La Santa Iglesia de Dios añadió a la alabanza de la primera parte del Ave María una petición y una invocación a la Santísima Madre de Dios. Tal inclusión implica que debemos, con piedad y humildad, recurrir a ella, para que, por su intercesión, seamos reconciliados con Dios, nosotros que somos pecadores, y alcancemos las bendiciones que tanto necesitamos en el presente y en el futuro de nuestra vida.
Así se pronuncia el Catecismo del Concilio de Trento sobre la segunda parte del Ave María. No se conoce su autor concreto; se trata del fruto de muchos años de reflexión, práctica litúrgica y oración. Comenzó a integrarse en algunos breviarios de las antiguas órdenes religiosas, hasta pasar al uso regular del pueblo de Dios hacia el siglo XV. Como toda Tradición, no fue simplemente copiada de la Biblia, pero está profundamente enraizada en ella.
Santa María – A diferencia de Eva, que, con orgullo ante Dios, quiso usurpar el poder divino sometiéndose a la serpiente, símbolo del Mal, María, humilde ante Dios y totalmente sometida a Su voluntad, aplasta la cabeza de la serpiente. Al convertirse en Madre de Dios, María alcanzó, por el camino de la humildad, lo que Eva pretendía alcanzar por el orgullo: “ser como Dios” (Génesis 3,5). Eva, la pretenciosa, quería ser como Dios en omnipotencia; María, la humilde sierva de Sión, aspira a ser como Dios en santidad.
Si Abraham es nuestro padre en la fe, María es nuestra madre en la fe; en ella se cumplen, en plenitud, la fe y la esperanza transmitidas a lo largo de los siglos.
Madre de Dios – Un entusiasta predicador protestante, al subir a un autobús, afirmó: “Esta es la carta y este es el sobre que la contenía; nos quedamos con la carta y tiramos el sobre a la basura. Cristo es la carta; María, el sobre.” Alguien le respondió: “¿Tu madre también es un sobre que tiras a la basura?”
En realidad, no se tira el sobre. Los enamorados que guardan cartas de amor las conservan con sus respectivos sobres. Cristo es la carta de amor de Dios a la humanidad. María es ese sobre florido y precioso que transporta esa carta. Quien es madre, lo es siempre. Por otra parte, el sobre lleva el remitente — la dirección de quien envía el mensaje. Necesitamos esa indicación para poder responder, al igual que necesitamos la mediación de María para dirigirnos plenamente a Cristo.
Madre es aquella que lleva un hijo en su seno y contribuye genéticamente a su formación. María es madre en ambos sentidos. Si María es madre de Jesús, y Jesús es Dios, entonces María es Madre de Dios. Es un silogismo incontestable.
Ella no es Madre de Dios en el sentido de ser el origen de Dios o anterior a Él, ni es la fuente de la divinidad de Jesús. Es Madre de Dios porque concibió y dio a luz a Aquel que es verdadero Dios y verdadero hombre, y porque contribuyó con su ser a la naturaleza humana de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Ruega por nosotros, pecadores – Nueva Eva, nuevo Abraham, nuevo Jacob, María es también nuevo Moisés. Abraham intercedió por Sodoma y Gomorra; Moisés, continuamente, intercedía por el pueblo, incluso cuando ya no podía mantener los brazos en alto. En la Nueva y Eterna Alianza instituida por Cristo, el papel de intercesora corresponde a María, pues no hay criatura humana más cercana a Dios que ella.
Ya durante la peregrinación terrena de su Hijo, María ejerció ese papel de intercesora y mediadora de todas las gracias. El primer milagro de Jesús, en las bodas de Caná, se realizó a petición de María (Juan 2,1-11). Ella no impone, sino que señala; no exige, sino que confía; y el Hijo atiende a la súplica de la Madre.
Ahora – “Aguas pasadas no mueven molinos.” La vida ocurre en el presente. Sin embargo, hay personas que permanecen prisioneras del pasado, de acontecimientos traumáticos o culpabilizadores, que funcionan como maldiciones e impiden su libertad interior y su plena responsabilidad sobre su comportamiento actual.
El pecado se comete en el pasado y se perdona en el presente. El perdón de Jesús nos libera y deshace las cadenas del pasado, que pasa a integrarse en el conjunto de la vida con un nuevo significado. Con Cristo, podemos entonar nuestro “Felix Culpa” — “¡Oh culpa feliz!” — porque “no hay mal que por bien no venga” y “Dios escribe recto con renglones torcidos”.
Las tres virtudes teologales modelan nuestra existencia en los tres tiempos. Sólo se vive en el presente, pero es la fe que nos llega del pasado la que ilumina ese presente, y es la esperanza en el futuro la que lo anima. La caridad, en cambio, es la única acción propia del presente: vivir es amar — a Dios y al prójimo.
Y en la hora de nuestra muerte – “Quiero morir”, dijo mi madre en agonía, cuando sintió que la muerte venía a buscarla para llevarla a Dios. Jesús declaró: “Nadie Me quita la vida; Yo la doy libremente” (Juan 10,18). Si vivimos amando a Dios sobre todas las cosas, la muerte no nos priva de nada ni de nadie. Soltar lo poco para entregarnos al Todo que es Dios no debe ser motivo de temor. Vivamos con la firme esperanza de que lo mejor está por venir.
Amén – “Así sea”, “yo creo” — es nuestro sello, nuestra firma al final de la oración. Con esta palabra, suscribimos todo lo que acabamos de decir, con fe y confianza.
Conclusión – La primera parte del Ave María se refiere al pasado y al papel de María en la historia de la salvación de la humanidad. La segunda parte trata del presente y del futuro, y del papel de María en la salvación de cada uno de nosotros.
Rezar el Ave María es, por tanto, entrar en la eternidad de Dios, acogiendo el don de Su Madre como intercesora y compañera de camino, desde ahora hasta la hora de nuestra muerte.
P. Jorge Amaro, IMC

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