miércoles, 15 de mayo de 2013

Deç testimonio a la Fe - Vosotros sois la Luz del Mundo

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Vosotros sois la luz del mundo. No se puede esconder una ciudad en una colina; ni se enciende la lámpara para ponerla debajo del celemín, sino encima del candelabro, y así alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que, cuando vean vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mateo 5:14-16

La luz sirve para ver- La luz revela la verdad de las cosas porque las muestra tal como son; su verdadero color, textura y forma. Sin luz, en la oscuridad, nada se ve, nada tiene color, nada tiene forma. El cristiano que sigue a su maestro, que es el camino, la verdad y la vida, se transforma también en verdad andante, camino y vida. El cristiano que verdaderamente lo es, vive con sentido, es un punto de referencia, modelo a seguir, un dedo que apunta a la verdad porque la encarna y la vive.

La luz sirve para ser visto - Un ciego fue invitado a cenar a casa de un amigo. Después de la cena, como ya era de noche, le dio una lámpara para que volviera a su casa. El ciego se rió en tono burlón: “¿No ves que soy ciego? ¿Para qué sirve la lámpara?” "Tómala", insistió el amigo. Y así lo hizo. Cuando, yendo por el camino, se hallaba lejos de la casa, alguien se acercó al ciego y el ciego, comprendiendo la razón de la lámpara, gritó:” ¿No has visto mi lámpara?”” No, no te vi, así que me topé contigo, pero ahora veo que tienes una lámpara, pero está apagada”.

Cuando hay falta de visibilidad por la lluvia o porque es el inicio o el final del día, muchos automovilistas no encienden las luces porque dicen que aún pueden ver; olvidan que las luces también están hechas para ser vistas.

No se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mateo 5, 15-16

Cuando, pretendiendo ser cristianos, no encarnamos la palabra de Dios somos una luz tenue que, no sólo no muestra el camino, sino que también constituye una "piedra de tropiezo" que es el significado de la palabra escándalo en griego.

La luz desenmascara el mal – (...) la luz ha venido al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas (Juan 3:19). En este sentido, la luz tiene la misma capacidad de denuncia y anticorrupción que la sal. Es en la oscuridad, en la oscuridad de la noche, en secreto, donde se cometen los peores males de este mundo.

Desenmascarar estas injusticias es tarea del cristiano por difícil y arriesgada que sea; si nadie lo hace, la oscuridad infesta toda la sociedad que se convierte en una mafia; "Donde no entra el sol, entra el médico", dice la gente.

La luz debe brillar - En el diálogo de Jesús con la samaritana, esta le pregunta a Jesús dónde adorar a Dios si en el templo de Jerusalén o en el monte de Samaria. Jesús responde que Dios es adorado en todas partes y porque él es el Espíritu, en espíritu y en verdad uno será adorado. Sin dejar de asistir a la Sinagoga y al Templo, la mayor parte de su ministerio lo llevó a cabo en la calle, en vida.

Lo mismo sucedió en los primeros cinco siglos de la Iglesia; la Palabra se predicaba en las plazas públicas o se transmitía de persona a persona por su testimonio; la Eucaristía se celebraba en las casas de las personas. El culto estaba en la vida y la vida estaba en la adoración.

Con la construcción de templos, después del emperador Constantino, el culto y la vida se separaron. Hoy tenemos vida sin culto, la de los que se llaman a sí mismos católicos no practicantes, y culto sin vida, el de los que practican la religión, pero solo en la Iglesia; fuera son iguales o peores que los demás. Hoy la única luz que brilla es la lámpara del Santísimo, solo en la Iglesia, por supuesto.

Deja que tu luz brille delante de los hombres... Estamos llamados a ser la luz del mundo, no la luz del templo; no una luz que se pone debajo de un celemín, sino una luz que está en la cima de la montaña donde se puede ver el mundo. Como alguien dijo, "La fe se aferra o se extingue"; La fe se da o se pierde; la fe solo está disponible cuando se da.

Cristo es el Sol, nosotros somos la Luna - Toda la luz proviene del Sol. Cristo es el sol de nuestras vidas que nos guía, nos ilumina y nos calienta. Nosotros, como discípulos, o planetas, giramos a su alrededor captando su luz que luego, como la luna, reflejamos para iluminar el mundo que camina en tinieblas. De hecho, el cristiano es como la luna en sus diferentes fases:

Cuarto menguante: aquellos que abandonan gradualmente la oración, la práctica de los sacramentos, especialmente la Eucaristía, ven cómo su luz pierde intensidad corriendo el riesgo de extinguirse por completo.

Luna nueva - El que ya ha dejado de lado la oración, la lectura, la escucha de la Palabra de Dios y la práctica de los sacramentos, ya no es iluminado por Cristo ni ilumina; es un agujero negro, el llamado católico no practicante. Sin la guía de la Palabra de Dios, el católico se deja llevar fácilmente por las filosofías de este mundo.

Cuarto creciente: El que se esfuerza por encarnar el Verbo de Dios y hace cuerpo con los demás cristianos, siendo célula del cuerpo místico de Cristo, crece como persona en la fe y en la madurez humana.

Luna Llena – Aquel que, a pesar de tener todavía zonas oscuras en su vida (en referencia a los grandes cráteres de la luna), vive fundamentalmente para Cristo y, como dijo San Pablo de sí mismo, "Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí". Tu vida es un faro para los demás; es un Cristo vivo.

"El amor es como la luna cuando no crece mengua". La fe es exactamente lo mismo; aumenta o disminuye; nunca permanece estática porque en este mundo no hay nada estático. Siempre se ha dicho que "Lo que no se usa se atrofia". La fe aumenta cuando se usa en la vida, cuando es el motor de nuestra vida; disminuye, incluso se atrofia, cuando, en la vida de la persona, no se utiliza, cuando no inspira y motiva acciones y genera actitudes.

Cuando vivimos nuestra fe de esta manera, damos verdadero testimonio de Cristo, somos sal de la tierra y luz del mundo y, de esta manera, realizamos una evangelización silenciosa porque lleva a la fe a muchos de los que vienen a nosotros y viven con nosotros. 

P. Jorge Amaro, IMC (Begoña Peña)


jueves, 2 de mayo de 2013

Del Testimonio a la fe: Sois la sal de la Tierra

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Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal está corrompida, ¿con qué se va a salar? No sirve para nada más que para ser expulsada y pisoteada por los hombres. Mateo 5, 13

Pertenecemos a una Iglesia que sufre de verborrea, cuando su fundador era un Verbo encarnado. Es sintomático que Jesús comparara a sus discípulos con la sal y la luz, cuya acción se realiza en silencio. Francisco de Asís lo entendió cuando dijo: "En todo tiempo y lugar predica el Evangelio y, cuando sea necesario, usa las palabras".

El evangelio encarnado hace un mejor servicio a la evangelización que el evangelio proclamado porque las obras sustituyen a las palabras; las palabras no sólo no sustituyen a las obras, sino que son desautorizadas por la ausencia de estas o por las obras contrarias a las palabras; puede que las obras no necesiten palabras, pero las palabras siempre necesitan obras.

Podríamos descargar toneladas de Biblias en el centro de un continente bien poblado en el que ni una sola persona se convertiría al cristianismo solo por ellos. También podríamos predicar la Palabra de Dios a los cuatro vientos, lo cual no podríamos lograr de otra manera, porque "las palabras las llevan con el viento". La misma Palabra de Dios, después de haber sido pronunciada por tantos profetas, tuvo que encarnarse para ser creíble.

El cristianismo se difunde por el contacto humano, por el testimonio de vida. "Mirad cómo se aman", decían los romanos, observando el talento individual y social de los primeros cristianos. Se dice que la educación de los niños es aérea; lo educativo no son tanto los consejos o incluso las labores que los padres hacen hacia sus hijos, sino su comportamiento cotidiano y el ambiente que crean en el hogar; la forma de reaccionar ante las situaciones. Lo mismo ocurre con la evangelización; lo que inspira la fe es el testimonio silencioso de nuestra vida cotidiana, por eso Jesús exhortó a sus discípulos a ser sal y luz.

La sal derrite la nieve – En las ciudades donde la nieve es una constante en invierno es la sal la que permite que las calles permanezcan abiertas al tráfico. El cristiano que es sal ayuda a restablecer la comunicación entre las personas cuyas relaciones han sido rotas; es un pacifista en los conflictos. Recordemos la colisión del Titanic con un iceberg, las avalanchas de nieve que entierran vivas a las personas; el agua en estado sólido está más al servicio del mal y de la muerte que de la vida.

Solo en estado líquido el agua es fuente de vida, porque solo en este estado puede ser absorbida por los seres vivos y ser parte integral de ellos. La sal derrite el hielo, lo que hace resbalar a la gente, y mantiene el agua en estado líquido; el cristiano, que es sal, deshace las artimañas, las trampas, las intrigas y los planes que los malvados tejen para derribar a sus semejantes.

La sal fija el agua en el cuerpo - El agua y la sal están juntas; el mar es el gran reservorio de las dos. Sin sal en nuestro cuerpo nos deshidrataríamos rápidamente; de hecho, los sobres de sales de rehidratación fueron lo primero que dábamos en África a las personas que se deshidrataban fácilmente con las fiebres altas que provoca la malaria. Así como el agua es el principio de la vida física, el agua del Bautismo es el principio de la vida cristiana; el cristiano que es sal permanece fiel a las promesas del Bautismo. En el antiguo ritual del bautismo se usaba la sal; con el Bautismo somos parte de los redimidos, de los que poseen el agua que brota para la vida eterna. Sin sal, esta agua se nos escapa.

La sal conserva y preserva – La sal conserva la carne y el pescado; en los días en que no había refrigeración, esta era la forma de evitar la corrupción. El cristiano, que es sal, evita la corrupción en el tejido social de las familias, instituciones, empresas, organizaciones, gobiernos, clubes, etc. En las instituciones donde hay cristianos auténticos, no hay degradación ni corrupción.

En el ámbito de la biología, cuando se abre una herida, el cuerpo puede ser invadido por virus, gérmenes y bacterias que son perjudiciales para la salud; la sal tiene el poder de matar muchos de estos agentes nocivos. Del mismo modo, en el tejido social, en el contexto de instituciones, empresas y clubes, hay situaciones que pueden dar lugar a que alguien prevarique.

Los ladrones no nacen como tales, como dice la gente "La situación hace al ladrón". La presencia de cristianos en una institución tiene el mismo efecto disuasorio que las penas en el sistema judicial.

Así como la sal da sabor a la comida, así el cristiano da sentido a la vida humana. Solo Cristo responde con lógica a las tres preguntas que se hace todo ser humano que viene a este mundo: De dónde venimos, hacia dónde vamos y cuál es el sentido de la vida. sin Cristo, la vida humana no tiene sentido, ni gusto, ni propósito.

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)



martes, 16 de abril de 2013

El realismo de la resurección

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Creemos, y por eso hablamos, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús también nos resucitará con Jesús y nos llevará ante él con vosotros. (…) Es por eso por lo que no desmayamos, e incluso, si el hombre externo en nosotros está en camino a la ruina, el hombre interno se renueva día a día. (…) No miramos las cosas que son visibles, sino las cosas que son invisibles porque las cosas que son visibles son efímeras, mientras que las cosas que son invisibles son eternas. 2 corintios 4:14, 16, 18

Antropología hebrea y antropología griega
La idea de que el alma es inmortal y está destinada a la eternidad y que el cuerpo, que encarna por un tiempo, es mortal y, como tal, está destinado a desaparecer, tiene que ver con la antropología dualista griega y nada que ver con el pensamiento bíblico.

En la antropología hebrea y bíblica, ni el alma es inmortal ni el cuerpo es mortal. En nuestro ser, las dimensiones corporal y espiritual forman un todo indivisible. Si, durante nuestra vida terrena, el cuerpo tiene un alma que lo anima, en nuestra vida después de la muerte el alma tiene un cuerpo que le da forma, un cuerpo que no es físico sino espiritual. Con la misma forma que el físico, pero no de la misma naturaleza.

La materia visible está formada por cosas invisibles
Siempre hemos dado por sentado que la materia es visible y el espíritu es invisible; en realidad, este no es el caso. La física cuántica de nuestro tiempo, que ha destronado para siempre a la física mecanicista y materialista de Newton, nos dice que la realidad visible está hecha de realidades invisibles.

El átomo, considerado como el "bloque de construcción" de la materia, es invisible y está formado por un electrón siempre en movimiento dentro de una nebulosa cuyo centro está compuesto por neutrones y protones; estos, a su vez, están formados por quarks que, a su vez, siguen estando formados por la partícula más elemental recientemente descubierta y apodada "la partícula de Dios". De esto podemos concluir que definiciones simplistas como la de que ¨la materia es visible y el espíritu es invisible¨ no tienen nada que ver con la física de nuestros días.

La metáfora del agua
El agua, sin dejar nunca de ser lo que es, existe en la naturaleza en tres estados diferentes: sólido, líquido y gaseoso. En estado gaseoso, el agua, sin perder nada de lo que la caracteriza en su esencia, existe en forma intangible e invisible.

Así como el agua, que sin dejar de ser lo que es en su esencia puede existir en una forma intocable e invisible, así nosotros, como personas, también podemos existir en una forma invisible e intangible en nuestro cuerpo espiritual que reemplaza nuestro cuerpo físico después de la muerte. Nuestro cuerpo físico es nuestra forma de ser y de estar en el tiempo y en el espacio; nuestro cuerpo espiritual será nuestra forma de ser y existir más allá del tiempo y el espacio.

Volviendo a nuestra analogía, el agua en estado sólido y gaseoso es como si estuviese en el limbo porque está en estado puro. Pero es el principio de la vida sólo cuando existe en estado líquido, no puro sino potable. Cuando el vapor de agua se condensa en forma de lluvia o rocío penetra en la madre tierra y, luego de adquirir un "cuerpo físico" formado por las sales minerales que lo componen, mana de la tierra, por lo que se le llama "manantial de agua".

Las sales minerales son el cuerpo físico del agua ya que la transforman de pura a potable y la fijan dentro de cada organismo vivo. El agua pura, sin sales minerales, no es el principio de la vida porque, al no poder retenerla en su estado puro, los seres vivos se deshidratarían y morirían con ella.

Cuando el agua se evapora, se desprende de las sales minerales que eran su forma de estar en este mundo y vuelve a existir en estado puro. La evaporación del agua es como nuestra muerte; al igual que el agua, que no necesita sales minerales para ser agua, nosotros no necesitamos nuestro cuerpo físico para ser lo que somos, hijos de Dios; no es, por lo tanto, nuestro cuerpo físico el que nos identifica ante Dios, sino nuestro cuerpo espiritual.

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)


lunes, 1 de abril de 2013

¿Resurrectión o reincarnación?

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Lo mismo sucede con la resurrección de los muertos: sembrado corruptible, el cuerpo resucita incorruptible; sembrado en deshonra, resucitado en gloria; sembrado en debilidad, resucita lleno de fuerza; sembrado en el cuerpo, el cuerpo espiritual resucita. Si hay un cuerpo terrenal, también hay un cuerpo espiritual. 1 corintios 15:42-44

La reencarnación es un concepto, tanto hindú como budista, que la Nueva Era se ha encargado de difundir en el mundo cristiano occidental. El pensamiento frágil, y a menudo incongruente, del hombre de hoy, fascinado con la posibilidad de tener siete vidas como el gato, ha asimilado este concepto acríticamente. Es común encontrar cristianos que creen tanto en la resurrección como en la reencarnación sin darse cuenta de que los dos conceptos son autoexcluyentes.

Como todo lo que es auténticamente humano, la fe siempre escapará a la lupa del método científico del conocimiento; el hombre no es el objeto de la ciencia. Sin embargo, para no degradarse en pura superstición, la fe debe estar casada con la razón. La superstición es irracional, la fe, al no ser racional, es al menos razonable, plausible, debe tener sentido. Hagamos la prueba de la razón para ambos conceptos:

Reencarnación - Al igual que en la filosofía griega, para los orientales el alma es eterna; existe antes y es independiente del cuerpo que encarna. En un proceso ascendente hacia la perfección, cada vida, cada cuerpo que el alma encarna es una oportunidad para progresar hacia ella, encarnando sucesivamente en formas de vida más elevadas y cada vez más perfectas.

Por el contrario, cuando el alma se comporta mal, retrocede, es decir, reencarna en la vida siguiente en una forma inferior de existencia que puede ser incluso un animal, una vaca, por ejemplo.

Astronomía - La reencarnación parece asumir que el mundo siempre ha existido y siempre existirá, pero la astronomía actual dice que el mundo comenzó a existir con un “Big Bang” y un día dejará de existir cuando el universo haya gastado toda su energía.

Demografía – La reencarnación, para ser posible, presupone un planeta con la misma población a lo largo del tiempo. La demografía nos dice que el hombre comenzó a habitar este planeta hace 5 millones de años; se estima que la población mundial en la época de Jesús era de 300 millones de personas, ahora somos 7 mil millones.

Evolución de las especies – La vida comenzó con un ser unicelular que se diversificó y progresó, pasando a especies cada vez más superiores e inteligentes hasta llegar al ser humano. La ciencia de la evolución de las especies no conoce regresión. Entre nosotros y los animales hay millones de años de evolución que no son reversibles.

Genética – La combinación de genes en el código genético de cada ser vivo es única e irrepetible en la historia de la vida en este planeta; parte de la dignidad humana se debe a este hecho. No tiene sentido que un alma tenga un código genético para cada vida que vive, ni tiene sentido que varios cuerpos de la misma alma tengan el mismo código genético.

Regresión: ¿Cómo explicar ciertas terapias que llevan a la persona a la regresión y saber qué fue en otra vida y qué tipo de persona fue? Si hay algo de verdad en este fenómeno, podría explicarse por la noción de "inconsciente colectivo" propuesta por Carl Jung, discípulo de Freud.

Las personas entonces no regresarían a otras vidas que tuvieran, sino que, a través de la meditación y la técnica de regresión, se conectarían con materiales psíquicos que no provienen de la experiencia personal y que se encuentran en lo que Jung llama el "inconsciente colectivo".

Se trata de una especie de base de datos, de herencia y patrimonio de toda la humanidad, que contiene todo lo que el ser humano es y ha hecho a lo largo de su historia.

Resurrección - Este concepto no debe satisfacciones ni explicaciones a ninguna de las ciencias anteriormente descritas pues no está en conflicto con ninguna de ellas. En el pensamiento judeocristiano, el alma no es eterna y está intrínsecamente unida, y para siempre, a un cuerpo; no hay cuerpos sin almas, no hay almas sin cuerpos.

Por la gracia de Dios, todo ser humano es naturalmente candidato a la vida eterna, y todo su ser, cuerpo y alma se transforma en una forma inmortal de existencia, el cuerpo espiritual o glorioso (1 Co 15:42-44). Aquellos que responden negativamente a la gracia de Dios, negándola en sus vidas y viviendo de espaldas a Él, probablemente se están aplicando a sí mismos la muerte eterna, es decir, un regreso a la nada de la cual Dios creó todo.

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)


viernes, 15 de marzo de 2013

La muerte no existe

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Padre, hay una cosa que no entiendo; cuando muero, mi cuerpo va a la tierra, mi alma va al cielo, y yo, ¿a dónde voy yo?

La muerte no debe preocuparnos porque nunca coincidiremos; mientras existamos no existirá; cuando exista no existiremos
. Karl Marx

Como dice la ley de Lavoisier, en la naturaleza nada se pierde, todo se transforma. En el devenir continuo, nada permanece igual. La muerte y la vida son parte del mismo proceso, no hay vida sin muerte y no hay muerte sin vida. La muerte no es un estado en el que se puede encontrar un ser vivo, sino el paso de una forma de vida a otra. La muerte es el medio por el cual la vida se diversifica y progresa en la evolución de las especies.

La hierba verde de los campos crece hasta el día en que la gacela se la come; La hierba no murió, progresó y cambió de forma, se convirtió en una gacela. La gacela salta y salta por los barrancos, bebe agua de los arroyos y camina por el bosque hasta el día en que se la come el león; no murió, fue absorbida y tomada por el cuerpo del león.

El león, al no tener depredadores, muere de viejo o en alguna lucha por la supremacía de los machos; sus restos son devorados por hienas y buitres y lo que queda es devorado por hormigas y gusanos que, a su vez, cuando mueren, fertilizan la tierra donde vuelve a crecer la hierba.

Aparentemente, la vida y la muerte valen tanto como la muerte porque ninguna de las dos permanece; ambas acontecen sucesivamente sin cesar. Sin embargo, si miramos más de cerca, nos damos cuenta de que no es así. A pesar de ser dos partes o etapas de un mismo proceso, la vida y la muerte no están en plano de igualdad; al contrario, la vida está en un plano superior, porque no existe en función de la muerte, sino que la muerte existe en función de la vida.

Por lo tanto, no es cierto lo que dice el filósofo Heidegger: "Somos un ser para la muerte". La hierba vivió meses antes de morir; así como la gacela y el león vivieron años antes de morir; la muerte fue un momento, la vida fueron años; la muerte fue un pasaje, la vida es una constante; somos, por lo tanto, un ser para la vida. La vida y su diversificación es la constante, la muerte es solo el paso entre una forma de vida y otra forma de vida.

El mismo proceso vida-muerte-vida que ocurre entre los seres vivos en la cadena alimenticia ocurre dentro de todos los seres vivos. Nuestro cuerpo está formado por 100 billones de células; cada una de ellas se comporta como si fuera un ser vivo, siguiendo las reglas que rigen la vida en este planeta, es decir, nacen, crecen, se reproducen y mueren (curiosamente, solo las células cancerosas se niegan a morir); así es como explicamos el crecimiento, la transformación y el envejecimiento de nuestro cuerpo; cada 5 años tenemos un cuerpo biológicamente nuevo.

La madurez psicológica, que según Freud se produce en el paso del principio de placer al principio de realidad, implica y supone también la muerte. Lo mismo se puede decir de la madurez espiritual: "El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la salvará". Lucas 9:24    

Al igual que el león, que no tiene depredadores, está en la cima de su cadena alimenticia y es el rey de la selva, el hombre es el rey de la creación. Pascua significa paso; nuestra muerte o nuestra Pascua es como la de Cristo. El paso de una forma de vida espaciotemporal a una vida en la eternidad de Dios en la que no sólo seremos un alma, sino que, como Cristo, poseeremos un cuerpo espiritual, un cuerpo glorioso.

 Es por eso por lo que no desanimamos, porque "sabemos que cuando está cubierta que es nuestra morada terrenal se deshaga, habremos recibido una morada eterna en el cielo, edificada por Dios y no por los hombres" (2 Corintios 5:1).

P. Jorge Amaro, IMC (trad. Begoña Peña)


viernes, 1 de marzo de 2013

El ayuno es a la vida lo que el cero es a las matemáticas

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Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha... Cuando ores, entra en la habitación más secreta y, cuando la puerta esté cerrada, ora en secreto. Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara... Mateo 6:3, 6, 18

Si orar es nuestra actitud hacia Dios, es decirle que lo amamos sobre todas las cosas, y es también la manifestación más alta de nuestra libertad; si la limosna es nuestra actitud hacia los demás, amándolos como nos amamos a nosotros mismos, siendo esta la única garantía de igualdad y justicia social, ¿para qué sirve el ayuno?

Al igual que la oración y la limosna, el ayuno también es algo más que privarse de alimentos, se refiere a la actitud que tenemos hacia nosotros mismos. Ya hemos descrito los dos valores en los que se basa la vida humana: la libertad en su dimensión individual y la igualdad en su dimensión social.

El ayuno es como el cero al servicio de las matemáticas; fue la invención del cero lo que hizo posible la matemática. Con la numeración romana, en la que este no existe, las matemáticas no serían posibles. De manera análoga, es el ayuno lo que hace posible la igualdad y el amor al prójimo, así como la libertad y el amor a Dios.

Ayuno en sentido amplio - ¿Cómo puedo afirmar en mi vida al otro, ya sea Dios o mi prójimo, si no me niego a mí mismo , (Marcos 8:34), si no ayuno en mi egocentrismo y renuncio al engrandecimiento e hinchazón de mi ego, privándome de tener más? ¿Qué lealtad puedo rendir a Dios si me considero dueño de mí mismo?

¿Cómo puedo servir a Dios y ser libre si sirvo al dinero, (Mateo 6:24) y he entregado mi corazón a las riquezas, al poder y a los placeres? Si no me poseo a mí mismo, ¿cómo puedo entregarme a Dios o a mi prójimo? ¿Cómo puedo amar a mi prójimo y sentirme igual a él si, en lugar de servirle, me sirvo de él?

¿Y cómo puedo compartir lo que es mío, las cosas, el tiempo y las energías si antes no renuncio a ellas? Para usar una expresión muy actual en nuestro país en crisis, el ayuno es recortar el gasto; es recortar los gastos que tengo sobre mí mismo, tiempo, energía y recursos para poder dar y darme a los demás.

El ayuno, o dieta en lenguaje médico, es a la salud del alma lo que el deporte es a la salud del cuerpo. No hacemos una vida de ayuno porque no somos monjes, ni hacemos una vida de deporte porque no somos deportistas; pero la práctica moderada del ayuno mejora la salud del alma tanto como la práctica moderada del deporte mejora la salud del cuerpo.

El ayuno y el deporte, así entendidos, están al servicio de la vida porque nos entrenan para ello, otorgándonos muchos beneficios. El deporte entrena el cuerpo y la mente, dándote más energía y salud; el ayuno, como privarse de alimentos, o la abstinencia, como privarse de ciertos alimentos, entrena el alma en el arte y la capacidad de negarse a sí mismo, la abnegación, el autocontrol y la fuerza de voluntad.

Puesto que, después de respirar, el alimento es la necesidad más indispensable que tenemos, cuesta mucho privarse de él; por esta misma razón, es el mejor entrenamiento para poder ayunar en sentido amplio, es decir, hacer cortes al YO para afirmar el TÚ, que es lo que realmente importa.

El ayuno hace a la persona anímicamente más fuerte y la prepara para mayores sacrificios y abnegaciones. Lo contrario también es cierto; el que carece de autocontrol en el consumo de alimentos y es glotón, difícilmente será una persona que comparta y es muy probable que también sea voluble y glotón.

Esaú perdió a su progenie por un plato de lentejas (Génesis 25:29-34). Que la gula, un pecado que ya nadie confiesa en esta sociedad de consumo, no nos haga perder cuerpo y alma. Como dice la gente, "el glotón cava la tumba con los dientes" y "la avaricia rompe el saco"

P. Jorge Amaro, IMC (Trad. Begoña Peña)




miércoles, 13 de febrero de 2013

Libertad e Igualdad

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Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha... Cuando ores, entra en tu habitación cierra la puerta y ora en secreto. Cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara... Mateo 6:3, 6, 18

En el día del Miércoles de Ceniza, que marca el inicio de la Cuaresma, la Iglesia nos recuerda tres actos que, más que prácticas de piedad, tienen que ver con la naturaleza humana y con los valores o actitudes que todo ser humano debe cultivar.

Dar limosna es algo más que dar unas monedas a un mendigo en la calle. Se refiere a nuestra actitud hacia los demás, abarca todo lo que hacemos por ellos, nuestra caridad, nuestra solidaridad, nuestro servicio.

También tiene que ver con el segundo mandamiento: ama a tu prójimo como a ti mismo. San Basilio decía al respecto: "el pan que te sobra y guardas en tu cajón no es tuyo, es del hambriento; La ropa que no usas y guardas en tu armario no es tuya, es la ropa que va desnuda".

Debo amar a mi prójimo como a mí mismo, porque somos hermanos, hijos del mismo Padre que está en los cielos, y porque somos hermanos somos iguales. La igualdad y la fraternidad, proclamadas por la Revolución Francesa, son, en realidad, lo mismo porque, como dice el proverbio: "El amor o nace entre iguales o hace iguales a las personas". Recordemos el principio de los vasos comunicantes: si dos cubos que contienen un volumen desigual de agua se comunican entre sí, el nivel del agua será igual en ambos cubos.

La oración también es algo más que recitar oraciones, se refiere a nuestra actitud hacia Dios. Significa caminar en su presencia (Génesis 17:1). Él expresa nuestra gratitud por todo lo que hemos recibido de Él; es también una manifestación inequívoca de nuestra indigencia y dependencia en el sentido de que sin él no somos nada, no podemos hacer nada (Jn 15,5).

La oración es comunicarse con Dios; nos comunicamos con Dios porque lo amamos; si la oración es un acto de amor a Dios, también tiene que ver con el primer mandamiento que nos dice que Dios debe ser amado con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas (Deuteronomio 6:5). Es decir, en nuestras mentes y corazones no debe haber rival; Dios debe ser amado sobre todas las cosas, nada ni nadie puede igualar ese amor.

Si nos remontamos a la Revolución Francesa, esta actitud corresponde al valor de la Libertad. Solo somos verdaderamente libres cuando amamos a Dios sobre todas las cosas y todas las personas; cuando no idolatramos realidades o personas, ni creamos dependencia de cosas o sustancias. Al manifestar nuestra única dependencia de Dios, al reconocerlo como el único Señor y amarlo por encima de todo y de todos, ascendemos por encima de toda creación, sin rendir vasallaje a nadie ni a nada, somos verdaderamente libres.

Concluimos, entonces, que la oración y la limosna, como propone el Evangelio, son más importantes de lo que parecen a primera vista. Orar es amar a Dios sobre todas las cosas, el primer mandamiento de la ley de Dios, y la manifestación más inequívoca de la que somos libres, porque cortando los lazos, con todo y con todos, servimos a un solo Señor. Dar limosna, compartir, es amar al prójimo como a nosotros mismos, segundo mandamiento de la ley de Dios y manifestación más inequívoca de igualdad y justicia social: el otro es igual a mí y yo igual a él.

La Libertad y la Igualdad son los dos principios en los que se basa la vida humana en los aspectos individual y social. La libertad es el valor sobre el que se asienta la vida del individuo como ser único, autónomo, independiente, válido en sí mismo; La igualdad, el valor en el que se basa la vida del individuo como parte de una comunidad.

La difícil armonía entre estos dos valores sólo puede lograrse cuando se ejercen o practican en el contexto del amor. Somos libres cuando amamos a Dios, que es Padre sobre todas las cosas, y somos iguales cuando amamos, como a nosotros mismos, a los demás hijos del mismo Padre Dios y, por tanto, a nuestros hermanos y hermanas.

Pero el Evangelio del Miércoles de Ceniza nos propone para toda la Cuaresma un tercer acto, el ayuno. ¿Cuál es el propósito del ayuno y qué tiene que ver con orar y dar limosna?

P. Jorge Amaro, IMC