martes, 15 de septiembre de 2026

"Camina en mi presencia..."


Una vez más nos acercamos a la celebración de los fieles difuntos – aquellos que nos precedieron en el espacio y en el tiempo, y que ya gozan de la eternidad junto a Dios.

Lejos queda ya la alegría del verano, el verde da paso al amarillo y al rojo, los árboles pierden sus hojas y toda la Naturaleza se prepara para la letargia del invierno. Es como si todo estuviera muriendo. Sabemos, sin embargo, que se trata de una muerte pasajera, al igual que la nuestra. Aun así, esto nos invita a reflexionar sobre el sentido de la vida.

Siempre que contemplamos nuestra existencia en su conjunto, no podemos dejar de preguntarnos: ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, ¿qué sentido tiene todo esto? Para los ateos y agnósticos, que responden “nada” a las dos primeras preguntas, es lógico que también respondan “nada” a la tercera. Pero los creyentes dan una respuesta distinta:

Venimos de Dios – Dios pensó en nosotros desde toda la eternidad. Si siempre estuvimos en la mente de Dios, incluso antes del “Big Bang”, entonces no seremos eternos solo después de esta vida: ya lo éramos antes, al menos como proyecto. Existíamos en Dios, como idea, como deseo, como amor.

Vamos hacia Dios – Nuestra vida no es una simple sucesión de primaveras, veranos, otoños e inviernos; no vivimos solo de enero a enero. Nuestro caminar no es un círculo vicioso, sino una línea con dirección. Caminamos hacia la Tierra Prometida, que es el Reino de los Cielos. Dios y su Reino son el objetivo de nuestra existencia.

Por eso, buscamos en primer lugar el Reino y su justicia – es decir, el bien común –, porque todo lo demás, aquello que necesitamos, se nos dará por añadidura (cf. Mateo 6,33).

¿Qué sentido tiene la vida? – Si Dios está en el principio y al final de nuestra vida, lo natural es que vivamos ya, aquí y ahora, en Él y con Él. Que le amemos por encima de todas las cosas, que solo en Él pongamos nuestra confianza y seguridad. Que, como Abrahán, caminemos en su presencia, pues, como dice San Pablo en los Hechos de los Apóstoles, en Él vivimos, nos movemos y existimos (Hechos 17,28).
Dios, que nos creó sin nuestro consentimiento, no nos salvará sin nuestra colaboración. Nuestra vida es un proceso de configuración con Cristo, Camino, Verdad y Vida (cf. Romanos 13,14).

Hay quienes viven sin Dios y justifican su vida por medio de valores como el poder, el placer, la riqueza o la fama. Pero todo ello son “bienes” pasajeros que no sacian el corazón humano.

Poder y control
En inglés se habla del “power and control freak”, alguien obsesionado con el poder y el control. Es una enfermedad del alma. Curiosamente, quienes más buscan el poder sobre los demás suelen tener poco dominio de sí mismos. Olvidan que gobernarse a uno mismo es el mayor de los imperios.

La verdad es que nacemos totalmente impotentes, en absoluta dependencia de los demás. Y, por mucho poder que se alcance durante la vida, este nunca es absoluto, dura poco y a menudo es ilusorio. Ni siquiera controlamos nuestros propios esfínteres – de ahí que usemos pañales al nacer y, a veces, también al morir.

Si nacemos sin poder y morimos sin poder, el poco poder que tenemos es ilusorio. Mejor que el poder es el amor: el poder del amor.

Placer hedonista
Hay quienes huyen del sufrimiento como el diablo de la cruz y buscan solo el placer. Pero el sufrimiento forma parte esencial de la vida. El mal es fácil, como bajar una cuesta; el bien es difícil, como subirla. Nada valioso nace de la pereza ni del “dolce far niente”. Todo lo que merece la pena requiere esfuerzo, coraje, lágrimas y perseverancia.

La alegría de superar una prueba y alcanzar una meta es superior a cualquier placer físico, y nunca se logra sin lucha. El sufrimiento nos acompaña desde el nacimiento hasta la muerte – y, muchas veces, es a través de él que pagamos el precio de una vida digna y con sentido.

En el fondo, no tememos tanto la muerte como el sufrimiento. Y por eso, el miedo a la muerte es, en realidad, miedo a la verdadera vida, porque vivir también implica sufrir.

Amor por la riqueza
“Que el espíritu de Dios esté contigo para que puedas ver que todas las cosas son buenas, pero ¡ay de ti si amas a las criaturas y abandonas al Creador!” – Francisco Benzoni

Desnudos salimos del vientre de nuestra madre y desnudos volveremos al seno de Dios – de donde también ella provino. No somos dueños de nada, porque nada poseemos para siempre – ni siquiera nuestra propia vida.

Fama y popularidad
Al nacer, no somos nadie – ya no hay sangre azul. Durante los primeros seis años de nuestra vida, ni siquiera tenemos conciencia plena de nosotros mismos. Muchos pasan años en coma, otros terminan su vida como la empezaron: sin saber quiénes son.

El gran Ronald Reagan, víctima del Alzheimer, no recordaba que había sido presidente de los Estados Unidos. Así es la fama: efímera y frágil. Lo que hoy brilla, mañana puede ser olvidado.

A la vuelta de la esquina
Un accidente de tráfico, un infarto, un diagnóstico repentino, y en un instante podemos encontrarnos cara a cara con el Creador. Sin aviso, sin preparación. Por eso, dice San Lucas: “Vivamos en santidad y justicia en su presencia todos los días de nuestra vida” (Lucas 1,75).
Y que también de nosotros pueda decirse, como se dijo de Jesús: “Pasó por el mundo haciendo el bien” (cf. Hechos 10,34-38).

Conclusión - Como no sabemos ni el día ni la hora, caminemos cada día y a cada hora en la presencia de Dios. Así estaremos siempre preparados – en todo tiempo y lugar – para encontrarnos con Él, porque ya vivimos con Él, por Él y para Él.

P. Jorge Amaro, IMC

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