No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. (Lucas 6, 37)Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. (Mateo18, 3)
El símbolo de la justicia, así como su significado, es universalmente conocido: una dama con los ojos vendados, que representa la neutralidad y la imparcialidad; con una balanza en la mano, para sopesar y valorar equitativamente los actos imputables; y con una espada, que denota el poder de ejecutar una sentencia.
Sin embargo, si contemplamos esta misma figura con los ojos limpios de un niño, que desconoce su carga simbólica y cultural, puede reflejar algo muy distinto: la manera en que solemos comportarnos. Evaluamos y sentenciamos a los demás, guiados por prejuicios, porque tenemos los ojos vendados a la realidad observable.
Las observaciones son aquello que podemos ver y oír, los estímulos que despiertan nuestras reacciones. El objetivo es describir de forma objetiva, concreta y neutra el motivo de nuestra reacción, tanto como lo haría una cámara de vídeo que registrara el momento. Esto ayuda a crear una realidad compartida con la otra persona. La observación constituye el contexto de la expresión de nuestros sentimientos y necesidades, y en ocasiones ni siquiera es necesaria si ambas partes ya están claras sobre el contexto.
La clave de una buena observación es separar nuestros juicios, evaluaciones o interpretaciones de la descripción de lo ocurrido. Por ejemplo, si decimos a alguien: «eres antipático», es probable que lo niegue; pero si decimos: «hoy no me saludaste al entrar en la sala», la persona podrá reconocer más fácilmente el hecho descrito.
Cuando somos capaces de describir lo que vemos o escuchamos en lenguaje de observación, sin mezclar ninguna valoración, aumentamos la probabilidad de que la otra persona, aunque no responda de inmediato, esté más dispuesta a escuchar nuestros sentimientos y necesidades. Por el contrario, si expresamos una crítica o una valoración, el diálogo se enturbia desde el primer momento.
La comunicación no violenta nos ayuda precisamente a distinguir la observación de la evaluación, a depurar nuestras descripciones de todo juicio moralista y de toda calificación, ya sea negativa o positiva. La comunicación no violenta se fundamenta en una observación libre de prejuicios, interpretaciones y valoraciones, así como en la capacidad de ofrecer a la otra persona un feedback basado en esa observación.
Un buen feedback debería ser como un espejo: reflejar fielmente lo que ha ocurrido, sin interpretar, analizar ni añadir nada. Cuando, aunque sea de manera velada o disimulada, dejamos que nuestras observaciones incluyan una apreciación, una interpretación o una crítica, la otra persona se pondrá inmediatamente a la defensiva y la comunicación se resentirá, quedando envenenada y destinada al fracaso.
Nuestra excesiva rapidez en emitir juicios nos hace perder datos observables. En este sentido, resulta iluminador lo que dice Jesús acerca de hacernos como niños: recuperar cualidades que perdimos al crecer. Una de ellas es conservar la mirada pura de la infancia, una visión no subjetiva de las cosas, no contaminada por la carga cultural o por prejuicios.
A diferencia de los niños, los adultos se llenan a menudo de prejuicios y opiniones sobre todo y sobre todos; parecen llevar las anteojeras que se colocan a los caballos, reduciendo así su campo de visión para mirar solo hacia delante. Desarrollan «cataratas» en los ojos y «cera» en los oídos: solo ven y oyen lo que quieren y como quieren. De esta manera, percepción, interpretación y valoración se confunden en una sola cosa.
Observación según la CNV
Para Marshall Rosenberg, una observación es la descripción de lo que está sucediendo en el mismo instante en que observamos y relatamos nuestra observación. Se trata de un informe elaborado a partir de nuestros cinco sentidos exteriores —la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato— junto con nuestro pensamiento y visión interior, desprovista de valoraciones y prejuicios.
Una observación no violenta consiste, por tanto, en relatar los hechos tal y como son percibidos por nuestra experiencia sensorial en un contexto determinado de tiempo y lugar, libres de cualquier tipo de análisis o evaluación.
Observar sin evaluar no es fácil, especialmente cuando lo que observamos nos desagrada, cuando despierta nuestra ira o incluso nuestro aprecio. Tendemos a implicarnos personalmente en lo observado y, con frecuencia, caemos en juicios precipitados de los que después nos arrepentimos, sin poder ya remediarlos si los hemos expresado en voz alta. Como dice el refrán popular: «Palabra dicha, piedra lanzada».
Debido a nuestra educación y a la cultura de la violencia en la que estamos inmersos, es casi inevitable que surjan interpretaciones y valoraciones acerca de todo lo que percibimos. Cuando esto sucede, y para evitar conflictos, la CNV recomienda que guardemos esas evaluaciones para nosotros, como si fueran un mal pensamiento. Y en caso de formularlas en voz alta, hemos de asumir la plena responsabilidad de ellas.
«La forma más elevada de inteligencia humana es la capacidad de observar sin juzgar».
— Jiddu Krishnamurti
Observar sin evaluar significa dar el beneficio de la duda, es decir, desconfiar de nuestra propia interpretación y de las conclusiones casi automáticas de nuestra mente, para mantenernos en el terreno de la observación pura. Juzgar y evaluar equivale a encasillar, a congelar una realidad viva en una fotografía fija. Como recordaba Heráclito, el filósofo griego del devenir, la realidad no es estática, sino dinámica.
Nuestra mente tiende a funcionar según la filosofía mecanicista de la física de Newton, que concebía la naturaleza como un engranaje de precisión, semejante a un reloj exacto. Por pereza mental, preferimos un mundo donde todo funcione con leyes claras y previsibles, donde las excepciones son vistas como anomalías y, por tanto, despreciadas. Un mundo estable, uniforme y perfectamente controlable.
Pero ese pudo ser el mundo de Newton, no el nuestro. El nuestro está mejor descrito por la física cuántica y por el principio de incertidumbre de Heisenberg, donde el azar y la variabilidad forman parte esencial de la realidad. Las variables son tantas como las leyes, y aunque ello nos lleve a la confusión, refleja mejor la naturaleza de nuestro mundo.
Si queremos vivir en sintonía con este mundo dinámico y en constante transformación, debemos cambiar nuestra cosmovisión y nuestro lenguaje. Estos no pueden ser estáticos ni absolutos, sino relativos y dinámicos. La CNV desplaza la atención de lo que «somos» —nuestra identidad, personalidad, apellido— a lo que estamos experimentando en el momento presente: cómo nos sentimos y qué nos ocurre. El lenguaje estático está anclado en el pasado; la CNV es dinámica y se centra en el presente.
Aprender a traducir juicios e interpretaciones en lenguaje de observación nos aparta del esquema de «bien/mal» y nos ayuda a asumir la responsabilidad de nuestras reacciones, dirigiendo la atención a nuestras necesidades como fuente de nuestros sentimientos, en lugar de proyectar esa responsabilidad sobre otras personas.
El ejemplo clásico de Rosenberg
Rosenberg cuenta que un día fue llamado a una escuela donde los profesores estaban constantemente en conflicto con el director. En una reunión, les preguntó:
«¿Qué hace el director que entra en conflicto con vuestras necesidades?»
Lo que pedía era una observación concreta de los comportamientos del director, pero las respuestas fueron solo valoraciones:
«Es un charlatán».
«El director habla demasiado».
Al mostrarles que esas frases eran evaluaciones y no observaciones, otro profesor intervino:
«Cree que solo él tiene buenas ideas».
Finalmente, otro dijo:
«En las reuniones quiere ser siempre el centro de atención».
Sin embargo, nadie lograba identificar un comportamiento concreto, objetivo y libre de valoración. En un encuentro posterior, Rosenberg descubrió lo que realmente irritaba a los docentes: el director solía aprovechar cualquier tema de discusión para contar largas historias de su infancia y juventud, lo que desviaba las reuniones del tema principal y alargaba excesivamente su duración.
Este caso ilustra bien nuestra dificultad para describir lo que observamos sin contaminarlo con juicios. A veces, como sucedía con estos profesores, la evaluación invade tanto nuestra mente que llegamos incluso a olvidar el hecho original que la provocó.
Evaluar sin asumir responsabilidad
En el libro de Rosenberg encontramos ejemplos en los que la observación lleva implícita una evaluación, lo que demuestra lo difícil que resulta separarlas en la vida cotidiana.
«Eres demasiado generoso».
Aquí se presenta una supuesta observación, pero en realidad es una valoración. Quien la pronuncia se erige en medida universal de lo que es ser «menos», «más» o «demasiado» generoso, y formula una afirmación categórica, aparentemente objetiva, sin responsabilizarse de ella.
La traducción a lenguaje de observación sería algo así:
«Al ver que entregaste todos los bombones sin quedarte con ninguno, pienso que fuiste demasiado generoso».
De esta manera, se hace referencia a un hecho concreto, evitando interpretaciones apresuradas. Pero si queremos interpretar, hemos de asumir la responsabilidad:
«Yo creo que eso es ser demasiado generoso» o «para mí eso es ser demasiado generoso».
Así, dejamos la realidad abierta a otras interpretaciones posibles.
Uso y abuso de los verbos que evalúan
«Juan siempre está posponiendo». – Esta observación contiene una generalización. Aunque hayamos sorprendido a Juan aplazando algo en más de una ocasión, eso no significa que lo haga siempre. Es el mismo caso de quien una vez mató a un perro y desde entonces pasa a ser conocido como «mata-perros». Las generalizaciones son siempre injustas, del mismo modo que lo es etiquetar a una persona, incluso cuando esta repite un comportamiento con frecuencia.
El verbo más nocivo de todos dentro del marco de la comunicación no violenta es el verbo «ser», porque bautiza a las personas y las encadena a una etiqueta que les impide crecer y progresar. El abuso de este verbo en la educación de los niños los condena a convertirse en lo que los demás quieren que sean. El verbo «ser» ata a las personas a identidades estáticas. Cada vez que etiquetamos a alguien, lo encerramos en una camisa de fuerza, lo condenamos a cadena perpetua y no le permitimos salir de ella.
Somos un ser en construcción, en crecimiento continuo, en un devenir constante, en permanente evolución. El verbo «ser» no nos define, porque no somos piedras, no somos seres estáticos: somos seres vivos. El verbo «ser» solo sirve para definir cosas muertas y, cuando pretende definir lo que está vivo, lo mata.
«Juan solo estudió para el examen de Física la noche anterior». – El antídoto contra la generalización y la etiqueta es referirnos a un caso concreto. De esta forma, observamos o relatamos algo que realmente sucedió y permanecemos fieles a la realidad, dejando que sea Juan quien saque sus propias conclusiones sobre la frecuencia o recurrencia de su conducta.
«Mónica es fea». – Esta frase supone que poseemos un patrón universal de belleza y que, en el caso de Mónica, nos erigimos en portavoces de siete mil millones de personas.
«El aspecto de Mónica no me atrae». – Así me responsabilizo de mi apreciación, que es únicamente mía y no extensible a nadie más. Ya decían los romanos: «de gustibus non est disputandum», y en nuestro refranero popular encontramos la versión: «quien feo ama, hermoso le parece».
Profetas de desgracias
«Su trabajo no va a ser aceptado». – Con frecuencia, en nuestras afirmaciones adoptamos la pretensión de ser profetas, y casi siempre profetas de desgracias. Con cierta malicia y un sutil placer en el mal ajeno, hacemos pronósticos negativos acerca de los pensamientos, ideas, intenciones, deseos o acciones de los demás. Pero esta no es una observación, sino una valoración a priori, cuyo objetivo puede ser humillar a la persona, disuadirla de sus propósitos o incluso influir en ella para que fracase.
«Yo no creo que su trabajo sea aceptado». – Esta sería la traducción en clave de CNV: quien evalúa se responsabiliza de su propia valoración. Así se resta peso y autoridad a lo que se dice.
«Si no haces comidas equilibradas, perderás la salud». – Esta es una afirmación que ni siquiera un médico debería hacer, pues confunde predicción con certeza. La medicina no es una ciencia exacta como las matemáticas: son muchos los factores que influyen en la salud y en la enfermedad. Por lo tanto, aunque esta afirmación pueda contener algo de verdad, no refleja toda la realidad.
«Si tus comidas no son equilibradas, temo que tu salud pueda verse afectada». – Esta formulación se ajusta más a la verdad, ya que la dieta es solo uno de los muchos factores que condicionan tanto la salud como la enfermedad.
Generalizaciones
«Los extranjeros son descuidados». – Este es un ejemplo típico de generalización, quizá el error más común en nuestra vida diaria. Palabras como «siempre», «nunca», «casi siempre» suelen ir acompañadas de generalizaciones. Una generalización es la universalización de nuestra experiencia. Si somos lo suficientemente humildes, reconoceremos que nuestra experiencia es muy limitada en el tiempo y en el espacio, y que, por tanto, no puede ni debe universalizarse.
La base del racismo y de la discriminación está precisamente en esta universalización y generalización de nuestras experiencias cuando hacemos afirmaciones sobre grupos de personas: los hombres… las mujeres… los negros… los gitanos… los ingleses…
«La familia de extranjeros que vive en el número 24 no cuida su jardín». – El antídoto contra la generalización es ser específico en tiempo y lugar, limitando nuestra afirmación a un contexto y a un comportamiento concreto; al fin y al cabo, «contra los hechos no hay argumentos».
«Óscar es un mal jugador». – Es una generalización muy común en los ambientes futbolísticos y en las discusiones acaloradas entre aficionados. Expresa frustración, pero no tiene nada que ver con la verdad.
«Óscar no marcó goles en los últimos cinco partidos». – Traducida a una afirmación aceptable según los cánones de la CNV, se convierte en una referencia a hechos concretos, sin caer en conclusiones precipitadas. El mismo jugador, si marca un gol decisivo en un campeonato, sería inmediatamente valorado de forma muy diferente.
Ejemplos de observaciones con o sin evaluaciones
- «Juan estaba enfadado conmigo ayer sin ninguna razón». – Evaluación
- «Anoche, Nancy se mordía las uñas mientras veía la televisión». – Observación
- «Sam no pidió mi opinión durante la reunión». – Observación
- «Mi padre es un buen hombre». – Evaluación
- «Clara trabaja mucho». – Evaluación
- «Enrique es agresivo». – Evaluación
- «Carlos fue el primero todos los días de esta semana». – Observación
- «Mi hijo, muchas veces, no se cepilla los dientes». – Evaluación
- «Lucas me dijo que no me sienta bien el amarillo». – Observación
- «Mi tía protesta cuando hablo con ella». – Evaluación
«Si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo lejos de ti: más te vale entrar con un solo ojo en la Vida que, teniendo los dos, ser arrojado a la Gehena del fuego». (Mateo 18, 9)
«La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti son tinieblas, ¡qué grandes tinieblas serán!». (Mateo 6, 22-23)
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». (Mateo 5, 8)
Como sugiere Jesús, nuestros ojos están enfermos y, por tanto, se convierten en ocasión de caída. No vemos objetivamente, sino que vemos lo que queremos ver; no observamos sin interpretar, de modo que nuestros ojos dejan de ser ventanas al mundo y lámparas que iluminan las cosas tal cual son. Necesitamos purificar nuestro corazón y nuestra mente: solo así veremos a Dios, veremos la realidad en su verdad y, de este modo, contribuiremos a la armonía en las relaciones humanas y a la paz en el mundo.
Evaluación o juicios de valor en CNV
¿Cómo es posible vivir sin evaluar el comportamiento de los demás y el propio? ¿Acaso en la CNV no hay ningún tipo de evaluación? Sí la hay, pero en la CNV nos abstenemos de evaluaciones moralistas, expresadas en un lenguaje estático, que forman parte del juego de quién tiene razón / quién no la tiene, quién es bueno / quién es malo, quién merece ser premiado / quién merece ser castigado.
La evaluación en CNV se centra en lo observable, en el presente, en el aquí y el ahora. Se refiere a actos concretos y no a actitudes genéricas. Es una evaluación dinámica, enfocada en lo que ocurre en nosotros y en los demás en el campo de los sentimientos y necesidades. En la CNV, tanto nuestro comportamiento observable –lo que decimos o hacemos en un momento dado– como el de los demás se evalúa en la medida en que responde o no a nuestras necesidades, en la medida en que nos hace sentir bien o no.
La comunicación violenta, en cambio, se apoya en evaluaciones estáticas y moralistas que, cuando se pronuncian, colocan a las personas a la defensiva porque las clasifican en dos categorías: los buenos, que merecen ser elogiados y recompensados, y los malos, que merecen ser reprendidos y castigados. En la CNV, la evaluación se basa en lo que está ocurriendo en el presente y en si ello responde o no a las necesidades y valores de quienes participan en la interacción.
Conclusión - Una observación no violenta consiste, por tanto, en el relato de los hechos tal como son percibidos por nuestra experiencia sensorial, en un contexto concreto de tiempo y lugar, libre de cualquier tipo de análisis y valoración.
P. Jorge Amaro, IMC

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