jueves, 1 de diciembre de 2016

El Profeta Isaías - Un Cristiano "Avant la lettre"

No hay comentarios:


Moisés y Elías junto a Jesús en el Monte de la Transfiguración simbolizan la Ley y los Profetas, una forma sintética de referirse a los libros que componen el Antiguo Testamento. Para los judíos, como Moisés, el legislador del Monte Sinaí a quien se atribuyen los 5 libros del Pentateuco simboliza la Ley. Elías, que diezmó a los profetas del dios Baal en el Monte Carmelo, simboliza a los profetas porque es considerado para los hebreos, el más grande de todos los profetas; tan grande era Elías que ni siquiera experimentó la muerte como el resto de los mortales, en vida fue arrebatado al cielo del que se esperaba que regresara como precursor del Mesías para anunciar su venida.

A diferencia de la perspectiva judía, desde el punto de vista del cristianismo, y entendiendo el Antiguo Testamento como una preparación para el Nuevo, el profeta más grande es Isaías. A diferencia de Elías, que era tendenciosamente nacionalista y algo xenófobo, Isaías es universalista y abierto a todos los pueblos y a todas las razas. Cada año en Adviento nos encanta con su visión idílica de una sociedad abierta e inclusiva donde la paz y la armonía reinan entre todos a pesar de sus diferencias: 

Entonces el lobo habitará con el cordero, y el leopardo se acostará junto al cabrito, el becerro y el león comerán juntos, y un cabrito los guiará. (Isaías 11:6) En este mundo renovado, donde las espadas se convierten en rejas de arado y las lanzas en podaderas, (Isaías 2:4) Jerusalén no es la capital de Israel, sino del mundo, porque es allí donde el Señor del universo preparará para todos los pueblos un banquete de deliciosos manjares y vinos generosos. (Isaías 25:6). 

De hecho, en el discurso inaugural de su vida pública, Cristo cita a este mismo profeta para decir que la Palabra que Dios pronunció por su boca como una promesa se cumple hoy en Jesús, el Verbo encarnado de hecho. El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado para anunciar la Buena Nueva a los que sufren... (Isaías 61:1-2; Lucas 4:16-22)

Es Isaías quien, 300 años antes de Cristo, nos habla de las circunstancias del nacimiento de Jesús, presentándonos su visión del misterio de la encarnación de Dios; una virgen dará a luz a un hijo y su nombre será Emanuel, que significa Dios con nosotros. (Isaías 7:14). 

Es también Isaías quien anticipa la pasión del Señor en su canto sobre el siervo de Yahvé y también nos ofrece el significado expiatorio de la pasión y muerte del Señor: "Porque él ha llevado nuestras enfermedades, ha llevado nuestros dolores. (…) Fue herido a causa de nuestros crímenes, molido a causa de nuestras iniquidades. (…) Fue maltratado, pero se humilló a sí mismo y no abrió su boca, como un cordero que es llevado al matadero (Isaías 53:2-7).

Isaías hace en el Antiguo Testamento lo que el autor de la carta a los hebreos hace en el Nuevo. Al igual que en el Nuevo Testamento, el autor de la carta a los hebreos trata de mostrar que el Nuevo Testamento, la Nueva Alianza, no es radicalmente diferente y opuesta al Antiguo, sino más bien una continuación de este último y, sobre todo, el cumplimiento de las promesas descritas en él. Así, Isaías, con su universalismo, personifica y predica, ya en el Antiguo Testamento de manera utópica, el Reino de Dios que Cristo vino a traer a la tierra; Sobre todo, ya intuyó en su tiempo que la salvación es para todos sin distinción de idioma, pueblo o nación.

Los dos son personalidades que son clave para cerrar la brecha entre los dos Testamentos. Isaías, desde el Antiguo Testamento, se extiende hasta el Nuevo, conectándolos hacia atrás. En cambio, el autor de la carta a los hebreos de adelante hacia atrás, viendo el Antiguo como una prehistoria del Nuevo.

Así como un árbol que para crecer hacia arriba y alargar sus ramas necesita crecer hacia abajo profundizando sus raíces, así el autor de la Carta a los hebreos, desde el Nuevo Testamento, se adentra en el Antiguo para encontrar en él las promesas que ahora ve cumplidas en el Nuevo, los cables sueltos que ahora están atados, la semilla sembrada que ahora da fruto, y cómo toda la historia de la salvación se orientó hacia la venida de Cristo.

Como un viejo labrador que planta un árbol del que no va a comer fruto, así era el sueño utópico del profeta Isaías sobre un mundo venidero en el que no habría "pueblo elegido", porque si Dios es el Creador de todos, entonces también es el Padre de todos; un mundo como un techo común, una ciudad a la que todos llaman hogar; una mesa redonda como el mundo donde lobos y corderos comparten la misma comida; Un mundo que no encuentra uso en armas ni en instrumentos de destrucción y los transforma en utensilios de construcción. 

El autor de la carta a los hebreos es un embajador del Nuevo Testamento en el Antiguo porque trata de explicar y conceptualizar el Nuevo utilizando los mismos conceptos teológicos que el antiguo; por otro lado, Isaías es el embajador del Nuevo en el Antiguo porque aunque vive en el Antiguo Testamento, tiene una mentalidad que está más en sintonía con el Nuevo que con el Antiguo Testamento. Así, podemos llamar a Isaías un cristiano "avant la lettre", y al autor de la carta a los hebreos un judío converso. 

P. Jorge Amaro, IMC


martes, 15 de noviembre de 2016

¡Misericordia, no sacrificios!

No hay comentarios:


Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de becerros. No me gusta la sangre de terneros, corderos o cabras. (…) No me ofrezcas más regalos inútiles: el incienso es una abominación para mí; (…) Las reuniones de culto, las fiestas y las solemnidades me son insoportables (...) Cuando levantes tus manos, aparto mis ojos de ti; Podéis multiplicar vuestras oraciones, y Yo no les respondo. (…) Deja de hacer el mal, aprende a hacer el bien; Buscad lo justo, ayudad a los oprimidos, haced justicia a los huérfanos, defended a las viudas.
Isaías 1:11-17

Quiero misericordia y no sacrificios, el conocimiento de Dios más que holocaustos. Oseas 6:6

Los profetas del Antiguo Testamento eran las personas adecuadas para los tiempos adecuados. Su voz, sus oráculos provenían de un análisis de la realidad, los problemas concretos de la gente a la luz de la Palabra de Dios y las soluciones que presentaban a los diversos problemas y situaciones eran de inspiración divina. La solución, intuida por los profetas, fue siempre desestabilizar el "statu quo" existente, porque el análisis era a menudo crítico con las estructuras sociales y las formas de vida que no tenían nada que ver con los designios de Dios.

La religión que no transforma la vida es opio
Se dice que un musulmán perseguía a su enemigo con un cuchillo para matarlo, mientras lo perseguía escuchó la voz del Muecín en lel minarete de la mezquita llamando a los fieles a la oración. Detuvo bruscamente la persecución, dejó caer su cuchillo, extendió su alfombra en el suelo, se volvió hacia La Meca y comenzó a orar. Cuando terminó la oración, volvió a enrollar la alfombra, volvió a tomar el cuchillo y reanudó la persecución de su enemigo.

Esto es sólo una caricatura de cómo la práctica de la religión puede llegar a estar completamente divorciada de la vida. Lo mismo o similar puede suceder a los creyentes de todas las religiones. Cuando Karl Marx dijo que la religión es el opio del pueblo, su punto de referencia fue el cristianismo más que cualquier otra religión.

Los que van a la iglesia son los peores – Dice un viejo refrán; de hecho, a menudo observamos que la práctica de los rituales prescritos por cada religión no es un factor en el crecimiento personal de sus fieles; en muchas situaciones incluso se comportan peor que los que son ateos o agnósticos; es como si después de dar a Dios lo que le corresponde, el resto de sus vidas no fuera asunto suyo.

La misericordia como sacrificio de sí mismo
Los profetas del antiguo Israel fueron unánimes en condenar un culto separado de la vida y una vida separada de un culto que confabula y convive con la injusticia y la corrupción. Puesto que la justicia y la misericordia no pueden tener ambas cosas junto con los sacrificios a elegir, el Dios del Antiguo Testamento prefiere la misericordia a los sacrificios. Cristo recordó a los judíos de su tiempo que el Dios de su Padre, que lo envió, mantiene esta misma opción cuando les dice perentoriamente: Id y aprended lo que significa: prefiero la misericordia al sacrificio. Mateo 9:13

Al preferir la misericordia a los sacrificios, Dios no abdica de los sacrificios; No vino a derogar nada de la ley, sólo vino a perfeccionarla. El sacrificio de su Hijo en la cruz vino a reemplazar los viejos sacrificios por los nuevos sacrificios; de hecho, en la hora en que Cristo murió en la cruz, el velo del tiempo, el Santo de los Santos, se rasgó, como si dijera: los sacrificios de la antigua ley han terminado y los sacrificios de la nueva ley comienzan.

La nueva ley es el amor, por lo tanto, los sacrificios que valen la pena, después de que Cristo ha dicho y puesto en práctica que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos, no son sacrificios de corderos y machos cabríos, es decir, dar lo que tengo y me sobra a los demás, ni es dar cosas fuera de mí mismo.  sino más bien para darme a mí mismo. Por encima de todo, el sacrificio de mi ego es lo que agrada a Dios. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz día tras día y me siga. Lucas 9:23

No extrañéis dulces amigos que tenga mi frente arrugada, / yo vivo en paz com los hombres / y en guerra con mis entrañas. - Es a este sacrificio existencial al que alude el poeta popular, António Machado, en esta cuarteta: para estar en paz con los hombres guerreo, sacrifico mis instintos, mis malas tendencias, la ira, el instinto de venganza, el orgullo, el egoísmo, incluso mis ideas; Todo esto, lo sacrifico, para vivir en amor y paz con mis semejantes.

Al preferir la misericordia a los sacrificios, Dios tiene ambas cosas en una, porque no hay misericordia que no implique sacrificio; no el sacrificio de algo que me pertenece, sino el sacrificio de mí mismo o de una faceta de mi ego.

En la parábola del Buen Samaritano vemos los dos mundos enfrentados; el mundo de la antigua alianza, simbolizado en el sacerdote y el levita que, obsesionados con el sacrificio de las cosas externas a ellos mismos, ignoran las necesidades humanas sin sentir compasión, y el mundo de la nueva alianza, simbolizado en el Buen Samaritano que responde con misericordia a la miseria humana; sacrificándose por el mendigo medio muerto, descarrilándose deliberadamente de su camino, dejando a un lado su vida y sus negocios.

Esta parábola pone de manifiesto cómo una religión que supuestamente existe para humanizarnos puede hacer todo lo contrario. Fue precisamente la religión la que vació de compasión el corazón de aquellos clérigos y les impidió socorrer a quienes necesitaban ayuda urgente.

Los sacrificios de la antigua ley, los sacrificios de las cosas fuera de mí, a lo sumo me hacen bien a mí y sólo a mí. El sacrificio de la nueva ley, la misericordia, es decir, el sacrificio de mí mismo me hace bien a mí y a los demás. Desde este punto de vista, ayunar guardando lo que no he comido para comer más tarde es un ayuno de la antigua ley que me perfecciona solo a mí; Ayunar dando lo que he ahorrado a los que lo necesitan es un sacrificio de la nueva ley, porque me perfecciona al mismo tiempo que me hace compasivo de los pobres y desamparados. Quien dice el ayuno dice los viajes a pie a Fátima, e incluso las vueltas de rodillas en la capilla de las apariciones.

Sé Perfecto vs. Sé Misericordioso
Sed perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto. Mateo 5:48
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Lucas 6:36

¿Qué gano yo con la perfección del otro? Nada, ni siquiera puedo quejarme, pue me temo que  utilize su perfección y superioridad moral para criticarme o humillarme. Por el contrario, no tengo nada que temer de aquel que es misericordioso, porque frente a mi miseria será compasivo.

El cristianismo no es como el budismo, un medio de perfección y progreso espiritual individual para pertenecer a una llamada élite de personas iluminadas. Mejorarse a sí mismo sin tener en cuenta a los demás no es perfección en absoluto; Una mejora individual, que en alguna parte de su proceso no conduce a una mejora de los demás y del mundo en general, es negativa porque establecerá más diferencias sociales, y éstas acabarán creando más injusticias. En el cristianismo, mi progreso espiritual pasa por el progreso social y viceversa.

En el cristianismo, cada vez que te diriges a Dios, Él te pregunta, como lo hizo con Caín, ¿dónde está tu hermano? Y dentro de la filosofía existencial que dice que "cada uno sabe de sí mismo, Dios sabe de todos" responde, como lo hizo Caín: tal vez soy el guardián de mi hermano, no es la respuesta que Dios quiere escuchar... Génesis 4:9

Conclusión - Al preferir la misericordia a los sacrificios, Dios tiene ambas cosas en una, porque no hay misericordia que no implique sacrificio; No el sacrificio de algo que me pertenece, pero que no me implica a mí, sino el sacrificio de mí mismo o de una faceta de mi ego.




martes, 1 de noviembre de 2016

Confesarse directamente con Dios

No hay comentarios:


Es bastante habitual encontrar a católicos que afirman no necesitar un sacerdote para reconciliarse con Dios. Dicen: «Si Dios conoce bien nuestros pecados y es Él quien perdona, ¿para qué sirve entonces el sacerdote? Yo me confieso directamente con Dios».

Es cierto que, en el sacramento de la reconciliación, el sacerdote actúa como intermediario entre el penitente y Dios; ejerce su ministerio in persona Christi, es decir, representa a Cristo, quien es en realidad el que perdona.

Sin embargo, vivimos en una sociedad marcada por una creciente desconfianza hacia los intermediarios. En el ámbito económico, influido por la lógica del capitalismo, los mediadores entre productores y consumidores suelen ser vistos como parásitos sociales: son quienes más ganan y quienes siempre obtienen beneficio en toda transacción comercial.

Hoy, el consumidor busca comprar directamente al productor porque le resulta más barato; y el productor prefiere vender directamente al consumidor porque gana más. Los intermediarios, cada vez más, quedan excluidos.

Nos guste o no, esta mentalidad utilitarista también ha contaminado la percepción que muchos tienen del sacerdote como mediador en el ámbito espiritual. Esta visión ha influido negativamente en la práctica del sacramento de la reconciliación.

No obstante, y pese a estos prejuicios, el sacramento conserva todo su sentido por razones profundamente humanas, bíblicas y teológicas.

Razones de orden humano
El ser humano es, por naturaleza, un ser social. Su identidad, su carácter y su personalidad se forjan en relación con los demás: padres, hermanos, maestros, catequistas, amigos... Desde pequeños crecemos en interacción constante, y es precisamente esta relación con los demás —más aún que la introspección solitaria— la que nos permite conocernos de verdad como personas.

El rostro es considerado el espejo del alma, porque es la parte del cuerpo que más nos define. Paradójicamente, es también la única parte que no podemos ver directamente sin un espejo —y ningún espejo es completamente fiel. Los demás, en cambio, sí pueden ver nuestro rostro con claridad. Del mismo modo, para ver con lucidez nuestro interior, necesitamos de los otros.

La conocida herramienta psicológica de la Ventana de Johari ilustra bien esta realidad. Según ella, nuestra personalidad está compuesta por cuatro áreas:

  • Yo Abierto: lo que yo sé de mí y los demás también conocen —pensamientos, sentimientos y comportamientos compartidos.
  • Yo Ciego: aspectos que los demás perciben de mí pero que yo desconozco —como el lenguaje corporal, hábitos inconscientes, gestos o expresiones.
  • Yo Oculto: lo que yo sé sobre mí pero oculto a los demás —mis secretos, miedos, heridas, intenciones.
  • Yo Desconocido: zonas de mi ser que ni yo mismo ni los demás conocen —el inconsciente, pulsiones, mecanismos de defensa...

Como afirma el refrán: «Nadie es buen juez en causa propia». Nuestra conciencia moral, por muy libre y autónoma que se pretenda, no siempre está bien formada ni informada. Hay conciencias escrupulosas, que ven pecado donde no lo hay, y conciencias laxas, que ignoran el mal evidente. Un caso paradigmático es el del rey David: cometió adulterio y asesinato, y no fue hasta que el profeta Natán le relató una parábola iluminadora que tomó conciencia real de su falta (cf. 2 Sam 11–12).

De forma análoga a como acudimos al médico para curar el cuerpo, o al psicólogo para sanar la psique, ¿a quién acudimos cuando lo que está herido es la conciencia? ¿Cómo liberarnos de la culpa sin la ayuda de alguien cualificado?

Estudios indican que los católicos practicantes —que se confiesan sacramentalmente— requieren menos atención psicológica o psiquiátrica que otros creyentes que no cuentan con este recurso espiritual. Todos necesitamos desahogarnos. Pero no basta hablar al vacío o gritar a las paredes. Necesitamos ser escuchados con empatía, con atención, por alguien que nos mire con misericordia. Si lo que me oprime no sale de mí, me envenena por dentro.

En la tradición judía, se depositaban los pecados del pueblo sobre un macho cabrío —el «chivo expiatorio»— que era enviado al desierto. Era una forma de liberación simbólica, comunitaria y ritual. Hoy también hay pecados —especialmente los más pesados, los que nos avergüenzan profundamente— que no conseguimos soltar si no los ponemos en palabras ante alguien que represente algo más grande que nosotros mismos.

Las obsesiones por culpa o traumas, los remordimientos profundos... no se curan solos. Pensemos en la escena final de la película El exorcista: la joven poseída sólo queda libre cuando el demonio entra en el cuerpo del sacerdote que la exorciza. Del mismo modo, nos liberamos de ciertas cargas solo cuando alguien, psicológica y espiritualmente capacitado, nos acompaña en ese proceso.

Por eso, Jesús confió a los sacerdotes —a sus apóstoles y a sus sucesores— el poder de perdonar pecados en su nombre, tanto de forma individual como comunitaria, según las necesidades pastorales y espirituales del momento.

Razones bíblicas y teológicas
Jesús mismo, al sanar al paralítico, dijo:  «Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados...» (Mateo 9,6-7).

Y a Pedro le dijo: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mateo 16,19).

Y después de la resurrección, a todos los apóstoles: «A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan 20,23).

También la carta de Santiago exhorta: «Confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados» (Santiago 5,16).

El sacerdote, consagrado como alter Christus, representa visiblemente al Dios invisible. Es sacramento vivo, instrumento de reconciliación entre el cielo y la tierra. Es el puente —pontifex— que permite que el perdón divino llegue al corazón del penitente de forma concreta, tangible y eficaz.

¿Absolución individual o comunitaria?
Para que haya sacramento, debe haber alguien que represente sacramentalmente a Cristo. Este alguien es el sacerdote, que, mediante el sacramento del Orden, ha sido configurado con Cristo Cabeza y Pastor.

No es estrictamente necesario que el sacerdote escuche todos los pecados. Hay situaciones —como en celebraciones penitenciales comunitarias o en contextos misioneros donde no se habla el mismo idioma— en que la confesión explícita no es posible. Lo esencial es la presencia del sacerdote, su intención y la del penitente, y la fe en el poder del perdón divino.

Jesús perdonó los pecados del paralítico sin necesidad de oírlos confesados (cf. Mc 2,1-12). Lo hizo porque percibió la fe sincera del enfermo. Del mismo modo, cuando el arrepentimiento es auténtico, la gracia de Dios actúa con eficacia.

Aun así, cuando la conciencia lo requiere, o cuando la culpa pesa profundamente, es muy recomendable recurrir a la confesión individual. Desde el punto de vista pastoral, psicológico y espiritual, esta forma de reconciliación tiene un valor inmenso, pues permite experimentar con mayor plenitud el gozo de la liberación.

No obstante, cuando la confesión individual no es posible, la Iglesia ofrece, de forma extraordinaria, la absolución comunitaria, siempre que haya un examen de conciencia serio y sincero, guiado por el sacerdote. En ese contexto, la gracia sacramental se derrama igualmente, y la reconciliación es verdadera.

Conclusión - Confesarse directamente con Dios puede ser un gesto de oración sincera. Pero cuando se trata de recibir el perdón sacramental —que incluye la certeza del perdón, el acompañamiento espiritual y la gracia santificante— es necesario acudir al sacerdote. No porque Dios no pueda perdonar de otro modo, sino porque Cristo mismo quiso que su Iglesia tuviera este ministerio de misericordia.

El sacramento de la reconciliación no es un añadido innecesario, sino un regalo de amor que responde profundamente a nuestra naturaleza humana, herida y social, necesitada de relación, escucha, perdón y comunión.

domingo, 16 de octubre de 2016

Perdonar con condiciones

No hay comentarios:


«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Mal». Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará a vosotros». (Mateo 6, 12-15)

Dios solo perdona si nosotros perdonamos
La oración del Padrenuestro es mucho más que una simple plegaria: es el compendio más condensado del mensaje de Jesús; contiene todo lo necesario para tener vida y tenerla en plenitud. Por eso, la dimensión del perdón no solo forma parte del cuerpo de la oración, sino que merece por parte de Jesús un comentario añadido a modo de “posdata”.

De todos los temas enumerados en esta oración, como si fuera una lista, Jesús solo comenta uno: el perdón. Y lo hace en los versículos 14 y 15, fuera del cuerpo principal de la oración, para que no haya lugar a dudas ni a malas interpretaciones sobre lo que piensa al respecto.

En homilías dialogadas suelo preguntar con frecuencia si Dios nos ama incondicionalmente. La respuesta, unánime, es siempre que sí. Luego pregunto si también nos perdona incondicionalmente, y de nuevo todos asienten sin pensarlo demasiado, creyendo que es lógico que así sea.

Cuando contradigo esa idea consensuada afirmando que el perdón de Dios no es incondicional —aunque su amor sí lo sea— y que exige ciertas condiciones, muchos se sorprenden y, sin reflexionar, se apresuran a decir que esa doctrina es falsa.

Muchos cristianos rezan el Padrenuestro varias veces al día sin ser plenamente conscientes de lo que están diciendo y de a qué se están comprometiendo. En el comentario añadido que Jesús hace, solo podemos concluir que, aunque Dios no impone condiciones para amarnos, no sucede lo mismo a la hora de perdonarnos: no nos perdona incondicionalmente, y debemos cumplir ciertos requisitos para recibir su perdón. Para ser perdonados, es conditio sine qua non perdonar de corazón a quienes nos han ofendido.

En efecto, cuando en el Padrenuestro decimos «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», estamos diciendo a Dios que, como nosotros ya hemos perdonado —es decir, ya hemos cumplido nuestra parte—, ahora le corresponde a Él cumplir la suya y perdonarnos. Colocamos nuestro perdón hacia los demás como condición previa al perdón que pedimos a Dios. Lo que nos autoriza moralmente a pedir su perdón es haber perdonado sinceramente a quienes nos han hecho daño.

Con la medida con que midáis, se os medirá a vosotros (Mateo 7,2). Así como el amor que sentimos por nosotros mismos debe ser la medida del amor al prójimo, no podemos querer a Dios para nosotros y al diablo para los demás. No podemos exigir que Dios nos perdone si nos negamos a perdonar sinceramente a quienes nos ofenden. Esta es una enseñanza dura, como lo fue el sermón sobre la Eucaristía en el evangelio de San Juan, que llevó a muchos discípulos a dejar de seguir al Señor.

«Y perdona nuestras ofensas en mayor medida que nosotros perdonamos» – Esta interpretación suavizada del versículo 12, propuesta por el sacerdote carismático Marcelo Rossi, ignora intencionadamente la exigencia radical de Jesús, posiblemente por lo difícil que resulta aceptar la condición impuesta.

Un perdón revocado
Palabra de rey no vuelve atrás. Recordemos la promesa del rey Herodes a la hija de Herodías, o la firmeza de Pilato respecto al letrero que mandó colocar en la cruz. Un rey no se desdice de sus palabras; mucho menos Dios, Rey del universo.

Sin embargo, la parábola narrada en Mateo 18, 23-35 sugiere que, en cuanto al perdón, Dios puede dar marcha atrás. En ella, un siervo debía una enorme cantidad a su señor, y éste, movido a compasión, le perdonó la deuda. Pero como aquel siervo no mostró la misma misericordia con quien le debía una cantidad insignificante, el señor revocó el perdón concedido y lo castigó severamente.

Cuando Dios llega al punto de retirar lo que ya había dado, algo que una persona sensata nunca hace a la ligera, quiere decir que no renuncia a la única condición que exige para conceder su perdón: que estemos dispuestos a perdonar a quienes necesitan nuestro perdón tanto como nosotros necesitamos el suyo.

Ayudas para el camino
Entonces Pedro se acercó y le preguntó: «Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces he de perdonarle? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». (Mateo 18, 21-22)

Estos versículos preceden a la parábola del siervo sin misericordia. Dios no nos da tregua: debemos perdonar siempre, sin cansarnos, como Él mismo lo hace. Nunca podemos decir “basta ya”; no podemos abandonar a nadie, porque Dios nunca nos abandona.

Sin restar dificultad al acto de perdonar, estos puntos pueden ser de ayuda:

  1. Considerar la educación y el pasado de la persona: los traumas de infancia, malos padres, profesores o tutores. Nadie tiene una educación perfecta. Desde Freud, sabemos que los primeros años marcan profundamente la vida. Superar esos condicionamientos no es fácil, y muchos no lo logran. Si los tribunales consideran estos factores atenuantes, ¿por qué no hacerlo nosotros al perdonar?
  2. «Perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen»: esta fue la razón que Jesús encontró para perdonar a quienes lo crucificaron. Con frecuencia, cuando hacemos daño, lo hacemos bajo una fuerte emoción que nubla la mente, como el alcohol. En ese estado, no somos plenamente conscientes de nuestras palabras o actos. El hijo pródigo “estaba fuera de sí” cuando decidió abandonar su hogar. Solo “al volver en sí” decidió regresar.
  3. Distinguir entre el pecado y el pecador: quien comete una mala acción también puede haber hecho muchas buenas. Solemos centrarnos solo en lo negativo. Una sola ofensa puede borrar, en nuestra mente, toda una vida de bien. Difundimos el mal que nos hacen, pero callamos el bien. Dios distingue entre el pecado y el pecador; nosotros también deberíamos hacerlo, para no “tirar al niño con el agua sucia”.
  4. Evitar la hipocresía: criticamos en otros lo que nosotros mismos hacemos o podríamos hacer si estuviéramos en las mismas circunstancias. Si honestamente reconocemos que podríamos haber actuado igual, entonces perdonar es aplicar la regla de oro: «Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti».
  5. «Amad a vuestros enemigos y orad por quienes os persiguen» (Mateo 5, 44) – Más que una exhortación, esta es una técnica que funciona milagrosamente. No tenemos ganas de orar por quienes nos odian, pero si nos obligamos a hacerlo, si persistimos en hacer lo correcto pese a lo que sentimos, con el tiempo el odio se disipa. Haz la prueba y verás. El Evangelio no se equivoca.

Conclusión - El sabernos amados incondicionalmente por Dios nos lleva ingenuamente a creer que también nos perdona sin condiciones. Sin embargo, la verdad es que Dios pone condiciones para concedernos su perdón.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 2 de octubre de 2016

Perdonar y olvidar

No hay comentarios:


Un ex prisionero de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia. “¿Ya has perdonado a los nazis por todo lo que nos hicieron?”, le preguntó. “Sí, ya los he perdonado”, respondió su amigo. “Pues yo no, y nunca los perdonaré. Todavía los odio con toda mi alma”. Al oír esto, su amigo le dijo amablemente: “Si es así, todavía te tienen prisionero”.


Dios perdona y olvida, es como un ordenador con mucha memoria operativa, pero sin disco duro para almacenar datos. Para Dios, que vive en un eterno presente, el pasado no tiene valor. El bien y el mal contribuyeron a lo que somos hoy, que es lo que le interesa a Dios: las buenas obras han formado nuestro buen carácter, las malas acciones, si supimos afrontar sus consecuencias, nos dieron una lección, pues en la vida aprendemos más de nuestros errores que de nuestros aciertos.

“Aguas pasadas no mueven molinos”
No perdonar es elegir quedarse encerrado en una celda de amargura, cumpliendo condena por el crimen de otra persona. — Mahatma Gandhi

Dios perdona y olvida, pasa página como solemos decir; el agua no se queda pegada a ningún lado, corre, “moves on”, como dicen en inglés. Lo que pasa con Dios y con el agua que, una vez pasada, ya no puede mover el molino, no pasa con nosotros. De hecho, muchos de nosotros, contra todas las leyes de la física, quedamos atados al pasado y vivimos nuestra historia de forma circular y repetitiva, como un disco rayado.

De este modo, el pasado se proyecta continua y obsesivamente en el presente, obligando a las personas de nuestras relaciones actuales a representar y actuar nuestros monstruos del pasado, reaccionando nosotros como reaccionamos entonces.

Sólo perdonando a quienes nos han herido en el pasado nos liberamos de las ataduras del resentimiento y otras emociones dañinas que andan sueltas en nuestro ser; como no logramos controlarlas porque no las conocemos, son ellas las que nos controlan a nosotros, influyendo en nuestro comportamiento presente. Sólo cuando perdonamos nos emancipamos totalmente de quienes nos ofendieron y les retiramos el poder que, en caso de no perdonar, aún tienen sobre nosotros.

Se cuenta que, en el Cielo, Caín evitaba la compañía de Abel, hasta que un día, este, sin entender la razón del comportamiento de su hermano, decide confrontarlo:
—Oye, ¿por qué huyes de mí? ¿Acaso no somos hermanos?
Caín, cabizbajo y avergonzado, responde en tono de pregunta:
—¿Tú no sabes lo que ocurrió allá abajo, en la Tierra, entre tú y yo?
—Tengo una vaga idea —dijo Abel—; ¿fuiste tú quien me mató a mí, o fui yo quien te mató a ti?

Mientras dura el remordimiento, dura la culpa. Caín aún no se había perdonado a sí mismo… Si Dios perdona y olvida, pasa página, nosotros, por nuestro propio bien y equilibrio anímico, estamos llamados a hacer lo mismo: perdonar a los demás y perdonarnos a nosotros mismos. Es cierto que los hechos no son totalmente olvidados desde el punto de vista cognitivo; pero si realmente logramos perdonar, estos se recuerdan de forma distinta, sin emoción; ya no provocan estrés ni ansiedad, odio ni resentimiento en nuestro corazón, por lo que realmente han quedado en el pasado y pueden incluso ser olvidados cognitivamente.

El pecado es una deuda contraída
Anuló el documento que, con sus decretos, era contrario a nosotros; lo abolió enteramente y lo clavó en la cruz.”Colosenses 2,14

“Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Así rezaban los españoles el Padre Nuestro hace unos años. Cuando pecamos, contraemos una deuda con quien pecamos; las relaciones con esa persona, el orden, el equilibrio y la armonía no se restablecen si la deuda no es saldada.

La idea de satisfacer, compensar o reparar a quien hemos dañado viene del hecho de sentirnos deudores. La palabra ofensa, que usamos ahora también en español para estar en sintonía con América Latina, no transmite el mismo sentido.

Necesitamos mirar el pecado como deuda contraída para entender lo que San Pablo dice a los cristianos de Colosas. Les habla, en efecto, de una factura que contiene extensa y detalladamente los pecados de la humanidad y los nuestros propios. Esa factura, que es un documento de nuestra deuda, habla contra nosotros, pues relata todo el mal que hemos hecho.

En Cristo, Dios Padre abolió o anuló la factura. En el griego original, San Pablo no utiliza el término chiastrein, que significa anular colocando una X sobre el cuerpo de la factura. No usa este término porque, incluso después de anular una factura, siempre se puede leer y arrepentirse uno de haber perdonado la deuda. El término que Pablo usa es exalaifein, que significa borrar.

En aquella época no existía el papel como ahora; los papiros y las pieles se usaban una y otra vez, por eso se escribía con una tinta que se podía borrar fácilmente, como hasta hace poco hacíamos con nuestras pizarras. Una vez borrada la factura, ya no se puede leer. Pero para que no quedase ningún vestigio de dicha factura, Dios la crucificó, es decir, la destruyó por completo, como si hubiese sido quemada; ya no puede ser leída, no sólo porque fue borrada, sino porque ya no existe.

Jesús de Nazaret pagó la factura de nuestra deuda; al asumir nuestros pecados, de algún modo Él se encarnó en la factura de deuda de toda la humanidad, y con su muerte la destruyó.

“Él mismo, en su cuerpo, llevó nuestros pecados sobre el madero, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia: por sus heridas fuisteis sanados.” —1 Pedro 2, 24

Al asumir nuestros pecados, Jesús, de algún modo, se transformó en la vieja factura que contenía todos los pecados o deudas de la humanidad para con Dios; al morir en la cruz, la destruyó para siempre. Si en Jesús Dios perdona y olvida nuestras faltas, también nosotros estamos llamados a perdonar y olvidar las ofensas de los demás, así como el mal que nos hemos hecho a nosotros mismos.

Conclusión - Si Dios, que todo lo sabe, elige no recordar nuestros pecados, ¿quiénes somos nosotros para seguir reteniendo lo que ya ha sido redimido?

P. Jorge Amaro, IMC

viernes, 16 de septiembre de 2016

Fátima. Los primeros Sábados

No hay comentarios:

La Hermana Lucia
Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, mediante la guerra, el hambre y las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora en los primeros sábados
. Aparición del 13 de julio de 1917

La aparición del 13 de julio fue sin duda la más rica en contenido y también la más emblemática del mensaje de Fátima. En esta aparición, María reveló a los pastorcitos las tres partes del secreto y habló por primera vez sobre la devoción de los cinco primeros sábados de cada mes.

Una de las razones por las que Lucía permaneció en la Tierra mientras sus primos fueron llevados al Cielo poco después de las apariciones fue para difundir la devoción al Inmaculado Corazón de María y propagar la práctica de los cinco primeros sábados de cada mes.

Modus operandi
Pasados unos años, en 1925, cuando Lucía ya era hermana Dorotea, Nuestra Señora se le apareció para recordarle la práctica de los primeros sábados que había pedido en 1917. Esta vez, la Virgen Santísima explicó detalladamente cómo debía llevarse a cabo.

Y como surgieron algunas dudas sobre su realización, el Niño Jesús se le apareció el 15 de febrero del año siguiente, 1926, para preguntarle si ya había difundido la devoción a su Santísima Madre y resolver la cuestión de quienes no pudieran confesarse exactamente el sábado, permitiéndoles hacerlo cualquier otro día del mes, siempre que estuvieran en gracia el sábado para recibir la comunión reparadora.

– Mira, hija mía, Mi Corazón rodeado de espinas, que los hombres ingratos me clavan a cada momento con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que, durante cinco meses, el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los 15 Misterios del Rosario con el fin de desagraviarme, Yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.» Aparición de Nuestra Señora en la habitación de Lucía, en Pontevedra, el 10 de diciembre de 1925

Para entender por qué se debe desagraviar el Corazón de María, es preciso comprender que la gravedad de una ofensa es proporcional a la dignidad de la persona ofendida. No es lo mismo ofender a un desconocido que a nuestra propia madre; la ofensa puede ser la misma, pero su gravedad es diferente cuando se trata de nuestra propia madre. Santo Tomás dice en la Suma Teológica que la Virgen María, por ser Madre de Dios, tiene una cierta dignidad infinita, derivada del bien infinito que es Dios.

Las ofensas hechas a Nuestra Señora son más graves, porque la Virgen María pertenece a un orden diferente al nuestro. Los ángeles y los santos viven en el orden de la Gloria, pues ven a Dios cara a cara; nosotros, si vivimos en amistad con Dios, estamos en el orden de la Gracia. María, por ser madre de Jesús, una persona divina, participa de alguna manera en la unión hipostática; por ello, las ofensas contra Nuestra Señora son graves, pues indirectamente son ofensas contra Dios mismo.

Cuando Nuestra Señora aparece con su corazón rodeado de espinas, como la cabeza de su Hijo, quiere mostrar simbólicamente cuánto sufre por las “blasfemias e ingratitudes”. Si el Hijo sufre, la Madre también sufre.

¿Por qué Nuestra Señora nos pide la práctica de los cinco primeros sábados? Porque sabe el daño que nos hacemos a nosotros mismos cuando ofendemos su Corazón. La Virgen María está gloriosa en el Cielo, ya no puede sufrir más; lo que le preocupa son las consecuencias de nuestras ofensas. Cuando un hijo golpea a un padre o a una madre anciana, el mayor daño no lo sufre el padre o la madre, sino el hijo mismo. Si algún día toma conciencia de ello, los remordimientos lo consumirán.

Cuando un confesor de la hermana Lucía le preguntó por qué cinco sábados y no siete, como el número perfecto en la Biblia, Lucía llevó la pregunta a Nuestro Señor, quien respondió:
"Hija mía, el motivo es simple: son cinco las especies de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María:

  1. Las blasfemias contra la Inmaculada Concepción;
  2. Contra su virginidad;
  3. Contra su maternidad divina, rechazándola al mismo tiempo como Madre de los hombres;
  4. Aquellos que intentan infundir en los corazones de los niños la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia esta Inmaculada Madre;
  5. Aquellos que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes."

Aparte de algunos no cristianos, son muchos los cristianos protestantes que ofenden a María y, entre los católicos, hay ciertos países que tienen el vicio de blasfemar, como Italia y España. En Portugal, nadie, ni cristiano ni ateo ni agnóstico, blasfema contra Dios ni contra María.

Estas ofensas deben ser reparadas, es decir, se debe restablecer el orden natural de las cosas. Para ello, debemos realizar cuatro actos: una confesión con la intención de reparar o desagraviar, la comunión hecha con la misma intención, el rezo del Santo Rosario y 15 minutos de meditación en los misterios de la vida de Jesús.

Confesión
Además de ser una confesión personal, de nuestros propios pecados si los tenemos —y siempre los tenemos—, esta confesión tiene otra dimensión: es una confesión devocional, es decir, la hacemos por aquellos que no la hacen, pidiendo perdón por los pecados de los demás. Una vez más, la dimensión misionera de Fátima: la piedad no solo al servicio de nuestra propia santificación, sino también al servicio de la santificación de los demás.

La confesión debe hacerse con intención reparadora; en caso de olvidar esta intención, se puede recordarla en la siguiente confesión. No es obligatorio hacerla el sábado, puede realizarse cualquier otro día, siempre que en el primer sábado la persona esté en estado de gracia.

Sagrada Comunión
"En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros mismos." (Juan 6, 53)

Son muchos los cristianos que han abandonado la práctica dominical y, entre los que aún la mantienen, hay quienes llevan años sin considerarse dignos de recibir el cuerpo y la sangre del Señor. Hacemos esta comunión reparadora no tanto por nosotros, sino por todos aquellos que no forman un solo cuerpo con nosotros, que no están en plena comunión con Cristo y su Iglesia, sarmientos desligados de la vid, que es Cristo. (Juan 15, 5)

Rosario
Rezamos el Rosario con la intención de reparar el Inmaculado Corazón de María, por todos aquellos que no lo rezan diariamente, por quienes aún no han descubierto la riqueza de esta oración y el valor del tiempo dedicado a la contemplación de los misterios de Cristo en la historia de nuestra salvación.

15 minutos de compañía, meditando en los 15 Misterios del Rosario
Estos 15 minutos son para estar con el Señor, contemplando sus misterios: 15, como eran inicialmente, o 20, como son ahora. Como la meditación o contemplación es hacia el Señor, puede realizarse ante la exposición del Santísimo, y también puede ser una meditación de la Palabra de Dios, como la Lectio Divina que muchos cristianos practican hoy en día. Lo importante es que sean 15 minutos para estar a solas con Jesús, oculto sacramentalmente en el sagrario y espiritualmente en nuestro corazón.

El valor de esta campaña
Dios no necesita el bien que le hacemos y el mal que le hacemos no lo afecta. Tanto el bien como el mal repercuten en quien los practica. Dios sufre no porque le hagamos daño, sino porque ese daño recae sobre nosotros mismos.

Muchas campañas se hacen para despertar un valor adormecido, con la esperanza de que, una vez despertado, una determinada práctica continúe. Así sucede en el ámbito comercial cuando se anuncian nuevos productos o se busca que ciertos productos vuelvan a consumirse. La misma lógica opera en las prácticas religiosas: es difícil sacar a las personas de la mediocridad, de la apatía espiritual y del “dolce far niente”.

En diálogo con el Niño Jesús en la aparición de Tuy, el 15 de febrero de 1926, sobre la práctica de los primeros sábados, la hermana Lucía transmitió las reservas de su confesor sobre la importancia de esta práctica:

– Pero mi confesor decía en su carta que esta devoción no hacía falta en el mundo, porque ya había muchas almas que os recibían los primeros sábados en honor de Nuestra Señora y de los 15 Misterios del Rosario.

– Es verdad, hija mía, (respondió el Niño Jesús) que muchas almas la comienzan, pero pocas la terminan; y las que la terminan, lo hacen con el fin de recibir las gracias prometidas. Me agradan más las que hacen los cinco con fervor y con el fin de desagraviar el Corazón de tu Madre del Cielo que las que hacen los 15 de manera tibia e indiferente…

Como en todas las campañas, es necesario un incentivo para mover a las personas a la acción; en este caso, la promesa de asistencia en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación. Sin embargo, como indicó el Niño Jesús a la hermana Lucía, Dios prefiere a aquellos que realizan esta práctica por amor puro y no por razones de "mercantilismo espiritual".

Conclusión - La devoción de los primeros sábados es una práctica de amor y reparación que nos acerca a María y, a través de ella, al Corazón de Jesús, fortaleciendo nuestra fe y nuestra unión con Dios.

P. Jorge Amaro, IMC

viernes, 2 de septiembre de 2016

Si Mahoma no va a la montaña...

No hay comentarios:

Cada cabeza es un mundo – Es inevitable que surjan conflictos en las relaciones humanas, y el resultado final de acaloradas discusiones y polémicas entre individuos con personalidades diferentes y posturas antagónicas sobre el mismo tema es, muchas veces, el desacuerdo y la ruptura de relaciones.

Es frecuente que ninguna de las partes reconozca que ha ofendido y que ambas se sientan ofendidas. Es muy probable que la divergencia en la atribución de la culpa se deba al hecho de que ambas partes sean, al mismo tiempo, ofensores y ofendidos.

Para restablecer la armonía y la paz, los ofensores deben pedir perdón y los ofendidos deben perdonar. Cuando unos y otros hacen lo que se espera de ellos para restablecer la comunicación, el conflicto cesa, se restablece una paz más fuerte y duradera entre ambas partes, que se sienten satisfechas, aunque inicialmente hayan tenido que contradecir y superar sus instintos básicos y tragarse su orgullo.

Sin embargo, en la realidad, muchas veces no es eso lo que ocurre. Hay ofensores que nunca piden perdón y ofendidos que nunca perdonan.

Es de esperar que Mahoma vaya a la montaña
"Por tanto, si llevas tu ofrenda al altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda." (Mateo 5, 23-24)

El evangelio citado pide a los agresores que reconozcan su culpa y pidan perdón. Pero si estos no lo hacen, para evitar el inmovilismo y la situación de bloqueo que se crea, el evangelio ordena que sea el agredido quien vaya al encuentro del agresor. Esta situación está descrita con detalle en Mateo 18, 15-18.

Es una de las primeras preguntas que Dios dirige al hombre en la Biblia: "¿Dónde está tu hermano?" (Génesis 4, 9), a la que no puedo responder encogiéndome de hombros y diciendo que no lo sé, que no soy guardián de mi hermano, como dijo Caín. Si buscamos amar al prójimo como a nosotros mismos, nos damos cuenta de que, de hecho, sí somos guardianes de nuestros hermanos.

Cuando nos ponemos ante Dios, como el fiel del texto de Mateo, Dios actúa como un espejo y nos hace ver quiénes somos y cómo nos relacionamos con nuestros hermanos. Por lo tanto, es imposible que allí no recordemos el mal que hemos hecho a nuestros hermanos. Si no escuchamos la voz de la conciencia y no pedimos perdón a nuestro hermano, somos hipócritas; podemos rezar y practicar todo tipo de actos religiosos, pero Dios nos da la espalda mientras no nos reconciliemos con nuestro hermano.

El segundo mandamiento es el amor al prójimo, y como no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al prójimo, a quien sí vemos (1ª Juan 4, 20), solo cuando amamos al prójimo demostramos que amamos a Dios. Como sugiere el capítulo 25 del evangelio de San Mateo, a Dios se le ama en el prójimo o no se le ama: "Todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo hicisteis."

El juicio final, tal como lo describe el evangelista, se basa en el mandamiento del amor al prójimo y no en el mandamiento del amor a Dios. Por lo tanto, es en cierto modo un juicio civil y no religioso. Con esto podemos concluir que toda práctica religiosa que no lleve a un crecimiento personal, a ser mejores personas y a mejorar nuestras relaciones con los demás, es opio y alienación.

Muchos Mahomas no van a la montaña
Cuando era pequeño, me gustaba mucho jugar con mi gato y me maravillaba su agilidad. Para ponerla a prueba, lo sujetaba por las cuatro patas y lo dejaba caer de espaldas; fuera cual fuese la distancia hasta el suelo, siempre lograba girarse y caer sobre sus cuatro patas.

Al igual que mi gato, hay muchos ofensores que siempre caen de pie. Nunca admiten que han hecho algo malo y buscan justificarse a sí mismos. Racionalizan su comportamiento; dicen que fue sin querer, que no fue con mala intención. Pero, por mucho que algunos se resistan a admitirlo, donde hay humo, hay fuego; donde hay un ofendido, hubo un ofensor, y nunca ninguna ofensa se hizo para el bien del ofendido, sino todo lo contrario.

El tiempo todo lo cura, menos la vejez y la locura
También hay quienes se hacen responsables y admiten su culpa, pero en su orgullo consideran que pedir disculpas es humillarse ante los demás, y esperan que el tiempo cure la herida del agredido. La psicología nos dice que eso no es lo que sucede. Cuando pedimos perdón, la ofensa se retira; cuando no lo hacemos, permanece en el corazón del ofendido y probablemente se acumule con otras anteriores, haciendo crecer el resentimiento y envenenando las relaciones futuras.

No pedir perdón es como una herida que, aparentemente, parece estar sanada porque ha cerrado; sin embargo, bajo la piel que la cubre, el tejido se va pudriendo, generando pus y cambiando de color. Cuando menos se espera, revienta, creando una situación peor que la inicial.

Muchas veces nos sorprendemos ante la desproporcionada ira y explosión de ciertas personas ante una pequeña ofensa, porque desconocemos que esa pequeña ofensa es solo la última gota que ha colmado el vaso de su resistencia emocional.

"Si os enojáis, no pequéis; que el sol no se ponga sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo." (Efesios 4, 26-27) – Como sugiere San Pablo, lo mejor es pedir siempre perdón por cada ofensa y nunca dejar pasar la ocasión de hacerlo, para evitar la acumulación de culpas y resentimientos.

Para algunas personas, lo que hace difícil pedir perdón es la posibilidad de no obtenerlo, así como la eventualidad de tener que enfrentarse a la ira y la humillación de la persona a quien se lo piden.

Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma
"Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo a una o dos personas más, para que toda la cuestión se resuelva por la palabra de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso, díselo a la Iglesia…" (Mateo 18, 15-18)

Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma – Esta es la formulación del refrán popular que oímos en muchos contextos. Históricamente, sin embargo, la formulación es al revés: Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. La primera aparición de este dicho, con esta formulación, está en el capítulo 12 de los ensayos de Francis Bacon, publicado en 1625.

Para evitar el inmovilismo, el estancamiento de las relaciones humanas o la guerra fría del resentimiento, el evangelio tiene un mensaje tanto para los ofensores como para los ofendidos, como hemos visto antes. A los ofensores, los exhorta a pedir perdón. En caso de que no lo hagan, podemos y debemos perdonarlos en nuestro interior, como Jesús en la cruz con sus verdugos.

Sin embargo, el perdón interior es insuficiente y no es pedagógico ni para nosotros como ofendidos ni para los ofensores, ya que es un comportamiento pasivo. Lo ideal es adoptar una actitud proactiva y asertiva: acercarnos a ellos con la bandera blanca izada, como sugiere el evangelio.

Gramaticalmente, el asertividad usa la voz pasiva, con la esperanza de que, ante nuestra miseria, quien nos ha agredido sienta misericordia y nos pida perdón.

Conclusión - Si quien nos ha ofendido no viene a pedirnos perdón, el evangelio nos llama a dar el primer paso; no para acusarlo, sino para hacerle ver nuestro dolor, con la esperanza de tocar su conciencia y abrir camino al arrepentimiento y la reconciliación.

P. Jorge Amaro, IMC