sábado, 25 de abril de 2026

CNV - Los cuatro jinetes de la No-Violencia

(…) vi que apareció un caballo blanco; el jinete llevaba un arco y se le dio una corona. Después, partió victorioso para seguir venciendo. (…) salió otro caballo, que era rojo; y al jinete se le dio el poder de quitar la paz de la tierra y de hacer que los hombres se matasen unos a otros. (…) En la visión apareció un caballo negro. (…) Luego apareció un caballo amarillento. El jinete se llamaba «Muerte»; y «el Abismo» le seguía detrás… Apocalipsis 6, 1-8

Hambre – peste – guerra – muerte: estos son los cuatro jinetes del Apocalipsis, y todos ellos son a la vez causas y consecuencias entre sí. El hambre provoca la peste, la peste alimenta el hambre, ambas generan guerras, y todo ello desemboca en la muerte. El mundo ya ha conocido a estos jinetes y siempre está en peligro de volver a encontrarse con ellos, hasta el punto de llegar a la autodestrucción.

Marshall Rosenberg propone la comunicación no violenta, o comunicación compasiva, como una alternativa: una alternativa a la matriz de violencia sobre la que se ha construido nuestra manera de vivir, de pensar y de relacionarnos unos con otros.

El hambre, la peste, la guerra y la muerte son los cuatro jinetes de la violencia que conducen al Apocalipsis. La observación, el sentimiento, la necesidad y la petición son, en cambio, los cuatro jinetes que harán obsoleta la violencia y guiarán al mundo hacia un futuro de armonía y paz entre todos los seres humanos.

Observación
Consiste en describir la realidad del modo más objetivo posible, tal como la captan nuestros cinco sentidos: lo que veo, lo que oigo, lo que huelo, lo que pruebo con el gusto, lo que toco, sin juzgar, criticar, valorar ni interpretar.

Por ejemplo, en vez de decir a alguien “eres grosero”, lo cual nos pondría en conflicto con la persona y dificultaría la relación posterior, podemos decir: “cuando llegaste, no te oí dar los buenos días”. Si hubiéramos dicho “cuando llegaste no dijiste buenos días”, también estaríamos juzgando, pues la persona podría haberlo dicho sin que la oyésemos.

Si alguien mató a un perro, nuestra tendencia es llamarle “mata-perros” para el resto de su vida: juzgamos a una persona por un único acto. La crítica, la valoración, el juicio y la interpretación bloquean la comunicación, porque casi siempre son injustos y hacen que la persona se sienta coaccionada, encasillada, aprisionada por la etiqueta que le ponemos. No le permitimos ser ella misma ni evolucionar; no nos relacionamos con la persona, sino con la imagen que nos hemos hecho de ella, una imagen que quizá sirva a nuestro propósito mezquino, pero que no favorece una comunicación auténtica y saludable. Esta es la forma de crear un enemigo, no un amigo.

Nos resulta muy difícil hacer una observación objetiva, desnuda y pura, porque la mayor parte de las veces proyectamos en lo que observamos nuestros intereses, nuestra envidia, nuestro odio o, por el contrario, nuestros elogios sobre el hecho observado. Así ha funcionado el mundo; por eso, hablar de otra manera es verdaderamente una revolución copernicana.

La observación libre de crítica, valoración, juicio o interpretación es dinámica, porque permanece abierta; cuando mezclamos una valoración o interpretación, lo observado —es decir, una persona en acción— pierde dinamismo y queda cerrado, inmóvil, estático, como si se tratara de una fotografía. Por eso la CNV evita el verbo “ser” y utiliza en su lugar verbos de acción.

Sentimiento
Después de observar sin analizar ni declarar lo correcto o incorrecto, lo bueno o lo malo, el siguiente paso es conectar con nuestros sentimientos, evitando el pensamiento, que casi siempre tiende a evaluar, interpretar, criticar y juzgar. Los sentimientos hablan más de nosotros mismos que los pensamientos. Si no logro conectarme conmigo mismo, difícilmente podré conectar con el otro.

Los sentimientos representan nuestra experiencia emocional y las sensaciones físicas asociadas a nuestras necesidades satisfechas o insatisfechas. Como veremos más adelante al hablar de necesidades, los sentimientos están para las necesidades como el humo lo está para el fuego. Cualquier emoción o sentimiento nos habla de una necesidad cubierta o no cubierta.

En esta etapa nuestro objetivo es identificar, nombrar y conectar con nuestros sentimientos. El pensamiento debe, por tanto, ser autorreflexivo, alejado del otro y puesto al servicio de nuestros sentimientos, ayudándonos a interpretarlos e identificarlos.

Tras interpretar lo que sentimos en el corazón, podemos y debemos expresar nuestros sentimientos, evitando la trampa y el autoengaño de responsabilizar a los demás de ellos. La frase “me siento solo” es una expresión genuina del sentimiento interior de soledad. Sin embargo, si digo “siento que no me quieres”, estoy intentando describir e interpretar los sentimientos del otro, acompañado de una acusación implícita.

Debemos expresar nuestros sentimientos asumiendo por completo la responsabilidad de nuestra experiencia. Esto ayuda a los demás a escuchar lo que es importante para nosotros sin sentirse criticados ni acusados, aumentando la probabilidad de que su respuesta sea empática y contribuya a satisfacer así las necesidades de ambas partes.

Necesidad
El tercer elemento de la comunicación no violenta es la necesidad, que está intrínsecamente unida al anterior. Cuando un sentimiento emerge a nuestra conciencia debemos entender que es solo un mensajero enviado por nuestra naturaleza humana para avisarnos de una necesidad que está o no cubierta. Por eso, lo que debemos hacer de inmediato es descubrir cuál es esa necesidad y asumir la responsabilidad de ella.

Una vez más, cuando tomamos conciencia de nuestros sentimientos, nuestra tendencia es no asumir la responsabilidad, acusando a los demás de hacernos sentir de esta o aquella manera. Las acciones de otros pueden haber detonado nuestros sentimientos, pero cometemos un grave error —en términos de CNV— si pensamos que ellos son los causantes de esos sentimientos. La única causa de lo que sentimos es la satisfacción o insatisfacción de nuestras propias necesidades.

Cuando logramos vincular nuestros sentimientos con nuestras necesidades claramente identificadas, damos un paso crucial en la comunicación no violenta: evitamos culpabilizar a los demás o a nosotros mismos. La expresión honesta de nuestras necesidades crea una oportunidad real para que nuestro interlocutor pueda sentir empatía y contribuir a su satisfacción.

Las necesidades son universales; todos los seres humanos compartimos las mismas, pues proceden de algo común a todos, más allá del tiempo y del lugar: la naturaleza humana permanece inmutable a lo largo de los siglos y entre las distintas culturas que habitan este planeta.

En el contexto de la comunicación no violenta, como gusta decir Rosenberg, las necesidades se refieren a lo que hay de más vivo en nosotros, a lo que es más central e importante, a nuestros deseos más profundos.

La comprensión, identificación y conexión con nuestras necesidades nos ayuda a mejorar la relación con nosotros mismos, a promover un mayor entendimiento con los demás y a multiplicar las probabilidades de que las acciones necesarias se lleven a cabo para que las necesidades de todos queden satisfechas.

La comunicación no violenta siempre nos conduce a lo que en inglés se llama una win-win situation, es decir, un resultado beneficioso para todas las partes implicadas: todos ganan, nadie pierde.

Petición
Los seres humanos no somos islas; tenemos una dimensión individual —somos únicos, irrepetibles, indivisibles, libres e independientes—, pero también una dimensión social por la que siempre formamos parte de una familia, de un grupo, de una institución, de un país. Como esta es nuestra naturaleza, el proceso de satisfacción de muchas —si no de todas— nuestras necesidades individuales implica, de un modo u otro, a los demás.

Siendo conscientes de nuestras necesidades, el paso siguiente es pensar en una estrategia o acción que pueda llevar a su satisfacción y asegurarnos de que las personas que podrían estar implicadas están dispuestas a participar en la estrategia que hemos delineado. Como todos los seres humanos, vivimos en un plano de igualdad con los demás y, antes de formular una petición, debemos asegurarnos también de que existe un clima de empatía. Lo afectivo es eficaz; lo no afectivo es ineficaz.

Lo que hacemos son peticiones o solicitudes, no exigencias, órdenes ni requerimientos. Entre ambos conjuntos hay una línea muy fina. Mucho depende de las palabras que elegimos al formular la petición, además del tono de voz utilizado, pues las palabras correctas expresadas con un tono inadecuado pueden sonar al otro como una orden o una exigencia. A menudo solo sabemos si hemos dado una orden o hecho una petición después de la respuesta del otro.

Debemos estar preparados para un “no”. Un “no” a una orden tiene consecuencias punitivas; un “no” a una petición no debería intimidarnos, desequilibrarnos ni desanimarnos, sino ser motivo de un mayor diálogo con la otra persona. Debemos ser capaces de reconocer que un “no” es, en realidad, la expresión de una necesidad que impide al otro decir “sí”.

Para aumentar la probabilidad de que nuestra petición sea aceptada, esta debe ser clara, concreta, realista y realizable, no genérica en lo que respecta al tiempo y a la acción a realizar. Por ejemplo, “me gustaría que siempre fueras puntual” no es viable y puede sonar a exigencia. En cambio: “¿estarías dispuesto a dedicar 15 minutos conmigo para hablar sobre lo que podría ayudarte a llegar a las 9:00 a nuestras reuniones?” es específico y realizable.

Si alguien acepta nuestra petición por miedo, culpa, vergüenza, obligación o deseo de recompensa, la calidad de la relación y la confianza entre las partes queda comprometida. Más tarde o más temprano, ambos pagarán esa aceptación violenta, pues en el fondo crea un acreedor y un deudor. En lenguaje no violento nadie se humilla, nadie se exalta, nadie pierde, nadie gana, nadie pide favores ni hace favores: todo se construye en reciprocidad y dignidad.

El proceso de la comunicación no violenta
Boca – La comunicación no violenta se desarrolla a través de lo que decimos y de cómo lo decimos. En este sentido, debemos expresar de forma honesta y precisa nuestras observaciones, nuestros sentimientos, nuestras necesidades y, basándonos en ellas, nuestras peticiones. La CNV me ayuda a descubrir e interpretar lo que está vivo en mí, lo que me sucede, para comunicarme mejor conmigo mismo en gratuidad, compasión y empatía.

Oído – La CNV no se desarrolla únicamente a través de lo que expreso con mi boca o mi lenguaje corporal, sino también mediante la forma en que escucho las observaciones, deduzco los sentimientos y necesidades del otro, así como sus peticiones. La CNV me ayuda a descubrir e interpretar lo que está vivo en el otro, lo que le sucede, para comunicarme mejor con él en gratuidad, compasión y empatía.

Por tanto, los cuatro elementos de la comunicación no violenta se utilizan tanto en nuestra expresión como en la escucha empática de la expresión de los demás. Expresar con honestidad observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones, y escuchar con empatía las observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones de los otros.

  • Observación – Los hechos o acciones concretas que estamos observando y que potencialmente afectan —o hacen referencia— a nuestro bienestar.
  • Sentimientos – Lo que sentimos en relación con lo que observamos y las emociones que ello despierta en nosotros.
  • Necesidades – La toma de conciencia de los valores, deseos y necesidades que son la verdadera causa de nuestros sentimientos, y no lo que observamos ni la persona observada.
  • Peticiones – Las acciones concretas que solicitamos al otro —o a los otros— con el fin de satisfacer nuestras necesidades y enriquecer la vida de ambas partes.

Articulación de los cuatro componentes
La Comunicación No Violenta (CNV) es un edificio con tres bases y cuatro pilares. Las tres bases son la compasión, la empatía y la gratuidad, que pueden resumirse en el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. En este sentido, podríamos decir que la CNV es una teoría general del amor al prójimo o, mejor aún, una manera de aplicarlo en nuestra vida cotidiana.

Otra metáfora para explicar cómo se integran en la CNV los cuatro pilares con la empatía y la gratuidad es la de un motor en funcionamiento. El combustible explosivo, aquello que lo hace andar, es la gratuidad o la dádiva del corazón. La observación, el sentimiento, la necesidad y la petición son como los cuatro pistones que se mueven sin cesar; para que lo hagan de manera eficaz, necesitan estar siempre lubricados con el aceite de la empatía y de la compasión.

En los motores de combustión interna —ya funcionen con gasóleo, gasolina o gas— el ciclo es de cuatro tiempos: admisión, compresión, explosión y escape. En el primer tiempo, el pistón desciende y permite la entrada de la mezcla de aire y combustible; en el segundo, el pistón asciende y comprime esa mezcla; en el tercero, la mezcla explota, empujando el pistón hacia abajo y generando movimiento; y en el cuarto, el pistón vuelve a subir, expulsando los gases residuales. El ciclo se reinicia continuamente.

Si trasladamos esta analogía al proceso de la CNV, la admisión de combustible corresponde a la observación: la recogida de información del exterior que provoca en nosotros una reacción. La compresión se asemeja a los sentimientos que esa observación suscita o estimula, y que, a su vez, nos empujan hacia abajo, en dirección a las necesidades que son la verdadera causa de esos sentimientos. La explosión, por su parte, corresponde al momento en que el sentimiento comprimido enciende la necesidad que le da origen.

En el motor mecánico, la explosión provoca el movimiento; en el “motor de la CNV”, lo que mueve es la fuerza de las necesidades o de los valores, que son la motivación fundamental del comportamiento, tanto humano como animal. Cuando el sentimiento conecta y enciende la necesidad, se produce la combustión que impulsa el cuarto momento: la salida hacia fuera, que en el motor es el escape y en CNV se traduce en la formulación de una petición.

El ser humano como motor de CNV

El ser humano está compuesto de cabeza, tronco y miembros. Si dejamos de lado los miembros —los brazos y manos para actuar, las piernas y pies para desplazarse— nos queda la esencia: cabeza y tronco. A la cabeza corresponden las funciones de observar y pedir; a la parte superior del tronco, los sentimientos; a la inferior, las necesidades. En la CNV el ser humano se resume en sentimientos y necesidades. Los sentimientos no son más que detectores o termómetros de las necesidades: indican si estas están o no satisfechas.

Para Marshall Rosenberg, lo que verdaderamente nos define no son los pensamientos —creencias, ideas, proyectos, opiniones—, sino los sentimientos y las necesidades. A esto se refiere su expresión repetida: “lo que en nosotros está vivo”, “lo que nos ocurre en este precioso momento”.

La observación, primer componente de la CNV, solo sirve para tomar conciencia de lo que ocurre en mí o en el otro a nivel intelectual. Solo después de conectarme empáticamente conmigo mismo y con el otro estoy en condiciones de formular una petición. La cabeza está para observar y pedir, no para juzgar ni definir ni a nosotros mismos ni a los demás. La fórmula básica de la CNV es sencilla:

“Cuando te veo…” / “Cuando te oigo decir…” (observación de una acción o afirmación),
“Me siento…” (expresión del sentimiento),
“Porque necesito…” (revelación de la necesidad),
“¿Te importaría…?” (formulación de la petición).

Ejemplo práctico
Después de cenar, la esposa dice a su marido:

— Querido, hoy durante todo el día me he sentido un poco sola y desamparada; el único pensamiento que me reconfortó fue recordar aquellas veladas que pasábamos en el sofá, abrazados, viendo una película. Necesito revivir una de esas noches y volver a sentir lo que sentía. ¿Quieres darme ese placer?
Él responde:

— Me encantaría, sí; también recuerdo esas veladas con cariño. Pero hoy es la final entre el Benfica y el Oporto, y ya prometí a mis amigos que iría a ver el partido con ellos. ¿Te importaría dejar la película para mañana?

Si la esposa no empleara la CNV, diría que su marido no la quiere, que da más importancia a un partido que a ella, etc. Pero al usar la CNV, no escucha un “no” a sus necesidades, sino un “sí” a las de su marido, hacia las cuales siente empatía. Porque lo ama y lo ama tanto como a sí misma, la satisfacción de las necesidades de su marido es tan importante como la de las suyas. En este caso, la satisfacción solo se aplaza un día. En cambio, si el marido cediera reprimiendo sus propias necesidades y actuara movido por la culpa u obligación, ambos terminarían pagando un alto precio.

Aquí vuelve a entrar en juego la filosofía del amor al prójimo como a uno mismo. En esta perspectiva, las necesidades del otro son tan propias como las mías, porque amar —como dice Santo Tomás de Aquino— es querer el bien del otro. Por otro lado, no se puede ser feliz solo ni a costa del otro, sino únicamente con el otro. En CNV no hay ganadores ni perdedores: o ganamos todos o perdemos todos.

A modo de Conclusión
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar ya no existía.” (Apocalipsis 21, 1)

Estos son los cuatro jinetes del nuevo orden internacional, de un cielo nuevo y de una tierra nueva: la verdadera Tierra Prometida, el Reino de la Justicia y de la Paz donde la violencia como medio de establecer paz se ha vuelto obsoleta, porque las necesidades de todos están satisfechas. 

En el libro del Apocalipsis, el “mar” representa el mal; por eso, en esa tierra de abundancia y felicidad, el mal ya no existe. Y como los instrumentos de guerra se han transformado en instrumentos de paz (Isaías 2, 4), el lobo pasta junto al cordero; ya no habrá mal ni destrucción (Isaías 65, 25).

Conclusión– Hambre, peste, guerra y muerte son los cuatro jinetes de la violencia que conducen al Apocalipsis. La observación, el sentimiento, la necesidad y la petición son los cuatro jinetes que harán obsoleta la violencia y guiarán al mundo hacia un futuro de armonía y paz entre todos los seres humanos.

P. Jorge Amaro, IMC


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