jueves, 15 de marzo de 2018

CNV - Empatia, el lubrificante de la comunicación no-violenta

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Los componentes del lenguaje no violento, como ya se ha dicho, son cuatro: observación – sentimientos – necesidades – peticiones. El objetivo de la comunicación no violenta es establecer relaciones basadas en la empatía y la gratuidad, de modo que las necesidades de todos puedan ser satisfechas. 

La compasión y la gratuidad son la filosofía de fondo en la que operan los cuatro componentes, el medio en el que se desarrollan y el objetivo final. En este sentido, la compasión y la gratuidad son, al mismo tiempo, el principio, el medio y la meta de la comunicación no violenta.

Los alquimistas de la Edad Media buscaban la piedra filosofal porque creían que esta piedra tenía el don de transformar en oro todo lo que tocara. Para la comunicación no violenta, la piedra filosofal es la empatía; es la varita mágica que hace posible que los cuatro componentes funcionen y que las personas vivan en gratuidad, armonía y entendimiento.

La comunicación no violenta funciona como un motor de coche de cuatro pistones; los cuatro pistones son los cuatro componentes de la CNV: observaciones – sentimientos – necesidades – peticiones. El movimiento continuo de estos, hacia arriba y hacia abajo, dentro de sus respectivos cilindros, activado por la explosión del combustible, es lo que mantiene el motor en marcha y el coche en movimiento. 

La gratuidad, o el dar del corazón, como dice Rosenberg, es el combustible que permite la combustión, la explosión y el movimiento de los pistones. Sin embargo, para que estos funcionen sin parar, con un mínimo desgaste, es necesario que estén lubricados y envueltos en aceite. Ese aceite que facilita y hace posible todo el proceso sin sobrecalentamiento ni fricción —es, en la CNV, la empatía.

¿Qué es la empatía?
“Al ver a la multitud, se compadeció de ella, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor.” (Mateo 9,36)

En comunicación no violenta, el término empatía, usado por la psicología en general, es semejante al unconditional positive regard de Carl Rogers; significan fundamentalmente lo mismo. Empatizar es salir de uno mismo, ver la realidad tal como la ve el otro; es sentir con el otro, hacer nuestro el sufrimiento ajeno; es aceptar y sostener a una persona independientemente de lo que haya dicho o hecho. Ser empático es ser sensible al propio sufrimiento y al de los demás, comprometiéndose a aliviarlo o evitarlo.

Expresar nuestras propias observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones hacia los demás forma parte de la CNV. La segunda parte es la empatía: el proceso de conexión con el otro, adivinando sus sentimientos y necesidades. 

La conexión empática puede ocurrir a veces en silencio, pero en momentos de conflicto comunicar a la otra persona que comprendemos sus sentimientos y que nos importan sus necesidades puede ser un punto de inflexión poderoso y la solución del conflicto. 

No obstante, demostrar que tenemos ese entendimiento no significa necesariamente que tengamos que estar de acuerdo en actuar de formas que contradigan nuestras propias necesidades.

La lengua de la CNV nos ayuda a relacionarnos con los demás, pero el corazón de la empatía está en nuestra capacidad de conectar con compasión con nuestra propia humanidad y con la humanidad de los otros. Ofrecer nuestra presencia empática, en este sentido, es una estrategia (o petición) a través de la cual podemos satisfacer nuestras propias necesidades. Es un regalo para la otra persona y para nosotros mismos: nuestra presencia completa.

Cuando usamos la CNV para conectarnos empáticamente, usamos los mismos cuatro componentes en forma de pregunta, ya que nunca sabemos con certeza lo que ocurre dentro del otro. La otra persona será siempre la autoridad final sobre lo que le sucede en su interior. Nuestra empatía puede satisfacer la necesidad del otro de ser entendida o incluso ayudarle en su propio proceso de autodescubrimiento. Podemos preguntar algo como: “Cuando ves, oyes... ¿te sientes...? ¿Por qué necesitas...? ¿Te gustaría...?”

Empatía y autoempatía
“La caridad empieza en casa” — es difícil mostrar empatía o benevolencia hacia los demás si no la tengo hacia mí mismo. Si no me amo incondicionalmente, jamás podré amar incondicionalmente a los otros. Tanto la expresión de nuestros propios sentimientos y necesidades como las conjeturas empáticas sobre los sentimientos y necesidades ajenos se basan en una conciencia particular que es el corazón de la CNV. Esa conciencia se nutre mediante la práctica de la autoempatía.

En la autoempatía nos dedicamos a nosotros mismos la misma compasión y atención que damos a los demás cuando los escuchamos usando la CNV. Eso significa darnos cuenta de cualquier interpretación y juicio que nos aplicamos y que dificultan la claridad de nuestra conciencia respecto a nuestros sentimientos y necesidades. Esa conciencia interior y claridad sobre sentimientos y necesidades nos ayuda a expresarnos ante los demás y a recibirles con empatía.

La práctica de la CNV implica la intención de conectar con compasión con nosotros mismos y con los demás, y la capacidad de mantener la atención en el momento presente —lo que incluye ser consciente de que, a veces, en este momento presente estamos recordando el pasado o imaginando una posibilidad futura.

La autoempatía muchas veces es fácil: nos damos cuenta de nuestras sensaciones, emociones y necesidades, y nos sintonizamos con quienes somos. Sin embargo, en momentos de conflicto o reactividad hacia los demás, podemos sentir reticencia a conectar con nosotros mismos con compasión, y vacilar en nuestra capacidad de permanecer en el presente.

La autoempatía en momentos así tiene el poder de transformar nuestro estado desconectado del ser y hacernos volver a nuestra intención compasiva y a la atención orientada al presente. Con la práctica, muchas personas descubren que la autoempatía, por sí sola, a veces resuelve conflictos interiores y conflictos con otros, porque transforma nuestra experiencia de vida.

Autoestima. Ser capaz de desmontar la autocrítica, el juicio y el sentimiento de culpabilidad, por una parte, y, por otra, identificar y conectarnos con nuestras necesidades, valores y con lo que es importante para nosotros. 

Como dice Rosenberg, la autocrítica, el sentimiento de culpa y el juicio son expresiones dramáticas de necesidades no satisfechas. Cuando logro descubrir e identificar esas necesidades o valores, puedo reformular esos sentimientos negativos y empezar a sentirme bien conmigo mismo por haberme conectado con mi Ido real y verdadero.

Empatía hacia los demás. Para poder sentir y expresar mejor la empatía por los otros, conviene seguir, a modo de consejo, las señales de aviso de un paso a nivel: Para — Escucha — Observa. El otro puede dirigirse a nosotros en forma de juicio o crítica, buscando culparnos por algo que le sucede. 

Pero si nuestros oídos de comunicación no violenta están conectados, lo que escucharemos no será una crítica sino una expresión dramática de una necesidad insatisfecha. Entonces, todo lo que necesitamos hacer es mirar más allá de la forma violenta —la crítica— para concentrarnos en el contenido de esa expresión, que son las necesidades no satisfechas.

La lengua violenta de nuestro interlocutor debe ser traducida a una lengua no violenta; es decir, no debo personalizar y encajar las acusaciones como si fuesen dirigidas a mí; por el contrario, debo disculpar la forma en que fueron dichas y concentrarme psicoanalíticamente en su contenido, dándome cuenta de que no son más que frustraciones y expresiones dramáticas de necesidades no satisfechas.

Identificar esas necesidades requiere tiempo; requiere que me pare, que respire hondo, que tenga tiempo para traducir e identificar esas necesidades que pueden estar entre líneas en un desahogo, una acusación o un insulto.

Para no mantener a la otra persona esperando el resultado final de mis cálculos, puedo pensar en voz alta e intentar adivinar, preguntándole tentativamente al interlocutor cuáles son sus sentimientos, sus necesidades, qué es lo más importante para él. 

Seguramente mi interlocutor aceptará la interpretación y comprensión que le proponga, o me ayudará corrigiéndome y aclarando. Ese intento recíproco de comprender lo que ocurre hace que la persona se calme y ella misma se conecte con sus necesidades, abandonando poco a poco los sentimientos negativos y la violencia de las palabras.

El corazón de la empatía está en nuestra capacidad de conectar con nuestra propia humanidad y con la humanidad de los otros, con lo más real y vivo en nosotros y en los demás, sin críticas, juicios, sentimientos de culpa, pretensiones ni subterfugios.

La comunicación no violenta nos ayuda a conectar los unos con los otros y con nosotros mismos, para dejar aflorar nuestra empatía natural. Es esa empatía la que inspira, forma, informa y guía la observación, los sentimientos, las necesidades y las peticiones que hacemos a nosotros mismos y a los demás. 

La empatía es la teoría general de la comunicación no violenta y, al mismo tiempo, el medio para alcanzar la armonía y el entendimiento entre todos. Es, como ya dijimos, semejante al aceite del coche que envuelve las piezas en movimiento del motor para evitar el sobrecalentamiento, la fricción y el desgaste.

Por la empatía observamos sin evaluar, culpar o etiquetar; sentimos y nos responsabilizamos de nuestros sentimientos sin acusar y exhortamos a los demás a que también lo hagan; expresamos nuestras necesidades o valores, lo que es importante para nosotros, sin subterfugios y creamos las condiciones o el ambiente para que los demás hagan lo mismo; hacemos peticiones sin pretensiones, exigencias, obligaciones o chantajes, creando el entorno para que los demás hagan lo mismo.

El cerebro humano es uno y trino
La teoría de la evolución de Charles Darwin nos dice que la vida en este planeta evolucionó desde un tronco común, por lo que todas las formas de vida están interconectadas desde hace millones de años, desde que la vida apareció en el mar. Los estados evolutivos anteriores no se han perdido, sino que permanecen en nosotros. 

De este modo, la neurociencia nos dice que tenemos tres cerebros: el reptiliano, el mamífero y el cerebral. Estos se encuentran organizados en forma de matrioska o muñeca rusa: el cerebral contiene al mamífero, que a su vez contiene al reptiliano.

El cerebro reptiliano — Se ubica en la base del cráneo; es el más primitivo y ocupa la parte más interna y central de nuestro cerebro. Se ha mantenido casi inalterado a lo largo de la evolución y lo compartimos con todos los vertebrados. 

Es responsable de las funciones relativas a la supervivencia: ritmo cardíaco, digestión y la locomoción básica, así como el comportamiento sexual. Funciona según el principio estímulo-respuesta automática que puede desencadenar lucha, huida o inmovilización.

Sinónimos de estas reacciones básicas en nuestra vida diaria son: deseo, aversión, ignorancia, amor, odio, indiferencia, esperanza, miedo, desinterés. Es altamente territorial y adquiere y defiende su territorio mediante la lucha. El motor de este cerebro es “Might is right” — el poder tiene razón o se justifica.

El cerebro mamífero — Corresponde al telencéfalo, la estructura donde se hallan el hipocampo y las amígdalas, que proporcionan al mamífero una mayor conciencia de sí mismo y del entorno, de los amigos y de los enemigos. Como los mamíferos cuidan de su prole durante más tiempo, surgen emociones no solo respecto de los hijos sino también respecto a los de la propia especie, y con ello la vida en grupo.

El cerebro racional — El último paso en la evolución del cerebro aconteció hace millones de años con la aparición de la corteza cerebral. El córtex o cerebro racional no está presente únicamente en los seres humanos; seres inteligentes como delfines, ballenas y simios también poseen esta etapa evolutiva. 

No obstante, el ser humano tiene el córtex racional más desarrollado, por medio del cual las sensaciones corporales comunes a otros mamíferos se transforman en sentimientos —como el amor, la compasión o la empatía— mediadas por una comprensión mayor y más racional.
¿Cómo perdemos el control?

Cuando estamos calmados funcionamos desde el neocórtex: pensamos críticamente, resolvemos problemas, somos creativos y empáticos con los demás. En cambio, cuando estamos estresados y percibimos un comportamiento poco positivo por parte de alguien, perdemos la conexión con el neocórtex, dejamos de sentir empatía y nos conectamos automáticamente con la parte más primitiva del cerebro, el reptiliano, quedando reducidos tristemente a tres opciones: atacar, huir o esconderse.

El estrés activa una reacción ancestral diseñada por la naturaleza para ayudarnos a enfrentar el peligro: el cerebro reptiliano. No podemos sentir empatía por un león que corre hacia nosotros; es decir, no podemos ver la perspectiva del otro. Al contrario, atacamos, huimos o nos escondemos. 

Sin embargo, el león puede ir disfrazado de un niño de cinco años que da un golpe y grita que no quiere lavarse los dientes. Inmediatamente dejamos de ver al niño y vemos al león, reaccionando contra él como si fuera realmente un peligro. Tal como Don Quijote embistió con su lanza contra molinos de viento creyendo que eran enemigos.

Si en momentos así conseguimos recordar que todo comportamiento es un intento de satisfacer una necesidad, podremos desconectar el cerebro reptiliano y mantenernos en el córtex. Mucho de nuestro comportamiento, proveniente del cerebro reptiliano, es reactivo: primero actuamos o hablamos y después pensamos. Es como si el comportamiento funcionara en piloto automático.

Cómo funcionamos mejor
Respecto a las emociones negativas —criticar y juzgar a los demás, sentir estrés, miedo, preocupación, egocentrismo, resentimiento o dolor emocional no sanado— debemos aumentar nuestra autoobservación y autoconsciencia; cuidar de nosotros mismos y de nuestra salud física, emocional y espiritual. Debemos combatir el estrés organizando mejor la vida para tener tiempo para hacer deporte, quedar con amigos, meditar y rezar.

El psicólogo Paul Gilbert distingue tres grupos de emociones: las relacionadas con la amenaza y la autoprotección; las relacionadas con la actividad y los logros (lo que él llama la mente competitiva); y, por último, las emociones vinculadas al contentamiento: sentirse seguro, calmo, relajado, alegre y feliz.

Según Gilbert, el primer y el segundo grupo de emociones son más motivadores, por lo que probablemente sean ellas las que despierten nuestra atención. Pero esto solo sucede si se lo permitimos. Nuestra mente competitiva hace que nos importe más ganar un debate que perder una relación; las noticias negativas copan las portadas y las positivas quedan escondidas en el interior del periódico. Dar prioridad al cerebro reptiliano solo aumenta nuestra miseria y no nos hace más felices.

Es cierto que la compasión no habita en el centro del cerebro —éste, como sabemos, está ocupado por el reptiliano—. Sin embargo, como observa Gilbert, está ampliamente demostrado que nuestro sistema inmune, hormonal, cardiovascular y otras funciones vitales funcionan mejor cuando pensamos, sentimos y actuamos desde el córtex o cerebro racional: amar y sentirse amado produce mejores condiciones biológicas que odiar y sentirse odiado; apoyar y ayudar a los demás, en vez de denigrarlos o ignorarlos, nos hace más felices; la “subida” que el reptiliano puede darnos es corta y normalmente nos trae más problemas.

Si el ser humano fuera violento por naturaleza, como postulaba Hobbes con su máxima “Homo homini lupus” y según la visión mítica babilónica de la creación, la mayoría de las personas —conscientes o no— estarían satisfechas en la violencia y sus funciones vitales rendirían mejor en un entorno violento. La verdad, sin embargo, como afirma Gilbert, es precisamente la contraria.

Además de alertarnos ante el peligro, el cerebro reptiliano poca ayuda nos aporta en tanto que los reptiles no establecen relaciones con nada ni con nadie; para ellos todo y todos son hostiles. De modo que su cerebro no aporta mucho al ser humano, que es esencialmente un ser relacional.

Según una leyenda de los pueblos nativos norteamericanos, dos lobos luchan en nuestro corazón y en nuestra mente, disputándose nuestra atención: uno es colérico, vengativo, envidioso, resentido y tramposo; el otro es amoroso, empático, generoso y pacífico. ¿Cuál de los dos ganará nuestra atención? Aquel al que más y mejor alimentemos. Practica la empatía, aunque no la sientas, y acabarás sintiéndola por los demás.

Lo que no es empatía
En su libro, Rosenberg cita a su amiga Holley Humphrey señalando algunos comportamientos comunes o tentaciones en las que caemos al intentar ayudar a los demás. La verdad es que estos comportamientos no solo no ayudan, sino que pueden complicar la situación y evidenciar nuestra dificultad para estar realmente con la otra persona:

  • Aconsejar: “Creo que deberías…”, “¿Por qué no haces esto…?”
  • Analizar: “¿Cómo empezó esto?”, “¿Cuándo fue la última vez que te sentiste así?”
  • Competir por el sufrimiento: “Eso no es nada; mira lo que me pasó a mí”.
  • Educar: “Esto incluso puede acabar siendo una experiencia muy positiva si tú…”
  • Consolar: “No fue culpa tuya; hiciste lo mejor que pudiste”.
  • Contar una historia: “Me recuerda a una ocasión…”
  • Cerrar el asunto: “Anímate. No te sientas tan mal”.
  • Solidarizarse sin límites: “Ah, pobrecito…”
  • Interrogar: “¿Cuándo empezó exactamente?”
  • Explicarse: “Yo habría llamado, pero…”
  • Corregir: “No fue así como pasó”.

Cómo funciona la empatía
La empatía es entrar en contacto con lo que está vivo en la otra persona, con lo que le está ocurriendo; es colocarse en su lugar. Es calzarse sus zapatos, ver la realidad desde su perspectiva. Muchas veces, cuando la otra persona percibe que no logramos conectar empáticamente con ella, nos dice desesperada: “Ponte en mi lugar”. 

Creyendo ser empáticos, a veces damos consejos o intentamos consolar, pero recibimos una réplica como la que me dirigió mi padre en sus últimos días: “Muy bien habla el sano al enfermo”. Con esa respuesta comprendí que estaba lejos de ofrecer empatía. Él no necesitaba una solución que yo sabía que no existía ni consejos; necesitaba empatía, y no fuí capaz de dársela. Pensamos que al ofrecer soluciones o consuelo hacemos sentir mejor al otro, pero la cruda realidad es que, lejos de aliviar, a menudo añadimos sufrimiento.

Es ya bastante difícil ser empático con quienes amamos; mucho más con quienes no amamos o incluso odiamos. En CNV, la empatía es para todos. Sentir empatía es lograr ver la belleza de una persona detrás de lo que diga o haga. La verdadera empatía tiene tres componentes:

Presencia -  El filósofo Martin Buber afirma que la presencia es el don más poderoso que una persona puede dar a otra; es un componente clave de la cura. Algunos psicoterapeutas sostienen que la presencia activa corresponde al 90% del proceso curativo. 

Mantenerse activamente presente junto a otra persona no es fácil: exige no traer al presente nada del pasado. Si empezamos a pensar sobre lo que la persona dice, a analizarlo o a preparar consejos, perdemos la calidad de la presencia, porque la comprensión intelectual no es empatía. Al subir a la «cabeza» para entender y conceptualizar, dejamos de escuchar y de estar con el otro y pasamos a estar solo con nosotros mismos.

Por ejemplo, a veces los sentimientos de las personas pueden responder a una percepción que no es correcta desde el punto de vista fáctico. Incluso en esa situación, debemos ser empáticos primero y corregir después. Si alguien dice “qué estúpidos fueron los americanos al invadir Irak creyendo que Gadafi poseía armas de destrucción masiva”, la tentación inmediata es corregir: “no era Gadafi, era Sadam Hussein”; pero es preciso recordar que la conexión empática es más importante que la corrección.

Focalizar la atención en el aquí y ahora - Si alguien comparte con nosotros el dolor causado por hechos pasados, en lugar de trasladarnos con esa persona al pasado, debemos mantenernos en el presente y enfocar la atención en lo que la persona siente ahora. Si la seguimos en su viaje al pasado, probablemente intentaremos comprender intelectualmente lo ocurrido. Para permanecer en el aquí y ahora basta con preguntar: 

“¿Cómo te sientes ahora como resultado de lo que pasó en el pasado?” Por ejemplo: si alguien cuenta muchas veces que su padre le pegaba y el miedo que le causaba, no preguntamos qué pasó entonces sino cuál es su sentimiento ahora; tal vez aquel miedo pasó a ser ira o rabia, y ese es el sentimiento que importa ahora. Lo mismo cuando la persona no para de hablar y pasa de una historia a otra: interrumpimos y preguntamos, “perdona, ¿cómo te sientes ahora por lo que acabas de contar?”

Confirmar parafraseando -  Nunca debemos asumir que entendemos y estamos conectados empáticamente con lo que ocurre dentro de la otra persona: con sus sentimientos y necesidades. Necesitamos confirmarlo para asegurarnos, y lo hacemos parafraseando lo que la persona nos ha dicho, preguntando sobre su estado emocional y necesidad: 

“¿Te sientes… porque necesitas…?” El feedback sobre nuestra comprensión es importante por dos razones: primero, si nuestra suposición es errónea la persona tiene la oportunidad de corregirnos; segundo, la propia persona puede necesitar esa confirmación para percibir que realmente estamos acompañándole y que le entendemos.

Es difícil conectar empáticamente con alguien que dice que va a suicidarse porque el mundo estaría mejor sin ella; la tendencia es analizar, interrogar y aconsejar. Pero aún más difícil es conectar empáticamente con alguien que nos critica diciendo “tu problema es…”. 

Debemos recordar que toda crítica es una expresión dramática de una o varias necesidades insatisfechas; por ello ignoramos la crítica como si no fuera dirigida contra nosotros y procuramos descubrir los sentimientos y necesidades que hay detrás, contrastando con la persona cuáles son sus sentimientos y necesidades y permitiéndole corregirnos si estamos equivocados.

Empatía – simpatía – compasión
Empatía. Es sentir visceralmente lo que el otro siente. Algunos psicólogos lo llaman “reflejo de neuronas espejo”. La empatía puede surgir de forma automática cuando vemos que alguien sufre. 

Por ejemplo, si vemos a alguien golpearse con un martillo y hacerse daño en el dedo, inmediatamente tenemos una percepción real de su dolor, como si lo sintiéramos también. La empatía no se limita a sentimientos desagradables; también se da con los agradables: muchas veces la sonrisa de alguien nos hace sonreír.

Simpatía. La mayoría de la gente confunde empatía con simpatía. La empatía es estar con el otro; la simpatía es, esencialmente, estar con nosotros mismos, porque al contrario de la empatía (una forma de ser), la simpatía es un sentimiento que surge de la comprensión de la situación ajena. Si la simpatía ocurre después de la empatía es positiva; si surge antes o en lugar de la empatía, no ayuda.

Compasión. La compasión lleva a la empatía y a la simpatía un paso más allá. Cuando somos compasivos, sentimos el dolor del otro (empatía) o reconocemos su sufrimiento (simpatía) y hacemos lo posible por aliviarlo. La compasión es la meta del proceso que comienza por el estar con el otro y sentir sus sentimientos. 

En un primer momento simplemente permanecemos con la persona; esta etapa es insustituible y la más importante. Después conceptualizamos e intentamos entender su situación y, finalmente, movidos por la compasión, hacemos lo que esté en nuestra mano para aliviar su dolor.

Fue precisamente así como Dios actuó con nosotros al enviar a su Hijo: no intentó salvarnos desde arriba sino que se hizo uno de nosotros, vistió nuestra naturaleza humana y, desde ahí, mostró simpatía por nuestra causa, conmovido por nuestro dolor hasta sentirlo en su propia carne. Como dice San Pablo:

“(Cristo), aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo que aferrarse; sino que se vació a sí mismo, tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte —y muerte de cruz—.” (Filipenses 2,6-8)

En resumen: la empatía es sentir lo que el otro siente; la simpatía es el sentimiento que resulta de comprender su dolor; la compasión es la voluntad de aliviar el sufrimiento ajeno.

El poder de la empatía
Rosenberg menciona una experiencia que su maestro Carl Rogers llevó a cabo para demostrar que la empatía por sí sola puede curar emocionalmente. En ese experimento, algunos pacientes fueron tratados por psicoterapeutas de diversas escuelas y otros por personas sin formación en psicoterapia que solo utilizaron la empatía. Los resultados mostraron que quienes aplicaron la empatía —sean psicoterapeutas o laicos— obtuvieron los mejores resultados.

Por ese experimento y por la propia experiencia de Rosenberg, se concluye que la empatía en sí misma es la mejor vía para la curación emocional, la resolución de conflictos y la reconciliación entre personas y grupos.

Para que esto ocurra, el único requisito es que cada individuo o grupo antagónico, primero, a través de la autoempatía descubra lo que en él está vivo —es decir, sus sentimientos y necesidades— y se dé cuenta de que son sus necesidades insatisfechas las que provocan división y conflicto. 

Segundo, mediante la empatía, logre conectar con lo que está vivo en los otros: su humanidad en el nivel de sentimientos y necesidades. Cuando esta empatía bidireccional ocurre, el conflicto se disuelve, y la curación emocional y la reconciliación suceden por sí mismas, como por arte de magia, simplemente porque los sentimientos y las necesidades son universales.

Ocasionalmente, individuos y grupos pueden coincidir en ideas y pensamientos; la coincidencia a nivel de sentimientos y necesidades está, en gran medida, garantizada porque siempre ocurre. Es precisamente por esto que la empatía es el instrumento más poderoso para la cura emocional, la resolución de conflictos y la reconciliación entre personas o grupos.

Conclusión - Cuando estamos calmados funcionamos desde el neocórtex: pensamos críticamente, resolvemos problemas, somos creativos y empáticos con los demás; en cambio, cuando estamos estresados perdemos la conexión con el neocórtex, dejamos de sentir empatía y nos conectamos automáticamente con el cerebro más primitivo, el reptiliano, quedando tristemente reducidos a tres opciones: atacar, huir o esconderse.

P. Jorge Amaro, IMC

jueves, 1 de marzo de 2018

CNV - Jesùs de Nazaret y la redención por la no violencia

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"Uno de los que estaban con Jesús llevó la mano a la espada, la desenvainó y hirió a un siervo del Sumo Sacerdote, cortándole una oreja. Jesús le dijo: «Vuelve tu espada a la vaina, porque todos los que empuñan la espada, a espada morirán». (Mateo 26, 51-52)

“Quien a hierro mata, a hierro muere” — Este refrán popular tiene probablemente sus raíces en el texto citado. La violencia no sólo no resuelve los conflictos o problemas, sino que crea otros nuevos. Se habla de la espiral de violencia, porque fácilmente se expande, involucrando a cada vez más gente. Por medio de la violencia, la única paz posible es la paz del cementerio: la paz de la muerte y la destrucción.

Jesús de Nazaret desafió el sistema de dominación y su idea básica del valor redentor de la violencia. Y no vivió mucho tiempo. La Iglesia, responsable de proclamar sus enseñanzas, no lo hizo en gran medida: o bien porque no las entendió de verdad, o bien porque, para sobrevivir, tuvo que adaptarse a la cultura y aliarse con el poder dominante.

El Cristo que la comunidad transmitió a la Historia fue un Cristo “aguado”, diluido, menos radical, menos revolucionario. Sin embargo, providencialmente, ese Jesús de Nazaret que no prosperó en la comunidad cristiana ni hizo Historia, quedó contenido en los Evangelios; y a través de ellos descubrimos la dimensión revolucionaria de su enseñanza.

Jesús rechazó el poder autocrático (Mateo 20, 25-28), apeló a la equidad económica (Marcos 12, 30-31), rechazó la violencia (Mateo 5, 38-41), quebró costumbres que trataban a las mujeres como inferiores (Lucas 10, 38-42), rompió las reglas de pureza ritual que separaban a las personas entre sí (Marcos 1, 40-45), desafió la visión patriarcal de la familia (Lucas 11, 27) y rechazó la creencia de que Dios requiere sacrificios de sangre (Mateo 9, 9-13).

El Poder como servicio y no como dominio
«Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores y que los grandes ejercen sobre ellas su poder. No ha de ser así entre vosotros; al contrario, el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos». (Mateo 20, 25-28)

«En cuanto a vosotros, no os dejéis llamar “maestros”, porque uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y a nadie en la tierra llaméis “Padre”, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. Ni permitáis que os llamen “doctores”, porque uno solo es vuestro Doctor: el Mesías. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Quien se enaltece será humillado y quien se humilla será enaltecido». (Mateo 23, 8-12)

Jesús es “anarquista” no en el sentido de negar que la sociedad deba estar organizada y disciplinada, sino en el de afirmar que nadie tiene derecho a ejercer poder sobre nadie; el poder, o es servicio, o es malévolo.

Para Jesús, todo gobierno autocrático es, por su propia naturaleza, violento y opresor. Jesús entiende el poder como servicio y no como dominio sobre las personas. Sustituye el amor al poder por el poder del amor y del servicio a los demás. Ese es el camino de la grandeza y de la auténtica popularidad que tanto buscan los poderosos.

Quienes ejercen el poder autocráticamente son temidos, no amados; los líderes amados por el pueblo son los que ejercen el poder sirviendo; esos son los grandes en la Historia de la humanidad. También en nuestra historia personal, los verdaderamente grandes son quienes nos sirvieron, no quienes nos dominaron: nuestros padres, maestros, catequistas, etc.

Igualdad y equidad económica
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos». (Marcos 12, 30-31)

En un solo mandamiento Jesús une los dos valores sobre los que se asienta la vida humana. Amar a Dios sobre todas las cosas significa no reconocer ninguna autoridad por encima de Dios, no someterse a nada ni a nadie. Este es el garante de la libertad, fundamento de la dignidad de la persona.

Por otra parte, como el ser humano no es una isla, la dimensión social se apoya en la igualdad: bajo Dios, nadie es más que nadie. La combinación de estas dos dimensiones —vertical, del amor a Dios y la libertad, y horizontal, del amor al prójimo como a uno mismo— forma la cruz, símbolo del cristianismo.

Jesús alerta del peligro de las riquezas, que vuelven al hombre insolidario y le cierran la salvación (Marcos 10, 25). Por eso invita al joven rico al desprendimiento y a repartir con los pobres, para alcanzar una riqueza mayor (Mateo 19, 21). Alaba a Zaqueo por su gesto de devolver y compartir, gesto que le valió la salvación (Lucas 19, 1-10). El compartir los bienes materiales forma parte del criterio de entrada en el Reino de los Cielos (Mateo 25, 31-46).

Ojo por ojo, diente por diente, frente a «amad a vuestros enemigos»

«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen; de este modo seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 5, 43-45)

«Habéis oído que se dijo… Pero yo os digo…» — En el Sermón del Monte Jesús utiliza varias veces esta construcción para, al mismo tiempo, exponer los enunciados de la ideología antigua o sistema de dominio y rebatirlos uno a uno con su doctrina.

Jesús vino a demostrar que el sistema de dominio no es la única forma de vivir en sociedad. El Reino de Dios, que Jesús trae con su venida al mundo, es en verdad la única alternativa real al sistema de dominio. El Reino de Dios inaugurado por Jesús es una situación “win-win”: todos ganan, nadie pierde; no hay oprimidos ni opresores, ni vencidos ni vencedores.

Para el sistema de dominio, el hombre es lobo para el hombre; por eso ha de convencer(se) de que sus enemigos son pérfidos y de que la única forma de vivir en paz es destruirlos. Para Jesús, no hay enemigos. Y si los hay, no se los vence con odio. El odio los hace más fuertes; es como pretender apagar el fuego con gasolina. Sólo el amor puede derrotarlos de verdad.

Para funcionar, la violencia redentora requiere que algunas personas sean declaradas enemigas, de modo que su eliminación violenta sea vista como un acto redentor. Al exhortarnos a amar a nuestros enemigos, Jesús deja a la violencia redentora sin su justificación moral para operar. En este contexto, Marshall Rosenberg decía que, cuando comprendemos las necesidades que motivan nuestro comportamiento y el de los otros, dejamos de tener enemigos.
«No extrañéis, dulces amigos, que tenga mi frente arrugada; vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas».(Antonio Machado)

Inteligentemente, el sistema de dominio buscó limitar la violencia entre personas colocándola en el interior de la conciencia de cada uno. El superyó freudiano es, de algún modo, el “Caballo de Troya” del sistema de dominio dentro de nosotros. Así, la coerción del sistema de dominio la ejerce la propia persona sobre sí misma.

Para quienes, en vez de ejercer la violencia sobre sí por la vía del superyó, eligen ejercerla sobre los demás, el mito de la violencia redentora ofrece la ley del talión del Código de Hammurabi, el código de leyes más antiguo del mundo, también nacido en Babilonia. Como observaba Gandhi, “ojo por ojo y diente por diente nos dejará a todos desdentados y tuertos”.

La creencia es que esta ley restaura el equilibrio roto cuando alguien comete un crimen contra su prójimo; pero en realidad sólo consigue una tregua durante la cual los adversarios aprovechan para armarse. Esa tregua parece un tiempo de paz, pero en realidad es un tipo de guerra: la “Guerra Fría”.

Siendo así, el mundo nunca alcanza la paz: los tiempos de “guerra caliente” se alternan con períodos de guerra fría. Durante la guerra fría se cargan las armas; durante la guerra caliente se disparan. La única paz posible dentro del mito de la violencia redentora es la paz del cementerio.

El amor al prójimo como a uno mismo y el amor a los enemigos parecen ser las únicas ideas que superan el mito de la violencia redentora y establecen una paz verdadera y duradera. Jesús vino para hacer de este mundo el Reino de Dios, un Reino de justicia y paz, una “civilización del amor”, como repetía san Juan Pablo II. El Sermón del Monte es la Carta Magna o Constitución de ese Reino. La CNV (Comunicación No Violenta) es el idioma de ese Reino.

La no violencia redentora
«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no os resistáis violentamente al mal. Antes bien, si alguien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, entrégale también la capa; y si alguien te obliga a caminar una milla, acompáñale dos». (Mateo 5, 38-41)

El Código de Hammurabi, nacido en Babilonia —la misma tierra donde nació el mito de la violencia redentora—, es el primer gran código legal conocido. “Ojo por ojo y diente por diente” fue una ley diseñada para contener la escalada natural de la violencia, permitiendo su uso controlado mediante la venganza, dentro del principio de la reciprocidad. Para Jesús, esta no es la solución, pues opone violencia a violencia.

«No os resistáis violentamente al mal
». Resistir con violencia, vengarse o “vencer el mal” por medio de la violencia es dejarse controlar por la violencia y perpetuar el mito de que por ella se llega a la salvación. Walter Wink observa que este texto ha sido interpretado tradicionalmente como defensa de la sumisión pasiva a la opresión; por ello, históricamente, el cristianismo ha rechazado las enseñanzas de Jesús sobre la no violencia considerándolas utópicas, idealistas e ingenuas.

La verdad, sin embargo, es que el Evangelio no enseña la no resistencia al mal; Jesús enseña a resistir, pero sin violencia. Wink asegura que, si leemos las palabras de Jesús en su contexto histórico y cultural, se hace claro que Jesús defiende una forma creativa de oposición no violenta a la opresión, y no la sumisión. Además, Wink sostiene que se trata de una mala traducción del griego, que diría más bien: “no respondáis violentamente al mal”. Los ejemplos que siguen lo confirman.

«Si alguien te abofetea en la mejilla derecha, preséntale también la otra» - La bofetada se da con la mano derecha, pues la mano izquierda, según la ley judía, sólo podía usarse para tareas impuras. Ahora bien, una bofetada con la mano derecha en la mejilla derecha sólo puede darse con el revés de la mano. Aún hoy, un revés no pretende tanto dañar físicamente como insultar, humillar y degradar.

No se daba a una persona de igual estatus, sino a un inferior: era el tipo de bofetada que un amo daría a un esclavo, un marido a su esposa, un padre a su hijo, un romano a un judío, para recordarle su posición de inferioridad y devolverlo a ella. “Zapatero, a tus zapatos”, decimos en español.

Al ofrecer la mejilla izquierda, el agresor ya no puede volver a golpear con el revés —no puede volver a humillar—; para golpear tendría que hacerlo ahora con la palma, cosa que sólo se daba entre iguales. Si el agresor lo hiciera, se rebajaría a la misma condición del agredido.

Por tanto, volver la otra mejilla significaba entonces: “soy igual a ti en dignidad; no acepto ser humillado”. Además, no puede golpear con el revés la mejilla derecha, porque ahora queda oculta; más que “ofrecer la izquierda”, el oprimido oculta la derecha para no ser humillado de nuevo: se rebela y deja al amo sin salida, pues no puede golpear la izquierda sin rebajarse y reconocerlo como igual.

«Al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica, entrégale también la capa» - Para entenderlo hay que recordar que el sistema tributario romano llevaba a los pequeños campesinos al endeudamiento, hasta el punto de tener que pagar con sus tierras. Quedaban sin medio de sustento, desfalcados y desprotegidos, es decir, desnudos.

La parábola de los trabajadores de la viña (Mateo 20, 1-16) alude a quienes perdieron sus tierras por deudas y ahora se ven obligados a acudir cada día a la plaza esperando ser contratados. Irónicamente, el latifundista contrata primero a quienes fueron dueños de las tierras —conocen bien el trabajo— y sólo después, si necesita más manos, vuelve a la plaza a contratar más gente.

El endeudado no tenía ninguna posibilidad de ganar el pleito, pues el sistema favorecía al acreedor. Como en el caso de la otra mejilla —y como veremos con la milla extra—, una regla de la no violencia es tomar la iniciativa. Al despojarse de lo único que le quedaba, la capa, y quedarse desnudo, el endeudado protesta y señala al sistema que lo llevó a esa situación.

La desnudez era tabú en Israel, pero la culpa no recaía sobre quien la exhibía, sino sobre quienes la contemplaban y la habían causado (Génesis 9, 20-27). De hecho, también hoy, en muchas situaciones, exhibir desnudez es forma de protesta. Despojarse de la capa y abandonar el tribunal desnudo equivale a decir: “Me lo has quitado todo; sólo me queda mi cuerpo. ¿Qué harás ahora?”. Las miradas acusatorias se vuelven contra el responsable de aquella desnudez, el acreedor.

Como concluye Wink, la enseñanza de Jesús sobre la no violencia apunta a una estrategia de confrontación del sistema, desenmascarando su crueldad esencial y burlándose de sus pretensiones de justicia. 

Quienes escuchan estas enseñanzas ya no se dejarán tratar como esponjas exprimidas por los ricos. Aparentemente aceptan las reglas del juego, llevándolas al absurdo y exponiendo así su crueldad. Al despojarse ante sus compañeros, lo que dejan al desnudo es, precisamente, el sistema y a sus acreedores.

«Si alguien te obliga a caminar una milla, acompáñale dos» - En tiempos de Jesús, cualquiera que fuese hallado en el camino podía ser obligado a servir, como sucedió con el Cireneo, forzado a llevar la cruz de Cristo (Marcos 15, 21).

En el Imperio Romano, los soldados de alta graduación tenían esclavos, burros, caballos o carros para llevar su equipaje; no así los de baja graduación, que podían obligar a cualquiera a cargar su impedimenta una milla. Llevarla más de una milla era ilegal y castigado por la ley.

Como en los dos casos anteriores, la cuestión es cómo los oprimidos pueden recuperar la iniciativa y afirmar con asertividad su dignidad humana en una situación que, por el momento, no puede cambiarse (el dominio romano). El soldado no puede dejar de sentirse interpelado y descolocado cuando el judío no sólo no requiere coerción, sino que se excede de lo previsto. Al privar al soldado de la previsibilidad de la respuesta de la víctima, éste queda descentrado y sin autoridad moral.

Ahora es el soldado quien debe pedir que le devuelvan el equipaje para evitar ser castigado por sus superiores. El humor de la escena quizá se nos escape, pero difícilmente se escapó a los oyentes de Jesús, que debieron deleitarse con la idea de dar una lección moral al opresor. Concluyendo: Jesús es contrario tanto a la pasividad como a la violencia; el mal puede ser confrontado y vencido sin violencia.

La tercera vía
Ante un peligro o una amenaza, fight or flight —lucha o huida— son las dos reacciones posibles de cualquier vertebrado: están inscritas en nuestro primer cerebro, el cerebro reptiliano.

Según Walter Wink, Jesús ofrece una tercera vía. Este nuevo camino marca una mutación histórica en el desarrollo humano: la revuelta contra el principio de la selección natural. Con Jesús emerge una vía por la cual el mal puede combatirse sin reflejarlo. Del Evangelio se deducen estas directrices:

  • ino te quedes inactivo: toma la iniciativa moral;
  • encuentra una alternativa creativa a la violencia;
  • afrma tu humanidad y tu dignidad como persona;
  • responde a la violencia con desdén y con humor;
  • rompe el ciclo de la humillación;
  • sé insumiso: rechaza cualquier posición de inferioridad;
  • expón la injusticia del sistema;
  • asume dinámicamente una posición de poder;
  • avergüenza y doblega al opresor hasta llevarlo al arrepentimiento;
  • mantente firme;
  • fuerza a los poderes a tomar decisiones para las que no están preparados;
  • reconoce tu propio poder;
  • está dispuesto a sufrir antes que a vengarte;
  • obliga al opresor a mirarte bajo una luz nueva;
  • priva al opresor de escenarios donde una demostración de fuerza sea eficaz;
  • está dispuesto a pagar el precio por quebrantar leyes injustas;
  • vence el miedo al sistema de dominación y a sus reglas.

Conclusión - Para funcionar, la violencia redentora necesita que algunos sean declarados enemigos, de modo que su eliminación violenta se vea como un acto redentor. Al exhortarnos a amar a nuestros enemigos, Jesús deja a la violencia redentora sin su justificación moral para operar y abre el único camino hacia una paz verdadera y duradera: el camino del amor, la justicia y la fraternidad.

P. Jorge Amaro, IMC