miércoles, 1 de junio de 2016

Santos son los que se reconocen pecadores

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El rabino solía decir que los pecadores estaban más cerca de Dios que los justos. Y lo explicaba diciendo que la comunicación entre nosotros y Dios se hace a través de un hilo que une nuestra cabeza con las manos de Dios. Cada vez que pecamos, el hilo se rompe y, en consecuencia, nuestra comunicación con Dios se interrumpe.

Pero cada vez que reconocemos nuestro pecado y nos arrepentimos, es como si se hiciera un nudo en el hilo, restableciendo así la comunicación. Cuando volvemos a pecar y nos arrepentimos nuevamente, se hace otro nudo en el hilo, por lo que este se va acortando cada vez más. De esta forma, concluía el rabino, el pecador está más cerca de Dios que el justo.


Santos declarados
La Iglesia tiene todo un proceso, que suele ser largo, para llevar a alguien a los altares. Primero, respondiendo a la petición de los fieles debido a la buena fama o fama de santidad de determinada persona, se analiza minuciosamente la biografía del candidato, sus virtudes y defectos, sus escritos, sermones y obras. Si las perspectivas son favorables, se elige un postulador y el candidato es declarado "siervo de Dios".

El postulador estudia detalladamente la vida del candidato a santo y presenta sus conclusiones al Papa, quien lo declara "Venerable", lo que significa que el siervo de Dios vivió de manera heroica las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad, así como las virtudes cardinales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Dado que la causa de beatificación y canonización a veces parece un caso judicial, junto a la figura del postulador aparece la figura caricaturesca del "abogado del diablo". Durante todo el proceso, mientras el postulador busca probar las virtudes del candidato, el abogado del diablo, que en los procesos civiles equivaldría al ministerio público o la acusación, intenta restar importancia a sus virtudes, evidenciando sus defectos.

El siguiente paso es la beatificación. Si el candidato fue un mártir y queda suficientemente probado que dio la vida en defensa de la fe, el Papa lo declara beato. Si el candidato no es mártir, el cielo debe pronunciarse, es decir, el postulador debe presentar un milagro, el cual debe ser comprobado que se realizó por intercesión del venerable.

Finalmente, el beato es declarado santo tras la realización de un segundo milagro, lo que prueba que el candidato ya goza de la visión beatífica. Se le asigna un día de fiesta en el calendario, puede ser declarado patrón de iglesias parroquiales y los fieles pueden, libremente y sin restricción, celebrar y honrar al santo.

Santos no declarados
"Ni son todos los que están, ni están todos los que son", decía un poeta español acerca de los locos dentro y fuera de los hospitales psiquiátricos. Después de ver la rapidez con que se han llevado a cabo algunas canonizaciones en los últimos tiempos, para satisfacer deseos o conveniencias de algunos, me atrevo a decir sobre los santos... ni todos los que han sido declarados santos lo son realmente, ni todos los santos han sido declarados.

Siempre ha habido, hay y habrá personas que han vivido como santos sin haber sido nunca declarados como tales; por esta razón, la Iglesia ha institucionalizado un día solemne para celebrar a los santos nunca declarados, algo así como el soldado desconocido, es decir, aquellos a los que la oración eucarística se refiere como "cuyo servicio y dedicación bien conocéis".

Santo como sinónimo de cristiano
"Os saludan todos los santos, y especialmente los de la casa de César." (Filipenses 4, 22)

"A los hermanos en Cristo, santos y fieles, que viven en Colosas: que la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, estén con vosotros." (Colosenses 1, 2)

El libro de los Hechos de los Apóstoles dice que los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez en Antioquía. Fue un nombre dado por gente de fuera, es decir, por aquellos que no seguían a Cristo, y como tal, tenía connotaciones negativas. "Cristianos" no era el nombre por el cual se reconocían los primeros seguidores de Jesús. Como vemos en el segundo texto, los cristianos se conocían y trataban entre sí como hermanos en Cristo, santos y fieles.

Llamar santo a quien técnicamente aún no lo es, según el proceso descrito anteriormente, implica una llamada a la santidad. Por la misma razón, llamamos cristianos a quienes se esfuerzan por ser como Cristo, como dice San Pablo: "Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí." Pero esto no significa que ya lo seamos.

Santos son los que se reconocen pecadores
"Quien deja de querer ser mejor, deja de ser bueno." (San Bernardo)

Existen dos tipos de personas: los que no son conscientes de sus defectos y no hacen nada por mejorar, y los que sí lo son y se esfuerzan cada día por ser mejores.

Los que no hacen nada por mejorar no se quedan siempre en el mismo estado, al contrario, cada día son peores. En la vida moral, como en la naturaleza, existe una ley de gravedad: quien no está subiendo, está bajando. Quien, siendo consciente de sus imperfecciones, no hace nada por mejorar cada día, no se mantiene igual, sino que va de mal en peor; quien no progresa, retrocede.

Si pierdo la conciencia de que soy pecador, estoy perdido. San Francisco, quizá el ser humano que más se ha acercado a la imitación de Cristo hasta el punto de ser llamado "el otro Cristo", a pesar de que en vida ya era considerado un gran santo por sus compañeros, se veía a sí mismo como un pecador y corría por las calles de Asís gritando como un loco: "¡Soy un gran pecador!". De hecho, los verdaderos sabios se consideran ignorantes, solo los ignorantes se creen sabios; los verdaderos santos se ven como pecadores, solo algunos pecadores se creen santos.

Puede que haya avanzado mucho en el camino de la santidad, pero lo que me hace crecer aún más es seguir encontrando imperfecciones en mi vida. Para ello, solo necesito afinar mi discernimiento con el Evangelio y seguramente siempre encontraré algo de lo que debo convertirme. Los verdaderos santos no se consideran a sí mismos como tales; al contrario, se ven como pecadores.

Los verdaderos santos, después de haberse convertido de los grandes pecados, buscan continuamente en su conciencia otros pecados que escapan a los exámenes de conciencia de personas menos santas. Son verdaderos minuciosos en examinar su conciencia a fondo, encontrando siempre algo de lo que acusarse, por lo que están en un proceso continuo de conversión.

En la parábola del sembrador, se reprenden los campos que no producen nada; el buen campo es el que da fruto, ya sea el 30%, el 60% o el 100%. Lo importante es producir, poco o mucho, la cantidad no importa. No estamos llamados a ser los mejores, sino a dar lo mejor de nosotros. Del mismo modo, en la parábola de los talentos, lo importante es no esconder el talento y hacerlo fructificar, siendo secundaria la cantidad de ganancia.

Conclusión - Homo simul iustus et peccator – En el camino hacia la santidad, el ser humano es y será siempre, al mismo tiempo, justo y pecador. Hoy mejor que ayer, inferior a mañana. Más que un estado o una meta, ser santo es un proceso de perfección impulsado y motivado por la conciencia de ser pecador.

P. Jorge Amaro, IMC

domingo, 15 de mayo de 2016

El Ser y el Deber Ser

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¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en tu propio ojo? ¿Cómo te atreves a decirle a tu hermano: “¿Déjame sacarte la paja del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo y entonces verás mejor para sacar la paja del ojo de tu hermano.
(Mateo 7, 3-5).

Criticar a los demás es casi siempre negativo; esas llamadas “críticas constructivas” no son más que una oportunidad, inconsciente y disimulada, para castigar y humillar al otro mientras nos exaltamos a nosotros mismos. De hecho, siempre que humillamos al otro, nos exaltamos a nosotros, y siempre que nos exaltamos, humillamos al otro. Hay una humillación implícita en toda exaltación.

Contigo en contradicción/ puede estar un gran amigo/ líbrate de aquellos que están/ siempre de acuerdo contigo. (António Aleixo)

Lo que distingue una crítica negativa de una positiva es la amistad probada que tenemos con la persona a la que criticamos. Solo tenemos “derecho” a criticar a la persona que amamos y en la que reconocemos valores. Y, aún en ese caso, la crítica viene siempre después de afirmar esos valores. Si nunca hemos reconocido ni afirmado los valores de una persona, no tenemos ningún derecho a criticarla. Si lo hacemos, la crítica será negativa.

La psicosis general de nuestros días
Sin autoconciencia no nos conocemos, y sin autocrítica no hay progreso ni crecimiento personal. Como se mencionó antes, si bien criticar a los demás es casi siempre negativo, criticarse a uno mismo es casi siempre positivo.

El ser y el deber ser nunca coinciden; lo que somos en el momento presente y lo que estamos llamados a ser en el futuro nunca se alinean. Es la conciencia de esta realidad lo que nos impulsa a crecer y a progresar.

El amor es como la luna: cuando no crece, mengua”. - Montados en un planeta en movimiento, debemos ser conscientes de que, a nivel físico, nada de lo que nos rodea y forma nuestro ser es estático. Lo mismo ocurre a nivel espiritual y moral: cuando no estamos creciendo para ser mejores, estamos menguando y volviéndonos cada vez peores.

Vivir es como volar en avión; sin el impulso de los motores, para mantener la altitud o ascender, inevitablemente descendemos. No existe una inercia ni una ley de gravedad que nos impulse hacia arriba; siempre nos arrastra hacia abajo. Automáticamente, sin esfuerzo ni autoconciencia, solo hacemos lo que nuestra naturaleza animal nos dicta por instinto, que, tanto a nivel personal como social, casi siempre está mal.

La muerte de la conciencia
“Juan decía a Herodes: ‘No te está permitido tener contigo a la mujer de tu hermano’. Herodías le tenía rencor y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes temía a Juan y, sabiendo que era un hombre justo y santo, lo protegía. Cuando lo escuchaba, se sentía muy perplejo, pero lo oía con agrado. (...) Herodes, en su cumpleaños, ofreció un banquete (...). La hija de Herodías entró y bailó, agradando a Herodes y a los invitados. El rey dijo a la joven: ‘Pídeme lo que quieras (...)’. Ella respondió: ‘Quiero que me des ahora mismo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.’” (Marcos 6, 17-26).

Quien no vive como piensa, termina pensando cómo vive. - Quien, por esfuerzo de mejora, no consigue ajustar su vida, sus actos y su comportamiento a los dictados de su conciencia moral, acaba ajustando su conciencia moral a la realidad de su vida, justificando y racionalizando sus acciones y comportamientos. De no ser así, acabaría neurótico; para preservar la salud mental, la lucha no puede prolongarse indefinidamente: o gana la evolución o gana el statu quo; o prevalece el modus vivendi o prevalece la conciencia moral.

Quien no consigue, o no quiere, adaptar su vida a sus valores morales termina adaptando su forma de pensar a su forma de vivir, matando así su conciencia moral.

La historia de la ejecución de Juan el Bautista puede servir de parábola para ilustrar o ejemplificar la muerte de la conciencia moral de Herodes. Herodes sabía bien que Juan tenía razón, que vivir con la mujer de su hermano era un error moral. Juan era la conciencia moral de Herodes: podía hablar, pero no actuar, por eso estaba preso. Herodes disfrutaba escuchando la verdad, pero le faltaba voluntad para llevarla a la práctica; así, se mantuvo indeciso hasta que las circunstancias de la vida decidieron por él.

Psicosis colectiva
El resultado de la muerte de la conciencia moral, que regula nuestra vida y juzga los actos de cada día, es la psicosis. El psicótico es una persona fría y cruel, sin sentimientos, que inflige o presencia el sufrimiento ajeno sin compasión; en los casos más graves, puede llegar a torturar o matar sin el menor sentimiento de culpa o remordimiento.

La falta de una conciencia moral acusatoria, común hoy en muchas personas, podría diagnosticarse como psicosis colectiva crónica.

“No tengo pecados”, dicen algunos en el confesionario. Porque nuestra vida está enfocada hacia la distancia, y no hacia lo cercano, vemos la paja en el ojo del vecino y no la viga en el nuestro. La autoconciencia, que nos distingue del resto de seres vivos que habitan el planeta, fruto de una evolución que tomó cinco millones de años, no siempre nos acompaña.

Gran parte de nuestro comportamiento, lo que decimos, lo que hacemos e incluso lo que pensamos, opera al margen de nuestra voluntad; es decir, vivimos en piloto automático la mayor parte del tiempo.

Un ejemplo cotidiano - Dos amigos se reencuentran después de un tiempo. Uno dice al otro: “Oye, me han dicho que le vendiste un coche viejo a nuestro amigo Antonio por un precio exorbitante. El coche valía mucho menos. ¡Engañaste al hombre!”. El vendedor responde: “¡No lo engañé en nada! Solo hice un buen negocio.” El amigo, entristecido, dice: “Oye, sé que eres un católico practicante. Cuando te arrodillas en confesión, ¿qué le cuentas al sacerdote?”. Responde el vendedor: “Le cuento mis pecados, no mis negocios.”

Otro ejemplo - “¿Ayer estabas rociando pesticidas sobre las coles y hoy ya las vas a vender?”, comenta un amigo de un productor agrícola. “¡Qué me importa!”, responde el productor. “¡Yo no voy a comerlas!”

En nuestro mundo, el beneficio personal o colectivo es un valor que está por encima de la salud pública. Este hombre no consume esas coles, pero sí otros productos agrícolas que se producen de la misma manera, al igual que la comida producida industrialmente. Cuando el beneficio está por encima de la salud pública, nadie gana y todos perdemos.

Lo mismo ocurre con la evasión fiscal, un pecado que en 31 años como sacerdote nunca he oído confesar. Aparentemente, o a corto plazo, quien evade impuestos gana, porque tiene más dinero en el bolsillo. Pero, en realidad, a largo plazo, todos pierden, incluido el evasor.

El Sacramento de la Autocrítica
El sacramento de la Penitencia, o confesión, es en sí mismo un ejercicio de autocrítica. Hoy en día, son pocos los que lo utilizan, y los pocos que lo hacen, lo realizan por rutina o para cumplir con el precepto de la Iglesia, conocido popularmente como la “desobliga”: confesarse y comulgar al menos una vez al año en la Pascua Florida. No lo hacen, por tanto, por necesidad ni con el propósito de crecer espiritualmente, sino por obligación.

Y como se hace por rutina y obligación, cuando se arrodillan frente al confesor, no saben qué decir y recurren a un repertorio repetido una y otra vez: “Matar no he matado, robar no he robado, etc.” Por más que intente indagar —sin la curiosidad morbosa de algunos antiguos confesores— no consigo arrancarles ningún pecado personal; frecuentemente, lo que escucho son los pecados de otros: del marido, de los hijos, de los cuñados, de las nueras, de las suegras, etc. Muchas veces tengo que interrumpir al penitente en su queja y recordarle que yo no puedo perdonar los pecados de otros, sino solo los propios...

Comparo nuestra conciencia moral con un tamiz, de esos que todas las mujeres usaban para purificar la harina y retirar sus impurezas. Cuanto más fina es la malla del tamiz, más pura queda la harina. La conciencia moral de muchas personas hoy día está tan laxa —la malla es tan gruesa o tiene tantos agujeros— que al tamizar los actos del día, nada queda en el tamiz. Por tanto, no es cierto que no tengan pecados: los tienen y los cometen, pero no son conscientes de ello. La Biblia dice que el justo peca siete veces al día; siendo el siete el número perfecto, significa que peca muchas veces. ¿Cuánto más no pecaremos nosotros, que somos injustos?

Ahogarse en la culpa como Judas
En las antípodas de la conciencia laxa está la conciencia escrupulosa, aquella que no puede liberarse de la culpa.

Una mujer fue un día a hablar con su párroco y le reveló que Dios se le aparecía con frecuencia. El párroco, incrédulo, para confirmar la veracidad de las apariciones (o tal vez irónicamente para burlarse de ella), le autorizó a preguntarle a Dios por sus pecados, pensando: “Solo Dios conoce mis pecados; si ella me relata alguno, tendré que creer en las apariciones”. La mujer, tomándose en serio la propuesta del párroco y sin percibir la ironía, se marchó. Días después, volvió. El párroco, con tono burlón, le preguntó: “Entonces, ¿Dios volvió a aparecerle?” “Sí, señor”, respondió la mujer. “¿Y le preguntó por mis pecados?” “Sí, señor padre”, contestó. “¿Y qué le dijo Dios?”, inquirió el párroco. “Sobre sus pecados, señor padre, Dios me dijo que ya se había olvidado”.

No hay miseria mayor que la misericordia divina. Dios nos perdona y olvida, pasa página, algo que nosotros no hacemos. Dios, que nos conoce mejor que nosotros mismos y que nos ama más de lo que nosotros nos amamos, nos perdona mucho más de lo que somos capaces de perdonarnos.

Al término de una guerra fratricida entre hindúes y musulmanes, en los albores de la independencia de la India, un hindú acudió a Gandhi en busca de ayuda para liberarse de su culpa. Le contó que, durante la guerra, había entrado en una casa musulmana donde una mujer amamantaba a su bebé. Le arrebató el bebé y lo lanzó contra la pared. La imagen del bebé destrozado y su sangre corriendo, confesó, lo perseguía dondequiera que fuera; vivía en un infierno. Gandhi, para liberarlo de la culpa, le propuso adoptar a un bebé musulmán, de los muchos que quedaron huérfanos tras la guerra, y criarlo en la religión musulmana.

En mis 31 años de ministerio, no fueron pocas las mujeres que, con más de 80 años, seguían confesando obsesivamente el aborto que cometieron en su adolescencia. El escrupuloso cree más en un Dios vengativo, a la manera humana, que en un Dios de amor. Es una ofensa a Dios no creer en su perdón, pues Dios no sabe hacer otra cosa...

“Anuló el documento que, con sus decretos, era contrario a nosotros; lo eliminó clavándolo en la cruz” (Colosenses 2, 14).

Dios perdona y olvida; destruye la factura de nuestra deuda para no recordarla más. Somos nosotros quienes, por nuestra naturaleza, no podemos perdonarnos ni olvidar.

El purgatorio como necesidad humana
El purgatorio, del cual la Biblia no habla directamente, fue creado por Dios no porque Él necesite que expiemos nuestra culpa, sino porque nosotros lo necesitamos.

Reconocer y llorar el error como Pedro
(Ante la cantidad de peces en la pesca milagrosa): “Simón cayó a los pies de Jesús, diciendo: «Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador»” (Lucas 5, 8).

“In medio virtus”: entre el extremo de la conciencia moral laxa y la conciencia moral escrupulosa, está la conciencia recta de Pedro, que no es ni laxa ni escrupulosa. Pedro tiene ante Dios la actitud correcta: se reconoce pecador al ver los poderes de Dios manifestados en Cristo Jesús durante la pesca milagrosa.

El episodio de la pesca milagrosa demuestra que no fue la negación del Maestro —pecado equivalente al de Judas— lo que dio a Pedro la conciencia de ser pecador; Pedro siempre se consideró así, consciente de que ante Dios no hay justos.

Conclusión - Así como un GPS necesita ubicarnos antes de guiarnos, solo reconociendo nuestros errores podemos avanzar hacia una vida mejor. La autocrítica nos libera, permitiéndonos corregirnos con humildad y confiar en el perdón de Dios, que no solo cancela nuestras deudas, sino que nos transforma y guía hacia una vida plena.

P. Jorge Amaro, IMC

lunes, 2 de mayo de 2016

El Rico y el Pobre Lázaro

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Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino y celebraba todos los días espléndidos banquetes. Un pobre, llamado Lázaro, yacía a su puerta, cubierto de llagas. Deseaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; pero eran los perros quienes venían a lamerle las llagas. Un día, el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham.

También murió el rico y fue sepultado. En la morada de los muertos, encontrándose en tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro en su seno. Entonces exclamó: "Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en estas llamas." Abraham le respondió: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, mientras que Lázaro solo recibió males. Ahora él es consolado, mientras tú eres atormentado."
(Lucas 16, 19-31)

En la única "historia en viñetas" que Jesús contó, observamos una reversión de escenarios de vida y fortuna entre dos hombres en su paso de este mundo al otro. En la primera viñeta, observamos el "cielo" de lujo y placer del rico, en contraste con el "infierno" también temporal de penuria y sufrimiento del pobre Lázaro. En la segunda viñeta, los papeles y los escenarios se invierten: el rico que vivía en un cielo temporal de placer insolidario vive ahora en un eterno infierno de penuria y sufrimiento; por el contrario, el pobre Lázaro que vivía en la penuria y el sufrimiento vive ahora en el eterno cielo de abundancia y consolación.

La muerte, que en la naturaleza no es más que un paso entre dos formas de vida diferentes, también aquí se presenta como un puente entre la viñeta de la vida en la tierra y la viñeta de la vida en el cielo. Contrariamente a lo que la mayoría piensa, la muerte no es el gran igualador que nos hace a todos iguales. Según la parábola contada por aquel que un día dijo: "A los pobres siempre los tendréis con vosotros" (Jn 12, 8), las desigualdades sociales que encontramos en la tierra las encontraremos invertidas en el cielo. Por eso, la igualdad social es la utopía que en todo momento y lugar debe inspirar y guiar nuestra acción.

El pobre que se sienta a nuestra puerta
La parábola no menciona el nombre del rico, porque no tiene identidad humana, ya que está definido por su estilo de vida, como todavía hoy se definen muchos ricos:

Vestía de púrpura y lino fino
El rico no tiene nombre porque su identidad no se define de adentro hacia afuera, sino de afuera hacia adentro. Es la púrpura y el lino fino lo que lo define; su estatus se lo confiere el tipo de ropa que usa. Quien se siente un don nadie utiliza ciertos subterfugios para vestir el vacío de su alma: ropa de marca, móvil de última generación, coche de alta gama...

Muchos adolescentes, en nuestras escuelas, en lugar de buscar prestigio en el desempeño moral y académico, lo buscan en la ropa de marca. Compran camisetas caras que exhiben en el pecho un logotipo de grandes dimensiones. Caro les sale ese "prestigio" que buscan, pues además de pagar caras las camisetas, hacen publicidad gratuita a la marca cada vez que las usan. Ellos se exhiben a costa de la marca, la marca se hace pagar bien y también se exhibe a costa de ellos. Al final, no sé quién gana más: los adolescentes o la marca.

Celebraba todos los días espléndidos banquetes
El pobre celebra banquetes de vez en cuando; el rico, todos los días. El pobre se divierte de vez en cuando; el rico vive para divertirse. No vive la vida; la disfruta, la consume, pues para él no es más que un pasatiempo.

El rico no es criticado por ser rico, sino por ser insolidario; las riquezas, en el Evangelio, tienen el mismo valor que los talentos: no son para poseerlas, sino para usarlas en beneficio del bien común, por lo que deben ser bien administradas. Cuanto mayor es el poder económico de un individuo, mayor es su responsabilidad social. Como recuerda el Evangelio, a quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá (Lc 12, 48). El pobre que se sienta a nuestra puerta, o que cruza nuestro camino, no siempre necesita pan o ropa; a veces solo necesita que le demos tiempo y oídos; muchas son las necesidades del ser humano y muchas son las formas de ayudar.

Para el rico, Lázaro no era más que parte del paisaje al que se había acostumbrado. Su estilo de vida en la opulencia lo había anestesiado, insensibilizado ante la miseria y el sufrimiento de quien yacía a su puerta. Al contrario del rico, la parábola nos dice el nombre del pobre: Eleazar, que en hebreo significa "Dios ayuda".

Solo, sin sustento y enfermo, este pobre está a las puertas de la vida, del lado de afuera, con la esperanza de alimentarse con las migajas caídas de la mesa del rico, pero ni eso le es dado. Jesús, el autor de la parábola, termina la primera viñeta o cuadradito diciendo que los perros venían a lamer las llagas del pobre Lázaro. Los humanos tienen para con Lázaro una actitud inhumana e irracional; al contrario, los perros, seres irracionales, tienen para con el pobre una actitud "humana".

"En verdad, él tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores... Herido por nuestras transgresiones, triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos trae la paz cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados" (Isaías 53, 4-5).

Según el Canto del Siervo de Yahveh de Isaías, las llagas de Cristo tienen para nosotros un poder curativo. De la misma forma, la salvación del rico estaba en las llagas del pobre Lázaro, porque como dice Mateo 25: "Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis." El dicho popular lo confirma: "Quien da a los pobres presta a Dios." De hecho, si los ricos salvan a los pobres en esta vida, son los pobres quienes salvan a los ricos en la vida futura. Son los perros quienes aprovechan las propiedades curativas de las llagas. Recordemos que los judíos llamaban perros a los paganos; son precisamente los paganos quienes se salvan gracias a las llagas de Cristo.

Valle de placeres – Valle de lágrimas
Eventualmente, la muerte llega para ambos, y con ella la parábola nos presenta la segunda viñeta. Lázaro, que antes vivía en un "valle de lágrimas", pasa ahora a vivir en un "valle de placeres"; por el contrario, el rico, que vivía en un "valle de placeres", pasa ahora a vivir en un "valle de lágrimas". Se invierten los escenarios, con la diferencia de que en la primera viñeta tanto las lágrimas como los placeres eran temporales; "no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista". En la segunda viñeta, los placeres y las lágrimas son eternos.

Hay una fatalidad en la forma en que se describe la muerte del rico: muere y es sepultado, como si se dijera que para él todo terminó. El infierno es, por tanto, la muerte eterna que se contrapone a la vida eterna. Las pocas veces que en la Biblia, como aquí, se menciona el infierno como un sufrimiento eterno, tiene un valor pedagógico para infundirnos miedo, tal como hacían los antiguos predicadores basándose en el hecho de que tememos más al sufrimiento que a la muerte.

Como casi siempre sucede, "la muerte abre los ojos a los vivos". De hecho, el rico, que antes no podía ver a Lázaro, ahora lo ve perfectamente. Pero sigue siendo egoísta; antes no veía al pobre porque este no tenía nada que ofrecerle, ahora lo ve porque lo necesita. Muchos de nosotros vemos la vida y las relaciones humanas como un gran buffet; nos relacionamos con los demás, no por lo que podamos aportarles, sino por lo que puedan contribuir a mejorar nuestra vida.

Quien antes se vestía de lino fino está ahora revestido de llamas; y es en medio de ellas que se acuerda de que tiene padre y hermanos y quiere que Lázaro sea enviado para salvarlos. Abraham le recuerda que tienen los mismos medios que él tuvo para salvarse: la Ley y los Profetas, que Jesús resume en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Piensa el rico que si Lázaro resucitara, sus familiares creerían en él y cambiarían de vida. Contrariamente a esta creencia, sabemos muy bien que cuando Jesús resucitó a un Lázaro, no llevó a los judíos a creer más en él; solo los llevó a decidir matar al recién resucitado Lázaro junto con Jesús.

La fe sigue siendo la única puerta para la salvación. No habrá ninguna señal del otro mundo, ningún milagro que pruebe de manera irrefutable la verdad de estas cosas. Por la fe vivimos y por la fe nos salvamos; no hay garantías científicas, ni las habrá nunca, de que Dios existe y sostiene la vida de quienes tienen fe aquí y ahora, como la sostendrá después de nuestra muerte.

El pobre que se asoma a nuestra ventana
El año pasado, Oxfam informó, en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza (21-24 de enero de 2015), que este año el 1 % de la humanidad poseerá más riqueza que el resto del 99 %. Más concretamente, el 1 % de la humanidad poseerá el 54 % de la riqueza mundial, mientras que el resto del 99 % poseerá el 46 %.

Una realidad que nos hace reflexionar… Después de tanto progreso científico y técnico, la raza humana ha progresado muy poco en humanidad. El abismo cada vez mayor entre ricos y pobres demuestra de manera inequívoca que lo que realmente guía e inspira el comportamiento humano no es la inteligencia ni la bondad, como sería deseable, sino el instinto egoísta e irracional que compartimos con los animales.

A lo largo de la historia de la humanidad, la inteligencia parece haber estado más al servicio del egoísmo que del altruismo; el hombre parece más creativo para el mal que para el bien. Solo así se explican hechos como el Holocausto judío y tantos otros genocidios (el aborto, los crímenes de guerra e incluso la guerra misma). Tenemos que concluir tristemente que la raza humana supera a los animales no solo en su racionalidad, sino también en su irracionalidad.

En los países pobres aún se muere de enfermedades que desde hace muchísimos años tienen cura: la lepra, la fiebre tifoidea, la tuberculosis y todas las relacionadas con la falta de higiene, agua potable y alimentación precaria. En los países ricos se muere por exceso de consumo; en los países pobres, se muere por falta de consumo de lo imprescindible.

Si compartiéramos, ni los pobres morirían de pobreza ni los ricos de riqueza. Todos seríamos más saludables...

Las leyes o el sistema que han hecho esto posible son simplemente injustos. La brecha entre ricos y pobres sigue aumentando. Como el planeta no permite que todos vivan como vivimos nosotros, hay mecanismos que aseguran que los ricos nunca pierdan su riqueza ni su nivel de vida, y que los pobres, como Lázaro, sigan siendo siempre pobres y no puedan salir de su pobreza. Porque si salieran y consumieran tanto como consumimos nosotros, nuestro planeta pronto se volvería inhabitable.

Una y otra vez, las potencias mundiales se reúnen para discutir los cambios climáticos, que son un síntoma de que nuestro planeta está enfermo, y la enfermedad es provocada por nuestro abuso de sus recursos. Sin embargo, poco se ha conseguido.

Todos sabemos cuáles serán las consecuencias y, sin embargo, no conseguimos frenar los comportamientos que inexorablemente nos están llevando a un suicidio colectivo. Hace un mes, la ciudad de Pekín declaró por primera vez una alerta roja, cerrando las escuelas y edificios públicos. El aire estaba tan contaminado que, además de ser irrespirable, dificultaba la visibilidad.

El hecho de que la pobreza sea un problema global cada vez más difícil de resolver, porque la brecha que separa a los ricos de los pobres es cada vez mayor, no debe motivar nuestra inacción. Dios no me pedirá cuentas por los pobres del mundo, sino por aquel que se sienta a nuestra puerta o cruza nuestro camino.

Conclusión - Esta parábola es única en su forma, presentando dos escenas contrastantes: en la primera, la ostentación del rico se enfrenta a la miseria del pobre en esta vida; en la segunda, los papeles se invierten en la eternidad. Es una poderosa invitación a reflexionar sobre nuestras prioridades, responsabilidades hacia los demás y el impacto eterno de nuestras elecciones terrenales.

P. Jorge Amaro, IMC

sábado, 16 de abril de 2016

El Buen Samaritano

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Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que, después de despojarlo y llenarlo de golpes, lo abandonaron, dejándolo medio muerto. Por casualidad, bajaba por aquel camino un sacerdote que, al verlo, pasó de largo. Del mismo modo, también un levita pasó por aquel lugar y, al verlo, siguió adelante.

Pero un samaritano, que iba de viaje, llegó cerca de él y, al verlo, se llenó de compasión. Se acercó, curó sus heridas echándoles aceite y vino, lo colocó sobre su propia montura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: "Cuida de él, y lo que gastes de más, te lo pagaré cuando vuelva".

Jesús preguntó: «¿Cuál de estos tres te parece que fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?» Respondió: «El que tuvo misericordia de él». Jesús le dijo: «Ve y haz tú lo mismo»
. (Lucas 10, 25-37)

La segunda parábola más conocida después del Hijo Pródigo es, sin duda, la del Buen Samaritano. Tanto influyó esta parábola en la cultura occidental que hoy el término “samaritano”, más allá de referirse a un habitante de Samaria, se aplica a toda persona solidaria, compasiva y dispuesta a ayudar a quienes están en dificultades.

Cómo ganar la vida eterna
La parábola se enmarca en el contexto del diálogo que Jesús mantiene con un doctor de la ley que le pregunta qué debe hacer para ganar la vida eterna. Jesús, como un buen psicoterapeuta no directivo al estilo de Rogers, lo guía para que encuentre la respuesta en su propia interpretación de la Ley. El doctor de la ley responde lo que Jesús espera escuchar: en lugar de mencionar leyes concretas, da al amor el estatus y la importancia de una ley, sabiendo que Jesús haría lo mismo.

La respuesta del doctor de la ley sintetiza el Antiguo Testamento, la Ley y los Profetas, uniendo el amor a Dios, descrito en el libro del Deuteronomio (6, 4-8), con el amor al prójimo, mencionado en el Levítico (19, 18). Jesús simplemente aprueba esta síntesis diciendo: «Haz esto y vivirás». Vivirás aquí y ahora según la Ley y entrarás en la vida eterna.

«Si alguien dice: “Yo amo a Dios”, pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.» (1 Juan 4, 20)

Este texto nos lleva a concluir que el amor a Dios que no se manifiesta en el amor al prójimo no es real ni genuino. Sin embargo, como dice el Evangelio, solo podemos amar verdaderamente al prójimo cuando entendemos que al hacerlo por los demás, lo hacemos por Dios:

«En verdad os digo: Siempre que hicisteis esto a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí mismo me lo hicisteis.» (Mateo 25, 40)

Así volvemos al amor a Dios como lo primordial y más importante, porque solo cuando vemos a Dios como Padre podemos ver al otro como hermano. Si Dios no es el Padre de todos, entonces mi prójimo no es mi hermano, sino mi rival, mi enemigo, alguien a quien temo, envidio u odio. Por más éxito que tengan nuestros hermanos de sangre, no los envidiamos; de la misma manera, cuando verdaderamente amo a Dios como Padre, todas las personas que me rodean, grandes y pequeñas, cercanas o lejanas, son mis hermanos de sangre porque Dios es el Creador y Padre de todo y de todos.

Cristianización de la gramática
¿Quién es mi prójimo? Al igual que otros doctores de la ley que se acercaron a Jesús, este tampoco vino con la intención de enfatizar su doctrina. Su primera pregunta es solo una preparación para la segunda, donde busca señalar que Jesús no hace distinciones entre las personas. La segunda pregunta implica que algunas personas pueden considerarse prójimos y otras no. Así era para los judíos: ellos, como pueblo elegido por Dios, consideraban como prójimo solo a quienes pertenecían a su misma tribu y religión. Los demás eran gentiles, paganos, y no podían ser considerados prójimos.

Para Jesús no hay diferencia entre las personas. Es lo que intenta enseñar con la parábola del Buen Samaritano. En pleno desierto de Judea yace un herido; nadie lo conoce, no se sabe nada de él: su rostro desfigurado impide identificarlo étnicamente, no puede hablar para revelar su idioma o dialecto, y, posiblemente despojado y medio desnudo, no se puede deducir su vestimenta ni costumbres. Jesús omite estos detalles porque no son importantes. Lo único que importa es que es un ser humano. La dignidad no está supeditada a diferencias étnicas, lingüísticas o políticas, sino al hecho de ser humano.

Dios es Padre de todos, por lo que, al rezar el Padrenuestro, nadie debería quedar excluido del pronombre “nuestro”. De hecho, si lleváramos nuestra fe hasta las últimas consecuencias, modificaríamos la gramática y eliminaríamos todos los pronombres personales excepto tres, porque trinitaria es nuestra fe: Yo + Tú = Nosotros.

Comenzamos por el “yo” al reconocernos como seres libres, autónomos y distintos de todo lo que nos rodea. Luego miramos a nuestro alrededor y reconocemos un “tú”, diferente a nosotros, pero con igual dignidad. Finalmente, al necesitar el uno del otro y compartir iguales derechos y deberes, surge el “nosotros”, el “yo” y el “tú” juntos. Los demás pronombres podríamos descartarlos por ser discriminatorios.

Los pronombres “él” y “ella”, “vosotros” y “ellos” establecen distinciones que, aunque puedan parecer objetivas, son irrelevantes en cuanto a la dignidad humana y abren la puerta a la discriminación. Una vez más, como cristianos, el “nuestro” del Padrenuestro debe abarcar a toda la humanidad sin distinciones ni discriminaciones.

Anatomía geográfica
La ciencia nos dice que el ser humano proviene de un tronco común. Con la filosofía griega en mente, verificamos que la dignidad de la persona humana está ligada a la esencia y no a los accidentes. Lo que Jesús quiere que este doctor de la ley entienda es que las diferencias étnicas, de género, de posición social, de clase, de color de piel, de tipo de cabello, etc., son accidentes; es decir, son formas de existir y no tienen nada que ver con la esencia, pues no la alteran. Como la dignidad de la persona humana proviene de la esencia y no de los accidentes, Jesús narra la parábola con la esperanza de que su interlocutor concluya por sí mismo que el prójimo, de cada persona humana, es toda persona humana.

Nacidos de un tronco común, hace cinco millones de años en el valle del Rift, en África, las características fisiológicas que presentan los seres humanos de hoy se deben a las condiciones morfológicas y climáticas del entorno en el que habitaron durante miles de años. Por ejemplo, el color de la piel es proporcional a la distancia al ecuador: cuanto más cerca, más oscura; cuanto más lejos, más clara. Los congoleños son los seres humanos con piel más oscura; los marroquíes son más claros que los congoleños; los portugueses, más claros que los marroquíes; y los noruegos, más claros que los portugueses.

La distancia al ecuador también influye en el color de los ojos y el cabello: en el norte de Europa predominan los ojos azules; en el centro, los marrones; y en el sur, los negros. Lo mismo sucede con el cabello: en el norte de Europa es rubio; en el centro, castaño; y en el sur, negro. El tamaño de la nariz también está relacionado con la temperatura del aire: además de filtrarlo, la nariz lo calienta, por lo que en los países fríos las personas tienen narices más grandes.

Asimismo, la temperatura y la incidencia del sol influyen en el cabello rizado o liso. El cabello encrespado de los africanos forma una caja de aire que permite la circulación, protegiendo así la cabeza de los rayos solares y el calor. Finalmente, los ojos de los asiáticos están adaptados a las condiciones extremas de las estepas asiáticas: inviernos fríos con mucha luminosidad y veranos con mucho viento y polvo.

La revolución francesa “avant la lettre”
En Occidente, fue la Revolución Francesa la que instituyó la idea de que, por nacimiento y ante la ley, todos somos iguales. De este modo, no hay esclavo ni señor, ni noble ni plebeyo. Sin embargo, mucho antes de ser iguales ante la ley ya éramos iguales ante Dios.

Si observamos atentamente, vemos que los ideales de la Revolución Francesa no son verdaderamente un descubrimiento de los revolucionarios, sino que ya estaban implícitos en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo.

Libertad: Está implícita en el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Solo cuando amamos a Dios sobre todo y todos, ponemos orden y jerarquía en nuestro corazón y somos verdaderamente libres. Al rendir homenaje a un Ser trascendente, trascendemos y nos situamos por encima de todo lo que no es Dios; solo así somos verdaderamente libres.

Igualdad: Está implícita en el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. El otro es un alter ego, un “otro yo”, de donde surge el concepto de altruismo. No es un extraño, sino una persona con igual dignidad, iguales derechos y deberes. Así como me amo a mí mismo, debo amar al otro que está frente a mí; la medida de mi autoestima es la medida de mi amor por el otro.

Fraternidad: Esta palabra deriva de “frater”, que en latín significa hermano. Una de las marcas del cristianismo es considerar que Dios es Padre de todos, lo que nos hace hijos suyos y, por ende, hermanos entre nosotros. Por ello, todo lo que hacemos, para bien o para mal, a un hermano, se lo hacemos también a Cristo, nuestro hermano mayor.

La fraternidad y la igualdad son inseparables: la fraternidad lleva a la igualdad y la igualdad lleva a la fraternidad. La libertad (amor a Dios) es la base de la vida individual; la igualdad (amor al prójimo), la base de la vida social.

Religión como opio
Estamos en desacuerdo con Karl Marx cuando dice que la religión es el opio del pueblo. La religión en sí no lo es, pero su práctica puede serlo. Una religión que crea diferencias entre las personas, que me lleva a relacionarme con ellas de manera desigual, es opio porque me aliena, aliena a otros y genera odio y conflicto.

La verdadera religión es la que fomenta relaciones basadas en el amor. El sacerdote y el levita de la parábola se excusan en su religión para no ayudar al herido. Sin embargo, el samaritano, un hombre de negocios muestra compasión y misericordia, cualidades divinas. Esto lo convierte en un ejemplo vivo de la misericordia divina, un modelo que Cristo nos invita a seguir.

Misericordia: es la ley fundamental que reside en el corazón de cada persona cuando ve, con ojos sinceros, al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordiae Vultus, Papa Francisco.

Conclusión - Sin duda, la parábola del Buen Samaritano es la segunda más conocida después de la del Hijo Pródigo. Su influencia en la cultura occidental ha sido tan profunda que, hoy en día, el término "samaritano" no solo se refiere a un habitante de Samaria, sino que se aplica a toda persona solidaria, compasiva y dispuesta a ayudar a quienes están en dificultad.

P. Jorge Amaro, IMC


viernes, 1 de abril de 2016

Perdidos & hallados - Los dos hijos

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La parábola del hijo pródigo es, sin lugar a duda, la narrativa más destacada de todos los tiempos. Es realmente una obra maestra y, de alguna manera, el emblema del Evangelio. Además de "Parábola del hijo pródigo", también se llama la parábola de los dos hijos, ya que la actitud poco loable del hijo mayor es una parte integral de la historia; por esta misma razón, otros la llaman el menos malo de los dos hijos malos, y finalmente, retirando el protagonismo a los dos hijos para dárselo al Padre, también hay quienes la llaman la parábola del Padre Misericordioso.

Dijo también: «Un hombre tenía dos hijos. El más joven le dijo al padre: 'Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde.' Y el padre repartió los bienes entre los dos.

Dijo también... - Jesús introduce esta parábola conectándola con las dos anteriores, la de la oveja y la dracma perdida. Unos perdidos en casa dentro del rebaño: la dracma, el hijo mayor y las 99 ovejas que simbolizan a los fariseos; otros perdidos fuera del rebaño, la oveja perdida y el hijo pródigo, que simbolizan a los publicanos, las prostitutas y los pecadores en general.

Para Jesús, tanto unos como otros, todos son pecadores necesitados de perdón, enfermos necesitados de cura. En verdad, como dice la Escritura, todos nosotros nos habíamos descarriado como ovejas perdidas, cada uno siguiendo su propio camino. Pero el Señor cargó sobre Él todos nuestros crímenes (Isaías 53:6). Cristo murió por todos porque todos éramos pecadores.

'Padre, dame la parte de los bienes' – Según la ley judía, un padre no podía disponer de su propiedad como quisiera. El hijo mayor tenía derecho a dos tercios y el más joven a un tercio de la propiedad (Deuteronomio 21:17). En esta tercera parábola, el drama se acentúa, ya no se trata de la pérdida de una oveja, una dracma, ni siquiera de parte de la propiedad; lo que preocupa a este padre es la pérdida del hijo.

Para entender la angustia de ese padre, recordemos la desesperación de Jacob cuando creyó haber perdido a José, su hijo más joven y preferido, porque era hijo de Raquel, la mujer a quien amó a primera vista y por quien tuvo que trabajar 14 años.

El drama de este padre, implícito en la parábola, es la ingratitud de su hijo menor. Pedir la herencia antes de la muerte, de su muerte, es como decirle: "Para mí ya has muerto, por eso la herencia debe ser repartida; no vales por lo que eres, ni por quién eres para mí, sino por lo que tienes. Como no quiero vivir contigo, no voy a quedarme aquí esperando tu muerte, quiero lo que me pertenece ya."

Y el padre repartió los bienes entre los dos – A pesar de sentirse profundamente ofendido por la ingratitud de su hijo, el padre no discute ni intenta convencerlo de que está actuando mal; sabe muy bien que lo que él no pudo enseñarle con amor, la vida se lo enseñará con dolor; el error y el sufrimiento como consecuencia son muchas veces parte integral del proceso de aprendizaje. De hecho, aprendemos más de nuestros errores que de nuestros aciertos; en este sentido, "No hay mal que por bien no venga."

Al respetar la libertad del hombre, revela Dios Todopoderoso su impotencia. Como no se puede obligar a un adulto a hacer el bien, así como Dios, cuántos padres contemplan cómo sus hijos destruyen sus vidas, por vicios o pereza, sin poder hacer nada.

No hay mujeres en esta parábola porque en ese tiempo las mujeres ni poseían bienes ni eran herederas de ellos; pero vemos a un padre con actitudes y gestos que tradicionalmente son más propios de una madre, por lo que podemos decir que la mujer, el carácter femenino, también está presente en esta parábola.

Pocos días después, (…) juntando todo, partió a una tierra lejana y allí gastó todo lo que poseía, en una vida desenfrenada. Después de gastar todo, (…) empezó a pasar privaciones. (…) Y, cayendo en sí, dijo: 'Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, ¡y yo aquí muriéndome de hambre!

Cayendo en sí – Fue necesario llegar al fondo para darse cuenta de su situación; pasar hambre, descender a la condición de cuidador de cerdos, animal impuro por excelencia, y ni siquiera tener acceso a las algarrobas que estos comían.

Deus intimior intimo meo est – Dios está más allá de mi íntimo; por lo que el camino hacia Dios pasa por lo más profundo de mi ser; cuando caminamos hacia Dios caminamos hacia una mayor conciencia de nosotros mismos; al contrario, cuando damos la espalda a Dios, como hizo el hijo pródigo, damos la espalda a nosotros mismos; fuera de sí como los drogadictos, los alcohólicos, anduvo desvarido mientras huía de Dios y de sí mismo.

No aceptaba su realidad de ser hijo de Dios, por lo que, de cierta manera, volvió a la "animalidad", al tiempo en que los seres humanos primitivos aún no tenían conciencia de sí mismos, allá en la evolución de las especies. Poseídos por una pasión o un vicio, cuando hacemos el mal, andamos fuera de nosotros mismos; perdemos la autoconciencia, el autocontrol y la identidad.

Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado tu hijo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y, levantándose, fue a su padre.

Decide volver no tanto porque estuviera arrepentido, sino porque tiene hambre... primum vivere deinde philosophare... al volver aún está buscando su interés; vuelve porque tiene hambre y necesita más bienes; no vuelve por nostalgia del padre, sino porque en su casa hasta los siervos están mejor que él como cuidador de cerdos. No es digno de ser hijo, dice en su discurso preparado, y no parece interesado en ser hijo.

El hijo pródigo quería imponerse una penitencia; quería de alguna manera hacer restitución, compensar por lo que hizo, pero el padre no lo deja concluir el discurso que había preparado de antemano y lo detiene después de escuchar su confesión. Dios no necesita nuestra restitución ni nuestra penitencia para perdonarnos; Dios perdona y olvida. Pero, ¿y el purgatorio? Es una necesidad de nuestra naturaleza y no de Dios; porque Dios nos perdona más fácilmente y más rápido que nosotros mismos nos perdonamos.

Cuando aún estaba lejos, el padre lo vio y, llenándose de compasión, corrió a echarse a su cuello y lo cubrió de besos. El hijo le dijo: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado tu hijo.' Pero el padre dijo a sus siervos: 'Traed rápidamente la mejor túnica y vestídsela; dadle un anillo para el dedo y sandalias para los pies. Traed el ternero gordo y matadlo; hagamos un banquete y alegremos, porque este mi hijo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y ha sido encontrado.' Y comenzó la fiesta.

Lejos no es el hijo quien ve al padre, sino el padre quien ve al hijo por quien estaba esperando, pues nunca dejó de esperarle, nunca lo olvidó y rehizo su vida, como se suele decir; al contrario, nunca lo dio por perdido, nunca prescindió de él y vivió con la esperanza de que algún día regresaría. El lugar que ocupamos en el seno de Dios no puede ser ocupado por nadie más y siempre queda vacío hasta que volvamos a Él.

El hijo hizo un poco de camino hacia el padre y hacia sí mismo, pero fue el padre quien hizo más camino; porque fue él quien nunca lo dio por irremediablemente perdido, nunca lo olvidó, siempre estuvo vigilante esperando su regreso, y cuando el hijo se presentó como jornalero, él, sin resentimientos y lleno de compasión, lo recibió como hijo.

Lo abraza, no se abrazan jornaleros, lo besa como a un hijo y de igual a igual, pues no lo deja arrodillarse. Luego le pone el anillo de heredero con el sello del poder; le pone la mejor túnica de hijo predilecto, como Jacob hizo con José. Por último, mata al ternero más cebado y es fiesta.

Ahora bien, el hijo mayor (…) oyó la música y las danzas. Llamó a uno de los siervos y le preguntó qué era aquello. Este le dijo: 'Tu hermano ha vuelto y tu padre ha matado el ternero gordo, porque ha llegado sano y salvo.' Encolerizado, no quería entrar;

El hijo que pecó aprendió una lección; cuántas veces necesitamos quedarnos privados de las cosas para darnos cuenta de su valor. El hijo menor entendió lo que era el amor del padre porque lo negó y porque huyó lejos de él. El hijo mayor nunca llegó a entenderlo.

Es precisamente en este sentido que San Agustín desarrolla su teología de la “Felix culpa” refiriéndose al pecado de Adán, y Lutero añade su paradoja “pecca fortiter”; si pecas, peca fuerte, pues solo un pecado fuerte es motivo para una fuerte conversión. La “peccata minuta” del hijo mayor no lo movió de su vida también pecaminosa.

'Hace ya tantos años que te sirvo sin transgredir nunca una orden tuya, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos; y ahora, cuando ha llegado tu hijo, que ha gastado tus bienes con prostitutas, le has matado el ternero gordo.' El padre le respondió: 'Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo que es mío es tuyo. Pero teníamos que hacer una fiesta y alegrarnos, porque este tu hermano estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y ha sido encontrado.'» Lucas 15, 11-32

El pecado del hijo menor fue rechazar la paternidad de su padre, el pecado del hijo mayor es el mismo; él tampoco se considera hijo, sino jornalero, entendiendo a su padre como un capataz justiciero, por lo que le obedece no por amor, sino por miedo.

Al igual que el joven rico y los fariseos, nunca transgredió un solo mandamiento. Cumplían solo la letra de la ley porque, como bien decía Jesús, su interior estaba lleno de inmundicia, como queda claro por la forma en que el hijo mayor describe la vida disoluta de su hermano. El hijo mayor es, de alguna manera, como aquellos que solo se comportan bien ante la policía y la autoridad; patrón fuera, en el día santo, en la tienda.

Un hijo verdadero comparte la vida y los bienes con el padre y se comporta según la “libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8,21). Por eso no necesitaba pedir un cabrito, pues disponía de la herencia que es debida a quienes son y se comportan como hijos de Dios (Mateo 25).

De cómo el hijo pródigo gastó el dinero no lo sabemos del narrador, sino del hijo mayor; en todo el texto no se habla de prostitutas hasta que el hijo mayor las menciona, apelando a la posibilidad de que el padre fuera puritano y riguroso contra este tipo de pecados. Hay una cierta moralidad católica que juzga toda la materia sexual como pecaminosa y que hace la vista gorda a los pecados de justicia social.

Por otro lado, si psicoanalizamos el énfasis que el hijo mayor da a la forma en que su hermano gastó el dinero, llegamos a la conclusión de que, en realidad, el hijo pródigo solo hizo lo que el hermano mayor siempre quiso y deseó, pero nunca tuvo el valor de hacer. Es, por tanto, una cuestión de envidia.

A diferencia del hijo menor, que llama al Padre, padre, el hijo mayor, al dirigirse al Padre, no lo trata como tal. Y tampoco trata al hermano como hermano, refiriéndose a él como “ese hijo tuyo”. Cuando Dios no es Padre, los demás no son hermanos, sino enemigos o rivales. Ante los cuales sentimos envidia, resentimiento y odio. Mucho se habla del amor al prójimo como lo más importante y la prueba de que amamos a Dios; pero es solo cuando amamos a Dios que nuestro prójimo es verdaderamente cercano y no un extraño.

Una catequista, después de contar la parábola del hijo pródigo a los niños, les pidió que la contaran con sus propias palabras. Un niño recontó la parábola tal cual hasta el momento en que el hijo pródigo aparece en el horizonte. Luego dijo que, cuando el padre vio al hijo, agarró un garrote y corrió hacia él.

En el camino, encontró al hijo mayor que le preguntó a dónde iba. El padre le dijo que iba al encuentro de su hermano. Al oír que su hermano había vuelto, también agarró otro garrote y ambos fueron al encuentro del desgraciado al que dejaron medio muerto. Después de descargar toda su ira acumulada, dijeron entre sí: hagamos fiesta, comamos y bebamos a la salud de este desagradecido.

Así fue como aquella niña expresó lo que naturalmente haría cualquier padre del mundo, pero Dios Padre no es así; porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos, dice el Señor (Isaías 55:8).

Conclusión - La parábola del hijo pródigo es, sin lugar a duda, la narrativa más notable de todos los tiempos. Es realmente una obra maestra y, de alguna manera, el "ex libris" del Evangelio.

P. Jorge Amaro, IMC

martes, 15 de marzo de 2016

¡ Este año en Jerusalen! (2016)

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Anoche, mientras dormía, soñé que estaba frente al templo, en la ciudad vieja de Jerusalén. Allí escuché voces de niños que me parecían ángeles del cielo cantando:
"Jerusalén, Jerusalén, alza tus puertas y canta, Hosanna en las alturas, hosanna a tu Rey".

https://www.youtube.com/watch?v=85WZUMDk8E8
Música de Stephen Adams; letra de Frederick E. Weatherly

Así como la Navidad dejó de ser, para muchos, la celebración del nacimiento de Jesús para convertirse en la fiesta de Papá Noel y del calor físico y afectivo de la intimidad familiar, en contraste con el frío y la nieve fuera de casa, también la Pascua dejó de ser la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús para convertirse en la fiesta del huevo y el conejito, que simbolizan el renacer de la naturaleza en primavera, tras el largo letargo del invierno.

No sabemos con certeza cuándo nació ni cuándo murió Jesús de Nazaret. La colocación de su nacimiento en el solsticio de invierno y de su muerte y resurrección en el equinoccio de primavera fue intencional; pero esa intención no era, como muchos piensan, cristianizar las celebraciones paganas de estos eventos astronómicos y cambios climáticos.

La intención era claramente teológica: Jesús nació cuando los días empiezan a alargarse, al final y comienzo de un nuevo año solar, porque Él es el Alfa y el Omega, el principio y el fin de todo cuanto existe. Así como nuestro planeta obtiene su vida al girar alrededor del sol, Jesús es para nosotros el sol alrededor del cual giramos para obtener vida.

Por otro lado, Jesús murió y resucitó cuando la tierra renace de la aparente muerte del invierno. Si el otoño nos recuerda la vejez y el invierno la muerte, la primavera, que como dice la canción "va y vuelve siempre", nos recuerda la eternidad que conquistamos con el renacer de Cristo.

La prehistoria de nuestra Pascua
La Cena Pascual es una comida ritual que toda familia judía celebra para conmemorar la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto. Como ordena el libro del Éxodo (12, 8), durante la comida debe narrarse la historia de la salida del pueblo del cautiverio. Al final de esta cena, los comensales declaran con tono jubiloso: “El próximo año en Jerusalén”.

Jerusalén siempre fue el objeto de la nostalgia de los judíos de la diáspora, expulsados de su propia patria. Es bien conocido el lamento de estos en el cautiverio de Babilonia:

"Si me olvido de ti, Jerusalén, que se seque mi mano derecha; que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, si no hago de Jerusalén mi suprema alegría" Salmo 137, 5-6.

El próximo año en Jerusalén” - Esta frase, con la que termina la Cena Pascual, es vista por muchos como anacrónica. Siendo Israel hoy un estado moderno, ocupando más o menos el mismo territorio que en tiempos del rey David, y viviendo cómodamente tanto los judíos de Israel como los de la diáspora, no tiene sentido repetir esta frase, y mucho menos para los judíos que residen permanentemente en Jerusalén. A menos que esta frase tenga un sentido más escatológico.

En este sentido, para los judíos tradicionales, se refiere a la llegada del Mesías y la reconstrucción del templo. Para los judíos liberales, que no aceptan la idea del Mesías ni de un judaísmo basado en el templo, la frase puede tener múltiples interpretaciones, más relacionadas con una Jerusalén ideal y utópica, e incluso celestial, que con la Jerusalén en la que me encuentro ahora.

La última cena de Cristo
“Después, tomó la copa, dio gracias y se la entregó. Todos bebieron de ella. Y Él les dijo: ‘Esta es mi sangre de la alianza, que será derramada por todos. En verdad os digo: no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios’. Después de cantar los salmos, salieron hacia el monte de los Olivos” Marcos 14, 24-25.

Algunos dicen que la última cena de Cristo se basó en la tradicional Cena Pascual de los judíos; otros opinan que fue algo nuevo. Así como la Cena Pascual de los judíos conmemora la liberación de la esclavitud en Egipto, la de Cristo marca el momento de una liberación mayor: la de toda la humanidad. Cualquiera que sea la conclusión de esta discusión, sirve para nuestro propósito.

Así como los judíos de todos los tiempos dicen al final de la Cena Pascual: “El próximo año en Jerusalén”, queriendo significar con ello la esperanza de un mundo mejor, así como la continuidad de la vida en la Jerusalén celestial, Jesús, en la última cena con sus discípulos, al decir: “No volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios”, afirma que ese futuro está por llegar y que se cumple en Él mismo.

¡Jerusalén, Jerusalén!
“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste! Ahora vuestra casa quedará desierta. Os digo que no me volveréis a ver hasta que llegue el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!Lucas 13, 34-35.

Mientras ese futuro utópico no llega, la vieja ciudad sigue siendo escenario de violencia entre palestinos e israelíes. En este momento, mientras escribo estas líneas en el monasterio de Santa Ana, donde estoy alojado durante un curso de Biblia de tres meses, cerca de la Puerta de los Leones, a unos 400 metros de aquí, una mujer palestina intentó apuñalar a un soldado israelí. Este, al ver su vida en peligro, disparó sobre ella, matándola.

Unas horas después, cerca de la Puerta de Damasco, un palestino disparó contra otro soldado, hiriéndolo. Sus compañeros persiguieron al atacante, quien volvió a disparar, hiriendo a otro soldado; finalmente, estos le abatieron a tiros. Ese mismo día, dos jóvenes palestinos dispararon contra un autobús israelí. Mientras huían, el tráfico los detuvo, y allí mismo, en público, los soldados dispararon ráfagas de ametralladora contra el coche, matándolos e hiriendo a varias personas que se encontraban cerca.

Fuertemente armados con ametralladoras, vistiendo chalecos antibalas y cargando mochilas llenas de municiones, los soldados israelíes no llevan esposas porque nunca hacen prisioneros; disparan siempre a matar contra cualquier palestino que atente contra la vida de un judío. Después destruyen su casa y deportan a toda su familia.

Jerusalén dividida
Jerusalén está dividida en cuatro barrios: el musulmán, el judío, el cristiano armenio y el cristiano árabe o palestino, porque las tres religiones del libro la consideran ciudad santa. Para el judaísmo, es santa porque está construida alrededor del Templo, el centro de la fe judía. Para los cristianos, porque Jesús, como buen judío que era, la visitó muchas veces, en ella murió y resucitó.

Para los musulmanes, es santa porque afirman que el profeta Mahoma viajó una noche desde La Meca a Medina y de allí a Jerusalén, desde donde ascendió al cielo, más precisamente en el Templo, en el Santo de los Santos, donde hoy se encuentra la Mezquita de la Roca. Por esta razón, para los musulmanes, Jerusalén es la tercera ciudad santa, después de La Meca y Medina. Por eso, fue invadida poco después de la muerte del profeta.

Sin embargo, contra la supuesta ascensión al cielo de Mahoma, similar a la de Jesús, está el hecho histórico de la muerte de Mahoma, probablemente por envenenamiento, y su tumba en la Mezquita Verde de Medina. Para reforzar la leyenda de su ascensión, Arabia Saudita quiere actualmente, contra la opinión de muchos musulmanes, destruir la mezquita y la tumba, exhumar el cuerpo del profeta y enterrarlo en una sepultura anónima.

Lamentablemente, para quienes exigen hoy control total sobre Jerusalén, esta visita solo pudo ser un sueño. Por mucho que cueste admitirlo, no hay evidencia o prueba de que Mahoma viajara en carne y hueso a Jerusalén, ya que en aquel tiempo no existían aviones supersónicos.

Lo que los musulmanes alegan como un hecho histórico, el propio profeta lo presentó como un sueño. El contexto era convencer a los más escépticos de que él pertenecía a la línea profética del judaísmo: Abraham, Moisés, Jesús. En cuanto a esta visita a Jerusalén, Aisha, su esposa favorita, insistió posteriormente en que nunca fue un desplazamiento real, sino una experiencia espiritual.

La conexión de la fe musulmana con Jerusalén es extremadamente tenue si la comparamos con la del judaísmo y el cristianismo. La verdadera razón por la que los musulmanes reclaman Jerusalén como ciudad santa es porque el judaísmo y el cristianismo, que siempre han querido suplantar, ya la habían declarado santa antes.

Durante todo el año, vemos peregrinos judíos y cristianos de todo el mundo en las calles de Jerusalén. Los únicos musulmanes que encontramos son los que viven aquí. De hecho, la ciudad está diseñada para este tipo de peregrinos: por todas partes hay tiendas de recuerdos judíos y cristianos, pero ninguna para musulmanes. La ausencia de peregrinos musulmanes es una prueba contundente de que esta ciudad no es importante para ellos, y muchos ni siquiera creen que Mahoma estuviera aquí.

Religión y conflicto
La religión musulmana, una mezcla de judaísmo y cristianismo adaptada a la cultura beduina, ha mirado estas religiones con cierta envidia desde los tiempos de Mahoma hasta hoy. Adoptan una mentalidad de “nosotros también”. Si los demás tienen, ellos también deben tener. La invasión de Jerusalén no es diferente de la invasión y exterminio del cristianismo en el norte de África y Turquía, o de su intento en Europa, desde la península ibérica hasta Poitiers, en Francia, donde fueron detenidos.

Poseyendo ya dos ciudades santas, al declarar Jerusalén como la tercera y establecerse en la explanada del Templo, corazón de la fe judía, los musulmanes dejaron a los judíos sin un lugar sagrado, con solo el Muro Occidental como referencia, donde rezan y se lamentan como quien lleva una espina clavada en el alma.

Hoy, la explanada del Templo, ocupada por las mezquitas de Al-Aqsa (cúpula plateada) y la Mezquita de la Roca (cúpula dorada), es un lugar prohibido para los judíos. La cúpula dorada, construida sobre el Santo de los Santos del Templo de Salomón, donde Abraham iba a sacrificar a Isaac, se ve desde cualquier ángulo de la ciudad, y hoy, irónicamente, es el emblema de Jerusalén.

El conflicto entre Israel y Palestina es fundamentalmente político, no religioso. Sin embargo, la religión es invocada e instrumentalizada por ambas partes para evitar concesiones, pues lo que proviene de Dios no se discute, no se cuestiona ni se abandona.

Una solución debe empezar desde las orillas que se pretenden unir. Israel debe reconocer el derecho de Palestina a una patria, como ellos lo tuvieron. Los musulmanes deben aceptar que muchas de sus creencias están basadas en mitos y leyendas que desafían la razón, y purificar su fe de todo aquello que entra en conflicto con la ciencia y el sentido común.

Este año en Jerusalén
“Sobre este monte (Monte Sion, Jerusalén), el Señor del universo preparará para todos los pueblos un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos exquisitos. (…) Eliminará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y hará desaparecer de toda la tierra el oprobio de su pueblo” Isaías 25, 6-8.

Como misionero, en mis 30 años de ministerio, he celebrado la Pascua en diferentes países y lugares. Inspirado por la frase tradicional de júbilo que los judíos pronuncian al final de cada Cena Pascual, me apetece decir con igual alegría y esperanza: ¡Este año en Jerusalén! Esta es la cuarta vez que visito la ciudad, y espero que no sea la última vez que pise la tierra que el Redentor pisó. Pero es la primera vez que celebro la Pascua del Señor donde ocurrió hace 2000 años.

Jerusalén significa ciudad de paz, pero irónicamente, dividida hoy entre cuatro pueblos enfrentados, es difícil encontrar un lugar con tantas guerras. Oremos para que un día Jerusalén haga honor a su nombre y cumpla la profecía de Isaías: un banquete de manjares suculentos y vinos generosos.

Conclusión - Jerusalén significa ciudad de Paz, y, sin embargo, es difícil encontrar un lugar que haya sido escenario de tantas guerras. Oremos para que algún día Jerusalén haga honor a su nombre y se cumpla la profecía de Isaías de un banquete de manjares suculentos y vinos generosos.

martes, 1 de marzo de 2016

Perdidos y hallados - Una oveja y una dracma

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«¿Quién de vosotros, que tenga cien ovejas y pierda una de ellas, no deja las otras noventa y nueve en el desierto y va tras la que está perdida hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a casa, llama a los amigos y vecinos y les dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja perdida"Lucas 15, 4-6

La oveja perdida
Chacales, hienas y lobos son enemigos declarados de las ovejas. Mientras la mayoría de los animales matan por necesidad, los lobos no se conforman con degollar una oveja y comerla en paz; al contrario, las degüellan a todas y no paran hasta verlas todas muertas, como si sintieran placer en matar.

Cuando era niño y pastor, llevaba mi pequeño rebaño lejos y, en ocasiones, me escondía para observar su reacción. Las ovejas pastaban tranquilas, con un ojo en la hierba y otro en el pastor. Pero, si dejaban de verme, levantaban la cabeza, los cencerros se silenciaban, miraban en todas direcciones, y si no me encontraban, corrían desesperadas hacia casa. Entonces salía de mi escondite, silbaba, y volvían.

Con esto en mente, si un pastor cuida solo de su rebaño, parece inverosímil que lo abandone y ponga en riesgo a 99 ovejas por una perdida. Como mucho, primero aseguraría a las 99 y luego buscaría a la perdida.

Este pastor, sin embargo, es especial y usa una matemática diferente: para él, 99 es igual a una, y una igual a 99. Dios tiene prioridades distintas. Las 99 son dejadas por una sola.

Se cuenta que una madre con 9 hijos, al perder a uno, amiga a título de consuelo le dijo que aún tenía 8. A lo que ella contesto, Si tengo 8, pero no tengo al que perdí”.

El lugar que ocupamos en el corazón de Dios no es reemplazable. Aquí reside la dignidad humana: somos únicos para Dios. Cuando alguien se pierde, Dios espera, como el padre del hijo pródigo, su regreso. Y, de hecho, en la parábola, el hijo pródigo volvió a ocupar el lugar que solo a él le pertenecía.

Según nuestra lógica, las 99 tendrían motivos para resentirse. Vemos este resentimiento en el hijo mayor de la parábola. Dando voz a ese sentimiento, podríamos decir: “Esa oveja perdida quizá no quiera ser encontrada. Tiene lo que merece por portarse mal”.

Para colmo, cuando la encuentra, no la arrastra de forma brusca, sino que la carga sobre los hombros y organiza una gran fiesta. Incluso llega a decir que habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse. (Lucas 15, 7).

¿Pastoral o evangelización?
A diferencia de este pastor divino, la Iglesia, durante mucho tiempo, se preocupó poco por la oveja perdida, diciendo: “Todavía tenemos 99 que cuidar”. Para estas 99 surgieron múltiples pastorales: universitaria, juvenil, de enfermos, etc.

Hoy, sin embargo, estadísticamente, las 99 son las pérdidas y solo queda una en el rebaño. Aunque la parábola se haya invertido, la actitud pasiva de los pastores, que ahora engordan a una sola oveja, no ha cambiado. Ahora dicen: “Todavía tenemos una”.

¿Tiene sentido seguir hablando de pastoral esto o aquello? Decir “pastoral universitaria” o “pastoral sanitaria” puede ser presuntuoso si consideramos como ovejas de nuestro rebaño a los dos mil estudiantes de una universidad o a cientos de enfermos de un hospital.

Si reemplazáramos la palabra “pastoral” por “evangelización”, seríamos más honestos. Tal vez esta realidad nos impulsaría a cambiar la actitud pasiva del pastor por la proactiva del “pescador de hombres” que Jesús nos pidió ser.

Misericordia y misión
Todo lo escrito en el pasado fue para nuestra enseñanza, para que, mediante la paciencia y el consuelo de las Escrituras, tengamos esperanza. Que el Dios de la paciencia y el consuelo os conceda estar unidos en un mismo sentir, según Cristo Jesús. Romanos 15, 4-5

Así, podemos ver la misericordia como misión, y la misión como una obra de misericordia. Esto es lo que sugiere el logotipo del Año de la Misericordia proclamado por el Papa Francisco. Ir tras la oveja perdida es tanto una obra de misericordia como una misión de nueva evangelización. De hecho, en el logotipo, el Buen Pastor no lleva una oveja perdida, sino un ser humano, el hijo pródigo.

No hay mayor consuelo que vivir el Evangelio y ser testigos de él para que otros disfruten del mismo consuelo. Hagamos misión en el sentido de Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios” (Isaías 40, 1).

La dracma perdida
«¿O qué mujer, que tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta hallarla? Y cuando la encuentra, convoca a sus amigas y vecinas y les dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma perdida". Así os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.» Lucas 15, 8-10

Nos escandaliza la actitud de Jesús hacia las 99. Sin embargo, para Él, las 99 también están perdidas. La diferencia es que la oveja perdida y el hijo pródigo se perdieron fuera del redil, mientras que las 99, la dracma y el hijo mayor estaban en casa, pero igualmente perdidos de Dios y de sí mismos.

Una dracma equivalía a un día de trabajo; perder una era significativo. La mujer barre la casa y hace fiesta al hallarla. Dios celebra por cada uno de nosotros.

Los que van son los peores
Es cierto que esta queja ha servido de justificación para muchos que no participan en los sacramentos, considerándose cristianos no practicantes. Sin embargo, el mal ejemplo que dan algunos cristianos practicantes en su vida diaria hace que esta afirmación, en muchos casos, sea cierta. Es decir, no se nota en sus vidas que las prácticas religiosas tengan algún impacto significativo.

Por esta razón, sería útil establecer algún mecanismo que permitiera a los cristianos analizar las razones por las que practican los sacramentos. Podrían evaluar el lugar que ocupa la práctica religiosa en sus vidas y determinar si es un motor de cambio constante hacia una vida nueva y de conversión continua, o si, por el contrario, aliena y justifica un determinado modus vivendi o “status quo”.

Cuando vivía en Etiopía, observé cómo la ignorancia mataba a muchos enfermos de tuberculosis. Como no habían tomado antibióticos antes, los enfermos etíopes, tras dos meses de tratamiento con estreptomicina, se sentían completamente curados y abandonaban la medicación. Nosotros sabíamos que no estaban totalmente curados y, cuando la enfermedad regresaba, era mucho más virulenta y resistente a los antibióticos, causando muchas muertes.

En este sentido, la Organización Mundial de la Salud alerta contra el abuso de antibióticos para pequeñas dolencias, ya que el cuerpo se acostumbra a ellos y, cuando son realmente necesarios, dejan de ser efectivos.

Lo mismo ocurre a nivel eclesial. Los sacramentos son auténticos "antibióticos" para eliminar los microbios y bacterias del mal. Pero, si se abusa de ellos o se practican por rutina, pierden su eficacia.

Del mismo modo, la Palabra de Dios, que los cristianos practicantes escuchan a menudo, corre el riesgo de convertirse en algo ya conocido, un “déjà vu”, que ya no penetra en lo más íntimo. De este modo, nos hacemos impenetrables como el primer terreno de la parábola del sembrador.

Conclusión - Al combinar las dos parábolas, llegamos a la conclusión de que las 99 ovejas no estaban menos perdidas que la una. En el rebaño del Señor, ni están todos los que son, ni son todos los que están.

P. Jorge Amaro, IMC