sábado, 20 de junio de 2026

CNV - Una nueva relación con los otros

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (Marcos 12, 31)

Autoempatía y empatía hacia los demás
Tanto la expresión de nuestros propios sentimientos y necesidades como la sintonía empática con los sentimientos y necesidades de los demás se fundamentan en un estado particular de conciencia que constituye el corazón de la Comunicación No Violenta (CNV). Este estado de conciencia se nutre de la empatía hacia los demás y hacia nosotros mismos.

Tanto en el Nuevo Testamento, en la cita anterior, como ya en el Antiguo Testamento (Lv 19,18), la Biblia muestra que no es posible amar al prójimo sin amarse a uno mismo, y viceversa: no es posible amarse a uno mismo (con un amor sano, no narcisista) sin amar al prójimo.

La autoestima y la estima hacia los demás están íntimamente unidas; la medida que aplicamos a los otros es la misma que aplicamos a nosotros mismos. La empatía consiste en extender a los demás la misma compasión que tenemos por nosotros mismos a través de los cuatro componentes de la CNV. Esto significa indagar en los sentimientos y necesidades del otro, ocultos y subyacentes en las interpretaciones, análisis y juicios que formula sobre nosotros, sobre sí mismo o sobre la sociedad en general.

La práctica de la CNV implica la intención de vincularnos con compasión tanto a nosotros mismos como a los demás, y requiere la capacidad de mantener nuestra atención en el momento presente. Esto incluye ser conscientes de que, a veces, en este presente, estamos recordando el pasado o imaginando una posibilidad futura. Se trata de conectarnos con compasión a lo que está vivo en nosotros y en los demás: lo que sentimos y necesitamos aquí y ahora.

«A vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian.» (Lucas 6, 27)

Ni la empatía ni la autoempatía son fáciles de poner en práctica. Las estructuras de poder nos han enseñado a odiarnos a nosotros mismos como odiamos a los demás. En tiempos de calma esta práctica puede resultar relativamente sencilla, pero en momentos de estrés, de conflictos internos o externos, el odio reptiliano puede volvernos reacios y dificultar el acceso a la empatía y la compasión, tanto hacia nosotros como hacia los otros. 

Solo una práctica constante —con la conciencia de que a veces no lo lograremos— puede llevarnos al éxito, un éxito pleno si perseveramos en el camino.

Los enemigos no existen
Los demás, incluso nuestros rivales, no son verdaderos enemigos. Al igual que nosotros, solo buscan satisfacer sus necesidades. Por ello, cuando no tememos expresar con autenticidad y honestidad nuestros sentimientos y necesidades, mostrándonos vulnerables e indigentes ante los otros, apelamos a su empatía y compasión, porque los sentimientos y las necesidades son universales. 

De este modo, cuando formulemos nuestras peticiones —ni de forma agresiva o arrogante, ni de manera sumisa, sino con asertividad— ellos responderán positivamente. Será la compasión y la empatía que logremos despertar en ellos lo que les permitirá conectar con su neocórtex y así superar, por sí mismos, su egoísmo reptiliano.

Recibir con empatía
La CNV es un camino de doble dirección. Anteriormente describimos sus cuatro componentes desde nosotros mismos: lo que observamos, sentimos y necesitamos, y lo que deseamos solicitar a los demás para enriquecer nuestra vida. Ahora se trata de aplicar esos mismos cuatro componentes a los otros: escuchar sus observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones. A esto se le llama recibir con empatía.

En la CNV, la mitad del proceso es aprender a expresarse con los cuatro componentes; la otra mitad consiste en escuchar y responder a los demás según ese mismo esquema, estableciendo un vínculo con lo que está ocurriendo en ellos en ese preciso momento a nivel de sentimientos y necesidades.

El vínculo empático nos permite ir más allá de las apariencias para contemplar y conectar con la belleza intrínseca del otro, con la energía divina que opera en él, con la vida presente en su interior. El objetivo de la conexión empática no es comprender intelectualmente a la otra persona. 

Del mismo modo que para observar un bosque necesitamos salir de él y tomar distancia, comprender intelectualmente al otro significa dejar de estar empáticamente con él. Mientras analizamos mentalmente al otro, no estamos realmente con él.

La empatía es estar con, sentir con, ser con: es la comprensión respetuosa de lo que los demás están experimentando en el momento presente. En este sentido se orienta la psicoterapia no directiva de Carl Rogers, maestro de Rosenberg. 

La presencia silenciosa y activa, la escucha empática y compasiva del psicoterapeuta ante la confidencia del cliente, consuela (del latín cum solis: estar con) y conforta (del latín cum fortis: hacer fuerte). Fortalece y da energía al cliente para que él mismo encuentre la solución a sus problemas.

Con frecuencia, en lugar de practicar la empatía —es decir, situarnos al lado del otro— adoptamos una posición de autoridad, como si fuéramos su padre o su maestro, y damos consejos o expresamos lo que pensamos o sentimos. La creencia de que debemos arreglar o resolver los problemas de los demás, o de que debemos hacerles sentir mejor, nos impide estar realmente con ellos. 

Con su característico humor e ironía, Rosenberg solía decir que, cuando se trate de dar consejos, no debemos hacerlo nunca, a menos que la persona interesada nos los pida mediante una solicitud por escrito firmada por un abogado.

Veamos un ejemplo de lo que la empatía es —y de lo que no es—:
«Soy más fea que un burro», dice la hija delante del espejo.
«No, eres la criatura más hermosa que Dios ha creado jamás», responde el padre con una solución rápida.
«¿Te sientes desilusionada con tu aspecto hoy?» sería la respuesta verdaderamente empática.

Normas de la psicoterapia no directiva
Las normas de la psicoterapia no directiva se aplican perfectamente: Sentarse frente al cliente sin mesa de por medio; mantener una postura abierta que implica no cruzar las piernas; estar relajado, pero no en exceso, para no transmitir desinterés; situarse a una distancia adecuada —ni demasiado lejos ni demasiado cerca, respetando el instinto territorial—; observar todos los movimientos corporales del cliente, no solo sus ojos, y darle retroalimentación preguntándole, por ejemplo: «Veo que tienes el puño cerrado, ¿qué significa para ti un puño cerrado?».

No dejar que el cliente permanezca demasiado tiempo anclado en el pasado, sino traerlo de nuevo al momento presente preguntándole: «¿Cómo te está afectando ahora?, ¿cómo te sientes ahora?». Hacer preguntas abiertas, exploratorias, que no puedan responderse con un simple sí o no. 

Para lograr una mayor comprensión de su discurso, conviene parafrasear lo que el cliente expresa: «Te he escuchado decir que…», «Me doy cuenta de que, según tú…», «¿Te sientes irritado y decepcionado porque…?». Las preguntas se plantean de forma que el cliente se aclare a sí mismo, y no para satisfacer la curiosidad del terapeuta.

Barreras a la empatía
Existen afirmaciones inadecuadas que acaban erigiendo una barrera entre quien habla y quien escucha, dificultando la comunicación. Este tipo de reacciones suelen mostrar falta de respeto hacia los pensamientos y sentimientos de la otra persona. Para mejorar nuestra capacidad de relacionarnos es importante reconocer estas barreras, de modo que podamos evitarlas con mayor facilidad:

Aconsejar o enseñar – «Creo que deberías…», «¿Por qué no hiciste…?». No hagamos diagnósticos ni demos recetas; simplemente ayudemos a que el otro llegue a sus propias conclusiones y soluciones.
Expresar intolerancia y desaprobación – El otro se sentirá rechazado.
Moralizar – Afirmaciones que juzgan los actos del otro como buenos o malos, o sus palabras como adecuadas o inadecuadas.
Restar importancia o rechazar los sentimientos del otro – «Eso no es nada, yo pasé por algo peor…», «No deberías sentirte así…». El otro puede sentirse aliviado momentáneamente, pero el sentimiento volverá.
Educar – «Mira, esto incluso podría convertirse en una experiencia positiva si tú…».
Pseudo consuelo – «No fue culpa tuya, hiciste lo mejor que pudiste…».
Contar historias propias – «Esto me recuerda a cuando yo…».
Negar los sentimientos – «Alégrate, no estés triste…».
Hacer demasiadas preguntas para satisfacer nuestra curiosidad – «¿Cuándo te pasó eso?».
Corregir – «No fue así como sucedió…».
Desvalorizar la comunicación – «¿Para qué hablar, si nunca escuchas?», cuando el otro pide una opinión.
Culpa implícita – «¿Te sientes infeliz conmigo?».
Culpa disfrazada de comprensión – «¿Te sientes infeliz porque crees que no te comprendo?». Aquí el foco está en lo que piensa de mí, no en lo que necesita, además de transmitir culpa.
Enfoque correcto según la CNV – «¿Te sientes infeliz porque necesitas ser escuchado?». Aquí el foco está en su necesidad, no en mí ni en la posibilidad de que yo haya hecho algo mal.

Todas estas reacciones no empáticas tienen algo en común: apartan la atención del otro para centrarla en nosotros mismos. En el mejor de los casos, distraen al otro de su problema o anestesian su dolor, pero no lo ayudan a resolver nada; más bien al contrario.

En CNV no debe preocuparnos tanto lo que la gente dice ni cómo lo dice, pues sabemos de antemano que todo lo que expresen puede traducirse en observaciones, sentimientos, necesidades y peticiones. En sus talleres, Rosenberg repetía incansablemente que, a lo largo de miles de años de historia, desde que el ser humano aprendió a hablar, todo lo que ha dicho y sigue diciendo se resume en dos palabras:

«Por favor…» al expresar observaciones, sentimientos y necesidades que desembocan en una petición, es decir, en una oportunidad para enriquecer la vida y hacerla más maravillosa.

«Gracias» al reconocer con gratitud y celebrar que nuestras necesidades han sido satisfechas.

La empatía de Jesús
La empatía de Jesús y su capacidad de escucha activa aparecen reflejadas en numerosos pasajes de la Sagrada Escritura. Algunos ejemplos:

Jesús no juzgó a Zaqueo (Lc 19, 1-10); por el contrario, tuvo hacia él una mirada positiva y acogedora. No lo condenó y permitió que fuese él mismo quien se acusara y encontrara la solución a su problema.

Tampoco juzgó a la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8, 1-11). Cuando alguien está herido, lo último que necesita es ser juzgado. Jesús fue compasivo, la defendió y se rebajó a sí mismo para elevarla a ella.

Jesús lloró de compasión por su amigo Lázaro, mostrando empatía con el dolor de sus hermanas.

El encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo es un relato particularmente rico en acción interpersonal. En él se revelan suficientes pensamientos y sentimientos de ambos interlocutores como para reconstruirlo como un estudio de caso en psicoterapia. Desde lo superficial hasta lo más profundo, este encuentro muestra las habilidades de Jesús como verdadero psicoterapeuta.

Jesús condujo a la mujer a través de una serie de pasos hacia la integridad psicológica y espiritual:
Aceptación incondicional. Jesús aceptó a la mujer como persona. Rompió todos los tabúes sociales y religiosos que los separaban, y sin embargo respetó su individualidad. No se dejó intimidar ni reaccionó a su sarcasmo velado. Permitió que ella marcara el nivel inicial de la conversación, haciéndole entender que la aceptaba como ser único, con potencial de crecer.

Confesión libre de su necesidad. Jesús la dejó escoger el momento y la forma de revelar la profundidad de su necesidad. Cualquier condena inicial habría sido la respuesta esperada de un rabino hacia una mujer de dudosa reputación. Pero Jesús esperó, y cuando ella finalmente se abrió, confesó su deseo de cambiar de vida.

Confrontación respetuosa. Jesús le ofreció indicios sobre su vida íntima, sondeando su pasado difícil. Si ella no hubiese estado preparada, sus palabras podrían haber sido prematuras o incluso dañinas. Sin embargo, Jesús transformó esa confrontación en un modo de romper el ciclo de relaciones fallidas, exponiendo su sentimiento de culpa.

Liberación de la culpa. Jesús la liberó de la carga de culpa y le ofreció lo que le había prometido antes: saciar su sed compulsiva de amor con el agua viva de la gracia.

Uso de la empatía para neutralizar el peligro
Rosenberg cuenta cómo una joven logró neutralizar a su potencial agresor sexual utilizando la CNV:
Agresor: ¡Desnúdate!
Joven: (Notando que el chico temblaba) Me parece que estás nervioso…
Agresor: ¿Estás sorda? Te lo repito, ¡desnúdate!
Joven: Siento que estás muy irritado y quieres que haga lo que me ordenas.
Agresor: Exacto, y te haré daño si no haces lo que digo.
Joven: Me gustaría que me dijeras si hay alguna forma de satisfacer tus necesidades sin que yo salga herida.
Agresor: Ya te dije que te desnudaras.
Joven: Entiendo lo que necesitas, pero quiero que sepas lo aterrorizada que estoy ante esta situación y lo agradecida que estaría si te marcharas sin hacerme daño.
Agresor: Dame tu cartera.

Ella le entregó la cartera, aliviada de que no la hubiese violado. Más tarde reconoció que, cuanto más lograba establecer empatía con su agresor, más se debilitaba en él la intención de violarla. Es evidente que en situaciones así resulta extremadamente difícil sentir empatía hacia el otro. Sin embargo, cuando conseguimos descubrir y conectar con los sentimientos y necesidades de la otra persona, dejamos de ver en ella un monstruo y comenzamos a ver al ser humano.

Conclusión - La empatía consiste en extender a los demás la misma compasión que tenemos hacia nosotros mismos. Esto significa indagar en los sentimientos y necesidades del otro, que se ocultan tras las interpretaciones, análisis y juicios que emite sobre nosotros, sobre sí mismo o sobre la sociedad en general.

P. Jorge Amaro, INC



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