lunes, 15 de enero de 2018

CNV _ Cosmovisión y cosmovisiones

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Cuando éramos bebés podíamos aprender una o incluso dos lenguas sin necesidad de estudiar la gramática, es decir, sin comprender las razones por las que se habla de determinada manera. Bastaba la inmersión y la repetición. Sin embargo, al llegar a la edad adulta, para aprender un idioma necesitamos conocer su gramática, es decir, aprender sus reglas y, de algún modo, obedecerlas para hablar con corrección y adecuación.

La Comunicación No Violenta o Comunicación Compasiva es, en este sentido, una nueva lengua. Para aprenderla en la edad adulta necesitamos comprender sus reglas, su filosofía, su cosmovisión, la forma de pensar que le da fundamento. Si queremos aprender una lengua no violenta, debemos primero reconocer de qué modo la lengua que usamos habitualmente está impregnada de violencia. ¿De dónde proviene esa lengua violenta? ¿Qué hay en su base?

Todo esto está íntimamente relacionado con la manera en que conceptualizamos el mundo y su historia, la naturaleza humana, la realidad que nos rodea y el sentido mismo de la vida. La cosmovisión es la piedra angular, el cimiento sobre el que descansa nuestro pensamiento. Está compuesta de creencias, mitos e ideas fundamentales que, en gran medida, permanecen inconscientes y por ello no suelen cuestionarse ni ponerse en duda.

Para transformar nuestro lenguaje violento en el lenguaje del Reino de Dios, debemos cambiar nuestra manera de pensar. Y para cambiar nuestra manera de pensar, necesitamos confrontar y, en muchos casos, transformar la cosmovisión en la que esta se apoya.

El teólogo Walter Wink, en su libro The Powers that Be, afirma que la cosmovisión es el esqueleto de nuestro pensamiento. Expone además ejemplos de cosmovisiones que han dominado a lo largo de la civilización occidental:

La cosmovisión antigua
Presentaba el mundo celestial en paralelo con el mundo terrenal; lo que sucedía en el Cielo tenía su correlato en la Tierra y viceversa. Así lo reflejan las mitologías griega y romana. Todas las realidades terrestres poseían una dimensión divina y una deidad que las representaba en el cielo: Marte era el dios de la guerra, Venus la diosa del amor, Neptuno el dios del mar, Júpiter el padre de los dioses, etc. En el mundo antiguo —griegos, romanos, egipcios, babilonios, indios y chinos— todos compartían esta forma de comprender la realidad.

La cosmovisión espiritualista
Surgió en el siglo II de la era cristiana, en confrontación directa con la idea de que la creación es buena en sí misma. Impuso el dualismo griego: el espíritu es bueno, la materia es mala. El mundo es considerado prisión del espíritu; el cuerpo, prisión del alma. El sexo y, en general, todo lo corporal es percibido como negativo. Para vencer el mal, el cuerpo debía ser mortificado y negado, a fin de que lo espiritual prevaleciese. El mundo era visto como un “valle de lágrimas” y la muerte como liberación del alma de las cadenas del cuerpo que la contaminaba.

La cosmovisión materialista
En oposición a la espiritualista, la cosmovisión materialista sostiene que lo real es únicamente lo que puede ser conocido a través de los cinco sentidos. Todo lo demás es superstición: no hay Cielo, ni Dios, ni alma. El ser humano no es más que materia; el universo carece de sentido intrínseco y de finalidad. La ética, en este contexto, no existe como referencia absoluta: el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto son arbitrarios, convenciones sociales establecidas para la supervivencia y la convivencia pacífica.

Wink afirma que esta es la cosmovisión dominante en el mundo posmoderno: la matriz o “placa base” sobre la cual operan las universidades, la política, los medios de comunicación y la cultura en general. Tal visión se volvió tan invasiva que incluso se presenta como “científica”, cuando la ciencia —especialmente la física— hace tiempo se apartó de esa lectura materialista hacia una visión de un universo reencantado.

La mayoría de quienes viven bajo esta cosmovisión creen estar al día con la ciencia, pero, en realidad, se han quedado anclados en la física de Newton, que veía el mundo como un reloj preciso y predecible. Tras Einstein, la física mecanicista dio paso a la física cuántica, basada en el principio de incertidumbre y probabilidad de Heisenberg, donde la certeza absoluta fue sustituida por el cálculo de probabilidades.

La cosmovisión teológica
Surgió como reacción espiritual frente a la cosmovisión materialista. Reafirma la existencia de un mundo sobrenatural, pero lo protege tras un muro, declarando que su existencia es únicamente materia de fe: no puede ser probada ni refutada por la ciencia.

En esta perspectiva, ciencia y religión caminan de espaldas. Esto obliga a muchos creyentes cultos a vivir en una especie de esquizofrenia: durante la semana creen que el ser humano es fruto de la evolución de las especies; el domingo creen que fue creado directamente por Dios. Evolucionistas entre semana, creacionistas el fin de semana.

La cosmovisión integral
Supone una síntesis y superación de las anteriores al situar el espíritu en el corazón mismo de la materia. Dios es trascendente, distinto y superior a todo, pero, al mismo tiempo, es el corazón de cada criatura. Esta armonía entre trascendencia e inmanencia no debe confundirse con el panteísmo, que afirma que todo es Dios.

Se relaciona más bien con el panenteísmo: todo está en Dios y Dios está en todo. San Francisco de Asís veía en cada criatura una manifestación de Dios porque reconocía su presencia inmanente en todas ellas. Wink sostiene que esta es la cosmovisión de la nueva física cuántica, de la teología de la liberación, de la teología feminista, de muchas religiones nativas de Norteamérica. Señala como exponentes de esta visión al psicólogo Carl Jung y al paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin.

Aunque presentadas en una secuencia que sugiere evolución, Wink advierte que todas estas cosmovisiones siguen vivas y que, en realidad, la mayoría de las personas no se guía exclusivamente por una sola, sino que mezcla fragmentos de varias, dependiendo de cada circunstancia. Comprender qué cosmovisiones guían nuestro pensamiento es esencial para que el ser humano y sus instituciones se liberen de los poderes que los dominan.

“Beau Sauvage” o “Homo homini lupus”?
Homo homini lupus – Para el filósofo inglés Thomas Hobbes (1679), el hombre en estado natural se cree con derecho a todo, usa su poder de modo arbitrario para preservar su vida. Su interés egoísta prevalece, por lo que no hay paz ni seguridad: impera la ley del más fuerte. Como no es sociable por naturaleza, debe someter su voluntad a un soberano o a una asamblea —el rey o el Estado—, perdiendo libertad e incluso el ejercicio de la violencia.

Beau Sauvage – Para otros pensadores, el hombre en estado natural es bueno, sano y feliz. La propiedad privada introdujo desigualdades —ricos y pobres, libres y esclavos—, lo que desencadenó la corrupción y la violencia. La salida es un contrato social donde la voluntad general sea soberana: como todos ceden por igual, nadie pierde.

¿Cuál de estas teorías describe mejor la naturaleza humana? Dado que el ser humano procede de una evolución de más de cinco millones de años de mamíferos y primates, conviene preguntarse primero si los animales de los que descendemos son violentos por naturaleza. La observación muestra que, en general, los animales no ejercen violencia gratuitamente, sino únicamente cuando sus necesidades básicas no están satisfechas.

La vida se alimenta de vida en la cadena alimentaria: la gacela come hierba, el león caza a la gacela, al morir el león es devorado por hienas y buitres, y éstos, a su vez, por los gusanos, que fecundan la tierra de donde brota nuevamente la hierba. El término “cadáver” proviene precisamente de carne dada a los gusanos.

Si a un animal se le ofrece una vía alternativa para alimentarse, deja de cazar. Basta observar a nuestros perros y gatos, antaño cazadores implacables y hoy plenamente integrados en nuestros hogares.

Millones de años de evolución nos separan de los primates. Creados a imagen y semejanza de Dios, los seres humanos no estamos llamados a ser lobos unos de otros, sino hermanos. El mundo creado por Dios posee recursos suficientes para que las necesidades de todos se satisfagan sin recurrir a la violencia.

De ahí uno de los postulados fundamentales de la CNV: al igual que en el resto de los seres vivos, los conflictos y la violencia entre personas surgen cuando las necesidades no están satisfechas. La CNV se convierte en una herramienta que facilita que las necesidades de unos y otros encuentren respuesta, reduciendo así la violencia y resolviendo los conflictos.

La creencia de que el hombre es por naturaleza malo, egoísta y violento proviene de mitologías y ha servido durante siglos para justificar la violencia de unos sobre otros, e incluso contra sí mismos mediante la culpa y la vergüenza.

El lema “Si vis pacem, para bellum” (“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”) resume esta cosmovisión. Según ella, como el hombre sería violento por naturaleza, la paz no puede alcanzarse con medios pacíficos, sino únicamente con medios violentos.

La sociedad educa al individuo a reprimir su ira y ejercer violencia contra sí mismo; y a quienes no lo logran, se les aplica violencia desde fuera mediante el poder coercitivo y punitivo. Así, partiendo de una premisa falsa —que el ser humano es malo por naturaleza— se perpetúan estructuras de poder y violencia.

En contraste, la cosmovisión que sostiene la Comunicación No Violenta como lenguaje del Mundo Nuevo, el Reino de Dios que Jesús anunció, afirma que Dios creó todas las cosas buenas. El Génesis nos muestra un Dios que se alegra de su creación: “Y vio Dios que era bueno” (Génesis 1, 4.12.18.21.25). Y si todo es bueno, con mayor razón lo es el ser humano, creado a imagen y semejanza del Creador (Génesis 1, 26).

Los hombres del futuro
Además de Walter Wink y otros teólogos como Paul Tillich y Teilhard de Chardin, uno de los grandes inspiradores de Marshall Rosenberg fue su profesor Carl Rogers, pionero de la psicoterapia no directiva centrada en la persona.

En un artículo escrito al final de su vida, Rogers describió cómo imaginaba al hombre del mañana. Sus intuiciones resultaron certeras y hoy siguen siendo profundamente inspiradoras:

  • Abiertos al mundo interior y exterior, a nuevas formas de ver, de ser y de pensar.
  • Críticos frente a una ciencia y tecnología centradas en controlar la naturaleza y a las personas.
  • Buscadores de nuevas formas de comunicación, cercanía e intimidad.
  • Capaces de mirar a los demás con benevolencia y consideración positiva, prestando ayuda de manera amable, no moralista y sin juicios.
  • Ecológicos, aliados de las fuerzas de la naturaleza en vez de vivir en guerra con ellas.
  • Críticos con instituciones rígidas y burocráticas, recordando que las instituciones deben existir para las personas, no al revés.
  • Desconfiados de la autoridad externa: personas moralmente autónomas, capaces de confiar en su propia experiencia y conciencia para emitir juicios, incluso en contra de leyes que consideran injustas.
  • Espirituales: buscan un sentido, un propósito y una misión mayores que ellos mismos y que su propia vida.

Conclusión - Para transformar nuestro lenguaje violento en el lenguaje del Reino de Dios, debemos cambiar nuestra manera de pensar. Y para cambiar nuestra manera de pensar, debemos confrontar —y en muchos casos transformar— la cosmovisión en la que ésta se fundamenta.

P. Jorge Amaro, IMC

lunes, 1 de enero de 2018

CNV - El Lenguaje de la Paz

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«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10)

“Año nuevo, vida nueva”. Haciendo honor a este proverbio, he decidido escribir este año sobre una nueva forma de vivir que quiero ir adoptando progresivamente en la medida en que la voy investigando y escribiendo sobre ella. No me cuesta admitir que esta es, probablemente, la razón principal por la que he elegido este tema para el blog de 2018.

Investigo y escribo sobre ello, en primer lugar, para convencerme a mí mismo de que hasta ahora he vivido de un modo equivocado, y de que este año será para mí un noviciado en esta forma alternativa de vida. Si, al compartir estas reflexiones, alguien más llega a la misma conclusión que yo, tanto mejor. Como decía Mahatma Gandhi: «Si no encarnamos o no nos convertimos en el cambio que queremos ver en el mundo, nunca habrá cambio en el mundo».

El tema se llama CNV (Comunicación No Violenta), más conocida en inglés como NVC (Nonviolent Communication). Descubrí esta metodología en un curso bíblico que realicé en Jerusalén, y pronto me di cuenta del enorme potencial que encierra para transformar la vida de las personas, de la sociedad y del mundo.

Según su fundador, Marshall Rosenberg, la CNV no es solamente una forma de comunicarse ni se refiere únicamente a la ausencia de violencia. Es más que una técnica o teoría: es toda una filosofía de vida, una nueva lengua sustentada en una cosmovisión distinta, en una manera renovada de ver, pensar y sentir la existencia y todo lo que la rodea.

Rosenberg, judío estadounidense y psicólogo clínico, al iniciar su carrera como psicoterapeuta pronto percibió que ni el psicoanálisis ni el diagnóstico de la ira o de otros problemas psicológicos generaban los cambios profundos que él y sus pacientes deseaban. Descubrió que el problema era más sistémico que individual y que, por lo tanto, la solución también debía serlo.

La Comunicación No Violenta se propone como una alternativa al modo habitual de comunicarnos, como una lengua nueva para afrontar la violencia individual y social y contribuir a crear una civilización distinta, un mundo nuevo: lo que, en términos cristianos, llamaríamos el Reino de Dios. Y es que la lengua que hemos heredado y usado desde los inicios de la humanidad es violenta, no porque lo seamos por naturaleza, sino por educación. Hemos nacido, crecido y sido formados en una sociedad cuyos cimientos culturales y estructurales están impregnados de violencia.

El éxito del uso de la CNV en la psicoterapia llevó a Rosenberg a extenderla a través de talleres y encuentros, llegando a miles de personas en todo el mundo, especialmente en contextos de conflicto. Los resultados han sido sorprendentes. Quienes entran en contacto con este modo de comunicar reconocen que han vivido en el error y descubren, con esperanza, la posibilidad de una vida más plena, auténtica y feliz.

Cómo estamos llamados a vivir
«Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia. Sopórtense mutuamente y perdónense, si alguno tiene queja contra otro. El Señor los perdonó: hagan ustedes lo mismo» (Colosenses 3, 12-13).

Rosenberg, al comprender que se enfrentaba a un problema global, se planteó una pregunta fundamental: ¿Cómo estamos llamados a vivir? Como esa pregunta no podía responderse únicamente desde la psicología, acudió a las religiones. En todas ellas encontró un concepto central: la compasión. Estamos llamados a vivir con compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás.

En la tradición judeocristiana, la compasión de Dios hacia su pueblo es incondicional (Isaías 54, 10). Para Jesús, la compasión era un sentimiento natural que lo movía constantemente hacia las personas con las que se encontraba: tuvo compasión de las multitudes que vagaban como ovejas sin pastor (Mateo 9, 35-38); se conmovió ante los dos ciegos a la orilla del camino, privados de participar plenamente en la vida (Mateo 20, 29-34).

La CNV nos ofrece herramientas para pensar, escuchar y hablar de manera que despierte la compasión y la generosidad que ya habitan en nosotros. Nos ayuda a interactuar de forma más auténtica, solidaria y vital. Pero el modo de pensar y de vivir que nos propone es radicalmente distinto del que hemos aprendido a lo largo de siglos de cultura y educación.

Cómo hemos vivido
Lejos de comunicarnos compasivamente con nosotros mismos y con los demás, solemos usar sin darnos cuenta una lengua ofensiva y violenta, que hiere y alimenta conflictos. La mayor parte de nuestras expresiones se apoyan en una lengua estática, centrada en el abuso del verbo “ser”, que utilizamos para juzgar, clasificar, diagnosticar y etiquetar a los demás. Tenemos el hábito de señalar defectos, de decir a los otros qué problema tienen y cómo deberían comportarse.

Nuestra lengua, desde tiempos remotos, ha fomentado conflictos internos y externos, guerras frías o abiertas, agresividad pasiva o explosiva. Vivimos en un mundo de dominadores y dominados, explotadores y explotados, y ni unos ni otros son felices. Quien promueve la guerra no vive en paz, pero tampoco quien la sufre; como dice el refrán: «Quien va a la guerra, da y recibe».

Fuimos educados en estructuras de poder en las que algunos se creen superiores y se arrogan el derecho de definir lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto. Los que obedecen sus reglas son considerados “buenos”, y los que se rebelan son “malos”. La justicia que se deriva de esta cosmovisión es retributiva: premios para los obedientes y castigos para los desobedientes. La CNV pone al descubierto la falacia de este modo de pensar, de hablar y de vivir.

Una lengua que etiqueta y condena
Son pocas las veces en que describimos lo que vemos sin juzgarlo. Nuestra cultura abusa del verbo “ser”: nos hemos acostumbrado a encasillar todo y a todos. Si alguien mató a un perro, lo llamamos “mata-perros”; si alguien miente, lo etiquetamos para siempre como “mentiroso”. Y así sucesivamente: egoísta, perezoso, cruel, orgulloso…

Este uso nos ata a una identidad fija, nos impide crecer y cambiar. Poco a poco, los ojos se nos nublan con los prejuicios, hasta que solo vemos lo que queremos ver y solo escuchamos lo que queremos escuchar.

Una lengua que niega la libertad y la responsabilidad
Frases como «Tengo que hacerlo» o «Es mi deber» nos convierten en esclavos de un deber impuesto, anulando nuestra capacidad de elección. Y cuando no elegimos, tampoco nos sentimos responsables de lo que hacemos.

Fue esta mentalidad la que permitió a muchos justificarse en los juicios tras el Holocausto: «Solo cumplía órdenes». Hoy repetimos la misma lógica al decir: «Son órdenes superiores, es la ley, es la política de la empresa».

Una lengua que intimida con castigos o seduce con premios
Cuando alguien actúa por miedo al castigo o por la expectativa de un premio, no lo hace desde la libertad ni desde la compasión. El resultado puede ser eficaz en apariencia, pero siempre deja un alto coste humano. La violencia engendra violencia. Y tanto el que obedece como el que ordena quedan empobrecidos, pues la relación se convierte en desigual y coercitiva.

El verdadero motor de la acción humana no debería ser ni el miedo ni la recompensa, sino la alegría de contribuir libremente al bien de los demás. Como dice otro proverbio: «Quien corre por gusto, no se cansa».

Vivir compasivamente
Lengua e inteligencia evolucionan unidas en la historia de la humanidad. No hay inteligencia sin lenguaje, ni lenguaje sin inteligencia. El niño aprende a hablar y, al mismo tiempo, es educado. Así también, si queremos cambiar de vida, necesitamos adoptar una lengua nueva que la sostenga.

La Comunicación No Violenta nos invita a aprender y practicar un nuevo modo de hablar y de pensar, que nos conduzca a una auténtica conversión (metanoia): un cambio de mentalidad que, a su vez, genera una transformación de vida.

Rosenberg descubrió que, más que analizar los problemas o interpretarlos, bastaba con enseñar a las personas a hablar y escuchar de manera distinta. Quienes aprendían esta nueva lengua experimentaban cambios profundos, resolviendo sus conflictos sin necesidad de largas terapias.

En el fondo de toda acción humana están las necesidades universales que todos compartimos. Reconocerlas y expresarlas puede ser el camino hacia una mayor conexión, cooperación y paz.

Conclusión - La Comunicación No Violenta no es solo una técnica de diálogo, sino un modo de vida que transforma nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. En clave cristiana, abre un camino hacia el Reino de Dios en la tierra: una civilización fundada en la compasión, la justicia y la paz.

P. Jorge Amaro, IMC