viernes, 2 de septiembre de 2016

Si Mahoma no va a la montaña...

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Cada cabeza es un mundo – Es inevitable que surjan conflictos en las relaciones humanas, y el resultado final de acaloradas discusiones y polémicas entre individuos con personalidades diferentes y posturas antagónicas sobre el mismo tema es, muchas veces, el desacuerdo y la ruptura de relaciones.

Es frecuente que ninguna de las partes reconozca que ha ofendido y que ambas se sientan ofendidas. Es muy probable que la divergencia en la atribución de la culpa se deba al hecho de que ambas partes sean, al mismo tiempo, ofensores y ofendidos.

Para restablecer la armonía y la paz, los ofensores deben pedir perdón y los ofendidos deben perdonar. Cuando unos y otros hacen lo que se espera de ellos para restablecer la comunicación, el conflicto cesa, se restablece una paz más fuerte y duradera entre ambas partes, que se sienten satisfechas, aunque inicialmente hayan tenido que contradecir y superar sus instintos básicos y tragarse su orgullo.

Sin embargo, en la realidad, muchas veces no es eso lo que ocurre. Hay ofensores que nunca piden perdón y ofendidos que nunca perdonan.

Es de esperar que Mahoma vaya a la montaña
"Por tanto, si llevas tu ofrenda al altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda." (Mateo 5, 23-24)

El evangelio citado pide a los agresores que reconozcan su culpa y pidan perdón. Pero si estos no lo hacen, para evitar el inmovilismo y la situación de bloqueo que se crea, el evangelio ordena que sea el agredido quien vaya al encuentro del agresor. Esta situación está descrita con detalle en Mateo 18, 15-18.

Es una de las primeras preguntas que Dios dirige al hombre en la Biblia: "¿Dónde está tu hermano?" (Génesis 4, 9), a la que no puedo responder encogiéndome de hombros y diciendo que no lo sé, que no soy guardián de mi hermano, como dijo Caín. Si buscamos amar al prójimo como a nosotros mismos, nos damos cuenta de que, de hecho, sí somos guardianes de nuestros hermanos.

Cuando nos ponemos ante Dios, como el fiel del texto de Mateo, Dios actúa como un espejo y nos hace ver quiénes somos y cómo nos relacionamos con nuestros hermanos. Por lo tanto, es imposible que allí no recordemos el mal que hemos hecho a nuestros hermanos. Si no escuchamos la voz de la conciencia y no pedimos perdón a nuestro hermano, somos hipócritas; podemos rezar y practicar todo tipo de actos religiosos, pero Dios nos da la espalda mientras no nos reconciliemos con nuestro hermano.

El segundo mandamiento es el amor al prójimo, y como no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al prójimo, a quien sí vemos (1ª Juan 4, 20), solo cuando amamos al prójimo demostramos que amamos a Dios. Como sugiere el capítulo 25 del evangelio de San Mateo, a Dios se le ama en el prójimo o no se le ama: "Todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo hicisteis."

El juicio final, tal como lo describe el evangelista, se basa en el mandamiento del amor al prójimo y no en el mandamiento del amor a Dios. Por lo tanto, es en cierto modo un juicio civil y no religioso. Con esto podemos concluir que toda práctica religiosa que no lleve a un crecimiento personal, a ser mejores personas y a mejorar nuestras relaciones con los demás, es opio y alienación.

Muchos Mahomas no van a la montaña
Cuando era pequeño, me gustaba mucho jugar con mi gato y me maravillaba su agilidad. Para ponerla a prueba, lo sujetaba por las cuatro patas y lo dejaba caer de espaldas; fuera cual fuese la distancia hasta el suelo, siempre lograba girarse y caer sobre sus cuatro patas.

Al igual que mi gato, hay muchos ofensores que siempre caen de pie. Nunca admiten que han hecho algo malo y buscan justificarse a sí mismos. Racionalizan su comportamiento; dicen que fue sin querer, que no fue con mala intención. Pero, por mucho que algunos se resistan a admitirlo, donde hay humo, hay fuego; donde hay un ofendido, hubo un ofensor, y nunca ninguna ofensa se hizo para el bien del ofendido, sino todo lo contrario.

El tiempo todo lo cura, menos la vejez y la locura
También hay quienes se hacen responsables y admiten su culpa, pero en su orgullo consideran que pedir disculpas es humillarse ante los demás, y esperan que el tiempo cure la herida del agredido. La psicología nos dice que eso no es lo que sucede. Cuando pedimos perdón, la ofensa se retira; cuando no lo hacemos, permanece en el corazón del ofendido y probablemente se acumule con otras anteriores, haciendo crecer el resentimiento y envenenando las relaciones futuras.

No pedir perdón es como una herida que, aparentemente, parece estar sanada porque ha cerrado; sin embargo, bajo la piel que la cubre, el tejido se va pudriendo, generando pus y cambiando de color. Cuando menos se espera, revienta, creando una situación peor que la inicial.

Muchas veces nos sorprendemos ante la desproporcionada ira y explosión de ciertas personas ante una pequeña ofensa, porque desconocemos que esa pequeña ofensa es solo la última gota que ha colmado el vaso de su resistencia emocional.

"Si os enojáis, no pequéis; que el sol no se ponga sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo." (Efesios 4, 26-27) – Como sugiere San Pablo, lo mejor es pedir siempre perdón por cada ofensa y nunca dejar pasar la ocasión de hacerlo, para evitar la acumulación de culpas y resentimientos.

Para algunas personas, lo que hace difícil pedir perdón es la posibilidad de no obtenerlo, así como la eventualidad de tener que enfrentarse a la ira y la humillación de la persona a quien se lo piden.

Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma
"Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo a una o dos personas más, para que toda la cuestión se resuelva por la palabra de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso, díselo a la Iglesia…" (Mateo 18, 15-18)

Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma – Esta es la formulación del refrán popular que oímos en muchos contextos. Históricamente, sin embargo, la formulación es al revés: Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. La primera aparición de este dicho, con esta formulación, está en el capítulo 12 de los ensayos de Francis Bacon, publicado en 1625.

Para evitar el inmovilismo, el estancamiento de las relaciones humanas o la guerra fría del resentimiento, el evangelio tiene un mensaje tanto para los ofensores como para los ofendidos, como hemos visto antes. A los ofensores, los exhorta a pedir perdón. En caso de que no lo hagan, podemos y debemos perdonarlos en nuestro interior, como Jesús en la cruz con sus verdugos.

Sin embargo, el perdón interior es insuficiente y no es pedagógico ni para nosotros como ofendidos ni para los ofensores, ya que es un comportamiento pasivo. Lo ideal es adoptar una actitud proactiva y asertiva: acercarnos a ellos con la bandera blanca izada, como sugiere el evangelio.

Gramaticalmente, el asertividad usa la voz pasiva, con la esperanza de que, ante nuestra miseria, quien nos ha agredido sienta misericordia y nos pida perdón.

Conclusión - Si quien nos ha ofendido no viene a pedirnos perdón, el evangelio nos llama a dar el primer paso; no para acusarlo, sino para hacerle ver nuestro dolor, con la esperanza de tocar su conciencia y abrir camino al arrepentimiento y la reconciliación.

P. Jorge Amaro, IMC

lunes, 1 de agosto de 2016

El Sol se pone en el occidente - 2ª Parte

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El declive de una civilización ocurre con la aparición de los bárbaros; de una forma u otra, la creciente senilidad de los países que componen el mundo occidental sucumbirá ante los invasores. El resultado será la extinción de la cultura occidental junto con su riqueza y poder, y un retorno a la Edad Media. - Arnold Joseph Toynbee

La impotencia del poder político
Después de los absolutismos monárquicos y los fascismos republicanos, Occidente se ha acostumbrado tanto a la democracia que la da por sentada, desinteresándose por la política. Así pues, como un tren acelerado sin conductor, los occidentales no son dueños de su destino, ni tienen interés en serlo; por un lado, confían demasiado en sus gobernantes, por otro, no les dan importancia porque saben que no gobiernan nada. El gobierno de la "Polis" (ciudad en griego) ya no pertenece a los políticos.

En la política manda la economía, en la economía mandan los mercados, en los mercados mandan las finanzas y en las finanzas manda la bolsa, que es como un gran casino donde el dinero, sin producir riqueza, cambia de manos concentrándose cada vez más en muy pocos. Este año 2016, según dice Oxfam, el 1% de los habitantes de este planeta posee más riqueza que el 99% de la humanidad; más propiamente, este 1% posee el 54% de la riqueza mundial.

De alguna manera conscientes de que quienes mandan son poderes fácticos no elegidos popularmente y que los políticos solo son marionetas en manos de los verdaderamente poderosos, que no se hacen ver tal vez porque temen por su propia seguridad, el pueblo ha perdido interés en elegir a sus representantes, pues saben implícitamente que no los representan, sino esos presidentes y asesores de las grandes multinacionales, a quienes el pueblo ni elige ni conoce.

La tasa de abstención en las democracias occidentales ronda la mitad del electorado. En Portugal, en las últimas elecciones legislativas fue del 46% y en las presidenciales del 51%. Es caso para cuestionar la validez de los resultados cuando casi la mitad, o en algunos casos más de la mitad de los electores no se pronunciaron. Ante la irresponsabilidad política de tantos ciudadanos, ¿no sería el caso de hacer el voto obligatorio como en algunos países? ¿Al menos como medida pedagógica por algún tiempo?

Lo que se ocultó sobre el Bataclan
Después de invocar y recitar el credo de Nicea al revés: "Yo creo en un solo dios Satanás todopoderoso...", en el preciso momento en que los yihadistas irrumpieron en el teatro disparando en todas direcciones, el grupo “Eagles of Death Metal” interpretaba una canción de homenaje y amor al diablo; los jóvenes bailaban y cantaban con el grupo, levantando las manos con los dedos simbolizando los cuernos de Satanás, que en ese momento adoraban. La letra del "Cántico" al dios diablo decía: ¿Quién quiere amar al diablo? ¿Quién quiere cantar su canción? Yo quiero amar al diablo, quiero besar su lengua, quiero besar al diablo en su boca...

Ante este hecho que los "políticamente correctos" medios de comunicación callaron, no faltó quien observase con negra ironía: invocaron al diablo y él apareció. Esta no es, sin embargo, nuestra interpretación, porque en aquella fatídica noche los terroristas tomaron como objetivo no solo el Bataclan, sino también el exterior del estadio de París, cafeterías y restaurantes al azar. No todos, por tanto, eran adoradores del diablo; muchos solo fueron a ver un partido de fútbol o cenar con familiares y amigos. Nadie merecía morir, ni siquiera los supuestos adoradores del diablo si es que lo eran de verdad y no era solo una diversión.

No hay nada, absolutamente nada ni de lejos ni remotamente, que justifique la acción de aquellos terroristas islámicos. Lo que me hace reflexionar es la razón por la cual los jóvenes del Bataclan y tantos otros cambiaron la fe racionalmente razonable y plausible en la existencia de Dios, y en su revelación en Jesús de Nazaret, incuestionablemente el mejor modelo de vida humana, por la creencia supersticiosa en la existencia del diablo, personificación del mal, la violencia, la guerra y la anarquía.

Como bebé inquieto y rebelde, el mundo occidental muerde el pecho que lo amamantó. Para cualquier historiador imparcial es innegable que la Iglesia, el cristianismo, fue y es aún "Mater ed Magistra", madre y maestra de la cultura occidental. Por mucho que la sociedad no quiera reconocerlo, los valores que el mundo llama cívicos son "copia & pega" del evangelio. No había una única mención a la iglesia ni al cristianismo en la Constitución de Europa que por el expresidente francés Valéry Giscard d'Estaing redactó; ¿por ignorancia o por alevosía?

Una prueba de que la Iglesia todavía hoy influye en la cultura occidental está en el "Principio de Subsidiariedad", que hoy es la enmienda 14 de la Constitución de los Estados Unidos y una de las normas de la Unión Europea consagrada por el Tratado de Maastricht en el artículo 5. El Principio de Subsidiariedad no nació en la política; fue tomado de la doctrina social de la Iglesia, y apareció por primera vez en la encíclica "Quadragesimo anno" del papa Pío XI en 1931.

Empezando por Francia, Europa y el resto del mundo occidental están en decadencia porque, instalados en el lujo, la abundancia de placeres y la pura mundanidad, han perdido su fe, la estrella que los guiaba, los ideales del humanismo cristiano, la razón de vivir... sólo pueden esperar lo peor, pues quien no sabe hacia dónde navega, no tiene vientos favorables.

Vienen los bárbaros - con una nueva edad de las tinieblas
La prueba de esto es que, lamentablemente, Occidente no está ni remotamente interesado en montar una defensa de sus valores frente al fanatismo musulmán. Peor aún, hay señales de que Occidente está incluso preparado para sacrificar algunos de sus principales valores para apaciguar a aquellos que siempre despreciaron esos mismos valores. ― Lee Harris

Cuando en el siglo VIII los musulmanes invadieron Europa, y lo que quedaba del Imperio Romano de Oriente, Bizancio, tomando y destruyendo los lugares santos e impidiendo a los cristianos visitarlos, Occidente tenía una moral fuerte: los nobles eran verdaderamente "nobles" pues se inspiraban en los ideales de la caballería y estaban dispuestos a dar la vida por valores más altos que la propia existencia. En este sentido, las cruzadas fueron fundamentalmente un movimiento en legítima defensa de nuestra idiosincrasia cristiana.

Por eso basta de entonar el "mea culpa" y de esconder la palabra y el concepto de cruzada porque no es políticamente correcto. Es cierto que después se cometieron abusos y excesos, que no son moralmente justificables, pero el mal de lo políticamente correcto es que hoy, doblegados al mundo islámico, solo vemos los defectos de los cruzados y no les reconocemos sus virtudes. Los señores de lo políticamente correcto se olvidan de que, si no fuera por los cruzados, hoy ellos mismos estarían orientados hacia La Meca al canto del muecín desde lo alto del minarete.

La masa gris de Occidente abandonó el humanismo, el pensamiento filosófico y ético, y está toda volcada en la ciencia y la tecnología. Sin ideas, la civilización occidental padece de sida... del síndrome de inmunodeficiencia cultural, siendo por eso fácilmente presa del fanatismo musulmán, que consigue incluso reclutar jóvenes que nacieron y crecieron entre nosotros. ¿Por qué estos jóvenes son fácilmente engañados por los ideales negativos del fanatismo?

La respuesta es simple, porque crecieron en un mundo aséptico de ideales. Peor que tener ideales negativos es no tener ideas... Occidente se olvidó de que "tener una buena vida" desde el punto de vista material, no es suficiente. Los seres humanos, especialmente los jóvenes, necesitan saber por qué, para qué o por quién viven.

La juventud es el tiempo de soñar por un mundo mejor; los jóvenes son naturalmente y visceralmente idealistas. Si la sociedad occidental de matriz cristiana, aunque lo reniegue, ya no les ofrece ni les educa en los ideales del humanismo cristiano, los jóvenes buscan ideales en otro lado; son muchos los que, huyendo del nihilismo de valores e ideales que les ofrece la sociedad occidental, optan por el fanatismo que les ofrece el estado islámico u otros.

El terrorismo islámico que ha azotado a Occidente en los últimos tiempos, no es practicado por musulmanes que vienen de fuera, sino por jóvenes que nacieron en nuestros países, crecieron en nuestros barrios, fueron a la escuela y se formaron en nuestras universidades, pero no nos pertenecen, pues no comparten nuestros ideales.

Nadie da la vida por los llamados "valores laicos"
Los así llamados valores laicos no tienen la misma forma motivadora de comportamiento y acción que los valores religiosos, simplemente porque nadie da la vida por ellos. Prueba de esto es la portada del número de enero de 2016 de la revista Charlie Hebdo, en el primer aniversario de la masacre de algunos de sus caricaturistas.

Presentan a Dios armado de metralleta y con sangre en las manos y en el cuerpo. La particularidad de esta representación de Dios es que detrás de su cabeza, de cabellos largos y barba blanca, está el triángulo que todos entienden como el distintivo del Dios uno y trino de los cristianos.

Como no existe ningún movimiento terrorista de inspiración cristiana, esta es una crítica cobarde a la violencia religiosa musulmana. Los editores de esta revista que se reservan para sí el derecho al insulto, tiran la piedra y cobardemente esconden la mano. Porque "damos la otra mejilla", sabían que de los cristianos no tenían nada que temer. Por eso usaron al "Dios de los Cristianos" para criticar al "Dios de los musulmanes" y sus seguidores.

Es como aquel empleado que recibe una bofetada del jefe y, no pudiendo devolvérsela por miedo a perder el empleo, da una bofetada a la esposa, esta se la da al hijo mayor, este al hijo menor y este al perro o al gato.

Al hacer del inocente Dios de los cristianos el chivo expiatorio de la violencia musulmana, los editores de Charlie Hebdo hicieron, inadvertidamente e irónicamente, una profesión de fe en Aquel que inocentemente murió por los pecados de otros, Jesús de Nazaret. A Él deberían agradecer por haberles ayudado psicológicamente a desquitarse de la ira que era debida a los fanáticos musulmanes.

¿Por qué los nihilistas, ateos, agnósticos y los que viven sin Dios en la pura mundanidad, al contrario de los cristianos, no están dispuestos a dar la vida por sus ideales y valores éticos? La respuesta es simple, nadie da nada por nada; los cristianos cambian su vida, su temporalidad por la eternidad, mientras que los nihilistas al no tener nada con qué intercambiar, se aferran egoístamente a lo único que tienen, la vida temporal.

Precisamente porque nadie está dispuesto a dar la vida por los valores laicos o nihilistas, como prueba la portada de la revista Charlie Hebdo del 6 de enero de 2016, al contrario del siglo VIII, cuando los detuvimos en Poitiers, esta vez, tal como el Imperio Romano a merced de los bárbaros en el siglo V, estamos irremediablemente indefensos... a merced de los nuevos hunos, vándalos, vikingos y visigodos, los fundamentalistas musulmanes.

¿Quién los detendrá esta vez en Poitiers si ya están aquí dentro como un caballo de Troya y no paran de crecer? ¿Podemos esperar otro desembarco en Normandía si para entonces América sigue siendo cristiana?

La falsa seguridad es el poderío militar del que tanto se enorgullece Occidente. Sin embargo, por mucho que las armas no se disparen solas, los ejércitos siguen formándose principalmente con jóvenes, que cada vez escasean más en un Occidente peligrosamente envejecido.

La mejor solución para este problema fue presentada por quien quizás sea la política más influyente después del presidente de los Estados Unidos, Angela Merkel, hija de un pastor alemán, que dijo ante la potencial islamización de Europa que las personas, en vez de dar crédito a teorías de la conspiración, deberían volver a la Iglesia y leer la Biblia como hacían antes.

Alerta
Lo que quisimos decir es que hay ciertos factores dentro del mundo occidental que pueden causar su colapso:

  • Degradación moral, falta de valores morales e ideales que inspiren y comprometan a los jóvenes
  • Desinterés por la política manifestado en la abstención electoral
  • Baja natalidad
  • Fragmentación de la familia
  • Individualismo, falta de sentido comunitario y del bien común

Con estas dos crónicas no pretendí ser un profeta de mal agüero. El determinismo de que la historia inexorablemente se repite es una creencia sociológica tal como la predestinación es una creencia religiosa; no es un principio o una ley de la ciencia histórica. La función de la profecía y su sentido bíblico no es adivinar lo que irremediablemente va a suceder, sino alertar precisamente para que no suceda.

Conclusión - Al contrario de los cristianos de todos los tiempos, nadie está dispuesto a dar la vida por los "valores" laicos o nihilistas de hoy día. Otrora, en virtud de los valores cristianos los detuvimos en Poitiers y Lepanto. ¿Quién los va a detener ahora y evitar el colapso de nuestra cultura y un regreso a una segunda Edad Media?

P. Jorge Amaro, IMC

sábado, 2 de julio de 2016

El Sol se pone en Occidente - 1ª Parte

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"Las civilizaciones mueren por suicidio, no por homicidio." – Arnold Joseph Toynbee

Francia, laboratorio social
La Revolución Francesa es solo un ejemplo de cómo Francia, quizás por su situación geográfica, ha sido y sigue siendo un laboratorio de ideas sociales que después revolucionan el resto de Europa y, eventualmente, el mundo occidental.

¿Será por esta razón que precisamente el país que frenó la invasión islámica de Europa en Poitiers, en el año 732 d.C., está ahora sufriendo un nuevo tipo de lucha e invasión? El hecho es que, en poco tiempo, ha sido dos veces víctima del terrorismo islámico: en febrero de 2015, contra el periódico satírico Charlie Hebdo, y en noviembre del mismo año, en París, en las afueras de un estadio de fútbol, en varios bares de la ciudad y, sobre todo, en el teatro Bataclan, donde se celebraba un concierto de rock.

Con miras a una mayor integración política entre los países miembros de la Comunidad Europea, el expresidente francés Valéry Giscard d'Estaing redactó la Constitución de la Comunidad Europea. Aprobada por la Comisión, estaba destinada a ser ratificada en todos los parlamentos europeos, de no haber sido rechazada en un referéndum francés. Después de este revés, Europa nunca volvió a levantar cabeza y hoy vive sumida en una crisis de identidad y en un proceso de desintegración progresiva.

Desde hace mucho tiempo, en este país reina un descarado y obsceno laicismo militante, inspirador de las caricaturas grotescas de la revista Charlie Hebdo contra la fe cristiana y musulmana, pero nunca contra la fe atea. Por ser de sobra conocidas las caricaturas sobre el islam, menciono dos especialmente chocantes y blasfemas contra el cristianismo: una representa a la Santísima Trinidad en un “ménage à trois” sexual, y otra muestra al Papa Francisco siendo sodomizado por un travesti.

A pesar de este laicismo y nihilismo militante contra la religión, Francia sigue siendo mayoritariamente católica, con un 63% de su población declarándose como tal. En otro tiempo, fue la “hija amada de la Iglesia”, cuna de santos y teólogos que dejaron una huella imborrable en la historia cristiana. Pero, ¿dónde está hoy aquella Francia que tanto defendió el cristianismo?

Ahora, avergonzada, ha perdido la firmeza de antaño y se deja humillar por personas sin principios, como si sintiera vergüenza de su propia fe. Paradójicamente, el mismo país que detuvo el avance musulmán en Poitiers en 732, es hoy el país europeo con mayor número de musulmanes: el 7,5% de la población, seguido por Alemania con un 5,8%, Reino Unido con un 4,8%, España con un 2,1% y Portugal con un 0,3%.

¿Puede la historia repetirse?
"Si la historia se repite y lo inesperado siempre ocurre, ¡qué incapaz es el hombre de aprender de la experiencia!"George Bernard Shaw

La historia no está hecha solo de evolución y progreso, sino también de involución y regresión. Desde el Egipto de los faraones, pasando por Mesopotamia, Israel, Grecia y Roma, cada nación y cada imperio han contribuido al desarrollo de la civilización occidental, que alcanzó su apogeo económico, político y cultural con Grecia y Roma.

De Egipto heredamos la medicina, la astrología y el origen de la escritura alfabética; de Mesopotamia-Babilonia, el primer código de leyes –el Código de Hammurabi– y técnicas agrícolas; de Israel, el monoteísmo religioso como cosmovisión y la Biblia como fuente ética; de Grecia, la filosofía, la ciencia y la democracia como forma de gobierno; de Roma, la República, la organización del Estado, el derecho, las carreteras y los puentes.

Parece imposible que una cultura superior en todos los aspectos, incluyendo el militar, haya sucumbido ante un grupo de bárbaros incultos provenientes del norte y este de Europa, sumiendo al continente en siglos de oscuridad. ¿Cuál fue la causa de la ruina del Imperio Romano? ¿Cómo pudo una cultura superior ser derrotada y sucumbir ante otra mucho más primitiva?

Como afirma el gran historiador británico Arnold Toynbee, las civilizaciones mueren por suicidio, no por homicidio. Los bárbaros solo colocaron “el último clavo en el ataúd”; solo dieron el golpe de gracia a un imperio que llevaba tiempo agonizando. El Imperio Romano terminó implosionando: cayó sobre su propia espada, es decir, se suicidó.

Roma no se construyó en un día, pero tampoco cayó en una sola noche. Fue un proceso gradual que comenzó con la degradación y el declive moral de los valores cívicos que habían sostenido el imperio. Son las ideas, los valores morales y éticos los que sostienen la vida cotidiana de los pueblos. Cuando estos desaparecen, la sociedad cambia, y con ella, el destino de una civilización.

"No podéis servir a Dios y al dinero" (Mateo 6, 24). En el contexto del declive de Roma, Dios simboliza los valores espirituales, auténticamente humanos, y el dinero, los valores temporales. Como siempre, la degradación moral comenzó con la acumulación de riqueza, la vida desordenada de placer y lujo de las clases dirigentes, quienes debían haber continuado promoviendo los antiguos valores que engrandecieron el Imperio en tiempos de César Augusto.

Desde las clases dirigentes, como un fuego que se propaga lentamente, la corrupción acabó extendiéndose a todos los niveles de la sociedad romana. La ambición de poder condujo a la inestabilidad política; las constantes guerras de sucesión obligaban a las legiones a abandonar las fronteras para restablecer el orden en la capital. Finalmente, el creciente abismo entre una minoría muy rica y el resto de la población, en su mayoría empobrecida, convirtió al Imperio en un gigante con pies de barro, una vulnerabilidad que los bárbaros supieron aprovechar.

Muchos de los factores que contribuyeron al declive de Roma, tras 500 años de dominio absoluto sobre Occidente, están actuando nuevamente en nuestros días, haciendo posible que la historia se repita y que las huestes musulmanas puedan sumir a Occidente en una nueva Edad Media o época de tinieblas, como la llaman algunos historiadores estadounidenses.

La disfuncionalidad de la familia
La familia es la célula germinal del tejido social, y los valores familiares son la piedra angular de cualquier cultura en ascenso. Así fue en la antigua Roma durante su expansión y en la sociedad occidental del período de posguerra hasta la década de 1970. Pero con las nuevas generaciones, la familia comenzó a debilitarse y fragmentarse.

Los valores verdaderamente humanos y espirituales prosperan mejor en una sociedad frugal que en una de abundancia material. El bienestar material que la sociedad de consumo ha traído a Occidente es inversamente proporcional al declive de los valores espirituales y humanos. Poco a poco, con cada nueva generación, la unidad familiar ha ido deteriorándose, tal como ocurrió en la sociedad romana.

Hoy en día, la educación ya no inculca valores, y la única asignatura que los enseñaba, Religión, ha desaparecido de la mayoría de las escuelas.

Con la pérdida del valor de la familia, también se ha perdido la solidaridad entre generaciones. Prueba de ello es el creciente aislamiento de nuestros mayores. Basta recordar la ola de calor de agosto de 2003 en París, cuando más de 14.000 ancianos murieron solos en sus apartamentos. Muchos de sus cuerpos no fueron reclamados por nadie y recibieron funerales financiados por el Estado. Irónicamente, en Portugal, abandonar una mascota es delito, pero abandonar a un anciano no lo es.

Natalidad negativa
Recientemente, un anuncio publicitario de preservativos mostraba a un padre con su hijo haciendo la compra en un supermercado. Al pasar por una estantería, el niño agarró una bolsa de patatas fritas y la puso en el carrito; el padre la sacó y la devolvió a la estantería. Reticente, el niño repitió la acción y el padre también. A la tercera vez, el niño tuvo un ataque de histeria y comenzó a dar patadas al carrito y a las estanterías, vaciándolas de su contenido. Ante el asombro del padre y de otros adultos, apareció el mensaje del anuncio publicitario, que decía: “Si hubiera usado el preservativo tal…, esto no habría sucedido”.

De esta escena, cualquier persona con sentido común concluiría que el niño está muy mal educado. Sin embargo, el anuncio parece querer que los espectadores concluyan que los niños son el resultado del fallo de esta o aquella marca de preservativo.

El creciente individualismo y egocentrismo han influido en la tasa de natalidad; algunos matrimonios consideran la posibilidad de tener mascotas en lugar de hijos. Muchos de estos animales de compañía son tratados como miembros de la familia, estableciendo con ellos lazos propios de seres humanos; auténticas fortunas se gastan en el bienestar de estos animales.

Recuerdo el caso de un gato conectado a una máquina que lo mantenía con vida artificialmente. Cuando el veterinario sugirió desconectar la máquina porque los órganos vitales ya no funcionaban, la familia a la que pertenecía el animal lo llamó cruel.

La irracionalidad del aborto
A pesar de ser una sociedad envejecida y sin suficiente gente para reemplazar a la generación anterior, Occidente sigue viendo el aborto como un método anticonceptivo. Sobre esta y otras cuestiones, desde el caso de Galileo Galilei, la Iglesia ha sido injustamente acusada y estigmatizada como pre-científica. En el caso de Galileo, la verdad es que no proporcionó pruebas que fundamentaran su teoría; pruebas que, por otro lado, no estaban disponibles en aquella época. Lo mismo ocurrió con la teoría de la relatividad de Einstein, cuyas pruebas que la confirman solo han comenzado a aparecer recientemente.

La Iglesia no solo no está en contra de la ciencia, sino que también hace ciencia. Entre muchos ejemplos, destaca el sacerdote belga Georges Lemaître, que descubrió el Big Bang, y el monje Gregor Mendel, considerado el padre fundador de la genética.

En el caso del aborto, es la sociedad la que se opone a la ciencia, pues científicamente es indiscutible que la vida humana comienza con la concepción, es decir, cuando el espermatozoide, que es la mitad de una célula humana, se une al óvulo, que es la otra mitad, aproximadamente una hora después del acto conyugal, formando una nueva célula humana, indivisible, con un código genético nuevo e irrepetible en toda la historia de la vida en este planeta.

Una vez formada la célula primigenia, el nuevo ser está autoprogamado; solo necesita que lo dejen en paz durante nueve meses. Cuando, para justificar el aborto, ciertos partidos intentan situar el inicio de la vida humana en cualquier otro momento después de la concepción, lo hacen tendenciosamente para defender su ideología. Cualquier otro momento en que se fije el inicio de la vida humana será siempre arbitrario y al servicio de una ideología, nunca científico.

Mientras esto ocurre en Occidente, Erdogan, el presidente de Turquía, que sueña con la restauración del Imperio Otomano, como se mencionó anteriormente, se declara en contra de la planificación familiar, la limitación de nacimientos y la igualdad de género, diciendo que son ideas occidentales no aplicables al mundo musulmán. Para él, nadie debe interferir en los designios de Alá; el deber de una mujer es ser madre, cuantos más hijos, mejor.

La función de la profecía
Jonás se levantó y fue a Nínive, según la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensamente grande, y se necesitaban tres días para recorrerla. Jonás entró en la ciudad y caminó un día entero proclamando: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida.» (Jonás 3, 3-4).

En la Biblia, la profecía nunca tuvo la intención de ser un vaticinio, sino una advertencia o un aviso: si seguís viviendo de esta manera, ocurrirá esta o aquella catástrofe. Como sabemos, los habitantes de Nínive se convirtieron y lo que el profeta Jonás anunció que sucedería, no ocurrió. Lo mismo puede pasar con la civilización occidental: mediante una revolución o una evolución, puede cambiar de rumbo y evitar el declive hacia el que se dirige hoy.

Conclusión - Los mismos factores que llevaron al colapso del Imperio Romano están en marcha hoy. Un Occidente cada vez más débil podría volver a caer en una nueva Edad Media, presa fácil de los bárbaros de nuestro tiempo.

P. Jorge Amaro, IMC

jueves, 16 de junio de 2016

Pedir Perdón

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Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda
. Mateo 5, 23-24

La palabra religión proviene del latín religare, es decir, relacionarse. Nuestra religión consta de dos tipos de relaciones: con Dios sobre todo y sobre todos, y con el prójimo como con nosotros mismos. Estos dos mandamientos son inseparables tanto en teoría como en práctica.

No es posible establecer una relación con Dios cuando tengo relaciones rotas con algún hermano. Mientras no restablezca la relación con mi prójimo, Dios me da la espalda; por lo tanto, es contraproducente todo mi esfuerzo por relacionarme con Dios estando en conflicto con mi hermano. Por otro lado, parafraseando a San Juan, ¿cómo puedes pedir perdón a Dios, a quien no ves, si no pides perdón a tu prójimo, a quien ves?

La inevitabilidad del conflicto en las relaciones humanas
El conflicto en las relaciones humanas es inevitable. Los conflictos dividen a las personas entre agresores y agredidos. Para que la paz vuelva a restablecerse, los agresores deben pedir perdón y los agredidos deben perdonar. Perdonar y pedir perdón son, por tanto, dos caras de la misma moneda. Como a veces somos agresores y otras veces agredidos, a lo largo de nuestra vida tenemos numerosas oportunidades tanto para pedir perdón como para perdonar. Para unos es más difícil perdonar; para otros, pedir perdón.

El perdón no pedido y no concedido ata a agresores y agredidos a un pasado que no termina de pasar, haciendo que ambos vivan en un continuo presente perfecto. Cuando un verbo está en presente perfecto, la acción comienza en el pasado pero continúa en el presente.

Quien no pide perdón ni perdona, se instala y permanece en el rencor para siempre; hace que algo que ocurrió en el pasado en un determinado lugar suceda una y otra vez, pues cada vez que el acontecimiento vuelve a la conciencia, los sentimientos perturbadores de odio, rencor y rabia se sienten de nuevo. El agresor que no pidió perdón sigue agrediendo, pero ahora no solo a la víctima del pasado, sino también a sí mismo, víctima de su propio orgullo. El agredido que no perdonó perpetúa la agresión del agresor y sigue pagando inocentemente por algo que no hizo.

Si os enojáis, no pequéis; que el sol no se ponga sobre vuestro resentimiento, ni deis lugar al diablo.
Efesios 4,26-27

Un delito cometido en el pasado debe permanecer en el pasado, como aconseja San Pablo a los Efesios. No se debe dejar pasar ni un solo día sin restablecer la paz, porque si pasa un día, con más probabilidad pasarán el segundo y el tercero. De esta manera, como advierte el apóstol, se da una oportunidad para que el mal se establezca en nosotros.

Cuando el agresor y el agredido no asumen su responsabilidad ni restablecen la paz por medio del perdón, la ofensa, alimentada por el odio y el resentimiento de ambos, crece día a día, drenándolos de su energía. “Como una piedra en el zapato”, se vuelve omnipresente en la mente y el corazón de ambos en forma de una ansiedad continua, creando un clima inestable de guerra fría con la posibilidad siempre inminente de que el conflicto se reavive.

Perdonar y olvidar
Muchas veces escuchamos la expresión de que quien no olvida, no ha perdonado. En cierto sentido, es verdad: no haber olvidado la ofensa puede significar que la rabia y el resentimiento siguen presentes. ¿Quiere esto decir que solo podemos perdonar verdaderamente si sufrimos algún tipo de amnesia o Alzheimer?

Hay diferentes maneras de recordar. Una ofensa perdonada aflora menos veces a nuestra conciencia y, cuando lo hace, ya no nos perturba como solía hacerlo. Es como un virus desactivado; ya no nos provoca ira ni rencor. En cambio, una ofensa no perdonada aflora con mayor frecuencia a nuestra conciencia, haciendo que la rabia y el resentimiento crezcan día a día.

La pelota está en tu cancha
“Cree el ladrón que todos son de su condición”. Muchos agresores proyectan su personalidad sobre los agredidos y no dan el primer paso por miedo a no ser perdonados. Como la ofensa duele tanto a unos como a otros y encadena tanto al agredido como al agresor al pasado, cada uno debe asumir su parte de responsabilidad, haciendo lo que le corresponde sin entrar en cálculos de probabilidad sobre la posible reacción del otro.

Nuestros enemigos no son aquellos que nos odian, sino aquellos a quienes nosotros odiamos. La mayoría de las veces, el agredido deja de odiarnos en el momento en que pedimos perdón y las relaciones se restablecen. A veces, incluso, la amistad crece más.

Reconozco que he agredido, reconozco que he fallado como el hijo pródigo, me levanto y pido perdón a quien he ofendido. Si el otro me perdona, muy bien; si no me perdona, muy bien también. La pelota está ahora en su tejado. Si decide no perdonar, el estrés, la ansiedad y el remordimiento que me causaba la culpa desaparecen de mi mente y mi corazón, pues he hecho lo que debía y lo que estaba a mi alcance. No puedo obligar al otro a perdonar; si decide quedarse en el pasado, está solo en él, no conmigo.

Pedir perdón no es humillante
Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. Lucas 14,11

Quien reconoce su error y pide disculpas, aparentemente se humilla, pero esa humillación conduce a la exaltación. No reconocer el error ni pedir disculpas es, en sí mismo, un acto de orgullo, prepotencia y autoexaltación que, en muchas ocasiones, lleva a la humillación.

Muchas veces, lo que nos impide pedir perdón es el miedo a ser humillados por la persona a quien hemos ofendido, pero en realidad sucede lo contrario. El acto de pedir perdón es vivido de manera diferente por el agresor y el agredido. El agresor lo experimenta como una humillación, mientras que el agredido lo experimenta como una exaltación; es decir, el agresor sube en la consideración del agredido.

Por el contrario, cuando no admitimos nuestros errores y no pedimos disculpas, es probable que sintamos cierto placer dentro de las murallas de nuestro orgullo y arrogancia. Sin embargo, a los ojos de quien hemos agredido, simplemente somos patéticos y perdemos la poca consideración que tenía por nosotros. Si conseguimos dejar de lado nuestros sentimientos naturales y abrazamos la realidad, todos nos sentiremos mejor viviendo en paz y armonía con Dios y con nuestros semejantes.

Conclusión - Cuando el agresor y el agredido no asumen su responsabilidad ni restablecen la paz por medio del perdón, la ofensa, alimentada por el odio y el resentimiento de ambos, crece día a día, drenándolos de su energía. “Como una piedra en el zapato”, se vuelve omnipresente en la mente y el corazón de ambos en forma de una ansiedad continua, creando un clima inestable de guerra fría con la posibilidad siempre inminente de que

P. Jorge Amaro, IMC

miércoles, 1 de junio de 2016

Santos son los que se reconocen pecadores

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El rabino solía decir que los pecadores estaban más cerca de Dios que los justos. Y lo explicaba diciendo que la comunicación entre nosotros y Dios se hace a través de un hilo que une nuestra cabeza con las manos de Dios. Cada vez que pecamos, el hilo se rompe y, en consecuencia, nuestra comunicación con Dios se interrumpe.

Pero cada vez que reconocemos nuestro pecado y nos arrepentimos, es como si se hiciera un nudo en el hilo, restableciendo así la comunicación. Cuando volvemos a pecar y nos arrepentimos nuevamente, se hace otro nudo en el hilo, por lo que este se va acortando cada vez más. De esta forma, concluía el rabino, el pecador está más cerca de Dios que el justo.


Santos declarados
La Iglesia tiene todo un proceso, que suele ser largo, para llevar a alguien a los altares. Primero, respondiendo a la petición de los fieles debido a la buena fama o fama de santidad de determinada persona, se analiza minuciosamente la biografía del candidato, sus virtudes y defectos, sus escritos, sermones y obras. Si las perspectivas son favorables, se elige un postulador y el candidato es declarado "siervo de Dios".

El postulador estudia detalladamente la vida del candidato a santo y presenta sus conclusiones al Papa, quien lo declara "Venerable", lo que significa que el siervo de Dios vivió de manera heroica las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad, así como las virtudes cardinales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Dado que la causa de beatificación y canonización a veces parece un caso judicial, junto a la figura del postulador aparece la figura caricaturesca del "abogado del diablo". Durante todo el proceso, mientras el postulador busca probar las virtudes del candidato, el abogado del diablo, que en los procesos civiles equivaldría al ministerio público o la acusación, intenta restar importancia a sus virtudes, evidenciando sus defectos.

El siguiente paso es la beatificación. Si el candidato fue un mártir y queda suficientemente probado que dio la vida en defensa de la fe, el Papa lo declara beato. Si el candidato no es mártir, el cielo debe pronunciarse, es decir, el postulador debe presentar un milagro, el cual debe ser comprobado que se realizó por intercesión del venerable.

Finalmente, el beato es declarado santo tras la realización de un segundo milagro, lo que prueba que el candidato ya goza de la visión beatífica. Se le asigna un día de fiesta en el calendario, puede ser declarado patrón de iglesias parroquiales y los fieles pueden, libremente y sin restricción, celebrar y honrar al santo.

Santos no declarados
"Ni son todos los que están, ni están todos los que son", decía un poeta español acerca de los locos dentro y fuera de los hospitales psiquiátricos. Después de ver la rapidez con que se han llevado a cabo algunas canonizaciones en los últimos tiempos, para satisfacer deseos o conveniencias de algunos, me atrevo a decir sobre los santos... ni todos los que han sido declarados santos lo son realmente, ni todos los santos han sido declarados.

Siempre ha habido, hay y habrá personas que han vivido como santos sin haber sido nunca declarados como tales; por esta razón, la Iglesia ha institucionalizado un día solemne para celebrar a los santos nunca declarados, algo así como el soldado desconocido, es decir, aquellos a los que la oración eucarística se refiere como "cuyo servicio y dedicación bien conocéis".

Santo como sinónimo de cristiano
"Os saludan todos los santos, y especialmente los de la casa de César." (Filipenses 4, 22)

"A los hermanos en Cristo, santos y fieles, que viven en Colosas: que la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, estén con vosotros." (Colosenses 1, 2)

El libro de los Hechos de los Apóstoles dice que los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez en Antioquía. Fue un nombre dado por gente de fuera, es decir, por aquellos que no seguían a Cristo, y como tal, tenía connotaciones negativas. "Cristianos" no era el nombre por el cual se reconocían los primeros seguidores de Jesús. Como vemos en el segundo texto, los cristianos se conocían y trataban entre sí como hermanos en Cristo, santos y fieles.

Llamar santo a quien técnicamente aún no lo es, según el proceso descrito anteriormente, implica una llamada a la santidad. Por la misma razón, llamamos cristianos a quienes se esfuerzan por ser como Cristo, como dice San Pablo: "Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí." Pero esto no significa que ya lo seamos.

Santos son los que se reconocen pecadores
"Quien deja de querer ser mejor, deja de ser bueno." (San Bernardo)

Existen dos tipos de personas: los que no son conscientes de sus defectos y no hacen nada por mejorar, y los que sí lo son y se esfuerzan cada día por ser mejores.

Los que no hacen nada por mejorar no se quedan siempre en el mismo estado, al contrario, cada día son peores. En la vida moral, como en la naturaleza, existe una ley de gravedad: quien no está subiendo, está bajando. Quien, siendo consciente de sus imperfecciones, no hace nada por mejorar cada día, no se mantiene igual, sino que va de mal en peor; quien no progresa, retrocede.

Si pierdo la conciencia de que soy pecador, estoy perdido. San Francisco, quizá el ser humano que más se ha acercado a la imitación de Cristo hasta el punto de ser llamado "el otro Cristo", a pesar de que en vida ya era considerado un gran santo por sus compañeros, se veía a sí mismo como un pecador y corría por las calles de Asís gritando como un loco: "¡Soy un gran pecador!". De hecho, los verdaderos sabios se consideran ignorantes, solo los ignorantes se creen sabios; los verdaderos santos se ven como pecadores, solo algunos pecadores se creen santos.

Puede que haya avanzado mucho en el camino de la santidad, pero lo que me hace crecer aún más es seguir encontrando imperfecciones en mi vida. Para ello, solo necesito afinar mi discernimiento con el Evangelio y seguramente siempre encontraré algo de lo que debo convertirme. Los verdaderos santos no se consideran a sí mismos como tales; al contrario, se ven como pecadores.

Los verdaderos santos, después de haberse convertido de los grandes pecados, buscan continuamente en su conciencia otros pecados que escapan a los exámenes de conciencia de personas menos santas. Son verdaderos minuciosos en examinar su conciencia a fondo, encontrando siempre algo de lo que acusarse, por lo que están en un proceso continuo de conversión.

En la parábola del sembrador, se reprenden los campos que no producen nada; el buen campo es el que da fruto, ya sea el 30%, el 60% o el 100%. Lo importante es producir, poco o mucho, la cantidad no importa. No estamos llamados a ser los mejores, sino a dar lo mejor de nosotros. Del mismo modo, en la parábola de los talentos, lo importante es no esconder el talento y hacerlo fructificar, siendo secundaria la cantidad de ganancia.

Conclusión - Homo simul iustus et peccator – En el camino hacia la santidad, el ser humano es y será siempre, al mismo tiempo, justo y pecador. Hoy mejor que ayer, inferior a mañana. Más que un estado o una meta, ser santo es un proceso de perfección impulsado y motivado por la conciencia de ser pecador.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 15 de mayo de 2016

El Ser y el Deber Ser

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¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en tu propio ojo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: “¿Déjame sacarte la paja del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo y entonces verás mejor para sacar la paja del ojo de tu hermano.
(Mateo 7, 3-5).

Criticar a los demás es casi siempre negativo; esas llamadas “críticas constructivas” no son más que una oportunidad, inconsciente y disimulada, para castigar y humillar al otro mientras nos exaltamos a nosotros mismos. De hecho, siempre que humillamos al otro, nos exaltamos a nosotros, y siempre que nos exaltamos, humillamos al otro. Hay una humillación implícita en toda exaltación.

Contigo en contradicción/ puede estar un gran amigo/ líbrate de aquellos que están/ siempre de acuerdo contigo. (António Aleixo)

Lo que distingue una crítica negativa de una positiva es la amistad probada que tenemos con la persona a la que criticamos. Solo tenemos “derecho” a criticar a la persona que amamos y en la que reconocemos valores. Y, aún en ese caso, la crítica viene siempre después de afirmar esos valores. Si nunca hemos reconocido ni afirmado los valores de una persona, no tenemos ningún derecho a criticarla. Si lo hacemos, la crítica será negativa.

La psicosis general de nuestros días
Sin autoconciencia no nos conocemos, y sin autocrítica no hay progreso ni crecimiento personal. Como se mencionó antes, si bien criticar a los demás es casi siempre negativo, criticarse a uno mismo es casi siempre positivo.

El ser y el deber ser nunca coinciden; lo que somos en el momento presente y lo que estamos llamados a ser en el futuro nunca se alinean. Es la conciencia de esta realidad lo que nos impulsa a crecer y a progresar.

El amor es como la luna: cuando no crece, mengua”. - Montados en un planeta en movimiento, debemos ser conscientes de que, a nivel físico, nada de lo que nos rodea y forma nuestro ser es estático. Lo mismo ocurre a nivel espiritual y moral: cuando no estamos creciendo para ser mejores, estamos menguando y volviéndonos cada vez peores.

Vivir es como volar en avión; sin el impulso de los motores, para mantener la altitud o ascender, inevitablemente descendemos. No existe una inercia ni una ley de gravedad que nos impulse hacia arriba; siempre nos arrastra hacia abajo. Automáticamente, sin esfuerzo ni autoconciencia, solo hacemos lo que nuestra naturaleza animal nos dicta por instinto, que, tanto a nivel personal como social, casi siempre está mal.

La muerte de la conciencia
“Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener contigo a la mujer de tu hermano’. Herodías le tenía rencor y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes temía a Juan y, sabiendo que era un hombre justo y santo, lo protegía. Cuando lo escuchaba, se sentía muy perplejo, pero lo oía con agrado. (...) Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete (...). La hija de Herodías entró y bailó, agradando a Herodes y a los invitados. El rey dijo a la joven: ‘Pídeme lo que quieras (...)’. Ella respondió: ‘Quiero que me des ahora mismo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.’” (Marcos 6, 17-26).

Quien no vive como piensa, termina pensando cómo vive. - Quien, por esfuerzo de mejora, no consigue ajustar su vida, sus actos y su comportamiento a los dictados de su conciencia moral, acaba ajustando su conciencia moral a la realidad de su vida, justificando y racionalizando sus acciones y comportamientos. De no ser así, acabaría neurótico; para preservar la salud mental, la lucha no puede prolongarse indefinidamente: o gana la evolución o gana el statu quo; o prevalece el modus vivendi o prevalece la conciencia moral.

Quien no consigue, o no quiere, adaptar su vida a sus valores morales termina adaptando su forma de pensar a su forma de vivir, matando así su conciencia moral.

La historia de la ejecución de Juan el Bautista puede servir de parábola para ilustrar o ejemplificar la muerte de la conciencia moral de Herodes. Herodes sabía bien que Juan tenía razón, que vivir con la mujer de su hermano era un error moral. Juan era la conciencia moral de Herodes: podía hablar, pero no actuar, por eso estaba preso. Herodes disfrutaba escuchando la verdad, pero le faltaba voluntad para llevarla a la práctica; así, se mantuvo indeciso hasta que las circunstancias de la vida decidieron por él.

Psicosis colectiva
El resultado de la muerte de la conciencia moral, que regula nuestra vida y juzga los actos de cada día, es la psicosis. El psicótico es una persona fría y cruel, sin sentimientos, que inflige o presencia el sufrimiento ajeno sin compasión; en los casos más graves, puede llegar a torturar o matar sin el menor sentimiento de culpa o remordimiento.

La falta de una conciencia moral acusatoria, común hoy en muchas personas, podría diagnosticarse como psicosis colectiva crónica.

“No tengo pecados”, dicen algunos en el confesionario. Porque nuestra vida está enfocada hacia la distancia, y no hacia lo cercano, vemos la paja en el ojo del vecino y no la viga en el nuestro. La autoconciencia, que nos distingue del resto de seres vivos que habitan el planeta, fruto de una evolución que tomó cinco millones de años, no siempre nos acompaña.

Gran parte de nuestro comportamiento, lo que decimos, lo que hacemos e incluso lo que pensamos, opera al margen de nuestra voluntad; es decir, vivimos en piloto automático la mayor parte del tiempo.

Un ejemplo cotidiano - Dos amigos se reencuentran después de un tiempo. Uno dice al otro: “Oye, me han dicho que le vendiste un coche viejo a nuestro amigo Antonio por un precio exorbitante. El coche valía mucho menos. ¡Engañaste al hombre!”. El vendedor responde: “¡No lo engañé en nada! Solo hice un buen negocio.” El amigo, entristecido, dice: “Oye, sé que eres un católico practicante. Cuando te arrodillas en confesión, ¿qué le cuentas al sacerdote?”. Responde el vendedor: “Le cuento mis pecados, no mis negocios.”

Otro ejemplo - “¿Ayer estabas rociando pesticidas sobre las coles y hoy ya las vas a vender?”, comenta un amigo de un productor agrícola. “¡Qué me importa!”, responde el productor. “¡Yo no voy a comerlas!”

En nuestro mundo, el beneficio personal o colectivo es un valor que está por encima de la salud pública. Este hombre no consume esas coles, pero sí otros productos agrícolas que se producen de la misma manera, al igual que la comida producida industrialmente. Cuando el beneficio está por encima de la salud pública, nadie gana y todos perdemos.

Lo mismo ocurre con la evasión fiscal, un pecado que en 31 años como sacerdote nunca he oído confesar. Aparentemente, o a corto plazo, quien evade impuestos gana, porque tiene más dinero en el bolsillo. Pero, en realidad, a largo plazo, todos pierden, incluido el evasor.

El Sacramento de la Autocrítica
El sacramento de la Penitencia, o confesión, es en sí mismo un ejercicio de autocrítica. Hoy en día, son pocos los que lo utilizan, y los pocos que lo hacen, lo realizan por rutina o para cumplir con el precepto de la Iglesia, conocido popularmente como la “desobliga”: confesarse y comulgar al menos una vez al año en la Pascua Florida. No lo hacen, por tanto, por necesidad ni con el propósito de crecer espiritualmente, sino por obligación.

Y como se hace por rutina y obligación, cuando se arrodillan frente al confesor, no saben qué decir y recurren a un repertorio repetido una y otra vez: “Matar no he matado, robar no he robado, etc.” Por más que intente indagar —sin la curiosidad morbosa de algunos antiguos confesores— no consigo arrancarles ningún pecado personal; frecuentemente, lo que escucho son los pecados de otros: del marido, de los hijos, de los cuñados, de las nueras, de las suegras, etc. Muchas veces tengo que interrumpir al penitente en su queja y recordarle que yo no puedo perdonar los pecados de otros, sino solo los propios...

Comparo nuestra conciencia moral con un tamiz, de esos que todas las mujeres usaban para purificar la harina y retirar sus impurezas. Cuanto más fina es la malla del tamiz, más pura queda la harina. La conciencia moral de muchas personas hoy día está tan laxa —la malla es tan gruesa o tiene tantos agujeros— que al tamizar los actos del día, nada queda en el tamiz. Por tanto, no es cierto que no tengan pecados: los tienen y los cometen, pero no son conscientes de ello. La Biblia dice que el justo peca siete veces al día; siendo el siete el número perfecto, significa que peca muchas veces. ¿Cuánto más no pecaremos nosotros, que somos injustos?

Ahogarse en la culpa como Judas
En las antípodas de la conciencia laxa está la conciencia escrupulosa, aquella que no puede liberarse de la culpa.

Una mujer fue un día a hablar con su párroco y le reveló que Dios se le aparecía con frecuencia. El párroco, incrédulo, para confirmar la veracidad de las apariciones (o tal vez irónicamente para burlarse de ella), le autorizó a preguntarle a Dios por sus pecados, pensando: “Solo Dios conoce mis pecados; si ella me relata alguno, tendré que creer en las apariciones”. La mujer, tomándose en serio la propuesta del párroco y sin percibir la ironía, se marchó. Días después, volvió. El párroco, con tono burlón, le preguntó: “Entonces, ¿Dios volvió a aparecerle?” “Sí, señor”, respondió la mujer. “¿Y le preguntó por mis pecados?” “Sí, señor padre”, contestó. “¿Y qué le dijo Dios?”, inquirió el párroco. “Sobre sus pecados, señor padre, Dios me dijo que ya se había olvidado”.

No hay miseria mayor que la misericordia divina. Dios nos perdona y olvida, pasa página, algo que nosotros no hacemos. Dios, que nos conoce mejor que nosotros mismos y que nos ama más de lo que nosotros nos amamos, nos perdona mucho más de lo que somos capaces de perdonarnos.

Al término de una guerra fratricida entre hindúes y musulmanes, en los albores de la independencia de la India, un hindú acudió a Gandhi en busca de ayuda para liberarse de su culpa. Le contó que, durante la guerra, había entrado en una casa musulmana donde una mujer amamantaba a su bebé. Le arrebató el bebé y lo lanzó contra la pared. La imagen del bebé destrozado y su sangre corriendo, confesó, lo perseguía dondequiera que fuera; vivía en un infierno. Gandhi, para liberarlo de la culpa, le propuso adoptar a un bebé musulmán, de los muchos que quedaron huérfanos tras la guerra, y criarlo en la religión musulmana.

En mis 31 años de ministerio, no fueron pocas las mujeres que, con más de 80 años, seguían confesando obsesivamente el aborto que cometieron en su adolescencia. El escrupuloso cree más en un Dios vengativo, a la manera humana, que en un Dios de amor. Es una ofensa a Dios no creer en su perdón, pues Dios no sabe hacer otra cosa...

“Anuló el documento que, con sus decretos, era contrario a nosotros; lo eliminó clavándolo en la cruz” (Colosenses 2, 14).

Dios perdona y olvida; destruye la factura de nuestra deuda para no recordarla más. Somos nosotros quienes, por nuestra naturaleza, no podemos perdonarnos ni olvidar.

El purgatorio como necesidad humana
El purgatorio, del cual la Biblia no habla directamente, fue creado por Dios no porque Él necesite que expiemos nuestra culpa, sino porque nosotros lo necesitamos.

Reconocer y llorar el error como Pedro
(Ante la cantidad de peces en la pesca milagrosa): “Simón cayó a los pies de Jesús, diciendo: «Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador»” (Lucas 5, 8).

“In medio virtus”: entre el extremo de la conciencia moral laxa y la conciencia moral escrupulosa, está la conciencia recta de Pedro, que no es ni laxa ni escrupulosa. Pedro tiene ante Dios la actitud correcta: se reconoce pecador al ver los poderes de Dios manifestados en Cristo Jesús durante la pesca milagrosa.

El episodio de la pesca milagrosa demuestra que no fue la negación del Maestro —pecado equivalente al de Judas— lo que dio a Pedro la conciencia de ser pecador; Pedro siempre se consideró así, consciente de que ante Dios no hay justos.

Conclusión - Así como un GPS necesita ubicarnos antes de guiarnos, solo reconociendo nuestros errores podemos avanzar hacia una vida mejor. La autocrítica nos libera, permitiéndonos corregirnos con humildad y confiar en el perdón de Dios, que no solo cancela nuestras deudas, sino que nos transforma y guía hacia una vida plena.

P. Jorge Amaro, IMC

lunes, 2 de mayo de 2016

El Rico y el Pobre Lázaro

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Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino y celebraba todos los días espléndidos banquetes. Un pobre, llamado Lázaro, yacía a su puerta, cubierto de llagas. Deseaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; pero eran los perros quienes venían a lamerle las llagas. Un día, el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham.

También murió el rico y fue sepultado. En la morada de los muertos, encontrándose en tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro en su seno. Entonces exclamó: "Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en estas llamas." Abraham le respondió: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, mientras que Lázaro solo recibió males. Ahora él es consolado, mientras tú eres atormentado."
(Lucas 16, 19-31)

En la única "historia en viñetas" que Jesús contó, observamos una reversión de escenarios de vida y fortuna entre dos hombres en su paso de este mundo al otro. En la primera viñeta, observamos el "cielo" de lujo y placer del rico, en contraste con el "infierno" también temporal de penuria y sufrimiento del pobre Lázaro. En la segunda viñeta, los papeles y los escenarios se invierten: el rico que vivía en un cielo temporal de placer insolidario vive ahora en un eterno infierno de penuria y sufrimiento; por el contrario, el pobre Lázaro que vivía en la penuria y el sufrimiento vive ahora en el eterno cielo de abundancia y consolación.

La muerte, que en la naturaleza no es más que un paso entre dos formas de vida diferentes, también aquí se presenta como un puente entre la viñeta de la vida en la tierra y la viñeta de la vida en el cielo. Contrariamente a lo que la mayoría piensa, la muerte no es el gran igualador que nos hace a todos iguales. Según la parábola contada por aquel que un día dijo: "A los pobres siempre los tendréis con vosotros" (Jn 12, 8), las desigualdades sociales que encontramos en la tierra las encontraremos invertidas en el cielo. Por eso, la igualdad social es la utopía que en todo momento y lugar debe inspirar y guiar nuestra acción.

El pobre que se sienta a nuestra puerta
La parábola no menciona el nombre del rico, porque no tiene identidad humana, ya que está definido por su estilo de vida, como todavía hoy se definen muchos ricos:

Vestía de púrpura y lino fino
El rico no tiene nombre porque su identidad no se define de adentro hacia afuera, sino de afuera hacia adentro. Es la púrpura y el lino fino lo que lo define; su estatus se lo confiere el tipo de ropa que usa. Quien se siente un don nadie utiliza ciertos subterfugios para vestir el vacío de su alma: ropa de marca, móvil de última generación, coche de alta gama...

Muchos adolescentes, en nuestras escuelas, en lugar de buscar prestigio en el desempeño moral y académico, lo buscan en la ropa de marca. Compran camisetas caras que exhiben en el pecho un logotipo de grandes dimensiones. Caro les sale ese "prestigio" que buscan, pues además de pagar caras las camisetas, hacen publicidad gratuita a la marca cada vez que las usan. Ellos se exhiben a costa de la marca, la marca se hace pagar bien y también se exhibe a costa de ellos. Al final, no sé quién gana más: los adolescentes o la marca.

Celebraba todos los días espléndidos banquetes
El pobre celebra banquetes de vez en cuando; el rico, todos los días. El pobre se divierte de vez en cuando; el rico vive para divertirse. No vive la vida; la disfruta, la consume, pues para él no es más que un pasatiempo.

El rico no es criticado por ser rico, sino por ser insolidario; las riquezas, en el Evangelio, tienen el mismo valor que los talentos: no son para poseerlas, sino para usarlas en beneficio del bien común, por lo que deben ser bien administradas. Cuanto mayor es el poder económico de un individuo, mayor es su responsabilidad social. Como recuerda el Evangelio, a quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá (Lc 12, 48). El pobre que se sienta a nuestra puerta, o que cruza nuestro camino, no siempre necesita pan o ropa; a veces solo necesita que le demos tiempo y oídos; muchas son las necesidades del ser humano y muchas son las formas de ayudar.

Para el rico, Lázaro no era más que parte del paisaje al que se había acostumbrado. Su estilo de vida en la opulencia lo había anestesiado, insensibilizado ante la miseria y el sufrimiento de quien yacía a su puerta. Al contrario del rico, la parábola nos dice el nombre del pobre: Eleazar, que en hebreo significa "Dios ayuda".

Solo, sin sustento y enfermo, este pobre está a las puertas de la vida, del lado de afuera, con la esperanza de alimentarse con las migajas caídas de la mesa del rico, pero ni eso le es dado. Jesús, el autor de la parábola, termina la primera viñeta o cuadradito diciendo que los perros venían a lamer las llagas del pobre Lázaro. Los humanos tienen para con Lázaro una actitud inhumana e irracional; al contrario, los perros, seres irracionales, tienen para con el pobre una actitud "humana".

"En verdad, él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores... Herido por nuestras transgresiones, triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos trae la paz cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados" (Isaías 53, 4-5).

Según el Canto del Siervo de Yahveh de Isaías, las llagas de Cristo tienen para nosotros un poder curativo. De la misma forma, la salvación del rico estaba en las llagas del pobre Lázaro, porque como dice Mateo 25: "Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis." El dicho popular lo confirma: "Quien da a los pobres presta a Dios." De hecho, si los ricos salvan a los pobres en esta vida, son los pobres quienes salvan a los ricos en la vida futura. Son los perros quienes aprovechan las propiedades curativas de las llagas. Recordemos que los judíos llamaban perros a los paganos; son precisamente los paganos quienes se salvan gracias a las llagas de Cristo.

Valle de placeres – Valle de lágrimas
Eventualmente, la muerte llega para ambos, y con ella la parábola nos presenta la segunda viñeta. Lázaro, que antes vivía en un "valle de lágrimas", pasa ahora a vivir en un "valle de placeres"; por el contrario, el rico, que vivía en un "valle de placeres", pasa ahora a vivir en un "valle de lágrimas". Se invierten los escenarios, con la diferencia de que en la primera viñeta tanto las lágrimas como los placeres eran temporales; "no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista". En la segunda viñeta, los placeres y las lágrimas son eternos.

Hay una fatalidad en la forma en que se describe la muerte del rico: muere y es sepultado, como si se dijera que para él todo terminó. El infierno es, por tanto, la muerte eterna que se contrapone a la vida eterna. Las pocas veces que en la Biblia, como aquí, se menciona el infierno como un sufrimiento eterno, tiene un valor pedagógico para infundirnos miedo, tal como hacían los antiguos predicadores basándose en el hecho de que tememos más al sufrimiento que a la muerte.

Como casi siempre sucede, "la muerte abre los ojos a los vivos". De hecho, el rico, que antes no podía ver a Lázaro, ahora lo ve perfectamente. Pero sigue siendo egoísta; antes no veía al pobre porque este no tenía nada que ofrecerle, ahora lo ve porque lo necesita. Muchos de nosotros vemos la vida y las relaciones humanas como un gran buffet; nos relacionamos con los demás, no por lo que podamos aportarles, sino por lo que puedan contribuir a mejorar nuestra vida.

Quien antes se vestía de lino fino está ahora revestido de llamas; y es en medio de ellas que se acuerda de que tiene padre y hermanos y quiere que Lázaro sea enviado para salvarlos. Abraham le recuerda que tienen los mismos medios que él tuvo para salvarse: la Ley y los Profetas, que Jesús resume en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Piensa el rico que si Lázaro resucitara, sus familiares creerían en él y cambiarían de vida. Contrariamente a esta creencia, sabemos muy bien que cuando Jesús resucitó a un Lázaro, no llevó a los judíos a creer más en él; solo los llevó a decidir matar al recién resucitado Lázaro junto con Jesús.

La fe sigue siendo la única puerta para la salvación. No habrá ninguna señal del otro mundo, ningún milagro que pruebe de manera irrefutable la verdad de estas cosas. Por la fe vivimos y por la fe nos salvamos; no hay garantías científicas, ni las habrá nunca, de que Dios existe y sostiene la vida de quienes tienen fe aquí y ahora, como la sostendrá después de nuestra muerte.

El pobre que se asoma a nuestra ventana
El año pasado, Oxfam informó, en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza (21-24 de enero de 2015), que este año el 1 % de la humanidad poseerá más riqueza que el resto del 99 %. Más concretamente, el 1 % de la humanidad poseerá el 54 % de la riqueza mundial, mientras que el resto del 99 % poseerá el 46 %.

Una realidad que nos hace reflexionar… Después de tanto progreso científico y técnico, la raza humana ha progresado muy poco en humanidad. El abismo cada vez mayor entre ricos y pobres demuestra de manera inequívoca que lo que realmente guía e inspira el comportamiento humano no es la inteligencia ni la bondad, como sería deseable, sino el instinto egoísta e irracional que compartimos con los animales.

A lo largo de la historia de la humanidad, la inteligencia parece haber estado más al servicio del egoísmo que del altruismo; el hombre parece más creativo para el mal que para el bien. Solo así se explican hechos como el Holocausto judío y tantos otros genocidios (el aborto, los crímenes de guerra e incluso la guerra misma). Tenemos que concluir tristemente que la raza humana supera a los animales no solo en su racionalidad, sino también en su irracionalidad.

En los países pobres aún se muere de enfermedades que desde hace muchísimos años tienen cura: la lepra, la fiebre tifoidea, la tuberculosis y todas las relacionadas con la falta de higiene, agua potable y alimentación precaria. En los países ricos se muere por exceso de consumo; en los países pobres, se muere por falta de consumo de lo imprescindible.

Si compartiéramos, ni los pobres morirían de pobreza ni los ricos de riqueza. Todos seríamos más saludables...

Las leyes o el sistema que han hecho esto posible son simplemente injustos. La brecha entre ricos y pobres sigue aumentando. Como el planeta no permite que todos vivan como vivimos nosotros, hay mecanismos que aseguran que los ricos nunca pierdan su riqueza ni su nivel de vida, y que los pobres, como Lázaro, sigan siendo siempre pobres y no puedan salir de su pobreza. Porque si salieran y consumieran tanto como consumimos nosotros, nuestro planeta pronto se volvería inhabitable.

Una y otra vez, las potencias mundiales se reúnen para discutir los cambios climáticos, que son un síntoma de que nuestro planeta está enfermo, y la enfermedad es provocada por nuestro abuso de sus recursos. Sin embargo, poco se ha conseguido.

Todos sabemos cuáles serán las consecuencias y, sin embargo, no conseguimos frenar los comportamientos que inexorablemente nos están llevando a un suicidio colectivo. Hace un mes, la ciudad de Pekín declaró por primera vez una alerta roja, cerrando las escuelas y edificios públicos. El aire estaba tan contaminado que, además de ser irrespirable, dificultaba la visibilidad.

El hecho de que la pobreza sea un problema global cada vez más difícil de resolver, porque la brecha que separa a los ricos de los pobres es cada vez mayor, no debe motivar nuestra inacción. Dios no me pedirá cuentas por los pobres del mundo, sino por aquel que se sienta a nuestra puerta o cruza nuestro camino.

Conclusión - Esta parábola es única en su forma, presentando dos escenas contrastantes: en la primera, la ostentación del rico se enfrenta a la miseria del pobre en esta vida; en la segunda, los papeles se invierten en la eternidad. Es una poderosa invitación a reflexionar sobre nuestras prioridades, responsabilidades hacia los demás y el impacto eterno de nuestras elecciones terrenales.

P. Jorge Amaro, IMC