vidas, viviendo como hermanos y hermanas.

Como dijimos antes, para que sea un valor universal, la castidad debe ser aplicable universalmente a todo ser humano, cualquiera que sea su forma de ser y estar en la vida. Como tal, la castidad, para la mayoría de las personas, no puede significar abstinencia de sexo, ya que esta es la forma de expresar amor y unión entre los esposos.

Por lo tanto, la castidad debe buscarse más en las actitudes que en los actos; cada beso, abrazo y caricia puede, al mismo tiempo, ser una expresión de amor o de lujuria, todo depende de la intención de quien los da. Por lo tanto, no hay actos puros o impuros, limpios o sucios en sí mismos; el amor o la lujuria no se encuentran en el acto en sí, sino en el actor y sus motivaciones.

¿Qué hay de malo en el placer?
Esa es la cuestión que muchos jóvenes adultos me han planteado en el contexto del Sacramento de la Reconciliación. Mi respuesta ha sido siempre: “El placer no tiene nada de malo, siempre que su obtención no sea el motivo principal de ningún acto humano”. Por ejemplo, disfrutamos de nuestra comida y hasta creamos un sinfín de diferentes recetas para hacerla más agradable, pero no comemos por placer. El placer no es, ni debe ser, la razón principal para comer.

El placer puede ser una de las razones por las que comemos, pero la primera es la supervivencia y la salud. Aquellos que se dejan llevar por el placer de comer pronto arruinan su salud. Comemos con placer, para tener salud. Cuando el placer se convierte en la motivación primordial, fácilmente se cae en la dinámica del vicio, actos obsesivos y repetitivos sobre los cuales no se tiene control.

Lo que dijimos sobre la relación comida-placer-salud puede aplicarse a la relación sexo-placer-amor. El placer degrada, vicia e instrumentaliza a las personas cuando es la razón principal para la práctica del acto sexual. El placer puede y debe acompañar al acto sexual como lo hace al acto de comer, pero es el amor el que dignifica y otorga valor ético al sexo.

Como decía Erich Fromm, afirmar el placer más allá de la realidad es equivalente a negarlo. Cualquier placer agradable a lo largo de la vida debe estar restringido dentro de los límites de la naturaleza humana. Abusar del placer, sea del tipo que sea, más allá de la condición y naturaleza humanas, acorta la vida y, por lo tanto, también el placer.

La castidad ciertamente significa abstinencia para algunos y a veces para todos. Sin embargo, como valor universal o virtud que debe proponerse a todos, sean casados, solteros o religiosos, la castidad no se refiere solo a la práctica o no práctica del acto sexual genital, sino a toda nuestra vida y a todos nuestros actos, pensamientos y sentimientos; siendo nuestra sexualidad, masculina o femenina, transversal e intrínseca a nuestro ser, no hay pensamientos, sentimientos o acciones que sean asexuados.

Tan casto es el religioso que, por amor al Reino, se abstiene de relaciones sexuales como el casado que las tiene con y por amor a su esposa. Como actitud, la castidad tiene más que ver con la purificación del sexo, es decir, anteponer el amor al placer, que con la ausencia de este.

San Agustín, ya en el siglo IV, daba más importancia a la actitud que al acto cuando decía: "Ama et fac quod vis." Ama y haz lo que quieras. Amar, como define Santo Tomás de Aquino, es querer el bien del otro, por lo que quien ama verdaderamente no puede dejar de hacer el bien.

P. Jorge Amaro, IMC (Edit Begoña Peña)


martes, 16 de junio de 2015

La Castidad como segunda inocencia

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“Hay eunucos que nacieron así desde el seno materno, hay los que fueron hechos eunucos por intervención de los hombres, y hay aquellos que se hicieron eunucos a sí mismos por amor al Reino de los Cielos. El que pueda comprender, que comprenda.
Mateo 19:12

“¡Todavía soy virgen!” “¡Ya no soy virgen!”
Por el tono de voz y el énfasis utilizados cuando un joven afirma: “¡Todavía soy virgen!” o “¡Ya no soy virgen!”, descubrimos de inmediato cómo conceptualiza y vive su sexualidad. Ya sea con tristeza o con orgullo, como de hecho se dicen estas dos expresiones, ambas denotan varios malentendidos con respecto a la sexualidad y la virginidad.

El primer acto sexual marca física, psicológica y hasta culturalmente a una mujer de una manera diferente a un hombre:

Físicamente: La mujer pierde el himen, por lo que deja de ser física o técnicamente virgen; el hombre no pierde ni gana nada en este aspecto.

Psicológicamente: Para ambos, el acto puede haber sido positivo si fue vivido en el contexto del amor, o negativo si fue buscado solo por placer, e incluso traumático si fue inducido por violencia.

Culturalmente: La cultura patriarcal, todavía dominante en todo el mundo, mira el primer acto sexual de forma inofensiva o incluso positiva en el caso del varón, y negativa e incluso estigmatizante en el caso de la mujer.

Para muchas personas, la virginidad o castidad es algo tan permanente como un castillo de arena, esperando rendirse ante las olas del matrimonio, “defendida” hasta su realización o simplemente para evitar problemas. Con el matrimonio, el castillo deja de existir y, por tanto, no necesita ser defendido.

La virginidad como sinónimo de castidad es un valor y una virtud tanto para varones como para mujeres y se vive por igual en ambos. No es, por tanto, algo físico ni algo que se posee al nacer y luego se pierde para nunca recuperarse. Los valores y virtudes que nos caracterizan y dan forma y sentido a nuestra vida no son innatos ni se poseen naturalmente; al contrario, son el resultado de una rigurosa disciplina y esfuerzo personales, con la ayuda de la gracia de Dios.

Sigmund Freud demostró que la castidad, pureza o virginidad del niño es un mito; lejos de vivir en un estado de pureza, el bebé vive en un entorno de lujuria sin censura, con formas muy sutiles de autosatisfacción sexual. Es solo a partir del cuarto, quinto y sexto año de vida que, a través de la educación, el niño aprende a conformarse y a vivir bajo ciertas normas de decencia.

A partir de ese momento y hasta la edad de 12 años, la 'castidad' parece ser la morada natural de los niños. Con el inicio de la pubertad, poco a poco la naturaleza parece volver con fuerza y reclamar sus derechos.

Esclavos de la libertad sexual
Con los estudios de Freud, Wilhelm Reich y otros a finales del siglo XIX, y la revolución sexual de los años sesenta, en poco tiempo pasamos de una visión negativa, puritana y maniquea de la sexualidad a una visión de la sexualidad libre de todo tipo de restricción moral.

La sociedad actual ha prostituido el sexo, considerándolo un bien de consumo y utilizándolo subliminalmente en la publicidad de cualquier cosa; de esta manera, ha logrado desligarlo de la reproducción, el amor e incluso la responsabilidad, haciendo pasar la idea de que tener sexo es como beber un vaso de agua. Ni siquiera el riesgo del SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual de los años ochenta logró detener esta tendencia liberal permisiva.

La sociedad está tan erotizada y permisiva que resulta difícil para todos ser castos, y mucho más para aquellos adolescentes y jóvenes que están despertando a las vicisitudes del deseo sexual o 'libido', como lo llamó Freud. La primera experiencia sexual ocurre cada vez más temprano, y muchos, aunque físicamente están preparados para ello, no lo están psicológica, moral ni espiritualmente.

Los resultados son visibles para todos: un grado elevado de promiscuidad que conduce tanto a la ruptura de vínculos existentes (51% de divorcios en nuestro país) como a optar por vivir juntos en lugar de casarse.

Cada vez son menos los que logran pasar de la pureza e inocencia de la infancia a la castidad adulta y madura sin pasar por experiencias sexuales negativas, traumáticas y estigmatizantes; cada vez son más los que aprenden de los errores cometidos, como el hijo pródigo de la parábola de Jesús. Estos tienen una experiencia similar a la de Adán y Eva, expulsados del paraíso de la inocencia por desobediencia. Sin embargo, el poder salvador de Jesús otorga a todos una segunda oportunidad, una segunda inocencia.

De prostituta a virgen
“En verdad os digo: Si no os volvéis como niños, no entraréis en el Reino de los CielosMateo 18:2

Hay valores y virtudes que los niños poseen naturalmente, y que nosotros, los adultos, por precepto de Jesús, estamos llamados a adquirir para entrar en el Reino de los Cielos; para que eso suceda, de alguna forma debemos nacer de nuevo, como Jesús aconsejaba a Nicodemo.

Cuando Jesús dice “bienaventurados los pobres”, no se refiere a aquellos que nacen y viven pobremente debido a sus condiciones económicas y financieras, sino a aquellos que, pudiendo ser ricos, decidieron ser pobres; es decir, cambiaron la riqueza material por la riqueza espiritual.

Lo mismo sucede con el valor de la inocencia, virginidad o castidad por el Reino de los Cielos; no se trata de la inocencia o virginidad innata en virtud de la ignorancia y falta de experiencia en un tiempo en que las hormonas sexuales (testosterona y progesterona) no estaban en su apogeo de producción; se trata de una virtud adquirida por la gracia de Dios, por la oración y por el esfuerzo diario.

El hijo pródigo y María Magdalena aprenden lo que es el "amor verdadero" después de haber experimentado algo que parecía ser amor, pero no lo era. Después de conocer a Cristo, aquella a quien algunos estudiosos se referían como prostituta se convierte en una virgen por haber seguido al maestro. De la misma manera, el hijo pródigo solo entiende lo que es el amor y la libertad verdaderos después de haber abusado de ambos valores y haber sufrido las consecuencias.

Los vírgenes y las vírgenes por el Reino de los Cielos son aquellos que, cualquiera que sea su pasado, eligen prescindir de la expresión física del amor que lleva a la constitución de una pequeña familia humana para ponerse al servicio de la gran familia humana.

Eligen ser y vivir como Jesús, su maestro y Señor, que también fue virgen, para dedicar al Reino de los Cielos lo mejor de sí mismos: todo su ser, su tiempo y sus energías.

Conclusión - La castidad, como una virtud adquirida por elección consciente y espiritual, representa una "segunda inocencia" que trasciende la virginidad física y ofrece una nueva oportunidad de pureza en servicio al Reino de los Cielos.

P. Jorge Amaro IMC (Edit. Begoña Peña)




lunes, 1 de junio de 2015

La castidad como sublimación de energía

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La fórmula de la vida humana

Mi pasión por simplificar las cosas me llevó a pensar en una fórmula para la vida humana; usando el griego, por ser tradicionalmente la lengua de la ciencia, pensé que la vida humana era igual a la suma de cuatro diferentes elementos o dimensiones: Eros + Thanatos + Chronos + Logos.

Eros & Tánatos: Instinto de vida e instinto de muerte, afectividad y agresividad, son en lenguaje freudiano el polo positivo y el polo negativo de la energía humana.

Cronos: Es la dimensión del tiempo; somos un ser espaciotemporal, ocupamos un espacio durante un tiempo, que corresponde a los años que nos son dados para vivir.

 Logos: Se refiere a la autoconsciencia que tenemos de que estamos vivos y poseemos una libertad, más o menos relativa, para hacer lo que queramos con la vida. Los animales y las plantas son tiempo y energía regulados por la naturaleza; al no saber que existen, tampoco tienen poder sobre su existencia. En el ejercicio de nuestra libertad, el Logos es nuestra opción fundamental, es lo que decidimos hacer con nuestra vida; a qué y a quién vamos a dedicar todos y cada uno de nuestros días.

La energía de la vida humana
Eros & Tánatos, instinto de vida e instinto de muerte, afectividad y agresividad, yin y yang, la fuerza centrípeta y centrífuga, el amor y el odio, polos positivo y negativo de la electricidad o energía con la que hacemos todo lo que hacemos. Sin energía nada funciona en una sociedad, lo mismo nos ocurre a nosotros.

En el ser humano, todos sus actos deberían estar inspirados y decididos por el Logos, por la razón; pero la verdad es que el instinto, de Eros & Tánatos, no solo provee la energía para la realización de todos los actos que la razón determina, sino que también motiva, alimenta y orienta muchos otros que se sustraen al poder de la razón; a pesar de los millones de años de evolución desde la animalidad, nuestro comportamiento está más movido por el instinto de lo que nos gustaría admitir.

Todos los actos humanos tienen una mezcla de afectividad y agresividad, incluso los más polarizados. Tanto en la afectividad, como en la educación, en la agresividad, la guerra, siempre hay un poco del polo contrario; así como hay un poco de feminidad en un hombre y un poco de masculinidad en una mujer.

Es obvio que la educación de un hijo por parte de sus padres tiene más de afectividad que de agresividad, y sin embargo, una educación solo afectiva tendería a ser paternalista. En la educación de un niño, la afectividad, los premios y las caricias, deben dosificarse con algo de agresividad, castigos y disciplina.

Sublimación
En su libro, El malestar en la civilización, Freud sostiene que tanto la agresividad como la afectividad descontrolada, es decir, abandonadas a sí mismas, tienen un potencial destructivo inconmensurable; pueden destruir lo que ayudaron a construir. El ser humano abandonó la animalidad cuando ganó poder sobre estas dos fuerzas, cuando las logró domesticar, cuando les puso riendas para aprovecharlas positivamente.

De esta forma, el tabú del incesto funcionó como el "freno" del Eros —afectividad— instinto de vida, prohibiendo las relaciones sexuales entre personas unidas por lazos de sangre. Sin esta prohibición, la consanguinidad acabaría con la raza humana.

La regla de "ojo por ojo, diente por diente" (que pertenece al código de leyes más antiguo del mundo, el Código de Hammurabi) funcionó como el "freno" del Tánatos —agresividad— instinto de muerte, para limitar la naturaleza de la violencia que, de por sí, dejada libre, tiende a escalar y propagarse descontroladamente, llevando a la destrucción.

Sublimar significa desviar, sustituir o modificar la expresión natural de un impulso o instinto hacia una expresión que sea social y culturalmente aceptable y constructiva. El ejemplo de una energía destructiva transformada en una energía constructiva es la transformación de un toro, utilizado en corridas de toros, en un buey que ara la tierra y tira de una carreta.

Vista desde este prisma, la civilización humana puede considerarse como una historia de la sublimación de Eros & Tánatos, es decir, el uso inteligente que la humanidad ha hecho de estas fuerzas o instintos básicos. De la misma manera, nuestra propia historia personal también consiste en los esfuerzos para desviar nuestro afecto y agresión naturales de su objetivo natural y primordial, con el fin de promover el cultivo de los valores humanos.

La castidad como desvío de energía
En consonancia con esta forma de pensar, el voto religioso de castidad consiste en desviar la afección natural del hombre y la mujer de su objeto primordial —casarse y tener hijos— canalizándola hacia un objetivo más cultural. Sacerdotes, religiosos y religiosas eligen no tener esposos y esposas para establecer una fraternidad más amplia; optan por no reproducirse biológicamente y tener hijos propios para ampliar y extender su paternidad y maternidad más allá de los lazos de sangre.

El dar a luz a un niño, o contribuir con material genético, hace de una persona un progenitor, pero no necesariamente un padre o una madre verdaderos. Hay auténticos padres que no son progenitores, y progenitores que no son auténticos padres.

La verdadera paternidad implica la dedicación completa, el don de sí mismo a los hijos, el acompañamiento continuo y constante hasta que se convierten en adultos, y el valor de cortar el cordón umbilical y darles su espacio y libertad cuando finalmente llegan a la edad adulta. En este sentido, nadie negaría la maternidad de la Madre Teresa, a pesar de que nunca dio a luz.

Considerando el hecho de que, a lo largo de la evolución, los lazos familiares han tenido más que ver con el instinto que con el puro afecto, podemos concluir que una sociedad en la que la interacción social se base únicamente en relaciones familiares siempre será muy fragmentada y frágil.

Una hermandad y paternidad que se extienda más allá de los límites de los lazos de sangre puede ser un vínculo de unión o cemento entre familias; más concretamente, puede ayudar a resolver los conflictos que surgen entre familias rivales y contribuir a la paz y el buen entendimiento entre todos, tal como el cartílago entre los huesos permite el funcionamiento de las articulaciones, evitando que el hueso toque hueso, lo cual causaría dolor.

Recapitulando, el curso natural del impulso amoroso es la formación de una familia, donde las relaciones se basan en los lazos de sangre. La castidad sublima, o desvía, el mismo impulso de su fin natural para darle un fin cultural: la fraternidad universal. El amor entre personas que no están unidas entre sí por lazos de sangre actúa como elemento unificador de la sociedad.

Marcuse llamó a esto "erotismo difuso", y Freud lo llamó "un impulso amoroso cortado (‘castrado’) de su objetivo primordial", y puso como ejemplo a San Francisco de Asís como el hombre que mejor sublimó su energía de Eros; el hombre que más y mejor partido sacó de ella al universalizar su eros, su afecto, hermanándose con toda la creación, tratando todo y a todos como hermanos y hermanas: el hermano sol, la hermana luna, e incluso a sus antagonistas, el hermano lobo y la hermana muerte.

Algunos dirían que este concepto de amor no es natural. En verdad, no lo es porque trasciende la naturaleza, pero, en ese mismo sentido, toda la cultura humana se opone a la naturaleza. De hecho, lo que es verdaderamente natural en el ser humano no es lo que es dado por la naturaleza, sino lo que él mismo logra a través de su mente creativa.

La castidad es como una presa
El amor dentro del voto de castidad puede compararse con una presa. La naturaleza no crea presas, los ríos fluyen en valles entre montañas, o abriendo grandes surcos en mesetas desérticas, y su agua vuelve al mar de donde salió sin ningún aprovechamiento humano. 

Con la construcción de una presa, el nivel de agua sube hasta el punto de poder regar los campos y transformar un desierto en un oasis, creando y alimentando una sociedad agrícola y rural; por otro lado, también puede aprovecharse para generar energía eléctrica, creando y alimentando ciudades industriales donde florece la cultura urbana.

Está claro que la presa reprime y comprime el agua impidiendo su flujo natural; por eso sus paredes deben ser fuertes y cóncavas. Por otro lado, realizada dentro de los límites de lo posible, el valor añadido y los beneficios que se obtienen de la fuerza motriz del agua para producir energía y de su canalización para el riego justifican plenamente su represión o represa.

Al igual que las paredes cóncavas y fuertes de la presa, la sublimación de Eros requiere que la persona posea un carácter fuerte y robusto para contener el impulso natural del Eros, que se manifiesta en el deseo sexual y en la paternidad natural, y así poder canalizar su energía hacia una paternidad y fraternidad más universal.

El bien que se hace a los demás, en el contexto de esta paternidad y fraternidad universal, resuena en nosotros en forma de alegría; el ver que otros están mejor gracias a nuestra acción compensa ampliamente el esfuerzo y el sacrificio involucrados en el proceso de sublimación.

La castidad, al igual que otras formas de sublimación, no es una negación de la energía vital, sino una redirección creativa de esta. No se trata de reprimir el deseo natural, sino de transformar su expresión en algo que sirva a un bien mayor. El amor, canalizado de manera consciente hacia una fraternidad universal, puede convertirse en una fuerza constructiva que trasciende los lazos biológicos, uniendo a la humanidad en un sentido más profundo.

En última instancia, la castidad es un acto de libertad y creatividad, donde la persona elige conscientemente no solo lo que hará con su energía, sino también a qué propósito más amplio servirá su vida. A través de esta elección, la energía de Eros puede convertirse en una fuente de compasión y generosidad ilimitada, contribuyendo al crecimiento espiritual y cultural de la humanidad en su conjunto.

Conclusión - La castidad es la redirección del amor instintivo hacia una fraternidad universal más allá de los lazos de sangre. Es la sublimación del deseo en una fuerza creadora que une y eleva a la humanidad.

P. Jorge Amaro, IMC (Edit. Begoña Peña)

viernes, 15 de mayo de 2015

Amor universal sin matrimonio

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Nosotros, los errantes, siempre en busca del camino más solitario, no acabamos un día donde lo hayamos comenzado; y ningún amanecer nos encuentra donde nos dejó el atardecer.

Khalil Gibran, El Profeta

El patrón de las películas de vaqueros
En mis tiempos de niño y de adolescente, me encantaba ver películas de vaqueros en la televisión. Hoy, pensando en retrospectiva, me queda claro que esas películas influyeron, diría que incluso, forjaron de alguna manera mi futuro. ¿Qué tiene que ver un misionero con un héroe vaquero? En realidad, no son tan diferentes; de hecho, tienen en común la mística que los mueve, la sed y el amor por la justicia y la libertad; solo divergen en la forma de actuar.

La mayoría de las películas de vaqueros tiene una narrativa similar: Al inicio de la película, al son de una música característica de este tipo de filmes, vemos al vaquero cabalgando en dirección a una ciudad. Al llegar, rápidamente se da cuenta de que algo va mal en esa localidad. Las calles están desiertas y las pocas personas que se pueden ver se esconden atemorizadas detrás de sus ventanas.

A pesar de percibir la sensación de terror que flota en el aire, el vaquero cabalga, y tras atar el caballo, camina intrépidamente, con la despreocupación y la autoconfianza que siempre lo caracterizan, hacia la puerta del Bar, que abre de una patada.

Es allí donde encuentra a los forajidos (bandidos, como los llamábamos entonces) que, después de matar al sheriff y a cuantos se les han enfrentado, infunden el miedo en los demás. Mientras pide un whisky al camarero, uno de los bandidos se acerca para desafiarlo; el whisky termina normalmente en la cara del bandido y, mientras este lleva la mano a la pistola, ya el vaquero ha disparado contra él, apuntando su arma a los demás. De este primer enfrentamiento queda claro que nuestro protagonista es un tipo duro y, a diferencia del resto de los hombres de la ciudad, no se deja intimidar fácilmente.

Saliendo del bar, con la misma soltura con la que entró, se encuentra con los habitantes del pueblo para informarse de la gravedad de la situación. Les inspira confianza, coraje y juntos trazan un plan y comienzan a trabajar para la liberación de la ciudad. Muchas veces les enseña técnicas de autodefensa, que rápidamente aprenden, ganando así también confianza en sí mismos.

Como siempre tiene que haber algo de romance para despertar el interés del público, las películas de vaqueros no son una excepción. Mientras duran los preparativos para la batalla final, una mujer se enamora de nuestro protagonista, dando así inicio a un romance que se despliega al mismo tiempo que el trabajo de liberación.

Eventualmente llega el día tan esperado. Con la ayuda de la gente del pueblo, el vaquero derrota a los bandidos. Aquí el patrón de las películas de vaqueros diverge un poco; en unas, cuando las personas buscan al vaquero para darle las gracias, este ya no se encuentra, solo se ve su silueta cabalgando a galope contra la luz del atardecer al son de la música con la que empezó la película; en otras, el vaquero permanece solo el tiempo suficiente para despedirse de aquellos a quienes amó, y por quienes arriesgó la vida por puro amor, por la verdad y la justicia, sin buscar nada a cambio.

Cierto es que el pueblo le ofrece establecerse allí, ser su sheriff, casarse con la mujer, etc. Hasta la fecha no conozco ninguna película de vaqueros que termine como los cuentos: "se casaron, tuvieron muchos hijos y fueron muy felices."

Se le ofrecen poder, dinero y amor... ¿Qué más puede desear una persona bajo el sol? Aun así, él rechaza y no se queda, porque la justicia, la verdad y la paz, con las que está comprometido y por las que arriesga su vida, le piden que se mantenga libre... Si aceptara y se quedara en la ciudad, otras ciudades no serían liberadas.

Abrazo inclusivo
Como el vaquero, el misionero ama universalmente. El mundo entero es su patria y la humanidad su hogar. Tiene hambre de justicia y sed de paz. Por ellas y para ellas, vive cada momento de su vida y siempre está dispuesto a sacrificarla enteramente, en cada uno de esos momentos.

A lo largo de toda su vida, el misionero se esfuerza por amar a todos por igual, sin exclusivismos y en libertad. Su objetivo no es pertenecer a una persona, sino ser uno con todos. En la sociedad de hoy, que pone tanto énfasis en el sexo y donde la masculinidad se ha vuelto sinónimo de desempeño sexual, un misionero, al igual que Jesús en su tiempo, encarna una forma de amar no erótica. En un mundo donde muchos buscan sexo sin amor, los misioneros se esfuerzan por amar sin sexo.

Un abrazo cerrado incluye a algunas personas, pero excluye a todas las demás. El misionero no cierra los brazos sobre nadie en particular, lo cual no quiere decir que ame con menos intensidad. Como una madre con varios hijos, en el aquí y ahora de su vida, el misionero ama con toda la intensidad a la persona que tiene frente a sí, sin agotar en ella su amor, porque el amor nunca se agota.

Aunque la sociedad de hoy tiende a poner el instinto sexual al mismo nivel que otras necesidades físicas individuales, como comer y beber, la verdad, que pocos quieren admitir, es que, a diferencia de estos apetitos que son intrínsecos al individuo en función de él mismo, el apetito sexual, también intrínseco al individuo, no se realiza en función de él, sino en función de la especie. La relación sexual no es tanto una necesidad de los seres humanos como individuos, sino una necesidad de la raza humana para sobrevivir.

En función del individuo, la práctica del sexo es completamente inocua, ni resta ni añade nada a la persona que lo practica o no lo practica. Por lo tanto, el individuo no necesita la realización del acto sexual para preservar, afirmar o aumentar su masculinidad o feminidad. Hombres y mujeres se distinguen tanto como se complementan en todas las áreas de su masculinidad y feminidad, no solo en los órganos genitales.

El amor puede existir y subsistir y tener sentido, sin sexo, ya que hay una infinidad de situaciones amorosas donde el sexo no se aplica, no entra ni debe entrar; al contrario, el sexo sin amor no debe existir, no tiene sentido, pues transforma a la persona en un objeto de placer instrumentalizándola y degradándola, incluso en el caso del sexo consentido entre adultos donde ambos son sujeto y objeto.

Amar es, como dice Santo Tomás de Aquino, desear el bien del otro. Por eso dice el proverbio español "obras son amores y no buenas razones", el amor se manifiesta en las obras, tal como la fe. Contrariamente a lo que dice el dicho popular: practicar sexo no es "hacer el amor", pues el amor se manifiesta en las obras, crece o decrece con y por ellas.

Lejos de ser la única, el acto sexual es tan solo una de las muchas formas de decir: "Te amo"; y no aplica, ni es lícito, ni moral en muchas formas de amar. Pero, incluso en las situaciones amorosas en que es correcta y adecuada la expresión sexual, esta, por sí sola, ni resta ni añade nada al amor, solo expresa o no expresa el amor que existe o no existe.

La necesidad es amar y ser amado
"All you need is love", solían cantar los Beatles en los años 60. De hecho, después de las necesidades básicas que no incluyen el sexo, amar y ser amado es la única necesidad y condición sin la cual la vida humana ni existe ni subsiste. Ninguna persona jamás alcanzará la madurez plena, como ser humano, si no es amada incondicionalmente durante la infancia y ama incondicionalmente como adulto.

Quien en su adultez busca ser amado más que amar, se comporta afectivamente como un niño. Y como la sociedad no tolera que los adultos se comporten como niños, buscará ser amado de forma sesgada, con engaños, manipulaciones y juegos psicológicos; de eso tratan las telenovelas. Quien es maduro afectivamente puede pasar sin ser amado; no puede pasar sin amar. Jesús en su vida terrenal, buscando siempre amar y servir a los más pobres y desfavorecidos, no buscaba ser amado, pero tampoco rechazaba el amor que le profesaban.

Amor universal, paternidad universal
Todo hombre y toda mujer, tienen una vocación natural para ser padre y madre. El misionero está llamado a realizarla, no de una forma biológica o física, sino de una forma psicológica y espiritual. Incluso para los que son padres, en sentido biológico, lo más importante no es el escaso tiempo del proceso de la concepción, sino los largos años del proceso educativo.

El misionero no es padre trayendo más hijos al mundo, sino contribuyendo a la educación y humanización de los que ya están aquí. Su paternidad o maternidad no se mide por el número de hijos biológicos que haya engendrado, sino por las vidas en las que haya influenciado positivamente. Su misión es inspirar a los demás para que vivan de manera más justa, más pacífica y plena.

El misionero, al igual que el vaquero solitario de las películas, nunca se queda en un solo lugar. Continúa su camino, llevando consigo su deseo insaciable de justicia, su amor por la verdad y su anhelo de paz. Porque, para él, la vida no se trata de asentarse en un lugar, sino de seguir avanzando, liberando a los cautivos y proclamando un amor que no conoce fronteras ni condiciones.

Y, al igual que en las películas de vaqueros, su partida deja una huella imborrable. Aunque no busque gloria ni reconocimiento, el amor que ha sembrado florece en aquellos a quienes ha tocado, transformando corazones y comunidades enteras. Así, su misión se perpetúa más allá de su propia vida, en cada acto de amor y justicia que ha inspirado.

El misionero ama sin esperar nada a cambio. Ama en libertad, con los brazos siempre abiertos, listo para abrazar al siguiente que se cruce en su camino. Porque, para él, la vida es una aventura en la que el amor es la única brújula que importa. Del misionero se puede decir, como se dijo de Jesús: "Pasó por el mundo haciendo el bien."

Conclusión - El misionero, como el vaquero solitario, se mueve por un amor universal y desinteresado, buscando la justicia y la paz sin atarse a nada ni a nadie. Su vida es un acto continuo de entrega, donde el amor se expresa en obras más allá de las relaciones convencionales. Comprometido, pero no enganchado.

P. Jorge Amaro, IMC (Edit. Begoña Peña)

viernes, 1 de mayo de 2015

La Verdadera causa de la pobreza

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Oxfam, la ONG británica que lucha contra la pobreza en el mundo, declaró en el Foro Económico Mundial en Davos en 2015 que, de seguir así, el próximo año el 1% de la humanidad, que ya posee el 48% de la riqueza mundial este año, tendrá más riqueza que el resto del 99%, pues poseerá el 52%. Esto da pie a preguntarse: Sr. Adam Smith, padre del capitalismo moderno, ¿dónde está esa "mano invisible que busca el interés común"?

Las contradicciones del capitalismo
Un turista de un país rico, paseando por la playa, se encontró con un pescador recostado en su barca, fumando pacíficamente su pipa mientras el sol ya empezaba a ponerse en el horizonte.

    "¿Por qué no has ido a pescar?" Preguntó el hombre rico.
    "Ya lo hice", respondió el pescador.
    "¿Y por qué no vas otra vez?", continuó el hombre rico.
    "Porque ya he pescado lo suficiente para hoy".
    "¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?", inquirió el hombre rico.
    "¿Y qué haría yo con tanto pescado?", preguntó el pescador.
    "Lo venderías y ganarías más dinero; así podrías ponerle un motor a tu barco. Entonces podrías pescar en aguas más profundas y atrapar más peces, lo que te permitiría quizás comprar un barco más grande y mejores redes y equipos. Con el tiempo, podrías llegar a tener dos barcos y personas trabajando para ti, y entonces serías rico como yo".
    "¿Y qué haría yo después?", preguntó el pescador.
    "Ah, después podrías disfrutar de la vida", respondió el rico.
    "¿Y no es eso lo que estoy haciendo ahora?", concluyó el pescador con una sonrisa divertida.

Esta historia es citada en uno de los libros de Anthony de Mello con el propósito de satirizar la ideología capitalista: primero creamos un excedente de mercancías; luego, basándonos en la psicología profunda de la naturaleza humana, a través de la publicidad y el marketing, creamos necesidades ficticias que llevan a las personas a consumir más. Las consecuencias de esta ideología son:

  1. Inmoral explotación de los recursos del planeta, sobre todo en los países más pobres, sin grandes ventajas para ellos.
  2. Contaminación del ecosistema humano por gases tóxicos irrespirables, cuyo efecto invernadero ha provocado un aumento de la temperatura global y cambios climáticos que ya se están sintiendo y que son una gran preocupación para el futuro.
  3. Deterioro de la salud en los países más ricos debido a la contaminación atmosférica, la contaminación de las tierras de cultivo, los mares y los ríos, y el consumo excesivo de alimentos genéticamente modificados, producidos con fertilizantes químicos, tratados con pesticidas y procesados con colorantes y conservantes artificiales.
  4. La concentración de la riqueza en manos de unos pocos es inversamente proporcional a la pobreza creada en el resto de la población mundial.

La población mundial ya ha superado los 7 mil millones de personas. Los ambientalistas dicen que si cada uno de estos 7 mil millones de personas viviera como en el mundo occidental (Europa, América del Norte, Australia), el planeta solo podría sostener la vida de sus habitantes durante tres meses; después ya no habría más recursos y la contaminación del mar, la atmósfera y las tierras cultivables sería tal que la vida no sería posible.

Podemos concluir que nuestro modo de vida es perjudicial para la mayoría de las personas, que nunca alcanzarán el mismo nivel de vida, y es perjudicial para el planeta que habitamos. ¿Cómo solucionar este problema? Para que todos los habitantes de este planeta puedan vivir con dignidad y con lo mínimo indispensable, los ricos deben consumir menos para que los pobres puedan consumir lo necesario. Como los ricos no quieren bajar el nivel de vida que han alcanzado ni quieren que el planeta muera, es necesario crear mecanismos para que los pobres no salgan de su pobreza.

Una globalización injusta
Esta última etapa del capitalismo ha traído crecimiento económico a nivel planetario, pero no ha involucrado de manera equitativa a todos los habitantes del planeta. Existen mecanismos que hacen que los países ricos sean cada vez más ricos y los países pobres cada vez más pobres.

El principio físico de los vasos comunicantes nos dice que, si un recipiente lleno de agua se comunica con otro casi vacío, el nivel de agua se igualará en ambos recipientes. La globalización, o sea, la intercomunicación entre todos los países debería traer más igualdad, pero no lo ha hecho. Esto se debe a que la comunicación no se realiza sin impedimentos, como en el principio de los vasos comunicantes, sino con válvulas.

Una válvula es un mecanismo que permite que el movimiento se realice en un solo sentido. Por ejemplo, el duodeno es una válvula entre el estómago y el intestino, cuya función es dejar que los alimentos pasen del estómago al intestino, sin permitir que regresen.

Por lo tanto, la globalización, que siguiendo el principio natural de los vasos comunicantes debería ser justa, se ha convertido en una forma moderna de explotación debido a la existencia de una especie de "duodeno" entre los países ricos y los países pobres.

Hace unos años, la economía sustituyó a la política en el mando de este mundo; ahora estamos presenciando el momento en que las finanzas, es decir, hacer dinero con dinero sin crear riqueza, han sustituido a la economía en el mando.

Para la política, el mundo era un foro, un gran parlamento; para la economía, el mundo era un gran mercado; para las finanzas, el mundo es solo un casino donde unos ganan fortunas a costa de otros desdichados que juegan y empeñan la casa, la esposa y los hijos, y aun así no logran evitar la bancarrota.

Feudalismo económico-financiero
Estamos marchando ciegamente hacia un feudalismo económico y financiero. La fusión de grandes empresas multinacionales, con la consecuente monopolización de sectores enteros de la economía mundial, supone una amenaza para la democracia; el enorme poder concentrado en las cúpulas de dichas empresas escapa al criterio y escrutinio de la política y de los gobiernos de los países donde estas empresas tienen su sede y actúan.

En las antiguas democracias, el poder residía en el pueblo, que lo delegaba por un tiempo determinado a los políticos, pudiendo el pueblo siempre pedirles cuentas. En el feudalismo actual, el poder del pueblo es ficticio; el verdadero poder reside en las cúpulas de las grandes empresas y grupos. Los políticos solo existen "para dar una imagen", como los reyes en las monarquías constitucionales: reinan, pero no gobiernan; son simplemente marionetas que ejecutan los intereses financieros de esas cúpulas, que generalmente no tienen rostro y no rinden cuentas ante nadie porque el dinero compra todo y a todos, y son elegidas por elites endogámicas.

En el parlamento, como en las asambleas de cualquier país, se sientan diputados que, una vez elegidos por el pueblo, se dejan corromper por empresas, grupos y oligarquías. A la hora de votar las leyes, representan y defienden los intereses de quienes les pagan por fuera, no los intereses del pueblo que los eligió para ocupar ese lugar. Incluso aquellos que están en régimen de exclusividad, como el anterior primer ministro de Portugal, Pedro Passos Coelho, reciben por ambos lados.

Desmaterialización de los productos
También estamos asistiendo a una desmaterialización de los productos. Cuando compramos algo, cada vez pagamos menos por el valor de la materia prima y más por el valor añadido: mano de obra, marketing, publicidad, envoltorio, marca, etc. Por ejemplo, si el precio de una taza de café es un euro, solo dos céntimos van para quien cosechó el café; ocho para el dueño de la plantación; diez para el transporte, otros diez para el importador, el vendedor al por mayor, el procesador, el distribuidor, y finalmente, cuarenta céntimos para quien lo vende al consumidor. Una enorme cantidad de personas vive a expensas de un producto… Solo este mecanismo ya hace que los consumidores ricos vivan a expensas de los productores pobres.

Desnacionalización de los productos
El “hecho en” que traían los productos es puramente ficticio, y muchos ya ni siquiera lo tienen. Cada producto está compuesto por componentes producidos en diferentes países, donde la mano de obra es más barata y donde se puede contaminar sin límites. Por ejemplo, Nike pagaba 80 céntimos al mes a niños de la India que trabajaban de sol a sol para después vender las zapatillas que producían a 150 dólares en los Estados Unidos.

Desde un punto de vista ecológico, no tiene sentido que un kilo de uvas de California sea exportado en avión a Alemania, generando un kilo de dióxido de carbono en la atmósfera. Pero sucede... Tampoco es racional que los cangrejos pescados en el Atlántico Norte sean llevados a Marruecos para ser pelados, empacados en Polonia y consumidos en Alemania.

Génesis del Terrorismo
No hace falta decir que esta situación del mundo actual es el caldo de cultivo, el tipo de ambiente que produce y reproduce el terrorismo, como hemos estado presenciando desde el 11 de septiembre de 2001. La disparidad global es fundamentalmente incompatible con la seguridad global. No debemos olvidar que las torres que fueron atacadas eran llamadas "World Trade Center" – Centro del Comercio Mundial.

Luchar contra el terrorismo solo a través del ejército y la policía es repetir una y otra vez la leyenda del dragón de las siete cabezas: por cada cabeza cortada, nacen otras siete. El combate más eficaz en la lucha contra el terrorismo en todo el mundo es trabajar por la justicia y la paz.
Economía saludable a costa de la salud de los trabajadores

Se está rompiendo el antiguo equilibrio en la distribución del tiempo: 8 horas de trabajo, más 8 horas de descanso y 8 horas de relaciones sociales. Hoy en día, para muchas personas, las horas de trabajo son 10 e incluso 12 horas, lo que nos devuelve a la situación de la primera Revolución Industrial. La excesiva producción lleva al excesivo consumo y a la enfermedad física y psicológica, pues reduce a los seres humanos a meras máquinas de producción y consumo.

Por otro lado, hay poco tiempo para el descanso y la vida familiar, por lo que los niños, que antes no tenían padre, pero al menos contaban con la madre, ahora no tienen ni padre ni madre, ya que ambos trabajan para sobrevivir y pagar las cuentas. Esta situación causa enfermedades en las familias y en la sociedad, que no es más que un conjunto de familias.

Jesús dice que el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado. La economía está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía. ¿Qué es más importante: la salud de la economía o la salud del hombre que sostiene la economía?

Podríamos ser más saludables y felices existencialmente si trabajáramos menos y consumiéramos menos. La economía, de hecho, es saludable en el mundo occidental, pero a costa de un hombre cada vez más enfermo en todos los niveles. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? (Marcos 8:36)

Conclusión – Estas son las contradicciones y desigualdades del capitalismo global, un sistema que concentra la riqueza en manos de unos pocos mientras aumenta la pobreza para la mayoría. La globalización, en lugar de equilibrar las diferencias entre ricos y pobres, perpetúa una forma moderna de explotación. Por otro lado, el impacto ambiental, la deshumanización del trabajo y la creciente influencia de las grandes corporaciones sobre la política, amenaza la democracia y exacerba la desigualdad.

Para combatir la pobreza y el terrorismo, es necesario trabajar por una justicia económica global, reduciendo el consumo excesivo y priorizando la salud y el bienestar de las personas sobre el crecimiento económico desenfrenado.

P. Jorge Amaro, IMC (Edit. Begoña Peña)

jueves, 16 de abril de 2015

"Felix Culpa"

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Oh indispensable pecado de Adán,
Pues Cristo lo disuelve en su amor;
Oh feliz culpa que ha merecido
La gracia de un tan grande redentor
.
Pregón Pascual

La expresión latina “Felix Culpa” deriva de los escritos de San Agustín sobre la caída de Adán y Eva, que arruinó la naturaleza humana dando inicio al pecado original, que, como una enfermedad genética, se ha propagado de generación en generación.

A la luz de la Resurrección de Cristo, San Agustín reinterpreta de manera "positiva" el pecado de Adán y Eva, extendiendo así la positividad del presente a la negatividad del pasado. Por esta razón, la Iglesia incluyó esta exclamación del santo en el pregón pascual, que es el momento litúrgico en la vigilia Pascual en que se proclama la resurrección de Cristo.

En la vida diaria encontramos ejemplos de esta realidad: la mujer que da a luz, ante la alegría inmensa que siente al tener a su hijo en brazos, pronto olvida los dolores del parto o los ve de manera distinta. Que la botella esté medio llena o medio vacía es un hecho irrelevante; lo relevante es la interpretación que se hace del hecho: para el pesimista está medio vacía, para el optimista está medio llena.

"No hay mal que por bien no venga"
El caballo de un viejo agricultor se escapó a las montañas. "Qué mala suerte", dijeron los vecinos con empatía, a lo que el anciano respondió: "¿Mala suerte o buena suerte? ¿Quién sabe?" Una semana después, el caballo regresó con una manada de caballos salvajes, y esta vez los vecinos felicitaron al agricultor por su suerte.

La respuesta del viejo fue la misma: "¿Buena suerte o mala suerte? ¿Quién sabe?" Luego, su hijo, al intentar domar a uno de los caballos, cayó y se rompió una pierna. Todos vieron esto como mala suerte, pero el anciano se limitó a decir: "¿Mala suerte o buena suerte? ¿Quién sabe?" Semanas después, el ejército pasó reclutando a todos los jóvenes aptos para el servicio, excepto al hijo del viejo, que aún usaba muletas...

La manzana del Jardín del Edén parecía buena; mucho de lo que aparentemente parece bueno puede ser malo, y viceversa, lo que parece malo puede ser bueno. Las palabras suerte o mala suerte solo tienen sentido para el supersticioso; el creyente ve todo, lo bueno y lo malo, como providencia divina encaminada hacia un final feliz.

Como la antimateria existe en oposición y en función de la materia, así Dios creó la posibilidad del mal como una alternativa a Él mismo, para que el hombre fuera libre de amarlo o rechazarlo. Fue el mal uso o abuso de esa libertad lo que creó los males concretos de los que la humanidad ha sufrido desde aquel momento.

Dado que nada existía antes de Dios, y la posibilidad del mal fue creada por Él, podemos concluir que Dios es indirectamente responsable del mal en el mundo. Al colocar ese árbol en el jardín, Dios conocía el riesgo que corría. Por otro lado, la alternativa de no crear la posibilidad del mal nos habría convertido en robots, marionetas, extensiones de Dios, pero no en seres personales, libres, autónomos e independientes, como Dios quiso que fuésemos desde el principio.

El salario del pecado es la muerte (Romanos 6:23)
Con la muerte de Su Hijo, Dios pagó el precio de haber creado la posibilidad del mal para que el hombre fuera libre. La providencia divina nos dice que nada sucede sin la voluntad de Dios. Si Dios permite el mal, es porque tiene en mente un bien mayor.

La misma providencia divina nos invita a no interpretar ningún acontecimiento, ya sea individual o comunitario, fuera de su contexto. Cada acontecimiento debe verse como una pieza de un rompecabezas del solo Dios tiene la visión total; nos corresponde tener fe en que Dios dirige tanto nuestra historia como la de la humanidad hacia un bien mayor y un final feliz.

Todos tenemos ejemplos en la vida de cómo, de hecho, "no hay mal que por bien no venga": Fue una desavenencia entre San Pablo, Bernabé y Marcos lo que llevó a Marcos a dejar la compañía del santo. En lugar de seguir a San Pedro, de esta manera tuvimos un evangelio nacido de la predicación de San Pedro, el de San Marcos, como más tarde tuvimos otro nacido de la predicación de San Pablo, el de San Lucas.

Cuando San Antonio de Lisboa fue a Italia, su trabajo consistía en lavar ollas y sartenes. Fue necesario que enfermara el predicador designado para la ordenación de un sacerdote, para que sacaran a San Antonio de la cocina y lo pusieran en su lugar adecuado, el púlpito, donde pronto se reveló como un predicador extraordinario.

Una enfermedad y el tiempo de convalecencia transformaron la vida de San Francisco de Asís, de San Ignacio de Loyola, y de muchos otros santos que seguían un camino que no los conducía a la santidad, sino todo lo contrario.

“Felix Culpa” en nuestra vida
Dios escribe derecho con renglones torcidos, y siempre va un paso adelante de nosotros. Al fracasar el plan A con la caída de Adán, Dios ideó inmediatamente un plan B; cuando la humanidad mató a Su Hijo, Dios lo resucitó. Podemos leer la historia de la humanidad con los renglones torcidas donde Dios escribe recto.

Felix Culpa es una exclamación hecha en el presente sobre algo que sucedió en el pasado.
Felix culpa es la lectura presente de una realidad pasada.
Felix culpa es la reinterpretación del pasado negativo a la luz del presente positivo.

La parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13:24-30) sugiere que en el mundo y en la sociedad, al igual que el trigo y la cizaña, el mal y el bien están tan entrelazados que es difícil distinguirlos, por lo que lo mejor es no precipitarse, confiar en la providencia divina y esperar al final.

El Felix culpa no solo se aplica a la historia de la salvación de la humanidad, sino también a nuestra historia personal de salvación. Solo nos sentimos salvados cuando, al mirar la negatividad de nuestro pasado, entonamos nuestro “Felix Culpa”.

El primer paso es hacernos responsables de todo lo que hemos hecho y de todo lo que nos ha sucedido. No podemos culpar a otros, decir que fue el diablo quien nos tentó, o apelar a nuestra herencia genética, culpar a nuestro entorno social o a nuestros padres. Es cierto que todos estos factores nos han moldeado y contribuido a lo que somos hoy; sería un error negar su importancia. Conscientes de que no hay sociedades, familias, padres y educaciones perfectas, debemos hacernos responsables de todo lo que hemos hecho y de todo lo que nos ha sucedido, tomando así las riendas de nuestra vida.

Hacerse responsable no significa instalarse y revolcarse en una especie de culpa falsa, insalubre, cruel, abusiva y depresiva; estas son las "arenas movedizas" de una espiritualidad suicida. Para salir de este estancamiento, es necesario mirar el conjunto de nuestra vida, entonar nuestro Felix Culpa y verificar que no hay mal que por bien no venga.

En la vida aprendemos más de nuestros errores que de nuestros aciertos. Cada hecho negativo es un regalo que nos da la vida. Todo regalo viene en una caja; la caja es el hecho negativo, su contenido, el presente, es la lección que ese hecho negativo nos brindó, es decir, lo que aprendimos de él.

Conocí a una joven que no lograba superar el trauma de haber sido abusada sexualmente por su tío, ni entonar su Felix Culpa, hasta el día en que se dio cuenta de que la visión negativa que tenía del sexo de alguna manera la había librado de una vida sexual promiscua, de embarazos y abortos que fueron la realidad de algunas de sus amigas.

No hay familias perfectas, ni padres, ni tíos perfectos, ni primos, ni maestros, ni catequistas; mucho antes de que fuéramos conscientes de nosotros mismos, antes de conocernos como personas, el pecado ya nos había tocado de mil maneras.

El "Felix Culpa" no transforma el mal en bien, ni justifica ni excusa a quienes lo cometieron. Solo ayuda a reinterpretarlo para encajarlo en el contexto general de la vida, mirarlo de manera menos negativa y evitar que arruine el presente.

Lo que importa es el resultado final
Si el pecador renuncia a todos los pecados que cometió, si observa todas mis leyes y practica el derecho y la justicia, vivirá, no morirá. No se recordarán las faltas que cometió, vivirá por causa de la justicia que practicó. (…) Pero si el justo se desvía de su justicia y practica el mal (…) La justicia que practicó no será recordada; morirá por causa de la infidelidad y del pecado que cometió. (Ezequiel 18: 21-22, 24)

Esta escritura sugiere que lo que realmente importa es cómo nos encontramos al final de nuestras vidas; lo que cuenta es el momento presente, lo que hemos llegado a ser. La positividad y la negatividad son como los andamios de la construcción de nuestra vida.

Como sugiere el profeta Ezequiel, Dios no tiene memoria histórica del bien o del mal que hacemos durante nuestra vida; lo importante no son los actos, sino las actitudes, es decir, las personas en las que nos convertimos al final de la construcción de nuestra vida. Por lo tanto, lo que cuenta es el resultado final; por eso, como dicen los españoles con cierta ironía, "que Dios nos coja confesados".

Inspirándonos en la parábola de los talentos, podemos afirmar que Dios no nos pide lo que no nos dio; inspirándonos en la parábola del sembrador, podemos afirmar que Dios no pide a todos que den el 100%; Él está igualmente contento con el 60% o incluso con el 30%. Lo importante es no esconder el talento y hacerlo rendir; hacer la tortilla con los huevos que nos dieron y nunca concluir que no tenemos suficientes huevos para hacerla.

Conclusión – “Felix Culpa” es la reinterpretación en retrospectiva del pasado negativo a la luz del presente positivo.

P. Jorge Amaro, IMC (Edit. Begoña Peña)

miércoles, 1 de abril de 2015

Las cosas que el dinero no compra

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Dios gobierna en el otro mundo; el dinero manda en este. No hay nada que el dinero no te haga hacer; todos tienen un precio.

¿Cuánto vales? Lo escuchamos tantas veces en las películas: el dinero compra todo y a todos; nadie resiste al vil metal. Las personas que llegan a vender su honor, su verdad y su dignidad lo hacen creyendo que el dinero les comprará todo lo esencial para la autorrealización y la felicidad.

La verdad es que, lejos de comprar todo, el dinero ni siquiera compra las cosas más importantes, aquellas que realmente necesitamos en la vida. Por eso no es difícil encontrar personas deprimidas e infelices entre los ricos y personas felices y realizadas entre los pobres.

El dinero puede comprar una cama, pero no puede comprar el sueño; puede comprar comida, pero no el apetito; puede comprar libros, pero no la inteligencia; puede comprar lujo, pero no la belleza; puede comprar una casa, pero no un hogar; medicamentos, pero no la salud; reuniones sociales, pero no el amor; diversión, pero no la felicidad; un crucifijo, pero no la fe; un lugar lujoso en el cementerio, pero no en el cielo.

No hay nada más valioso que la vida, y la vida es un don de Dios; el amor, que es el principio de la vida, es libre y no puede ser vendido ni comprado. En esencia, solo se compran los medios materiales esenciales para estar vivos; la vida ni se compra ni se vende ni se posee.

La princesa Diana de Gales tenía todo lo que una joven podría pedir en la vida: juventud, belleza, poder, dinero, fama, "sangre azul" y dos hijos preciosos, y aun así no era feliz porque le faltaba lo principal, lo que el dinero no puede comprar: el amor. En su búsqueda, abandonó todo y fue en esa búsqueda que perdió la vida. Otros, que teniendo lo esencial, el amor, hacen lo contrario, buscando afanosamente todo lo que ella despreciaba, gastando en ello sus vidas, y muchas veces terminan perdiendo lo que ya tenían: el amor.

Al igual que Diana de Gales, San Benito de Nursia, San Bernardo de Claraval, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Antonio de Lisboa, Santa Isabel de Portugal, San Nuno Álvares Pereira, Santa Beatriz de Silva, etc., los santos de la Iglesia Católica, en su mayoría, eran de clase media-alta, cultos, jóvenes, bellos, ricos, algunos de sangre azul, y todos lo dejaron todo por Cristo, tal como San Pablo lo hizo: "Por causa de él lo perdí todo y lo considero basura a fin de ganar a Cristo" (Filipenses 3:8).

El valor y no valor de la pobreza
La pobreza exaltada en la Biblia no es aquella que impide a los seres humanos sustentar sus vidas y vivir con dignidad. Desde el principio, la Biblia nos presenta un Dios que, lejos de ser neutral o imparcial, lucha contra este tipo de pobreza.

De hecho, Dios está del lado de los pobres contra los ricos, como se ve en el cántico de María (Lucas 1:53). Se alegra de la caída de los ricos, no como seres humanos, sino en su calidad de ricos. Como seres humanos, Dios quiere la conversión del pecador, no su muerte. Dios es probablemente el único que distingue entre el pecador y sus pecados, condenando el pecado, pero salvando al pecador.

Como religiosos, nuestro voto de pobreza surge de la segunda bienaventuranza que cita San Mateo en su Evangelio: la opción por la pobreza (Mateo 5:3). La elección de la pobreza, por tanto, está motivada por la libertad respecto al dinero, que puede dominar el corazón, y por el deseo de testimoniar el amor de Dios por los últimos, los discriminados, los rechazados, compartiendo su condición. Buscamos compartir la condición de los pobres, tanto como lo hizo Jesús: "Siendo rico, se hizo pobre" (2 Corintios 8:9).

El voto de pobreza
Así como los votos religiosos de castidad, pobreza y obediencia hacen referencia a valores eternos, aquellos que los encarnan se convierten en sacramentos, embajadores, signo y símbolo de eternidad para el resto de los cristianos. Viviendo ya aquí y ahora los valores que todos estamos llamados a vivir en el cielo, relativizan realidades como el dinero, el poder y el placer.

Con respecto al voto de castidad, como en el cielo no hay muerte, no hay necesidad de matrimonio, como sugiere Mateo 22:30. Vivir en castidad o en amistad universal es lo que nos espera a todos.

En cuanto al voto de obediencia, lo que el religioso quiere relativizar es el amor por el poder, que tantos tienen; la obsesión por querer llegar a la cima, pensando que una vez allí no se tiene que obedecer a nadie. Obedeciendo, el religioso quiere mostrar que es haciendo la voluntad de Dios como mejor nos realizamos.

Conclusión - El dinero puede comprar muchas cosas materiales, pero las más importantes en la vida, como el amor, la felicidad, la fe y la dignidad, son invaluables y no están a la venta.

P. Jorge Amaro. IMC (Edit. Begoña Peña)