martes, 15 de mayo de 2018

CNV - Sentir sin Subterfugios

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¿Qué son las emociones o sentimientos?
Los sentimientos o emociones son señales que recibimos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, que nos alertan sobre el estado actual de nuestras necesidades: satisfechas o insatisfechas.

Como proceden tanto del cuerpo como del espíritu, pueden manifestarse en sonrisas, miradas, expresiones faciales, dolores de cabeza o de estómago, así como en emociones tales como la ira, el miedo, la frustración, la culpa o la decepción.

Existe una sola naturaleza humana que no cambia ni con el paso del tiempo, de generación en generación, ni con la diversidad de culturas o civilizaciones: los sentimientos o emociones, al igual que las necesidades que los sustentan, son universales. Todas las personas experimentan las mismas emociones o comparten los mismos sentimientos, porque estos nacen de esa naturaleza humana inmutable.

La clave para identificar y expresar sentimientos es centrarnos en palabras que describan nuestra experiencia interior, en lugar de aquellas que describen interpretaciones de las acciones de los demás. Por ejemplo: «me siento solo» refleja una vivencia interior, mientras que «siento que no me quieres» expresa una interpretación sobre los sentimientos del otro.

Sentimientos y pensamientos
Los pensamientos son procesos cognitivos o intelectuales que buscan la verdad; siguen un camino dialéctico, lógico y deductivo que parte de una o varias premisas y conduce a una conclusión que, en ocasiones, se convierte en decisión. Los pensamientos pueden ser abstractos, pero la mayor parte de las veces se ocupan de realidades cualificables, cuantificables y verificables.

En cuanto a su naturaleza, pueden incluir creencias, ideales, opiniones, proyectos. Los sentimientos, en cambio, constituyen lo más personal e intransferible que existe en el ser humano; los pensamientos se pueden copiar, los sentimientos no: de algún modo están sujetos a un “derecho de autor”.

Le cœur a ses raisons que la raison ne connaît point. —Como bien comprendió Pascal, los sentimientos son más difíciles de definir, pues no surgen de la cabeza, sino de lo profundo de nuestro ser. No los provocamos nosotros, es decir, no están sometidos a nuestra voluntad; no hay nada que yo pueda hacer para sentir una emoción concreta. Los sentimientos emergen en nuestra conciencia de manera automática, sin que lo queramos y sin previo aviso: son imprevisibles. Precisamente por esta razón, los sentimientos o emociones no han sido objeto de estudio riguroso por parte de ninguna ciencia, ni siquiera de la psicología.

En cierto modo, no somos responsables de nuestros sentimientos, ya que no tenemos poder alguno sobre ellos: no podemos producirlos, evitarlos ni borrarlos. Sin embargo, nos pertenecen, porque proceden de nuestro interior y no son provocados directamente por otras personas o circunstancias.

Cuando afloran a nuestra conciencia, no nos queda otra alternativa que asumirlos y responsabilizarnos de ellos. Son valiosas señales, mensajeros de nuestro estado físico, moral y espiritual. Ignorarlos es vivir desconectados de nosotros mismos, sin saber dónde estamos ni hacia dónde vamos. Nuestros sentimientos son un dedo que apunta a una necesidad satisfecha o insatisfecha.

Espiritualidad y sentimientos
Espiritualmente, los sentimientos se asemejan a la vida misma: así como no tenemos poder sobre nuestra vida, tampoco lo tenemos sobre nuestros sentimientos; no podemos ordenarlos a voluntad, no podemos dejar de sentir ni empezar a sentir algo concreto. Como sucede con la vida, la única opción es administrarlos.

Podemos optar por ignorarlos, reprimirlos, esconderlos o expresarlos. Para ello, necesitamos desarrollar inteligencia emocional, es decir, la capacidad de identificarlos y nombrarlos. Algunos tienen habilidad en esta tarea, pero la mayoría, debido a nuestra educación y cultura, somos emocionalmente analfabetos.

Cerebrales” y “sentimentales
Los individuos “cerebrales” tienden a ver el mundo en blanco y negro, no toleran la imprecisión. Consideran que las personas son demasiado inciertas e inconstantes, por lo que se centran más en lo tangible y conceptualizable: buscan la verdad, miden y clasifican, aplican reglas generales. Desde la mirada de los sentimentales, son percibidos como fríos, sin corazón, pedantes o robots calculadores.

Los emocionales o sentimentales, en cambio, se orientan hacia las relaciones y las consideraciones sociales; escuchan su corazón y tienen en cuenta los sentimientos de los demás. Para ellos, las cosas materiales valen en la medida en que están al servicio de la existencia humana, que es lo más importante.

En el trabajo suelen ser sociables y colaboradores; sus decisiones se basan más en valores humanos que en reglas generales. Para los cerebrales, los sentimentales no son personas confiables, porque consideran que los sentimientos son volubles.

La interacción entre pensamientos y sentimientos
En el interior de la persona humana, pensamientos y sentimientos están llamados a entenderse, ya que están tan interconectados que una confusión emocional suele ir acompañada de una confusión mental.

Las personas emocionalmente sensibles tienden a ver y experimentar el mundo a través de sus emociones. Algunas sienten, pero no logran nombrar ni identificar las emociones ni sus causas. Por otra parte, como las emociones son su manera principal de experimentar los acontecimientos de la vida, llegan a etiquetar sus pensamientos como si fueran emociones.

Por ejemplo, cuando alguien dice: «me siento estúpido», está expresando de forma inadecuada tanto un pensamiento como un sentimiento. Como pensamiento, equivaldría a «soy estúpido»; como sentimiento, estaría más relacionado con la vergüenza, la tristeza o el dolor. Si una persona experimenta emociones pero no consigue ponerles nombre, se le hará más difícil gestionarlas. Los rótulos o etiquetas son fundamentales en la gestión de las emociones.

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Alfabetización emocional – Lo afectivo es eficaz
Nuestra cultura no nos entrena para identificar los sentimientos y, con frecuencia, no sabemos cómo nos sentimos; carecemos de palabras para expresar lo que experimentamos emocional o afectivamente y, por ello, somos analfabetos emocionales.

Ser emocionalmente alfabetizado significa saber diferenciar pensamientos de sentimientos, ser capaz de nombrar los propios sentimientos y los de los demás, evaluar su intensidad, reconocer su causa y decidir qué hacer con ellos, asumiendo la responsabilidad de la manera en que nuestras emociones pueden afectar a los otros. También implica aprender a gestionar tanto nuestras emociones como las de los demás, de modo que mejoren la calidad de vida de ambas partes.

La alfabetización emocional consiste en hacer que nuestras emociones trabajen a nuestro favor y no contra nosotros. Contribuye a mejorar las relaciones humanas, crea vínculos afectivos entre las personas, facilita el trabajo en grupo, impulsa la cooperación y fortalece el sentido de comunidad.
Todos tenemos algo que aprender acerca de nuestras emociones. 

Algunas personas crecen con un alto nivel de alfabetización emocional, otras permanecen emocionalmente analfabetas. Las emociones forman parte esencial de la naturaleza humana: cuando nos desconectamos de ellas, perdemos un aspecto fundamental de nuestro potencial. Reconocer y gestionar nuestros sentimientos, así como responder adecuadamente a las emociones de los demás, incrementa nuestro poder personal tanto en la vida profesional como en la vida privada.

Ser emocionalmente alfabetizado significa estar capacitado para identificar las emociones propias y ajenas, su intensidad, su origen y la mejor manera de gestionarlas; significa saber cómo tratarlas porque las comprendemos. Implica también desarrollar la empatía y aprender a asumir la responsabilidad del impacto que nuestras emociones tienen sobre los demás.

Los periódicos están llenos de historias de personas inteligentes y exitosas que cometieron graves errores emocionales, llegando a arruinar su vida. Emociones como la ira, el miedo, la vergüenza o el deseo sexual pueden llevar a personas lúcidas a comportarse de manera insensata.

La verdadera fortaleza
No descubras tu pecho / por mayor que sea el dolor / pues quien su pecho descubre / de sí mismo es traidor.

Todos, pero especialmente los varones, hemos crecido ignorando nuestras emociones o sentimientos, convencidos de que resulta vergonzoso, débil o peligroso hablar de ellos. Lo que negamos en nosotros mismos lo negamos también en los demás; por eso solemos despreciar o desoír las emociones de aquellos que tienen el valor de expresarlas.

Nuestra cultura tiende a relegar la vivencia de los sentimientos al ámbito familiar. Fuera de este, en la vida profesional, laboral o social, se considera inapropiado expresarlos: se espera que las relaciones sean funcionales, neutras, impersonales. En la vida pública se nos aconseja no implicarnos personalmente y, por ello, recurrimos a innumerables máscaras que nos convierten en autómatas y transforman nuestras relaciones en una farsa.

Como los sentimientos revelan más de nosotros que los pensamientos, tendemos a ocultarlos, pues mostrar nuestro lado vulnerable parece un signo de debilidad y un riesgo de ser fácilmente dominados. Solo nos abrimos con los amigos, y aun así con reservas, temiendo que puedan no ser sinceros. «Líbrame Dios de mis amigos, que de mis enemigos me libro yo».

Cuando veas la sombra de un gigante, fíjate en la posición del sol para comprobar si no se trata de la sombra de un enano. (Friedrich Novalis)

Aplicamos la misma lógica que funciona entre los animales: se dice que un perro huele nuestro miedo y, cuando lo detecta, nos ataca con más facilidad. Así, ocultamos nuestra debilidad proyectando una identidad que no es la nuestra. Pero este juego puede fracasar, porque si el otro lo percibe, no dudará en dejarnos en evidencia, obligándonos a asumir nuestra verdadera identidad con vergüenza y deshonor.

Por eso me complazco en mis debilidades, en las afrentas, en las necesidades, en las persecuciones y en las angustias, por Cristo. Pues cuando soy débil, entonces soy fuerte. (2 Cor 12, 10)

La vulnerabilidad como fuerza
Para Rosenberg, lejos de ser un obstáculo, revelar nuestros sentimientos constituye un valor añadido. Ofrece varios ejemplos que confirman lo que San Pablo había intuido hace dos mil años: cuando asumimos nuestras debilidades con valentía, nos hacemos fuertes, porque estamos en la verdad; y no hay posición más vulnerable que vivir en la mentira y proyectarla sobre los demás.

Rosenberg cuenta la visita que realizó a una escuela secundaria para hablar sobre la comunicación no violenta. Al entrar en un aula, los alumnos, que estaban animadamente conversando, enmudecieron. Saludó con un “buenos días” y nadie respondió: el silencio era sepulcral. «Me sentí incómodo», relata, pero siguió adelante con actitud profesional, como si nada ocurriera. La clase mostraba desinterés, cada cual ocupado en lo suyo, y su incomodidad crecía, aunque él seguía ignorándola.

De pronto, un estudiante le espetó: «A ti no te gustan los negros, ¿verdad?». Inmediatamente, Rosenberg comprendió que él mismo había sido responsable de esa percepción errónea: al tratar de ocultar su incomodidad por no lograr conectar con los alumnos, había transmitido, a través de su lenguaje corporal, un mensaje equivocado. El error de los estudiantes fue interpretarlo como racismo.

Reconociendo esta vez sus sentimientos, respondió: «Me siento nervioso, pero no porque seáis negros, sino porque no conozco a ninguno de vosotros y estaba ansioso por saber si sería aceptado». Esa expresión de vulnerabilidad fue como una varita mágica que transformó a una clase apática en un grupo participativo e interesado.

Un cambio de paradigma
Hubo un tiempo en que se decía que los hombres no lloran, y la psicología descartaba el estudio de las emociones por considerarlas imposibles de abordar científicamente. Pero después de ver lágrimas en los ojos de figuras públicas, en especial de políticos, y tras la publicación del libro de Daniel Goleman La inteligencia emocional, que se convirtió en un best seller, los sentimientos han pasado a ser más valorados. Ya no se asocian tanto con la debilidad, sino con la esencia del ser humano. Ser humano es ser capaz de compasión y de misericordia ante el propio sufrimiento y el sufrimiento ajeno.

Los psicópatas, en cambio, pueden actuar sin las limitaciones que frenan al resto de los mortales. Son capaces de mentir, robar, extorsionar, torturar o matar sin sentir culpa alguna. Cuando adquieren poder sobre los demás, se convierten en extremadamente peligrosos. Baste recordar figuras como el emperador romano Calígula, Adolf Hitler o Stalin. La Historia está llena de ejemplos semejantes en todos los ámbitos: en la vida individual y familiar, en la política, en los negocios, en las calles, en cualquier parte.

Lista de sentimientos cuando nuestras necesidades no están satisfechas
Enfadado – irritado – cuestionado – confuso – decepcionado – desanimado – angustiado – avergonzado – frustrado – indefenso – infeliz – impaciente – molesto – solitario – nervioso – abrumado – perplejo – reticente – triste – incómodo – confundido.

Lista de sentimientos cuando nuestras necesidades están satisfechas
Asombrado – cómodo – optimista – confiado – con energía – pleno – realizado – inspirado – alegre – feliz – esperanzado – orgulloso – aliviado – agradecido – sorprendido – conmovido – seguro de sí mismo.

Identificación de sentimientos
Expresiones de sentimientos que contienen una autoevaluación
«Siento que no he sido tratado con justicia».

Rosenberg advierte que, con frecuencia, confundimos pensamientos con sentimientos. Por eso, cuando la expresión «siento…» va seguida de algo que no es un adjetivo, no estamos expresando un sentimiento, sino un pensamiento u opinión. Por ejemplo: «Siento como si estuviera hablando con una pared» no expresa un sentimiento, sino un juicio disfrazado de emoción.

Para expresar un sentimiento, ni siquiera necesitamos decir «yo siento»; basta con nombrarlo directamente. En lugar de «me siento irritado», podemos decir simplemente «estoy irritado».
«Siento que soy un fracaso como guitarrista».

Aquí no estoy expresando un sentimiento, sino una autocrítica negativa sobre mis capacidades. El sentimiento real sería: «me siento frustrado (impaciente, decepcionado) conmigo mismo por mi actuación en el último concierto».

Expresiones de sentimientos que contienen una evaluación de los demás
«Siento que no soy importante para mi jefe».

Esto no expresa un sentimiento, sino una interpretación sobre cómo creo que mi jefe me valora. El sentimiento genuino sería: «me siento triste» o «me siento desanimado».
Cuando expresamos sentimientos, los demás no forman parte de la ecuación: los sentimientos son lo más íntimo y personal que tenemos. Los otros pueden ser el detonante, pero la causa siempre está en nosotros, no en ellos.
«Me siento incomprendido».

Esto es una evaluación sobre la capacidad del otro para comprender. El sentimiento auténtico sería: «me siento ansioso» o «me siento irritado».

«Me siento ignorado».

De nuevo, es una interpretación negativa de las acciones de otra persona. Y, sin embargo, la misma situación puede interpretarse de formas opuestas: si me agrada la persona que me ignora, me siento herido porque deseaba implicarme con ella; si no me agrada, incluso puedo sentir alivio.

Para evitar confusiones, conviene no abusar de la fórmula «siento que…», ya que fácilmente se convierte en una manera de expresar pensamientos o juicios. Lo mejor es recurrir a nuestro vocabulario emocional y nombrar directamente el estado de ánimo: «estoy confuso», «estoy preocupado», «estoy cansado».

Cómo se relaciona la observación con los sentimientos
Después de comunicar a nuestro interlocutor lo que hemos observado de forma objetiva, añadimos la implicación personal: expresamos el sentimiento que esa observación despierta en nosotros, sin emitir crítica ni juicio moral. De este modo, nombramos la emoción que experimentamos en el momento presente, lo que nos permite establecer una conexión auténtica con el otro en un clima de respeto y cooperación.

El propósito de esta etapa no es avergonzar al otro por lo que siente ni impedirle sentir, sino identificar con precisión la emoción que está presente en nosotros o en la otra persona. Como los sentimientos son difíciles de expresar con palabras, debemos hacerlo de manera tentativa, contrastando con el interlocutor si nuestra percepción es correcta o no.

Algunos ejemplos:

  • «Ya falta solo una hora para que empiece el programa, veo que has acelerado el paso (observación). ¿Estás nervioso?» (indagación sobre el sentimiento del otro).
  • «Veo a tu perro correr y ladrar sin correa (observación). Tengo miedo» (expresión de sentimiento propio).
  • «He notado que tu nombre no apareció en los agradecimientos (observación). ¿Te sentiste dolido porque no te valoraron como mereces?» (indagación sobre el sentimiento del otro).

Conclusión -  Nuestra cultura no nos enseña a identificar los sentimientos y, con frecuencia, no sabemos cómo nos sentimos. Ser emocionalmente alfabetizado significa saber diferenciar pensamientos y sentimientos, ser capaz de nombrar las emociones propias y ajenas, evaluarlas en su intensidad, reconocer su causa y decidir qué hacer con ellas, asumiendo la responsabilidad de la manera en que nuestros sentimientos pueden afectar a los demás.

P. Jorge Amaro, IMC

martes, 1 de mayo de 2018

CNV - Observar sin Juzgar

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No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. (Lucas 6, 37)

Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. (Mateo18, 3)

El símbolo de la justicia, así como su significado, es universalmente conocido: una dama con los ojos vendados, que representa la neutralidad y la imparcialidad; con una balanza en la mano, para sopesar y valorar equitativamente los actos imputables; y con una espada, que denota el poder de ejecutar una sentencia.

Sin embargo, si contemplamos esta misma figura con los ojos limpios de un niño, que desconoce su carga simbólica y cultural, puede reflejar algo muy distinto: la manera en que solemos comportarnos. Evaluamos y sentenciamos a los demás, guiados por prejuicios, porque tenemos los ojos vendados a la realidad observable.

Las observaciones son aquello que podemos ver y oír, los estímulos que despiertan nuestras reacciones. El objetivo es describir de forma objetiva, concreta y neutra el motivo de nuestra reacción, tanto como lo haría una cámara de vídeo que registrara el momento. Esto ayuda a crear una realidad compartida con la otra persona. La observación constituye el contexto de la expresión de nuestros sentimientos y necesidades, y en ocasiones ni siquiera es necesaria si ambas partes ya están claras sobre el contexto.

La clave de una buena observación es separar nuestros juicios, evaluaciones o interpretaciones de la descripción de lo ocurrido. Por ejemplo, si decimos a alguien: «eres antipático», es probable que lo niegue; pero si decimos: «hoy no me saludaste al entrar en la sala», la persona podrá reconocer más fácilmente el hecho descrito.

Cuando somos capaces de describir lo que vemos o escuchamos en lenguaje de observación, sin mezclar ninguna valoración, aumentamos la probabilidad de que la otra persona, aunque no responda de inmediato, esté más dispuesta a escuchar nuestros sentimientos y necesidades. Por el contrario, si expresamos una crítica o una valoración, el diálogo se enturbia desde el primer momento.

La comunicación no violenta nos ayuda precisamente a distinguir la observación de la evaluación, a depurar nuestras descripciones de todo juicio moralista y de toda calificación, ya sea negativa o positiva. La comunicación no violenta se fundamenta en una observación libre de prejuicios, interpretaciones y valoraciones, así como en la capacidad de ofrecer a la otra persona un feedback basado en esa observación.

Un buen feedback debería ser como un espejo: reflejar fielmente lo que ha ocurrido, sin interpretar, analizar ni añadir nada. Cuando, aunque sea de manera velada o disimulada, dejamos que nuestras observaciones incluyan una apreciación, una interpretación o una crítica, la otra persona se pondrá inmediatamente a la defensiva y la comunicación se resentirá, quedando envenenada y destinada al fracaso.

Nuestra excesiva rapidez en emitir juicios nos hace perder datos observables. En este sentido, resulta iluminador lo que dice Jesús acerca de hacernos como niños: recuperar cualidades que perdimos al crecer. Una de ellas es conservar la mirada pura de la infancia, una visión no subjetiva de las cosas, no contaminada por la carga cultural o por prejuicios.

A diferencia de los niños, los adultos se llenan a menudo de prejuicios y opiniones sobre todo y sobre todos; parecen llevar las anteojeras que se colocan a los caballos, reduciendo así su campo de visión para mirar solo hacia delante. Desarrollan «cataratas» en los ojos y «cera» en los oídos: solo ven y oyen lo que quieren y como quieren. De esta manera, percepción, interpretación y valoración se confunden en una sola cosa.

Observación según la CNV
Para Marshall Rosenberg, una observación es la descripción de lo que está sucediendo en el mismo instante en que observamos y relatamos nuestra observación. Se trata de un informe elaborado a partir de nuestros cinco sentidos exteriores —la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato— junto con nuestro pensamiento y visión interior, desprovista de valoraciones y prejuicios.

Una observación no violenta consiste, por tanto, en relatar los hechos tal y como son percibidos por nuestra experiencia sensorial en un contexto determinado de tiempo y lugar, libres de cualquier tipo de análisis o evaluación.

Observar sin evaluar no es fácil, especialmente cuando lo que observamos nos desagrada, cuando despierta nuestra ira o incluso nuestro aprecio. Tendemos a implicarnos personalmente en lo observado y, con frecuencia, caemos en juicios precipitados de los que después nos arrepentimos, sin poder ya remediarlos si los hemos expresado en voz alta. Como dice el refrán popular: «Palabra dicha, piedra lanzada».

Debido a nuestra educación y a la cultura de la violencia en la que estamos inmersos, es casi inevitable que surjan interpretaciones y valoraciones acerca de todo lo que percibimos. Cuando esto sucede, y para evitar conflictos, la CNV recomienda que guardemos esas evaluaciones para nosotros, como si fueran un mal pensamiento. Y en caso de formularlas en voz alta, hemos de asumir la plena responsabilidad de ellas.

«La forma más elevada de inteligencia humana es la capacidad de observar sin juzgar».
— Jiddu Krishnamurti

Observar sin evaluar significa dar el beneficio de la duda, es decir, desconfiar de nuestra propia interpretación y de las conclusiones casi automáticas de nuestra mente, para mantenernos en el terreno de la observación pura. Juzgar y evaluar equivale a encasillar, a congelar una realidad viva en una fotografía fija. Como recordaba Heráclito, el filósofo griego del devenir, la realidad no es estática, sino dinámica.

Nuestra mente tiende a funcionar según la filosofía mecanicista de la física de Newton, que concebía la naturaleza como un engranaje de precisión, semejante a un reloj exacto. Por pereza mental, preferimos un mundo donde todo funcione con leyes claras y previsibles, donde las excepciones son vistas como anomalías y, por tanto, despreciadas. Un mundo estable, uniforme y perfectamente controlable.

Pero ese pudo ser el mundo de Newton, no el nuestro. El nuestro está mejor descrito por la física cuántica y por el principio de incertidumbre de Heisenberg, donde el azar y la variabilidad forman parte esencial de la realidad. Las variables son tantas como las leyes, y aunque ello nos lleve a la confusión, refleja mejor la naturaleza de nuestro mundo.

Si queremos vivir en sintonía con este mundo dinámico y en constante transformación, debemos cambiar nuestra cosmovisión y nuestro lenguaje. Estos no pueden ser estáticos ni absolutos, sino relativos y dinámicos. La CNV desplaza la atención de lo que «somos» —nuestra identidad, personalidad, apellido— a lo que estamos experimentando en el momento presente: cómo nos sentimos y qué nos ocurre. El lenguaje estático está anclado en el pasado; la CNV es dinámica y se centra en el presente.

Aprender a traducir juicios e interpretaciones en lenguaje de observación nos aparta del esquema de «bien/mal» y nos ayuda a asumir la responsabilidad de nuestras reacciones, dirigiendo la atención a nuestras necesidades como fuente de nuestros sentimientos, en lugar de proyectar esa responsabilidad sobre otras personas.

El ejemplo clásico de Rosenberg
Rosenberg cuenta que un día fue llamado a una escuela donde los profesores estaban constantemente en conflicto con el director. En una reunión, les preguntó:

«¿Qué hace el director que entra en conflicto con vuestras necesidades?»

Lo que pedía era una observación concreta de los comportamientos del director, pero las respuestas fueron solo valoraciones:
«Es un charlatán».
«El director habla demasiado».

Al mostrarles que esas frases eran evaluaciones y no observaciones, otro profesor intervino:
«Cree que solo él tiene buenas ideas».
Finalmente, otro dijo:
«En las reuniones quiere ser siempre el centro de atención».

Sin embargo, nadie lograba identificar un comportamiento concreto, objetivo y libre de valoración. En un encuentro posterior, Rosenberg descubrió lo que realmente irritaba a los docentes: el director solía aprovechar cualquier tema de discusión para contar largas historias de su infancia y juventud, lo que desviaba las reuniones del tema principal y alargaba excesivamente su duración.

Este caso ilustra bien nuestra dificultad para describir lo que observamos sin contaminarlo con juicios. A veces, como sucedía con estos profesores, la evaluación invade tanto nuestra mente que llegamos incluso a olvidar el hecho original que la provocó.

Evaluar sin asumir responsabilidad
En el libro de Rosenberg encontramos ejemplos en los que la observación lleva implícita una evaluación, lo que demuestra lo difícil que resulta separarlas en la vida cotidiana.
«Eres demasiado generoso».
Aquí se presenta una supuesta observación, pero en realidad es una valoración. Quien la pronuncia se erige en medida universal de lo que es ser «menos», «más» o «demasiado» generoso, y formula una afirmación categórica, aparentemente objetiva, sin responsabilizarse de ella.

La traducción a lenguaje de observación sería algo así:
«Al ver que entregaste todos los bombones sin quedarte con ninguno, pienso que fuiste demasiado generoso».

De esta manera, se hace referencia a un hecho concreto, evitando interpretaciones apresuradas. Pero si queremos interpretar, hemos de asumir la responsabilidad:
«Yo creo que eso es ser demasiado generoso» o «para mí eso es ser demasiado generoso».
Así, dejamos la realidad abierta a otras interpretaciones posibles.

Uso y abuso de los verbos que evalúan
«Juan siempre está posponiendo». – Esta observación contiene una generalización. Aunque hayamos sorprendido a Juan aplazando algo en más de una ocasión, eso no significa que lo haga siempre. Es el mismo caso de quien una vez mató a un perro y desde entonces pasa a ser conocido como «mata-perros». Las generalizaciones son siempre injustas, del mismo modo que lo es etiquetar a una persona, incluso cuando esta repite un comportamiento con frecuencia.

El verbo más nocivo de todos dentro del marco de la comunicación no violenta es el verbo «ser», porque bautiza a las personas y las encadena a una etiqueta que les impide crecer y progresar. El abuso de este verbo en la educación de los niños los condena a convertirse en lo que los demás quieren que sean. El verbo «ser» ata a las personas a identidades estáticas. Cada vez que etiquetamos a alguien, lo encerramos en una camisa de fuerza, lo condenamos a cadena perpetua y no le permitimos salir de ella.

Somos un ser en construcción, en crecimiento continuo, en un devenir constante, en permanente evolución. El verbo «ser» no nos define, porque no somos piedras, no somos seres estáticos: somos seres vivos. El verbo «ser» solo sirve para definir cosas muertas y, cuando pretende definir lo que está vivo, lo mata.

«Juan solo estudió para el examen de Física la noche anterior». – El antídoto contra la generalización y la etiqueta es referirnos a un caso concreto. De esta forma, observamos o relatamos algo que realmente sucedió y permanecemos fieles a la realidad, dejando que sea Juan quien saque sus propias conclusiones sobre la frecuencia o recurrencia de su conducta.

«Mónica es fea». – Esta frase supone que poseemos un patrón universal de belleza y que, en el caso de Mónica, nos erigimos en portavoces de siete mil millones de personas.

«El aspecto de Mónica no me atrae». – Así me responsabilizo de mi apreciación, que es únicamente mía y no extensible a nadie más. Ya decían los romanos: «de gustibus non est disputandum», y en nuestro refranero popular encontramos la versión: «quien feo ama, hermoso le parece».

Profetas de desgracias
«Su trabajo no va a ser aceptado». – Con frecuencia, en nuestras afirmaciones adoptamos la pretensión de ser profetas, y casi siempre profetas de desgracias. Con cierta malicia y un sutil placer en el mal ajeno, hacemos pronósticos negativos acerca de los pensamientos, ideas, intenciones, deseos o acciones de los demás. Pero esta no es una observación, sino una valoración a priori, cuyo objetivo puede ser humillar a la persona, disuadirla de sus propósitos o incluso influir en ella para que fracase.

«Yo no creo que su trabajo sea aceptado». – Esta sería la traducción en clave de CNV: quien evalúa se responsabiliza de su propia valoración. Así se resta peso y autoridad a lo que se dice.

«Si no haces comidas equilibradas, perderás la salud». – Esta es una afirmación que ni siquiera un médico debería hacer, pues confunde predicción con certeza. La medicina no es una ciencia exacta como las matemáticas: son muchos los factores que influyen en la salud y en la enfermedad. Por lo tanto, aunque esta afirmación pueda contener algo de verdad, no refleja toda la realidad.

«Si tus comidas no son equilibradas, temo que tu salud pueda verse afectada». – Esta formulación se ajusta más a la verdad, ya que la dieta es solo uno de los muchos factores que condicionan tanto la salud como la enfermedad.

Generalizaciones
«Los extranjeros son descuidados». – Este es un ejemplo típico de generalización, quizá el error más común en nuestra vida diaria. Palabras como «siempre», «nunca», «casi siempre» suelen ir acompañadas de generalizaciones. Una generalización es la universalización de nuestra experiencia. Si somos lo suficientemente humildes, reconoceremos que nuestra experiencia es muy limitada en el tiempo y en el espacio, y que, por tanto, no puede ni debe universalizarse.

La base del racismo y de la discriminación está precisamente en esta universalización y generalización de nuestras experiencias cuando hacemos afirmaciones sobre grupos de personas: los hombres… las mujeres… los negros… los gitanos… los ingleses…

«La familia de extranjeros que vive en el número 24 no cuida su jardín». – El antídoto contra la generalización es ser específico en tiempo y lugar, limitando nuestra afirmación a un contexto y a un comportamiento concreto; al fin y al cabo, «contra los hechos no hay argumentos».

«Óscar es un mal jugador». – Es una generalización muy común en los ambientes futbolísticos y en las discusiones acaloradas entre aficionados. Expresa frustración, pero no tiene nada que ver con la verdad.

«Óscar no marcó goles en los últimos cinco partidos». – Traducida a una afirmación aceptable según los cánones de la CNV, se convierte en una referencia a hechos concretos, sin caer en conclusiones precipitadas. El mismo jugador, si marca un gol decisivo en un campeonato, sería inmediatamente valorado de forma muy diferente.

Ejemplos de observaciones con o sin evaluaciones
  • «Juan estaba enfadado conmigo ayer sin ninguna razón». – Evaluación
  • «Anoche, Nancy se mordía las uñas mientras veía la televisión». – Observación
  • «Sam no pidió mi opinión durante la reunión». – Observación
  • «Mi padre es un buen hombre». – Evaluación
  • «Clara trabaja mucho». – Evaluación
  • «Enrique es agresivo». – Evaluación
  • «Carlos fue el primero todos los días de esta semana». – Observación
  • «Mi hijo, muchas veces, no se cepilla los dientes». – Evaluación
  • «Lucas me dijo que no me sienta bien el amarillo». – Observación
  • «Mi tía protesta cuando hablo con ella». – Evaluación
Los puros de corazón verán a Dios
«Si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo lejos de ti: más te vale entrar con un solo ojo en la Vida que, teniendo los dos, ser arrojado a la Gehena del fuego». (Mateo 18, 9)

«La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti son tinieblas, ¡qué grandes tinieblas serán!». (Mateo 6, 22-23)

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». (Mateo 5, 8)

Como sugiere Jesús, nuestros ojos están enfermos y, por tanto, se convierten en ocasión de caída. No vemos objetivamente, sino que vemos lo que queremos ver; no observamos sin interpretar, de modo que nuestros ojos dejan de ser ventanas al mundo y lámparas que iluminan las cosas tal cual son. Necesitamos purificar nuestro corazón y nuestra mente: solo así veremos a Dios, veremos la realidad en su verdad y, de este modo, contribuiremos a la armonía en las relaciones humanas y a la paz en el mundo.

Evaluación o juicios de valor en CNV
¿Cómo es posible vivir sin evaluar el comportamiento de los demás y el propio? ¿Acaso en la CNV no hay ningún tipo de evaluación? Sí la hay, pero en la CNV nos abstenemos de evaluaciones moralistas, expresadas en un lenguaje estático, que forman parte del juego de quién tiene razón / quién no la tiene, quién es bueno / quién es malo, quién merece ser premiado / quién merece ser castigado.

La evaluación en CNV se centra en lo observable, en el presente, en el aquí y el ahora. Se refiere a actos concretos y no a actitudes genéricas. Es una evaluación dinámica, enfocada en lo que ocurre en nosotros y en los demás en el campo de los sentimientos y necesidades. En la CNV, tanto nuestro comportamiento observable –lo que decimos o hacemos en un momento dado– como el de los demás se evalúa en la medida en que responde o no a nuestras necesidades, en la medida en que nos hace sentir bien o no.

La comunicación violenta, en cambio, se apoya en evaluaciones estáticas y moralistas que, cuando se pronuncian, colocan a las personas a la defensiva porque las clasifican en dos categorías: los buenos, que merecen ser elogiados y recompensados, y los malos, que merecen ser reprendidos y castigados. En la CNV, la evaluación se basa en lo que está ocurriendo en el presente y en si ello responde o no a las necesidades y valores de quienes participan en la interacción.

Conclusión - Una observación no violenta consiste, por tanto, en el relato de los hechos tal como son percibidos por nuestra experiencia sensorial, en un contexto concreto de tiempo y lugar, libre de cualquier tipo de análisis y valoración.

P. Jorge Amaro, IMC