La compasión es el concepto fundador e inspirador de la Comunicación No Violenta. Cuando Marshall Rosenberg percibió que no estaba obteniendo mucho éxito en la práctica de la psicoterapia individual, se dedicó a estudiar las religiones del mundo en busca del significado y sentido de la vida, y descubrió que todas ellas afirman que debemos vivir con compasión, que hemos de ser misericordiosos y compasivos como Dios, que nos ha creado, lo es.
Gratuidad
“Lo que yo quiero en mi vida es compasión, un flujo entre mí y los demás basado en una entrega mutua, desde el fondo del corazón”. — Marshall Rosenberg
“Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.— Mateo 10, 8
Es la compasión la que nos impulsa a dar con el corazón, con alegría, libremente, sin esperar nada a cambio, sin buscar recompensa y asegurándonos de que lo hacemos de tal manera que el otro no sienta que queda en deuda con nosotros.
Si la empatía es el lubricante, el aceite del motor o el ambiente que facilita el movimiento incesante de los cuatro pistones en el motor de la Comunicación No Violenta, la gratuidad —ese dar natural y desde el corazón— es el combustible que hace posible la combustión y la explosión dentro de los cilindros, moviendo los pistones.
Parece que Rosenberg pudo haber tomado su concepto de “dar desde el fondo del corazón” de su propia experiencia vital. Él mismo cuenta que, mientras esperaba un tren en una estación, observó a un trabajador negro que, tras terminar su almuerzo de fiambrera, se disponía a comer una naranja.
Al darse cuenta de que un niño, sentado en el regazo de su madre, no apartaba los ojos de la fruta, el trabajador se levantó, limpió la naranja, le dio un beso y se la ofreció al pequeño. Conmovido por el gesto, Rosenberg tuvo ocasión de preguntarle más tarde la razón de aquel beso, a lo que el hombre respondió: “Nunca des nada a nadie si no es desde el fondo del corazón”.
Usaremos la palabra gratuidad para traducir lo que Rosenberg expresaba como natural giving (dar con naturalidad) y giving from the heart (dar desde el corazón). La gratuidad es, en efecto, dar con el corazón; amar es amar incondicionalmente, without strings attached —como se dice en inglés—, es decir, sin condiciones ni segundas intenciones. “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”, sugiere el Evangelio (Mateo 6, 1-4).
Una vez satisfechas las necesidades físicas, ser amado y amar constituye la primera y más importante necesidad humana; sin la plena satisfacción de esta necesidad, no existe vida auténticamente humana. Ahora bien, la experimentamos de manera distinta en las diferentes etapas de la vida. De niños, la prioridad es ser amados; de adultos, la necesidad primaria es amar, dar libre e incondicionalmente, desde lo más hondo del corazón, sin compulsión ni obligación alguna.
Si un adulto siente mayor necesidad de ser amado que de amar —como vemos con frecuencia en las telenovelas—, no es verdaderamente un adulto, pues conserva aún la inmadurez afectiva propia de un niño o de un adolescente.
Por otra parte, el concepto de gratuidad no se limita al dar, sino que también abarca el recibir. Con frecuencia, al recibir, sentimos la obligación de devolver. No vive en el espíritu de la gratuidad quien da con segundas intenciones, buscando obtener algo a cambio o aumentar su popularidad; ni tampoco quien recibe y se siente obligado o en deuda con quien le dio.
Dar es recibir, recibir es dar
“Hay más alegría en dar que en recibir”.— Hechos de los Apóstoles 20, 35
Afirmar que hay más alegría en dar que en recibir es una conclusión a la que se llega tras un largo proceso de crecimiento psicológico, afectivo y espiritual. Es lo que diría un adulto que ha alcanzado una madurez integral. Resulta evidente, en cambio, que un niño encuentra mucha más alegría en recibir que en dar.
Somos, por tanto, adultos psicológica, afectiva y espiritualmente cuando encontramos más alegría en dar que en recibir. Pero como la indigencia forma parte de la condición humana, también necesitamos recibir, y deberíamos seguir haciéndolo con la misma alegría de los niños. De lo contrario, estaríamos proclamando una autosuficiencia ilusoria, algo imposible en este mundo. La verdadera madurez consiste, entonces, en poder afirmar que hay tanta alegría en dar como en recibir, y viceversa; que dar y recibir son, en realidad, una misma cosa.
En el capítulo de su libro Dar desde el corazón, Rosenberg cita la letra de una canción que lo resume todo acerca de la gratuidad. Según ella, dar y recibir significan lo mismo, porque damos al recibir y recibimos al dar:
Nunca me siento más regalado
que cuando recibes algo de mí.
Cuando comprendes la alegría que siento
al ofrecerte algo,
y sabes que mi dar no es
para que quedes en deuda conmigo,
sino porque quiero vivir el amor
que siento por ti.
Recibir gratuitamente
puede ser el mayor don.
No hay forma de separar
las dos cosas.
Cuando me das,
yo te doy mi recibir.
Cuando recibes de mí,
me siento tan regalado.
Lo mismo decía San Francisco de Asís en su célebre oración por la paz, muchos siglos antes:
Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga perdón;
donde haya discordia, ponga unión;
donde haya duda, ponga fe;
donde haya error, ponga verdad;
donde haya desesperación, ponga esperanza;
donde haya tristeza, ponga alegría;
donde haya tinieblas, ponga luz.
Oh Maestro, haz que no busque tanto
ser consolado como consolar,
ser comprendido como comprender,
ser amado como amar.
Porque dando se recibe,
perdonando se es perdonado,
y muriendo se resucita a la vida eterna.
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Gratuidad en las lenguas neolatinas
En las lenguas neolatinas respondemos grazie, gracias; en portugués, en cambio, respondemos obrigado, que probablemente proviene del inglés I am much obliged (“estoy en deuda”), y que desvirtúa el verdadero espíritu de gratuidad.
En Portugal, todos dicen obrigado cuando reciben un favor; solo los pobres, que no pueden devolver lo recibido, dicen: “Que Deus lhe pague” (“que Dios se lo pague”). No se sienten obligados, pues suponen que quien les ha beneficiado sabe bien que no pueden retribuirle. Por eso cobra pleno sentido el consejo que Jesús nos da en el Evangelio: invitar a nuestros banquetes a quienes no pueden devolvernos la invitación (Lucas 14, 12-14).
Quien ama al otro de forma condicionada se engaña, creyendo que lo ama cuando, en el fondo, lo único que hace es amarse a sí mismo. Se proyecta en el otro, se refleja en él, buscando en la relación lo que no encuentra en su interior. Ese supuesto amor no es más que una manipulación. La gratuidad, en cambio, es amar y ser amado sin condiciones, dejando al otro ser él mismo. Cuando alguien percibe un amor incondicional, deja a un lado la ansiedad y se libera de la presión de tener que rendir o demostrar éxito.
El amor incondicional es raro, incluso entre padres e hijos. De hecho, no son pocos los padres que condicionan su amor al éxito académico o profesional de los hijos. Estos crecen confundiendo amor con logro, y pagan más tarde un alto precio por ese error. Quien ama incondicionalmente siempre tiene éxito en la vida; quien, en cambio, busca únicamente el éxito, lo hace a menudo a costa del amor, pudiendo ser triunfador en lo profesional pero fracasado en lo humano. Porque vivir es amar.
Cuando alguien nos declara su amor, con palabras o con gestos, enseguida nos ponemos a la defensiva y nos cuesta aceptar ese amor sin miedo a caer en una trampa o contraer una deuda difícil de pagar. Nos sentimos expuestos a un caprichoso banquero que, en cualquier momento, puede pasarnos la factura.
Como “gato escaldado del agua fría huye”, las experiencias negativas del pasado, especialmente en la infancia, nos ponen tan a la defensiva que a menudo terminamos bloqueando incluso a quienes nos ofrecen un amor verdadero e incondicional.
Quedamos tan heridos por las malas experiencias que ya no nos sentimos dignos de un amor auténtico y bloqueamos todo amor que llega a nuestro encuentro. Levantamos una barrera de resistencia y desconfianza, temiendo ser seducidos o explotados. Así, un amor libre de condiciones puede encontrarse con un corazón defensivamente congelado.
El egoísmo no compensa, ni siquiera al egoísta
La rueda de un molino solo se mueve si el agua fluye a través de ella. Si el primero de varios molinos en un arroyo retuviera el agua solo para sí, de nada le serviría, pues tampoco su rueda giraría.
No hay ventaja alguna en ser el primero en el curso del agua ni desventaja en ser el último: tanto uno como otro solo funcionan si el agua corre. O se mueven todos los molinos, o no se mueve ninguno.
Lo mismo ocurre en el contexto de la Comunicación No Violenta: nadie puede ser feliz a costa de la infelicidad de los demás. O todos ganan o todos pierden. Si mi supuesta felicidad provoca la infelicidad de otros, nunca podrá ser verdadera felicidad.
Tarde o temprano, el mal que causamos retorna. Por eso la CNV se fundamenta en la filosofía del win-win: todos ganan cuando uno gana, y todos pierden cuando uno pierde. El egoísmo nunca compensa; no conviene ni siquiera al propio egoísta.
Por ello, en Comunicación No Violenta las necesidades de los demás son asumidas como propias. En este sentido, la CNV es una aplicación práctica del mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo, así como de la regla de oro presente en todas las religiones del mundo:
“No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. El cristianismo, sin embargo, es la única religión que formula esta regla en positivo: “Todo lo que queráis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos” (Mateo 7, 12).
La compasión conduce a la gratuidad
“Cuando llegó a aquel lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: ‘Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa’. Él bajó aprisa y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: ‘Se ha ido a alojar en casa de un pecador’. Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: ‘Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si defraudé a alguien, le devuelvo cuatro veces más’.” — Lucas 19, 1-9
Acusar, etiquetar o juzgar a las personas solo consigue que se cierren a la defensiva en su reducto, confirmando y reforzando sus actitudes. La violencia nunca se vence con violencia; la única paz que nace de la violencia es la paz del cementerio. La violencia no soluciona ningún problema y genera muchos más: es, por tanto, totalmente contraproducente. El odio solo puede vencerse con amor; pretender vencer el odio con odio es como intentar apagar un fuego con más fuego.
“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”, decía Gandhi. De la misma manera que la violencia engendra violencia, la compasión genera compasión y abre el camino a la gratuidad. En el marco de la justicia retributiva, Zaqueo no merecía la compasión de Jesús ni el regalo de su visita, sino el castigo. Pero “con vinagre no se cazan moscas”: castigos, etiquetas, críticas e insultos nunca habrían transformado a Zaqueo.
Fue la compasión inmerecida e incondicional la que movió a Zaqueo a volverse compasivo con quienes había explotado y a restituir lo robado de manera voluntaria, sin que nadie se lo exigiera.
Un día, una madre acudió a Napoleón para suplicarle por la vida de su hijo, culpable de una grave falta. La ley era clara y la justicia pedía su muerte. El emperador estaba decidido a hacer cumplir la sentencia. Pero la madre insistió:
— “Majestad, vengo a implorar misericordia, no justicia”.
— “Pero él no merece misericordia”, respondió Napoleón.
— “Señor —contestó la madre—, no sería misericordia si la mereciese”.
— “Sea, entonces”, dijo Napoleón. Y lo perdonó.
Cuando somos compasivos con quienes no lo merecen, despertamos en ellos la compasión que permanece oculta, olvidada, cubierta de polvo y telarañas en lo más hondo de su corazón. Es sabido que quien ha sido abusado física o sexualmente puede convertirse con facilidad en abusador, pasando su vida a vengar en inocentes las heridas recibidas en su infancia. Solo la compasión gratuita puede romper ese círculo vicioso que destruye su vida y la de quienes le rodean.
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Lo que bloquea la compasión
He aquí algunas afirmaciones que escuchamos con frecuencia y que, en nuestra opinión, solo sirven para justificar y racionalizar el uso de la violencia y para mantener el juego de quién tiene razón y quién está equivocado.
«Ser compasivo es dar muestras de debilidad, la gente se aprovecharía de mí» – El poder del amor es más fuerte que el amor al poder. Nadie puede arrebatarnos nuestra dignidad si no se la entregamos; nadie puede obligarnos a actuar contra nuestra conciencia. Podrán someter nuestro cuerpo, pero nunca nuestra alma, nuestra integridad, nuestra persona. La compasión desarma a los poderosos, y sus beneficios alcanzan tanto a quien la ofrece como a quien la recibe.
«Hay personas que no merecen compasión» – La compasión no entra en el juego de quién merece y quién no merece. Si fuese cuestión de mérito, dejaría de ser compasión para convertirse en justicia. Dios hace llover sobre justos e injustos; todo ser humano, por el simple hecho de serlo, es digno de compasión. Y probablemente, cuanto más malvado es alguien, más necesita de ella, pues solo la compasión puede sanar su maldad.
«Ser compasivo con quienes obran mal es dejarles impunes» – Ser compasivo no significa aceptar comportamientos rudos, traiciones, violaciones, injusticias sistémicas, crueldades, ofensas o crímenes. Significa más bien reconocer que esas cosas existen y que podemos defendernos de ellas de manera firme pero no agresiva, condenando el acto y no a la persona. La violencia nunca justifica más violencia, porque no resuelve el problema: lo agrava, ya que tiende siempre a escalar.
El lenguaje que nos aliena unos de otros
La gratuidad consiste en contribuir libre e incondicionalmente a la vida, felicidad y autorrealización de los demás, y en dejar que los demás hagan lo mismo con nosotros, sin sentirnos en deuda por ello.
Todo lo que hacemos movidos por miedo al castigo, por deseo de recompensa, por necesidad de agradar, por sentimiento de culpa o por obligación, termina por cobrar un alto precio y deteriorar la relación. Se establece así un vínculo enfermizo, semejante al que une al masoquista con el sádico: una relación que solo se sostiene mientras ambos permanezcan enfermos, aunque en realidad nadie es feliz en la enfermedad.
Diagnósticos, juicios, etiquetas, análisis, críticas, comparaciones… Todo pensamiento en términos de «este merece premio» o «aquel merece castigo», toda acción movida por mera obediencia, toda negación de responsabilidad («no tuve otra opción», «no había plan B»), es un lenguaje violento que nos degrada y nos separa.
Juicios y etiquetas - Los juicios y etiquetas encierran al otro. Con frecuencia son injustos, pues juzgamos a alguien por una sola acción y la generalizamos. Así impedimos que la persona sea lo que es, fijándole una identidad estática. La comunicación no violenta rechaza precisamente el verbo “ser” cuando se usa para encasillar. Todos estamos en construcción; cualquier definición rígida del otro es siempre prejuiciosa.
Premios y castigos - El bien y el mal permanecen en quien los practica: llevan en sí mismos sus frutos, como un archivo adjunto en un correo electrónico. Evitar el mal solo por miedo a ser descubierto no basta, porque llegará el día en que, al sentirnos seguros, perderemos el miedo y lo cometeremos. No debo evitar el mal por miedo, sino porque estoy convencido de que es realmente malo.
De igual modo, hacer algo para recibir un premio no es gratuidad, sino una transacción. Es como trabajar únicamente por un salario: el día en que no haya paga, dejaré de hacerlo.
El castigo puede ser una simple reprimenda pública que humilla, y el premio un elogio; pero ambos son, en esencia, lo mismo.
«¡Eres muy bueno!», «¡Buen trabajo!», «Eres una persona amable». Los elogios, para quien los recibe, pueden convertirse en adicción: la persona actúa no por gusto, sino para obtener reconocimiento. Además, pueden generar falsa humildad («no fue nada») o alimentar un sentimiento de superioridad.
Desde el lado de quien elogia, a menudo los halagos son instrumentos de manipulación, una manera de ganar al otro para fines ocultos. Por ejemplo, el jefe que le dice al trabajador: «Sin ti la empresa no se sostiene», y acto seguido le pide horas extra.
La recompensa en el Evangelio - «Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos?» (Mateo 5, 46)
«Guardaos de practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 6, 1)
«Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los malvados». (Lucas 6, 35)
Jesús exhorta a sus discípulos a practicar la gratuidad, a obrar por el bien mismo, sin esperar recompensa inmediata. Pero como el bien lleva en sí mismo su fruto, de algún modo ya hay una “recompensa”: la que se recibe en el cielo. Quien es capaz de posponer la satisfacción inmediata demuestra madurez interior. Jesús nos invita a reservar la recompensa para Dios: «Almacenad tesoros en el cielo…» (Mateo 6, 20).
Comparaciones - Los españoles dicen que «las comparaciones son odiosas». Cuando nos comparamos con otros, o con lo que socialmente se considera más bello, inteligente o perfecto, dejamos de ser nosotros mismos y nos dejamos atrapar por la envidia o la imitación. Olvidamos que solo somos insustituibles si somos fieles a lo que somos.
La comparación nace de la competencia, y la competencia, por sí misma, es una forma de violencia. Cuando aceptamos a los demás —y a nosotros mismos— tal como somos, la competición carece de sentido. Nadie puede ser mejor en ser yo que yo mismo.
Negación de elección - Las expresiones que empiezan con «tengo que…» son una negación de la libertad de los hijos de Dios. De este modo nos manifestamos como esclavos del deber. Para la comunicación no violenta, el deber no existe: solo actuamos por aquello que amamos y que nos conduce a la vida plena y abundante. Lo que hacemos solo por obligación, tarde o temprano, lo abandonaremos. Como dice el refrán: «Quien corre por gusto no se cansa».
Marshall Rosenberg cuenta el ejemplo de una mujer que siempre decía que debía irse a cocinar, aunque no le gustaba. Un día, aplicando la comunicación no violenta, anunció a su familia que dejaría de hacerlo. Días después, sus hijos le agradecieron haber dejado la cocina, porque no soportaban ni la comida ni sus quejas constantes sobre esa supuesta obligación.
Negación de responsabilidad - «Me obligaron a hacerlo». Rosenberg recuerda cómo los oficiales de los campos de concentración nazis enviaban miles de personas a las cámaras de gas sin sentirse culpables, pues decían que solo obedecían órdenes. En lenguaje no violento, todos somos responsables de nuestros actos: nadie puede obligarnos a hacer lo que nuestra conciencia nos dicta como mal.
La conciencia moral es lo que nos hace verdaderamente libres. Cuando actuamos únicamente según ella, somos autónomos: no nos engrandecemos sobre nadie ni nos rebajamos ante nadie, porque nuestros actos nacen de lo más profundo de nosotros mismos. Y de ese modo, somos plenamente responsables de ellos.
Una conciencia bien formada y recta nos hace realmente libres. Solo obedecemos lo que ella nos dicta, y así nuestras acciones brotan del interior, no de una imposición externa. Nuestra conciencia responde únicamente ante Dios: ahí radica la libertad de los hijos de Dios (Romanos 8, 21).
La gratuidad en acción en la forma de agradecer y ser agradecidos
Vivir en gratuidad significa que nada de lo que hacemos está motivado por coacción, deber, obligación, miedo a una reprensión o castigo, ni por la ansiedad de recibir alabanzas o recompensas. Todo lo que hacemos nace del puro amor, de la alegría y del gozo que sentimos al contribuir a nuestro propio bien y al bien de los demás.
Tanto el “bien” como el “mal” permanecen en quien los practica. El castigo del mal cometido está contenido en la propia acción: no viene de fuera, y mucho menos de Dios. Como alguien dijo: Dios siempre perdona y olvida; los seres humanos, a veces sí, a veces no; la naturaleza, ya sea física o humana, ni perdona ni olvida: «quien siembra vientos, recoge tempestades». De la misma manera, la recompensa por el bien realizado está en la propia acción, como un archivo adjunto en un correo electrónico.
Como en la Comunicación No Violenta (CNV) no hacemos nada en busca de elogios o recompensas, tampoco recompensamos ni elogiamos a los demás por lo que hacen. No sentimos hambre de halagos ni los esperamos como retroalimentación por el bien que realizamos, ni los utilizamos como cebo para atrapar a los otros y hacerlos dependientes de nuestras alabanzas con el fin de manipularlos o controlarlos.
Lejos de esos juegos psicológicos, en lugar de pedir o exigir disculpas por nuestros errores o los de los demás, hacemos duelo; en vez de alabar y ser alabados, celebramos los logros y aciertos, tanto propios como ajenos.
Dar y recibir gratuitamente sigue el paradigma de los cuatro componentes de la CNV. Así expresamos y sentimos gratuidad, agradecemos y somos agradecidos:
- ¿Qué hice yo en concreto que contribuyó al enriquecimiento de la vida del otro? ¿Qué hizo el otro específicamente que enriqueció mi vida?
- ¿Cómo me siento cuando pienso en lo que hice por el otro? ¿Cómo me siento cuando pienso en lo que el otro hizo por mí?
- ¿Qué necesidad o valor fue satisfecho por lo que hice por el otro? ¿Qué necesidad o valor fue satisfecho por lo que el otro hizo por mí?
Ejemplo: «Cuando me ofreciste tu ayuda esta mañana, me sentí agradecido porque valoro profundamente la cooperación entre los miembros de nuestro equipo».
Expresar gratitud no es lo mismo que decir simplemente “gracias”. Por eso es importante, tanto para quien realiza la acción como para quien la recibe, expresar cómo esa acción enriqueció nuestra vida. La persona que actuó también necesita recibir alguna retroalimentación sobre lo que hizo.
Conclusión - La gratuidad es contribuir libre e incondicionalmente a la vida, felicidad y autorrealización de los demás, y permitir que los demás contribuyan a la nuestra, sin sentirnos en deuda por ello.

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