domingo, 15 de abril de 2018

CNV - Los cuatro jinetes de la No-Violencia

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(…) vi que apareció un caballo blanco; el jinete llevaba un arco y se le dio una corona. Después, partió victorioso para seguir venciendo. (…) salió otro caballo, que era rojo; y al jinete se le dio el poder de quitar la paz de la tierra y de hacer que los hombres se matasen unos a otros. (…) En la visión apareció un caballo negro. (…) Luego apareció un caballo amarillento. El jinete se llamaba «Muerte»; y «el Abismo» le seguía detrás… Apocalipsis 6, 1-8

Hambre – peste – guerra – muerte: estos son los cuatro jinetes del Apocalipsis, y todos ellos son a la vez causas y consecuencias entre sí. El hambre provoca la peste, la peste alimenta el hambre, ambas generan guerras, y todo ello desemboca en la muerte. El mundo ya ha conocido a estos jinetes y siempre está en peligro de volver a encontrarse con ellos, hasta el punto de llegar a la autodestrucción.

Marshall Rosenberg propone la comunicación no violenta, o comunicación compasiva, como una alternativa: una alternativa a la matriz de violencia sobre la que se ha construido nuestra manera de vivir, de pensar y de relacionarnos unos con otros.

El hambre, la peste, la guerra y la muerte son los cuatro jinetes de la violencia que conducen al Apocalipsis. La observación, el sentimiento, la necesidad y la petición son, en cambio, los cuatro jinetes que harán obsoleta la violencia y guiarán al mundo hacia un futuro de armonía y paz entre todos los seres humanos.

Observación
Consiste en describir la realidad del modo más objetivo posible, tal como la captan nuestros cinco sentidos: lo que veo, lo que oigo, lo que huelo, lo que pruebo con el gusto, lo que toco, sin juzgar, criticar, valorar ni interpretar.

Por ejemplo, en vez de decir a alguien “eres grosero”, lo cual nos pondría en conflicto con la persona y dificultaría la relación posterior, podemos decir: “cuando llegaste, no te oí dar los buenos días”. Si hubiéramos dicho “cuando llegaste no dijiste buenos días”, también estaríamos juzgando, pues la persona podría haberlo dicho sin que la oyésemos.

Si alguien mató a un perro, nuestra tendencia es llamarle “mata-perros” para el resto de su vida: juzgamos a una persona por un único acto. La crítica, la valoración, el juicio y la interpretación bloquean la comunicación, porque casi siempre son injustos y hacen que la persona se sienta coaccionada, encasillada, aprisionada por la etiqueta que le ponemos. No le permitimos ser ella misma ni evolucionar; no nos relacionamos con la persona, sino con la imagen que nos hemos hecho de ella, una imagen que quizá sirva a nuestro propósito mezquino, pero que no favorece una comunicación auténtica y saludable. Esta es la forma de crear un enemigo, no un amigo.

Nos resulta muy difícil hacer una observación objetiva, desnuda y pura, porque la mayor parte de las veces proyectamos en lo que observamos nuestros intereses, nuestra envidia, nuestro odio o, por el contrario, nuestros elogios sobre el hecho observado. Así ha funcionado el mundo; por eso, hablar de otra manera es verdaderamente una revolución copernicana.

La observación libre de crítica, valoración, juicio o interpretación es dinámica, porque permanece abierta; cuando mezclamos una valoración o interpretación, lo observado —es decir, una persona en acción— pierde dinamismo y queda cerrado, inmóvil, estático, como si se tratara de una fotografía. Por eso la CNV evita el verbo “ser” y utiliza en su lugar verbos de acción.

Sentimiento
Después de observar sin analizar ni declarar lo correcto o incorrecto, lo bueno o lo malo, el siguiente paso es conectar con nuestros sentimientos, evitando el pensamiento, que casi siempre tiende a evaluar, interpretar, criticar y juzgar. Los sentimientos hablan más de nosotros mismos que los pensamientos. Si no logro conectarme conmigo mismo, difícilmente podré conectar con el otro.

Los sentimientos representan nuestra experiencia emocional y las sensaciones físicas asociadas a nuestras necesidades satisfechas o insatisfechas. Como veremos más adelante al hablar de necesidades, los sentimientos están para las necesidades como el humo lo está para el fuego. Cualquier emoción o sentimiento nos habla de una necesidad cubierta o no cubierta.

En esta etapa nuestro objetivo es identificar, nombrar y conectar con nuestros sentimientos. El pensamiento debe, por tanto, ser autorreflexivo, alejado del otro y puesto al servicio de nuestros sentimientos, ayudándonos a interpretarlos e identificarlos.

Tras interpretar lo que sentimos en el corazón, podemos y debemos expresar nuestros sentimientos, evitando la trampa y el autoengaño de responsabilizar a los demás de ellos. La frase “me siento solo” es una expresión genuina del sentimiento interior de soledad. Sin embargo, si digo “siento que no me quieres”, estoy intentando describir e interpretar los sentimientos del otro, acompañado de una acusación implícita.

Debemos expresar nuestros sentimientos asumiendo por completo la responsabilidad de nuestra experiencia. Esto ayuda a los demás a escuchar lo que es importante para nosotros sin sentirse criticados ni acusados, aumentando la probabilidad de que su respuesta sea empática y contribuya a satisfacer así las necesidades de ambas partes.

Necesidad
El tercer elemento de la comunicación no violenta es la necesidad, que está intrínsecamente unida al anterior. Cuando un sentimiento emerge a nuestra conciencia debemos entender que es solo un mensajero enviado por nuestra naturaleza humana para avisarnos de una necesidad que está o no cubierta. Por eso, lo que debemos hacer de inmediato es descubrir cuál es esa necesidad y asumir la responsabilidad de ella.

Una vez más, cuando tomamos conciencia de nuestros sentimientos, nuestra tendencia es no asumir la responsabilidad, acusando a los demás de hacernos sentir de esta o aquella manera. Las acciones de otros pueden haber detonado nuestros sentimientos, pero cometemos un grave error —en términos de CNV— si pensamos que ellos son los causantes de esos sentimientos. La única causa de lo que sentimos es la satisfacción o insatisfacción de nuestras propias necesidades.

Cuando logramos vincular nuestros sentimientos con nuestras necesidades claramente identificadas, damos un paso crucial en la comunicación no violenta: evitamos culpabilizar a los demás o a nosotros mismos. La expresión honesta de nuestras necesidades crea una oportunidad real para que nuestro interlocutor pueda sentir empatía y contribuir a su satisfacción.

Las necesidades son universales; todos los seres humanos compartimos las mismas, pues proceden de algo común a todos, más allá del tiempo y del lugar: la naturaleza humana permanece inmutable a lo largo de los siglos y entre las distintas culturas que habitan este planeta.

En el contexto de la comunicación no violenta, como gusta decir Rosenberg, las necesidades se refieren a lo que hay de más vivo en nosotros, a lo que es más central e importante, a nuestros deseos más profundos.

La comprensión, identificación y conexión con nuestras necesidades nos ayuda a mejorar la relación con nosotros mismos, a promover un mayor entendimiento con los demás y a multiplicar las probabilidades de que las acciones necesarias se lleven a cabo para que las necesidades de todos queden satisfechas.

La comunicación no violenta siempre nos conduce a lo que en inglés se llama una win-win situation, es decir, un resultado beneficioso para todas las partes implicadas: todos ganan, nadie pierde.

Petición
Los seres humanos no somos islas; tenemos una dimensión individual —somos únicos, irrepetibles, indivisibles, libres e independientes—, pero también una dimensión social por la que siempre formamos parte de una familia, de un grupo, de una institución, de un país. Como esta es nuestra naturaleza, el proceso de satisfacción de muchas —si no de todas— nuestras necesidades individuales implica, de un modo u otro, a los demás.

Siendo conscientes de nuestras necesidades, el paso siguiente es pensar en una estrategia o acción que pueda llevar a su satisfacción y asegurarnos de que las personas que podrían estar implicadas están dispuestas a participar en la estrategia que hemos delineado. Como todos los seres humanos, vivimos en un plano de igualdad con los demás y, antes de formular una petición, debemos asegurarnos también de que existe un clima de empatía. Lo afectivo es eficaz; lo no afectivo es ineficaz.

Lo que hacemos son peticiones o solicitudes, no exigencias, órdenes ni requerimientos. Entre ambos conjuntos hay una línea muy fina. Mucho depende de las palabras que elegimos al formular la petición, además del tono de voz utilizado, pues las palabras correctas expresadas con un tono inadecuado pueden sonar al otro como una orden o una exigencia. A menudo solo sabemos si hemos dado una orden o hecho una petición después de la respuesta del otro.

Debemos estar preparados para un “no”. Un “no” a una orden tiene consecuencias punitivas; un “no” a una petición no debería intimidarnos, desequilibrarnos ni desanimarnos, sino ser motivo de un mayor diálogo con la otra persona. Debemos ser capaces de reconocer que un “no” es, en realidad, la expresión de una necesidad que impide al otro decir “sí”.

Para aumentar la probabilidad de que nuestra petición sea aceptada, esta debe ser clara, concreta, realista y realizable, no genérica en lo que respecta al tiempo y a la acción a realizar. Por ejemplo, “me gustaría que siempre fueras puntual” no es viable y puede sonar a exigencia. En cambio: “¿estarías dispuesto a dedicar 15 minutos conmigo para hablar sobre lo que podría ayudarte a llegar a las 9:00 a nuestras reuniones?” es específico y realizable.

Si alguien acepta nuestra petición por miedo, culpa, vergüenza, obligación o deseo de recompensa, la calidad de la relación y la confianza entre las partes queda comprometida. Más tarde o más temprano, ambos pagarán esa aceptación violenta, pues en el fondo crea un acreedor y un deudor. En lenguaje no violento nadie se humilla, nadie se exalta, nadie pierde, nadie gana, nadie pide favores ni hace favores: todo se construye en reciprocidad y dignidad.

El proceso de la comunicación no violenta
Boca – La comunicación no violenta se desarrolla a través de lo que decimos y de cómo lo decimos. En este sentido, debemos expresar de forma honesta y precisa nuestras observaciones, nuestros sentimientos, nuestras necesidades y, basándonos en ellas, nuestras peticiones. La CNV me ayuda a descubrir e interpretar lo que está vivo en mí, lo que me sucede, para comunicarme mejor conmigo mismo en gratuidad, compasión y empatía.

Oído – La CNV no se desarrolla únicamente a través de lo que expreso con mi boca o mi lenguaje corporal, sino también mediante la forma en que escucho las observaciones, deduzco los sentimientos y necesidades del otro, así como sus peticiones. La CNV me ayuda a descubrir e interpretar lo que está vivo en el otro, lo que le sucede, para comunicarme mejor con él en gratuidad, compasión y empatía.

Por tanto, los cuatro elementos de la comunicación no violenta se utilizan tanto en nuestra expresión como en la escucha empática de la expresión de los demás. Expresar con honestidad observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones, y escuchar con empatía las observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones de los otros.

  • Observación – Los hechos o acciones concretas que estamos observando y que potencialmente afectan —o hacen referencia— a nuestro bienestar.
  • Sentimientos – Lo que sentimos en relación con lo que observamos y las emociones que ello despierta en nosotros.
  • Necesidades – La toma de conciencia de los valores, deseos y necesidades que son la verdadera causa de nuestros sentimientos, y no lo que observamos ni la persona observada.
  • Peticiones – Las acciones concretas que solicitamos al otro —o a los otros— con el fin de satisfacer nuestras necesidades y enriquecer la vida de ambas partes.

Articulación de los cuatro componentes
La Comunicación No Violenta (CNV) es un edificio con tres bases y cuatro pilares. Las tres bases son la compasión, la empatía y la gratuidad, que pueden resumirse en el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo. En este sentido, podríamos decir que la CNV es una teoría general del amor al prójimo o, mejor aún, una manera de aplicarlo en nuestra vida cotidiana.

Otra metáfora para explicar cómo se integran en la CNV los cuatro pilares con la empatía y la gratuidad es la de un motor en funcionamiento. El combustible explosivo, aquello que lo hace andar, es la gratuidad o la dádiva del corazón. La observación, el sentimiento, la necesidad y la petición son como los cuatro pistones que se mueven sin cesar; para que lo hagan de manera eficaz, necesitan estar siempre lubricados con el aceite de la empatía y de la compasión.

En los motores de combustión interna —ya funcionen con gasóleo, gasolina o gas— el ciclo es de cuatro tiempos: admisión, compresión, explosión y escape. En el primer tiempo, el pistón desciende y permite la entrada de la mezcla de aire y combustible; en el segundo, el pistón asciende y comprime esa mezcla; en el tercero, la mezcla explota, empujando el pistón hacia abajo y generando movimiento; y en el cuarto, el pistón vuelve a subir, expulsando los gases residuales. El ciclo se reinicia continuamente.

Si trasladamos esta analogía al proceso de la CNV, la admisión de combustible corresponde a la observación: la recogida de información del exterior que provoca en nosotros una reacción. La compresión se asemeja a los sentimientos que esa observación suscita o estimula, y que, a su vez, nos empujan hacia abajo, en dirección a las necesidades que son la verdadera causa de esos sentimientos. La explosión, por su parte, corresponde al momento en que el sentimiento comprimido enciende la necesidad que le da origen.

En el motor mecánico, la explosión provoca el movimiento; en el “motor de la CNV”, lo que mueve es la fuerza de las necesidades o de los valores, que son la motivación fundamental del comportamiento, tanto humano como animal. Cuando el sentimiento conecta y enciende la necesidad, se produce la combustión que impulsa el cuarto momento: la salida hacia fuera, que en el motor es el escape y en CNV se traduce en la formulación de una petición.

El ser humano como motor de CNV

El ser humano está compuesto de cabeza, tronco y miembros. Si dejamos de lado los miembros —los brazos y manos para actuar, las piernas y pies para desplazarse— nos queda la esencia: cabeza y tronco. A la cabeza corresponden las funciones de observar y pedir; a la parte superior del tronco, los sentimientos; a la inferior, las necesidades. En la CNV el ser humano se resume en sentimientos y necesidades. Los sentimientos no son más que detectores o termómetros de las necesidades: indican si estas están o no satisfechas.

Para Marshall Rosenberg, lo que verdaderamente nos define no son los pensamientos —creencias, ideas, proyectos, opiniones—, sino los sentimientos y las necesidades. A esto se refiere su expresión repetida: “lo que en nosotros está vivo”, “lo que nos ocurre en este precioso momento”.

La observación, primer componente de la CNV, solo sirve para tomar conciencia de lo que ocurre en mí o en el otro a nivel intelectual. Solo después de conectarme empáticamente conmigo mismo y con el otro estoy en condiciones de formular una petición. La cabeza está para observar y pedir, no para juzgar ni definir ni a nosotros mismos ni a los demás. La fórmula básica de la CNV es sencilla:

“Cuando te veo…” / “Cuando te oigo decir…” (observación de una acción o afirmación),
“Me siento…” (expresión del sentimiento),
“Porque necesito…” (revelación de la necesidad),
“¿Te importaría…?” (formulación de la petición).

Ejemplo práctico
Después de cenar, la esposa dice a su marido:

— Querido, hoy durante todo el día me he sentido un poco sola y desamparada; el único pensamiento que me reconfortó fue recordar aquellas veladas que pasábamos en el sofá, abrazados, viendo una película. Necesito revivir una de esas noches y volver a sentir lo que sentía. ¿Quieres darme ese placer?
Él responde:

— Me encantaría, sí; también recuerdo esas veladas con cariño. Pero hoy es la final entre el Benfica y el Oporto, y ya prometí a mis amigos que iría a ver el partido con ellos. ¿Te importaría dejar la película para mañana?

Si la esposa no empleara la CNV, diría que su marido no la quiere, que da más importancia a un partido que a ella, etc. Pero al usar la CNV, no escucha un “no” a sus necesidades, sino un “sí” a las de su marido, hacia las cuales siente empatía. Porque lo ama y lo ama tanto como a sí misma, la satisfacción de las necesidades de su marido es tan importante como la de las suyas. En este caso, la satisfacción solo se aplaza un día. En cambio, si el marido cediera reprimiendo sus propias necesidades y actuara movido por la culpa u obligación, ambos terminarían pagando un alto precio.

Aquí vuelve a entrar en juego la filosofía del amor al prójimo como a uno mismo. En esta perspectiva, las necesidades del otro son tan propias como las mías, porque amar —como dice Santo Tomás de Aquino— es querer el bien del otro. Por otro lado, no se puede ser feliz solo ni a costa del otro, sino únicamente con el otro. En CNV no hay ganadores ni perdedores: o ganamos todos o perdemos todos.

A modo de Conclusión
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, y el mar ya no existía.” (Apocalipsis 21, 1)

Estos son los cuatro jinetes del nuevo orden internacional, de un cielo nuevo y de una tierra nueva: la verdadera Tierra Prometida, el Reino de la Justicia y de la Paz donde la violencia como medio de establecer paz se ha vuelto obsoleta, porque las necesidades de todos están satisfechas. 

En el libro del Apocalipsis, el “mar” representa el mal; por eso, en esa tierra de abundancia y felicidad, el mal ya no existe. Y como los instrumentos de guerra se han transformado en instrumentos de paz (Isaías 2, 4), el lobo pasta junto al cordero; ya no habrá mal ni destrucción (Isaías 65, 25).

Conclusión– Hambre, peste, guerra y muerte son los cuatro jinetes de la violencia que conducen al Apocalipsis. La observación, el sentimiento, la necesidad y la petición son los cuatro jinetes que harán obsoleta la violencia y guiarán al mundo hacia un futuro de armonía y paz entre todos los seres humanos.

P. Jorge Amaro, IMC


domingo, 1 de abril de 2018

CNV - Gratuidad el combustible de la Comunicación No-Violenta

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La compasión es el concepto fundador e inspirador de la Comunicación No Violenta. Cuando Marshall Rosenberg percibió que no estaba obteniendo mucho éxito en la práctica de la psicoterapia individual, se dedicó a estudiar las religiones del mundo en busca del significado y sentido de la vida, y descubrió que todas ellas afirman que debemos vivir con compasión, que hemos de ser misericordiosos y compasivos como Dios, que nos ha creado, lo es.

Gratuidad
“Lo que yo quiero en mi vida es compasión, un flujo entre mí y los demás basado en una entrega mutua, desde el fondo del corazón”. — Marshall Rosenberg

“Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”.— Mateo 10, 8

Es la compasión la que nos impulsa a dar con el corazón, con alegría, libremente, sin esperar nada a cambio, sin buscar recompensa y asegurándonos de que lo hacemos de tal manera que el otro no sienta que queda en deuda con nosotros.

Si la empatía es el lubricante, el aceite del motor o el ambiente que facilita el movimiento incesante de los cuatro pistones en el motor de la Comunicación No Violenta, la gratuidad —ese dar natural y desde el corazón— es el combustible que hace posible la combustión y la explosión dentro de los cilindros, moviendo los pistones.

Parece que Rosenberg pudo haber tomado su concepto de “dar desde el fondo del corazón” de su propia experiencia vital. Él mismo cuenta que, mientras esperaba un tren en una estación, observó a un trabajador negro que, tras terminar su almuerzo de fiambrera, se disponía a comer una naranja.

Al darse cuenta de que un niño, sentado en el regazo de su madre, no apartaba los ojos de la fruta, el trabajador se levantó, limpió la naranja, le dio un beso y se la ofreció al pequeño. Conmovido por el gesto, Rosenberg tuvo ocasión de preguntarle más tarde la razón de aquel beso, a lo que el hombre respondió:  “Nunca des nada a nadie si no es desde el fondo del corazón”.

Usaremos la palabra gratuidad para traducir lo que Rosenberg expresaba como natural giving (dar con naturalidad) y giving from the heart (dar desde el corazón). La gratuidad es, en efecto, dar con el corazón; amar es amar incondicionalmente, without strings attached —como se dice en inglés—, es decir, sin condiciones ni segundas intenciones. “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”, sugiere el Evangelio (Mateo 6, 1-4).

Una vez satisfechas las necesidades físicas, ser amado y amar constituye la primera y más importante necesidad humana; sin la plena satisfacción de esta necesidad, no existe vida auténticamente humana. Ahora bien, la experimentamos de manera distinta en las diferentes etapas de la vida. De niños, la prioridad es ser amados; de adultos, la necesidad primaria es amar, dar libre e incondicionalmente, desde lo más hondo del corazón, sin compulsión ni obligación alguna.

Si un adulto siente mayor necesidad de ser amado que de amar —como vemos con frecuencia en las telenovelas—, no es verdaderamente un adulto, pues conserva aún la inmadurez afectiva propia de un niño o de un adolescente.

Por otra parte, el concepto de gratuidad no se limita al dar, sino que también abarca el recibir. Con frecuencia, al recibir, sentimos la obligación de devolver. No vive en el espíritu de la gratuidad quien da con segundas intenciones, buscando obtener algo a cambio o aumentar su popularidad; ni tampoco quien recibe y se siente obligado o en deuda con quien le dio.

Dar es recibir, recibir es dar
“Hay más alegría en dar que en recibir”.— Hechos de los Apóstoles 20, 35

Afirmar que hay más alegría en dar que en recibir es una conclusión a la que se llega tras un largo proceso de crecimiento psicológico, afectivo y espiritual. Es lo que diría un adulto que ha alcanzado una madurez integral. Resulta evidente, en cambio, que un niño encuentra mucha más alegría en recibir que en dar.

Somos, por tanto, adultos psicológica, afectiva y espiritualmente cuando encontramos más alegría en dar que en recibir. Pero como la indigencia forma parte de la condición humana, también necesitamos recibir, y deberíamos seguir haciéndolo con la misma alegría de los niños. De lo contrario, estaríamos proclamando una autosuficiencia ilusoria, algo imposible en este mundo. La verdadera madurez consiste, entonces, en poder afirmar que hay tanta alegría en dar como en recibir, y viceversa; que dar y recibir son, en realidad, una misma cosa.

En el capítulo de su libro Dar desde el corazón, Rosenberg cita la letra de una canción que lo resume todo acerca de la gratuidad. Según ella, dar y recibir significan lo mismo, porque damos al recibir y recibimos al dar:

Nunca me siento más regalado
que cuando recibes algo de mí.
Cuando comprendes la alegría que siento
al ofrecerte algo,

y sabes que mi dar no es
para que quedes en deuda conmigo,
sino porque quiero vivir el amor
que siento por ti.

Recibir gratuitamente
puede ser el mayor don.
No hay forma de separar
las dos cosas.

Cuando me das,
yo te doy mi recibir.
Cuando recibes de mí,
me siento tan regalado.

Lo mismo decía San Francisco de Asís en su célebre oración por la paz, muchos siglos antes:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga perdón;
donde haya discordia, ponga unión;
donde haya duda, ponga fe;
donde haya error, ponga verdad;
donde haya desesperación, ponga esperanza;
donde haya tristeza, ponga alegría;
donde haya tinieblas, ponga luz.

Oh Maestro, haz que no busque tanto
ser consolado como consolar,
ser comprendido como comprender,
ser amado como amar.
Porque dando se recibe,
perdonando se es perdonado,
y muriendo se resucita a la vida eterna.

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Gratuidad en las lenguas neolatinas
En las lenguas neolatinas respondemos grazie, gracias; en portugués, en cambio, respondemos obrigado, que probablemente proviene del inglés I am much obliged (“estoy en deuda”), y que desvirtúa el verdadero espíritu de gratuidad. 

En Portugal, todos dicen obrigado cuando reciben un favor; solo los pobres, que no pueden devolver lo recibido, dicen: “Que Deus lhe pague” (“que Dios se lo pague”). No se sienten obligados, pues suponen que quien les ha beneficiado sabe bien que no pueden retribuirle. Por eso cobra pleno sentido el consejo que Jesús nos da en el Evangelio: invitar a nuestros banquetes a quienes no pueden devolvernos la invitación (Lucas 14, 12-14).

Quien ama al otro de forma condicionada se engaña, creyendo que lo ama cuando, en el fondo, lo único que hace es amarse a sí mismo. Se proyecta en el otro, se refleja en él, buscando en la relación lo que no encuentra en su interior. Ese supuesto amor no es más que una manipulación. La gratuidad, en cambio, es amar y ser amado sin condiciones, dejando al otro ser él mismo. Cuando alguien percibe un amor incondicional, deja a un lado la ansiedad y se libera de la presión de tener que rendir o demostrar éxito.

El amor incondicional es raro, incluso entre padres e hijos. De hecho, no son pocos los padres que condicionan su amor al éxito académico o profesional de los hijos. Estos crecen confundiendo amor con logro, y pagan más tarde un alto precio por ese error. Quien ama incondicionalmente siempre tiene éxito en la vida; quien, en cambio, busca únicamente el éxito, lo hace a menudo a costa del amor, pudiendo ser triunfador en lo profesional pero fracasado en lo humano. Porque vivir es amar.

Cuando alguien nos declara su amor, con palabras o con gestos, enseguida nos ponemos a la defensiva y nos cuesta aceptar ese amor sin miedo a caer en una trampa o contraer una deuda difícil de pagar. Nos sentimos expuestos a un caprichoso banquero que, en cualquier momento, puede pasarnos la factura.

Como “gato escaldado del agua fría huye”, las experiencias negativas del pasado, especialmente en la infancia, nos ponen tan a la defensiva que a menudo terminamos bloqueando incluso a quienes nos ofrecen un amor verdadero e incondicional. 

Quedamos tan heridos por las malas experiencias que ya no nos sentimos dignos de un amor auténtico y bloqueamos todo amor que llega a nuestro encuentro. Levantamos una barrera de resistencia y desconfianza, temiendo ser seducidos o explotados. Así, un amor libre de condiciones puede encontrarse con un corazón defensivamente congelado.

El egoísmo no compensa, ni siquiera al egoísta
La rueda de un molino solo se mueve si el agua fluye a través de ella. Si el primero de varios molinos en un arroyo retuviera el agua solo para sí, de nada le serviría, pues tampoco su rueda giraría. 

No hay ventaja alguna en ser el primero en el curso del agua ni desventaja en ser el último: tanto uno como otro solo funcionan si el agua corre. O se mueven todos los molinos, o no se mueve ninguno.

Lo mismo ocurre en el contexto de la Comunicación No Violenta: nadie puede ser feliz a costa de la infelicidad de los demás. O todos ganan o todos pierden. Si mi supuesta felicidad provoca la infelicidad de otros, nunca podrá ser verdadera felicidad. 

Tarde o temprano, el mal que causamos retorna. Por eso la CNV se fundamenta en la filosofía del win-win: todos ganan cuando uno gana, y todos pierden cuando uno pierde. El egoísmo nunca compensa; no conviene ni siquiera al propio egoísta.

Por ello, en Comunicación No Violenta las necesidades de los demás son asumidas como propias. En este sentido, la CNV es una aplicación práctica del mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo, así como de la regla de oro presente en todas las religiones del mundo: 

“No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. El cristianismo, sin embargo, es la única religión que formula esta regla en positivo: “Todo lo que queráis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos” (Mateo 7, 12).

La compasión conduce a la gratuidad
“Cuando llegó a aquel lugar, Jesús levantó los ojos y le dijo: ‘Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa’. Él bajó aprisa y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: ‘Se ha ido a alojar en casa de un pecador’. Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: ‘Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si defraudé a alguien, le devuelvo cuatro veces más’.” — Lucas 19, 1-9

Acusar, etiquetar o juzgar a las personas solo consigue que se cierren a la defensiva en su reducto, confirmando y reforzando sus actitudes. La violencia nunca se vence con violencia; la única paz que nace de la violencia es la paz del cementerio. La violencia no soluciona ningún problema y genera muchos más: es, por tanto, totalmente contraproducente. El odio solo puede vencerse con amor; pretender vencer el odio con odio es como intentar apagar un fuego con más fuego.

“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”, decía Gandhi. De la misma manera que la violencia engendra violencia, la compasión genera compasión y abre el camino a la gratuidad. En el marco de la justicia retributiva, Zaqueo no merecía la compasión de Jesús ni el regalo de su visita, sino el castigo. Pero “con vinagre no se cazan moscas”: castigos, etiquetas, críticas e insultos nunca habrían transformado a Zaqueo.

Fue la compasión inmerecida e incondicional la que movió a Zaqueo a volverse compasivo con quienes había explotado y a restituir lo robado de manera voluntaria, sin que nadie se lo exigiera.
Un día, una madre acudió a Napoleón para suplicarle por la vida de su hijo, culpable de una grave falta. La ley era clara y la justicia pedía su muerte. El emperador estaba decidido a hacer cumplir la sentencia. Pero la madre insistió:

— “Majestad, vengo a implorar misericordia, no justicia”.
— “Pero él no merece misericordia”, respondió Napoleón.
— “Señor —contestó la madre—, no sería misericordia si la mereciese”.
— “Sea, entonces”, dijo Napoleón. Y lo perdonó.

Cuando somos compasivos con quienes no lo merecen, despertamos en ellos la compasión que permanece oculta, olvidada, cubierta de polvo y telarañas en lo más hondo de su corazón. Es sabido que quien ha sido abusado física o sexualmente puede convertirse con facilidad en abusador, pasando su vida a vengar en inocentes las heridas recibidas en su infancia. Solo la compasión gratuita puede romper ese círculo vicioso que destruye su vida y la de quienes le rodean.

¿Quieres que prepare también una versión resumida y meditativa de este texto —como una reflexión breve para acompañar oración o talleres de CNV—, además de la traducción completa?
Lo que bloquea la compasión

He aquí algunas afirmaciones que escuchamos con frecuencia y que, en nuestra opinión, solo sirven para justificar y racionalizar el uso de la violencia y para mantener el juego de quién tiene razón y quién está equivocado.

«Ser compasivo es dar muestras de debilidad, la gente se aprovecharía de mí» – El poder del amor es más fuerte que el amor al poder. Nadie puede arrebatarnos nuestra dignidad si no se la entregamos; nadie puede obligarnos a actuar contra nuestra conciencia. Podrán someter nuestro cuerpo, pero nunca nuestra alma, nuestra integridad, nuestra persona. La compasión desarma a los poderosos, y sus beneficios alcanzan tanto a quien la ofrece como a quien la recibe.

«Hay personas que no merecen compasión» – La compasión no entra en el juego de quién merece y quién no merece. Si fuese cuestión de mérito, dejaría de ser compasión para convertirse en justicia. Dios hace llover sobre justos e injustos; todo ser humano, por el simple hecho de serlo, es digno de compasión. Y probablemente, cuanto más malvado es alguien, más necesita de ella, pues solo la compasión puede sanar su maldad.

«Ser compasivo con quienes obran mal es dejarles impunes» – Ser compasivo no significa aceptar comportamientos rudos, traiciones, violaciones, injusticias sistémicas, crueldades, ofensas o crímenes. Significa más bien reconocer que esas cosas existen y que podemos defendernos de ellas de manera firme pero no agresiva, condenando el acto y no a la persona. La violencia nunca justifica más violencia, porque no resuelve el problema: lo agrava, ya que tiende siempre a escalar.

El lenguaje que nos aliena unos de otros
La gratuidad consiste en contribuir libre e incondicionalmente a la vida, felicidad y autorrealización de los demás, y en dejar que los demás hagan lo mismo con nosotros, sin sentirnos en deuda por ello.

Todo lo que hacemos movidos por miedo al castigo, por deseo de recompensa, por necesidad de agradar, por sentimiento de culpa o por obligación, termina por cobrar un alto precio y deteriorar la relación. Se establece así un vínculo enfermizo, semejante al que une al masoquista con el sádico: una relación que solo se sostiene mientras ambos permanezcan enfermos, aunque en realidad nadie es feliz en la enfermedad.

Diagnósticos, juicios, etiquetas, análisis, críticas, comparaciones… Todo pensamiento en términos de «este merece premio» o «aquel merece castigo», toda acción movida por mera obediencia, toda negación de responsabilidad («no tuve otra opción», «no había plan B»), es un lenguaje violento que nos degrada y nos separa.

Juicios y etiquetas - Los juicios y etiquetas encierran al otro. Con frecuencia son injustos, pues juzgamos a alguien por una sola acción y la generalizamos. Así impedimos que la persona sea lo que es, fijándole una identidad estática. La comunicación no violenta rechaza precisamente el verbo “ser” cuando se usa para encasillar. Todos estamos en construcción; cualquier definición rígida del otro es siempre prejuiciosa.

Premios y castigos - El bien y el mal permanecen en quien los practica: llevan en sí mismos sus frutos, como un archivo adjunto en un correo electrónico. Evitar el mal solo por miedo a ser descubierto no basta, porque llegará el día en que, al sentirnos seguros, perderemos el miedo y lo cometeremos. No debo evitar el mal por miedo, sino porque estoy convencido de que es realmente malo.

De igual modo, hacer algo para recibir un premio no es gratuidad, sino una transacción. Es como trabajar únicamente por un salario: el día en que no haya paga, dejaré de hacerlo.

El castigo puede ser una simple reprimenda pública que humilla, y el premio un elogio; pero ambos son, en esencia, lo mismo.

«¡Eres muy bueno!», «¡Buen trabajo!», «Eres una persona amable». Los elogios, para quien los recibe, pueden convertirse en adicción: la persona actúa no por gusto, sino para obtener reconocimiento. Además, pueden generar falsa humildad («no fue nada») o alimentar un sentimiento de superioridad.

Desde el lado de quien elogia, a menudo los halagos son instrumentos de manipulación, una manera de ganar al otro para fines ocultos. Por ejemplo, el jefe que le dice al trabajador: «Sin ti la empresa no se sostiene», y acto seguido le pide horas extra.

La recompensa en el Evangelio - «Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos?» (Mateo 5, 46)

«Guardaos de practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 6, 1)

«Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los malvados». (Lucas 6, 35)

Jesús exhorta a sus discípulos a practicar la gratuidad, a obrar por el bien mismo, sin esperar recompensa inmediata. Pero como el bien lleva en sí mismo su fruto, de algún modo ya hay una “recompensa”: la que se recibe en el cielo. Quien es capaz de posponer la satisfacción inmediata demuestra madurez interior. Jesús nos invita a reservar la recompensa para Dios: «Almacenad tesoros en el cielo…» (Mateo 6, 20).

Comparaciones - Los españoles dicen que «las comparaciones son odiosas». Cuando nos comparamos con otros, o con lo que socialmente se considera más bello, inteligente o perfecto, dejamos de ser nosotros mismos y nos dejamos atrapar por la envidia o la imitación. Olvidamos que solo somos insustituibles si somos fieles a lo que somos.

La comparación nace de la competencia, y la competencia, por sí misma, es una forma de violencia. Cuando aceptamos a los demás —y a nosotros mismos— tal como somos, la competición carece de sentido. Nadie puede ser mejor en ser yo que yo mismo.

Negación de elección - Las expresiones que empiezan con «tengo que…» son una negación de la libertad de los hijos de Dios. De este modo nos manifestamos como esclavos del deber. Para la comunicación no violenta, el deber no existe: solo actuamos por aquello que amamos y que nos conduce a la vida plena y abundante. Lo que hacemos solo por obligación, tarde o temprano, lo abandonaremos. Como dice el refrán: «Quien corre por gusto no se cansa».

Marshall Rosenberg cuenta el ejemplo de una mujer que siempre decía que debía irse a cocinar, aunque no le gustaba. Un día, aplicando la comunicación no violenta, anunció a su familia que dejaría de hacerlo. Días después, sus hijos le agradecieron haber dejado la cocina, porque no soportaban ni la comida ni sus quejas constantes sobre esa supuesta obligación.

Negación de responsabilidad - «Me obligaron a hacerlo». Rosenberg recuerda cómo los oficiales de los campos de concentración nazis enviaban miles de personas a las cámaras de gas sin sentirse culpables, pues decían que solo obedecían órdenes. En lenguaje no violento, todos somos responsables de nuestros actos: nadie puede obligarnos a hacer lo que nuestra conciencia nos dicta como mal.

La conciencia moral es lo que nos hace verdaderamente libres. Cuando actuamos únicamente según ella, somos autónomos: no nos engrandecemos sobre nadie ni nos rebajamos ante nadie, porque nuestros actos nacen de lo más profundo de nosotros mismos. Y de ese modo, somos plenamente responsables de ellos.

Una conciencia bien formada y recta nos hace realmente libres. Solo obedecemos lo que ella nos dicta, y así nuestras acciones brotan del interior, no de una imposición externa. Nuestra conciencia responde únicamente ante Dios: ahí radica la libertad de los hijos de Dios (Romanos 8, 21).

La gratuidad en acción en la forma de agradecer y ser agradecidos
Vivir en gratuidad significa que nada de lo que hacemos está motivado por coacción, deber, obligación, miedo a una reprensión o castigo, ni por la ansiedad de recibir alabanzas o recompensas. Todo lo que hacemos nace del puro amor, de la alegría y del gozo que sentimos al contribuir a nuestro propio bien y al bien de los demás.

Tanto el “bien” como el “mal” permanecen en quien los practica. El castigo del mal cometido está contenido en la propia acción: no viene de fuera, y mucho menos de Dios. Como alguien dijo: Dios siempre perdona y olvida; los seres humanos, a veces sí, a veces no; la naturaleza, ya sea física o humana, ni perdona ni olvida: «quien siembra vientos, recoge tempestades». De la misma manera, la recompensa por el bien realizado está en la propia acción, como un archivo adjunto en un correo electrónico.

Como en la Comunicación No Violenta (CNV) no hacemos nada en busca de elogios o recompensas, tampoco recompensamos ni elogiamos a los demás por lo que hacen. No sentimos hambre de halagos ni los esperamos como retroalimentación por el bien que realizamos, ni los utilizamos como cebo para atrapar a los otros y hacerlos dependientes de nuestras alabanzas con el fin de manipularlos o controlarlos.

Lejos de esos juegos psicológicos, en lugar de pedir o exigir disculpas por nuestros errores o los de los demás, hacemos duelo; en vez de alabar y ser alabados, celebramos los logros y aciertos, tanto propios como ajenos.

Dar y recibir gratuitamente sigue el paradigma de los cuatro componentes de la CNV. Así expresamos y sentimos gratuidad, agradecemos y somos agradecidos:

  1. ¿Qué hice yo en concreto que contribuyó al enriquecimiento de la vida del otro? ¿Qué hizo el otro específicamente que enriqueció mi vida?
  2. ¿Cómo me siento cuando pienso en lo que hice por el otro? ¿Cómo me siento cuando pienso en lo que el otro hizo por mí?
  3. ¿Qué necesidad o valor fue satisfecho por lo que hice por el otro? ¿Qué necesidad o valor fue satisfecho por lo que el otro hizo por mí?

Ejemplo: «Cuando me ofreciste tu ayuda esta mañana, me sentí agradecido porque valoro profundamente la cooperación entre los miembros de nuestro equipo».

Expresar gratitud no es lo mismo que decir simplemente “gracias”. Por eso es importante, tanto para quien realiza la acción como para quien la recibe, expresar cómo esa acción enriqueció nuestra vida. La persona que actuó también necesita recibir alguna retroalimentación sobre lo que hizo.

Conclusión - La gratuidad es contribuir libre e incondicionalmente a la vida, felicidad y autorrealización de los demás, y permitir que los demás contribuyan a la nuestra, sin sentirnos en deuda por ello.