viernes, 15 de diciembre de 2017
Fátima: Teologia del Mensaje
El centro del mensaje de Fátima es el misterio de la Santísima Trinidad. Como aparece en una oración enseñada por el Ángel y otra por Nuestra Señora, podemos afirmar que las apariciones de Fátima comienzan y terminan con este misterio.
Sin embargo, Lucía le dijo al entonces cardenal Ratzinger que el objetivo “práctico” de todas las apariciones era hacer crecer al Pueblo de Dios en las virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad, que están presentes desde la primera oración enseñada por el Ángel: "Dios mío, creo, adoro, espero y os amo..."
En mi opinión, al contrario que algunos teólogos, Guadalupe, Lourdes y Fátima son teofanías y no meras mariofanías. Cuando los pastorcillos preguntaron de dónde era la Señora, ella respondió que era del Cielo. Por tanto, fue el Cielo quien se manifestó por medio de ella y el mensaje que vino a comunicar no era suyo, sino del Cielo, es decir, de Dios.
Las revelaciones de Dios tienen lugar en diferentes tiempos, lugares y por medio de distintas personas. La teofanía de Fátima es algo más compleja que otras, ya que se manifiesta en distintos momentos, lugares y personas. Así podemos distinguir tres ciclos diferentes en las apariciones de Fátima:
Ciclo angélico: apariciones del ángel en 1916
Excluimos las experiencias de Lucía y sus amigas en 1915 por ser difusas y poco concluyentes. Aun así, estas experiencias prepararon a Lucía para las apariciones del ángel al año siguiente, esta vez junto a sus primos. En línea con el papel de los ángeles en la Biblia, este ángel es un mensajero, como lo fue el Arcángel Gabriel al anunciar a María que sería madre del Verbo encarnado. El ángel anunció a los niños:
"Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras súplicas (...) Tienen sobre vosotros designios de misericordia". En Fátima, el ángel va más allá del simple papel de mensajero y prepara a los niños para las verdaderas apariciones: las de Nuestra Señora. Como Juan Bautista fue precursor del Mesías, el ángel prepara a los niños para el encuentro con lo sobrenatural.
Quizá por eso las apariciones del ángel fueron de distinta naturaleza: los niños afirmaban que los tres encuentros con el ángel fueron extenuantes; se sentían sin energías, casi fuera de sí. Por el contrario, los encuentros con la Virgen los dejaban radiantes, confortados y llenos de energía.
Un detalle que puede causar dudas: en las representaciones artísticas los ángeles siempre aparecen con alas. Sin embargo, el ángel de Fátima, según los pastorcillos, no tenía alas. Y tienen razón: en la Biblia los ángeles no tienen alas; quienes las tienen son los Querubines y Serafines que custodian el Arca de la Alianza.
Ciclo mariano: apariciones de Nuestra Señora en 1917
El centro del mensaje de Fátima son las apariciones marianas de mayo a octubre de 1917. Las del ángel fueron una preparación, y las posteriores una ayuda para su comprensión. En estas apariciones se revela un núcleo doctrinal amplio, completo, que hace de Fátima la más doctrinal, profética, social y política de todas las apariciones, ya que inspiró medidas concretas en el siglo XX.
Ciclo del Corazón de María: apariciones en Pontevedra (1925-1926) y Tuy (1929)
Años más tarde, cuando Lucía aún sufría la soledad tras la muerte de sus primos, la Virgen la favoreció con estas apariciones, como ya había hecho con Jacinta en su lecho de muerte. Cumplía así la promesa de nunca abandonarla y de darle fuerza y luz para interpretar la misión.
Estas visiones fueron para Lucía lo que la transfiguración fue para Jesús y los apóstoles: una confirmación en su camino, tanto en la interpretación del mensaje como en la vocación que le tocó vivir. Sirvieron también para esclarecer aspectos de la devoción de los cinco primeros sábados.
Dimensiones del mensaje de Fátima
Por su amplitud doctrinal, muchos teólogos consideran que Fátima es toda una "Suma Teológica". Abarca todos los temas esenciales de nuestra fe y ofrece pautas prácticas para vivirlos, tanto a nivel individual como litúrgico.
Dimensión sacrificial – El sacrificio eucarístico como ofrenda de uno mismo: "¿Queréis ofreceros...?" En la primera aparición mariana, los pastorcillos pidieron ir al Cielo, como Santiago y Juan pidieron sentarse junto a Jesús en su Reino. Pero antes, debían beber su mismo cáliz (Mc 10,35-45).
Cristo entregó su vida; el cristiano debe amar como Él, dando la vida por los demás (Jn 13,34-35).
Dimensión escatológica – Advertencia evangélica: "Si no os convertís, todos pereceréis" (Lc 13,3). Trata de las desgracias causadas por el pecado, de la conversión de los pecadores y de la visión del infierno, como llamada a evitarlo.
Dimensión misionera – La misión atraviesa todo el mensaje: oración, sacrificios, Rosario, consagración, primeros sábados... Todo es para la conversión de los pecadores, no para la santificación personal. Es una espiritualidad altruista.
A diferencia de muchos católicos preocupados sólo por su propia salvación, los pastorcillos ya tenían asegurado el Cielo y se entregaron para que otros también lo alcanzaran. Francisco se destacó por su apostolado de oración; Jacinta por su espíritu de sacrificio.
Dimensión mariana – Devoción al Inmaculado Corazón de María, el Rosario como contemplación de Cristo con María. La Virgen se presenta como "Señora del Rosario".
Dimensión eclesial – Oración solidaria de toda la Iglesia por la paz y la conversión del mundo.
Dimensión petrina – Fátima comienza con un llamamiento del Papa y siempre ha implicado al Papado. Incluso Juan Pablo II, su gran protagonista, al principio fue reticente.
Dimensión profética – Fátima movilizó a millones como un "ejército azul de María" frente al "ejército rojo de Rusia". Hoy el ateísmo militante persiste en otros grupos que influyen contra la Iglesia. Fátima sigue llamando a ser militantes del Evangelio, como miembros activos de la Iglesia.
Dimensión pedagógico-religiosa – Enseñanza de oraciones, devociones prácticas, reparación y consuelo al Corazón de Jesús y María.
Encarnar el mensaje de Fátima
Significa poner en práctica lo que María pidió y los pastorcillos cumplieron generosamente. Nos toca hacer lo mismo si amamos a María y queremos colaborar en la redención del mundo.
Dejar de ofender a Jesús – Fue lo primero que hicieron los pastorcillos: ganaron conciencia de sus actos, reconociendo incluso los pecados más pequeños.
Rezar el Rosario a diario – Con María contemplamos los misterios de la Redención. Nadie mejor que ella para introducirnos en la vida y enseñanza de su Hijo.
Ofrecer sacrificios – Es vivir la Eucaristía en la vida. Al final de la Misa latina, el sacerdote dice: "Ite missa est". Significa que la Misa termina, pero comienza la Misión. Vivimos la Eucaristía para ser Eucaristía: ofrecer nuestra vida por los demás, como Jesús.
Devoción al Inmaculado Corazón de María – La oración actúa como espejo que purifica nuestra imagen de Dios y de nosotros mismos. Esta devoción purifica el corazón, haciéndolo semejante al de María. ¡Dichosos los limpios de corazón!
Práctica de los cinco primeros sábados – Como ejercicios espirituales, sirven para reavivar una fe adormecida.
Uso del escapulario – Aunque ha perdido popularidad, su valor sigue vigente. No es un talismán, sino un recordatorio constante de que estamos llamados a revestirnos de Cristo (Ef 4,22-24).
Conclusión
"Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que este poder extraordinario proviene de Dios y no de nosotros" (2 Corintios 4,7).
Al final de esta larga reflexión sobre el acontecimiento de Fátima, su significado y mensaje, me doy cuenta de la riqueza, profundidad doctrinal, profética, social y política que encierra. Cuesta creer que se haya confiado a tres niños incultos, y que, a pesar de todo, hayan sabido vivirla, anunciarla y custodiarla, a pesar de la incredulidad de sus familias, de la Iglesia y de los poderes políticos.
Quiero terminar esta reflexión como la comencé: El misterio escondido a los sabios y entendidos fue revelado a los sencillos, y aceptado por los verdaderamente sabios, los que tienen la mente abierta y reconocen que solo saben que nada saben (Mt 11,25).
P. Jorge Amaro, IMC
viernes, 1 de diciembre de 2017
Fátima: "Rezad el rosário todos los días"
En Portugal se llama "terço" a lo que en otros países se conoce como "rosario". Lo que realmente rezábamos era un tercio del Rosario completo, que consta de tres partes, sumando un total de 150 Avemarías. Curiosamente, también son 150 los salmos del libro homónimo del Antiguo Testamento, perteneciente a la literatura sapiencial.
De ahí que se solía decir que el Rosario completo era el breviario del pueblo o de los laicos que, a diferencia de los clérigos y religiosos, no podían rezar la salmodia.
El Rosario completo constaba, por tanto, de tres partes o tercios, en los que se meditaban sucesivamente los Misterios Gozosos —referentes al nacimiento e infancia de Jesús—, los Misterios Dolorosos —que abarcan su Pasión y Muerte— y los Misterios Gloriosos —que contemplan su Resurrección y Ascensión al Cielo.
Durante siglos, la Iglesia no reparó en que el Rosario quedaba incompleto si solo incluía la Encarnación, la Pasión y la Resurrección. Faltaba un aspecto esencial: la vida pública de Jesús, en la que, a través de su predicación, sus gestos y su estilo de vida, nos presenta al hombre nuevo, el camino, la verdad y la vida para toda la humanidad.
Fue el Papa san Juan Pablo II quien, en 2002, mediante la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, incorporó los Misterios Luminosos al Rosario, rompiendo así con la antigua estructura de tres tercios. Desde entonces, el Rosario completo comprende cuatro series de misterios, con 200 Avemarías en total.
De acuerdo con esta nueva realidad, lo que antes llamábamos “Terço” deberíamos llamar ahora “Cuarto”, pues son ya cuatro los bloques de misterios. Sin embargo, dado que no vamos a rebautizarlo, lo más sensato sería abandonar esa palabra y utilizar, como en el resto del mundo cristiano, el término “Rosario”.
Composición del Rosario
Se llama “Rosario” porque las 150 (hoy 200) Avemarías, agrupadas en decenas y entrelazadas con el Padrenuestro, el Gloria y la meditación de los misterios de la vida de Jesús y nuestra redención, forman una “corona de rosas” ofrecida a María, Madre del Señor y Madre nuestra.
Los veinte misterios del Rosario se reparten en cuatro grupos de cinco:
Misterios Gozosos: contemplamos el inicio de la redención, desde la Anunciación a María y la Encarnación del Hijo de Dios, hasta la adolescencia de Jesús.
Misterios Luminosos: meditamos los momentos más significativos de la vida pública de Jesús, desde su bautismo en el Jordán hasta la institución de la Eucaristía como memorial de su pasión. Es en esta etapa donde Jesús se revela como Luz del Mundo (Jn 8, 12).
Misterios Dolorosos: contemplamos la Pasión y Muerte de Jesús, desde su agonía en Getsemaní hasta su último suspiro en la cruz. Jesús murió “por nuestros pecados”, lo que significa que pagó una deuda que nosotros no podíamos saldar. Pero también implica que los pecados que llevaron a su muerte siguen cometiéndose hoy, y por tanto, su muerte es consecuencia del pecado de toda la humanidad.
Misterios Gloriosos: celebramos el triunfo de Jesús sobre la muerte con su Resurrección. Desde entonces, la muerte ya no es el destino final del ser humano, sino un tránsito hacia la vida eterna. La historia de Jesús, que comenzó con el “sí” de María, concluye con la glorificación de quien es modelo de vida cristiana para todos nosotros.
El Padrenuestro - El Padrenuestro, que introduce cada misterio, es mucho más que una simple oración enseñada por Jesús. Resume lo esencial del Evangelio; podríamos decir que es un verdadero “evangelio de bolsillo”.
Compuesto por varias peticiones sin conexión aparente entre ellas, puede entenderse como una lista —como las que hacemos para no olvidar nada—, que organiza el modo en que nos dirigimos a Dios, lo alabamos y presentamos nuestras súplicas. Más que una oración en sí, es un auténtico manual práctico de oración y de vida.
El Avemaría
El Avemaría - se divide en dos partes. La primera es bíblica y recoge las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel; la segunda surge de la fe viva de la Iglesia, aunque no se sabe con certeza cuándo ni dónde comenzó a utilizarse. Por eso, el Avemaría representa la unión perfecta entre la Palabra de Dios (la Escritura) y la tradición viva de la Iglesia.
La primera parte, de carácter ascendente, nos eleva hasta Jesús en cinco peldaños. La segunda, descendente, nos lleva desde Él hasta nuestra realidad humana, hasta el momento de la muerte.
Esta oración no puede ser comprendida por quienes defienden los principios de sola fide, sola scriptura, solus Christus, porque en ella confluyen armoniosamente la Escritura y la Tradición, unidas por Jesús, Alfa y Omega, centro de la historia.
El Gloria al Padre - Es la invocación al Dios Uno y Trino: un solo Dios en tres personas unidas en un triángulo de amor. Resuelve así el dilema de la filosofía griega entre la unidad y la multiplicidad. Esta oración nos recuerda también que, creados a imagen y semejanza de Dios, los seres humanos no existen ni subsisten fuera de la comunión, fuera de la familia.
Origen e historia del Rosario
Las cuentas del Rosario, como instrumento de oración, tienen su origen en la India, en el siglo III a.C. En el cristianismo, los Padres del Desierto del siglo III y IV comenzaron a usar instrumentos similares para contar las oraciones, especialmente el Padrenuestro.
En la Antigüedad, griegos y romanos coronaban con rosas las estatuas de sus dioses como signo de amor y veneración. Inspiradas quizá por esa tradición, algunas mujeres cristianas que eran llevadas al martirio lucían coronas de rosas, símbolo de alegría y entrega. Tras su muerte, los cristianos recogían esas coronas y rezaban una oración por cada rosa, en memoria de los mártires.
Lucía y Jacinta, las videntes de Fátima, gustaban de adornarse con flores en el cabello. En el día de las apariciones, vestían sus mejores ropas, como si fueran a misa, y las niñas solían colocarse flores, especialmente Jacinta, que fue fotografiada con una corona de rosas durante las apariciones.
El Rosario como oración estructurada surge en torno al año 800, en el ámbito monástico, como el “salterio de los laicos”. No obstante, fue en 1214 cuando la tradición afirma que la Virgen María lo entregó a santo Domingo de Guzmán como arma espiritual contra los enemigos de la fe.
El Rosario adquirió enorme fuerza tras la victoria cristiana en la batalla de Lepanto (1571) contra los turcos. El Papa san Pío V pidió que se rezara el Rosario para sostener la flota cristiana. Tras la victoria, instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, el 7 de octubre, luego rebautizada como Nuestra Señora del Rosario.
Las apariciones marianas, en especial la de Fátima, donde María pidió rezar el Rosario todos los días, hicieron de esta oración una seña de identidad de los católicos, frente a ortodoxos y protestantes.
Cómo se reza el Rosario
Cada día de la semana se dedica a una serie de misterios: los Gozosos se rezan los lunes y sábados; los Dolorosos, los martes y viernes; los Gloriosos, los miércoles y domingos; y los Luminosos, los jueves.
Hay distintas formas de rezar el Rosario. La más habitual comienza con la señal de la cruz, seguida del Credo, un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria. Luego se enuncia el primer misterio, a veces acompañado de una breve meditación, y se reza una decena: un Padrenuestro seguido de diez Avemarías y un Gloria. Después de cada decena, se añaden jaculatorias diversas según el lugar o costumbre, y siempre la oración que la Virgen enseñó en Fátima:
«Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu misericordia.»
Al finalizar las cinco decenas, se rezan tres Avemarías por las intenciones del Santo Padre, como signo de comunión con toda la Iglesia, y se concluye con la Salve Regina, precedida o no por la Letanía Lauretana, según el tiempo disponible.
La importancia del Rosario
El Rosario es una oración mariana y, al mismo tiempo, plenamente cristocéntrica. Invocamos a María como Madre de Dios y madre nuestra, y le pedimos que nos acompañe en nuestra oración al Padre (Padrenuestro) y a la Trinidad (Gloria), mientras contemplamos los misterios de la vida de su Hijo, en los cuales ella participa activamente.
En Fátima, como en otras apariciones, María no llama la atención sobre sí misma, sino que remite siempre a su Hijo. Su alegría no reside en que la alabemos a ella, sino en que alabemos a Jesús. Como dice el refrán: “Quien besa al hijo, endulza la boca de la madre.”
No se puede amar al Hijo sin amar también a la Madre. Todo amor dirigido a Jesús alcanza inevitablemente a María. Así lo entendió aquella mujer del Evangelio que exclamó: «¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!» (Lc 11, 27).
El Rosario no es una oración de acción de gracias, ni de súplica, ni siquiera de lamento, como algunos salmos. Es, ante todo, una oración de meditación y contemplación. Por eso se dice: “En este misterio contemplamos…”
Se cuenta que alguien confesó al Papa Juan XXIII que se distraía al rezar el Rosario, repitiendo las Avemarías casi mecánicamente. El Papa respondió: “¿Y para qué sirve el Rosario, si no es para distraernos…?”
Al ser una oración contemplativa, la repetición de las Avemarías cumple una función similar a los mantras en el budismo: ocupan la mente para evitar su dispersión, favoreciendo así la contemplación de los misterios divinos.
El Rosario y Fátima
En todas las apariciones de Fátima en 1917, así como en las posteriores a sor Lucía en Tuy y Pontevedra, la Virgen insistió en que se rezase el Rosario todos los días. ¿Por qué el Rosario? Porque es una oración accesible a todos, pequeños y grandes, sabios e ignorantes.
En aquella época, especialmente en las zonas rurales de Portugal, el Rosario era parte de la vida familiar: tras la cena, junto al fuego, el padre o la madre dirigían la oración, y nadie se iba a la cama sin haberlo terminado. “La familia que reza unida, permanece unida.” La televisión, como un caballo de Troya, trastornó esa armonía doméstica, y el Rosario fue reemplazado por las telenovelas. Quizás por ello, Portugal tiene una de las tasas de divorcio más altas del mundo: un 70%.
Los pastorcitos ya rezaban el Rosario, aunque con rapidez, repitiendo solo el principio de las Avemarías. Tras las apariciones, comenzaron a rezarlo como la Virgen deseaba. En especial Francisco, a quien María dijo que tenía que rezar muchos Rosarios para ir al Cielo.
Francisco hizo del Rosario su seña de identidad: llegaba a rezar hasta diez Rosarios al día. Incluso tras su exhumación, su padre lo reconoció porque, entre los restos, aún estaba intacto el Rosario que solía llevar.
Conclusión - El Rosario es una poderosa oración de contemplación. Las Avemarías repetitivas actúan como mantras, liberando la mente de distracciones y permitiendo fijar la atención en los misterios de Cristo. Meditemos o no, estemos distraídos o centrados, quien ama verdaderamente el Rosario y no pasa un día sin rezarlo es, ipso facto, una persona de oración.
P. Jorge Amaro, IMC
miércoles, 15 de noviembre de 2017
Fátima: La oración como Misión
La penitencia y la oración constituyen el núcleo de la espiritualidad y del mensaje de Fátima. El objetivo principal de la penitencia y de la oración que María pide a los pastorcitos no es el perfeccionamiento personal. Nuestra Señora no exhorta a los tres niños a hacer sacrificios y a rezar para alcanzar su propia santidad.
Por eso, la espiritualidad de Fátima no es egocéntrica, es decir, no consiste en un conjunto de prácticas espirituales cuyo fin sea el beneficio o la perfección del que las realiza. No es, por tanto, comparable a la ascética de los monjes, cuya finalidad es la santificación personal, la experiencia mística o la visión beatífica.
Muy al contrario, tanto la penitencia como la oración que María pide a los pastorcitos tienen un fin muy concreto y específico: la conversión de los “pobres pecadores” y la reparación de los Corazones heridos de Jesús y de María. Es, por tanto, una espiritualidad altruista.
Es cierto que, mediante estas prácticas, los pastorcitos se santificaron; pero no las llevaron a cabo para santificarse, sino para contribuir al bien espiritual de los demás. No se ofrecieron para salvarse a sí mismos, sino para salvar a otros. En este sentido, tanto su oración como su penitencia eran una participación activa en la misión universal de la salvación.
Incluso cuando decidieron no volver a pecar, la razón principal de esa resolución no fue llegar a ser santos, sino no ofender más a Nuestro Señor. También en esto, el objetivo es altruista: no pecaban por amor a Dios. Nunca hicieron nada con la intención directa de alcanzar la santidad.
La oración de intercesión
“Abrahán se acercó y dijo: ‘¿Vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya cincuenta justos en la ciudad; ¿los vas a destruir también? ¿No perdonarás a la ciudad por esos cincuenta justos?’ (…) ‘Si encuentro en Sodoma cincuenta justos, perdonaré a toda la ciudad por ellos’”. Génesis 18, 23-33
“Mientras Moisés mantenía las manos en alto, vencía Israel; pero cuando las bajaba, vencía Amalec”.
Éxodo 17, 11
Los dos grandes patriarcas de nuestra fe, Abrahán y Moisés, experimentaron el valor y la eficacia de la oración de intercesión a Dios en favor del pueblo. Más tarde, esta misión de interceder por el bien del pueblo recaerá en los sacerdotes, descendientes de Aarón.
Durante la Edad Media, la sociedad cristiana estaba estructurada en estamentos, y cada uno tenía una función específica: los nobles defendían al clero y al pueblo, el clero intercedía ante Dios por todos, y el pueblo sostenía materialmente a los otros dos.
Hoy, sin embargo, la oración ya no es tarea exclusiva de una clase o grupo. Todos estamos llamados a rezar. La oración no es sólo un medio para expresar nuestro amor a Dios. De hecho, la oración expresa tanto el amor a Dios como el amor al prójimo, cuando rezamos por él. La oración puede ser nuestra respuesta a la pregunta de Dios: ¿Dónde está tu hermano? (cf. Génesis 4,9). A diferencia de Caín, debemos sentirnos guardianes de nuestro hermano, preocuparnos por él, desear su bien, actuar en su favor no sólo con obras, sino también en la oración, intercediendo por él ante Aquel que puede hacer mucho más que nosotros, especialmente donde nuestras fuerzas no alcanzan.
El Padrenuestro y el Avemaría, como la mayoría de las oraciones cristianas, nunca excluyen a los demás. Aunque las recemos en la intimidad de nuestra habitación y en lo más profundo de nuestro corazón, los otros están siempre presentes. Nos dirigimos a Dios en plural, como comunidad, y lo que pedimos nunca es sólo para nosotros, sino también para toda la Iglesia.
El capítulo 17 del Evangelio según San Juan nos presenta la llamada oración sacerdotal de Jesús: la más extensa de toda la Biblia. En la segunda y tercera parte de esta oración, Jesús pide por sus discípulos y por todos los creyentes. Un punto central de esta plegaria es la unidad de todos, base esencial de la oración de intercesión, pues todos somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
La comunión de los santos es una de las creencias más queridas del catolicismo. Consiste en la solidaridad que se establece entre todos los bautizados, estén aún en este mundo o ya en la eternidad, sea en el purgatorio o en la gloria de Dios. Es con base en esta comunión que el pueblo cristiano —y en especial el portugués— muestra una particular devoción al ofrecer oraciones y Misas por las almas más olvidadas del purgatorio: aquellas por las que nadie reza.
La providencia de la oración
Un día, había decidido no ir a cortarme el pelo. Sin embargo, comencé a oír insistentemente una voz interior que me impulsaba a ir. Me resistí, pero la voz se hizo cada vez más persistente, hasta volverse una obsesión. Finalmente accedí y fui. Al entrar, el barbero me sorprendió diciendo:
“¡Estaba ahora mismo rezando para que viniera hoy!”
“La oración es el complemento más eficaz después de la medicina tradicional, superando la acupuntura, las hierbas, las vitaminas y otros remedios alternativos.” — The Washington Post, 24 de marzo de 2006
Es difícil medir con precisión la eficacia de la oración. En las apariciones de Fátima, son muchas las intenciones que Lucía presenta a la Virgen, y Ella responde que algunas son atendidas y otras no. Pero ante esta realidad, sólo hay una certeza: es más probable que nuestras peticiones sean escuchadas si las formulamos que si no lo hacemos.
Sin embargo, tanto si se cumplen como si no, se cumple siempre la voluntad de Dios —una voluntad que hemos de aceptar incondicionalmente, porque Dios, como Padre, sabe mejor que nosotros lo que verdaderamente necesitamos. “Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen” — Mateo 5, 44
Incluso el enemigo deja de serlo cuando tenemos el valor de rezar por él, como el Evangelio nos manda. Es algo misterioso que todos podemos experimentar: en el momento en que conseguimos rezar por quien nos hace daño, desaparece el odio de nuestro corazón.
Francisco y Jacinta, reparadores de la humanidad
En el verano de 1916, mientras los tres niños jugaban en el huerto junto al Pozo del Arneiro, se les aparece el Ángel y les dice: "¿Qué hacéis? ¡Orad! ¡Orad mucho! Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros planes de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios."
Con el paso del tiempo, la Hermana Lucía interpreta estas palabras no como una reprimenda por estar jugando, sino como un llamado a algo supremamente importante: la oración. Este llamado sigue resonando en nuestros corazones, pues como cristianos a menudo nos perdemos en mil ocupaciones, como Marta en el Evangelio, y no elegimos lo más importante: detenernos, sentarnos a los pies de Jesús como María, y dirigirnos a Él, que es todo en todos.
Los pastorcitos respondieron fielmente al llamado del Ángel, y un año después también a las exhortaciones de la Virgen, rezando y ofreciendo sacrificios por la conversión de los pecadores. Asumieron esa tarea como una verdadera misión, encarnándola según sus características personales:
Jacinta, emotiva y sensible, sin descuidar la oración —especialmente la eucarística, al "Jesús escondido"— se inclinaba más por los sacrificios, movida por una profunda compasión por los pecadores. Quería salvar a cuantos pudiera.
Francisco, de naturaleza más contemplativa, sin dejar de ofrecer sacrificios como su hermana, se dedicaba más intensamente a la oración. Le conmovía la tristeza de Jesús y pasaba horas a solas con Él para consolarle.
Oración y sacrificio forman un binomio inseparable, como la teoría y la práctica. Rezar sin sacrificarse equivale al personaje del Evangelio que dice “Señor, Señor” pero no pone en práctica la Palabra (cf. Mateo 7, 21).
Por otro lado, el sacrificio sin oración no sería cristiano. Por eso, la Virgen enseñó a los niños una oración que debía acompañar cada sacrificio:
“Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.”
Usando una analogía: el sacrificio es el contenido de una carta, la oración es el sobre con la dirección escrita. Es ella quien dirige nuestra ofrenda a Dios, en intercesión por los pecadores.
Francisco, el consolador del Señor
Un día Lucía le preguntó:
– Francisco, ¿por qué no me pides que rece contigo y con Jacinta?
– Me gusta más rezar solo, para pensar y consolar a Nuestro Señor, que está tan triste.
Otro día, le preguntó:
– Francisco, ¿qué prefieres: consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores, para que no vayan al infierno?
– Preferiría consolar a Nuestro Señor. ¿No viste cómo Nuestra Señora se puso tan triste, incluso en la última aparición, cuando dijo que no se ofendiera más a Dios? ¡Está ya muy ofendido! Yo quiero consolarle, y luego convertir a los pecadores para que no le ofendan más.
Francisco reconoce la trascendencia de Dios y se alegra con Su presencia. Confiesa: “Lo que más me gustó fue ver a Nuestro Señor, en aquella luz que Nuestra Señora nos puso en el pecho. ¡Me gusta tanto Dios!” Siente que arde en esa luz que es Dios, y exclama: “¡Cómo es Dios! ¡No se puede explicar!”
Es esta unión con Dios la que le hace comprender el dolor que causan las ofensas humanas. Y brota de su alma esta respuesta enternecedora: “¡Si yo pudiera consolarle!” (cf. Conferencia Episcopal Portuguesa, 2017)
Es quizá la parte más contemplativa del mensaje de Fátima. Francisco era verdaderamente un contemplativo. Se apartaba de los otros niños y pasaba las mañanas enteras ante el Santísimo en la iglesia de Fátima, mientras Jacinta y Lucía iban a la escuela. No lo hacía para sentirse bien en la presencia de Dios, sino para consolar al Jesús entristecido por los pecados del mundo.
Devoción al Inmaculado Corazón de María
“A Jacinta y a Francisco me los llevo en breve. Pero tú te quedas un poco más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Él quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.” [A quienes la abracen, prometo la salvación; y serán amadas de Dios estas almas, como flores puestas por Mí para adornar su trono.]
El mundo moderno, frío y tecnológico, es poco dado a los símbolos. Pero para comprender mejor lo que significan el Corazón de Jesús y el Corazón de María, nos puede ayudar adentrarnos en el mundo de la poesía. Todos conocemos la expresión “hablar con el corazón en la mano”, que denota angustia, aflicción, desvelo… Así se presentan el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María: afligidos por el estado del mundo.
En sentido bíblico —y también en Fátima— el “corazón” no es sólo el órgano que impulsa la sangre, sino símbolo del centro íntimo del ser humano, donde se funden los pensamientos, afectos y decisiones.
El Sagrado Corazón de Jesús, representado con el corazón en el pecho o en la mano, manifiesta gráficamente cuánto nos amó y sufrió por nosotros, hasta dar su vida. Esta devoción inspiró a la Iglesia desde las apariciones a Santa Margarita María en 1675. Y no está exenta de sentido bíblico, si recordamos que un soldado atravesó el costado de Cristo y nos mostró su corazón.
El Inmaculado Corazón de María, representado igualmente con el corazón visible, expresa el amor, la entrega y el dolor vivido por su Hijo, desde la Anunciación hasta la Cruz. En el Calvario, Jesús nos la entrega como Madre, iniciando así su pasión espiritual por nosotros.
La Virgen comunica a los niños que su Hijo desea establecer en el mundo esta devoción. Por eso Lucía permanece en vida más tiempo: para hacerla conocer y amar.
Esta imagen también tiene fundamento bíblico: el anciano Simeón profetiza a María que una espada le atravesará el alma (cf. Lucas 2,35).
“Amor con amor se paga”. La devoción al Corazón de Jesús y al Corazón de María no se justifica porque Dios la necesite, sino porque nosotros la necesitamos. Sólo cuando nos abrimos a su amor, ese amor da fruto en nosotros. Y no es posible abrirse al amor de Dios sin corresponderle. Por eso, el proverbio cobra sentido: “Dios necesita nuestro amor para poder amarnos”. “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14,23)
El Inmaculado Corazón de María es medianero de todas las gracias. Fue en ese Corazón, inmaculado desde la concepción, que Dios encontró el “sí” para realizar la encarnación de su Hijo. Si es medianera de la gracia primera —Cristo—, también lo es de todas las demás. Por eso Jacinta, ferviente devota del Inmaculado Corazón, exhorta a su prima Lucía:
“Tú te quedas para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando llegue el momento, no te escondas. Díselo a todos: que Dios nos concede las gracias por medio del Corazón Inmaculado de María; que se las pidan a Ella; que el Corazón de Jesús quiere que, a su lado, se venere el Corazón Inmaculado de María; que pidan la paz a este Corazón, porque Dios se la ha confiado. ¡Si yo pudiera meter en el corazón de todo el fuego que tengo dentro, que me abrasa y me hace amar tanto al Corazón de Jesús y de María…!”
Conclusión - “La oración es el complemento más eficaz después de la medicina tradicional, superando la acupuntura, las hierbas, las vitaminas y otros remedios alternativos.” — The Washington Post, 24 de marzo de 2006
P. Jorge Amaro, IMC
miércoles, 1 de noviembre de 2017
Fátima: El sacrificio personal como Misión
—¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?
—¡Sí, queremos!
—Pues vais a tener mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo.
El tema central del mensaje de Fátima
En la primera aparición, justo después de presentarse y de pedir a los pastorcitos que volvieran allí durante seis meses consecutivos, Nuestra Señora les preguntó si querían ofrecerse a sí mismos por la salvación de los pecadores.
Fátima se hace eco de la forma en que la comunidad cristiana interpretó la muerte de Jesús, quien se ofreció como cordero sin mancha para expiar los pecados de la humanidad. Jesús no dio su vida por nosotros solo en el acto de su muerte: toda su vida fue vivida para los demás. Vino para servir y no para ser servido (Marcos 10, 45). A lo largo de su vida, luchó contra el pecado y el mal en todas sus formas. Al final, fue ese mismo pecado el que lo mató. Murió no solo por nuestros pecados, sino también a causa de ellos.
Jesús combatió el pecado del mismo modo que nuestro cuerpo combate una enfermedad. Cuando una bacteria o un virus invade nuestro organismo, un glóbulo blanco llamado neutrófilo persigue al invasor una vez que ha sido identificado por los anticuerpos, y mediante un proceso llamado fagocitosis, lo captura, lo devora y muere. Jesús también asumió el pecado de la humanidad, muriendo en ese mismo proceso, salvando así a la humanidad de la muerte eterna.
Lo que María pide a los pastorcitos es solidaridad y participación en la pasión de Cristo, en su único acto reparador por los pecados de la humanidad. Al participar en el misterio de la redención de Cristo a través del sacrificio voluntario, dejamos de ser sujetos pasivos para convertirnos en agentes activos, tanto de nuestra propia salvación como de la salvación de los demás.
Este tema central del mensaje de Fátima es también el más difícil de comprender en nuestros días. Pero así como María en Lourdes vino a reafirmar el dogma de la Inmaculada Concepción, en Fátima viene a reafirmar la teología —considerada por muchos como obsoleta o retrógrada— de la expiación y la reparación. Pero ¿cómo puede una persona reparar sus propios pecados y los de los demás?
Jesús murió para expiar los pecados de la humanidad
“El salario del pecado es la muerte” (Romanos 6, 23): este es el orden de las cosas. No existen actos inocuos o neutros; lo que no promueve la vida, conduce inevitablemente a la muerte. El bien promueve la vida, el mal lleva a la muerte como consecuencia lógica. Esta es una verdad irrefutable. Lo comprobamos en cada mala acción que cometemos; como dice el proverbio: “el mal queda con quien lo practica”. El castigo acompaña a la mala acción como el archivo adjunto acompaña al correo electrónico.
No hay obra mala que no sea seguida por un castigo, que no procede de Dios directamente, sino de ese mismo orden natural como consecuencia lógica de la acción. Dios siempre perdona, el hombre a veces, la naturaleza ni perdona ni olvida. El mal que hacemos contra nuestra naturaleza humana o contra la naturaleza del planeta, se paga y con creces.
Si Jesús de Nazaret hubiera sido solo un profeta, su muerte habría sido vista como la de un justo. Pero como Jesús, además de verdadero hombre, es verdadero Dios, su muerte no puede entenderse como un mero acontecimiento personal, sino como un acto con repercusiones universales sobre la humanidad creada por Él y representada en Él. Como Jesús resucitó, su muerte sirvió para matar a la muerte: aquella muerte eterna que era el destino inevitable del hombre pecador.
Jesús murió por nuestros pecados, en el sentido de que fueron nuestros pecados los que lo mataron. Pero, al no permanecer muerto y resucitar, nuestros pecados murieron consigo. Su muerte fue, por tanto, el fin de la muerte como castigo por el pecado.
Dios no puede contradecir el orden de las cosas que Él mismo creó. Como hemos visto, ese orden incluye que al pecado le siga el castigo, y el castigo es la muerte. Sin intervención divina, seríamos como un tren sin frenos que corre hacia su destrucción inevitable.
Juan 15, 3: “Sin mí no podéis hacer nada”. Si por nuestras propias fuerzas pudiéramos salvarnos, no habría sido necesaria la venida de Cristo al mundo. El pecado nos dejó en el fondo de un pozo sin salida, en arenas movedizas donde cuanto más nos movemos más nos hundimos; en un agujero abierto en el hielo quebradizo de un lago que se rompe bajo nuestro peso. Del mal y del pecado no podemos salir por nosotros mismos.
Juan 1,29: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” Juan Bautista, aunque hijo de sacerdote, actúa fuera del sistema sacrificial del Templo y ofrece el perdón por medio del bautismo de conversión, señalando a Jesús como el verdadero Cordero de Dios que sustituye los sacrificios de animales. Solo quien no tiene pecado puede pagar por los pecados de los demás.
El sacrificio de Cristo es perfecto porque Él es al mismo tiempo sacerdote, víctima, altar y templo donde se ofrece. Si algo es perfecto, no puede ser mejorado; por eso el sacrificio de Cristo, y solo el de Cristo, es suficiente para pagar por todos los pecados de la humanidad, pasados, presentes y futuros.
En el sacrificio de Cristo se satisface la justicia de Dios, pues alguien pagó el precio del pecado, que es la muerte. Pero también se manifiesta la gracia y el amor divino, pues no fuimos nosotros quienes pagamos, sino su propio Hijo.
Asociarse al sacrificio de Cristo
Una solidaridad misteriosa: Así como somos solidarios en el mal, también lo somos en el bien. La idea de que todos pertenecemos al Cuerpo Místico de Cristo no es solo una noción piadosa, sino también una realidad científica: la humanidad desciende de un mismo tronco común; existen lazos que nos unen a todos desde el origen.
“Un pequeño paso para un hombre, un salto gigantesco para la humanidad”, dijo Neil Armstrong al pisar la Luna. No fue una hazaña individual ni en su ejecución ni en su significado; fue, en realidad, un logro colectivo de toda la humanidad.
Inconsciente espiritual colectivo: Freud descubrió una instancia en nuestro interior, el inconsciente, formado por lo vivido, reprimido y olvidado en la infancia, que influye en nuestra conducta sin que lo sepamos. Jung, su discípulo, fue más allá y habló del inconsciente colectivo: una memoria compartida por toda la humanidad.
Cada uno de nuestros actos forma parte de esta “base de datos colectiva”, por lo que todo ser humano nace capacitado para los actos más nobles o más despreciables sin necesidad de aprendizaje previo. Lo individual influye en lo colectivo y viceversa.
Efecto mariposa: Pequeñas causas pueden tener consecuencias inmensas. El aleteo de una mariposa en un lugar puede desatar un huracán en otro. Así también nuestras acciones, aunque pequeñas, pueden tener efectos insospechados sobre los demás.
En la vida humana no existen actos neutros: todos tienen repercusiones, buenas o malas, según su naturaleza.
Mateo 16,24: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.” Todo sacrificio supone inmolar el ego. Todo acto de altruismo es una negación de uno mismo. Después del sacrificio de Cristo, los sacrificios que agradan a Dios no consisten en ofrecer cosas, como en la Antigua Ley, sino en ofrecernos a nosotros mismos.
Tertuliano (197 d.C.): “La sangre de los mártires es semilla de cristianos.” El martirio configura al cristiano con Cristo de forma absoluta, siendo camino directo al Reino de Dios. No solo gana el mártir individualmente, también gana la Iglesia, pues su testimonio actualiza la pasión de Cristo en la historia.
Colosenses 1,24: “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, por su Cuerpo, que es la Iglesia.”
Este versículo ha sido citado como base bíblica de la práctica pedida por Nuestra Señora en la primera aparición: ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores. Es importante aclarar que nuestros sacrificios no añaden valor redentor al de Cristo. El sacrificio de Cristo es perfecto y no necesita ser perfeccionado.
Pero nuestros sufrimientos personales, si los unimos a los de Cristo, adquieren sentido y valor. No se desperdician: se convierten en sufrimientos redentores.
El infierno se evita con el purgatorio
El Ángel, señalando la tierra con la mano derecha, dijo con voz fuerte: “¡Penitencia, penitencia, penitencia!”
Estas son las palabras del ángel con la espada de fuego. Nuestra Señora mostró a los pastorcitos el infierno como una posibilidad real en la otra vida, y el infierno en que se había convertido el mundo del siglo XX. Para evitar uno y otro, la alternativa es la penitencia. El infierno se evita con el purgatorio, tanto en esta vida como en la otra.
Cristo expió nuestros pecados, por lo que no necesitamos volver a expiarlos. Dios perdona y olvida. Entonces, ¿por qué el purgatorio? Porque somos nosotros los que no perdonamos ni olvidamos, ni a los demás ni a nosotros mismos. El purgatorio es una exigencia de nuestra propia naturaleza.
Zaqueo, al convertirse, dijo: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres y, si he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más” (Lucas 19,8). Jesús ya lo había perdonado, no le exigió nada. Lo que Zaqueo ofreció fue fruto de su conversión, no condición para su perdón.
Marcos 1,15: “Convertíos y creed en el Evangelio.” La penitencia y el sacrificio forman parte del proceso de conversión. Cuanto más puros salgamos de esta vida, menos purgatorio necesitaremos en la otra. El purgatorio puede comenzar aquí y ahora. En cualquier caso, sigue siendo cierto: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.”
Sor Lucía explicó años más tarde que el fuego purificador del purgatorio no es físico, sino el fuego del amor divino que Dios comunica a las almas. Un acto perfecto de amor, como el martirio, purifica todos los pecados y lleva directamente al cielo.
Jacinta, la buena pastora
Un día, al volver a casa, se metió entre el rebaño.
—Jacinta —le pregunté—, ¿por qué te metes ahí, entre las ovejas?
—Para hacer como Nuestro Señor, que en la estampa que me dieron también está así, en medio de muchas y con una en brazos.
Jacinta encarna el aspecto sacrificial del mensaje de Fátima; ella, a su manera, imita a Jesús, el Buen Pastor, que cuida a la oveja perdida y la lleva sobre sus hombros al redil. Muchos fueron los sacrificios que Jacinta ofreció por los pecadores en los tres años posteriores a las apariciones. Y cuando, ya enferma en cama, la Virgen le preguntó si quería seguir sufriendo para convertir más pecadores, respondió que sí. Como Cristo, la pequeña pastorcita también dio su vida por las ovejas del Señor.
La visión del infierno la impresionó tanto que incluso jugando preguntaba a Lucía: “¿Y si rezamos mucho por los pecadores, Nuestro Señor los librará de allí? ¿Y con los sacrificios también? ¡Pobrecitos! ¡Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos!”
La expresión “pobres pecadores” fue acuñada en Fátima. Siempre que se habla de ellos, se hace con ternura. Así lo muestra el ángel en su oración a la Trinidad, María tras la visión del infierno, y los mismos pastorcitos. Jacinta, la más sensible de los tres, refleja mejor la misericordia y el amor de Dios por los pecadores, tal como aparece en ambos Testamentos: Ezequiel 18,23: “¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado... y no más bien en que se convierta y viva?”
En Jesús de Nazaret, la misericordia de Dios se hace concreta: Jesús buscaba la compañía de los pecadores, los tocaba, los curaba, comía con ellos y, al final, se entregó por ellos como víctima, siendo comido en la Eucaristía y en la cruz, cuerpo entregado y sangre derramada.
Los pastorcitos, especialmente Jacinta en su breve vida y Lucía en su larga misión, comprendieron y asociaron sus sacrificios a la pasión de Cristo, dándoles sentido y utilidad, haciendo eco de su redención en el aquí y ahora de la historia.
Conclusión - En Fátima, la Virgen nos llama a participar, con amor y sacrificio, na missão redentora de Cristo, transformando o sofrimento em oferenda solidária pela conversão dos pecadores.
P. Jorge Amaro, IMC
domingo, 15 de octubre de 2017
Fátima: Las oraciones de Nuestra Señora
La primera oración, una vez más, después de la aparición del ángel, se refiere al misterio de la Santísima Trinidad. Las apariciones de Fátima comienzan con la Trinidad y terminan con la Trinidad. María revela a los pastorcitos la identidad de Dios como uno y trino, un solo Dios en tres personas distintas. A diferencia de las otras dos oraciones, esta no fue enseñada directamente por Nuestra Señora, sino inspirada por el Espíritu Santo y recitada por los niños de forma casi automática ante la Señora.
La segunda oración es una oración sacrificial, es decir, la aplicación práctica de una parte del mensaje de Fátima: la penitencia, que en el contexto del mensaje significa ofrecimiento de nosotros mismos por los demás, por la conversión de los pecadores.
La tercera oración es la más conocida universalmente, pues es repetida por todos los católicos que rezan el rosario entre misterio y misterio. Pide la salvación universal, especialmente por aquellos que están más alejados de ella.
1ª Oración – comunicada a los videntes por un impulso íntimo
"...Abrió por primera vez las manos, comunicándonos una luz tan intensa, como reflejo que de ellas salía, que penetrándonos en el pecho y en lo más íntimo del alma, nos hacía vernos a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso íntimo también comunicado, caímos de rodillas y repetíamos interiormente:
– ¡Oh, Santísima Trinidad, yo os adoro! ¡Dios mío, Dios mío, ¡os amo en el Santísimo Sacramento!"
"Y, porque sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: '¡Abbá, Padre!'" (Gálatas 4,6). Las niñas y el niño se vieron en Dios, y en Él vieron al mismo tiempo Su identidad como Uno y Trino, así como la propia identidad de ellos mismos como hijos amados de Dios. Inundados por la luz de Dios, fueron guiados e inspirados por el Espíritu que, como dice San Pablo a los Gálatas, dentro del alma de los tres niños grita "Abbá, Padre... ¡Oh Santísima Trinidad!" Como dice también el apóstol a los Romanos (8,16): "El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios."
En ese momento, ya en la primera aparición, los pastorcitos experimentaron la visión beatífica de Dios como Uno y Trino, y ellos mismos, dentro de esa luz, como hijos adoptivos de Dios Padre. En lo alto del monte, la sierra de Aire, en ese momento de transfiguración, no podemos olvidar que eran tres los niños, y al analizar el carácter y la personalidad de cada uno, percibimos que cada uno pertenece a un centro diferente: Lucía es cerebral, Jacinta es emocional y Francisco visceral o instintivo. Así, podemos concluir que en ese encuentro se encuentra la Trinidad humana con la Trinidad divina: es decir, la naturaleza humana en las tres personalidades básicas en las que se revela, con la naturaleza divina en las tres personas que la constituyen.
Esta oración es al mismo tiempo trinitaria y eucarística. Es impresionante cómo, de la visión beatífica en la que los pastorcitos se sintieron inmersos en la luz de Dios, pasan inmediatamente a la adoración, al amor por el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Es decir, de la revelación celestial pasan a la encarnación histórica de Dios, hace dos mil años, en Jesús de Nazaret, y a Su presencia sacramental en la hostia consagrada, en el aquí y ahora de nuestras vidas.
Dijo Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le respondió: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decir: "Muéstranos al Padre"?» (Juan 14,8-10).
La oración implica que en la adoración del Santísimo Sacramento adoramos también a la Santísima Trinidad. Quien ve a Jesús, ve al Padre, y quien ama al Hijo, ama al Padre. La oración del cristiano es, por tanto, siempre trinitaria. El Santísimo Sacramento es no solo la representación del sacrificio del Hijo, sino también del Padre que nos lo envió y entregó, como parece sugerir una imagen muy popular de Dios Padre y el Espíritu Santo, representado por la paloma, detrás de la cruz donde está crucificado Cristo.
2ª oración – "¡Oh, Jesús, es por tu amor..."
"– Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis algún sacrificio: '¡Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María'. Al decir estas últimas palabras, volvió a abrir las manos, como en los dos meses anteriores. El reflejo pareció penetrar la tierra y vimos como un gran mar de fuego."
Penitencia y oración son el resumen del mensaje de Fátima. Ya hemos hablado del tema de la oración concentrado en la oración Trinitaria y Eucarística; hablemos ahora de la segunda parte del mensaje: la penitencia, que, al igual que la oración, está presente en todas las apariciones. Así como Jesús dio la vida por sus amigos, como Él se ofreció por la salvación del mundo, ¿queréis también vosotros –pregunta Nuestra Señora a los pastorcitos– ofreceros, asociaros al sacrificio de mi Hijo, haceros eco, en este año de 1917, del sacrificio ocurrido hace casi dos mil años? Los niños respondieron enseguida que sí.
Es una oración insólita porque es sutilmente inteligente; no es una oración contemplativa como la que ya comentamos, sino una oración que nace de la práctica, que presupone la práctica; es, en efecto, una oración para ser recitada exclusivamente después de esa praxis. En este sentido, no es una oración para que todos reciten en cualquier momento, sino solo algunos, y después de una práctica muy concreta.
Como dice la Señora, esta oración debe ser recitada antes, durante y después de cada sacrificio ofrecido. Es la varita mágica que transforma una contrariedad ordinaria de la vida en un sacrificio ofrecido a Dios. Esta oración añade un valor añadido, un beneficio, un sentido a las vicisitudes del día a día. Transforma cada uno de nuestros sufrimientos en el acto de abrazar la cruz de Cristo por el bien de la humanidad.
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame" (Lucas 9,23).
Por eso esta oración no debe usarse en el culto ni en la liturgia; no debe recitarse en la Iglesia ni en un contexto de unión íntima con el Señor. Al contrario, es una oración para ser recitada en la vida y para la vida. Es una exhortación a abrazar cada contrariedad de la vida, transformándola con y por medio de esta oración en un "sacrificio agradable a Dios". Es también, por otro lado, una aplicación práctica del evangelio de Lucas.
Sufrir con razón y motivación cuesta mucho menos que sufrir sin sentido. Por eso, al ofrecer a Dios los sacrificios con los que la vida nos enfrenta, terminamos sufriendo menos. Encontramos consuelo en el propio sufrimiento al saber que servirá para el bien de alguien.
Después de comprometerse con María, de ofrecerse a Dios soportando todos los sufrimientos y contrariedades inherentes a la vida, y especialmente aquellos como consecuencia de ser testigos del eco del Evangelio en Fátima, los pastorcitos no perdían ocasión alguna de sacrificarse por la conversión de los pecadores.
Si uno se olvidaba, el otro lo recordaba. Estando en la prisión de Ourém, tras rezar el rosario, Jacinta volvió a la ventana llorando.
– Jacinta, ¿no quieres ofrecer este sacrificio a Nuestro Señor? – le pregunté.
– Sí quiero; pero me acuerdo de mi madre y lloro sin querer.
"Y si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, suponiendo que sufrimos con Él, para también ser glorificados con Él." (Romanos 8,17).
Como dice San Pablo, si somos hijos, somos hermanos del Señor y coherederos de la herencia eterna. Si compartimos la gloria del Señor, también debemos compartir los medios que llevaron a Cristo a su gloria: el sufrimiento. Como toda relación de amistad, es necesario estar tanto en las buenas como en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza. "Quien se compromete a amar, se compromete a sufrir", dice el proverbio.
3ª oración – "Oh mi Jesús, perdónanos..."
"Cuando recéis el Rosario, decid después de cada misterio: 'Oh mi Jesús, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente a las que más lo necesiten (de tu misericordia)'."
Por fin, la oración que la Virgen María nos indicó incluir entre misterio y misterio. Fue precedida de la visión del infierno, que debe permanecer en nuestra conciencia como posibilidad de condenación.
...perdónanos... – La Biblia nos dice que el hombre justo peca siete veces al día, lo que equivale a decir que nadie es justo ante Dios. Todos somos pecadores, y quien afirma no tener pecado es un mentiroso, como dice la Escritura. Por tanto, cada vez que nos colocamos ante Dios sin pecado que necesite perdón, no significa que no hemos pecado, sino simplemente que nuestra conciencia moral no está cumpliendo su deber de señalarnos nuestras faltas.
...líbranos del fuego del infierno – Solo Dios tiene el poder de salvarnos de la condenación eterna. Y eso mismo hizo gratuitamente mediante la muerte de su Hijo. En la representación del infierno como un mar de fuego, Nuestra Señora tiene en cuenta el concepto e imagen que los niños tenían de él, siguiendo el principio tomista: Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur – todo lo que se recibe, se recibe según la capacidad del receptor.
La forma como entendemos el infierno, sin embargo, no es como una tortura eterna, como parece sugerir el mar de fuego, sino como una muerte eterna y un retorno a la nada para aquellos que no hicieron nada, cuyas vidas se resumen en la nada, y nada es lo que ellos creen que existe más allá de la muerte.
...lleva todas las almas al cielo – Como siempre en el mensaje de Fátima, no debemos ocuparnos ni preocuparnos únicamente de nuestra propia salvación, sino también de la de los demás. La espiritualidad de Fátima no se centra en la perfección personal, sino en la preocupación por quienes llevan una vida errada que no conduce a ningún destino. Por ello, la espiritualidad de Fátima es una espiritualidad misionera; oramos por los demás y por su salvación.
El mismo principio tomista también se aplica aquí, ya que creemos en la resurrección del cuerpo, no solo del alma. A pesar de que la antropología bíblica no es dualista, la mayoría, si no todas, las oraciones litúrgicas de la Iglesia retratan la naturaleza humana como cuerpo y alma, siguiendo así la antropología griega.
...especialmente a las que más lo necesiten de tu misericordia – especialmente a quienes están más lejos de la salvación. Esta siempre fue la gran preocupación de Jesús: "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, al arrepentimiento" (Lucas 5,32).
Conclusión - Durante las apariciones, los niños aprendieron oraciones que resumen e ilustran todos los aspectos del mensaje de Fátima. A través de estas oraciones, el mensaje, de doctrina, se convierte en práctica espiritual cuando se reza en privado, y en liturgia, cuando se reza en comunidad.
P. Jorge Amaro, IC
domingo, 1 de octubre de 2017
Fátima: Las Oraciones del Angel
Además de la constante exhortación de Nuestra Señora a rezar el rosario y a practicar los Primeros Sábados, durante las apariciones los niños aprendieron oraciones que resumen y expresan todos los aspectos del mensaje de Fátima. A través de estas oraciones, el contenido doctrinal del mensaje se convierte en una práctica espiritual cuando se reza en privado, y en expresión litúrgica cuando se ora en comunidad.
Aprendidas del Ángel y de la Señora del Rosario por Lucía, Francisco y Jacinta, estas oraciones forman hoy parte de una tradición orante que destaca la adoración a Dios, particularmente en su presencia eucarística, y la disponibilidad del creyente para colaborar en la misión redentora de Cristo.
Tanto las oraciones enseñadas por el ángel como las comunicadas por Nuestra Señora no versan sobre María, sino sobre el misterio de Dios y la redención de la humanidad. De este modo, María revela en Fátima cuál es su verdadero papel en la historia de la salvación: señalar a los hombres los caminos de Dios y presentar a Dios las necesidades de los hombres. Son cinco las oraciones de Fátima, y, como se ha dicho, ninguna está dirigida directamente a la Virgen.
Desde el punto de vista doctrinal, Fátima es la más completa de todas las apariciones marianas, pues abarca los principales pilares de la teología católica: el misterio de la Santísima Trinidad, presente ya en las apariciones del ángel; la Eucaristía, la oración, la penitencia, la reparación, la escatología, el ministerio del Papa, la comunión de los santos, entre otros.
“Dios mío, yo creo...”
Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo.
Y os pido perdón por los que no creen,
no adoran, no esperan y no os aman.
Una oración simple y breve, pero profundamente completa: una invitación al cristiano a vivir las tres dimensiones del tiempo humano —pasado, presente y futuro— a la luz de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. La vida humana solo puede vivirse en el presente, pero un presente que, cuando está lleno de caridad e inspirado por la fe heredada del pasado, se proyecta hacia el futuro con esperanza, sin miedo ni ansiedad.
La virtud de la Fe: “Yo creo” - La fe es la piedra angular que nos permite mirar la vida y la realidad con otros ojos. Es un paso más allá de lo racional y lo razonable; es riesgo, decisión, opción fundamental. Es la llave que abre la puerta de la salvación: una salvación que implica el Cielo en el futuro, pero que ya en el presente se traduce en paz, felicidad y bienestar físico, espiritual, psicológico y moral.
La virtud de la Esperanza: “Yo espero” - La esperanza es la fe proyectada hacia el futuro, y otorga al presente una sensación de seguridad. El cristiano no necesita ansiolíticos porque vive sin ansiedad, enraizado en una fe que se manifiesta en caridad para con Dios y con el prójimo. “Quien nada debe, nada teme”, dice el refrán: el cristiano no teme porque vive en paz con Dios y con los hombres.
La fe también nos asegura que, por muy duro o alegre que sea el presente, todo es pasajero, y nuestra historia tendrá un final feliz gracias a la muerte y resurrección del Señor. Si creemos que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, como afirma el Evangelio, viviremos seguros de que incluso el sufrimiento y la angustia son estaciones pasajeras hacia un destino glorioso.
“Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará” - Así vivieron los pastorcitos de Fátima, especialmente Lucía, que pronto perdería la compañía de sus primos. Al darse cuenta de que quedaría sola, sintió una profunda tristeza que llevó a la Virgen a preguntarle: “¿Y tú, sufres mucho por eso?”. Y a modo de consuelo, le prometió: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”, es decir, al Cielo ya prometido a ella, a Jacinta y a Francisco desde la primera aparición.
La virtud de la Caridad: “Adoro… y os amo” - Vivimos solo en el presente, inspirados por el pasado y confiados en el futuro. El presente debe estar lleno de caridad: el amor solo puede ejercerse en el ahora. “No dejes para mañana lo que puedes y debes hacer hoy.” Las buenas intenciones no salvan a nadie, ni siquiera a uno mismo. La caridad no puede ser un proyecto, sino una acción inmediata. No puede postergarse.
Adoro – El presente debe estar lleno de amor a Dios. Buscar tiempo y espacio para estar con Él, como hacía Jesús, como hacía Francisco de Fátima, aislándose detrás de un arbusto o pasándose las horas de clase en la iglesia, consolando al “Dios escondido”.
Os amo – Quien ama a Dios con todo su corazón mira al prójimo de otro modo: ya no como enemigo o rival, sino como hermano, deseándole el mayor bien. El amor a Dios no existe sin el amor al prójimo, y viceversa. Por eso, para Jesús, ambos forman un único mandamiento del amor.
Fátima, misionera: “Os pido perdón…” - Además de invitar a vivir la fe, la esperanza y la caridad, esta oración deja claro que el cristiano no vive para sí mismo ni siquiera para su perfección personal. Vive para los demás. Como Jesús, que vino por los enfermos, no por los sanos; que no condenaba a los pecadores, sino que los acogía con misericordia. Como Jacinta, que repetía con ternura: “¡Pobrecitos los pecadores…!”
Os pido perdón – porque no evangelicé, porque no salí de mí mismo, porque viví encerrado, haciendo de mi fe un secreto para llevarme a la tumba. Como decía Karl Rahner, Dios, en su infinita misericordia, salvará a aquellos que, sin culpa personal, nunca oyeron hablar de Él; pero ¿y los que teníamos el deber de hablarles de Él y no lo hicimos?
En este sentido, Fátima es esencialmente misionera: no solo llama a evangelizar, sino que invita al cristiano a considerarse pecador por no haber sido misionero, y por ello pedir perdón. Esta conciencia debería resonar en cada cristiano con las palabras de san Pablo, el mayor evangelizador: “¡Ay de mí si no evangelizo!”
Os pido perdón – no solo por no haber evangelizado, sino por haber escandalizado. Por no haber sido un peldaño para que otros se acercaran a Dios, sino un obstáculo, una piedra de tropiezo.
Las vocaciones nacen muchas veces del ejemplo de alguien que encarna una vocación concreta. Así también ocurre con la evangelización: el primer encuentro con Cristo no es con su doctrina, ni siquiera con su palabra, sino con uno de sus seguidores, alguien que encarna su Evangelio.
El encuentro con un cristiano nunca es neutro: si sus palabras, gestos y actitudes reflejan lo que dice ser, ya está evangelizando, incluso sin quererlo. Si no hay coherencia entre su fe y su vida, no solo no evangeliza, sino que escandaliza. Y si ese es el primer contacto que alguien tiene con el cristianismo, es posible que nunca más vuelva a acercarse.
Las primeras impresiones importan. Nuestra vida puede ser atrayente y edificante… o repelente y escandalosa.
“Santísima Trinidad…”
Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
os adoro profundamente
y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo,
presente en todos los sagrarios de la tierra,
en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias
con que Él mismo es ofendido.
Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón
y del Corazón Inmaculado de María,
os pido la conversión de los pobres pecadores.
El Evangelio de san Juan comienza con un prólogo que resume e interpreta toda la vida y enseñanza de Jesús. Esta oración cumple una función similar: es una especie de obertura que concentra, anticipa y sintetiza todo lo que la Virgen transmitirá después a los pastorcitos. Lo esencial del mensaje de Fátima ya está contenido en esta plegaria.
Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo – Con la construcción de la Basílica de la Santísima Trinidad, Fátima quedó arquitectónicamente completa. El recinto expresa topográficamente el mensaje de Fátima concentrado en esta invocación trinitaria.
La basílica, de forma circular, simboliza la eternidad de Dios. A su derecha se alza la Cruz Alta, evocando el sacrificio de Cristo que nos abrió las puertas de la salvación. En el centro del recinto, como en el centro de la historia humana, está Cristo glorioso, resucitado y bendiciendo al mundo como lo vieron los niños en la última aparición. A la izquierda, el lugar de las apariciones de la Virgen, siempre junto a su Hijo, como estuvo al pie del pesebre y de la cruz.
La Capilla de las Apariciones y el Cristo dorado ocupan el punto más bajo del santuario, mientras que la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, coronada por una gran torre en forma de corona, se eleva como símbolo del destino glorioso que aguarda a quienes escuchan el consejo de María en Caná: “Haced lo que Él os diga”.
“Os adoro profundamente”- Adorar significa rendirse, someterse. Quien adora a Dios entrega todo su ser sin reservas a su voluntad. Esta adoración es “profunda” porque brota desde lo más hondo del alma, que reconoce en Dios su fuente, como proclama el salmo: “Todas mis fuentes están en ti”.
“Y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo…” - No se trata de recordar a Dios el sacrificio de Cristo, sino de renovar nosotros mismos la memoria del amor redentor. Como el pueblo de Israel en el desierto, olvidamos fácilmente los prodigios divinos. El sagrario es memoria viva de esas gracias recibidas y fuente de nuevas gracias si nos abrimos a Él. Esta oración es una exhortación tanto a la comunión frecuente como a la adoración eucarística.
“En reparación…” - Adorar es también reparar. Nuestra fidelidad debe compensar los ultrajes, sacrilegios e indiferencias que hieren el Corazón de Jesús. Y lo más doloroso no es el odio, sino la indiferencia. Quien odia, al menos alguna vez amó y puede volver a amar. El indiferente no ama ni desea amar. Este es el nuevo ateísmo de nuestro tiempo: vivir como si Dios no existiera.
“Y por los méritos de su Santísimo Corazón…” - Al invocar los méritos de Cristo y del Corazón Inmaculado de María, reconocemos nuestra indignidad y renovamos la súplica por la conversión de los pecadores, tema constante en todas las oraciones del Ángel y de la Virgen.
Conclusión - Desde el punto de vista doctrinal, Fátima es la más completa de todas las apariciones, pues abarca los grandes misterios de la fe católica: la Trinidad, la Eucaristía, la adoración, la penitencia, la reparación, la esperanza escatológica, el ministerio del Papa, la comunión de los santos… todo está presente en este lugar bendito donde el Cielo tocó la tierra.
P. Jorge Amaro, IMC
viernes, 15 de septiembre de 2017
Fátima: La tercera parte del secreto a la luz de la profecía de Jonás
"Si atienden a mis pedidos, Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará" (Aparición del 13 de julio de 1917).
El contenido de la tercera parte del secreto, que durante décadas mantuvo al mundo en suspenso, era, en cierto modo, ya conocido, pues estaba implícito en las palabras de la Virgen sobre Rusia. Era, por tanto, como esos tesoros bien escondidos por estar donde menos se espera encontrarlos.
El llamado "tercer secreto" es en realidad la tercera parte de un único mensaje, y no es sino una ilustración simbólica de las palabras de la Virgen para el caso de que Rusia no fuese consagrada a su Inmaculado Corazón. Todo lo que este secreto anuncia sucedió, hasta el día en que, efectivamente, Rusia fue consagrada.
La profecía de Jonás
Dado que el secreto de Fátima es, fundamentalmente, una profecía, cualquier profeta del Antiguo Testamento puede ofrecernos una clave hermenéutica. Entre todos, elegimos a Jonás porque es, más que otros, un ejemplo claro de lo que es, en esencia, una profecía y de cuál es su función dentro de la Palabra revelada.
Como sabemos, después de cierta resistencia e incluso oposición manifiesta, Jonás fue enviado por Dios a Nínive con el mensaje de que la ciudad sería destruida si no se convertía y hacía penitencia. Como la destrucción de la ciudad era precisamente lo que Jonás deseaba, podemos imaginar la escasa convicción con la que predicó durante los tres días que tardó en atravesar la ciudad. Contra toda expectativa, la ciudad se convirtió y no fue destruida.
La profecía de Fátima
"Después de las dos partes que ya expusimos, vimos al lado izquierdo de Nuestra Señora, un poco más alto, un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; al centellear, despedía llamas que parecían incendiar el mundo, pero se apagaban al contacto con el resplandor que de la mano derecha de Nuestra Señora salía hacia él. El Ángel, señalando con la mano derecha hacia la tierra, gritó con voz fuerte: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!" (Primera escena de la tercera parte del secreto).
Examinemos ahora cada una de las imágenes que componen la tercera parte de la profecía: El Ángel con la espada flameante en alto representa el juicio final, la posibilidad de la condenación si no hay conversión. Como la espada suspendida de Damocles, es una fatalidad que puede acontecer. Recuerda el discurso de Moisés en el Deuteronomio (30, 15): "Pongo ante ti la vida y el bien, la muerte y el mal". La posibilidad de reducir el mundo a cenizas ya no es ficción, sino una realidad. Hoy el hombre es dueño de su destino y ha forjado la más destructora espada flameante: la bomba atómica.
¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! El sentido de la visión no es mostrar lo que irrevocablemente va a suceder, sino lo que puede suceder, y los medios para evitarlo: es una advertencia. Si el objetivo de la profecía fuera revelar un destino irreversible, no tendría sentido que el ángel gritara tres veces "penitencia", ni que existiese la profecía misma. Nadie desea conocer el día, la hora o la forma de su muerte, y Dios no es sádico.
Al lado izquierdo de Nuestra Señora: la visión muestra el poder opuesto a la destrucción, representado por la imagen esplendorosa de la Virgen a la derecha del ángel. Si el ángel representa la muerte, la Virgen representa la vida. La visión apela a nuestra libertad. Lo que sigue no es una escena de un futuro inmutable, sino de uno que puede evitarse si seguimos la exhortación del ángel.
El objetivo de la visión no es mostrarnos una película de un futuro fijo, sino orientar, iluminar y guiar nuestra libertad, energías y recursos para evitar la catástrofe. Tal como la predicación de Jonás condujo a la conversión de Nínive, esta visión busca el mismo resultado.
"Y vimos en una luz inmensa que es Dios: algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan por delante, un Obispo vestido de blanco (tuvimos el presentimiento de que era el Santo Padre). Otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subían una montaña escarpada, en cuya cima había una gran Cruz de maderos toscos, como de alcornoque con su corteza. El Santo Padre, antes de llegar allí, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y, vacilante, con paso tembloroso, abrumado por el dolor y la pena, oraba por las almas de los cadáveres que encontraba en el camino."
"Al llegar a la cima de la montaña, postrado de rodillas al pie de la gran Cruz, fue asesinado por un grupo de soldados que le dispararon con armas de fuego y flechas, y así fueron muriendo unos tras otros los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y varias personas seglares, hombres y mujeres de distintas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz estaban dos Ángeles, cada uno con un regador de cristal en la mano. En ellos recogían la sangre de los mártires y con ella regaban las almas que se acercaban a Dios." (Segunda escena de la tercera parte del secreto).
La ciudad representa la historia humana; la montaña, el camino ascendente hacia la Cruz, redención para toda la humanidad. El Santo Padre, junto a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, subiendo la montaña, representan a la Iglesia en su peregrinación histórica hacia el cielo. Es la historia de la salvación inserta en la historia humana.
La imagen de los ángeles recogiendo la sangre de los mártires es una referencia clara al Apocalipsis (7, 14): "Estos son los que vienen de la gran tribulación, han lavado sus túnicas y las han blanqueado en la sangre del Cordero". Se salvan los que son regados por esa sangre, que ha sido siempre semilla de cristianos.
El Papa que ora por los muertos en su camino simboliza la lenta marcha de la historia hacia Cristo. Algunos caen en el trayecto, víctimas del mal. La visión representa el viacrucis de un siglo de persecuciones y muerte, promovido por el nazismo, el fascismo y, sobre todo, el ateísmo militante. El Papa es abatido como muchos mártires.
Tras el intento de asesinato del 13 de mayo de 1981, el Papa Juan Pablo II, convaleciente en el hospital Gemelli, pidió leer el texto del secreto. Fue inevitable que viera en él su propio destino, uno que no se cumplió por poco. No ocurrió porque María no lo quiso; en palabras del Papa, ella desvió la bala que pasó a milímetros de órganos vitales. Una vez más queda claro que el futuro no está escrito en piedra y que la fe, la oración y la penitencia pueden influir en la historia. La oración es más poderosa que las balas; la fe, capaz de mover montañas, es más fuerte que los ejércitos.
Podemos comprender la angustia de la pequeña Jacinta, que vio todo esto sin saber cuál sería el desenlace. Ella respondió como el ángel indicaba: con penitencia y oración. Sabía, de algún modo, que este futuro tenebroso, incluso la muerte del Papa que parecía cierta en la visión, podía evitarse. Por eso rezó incansablemente por el Santo Padre. Si hubiese creído que el futuro era inmutable, no habría rezado como lo hizo durante toda su corta vida.
En un encuentro con el Cardenal Tarcisio Bertone el 27 de abril de 2000, la hermana Lucía confirmó que estaba plenamente de acuerdo con la interpretación oficial de la Iglesia: que la tercera parte del secreto consiste en una visión profética, comparable a otras de la Biblia, cuyo contenido refleja la persecución sufrida por la Iglesia y los creyentes a manos del ateísmo militante promovido por Rusia en el siglo XX.
También coincidía con la interpretación personal de Juan Pablo II: "Fue una mano materna la que guió la trayectoria de la bala y el Santo Padre, agonizante, se detuvo al borde de la muerte". Y añadió: "No sabíamos el nombre del Papa, Nuestra Señora no nos lo dijo. No sabíamos si era Benedicto XV, Pío XII, Pablo VI o Juan Pablo II, pero sabíamos que era el Papa el que sufría, y eso nos hacía sufrir a nosotros también, especialmente a Jacinta, que repetía a menudo: ¡Pobrecito el Santo Padre! Tenemos que rezar mucho por él".
Ya, pero aún no...
"Los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del secreto parecen ahora parte del pasado" (Cardenal Sodano).
"El Reino de los Cielos está ya presente en medio de nosotros, pero aún no en su plenitud", dice la teología sobre la presencia de Dios en la historia. Inspirándonos en el cardenal Sodano y en el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger, podemos afirmar que, por un lado, y en contra de los profetas del desastre, amantes del apocalipsis y las teorías conspirativas, esta tercera parte del secreto, como las otras dos, es historia.
Por otro lado, a diferencia de las dos primeras partes, que se refieren a hechos concretos e irrepetibles, la tercera es menos concreta, pero siempre actual y realizable. Parece aludir a un arquetipo que se repite constantemente. El ángel con la espada flameante sigue ahí; la libertad humana sigue interpelada a elegir entre el bien y la vida, o el mal y la muerte; la Iglesia sigue su camino en un mundo hostil, y el martirio sigue siendo una posibilidad real.
Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará...
"Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulaciones; pero tened confianza: yo he vencido al mundo" (Juan 16, 33).
Un corazón abierto a Dios, purificado por la penitencia y la oración, es más fuerte que las armas y ejércitos de todo tipo. Fue el corazón de María, libre del pecado original desde su concepción y comprometido en la anunciación con el proyecto de salvación de Dios, el que trajo al Redentor a la humanidad.
La semilla de ese Reino está ya entre nosotros desde la venida de Cristo hace dos mil años. Cuando nuestro corazón se purifica como el de María, también nosotros damos a luz a Cristo en nuestro ser, en nuestra manera de vivir y actuar, y lo hacemos presente en nuestro tiempo y lugar, con todo su poder de sanación, paz y amor entre los hombres.
Conclusión - El contenido de la tercera parte del secreto, que durante décadas mantuvo al mundo en suspenso, era, en cierto modo, ya conocido, pues estaba implícito en las palabras de la Virgen sobre Rusia. Era, por tanto, como esos tesoros bien escondidos por estar donde menos se espera encontrarlos.
Jorge Amaro, IC
viernes, 1 de septiembre de 2017
Fátima: ¿Segredo o Profecía?
«Cuando veis que una nube se levanta por el poniente, decís en seguida: ‘Va a llover’, y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís: ‘Hará calor’, y así ocurre. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?» — Lucas 12, 54-56
¿Secreto o profecía?
Los pastorcitos de Fátima, incultos como eran, no conocían el concepto de profecía. Por eso, denominaron “secreto” a lo que la Señora les comunicó acerca del futuro, así como a las dos visiones que tuvieron durante la aparición del 13 de julio de 1917. Por tanto, lo que popularmente se conoce como “el secreto de Fátima” debe entenderse, en realidad, como la Profecía de Fátima. En este sentido, el entonces cardenal Joseph Ratzinger se refirió a Fátima como la más profética de las apariciones modernas.
Profecía y signos de los tiempos
Según el evangelio de Lucas, citado más arriba, los profetas eran personas que sabían leer los signos de los tiempos, es decir, sabían ver el presente como impregnado de un futuro que ya se anunciaba aquí y ahora. Una cosa es ver, y otra muy distinta es interpretar y descubrir señales del futuro incrustadas en el presente.
Por ejemplo, durante siglos mucha gente vio cómo el vapor de una olla hirviendo hacía saltar la tapa, sin sacar mayores conclusiones de ello. Sin embargo, James Watt miró más allá de ese hecho aparentemente trivial, y al intentar aprovechar la fuerza del vapor, construyó la máquina de vapor: la primera gran máquina de la historia de la humanidad.
La profecía vincula el presente con el futuro, en el sentido de que el futuro ya da señales de sí mismo en el ahora, bajo la forma de signos que sólo perciben aquellos cuya mente está despierta: los que miran el mundo con ojos que ven más allá de lo evidente, y que viven en constante contacto con el Señor del Tiempo: presente, pasado y futuro, que es Dios.
Y la profecía vincula el futuro con el presente, en el sentido de que el futuro no está fijado de manera irreversible, sino que es interactivo y puede ser transformado. De hecho, el propósito de la profecía en la Biblia es advertirnos sobre un futuro que todavía estamos a tiempo de evitar, pues tenemos libertad y responsabilidad para escribir la historia de otra manera. El futuro no es como un tren desbocado sin frenos que no se puede detener, sino como un caballo al galope perfectamente domado, cuyas riendas están en nuestras manos.
Historia del secreto
“El secreto de la Señora”, como lo llamaban los niños, consta de tres partes claramente diferenciadas:
La primera, una visión del infierno;
La segunda, un discurso sobre el ateísmo militante de Rusia;
La tercera, una visión simbólica del sufrimiento causado por ese mismo ateísmo durante el siglo XX.
El secreto — o profecía— está compuesto por dos visiones (primera y tercera parte) y un discurso intermedio de la Virgen (segunda parte). Fue comunicado a los tres pastorcitos el 13 de julio de 1917. Sin embargo, fue redactado literariamente en dos épocas distintas:
La primera y segunda parte el 31 de agosto de 1941;
La tercera el 3 de enero de 1944.
Pasaron, por tanto, 24 y 27 años respectivamente desde que, en 1917, los niños afirmaron por primera vez que guardaban un secreto que no revelarían. Durante los interrogatorios a los que fueron sometidos —impulsados por la curiosidad natural del ser humano— las preguntas sobre el secreto eran las más frecuentes. Primero se les ofreció oro, plata y dinero para engañarlos y hacerlos hablar; al no ceder, siguieron las amenazas de muerte y la tortura psicológica en la prisión de Ourém. Los niños jamás cedieron.
1ª Parte: La visión del infierno
«Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumidos en ese fuego, los demonios y las almas —como si fueran brasas transparentes y negras o de color bronce— con forma humana, flotaban en el incendio, arrastradas por las llamas que brotaban de ellas mismas, junto con nubes de humo, cayendo hacia todos lados, como las chispas en un gran fuego, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor».
“Los demonios se distinguían por formas horribles y repugnantes de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros. Esta visión duró un instante, y fue gracias a nuestra buena Madre del Cielo —que antes nos había prometido llevarnos al Cielo— que no morimos de susto y terror».
La existencia del infierno es un dato incontestable de nuestra fe. Si arrancáramos de la Biblia todas las páginas en que se menciona el infierno, nos quedaría, sin duda, una Biblia más delgada, pero ya no sería la Palabra de Dios. Hoy abundan los teólogos que niegan su existencia, alegando que el infierno es como el cero en matemáticas: útil para ciertas operaciones, pero vacío de contenido real.
¿Existe o no existe? No lo sabemos ni nos interesa saberlo con certeza empírica. El infierno es, sobre todo, la posibilidad real de no salvarse; el lugar teológico del mal, así como el Cielo lo es del bien.
«En la morada de los muertos, estando atormentado, alzó los ojos y vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno. Entonces gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy sufriendo mucho en estas llamas”.» — Lucas 16, 23-24
La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro tiene la misma función pedagógica que la visión del infierno mostrada a los pastorcitos. La Virgen quiso reafirmar que el infierno existe y que es real la posibilidad de condenación. La descripción minuciosa de las almas que caen en él, su sufrimiento entre las llamas, y la presencia de demonios, tenía una intención pedagógica clara: advertir a los que en esta vida no siguen a Cristo como Camino, Verdad y Vida.
«No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed más bien a quien puede hacer perecer en la gehena el alma y el cuerpo.» — Mateo 10, 28
En la Biblia hay dos formas de representar el infierno: como tortura eterna y como muerte eterna. La representación más común es la segunda: la muerte eterna, es decir, el regreso a la nada de quien no fue nada, no hizo nada, ni sirvió a nadie. El que no creyó en Dios ni en la vida eterna, sino que vivió como si nada existiera después de la muerte.
Es impensable que el Padre de Nuestro Señor Jesucristo condene a una eternidad de sufrimiento a alguien que, aunque haya vivido en pecado, lo haya hecho durante un tiempo limitado. Ni los tribunales humanos son tan desproporcionados. No habría equidad entre el delito y la pena.
Por ello, las pocas veces que la Biblia muestra el infierno como castigo eterno, lo hace con intención pedagógica, sabiendo que los seres humanos temen más el dolor que la muerte. Esa visión sirve de motivación radical para el cambio de vida.
Como visión profética, la del infierno como tortura eterna es más impactante. Los pastorcitos no vieron el infierno tal como es, sino como lo imaginaban, inspirados por las predicaciones de la época en que el infierno era tema frecuente y descrito con gran dramatismo.
2ª Parte: La Segunda Guerra Mundial y el ateísmo militante de Rusia
«Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que os digo, muchas almas se salvarán y habrá paz. La guerra está por terminar, pero si no dejan de ofender a Dios, durante el pontificado de Pío XI comenzará otra aún peor.
Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es el gran signo que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, mediante la guerra, el hambre y la persecución a la Iglesia y al Santo Padre.
Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados.
Si se escuchan mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no, difundirá sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia; los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo un tiempo de paz.»
La Virgen propone la devoción a su Inmaculado Corazón como antídoto contra el mal, tanto a nivel individual como colectivo. Si la salvación es la visión real de Dios —que supera incluso la visión beatífica— esta devoción no es sino eco del Evangelio según san Mateo 5, 8:
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Un corazón purificado del mal está listo para comprometerse incondicional y plenamente, como lo hizo María: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lucas1, 38).
El corazón es el motor de la acción humana, donde los pensamientos se transforman en obras. Cuando el corazón pertenece a Cristo, tarde o temprano se puede decir con san Pablo: «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 20).
Conclusión - Desconociendo el concepto de profecía, los pastorcitos de Fátima llamaron “secreto” a lo que la Iglesia ha comprendido como una verdadera profecía, en el más genuino sentido bíblico. Así lo expresó el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, al afirmar que Fátima es la más profética de todas las apariciones modernas.
P. Jorge Amaro, IMC
martes, 1 de agosto de 2017
Fátima: Lucía, la mensajera
Perfil humano
Lucía de Jesús dos Santos nació el 22 de marzo de 1907, siendo la más pequeña de los siete hijos de António dos Santos, hermano de doña Olimpia, madre de Francisco y Jacinta. Era sana y fuerte, pero no poseía rasgos delicados; más bien era algo rústica. De rostro moreno y redondeado, nariz ligeramente achatada, boca ancha de labios gruesos… El único atractivo físico provenía de sus ojos: grandes, negros y profundamente expresivos.
Pero aquello que le faltaba en belleza exterior, Dios se lo había compensado con creces en hermosura interior. Era una niña muy responsable, a quien desde muy pequeña se le podían confiar toda clase de tareas. Tenía dotes de educadora: entretenía a los más pequeños con juegos y relatos que ella misma contaba, ya fueran de la Biblia, de la vida de los santos o leyendas locales. Organizaba procesiones, cantaba himnos religiosos y enseñaba el catecismo.
En aquella época, la Primera Comunión solo se recibía a los 10 años, pero Lucía la hizo a los 6, ya que poseía una memoria prodigiosa y se sabía el catecismo entero de memoria. Además de su memoria, destacaba por su inteligencia y creatividad, siempre ideando actividades y juegos para divertir a los niños. Por eso no solo Francisco y Jacinta se sentían atraídos por ella, sino todos los pequeños del lugar.
A diferencia de sus primos, Lucía era vivaz, extrovertida, inquieta, una líder natural. Pero esa energía no le impedía ser dulce y cariñosa, como Jacinta. A diario demostraba su afecto, especialmente a su madre: al regresar del campo, la colmaba de abrazos, besos y caricias.
«Lucía era muy divertida», recuerda una compañera suya, Teresa Matias. «Siempre dispuesta a ayudarnos, nos encantaba estar con ella. Además, era muy inteligente, cantaba y bailaba bien y nos enseñaba canciones. Todos le obedecíamos. Pasábamos horas cantando y bailando, ¡hasta que nos olvidábamos de comer!»
Ella misma confiesa en sus Memorias que disfrutaban mucho de los bailes y de las fiestas. El 13 de junio era un día especialmente esperado por Lucía, pues se celebraba con gran entusiasmo en su aldea. Su madre, doña María Rosa, la conocía bien y estaba segura de que no cambiaría una fiesta por nada del mundo. Sin embargo, se equivocó. Las apariciones transformaron a Francisco, a Jacinta... y también a Lucía.
Sufrimiento y firmeza
Francisco y Jacinta ofrecieron su sufrimiento a través de pequeñas penitencias: ayunos, abstinencias, enfermedades. Lucía, en cambio, no necesitaba buscar el sacrificio: el sufrimiento la encontraba a ella cada día. Fue quien más padeció la incredulidad y el rechazo de quienes no creían en las apariciones. Soportó burlas, amenazas, humillaciones... e incluso bofetadas.
El 13 de mayo de 1919, cuando el gobierno intentó impedir la peregrinación a Cova da Iria, Lucía también se dirigía hacia allí. Dos guardias la interceptaron y, en voz alta, uno dijo al otro:
—Aquí hay fosas abiertas. Con una de nuestras espadas le cortamos la cabeza y la dejamos aquí enterrada. Así acabamos con esto de una vez por todas.
Al escuchar estas palabras, pensé que había llegado mi última hora. Pero sentí una paz tan profunda, como si aquello no fuera conmigo. Tras unos instantes de silencio, el otro guardia respondió:
—No, no tenemos autorización para hacer eso.
Lucía sufrió especialmente por la incredulidad de su párroco, de sus hermanas y de su propia madre. Esta última, incluso después de haber sido curada por un favor especial de Nuestra Señora, llegó a decir:
—¡Qué cosa! ¡La Virgen me ha curado y aún así no consigo creer del todo! ¡No sé cómo entender esto!
Lucía y el Eneagrama
Mente, emoción e instinto son los tres filtros a través de los cuales comprendemos la realidad y nos relacionamos con los demás. Todos buscamos una única cosa: seguridad. Los sentimentales la hallan en las relaciones afectivas; los viscerales, en la fuerza de su intuición; los cerebrales, como Lucía, en el conocimiento.
Francisco era un instintivo contemplativo: buscaba el silencio y la naturaleza, y su única relación profunda era con el “Jesús escondido” del sagrario. Jacinta, profundamente emocional, descubrió en el sufrimiento un camino de amor redentor por los pecadores.
Lucía era claramente cerebral. Utilizaba la mente para entender todo lo que ocurría a su alrededor. Por ello, no encaja con el eneatipo 6, pues los seis tienden a la inseguridad y la duda, y Lucía se muestra firme y segura. Aunque dudó brevemente si las apariciones podrían ser del demonio, esa duda no nació en ella, sino que fue sembrada por su párroco, en quien confiaba ciegamente.
Tampoco era un tipo 5, pues, a diferencia de Francisco, no se retiraba del mundo: le encantaba estar rodeada de gente. Era extrovertida, inquisitiva, creativa, llena de vida. Siempre inventando juegos o actividades, nadie mejor que un eneatipo 7 para entretener a los demás.
El 7 es, paradójicamente, el eneatipo que más huye del sufrimiento… y sin embargo, Lucía fue quien más padeció. Los tres fueron ridiculizados, pero mientras Jacinta y Francisco contaban con la protección de su padre en casa y en la calle, Lucía era maltratada en su propio hogar, tachada de embustera y loca. Su madre permitía incluso que le pegaran si con eso “decía la verdad”.
En cuanto a los sacrificios voluntarios, no era tan entusiasta como sus primos. Lucía no era tan sufriente como Jacinta ni tan adoradora como Francisco. Vivía en la relación con los demás, en la alegría, en la creatividad… por eso era tan buena con los niños.
La vidente silenciosa
Lucía, aunque fue la líder del grupo y la principal vidente, no representa inmediatamente un aspecto específico del mensaje de Fátima, como Jacinta (penitencia) o Francisco (adoración). La razón puede estar en que sus primos, sabiendo que iban a morir pronto, vivían ya orientados hacia el Cielo. Anhelaban a Nuestra Señora, que les había prometido llevarlos pronto.
Lucía, en cambio, tenía muchos años por delante. Vivió el mensaje de Fátima como un todo y lo encarnó a lo largo de una larga vida escondida, en el silencio y en la clausura.
Una vida larga en años, breve en acontecimientos
La vida de Francisco y Jacinta fue corta; la de Lucía, larga y solitaria. Separada de sus amigos y abandonada incluso por los suyos, se consolaba repitiendo las palabras de la Virgen:
"¡No tengas miedo! Yo estaré contigo... ¡Siempre! Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios."
Tras la muerte de Jacinta, el 17 de junio de 1921, Lucía fue alejada de Fátima y enviada a un lugar desconocido para el pueblo: el colegio de las Hermanas Doroteas en Oporto. Fue una decisión tomada con su consentimiento y el de su madre, para observarla sin influencias externas y, al mismo tiempo, frenar el fervor popular hacia la única vidente viva.
Tocada por las apariciones, su vida fue larga en años, pero breve en eventos. Del colegio pasó al postulantado de las Doroteas en Pontevedra y después al noviciado en Tuy, que finalizó el 3 de octubre de 1928. Permaneció en España hasta 1946, año en que regresó a Portugal para visitar Fátima y a su familia.
Con la autorización del Papa Pío XII, abandonó la congregación de las Doroteas para cumplir su deseo más profundo: ser carmelita. Ingresó en el Carmelo de Santa Teresa en Coimbra el 25 de marzo de 1948, donde vivió en oración y penitencia hasta su muerte, ocurrida el 13 de febrero de 2005, a los 98 años de edad.
Lucía, la mensajera
Si Francisco fue el contemplativo, el alma orante; si Jacinta, como eneatipo 4, encarnó el drama de la humanidad perdida, ofreciendo su dolor por la conversión de los pecadores… ¿Quién fue Lucía en el mensaje de Fátima?
Lucía fue la comunicadora, la interlocutora directa de la Virgen. Solo ella hablaba con María, preguntaba, respondía, dialogaba. Fue la portavoz del Cielo, la evangelista que años más tarde plasmaría por escrito las palabras y los gestos de Nuestra Señora, así como el modo en que sus primos vivieron la Mensaje. Para la posteridad, ella es la testigo, la depositaria y la custodia viva de Fátima.
Por obediencia al obispo de Leiria, escribió el Secreto de Fátima, que entregó en sobre cerrado al Papa, junto con sus Memorias, donde narra con detalle las apariciones, y también la vida, palabras y obras de sus primos y de ella misma.
Como vidente, fue hasta su muerte la intérprete auténtica del mensaje de Fátima. Así se vio en las múltiples consagraciones del mundo al Inmaculado Corazón de María que los papas —desde Pío XII hasta Juan Pablo II— realizaron, algunas veces sin mencionar a Rusia, otras sin la unión explícita de todos los obispos del mundo.
Lucía, si lo consideraba necesario, no dudaba en afirmar: “Esto no es como Nuestra Señora ha pedido.” Por fin, la consagración realizada por Juan Pablo II el 25 de marzo de 1984, ante la imagen de Fátima y el icono de Kazán en Roma, fue aceptada por Lucía, que declaró: “La consagración fue hecha y fue aceptada.”
Conclusión - Siendo la única vidente con una relación plenamente interactiva con Nuestra Señora, Lucía fue la portavoz del Cielo, la mensajera, la evangelista que plasmó por escrito las palabras y la vida de la Virgen y de sus primos, encarnando el mensaje de Fátima como testigo fiel, custodia silenciosa y voz perenne para la humanidad.
P. Jorge Amaro, IMC








