domingo, 2 de octubre de 2016

Perdonar y olvidar

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Un ex prisionero de un campo de concentración nazi fue a visitar a un amigo que había compartido con él tan penosa experiencia. “¿Ya has perdonado a los nazis por todo lo que nos hicieron?”, le preguntó. “Sí, ya los he perdonado”, respondió su amigo. “Pues yo no, y nunca los perdonaré. Todavía los odio con toda mi alma”. Al oír esto, su amigo le dijo amablemente: “Si es así, todavía te tienen prisionero”.


Dios perdona y olvida, es como un ordenador con mucha memoria operativa, pero sin disco duro para almacenar datos. Para Dios, que vive en un eterno presente, el pasado no tiene valor. El bien y el mal contribuyeron a lo que somos hoy, que es lo que le interesa a Dios: las buenas obras han formado nuestro buen carácter, las malas acciones, si supimos afrontar sus consecuencias, nos dieron una lección, pues en la vida aprendemos más de nuestros errores que de nuestros aciertos.

“Aguas pasadas no mueven molinos”
No perdonar es elegir quedarse encerrado en una celda de amargura, cumpliendo condena por el crimen de otra persona. — Mahatma Gandhi

Dios perdona y olvida, pasa página como solemos decir; el agua no se queda pegada a ningún lado, corre, “moves on”, como dicen en inglés. Lo que pasa con Dios y con el agua que, una vez pasada, ya no puede mover el molino, no pasa con nosotros. De hecho, muchos de nosotros, contra todas las leyes de la física, quedamos atados al pasado y vivimos nuestra historia de forma circular y repetitiva, como un disco rayado.

De este modo, el pasado se proyecta continua y obsesivamente en el presente, obligando a las personas de nuestras relaciones actuales a representar y actuar nuestros monstruos del pasado, reaccionando nosotros como reaccionamos entonces.

Sólo perdonando a quienes nos han herido en el pasado nos liberamos de las ataduras del resentimiento y otras emociones dañinas que andan sueltas en nuestro ser; como no logramos controlarlas porque no las conocemos, son ellas las que nos controlan a nosotros, influyendo en nuestro comportamiento presente. Sólo cuando perdonamos nos emancipamos totalmente de quienes nos ofendieron y les retiramos el poder que, en caso de no perdonar, aún tienen sobre nosotros.

Se cuenta que, en el Cielo, Caín evitaba la compañía de Abel, hasta que un día, este, sin entender la razón del comportamiento de su hermano, decide confrontarlo:
—Oye, ¿por qué huyes de mí? ¿Acaso no somos hermanos?
Caín, cabizbajo y avergonzado, responde en tono de pregunta:
—¿Tú no sabes lo que ocurrió allá abajo, en la Tierra, entre tú y yo?
—Tengo una vaga idea —dijo Abel—; ¿fuiste tú quien me mató a mí, o fui yo quien te mató a ti?

Mientras dura el remordimiento, dura la culpa. Caín aún no se había perdonado a sí mismo… Si Dios perdona y olvida, pasa página, nosotros, por nuestro propio bien y equilibrio anímico, estamos llamados a hacer lo mismo: perdonar a los demás y perdonarnos a nosotros mismos. Es cierto que los hechos no son totalmente olvidados desde el punto de vista cognitivo; pero si realmente logramos perdonar, estos se recuerdan de forma distinta, sin emoción; ya no provocan estrés ni ansiedad, odio ni resentimiento en nuestro corazón, por lo que realmente han quedado en el pasado y pueden incluso ser olvidados cognitivamente.

El pecado es una deuda contraída
“Anuló el documento que, con sus decretos, era contrario a nosotros; lo abolió enteramente y lo clavó en la cruz.” —Colosenses 2,14

“Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Así rezaban los españoles el Padre Nuestro hace unos años. Cuando pecamos, contraemos una deuda con quien pecamos; las relaciones con esa persona, el orden, el equilibrio y la armonía no se restablecen si la deuda no es saldada.

La idea de satisfacer, compensar o reparar a quien hemos dañado viene del hecho de sentirnos deudores. La palabra ofensa, que usamos ahora también en español para estar en sintonía con América Latina, no transmite el mismo sentido.

Necesitamos mirar el pecado como deuda contraída para entender lo que San Pablo dice a los cristianos de Colosas. Les habla, en efecto, de una factura que contiene extensa y detalladamente los pecados de la humanidad y los nuestros propios. Esa factura, que es un documento de nuestra deuda, habla contra nosotros, pues relata todo el mal que hemos hecho.

En Cristo, Dios Padre abolió o anuló la factura. En el griego original, San Pablo no utiliza el término chiastrein, que significa anular colocando una X sobre el cuerpo de la factura. No usa este término porque, incluso después de anular una factura, siempre se puede leer y arrepentirse uno de haber perdonado la deuda. El término que Pablo usa es exalaifein, que significa borrar.

En aquella época no existía el papel como ahora; los papiros y las pieles se usaban una y otra vez, por eso se escribía con una tinta que se podía borrar fácilmente, como hasta hace poco hacíamos con nuestras pizarras. Una vez borrada la factura, ya no se puede leer. Pero para que no quedase ningún vestigio de dicha factura, Dios la crucificó, es decir, la destruyó por completo, como si hubiese sido quemada; ya no puede ser leída, no sólo porque fue borrada, sino porque ya no existe.

Jesús de Nazaret pagó la factura de nuestra deuda; al asumir nuestros pecados, de algún modo Él se encarnó en la factura de deuda de toda la humanidad, y con su muerte la destruyó.

“Él mismo, en su cuerpo, llevó nuestros pecados sobre el madero, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia: por sus heridas fuisteis sanados.” —1 Pedro 2, 24

Al asumir nuestros pecados, Jesús, de algún modo, se transformó en la vieja factura que contenía todos los pecados o deudas de la humanidad para con Dios; al morir en la cruz, la destruyó para siempre. Si en Jesús Dios perdona y olvida nuestras faltas, también nosotros estamos llamados a perdonar y olvidar las ofensas de los demás, así como el mal que nos hemos hecho a nosotros mismos.

Conclusión - Si Dios, que todo lo sabe, elige no recordar nuestros pecados, ¿quiénes somos nosotros para seguir reteniendo lo que ya ha sido redimido?

P. Jorge Amaro, IMC

viernes, 16 de septiembre de 2016

Fátima. Los primeros Sábados

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La Hermana Lucia
Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, mediante la guerra, el hambre y las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora en los primeros sábados
. Aparición del 13 de julio de 1917

La aparición del 13 de julio fue sin duda la más rica en contenido y también la más emblemática del mensaje de Fátima. En esta aparición, María reveló a los pastorcitos las tres partes del secreto y habló por primera vez sobre la devoción de los cinco primeros sábados de cada mes.

Una de las razones por las que Lucía permaneció en la Tierra mientras sus primos fueron llevados al Cielo poco después de las apariciones fue para difundir la devoción al Inmaculado Corazón de María y propagar la práctica de los cinco primeros sábados de cada mes.

Modus operandi
Pasados unos años, en 1925, cuando Lucía ya era hermana Dorotea, Nuestra Señora se le apareció para recordarle la práctica de los primeros sábados que había pedido en 1917. Esta vez, la Virgen Santísima explicó detalladamente cómo debía llevarse a cabo.

Y como surgieron algunas dudas sobre su realización, el Niño Jesús se le apareció el 15 de febrero del año siguiente, 1926, para preguntarle si ya había difundido la devoción a su Santísima Madre y resolver la cuestión de quienes no pudieran confesarse exactamente el sábado, permitiéndoles hacerlo cualquier otro día del mes, siempre que estuvieran en gracia el sábado para recibir la comunión reparadora.

– Mira, hija mía, Mi Corazón rodeado de espinas, que los hombres ingratos me clavan a cada momento con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que todos aquellos que, durante cinco meses, el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los 15 Misterios del Rosario con el fin de desagraviarme, Yo prometo asistirles en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.» Aparición de Nuestra Señora en la habitación de Lucía, en Pontevedra, el 10 de diciembre de 1925

Para entender por qué se debe desagraviar el Corazón de María, es preciso comprender que la gravedad de una ofensa es proporcional a la dignidad de la persona ofendida. No es lo mismo ofender a un desconocido que a nuestra propia madre; la ofensa puede ser la misma, pero su gravedad es diferente cuando se trata de nuestra propia madre. Santo Tomás dice en la Suma Teológica que la Virgen María, por ser Madre de Dios, tiene una cierta dignidad infinita, derivada del bien infinito que es Dios.

Las ofensas hechas a Nuestra Señora son más graves, porque la Virgen María pertenece a un orden diferente al nuestro. Los ángeles y los santos viven en el orden de la Gloria, pues ven a Dios cara a cara; nosotros, si vivimos en amistad con Dios, estamos en el orden de la Gracia. María, por ser madre de Jesús, una persona divina, participa de alguna manera en la unión hipostática; por ello, las ofensas contra Nuestra Señora son graves, pues indirectamente son ofensas contra Dios mismo.

Cuando Nuestra Señora aparece con su corazón rodeado de espinas, como la cabeza de su Hijo, quiere mostrar simbólicamente cuánto sufre por las “blasfemias e ingratitudes”. Si el Hijo sufre, la Madre también sufre.

¿Por qué Nuestra Señora nos pide la práctica de los cinco primeros sábados? Porque sabe el daño que nos hacemos a nosotros mismos cuando ofendemos su Corazón. La Virgen María está gloriosa en el Cielo, ya no puede sufrir más; lo que le preocupa son las consecuencias de nuestras ofensas. Cuando un hijo golpea a un padre o a una madre anciana, el mayor daño no lo sufre el padre o la madre, sino el hijo mismo. Si algún día toma conciencia de ello, los remordimientos lo consumirán.

Cuando un confesor de la hermana Lucía le preguntó por qué cinco sábados y no siete, como el número perfecto en la Biblia, Lucía llevó la pregunta a Nuestro Señor, quien respondió:
"Hija mía, el motivo es simple: son cinco las especies de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María:

  1. Las blasfemias contra la Inmaculada Concepción;
  2. Contra su virginidad;
  3. Contra su maternidad divina, rechazándola al mismo tiempo como Madre de los hombres;
  4. Aquellos que intentan infundir en los corazones de los niños la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia esta Inmaculada Madre;
  5. Aquellos que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes."

Aparte de algunos no cristianos, son muchos los cristianos protestantes que ofenden a María y, entre los católicos, hay ciertos países que tienen el vicio de blasfemar, como Italia y España. En Portugal, nadie, ni cristiano ni ateo ni agnóstico, blasfema contra Dios ni contra María.

Estas ofensas deben ser reparadas, es decir, se debe restablecer el orden natural de las cosas. Para ello, debemos realizar cuatro actos: una confesión con la intención de reparar o desagraviar, la comunión hecha con la misma intención, el rezo del Santo Rosario y 15 minutos de meditación en los misterios de la vida de Jesús.

Confesión
Además de ser una confesión personal, de nuestros propios pecados si los tenemos —y siempre los tenemos—, esta confesión tiene otra dimensión: es una confesión devocional, es decir, la hacemos por aquellos que no la hacen, pidiendo perdón por los pecados de los demás. Una vez más, la dimensión misionera de Fátima: la piedad no solo al servicio de nuestra propia santificación, sino también al servicio de la santificación de los demás.

La confesión debe hacerse con intención reparadora; en caso de olvidar esta intención, se puede recordarla en la siguiente confesión. No es obligatorio hacerla el sábado, puede realizarse cualquier otro día, siempre que en el primer sábado la persona esté en estado de gracia.

Sagrada Comunión
"En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros mismos." (Juan 6, 53)

Son muchos los cristianos que han abandonado la práctica dominical y, entre los que aún la mantienen, hay quienes llevan años sin considerarse dignos de recibir el cuerpo y la sangre del Señor. Hacemos esta comunión reparadora no tanto por nosotros, sino por todos aquellos que no forman un solo cuerpo con nosotros, que no están en plena comunión con Cristo y su Iglesia, sarmientos desligados de la vid, que es Cristo. (Juan 15, 5)

Rosario
Rezamos el Rosario con la intención de reparar el Inmaculado Corazón de María, por todos aquellos que no lo rezan diariamente, por quienes aún no han descubierto la riqueza de esta oración y el valor del tiempo dedicado a la contemplación de los misterios de Cristo en la historia de nuestra salvación.

15 minutos de compañía, meditando en los 15 Misterios del Rosario
Estos 15 minutos son para estar con el Señor, contemplando sus misterios: 15, como eran inicialmente, o 20, como son ahora. Como la meditación o contemplación es hacia el Señor, puede realizarse ante la exposición del Santísimo, y también puede ser una meditación de la Palabra de Dios, como la Lectio Divina que muchos cristianos practican hoy en día. Lo importante es que sean 15 minutos para estar a solas con Jesús, oculto sacramentalmente en el sagrario y espiritualmente en nuestro corazón.

El valor de esta campaña
Dios no necesita el bien que le hacemos y el mal que le hacemos no lo afecta. Tanto el bien como el mal repercuten en quien los practica. Dios sufre no porque le hagamos daño, sino porque ese daño recae sobre nosotros mismos.

Muchas campañas se hacen para despertar un valor adormecido, con la esperanza de que, una vez despertado, una determinada práctica continúe. Así sucede en el ámbito comercial cuando se anuncian nuevos productos o se busca que ciertos productos vuelvan a consumirse. La misma lógica opera en las prácticas religiosas: es difícil sacar a las personas de la mediocridad, de la apatía espiritual y del “dolce far niente”.

En diálogo con el Niño Jesús en la aparición de Tuy, el 15 de febrero de 1926, sobre la práctica de los primeros sábados, la hermana Lucía transmitió las reservas de su confesor sobre la importancia de esta práctica:

– Pero mi confesor decía en su carta que esta devoción no hacía falta en el mundo, porque ya había muchas almas que os recibían los primeros sábados en honor de Nuestra Señora y de los 15 Misterios del Rosario.

– Es verdad, hija mía, (respondió el Niño Jesús) que muchas almas la comienzan, pero pocas la terminan; y las que la terminan, lo hacen con el fin de recibir las gracias prometidas. Me agradan más las que hacen los cinco con fervor y con el fin de desagraviar el Corazón de tu Madre del Cielo que las que hacen los 15 de manera tibia e indiferente…

Como en todas las campañas, es necesario un incentivo para mover a las personas a la acción; en este caso, la promesa de asistencia en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación. Sin embargo, como indicó el Niño Jesús a la hermana Lucía, Dios prefiere a aquellos que realizan esta práctica por amor puro y no por razones de "mercantilismo espiritual".

Conclusión - La devoción de los primeros sábados es una práctica de amor y reparación que nos acerca a María y, a través de ella, al Corazón de Jesús, fortaleciendo nuestra fe y nuestra unión con Dios.

P. Jorge Amaro, IMC

viernes, 2 de septiembre de 2016

Si Mahoma no va a la montaña...

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Cada cabeza es un mundo – Es inevitable que surjan conflictos en las relaciones humanas, y el resultado final de acaloradas discusiones y polémicas entre individuos con personalidades diferentes y posturas antagónicas sobre el mismo tema es, muchas veces, el desacuerdo y la ruptura de relaciones.

Es frecuente que ninguna de las partes reconozca que ha ofendido y que ambas se sientan ofendidas. Es muy probable que la divergencia en la atribución de la culpa se deba al hecho de que ambas partes sean, al mismo tiempo, ofensores y ofendidos.

Para restablecer la armonía y la paz, los ofensores deben pedir perdón y los ofendidos deben perdonar. Cuando unos y otros hacen lo que se espera de ellos para restablecer la comunicación, el conflicto cesa, se restablece una paz más fuerte y duradera entre ambas partes, que se sienten satisfechas, aunque inicialmente hayan tenido que contradecir y superar sus instintos básicos y tragarse su orgullo.

Sin embargo, en la realidad, muchas veces no es eso lo que ocurre. Hay ofensores que nunca piden perdón y ofendidos que nunca perdonan.

Es de esperar que Mahoma vaya a la montaña
"Por tanto, si llevas tu ofrenda al altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda." (Mateo 5, 23-24)

El evangelio citado pide a los agresores que reconozcan su culpa y pidan perdón. Pero si estos no lo hacen, para evitar el inmovilismo y la situación de bloqueo que se crea, el evangelio ordena que sea el agredido quien vaya al encuentro del agresor. Esta situación está descrita con detalle en Mateo 18, 15-18.

Es una de las primeras preguntas que Dios dirige al hombre en la Biblia: "¿Dónde está tu hermano?" (Génesis 4, 9), a la que no puedo responder encogiéndome de hombros y diciendo que no lo sé, que no soy guardián de mi hermano, como dijo Caín. Si buscamos amar al prójimo como a nosotros mismos, nos damos cuenta de que, de hecho, sí somos guardianes de nuestros hermanos.

Cuando nos ponemos ante Dios, como el fiel del texto de Mateo, Dios actúa como un espejo y nos hace ver quiénes somos y cómo nos relacionamos con nuestros hermanos. Por lo tanto, es imposible que allí no recordemos el mal que hemos hecho a nuestros hermanos. Si no escuchamos la voz de la conciencia y no pedimos perdón a nuestro hermano, somos hipócritas; podemos rezar y practicar todo tipo de actos religiosos, pero Dios nos da la espalda mientras no nos reconciliemos con nuestro hermano.

El segundo mandamiento es el amor al prójimo, y como no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al prójimo, a quien sí vemos (1ª Juan 4, 20), solo cuando amamos al prójimo demostramos que amamos a Dios. Como sugiere el capítulo 25 del evangelio de San Mateo, a Dios se le ama en el prójimo o no se le ama: "Todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo hicisteis."

El juicio final, tal como lo describe el evangelista, se basa en el mandamiento del amor al prójimo y no en el mandamiento del amor a Dios. Por lo tanto, es en cierto modo un juicio civil y no religioso. Con esto podemos concluir que toda práctica religiosa que no lleve a un crecimiento personal, a ser mejores personas y a mejorar nuestras relaciones con los demás, es opio y alienación.

Muchos Mahomas no van a la montaña
Cuando era pequeño, me gustaba mucho jugar con mi gato y me maravillaba su agilidad. Para ponerla a prueba, lo sujetaba por las cuatro patas y lo dejaba caer de espaldas; fuera cual fuese la distancia hasta el suelo, siempre lograba girarse y caer sobre sus cuatro patas.

Al igual que mi gato, hay muchos ofensores que siempre caen de pie. Nunca admiten que han hecho algo malo y buscan justificarse a sí mismos. Racionalizan su comportamiento; dicen que fue sin querer, que no fue con mala intención. Pero, por mucho que algunos se resistan a admitirlo, donde hay humo, hay fuego; donde hay un ofendido, hubo un ofensor, y nunca ninguna ofensa se hizo para el bien del ofendido, sino todo lo contrario.

El tiempo todo lo cura, menos la vejez y la locura
También hay quienes se hacen responsables y admiten su culpa, pero en su orgullo consideran que pedir disculpas es humillarse ante los demás, y esperan que el tiempo cure la herida del agredido. La psicología nos dice que eso no es lo que sucede. Cuando pedimos perdón, la ofensa se retira; cuando no lo hacemos, permanece en el corazón del ofendido y probablemente se acumule con otras anteriores, haciendo crecer el resentimiento y envenenando las relaciones futuras.

No pedir perdón es como una herida que, aparentemente, parece estar sanada porque ha cerrado; sin embargo, bajo la piel que la cubre, el tejido se va pudriendo, generando pus y cambiando de color. Cuando menos se espera, revienta, creando una situación peor que la inicial.

Muchas veces nos sorprendemos ante la desproporcionada ira y explosión de ciertas personas ante una pequeña ofensa, porque desconocemos que esa pequeña ofensa es solo la última gota que ha colmado el vaso de su resistencia emocional.

"Si os enojáis, no pequéis; que el sol no se ponga sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo." (Efesios 4, 26-27) – Como sugiere San Pablo, lo mejor es pedir siempre perdón por cada ofensa y nunca dejar pasar la ocasión de hacerlo, para evitar la acumulación de culpas y resentimientos.

Para algunas personas, lo que hace difícil pedir perdón es la posibilidad de no obtenerlo, así como la eventualidad de tener que enfrentarse a la ira y la humillación de la persona a quien se lo piden.

Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma
"Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo a una o dos personas más, para que toda la cuestión se resuelva por la palabra de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso, díselo a la Iglesia…" (Mateo 18, 15-18)

Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma – Esta es la formulación del refrán popular que oímos en muchos contextos. Históricamente, sin embargo, la formulación es al revés: Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. La primera aparición de este dicho, con esta formulación, está en el capítulo 12 de los ensayos de Francis Bacon, publicado en 1625.

Para evitar el inmovilismo, el estancamiento de las relaciones humanas o la guerra fría del resentimiento, el evangelio tiene un mensaje tanto para los ofensores como para los ofendidos, como hemos visto antes. A los ofensores, los exhorta a pedir perdón. En caso de que no lo hagan, podemos y debemos perdonarlos en nuestro interior, como Jesús en la cruz con sus verdugos.

Sin embargo, el perdón interior es insuficiente y no es pedagógico ni para nosotros como ofendidos ni para los ofensores, ya que es un comportamiento pasivo. Lo ideal es adoptar una actitud proactiva y asertiva: acercarnos a ellos con la bandera blanca izada, como sugiere el evangelio.

Gramaticalmente, el asertividad usa la voz pasiva, con la esperanza de que, ante nuestra miseria, quien nos ha agredido sienta misericordia y nos pida perdón.

Conclusión - Si quien nos ha ofendido no viene a pedirnos perdón, el evangelio nos llama a dar el primer paso; no para acusarlo, sino para hacerle ver nuestro dolor, con la esperanza de tocar su conciencia y abrir camino al arrepentimiento y la reconciliación.

P. Jorge Amaro, IMC

lunes, 1 de agosto de 2016

El Sol se pone en el occidente - 2ª Parte

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El declive de una civilización ocurre con la aparición de los bárbaros; de una forma u otra, la creciente senilidad de los países que componen el mundo occidental sucumbirá ante los invasores. El resultado será la extinción de la cultura occidental junto con su riqueza y poder, y un retorno a la Edad Media. - Arnold Joseph Toynbee

La impotencia del poder político
Después de los absolutismos monárquicos y los fascismos republicanos, Occidente se ha acostumbrado tanto a la democracia que la da por sentada, desinteresándose por la política. Así pues, como un tren acelerado sin conductor, los occidentales no son dueños de su destino, ni tienen interés en serlo; por un lado, confían demasiado en sus gobernantes, por otro, no les dan importancia porque saben que no gobiernan nada. El gobierno de la "Polis" (ciudad en griego) ya no pertenece a los políticos.

En la política manda la economía, en la economía mandan los mercados, en los mercados mandan las finanzas y en las finanzas manda la bolsa, que es como un gran casino donde el dinero, sin producir riqueza, cambia de manos concentrándose cada vez más en muy pocos. Este año 2016, según dice Oxfam, el 1% de los habitantes de este planeta posee más riqueza que el 99% de la humanidad; más propiamente, este 1% posee el 54% de la riqueza mundial.

De alguna manera conscientes de que quienes mandan son poderes fácticos no elegidos popularmente y que los políticos solo son marionetas en manos de los verdaderamente poderosos, que no se hacen ver tal vez porque temen por su propia seguridad, el pueblo ha perdido interés en elegir a sus representantes, pues saben implícitamente que no los representan, sino esos presidentes y asesores de las grandes multinacionales, a quienes el pueblo ni elige ni conoce.

La tasa de abstención en las democracias occidentales ronda la mitad del electorado. En Portugal, en las últimas elecciones legislativas fue del 46% y en las presidenciales del 51%. Es caso para cuestionar la validez de los resultados cuando casi la mitad, o en algunos casos más de la mitad de los electores no se pronunciaron. Ante la irresponsabilidad política de tantos ciudadanos, ¿no sería el caso de hacer el voto obligatorio como en algunos países? ¿Al menos como medida pedagógica por algún tiempo?

Lo que se ocultó sobre el Bataclan
Después de invocar y recitar el credo de Nicea al revés: "Yo creo en un solo dios Satanás todopoderoso...", en el preciso momento en que los yihadistas irrumpieron en el teatro disparando en todas direcciones, el grupo “Eagles of Death Metal” interpretaba una canción de homenaje y amor al diablo; los jóvenes bailaban y cantaban con el grupo, levantando las manos con los dedos simbolizando los cuernos de Satanás, que en ese momento adoraban. La letra del "Cántico" al dios diablo decía: ¿Quién quiere amar al diablo? ¿Quién quiere cantar su canción? Yo quiero amar al diablo, quiero besar su lengua, quiero besar al diablo en su boca...

Ante este hecho que los "políticamente correctos" medios de comunicación callaron, no faltó quien observase con negra ironía: invocaron al diablo y él apareció. Esta no es, sin embargo, nuestra interpretación, porque en aquella fatídica noche los terroristas tomaron como objetivo no solo el Bataclan, sino también el exterior del estadio de París, cafeterías y restaurantes al azar. No todos, por tanto, eran adoradores del diablo; muchos solo fueron a ver un partido de fútbol o cenar con familiares y amigos. Nadie merecía morir, ni siquiera los supuestos adoradores del diablo si es que lo eran de verdad y no era solo una diversión.

No hay nada, absolutamente nada ni de lejos ni remotamente, que justifique la acción de aquellos terroristas islámicos. Lo que me hace reflexionar es la razón por la cual los jóvenes del Bataclan y tantos otros cambiaron la fe racionalmente razonable y plausible en la existencia de Dios, y en su revelación en Jesús de Nazaret, incuestionablemente el mejor modelo de vida humana, por la creencia supersticiosa en la existencia del diablo, personificación del mal, la violencia, la guerra y la anarquía.

Como bebé inquieto y rebelde, el mundo occidental muerde el pecho que lo amamantó. Para cualquier historiador imparcial es innegable que la Iglesia, el cristianismo, fue y es aún "Mater ed Magistra", madre y maestra de la cultura occidental. Por mucho que la sociedad no quiera reconocerlo, los valores que el mundo llama cívicos son "copia & pega" del evangelio. No había una única mención a la iglesia ni al cristianismo en la Constitución de Europa que por el expresidente francés Valéry Giscard d'Estaing redactó; ¿por ignorancia o por alevosía?

Una prueba de que la Iglesia todavía hoy influye en la cultura occidental está en el "Principio de Subsidiariedad", que hoy es la enmienda 14 de la Constitución de los Estados Unidos y una de las normas de la Unión Europea consagrada por el Tratado de Maastricht en el artículo 5. El Principio de Subsidiariedad no nació en la política; fue tomado de la doctrina social de la Iglesia, y apareció por primera vez en la encíclica "Quadragesimo anno" del papa Pío XI en 1931.

Empezando por Francia, Europa y el resto del mundo occidental están en decadencia porque, instalados en el lujo, la abundancia de placeres y la pura mundanidad, han perdido su fe, la estrella que los guiaba, los ideales del humanismo cristiano, la razón de vivir... sólo pueden esperar lo peor, pues quien no sabe hacia dónde navega, no tiene vientos favorables.

Vienen los bárbaros - con una nueva edad de las tinieblas
La prueba de esto es que, lamentablemente, Occidente no está ni remotamente interesado en montar una defensa de sus valores frente al fanatismo musulmán. Peor aún, hay señales de que Occidente está incluso preparado para sacrificar algunos de sus principales valores para apaciguar a aquellos que siempre despreciaron esos mismos valores. ― Lee Harris

Cuando en el siglo VIII los musulmanes invadieron Europa, y lo que quedaba del Imperio Romano de Oriente, Bizancio, tomando y destruyendo los lugares santos e impidiendo a los cristianos visitarlos, Occidente tenía una moral fuerte: los nobles eran verdaderamente "nobles" pues se inspiraban en los ideales de la caballería y estaban dispuestos a dar la vida por valores más altos que la propia existencia. En este sentido, las cruzadas fueron fundamentalmente un movimiento en legítima defensa de nuestra idiosincrasia cristiana.

Por eso basta de entonar el "mea culpa" y de esconder la palabra y el concepto de cruzada porque no es políticamente correcto. Es cierto que después se cometieron abusos y excesos, que no son moralmente justificables, pero el mal de lo políticamente correcto es que hoy, doblegados al mundo islámico, solo vemos los defectos de los cruzados y no les reconocemos sus virtudes. Los señores de lo políticamente correcto se olvidan de que, si no fuera por los cruzados, hoy ellos mismos estarían orientados hacia La Meca al canto del muecín desde lo alto del minarete.

La masa gris de Occidente abandonó el humanismo, el pensamiento filosófico y ético, y está toda volcada en la ciencia y la tecnología. Sin ideas, la civilización occidental padece de sida... del síndrome de inmunodeficiencia cultural, siendo por eso fácilmente presa del fanatismo musulmán, que consigue incluso reclutar jóvenes que nacieron y crecieron entre nosotros. ¿Por qué estos jóvenes son fácilmente engañados por los ideales negativos del fanatismo?

La respuesta es simple, porque crecieron en un mundo aséptico de ideales. Peor que tener ideales negativos es no tener ideas... Occidente se olvidó de que "tener una buena vida" desde el punto de vista material, no es suficiente. Los seres humanos, especialmente los jóvenes, necesitan saber por qué, para qué o por quién viven.

La juventud es el tiempo de soñar por un mundo mejor; los jóvenes son naturalmente y visceralmente idealistas. Si la sociedad occidental de matriz cristiana, aunque lo reniegue, ya no les ofrece ni les educa en los ideales del humanismo cristiano, los jóvenes buscan ideales en otro lado; son muchos los que, huyendo del nihilismo de valores e ideales que les ofrece la sociedad occidental, optan por el fanatismo que les ofrece el estado islámico u otros.

El terrorismo islámico que ha azotado a Occidente en los últimos tiempos, no es practicado por musulmanes que vienen de fuera, sino por jóvenes que nacieron en nuestros países, crecieron en nuestros barrios, fueron a la escuela y se formaron en nuestras universidades, pero no nos pertenecen, pues no comparten nuestros ideales.

Nadie da la vida por los llamados "valores laicos"
Los así llamados valores laicos no tienen la misma forma motivadora de comportamiento y acción que los valores religiosos, simplemente porque nadie da la vida por ellos. Prueba de esto es la portada del número de enero de 2016 de la revista Charlie Hebdo, en el primer aniversario de la masacre de algunos de sus caricaturistas.

Presentan a Dios armado de metralleta y con sangre en las manos y en el cuerpo. La particularidad de esta representación de Dios es que detrás de su cabeza, de cabellos largos y barba blanca, está el triángulo que todos entienden como el distintivo del Dios uno y trino de los cristianos.

Como no existe ningún movimiento terrorista de inspiración cristiana, esta es una crítica cobarde a la violencia religiosa musulmana. Los editores de esta revista que se reservan para sí el derecho al insulto, tiran la piedra y cobardemente esconden la mano. Porque "damos la otra mejilla", sabían que de los cristianos no tenían nada que temer. Por eso usaron al "Dios de los Cristianos" para criticar al "Dios de los musulmanes" y sus seguidores.

Es como aquel empleado que recibe una bofetada del jefe y, no pudiendo devolvérsela por miedo a perder el empleo, da una bofetada a la esposa, esta se la da al hijo mayor, este al hijo menor y este al perro o al gato.

Al hacer del inocente Dios de los cristianos el chivo expiatorio de la violencia musulmana, los editores de Charlie Hebdo hicieron, inadvertidamente e irónicamente, una profesión de fe en Aquel que inocentemente murió por los pecados de otros, Jesús de Nazaret. A Él deberían agradecer por haberles ayudado psicológicamente a desquitarse de la ira que era debida a los fanáticos musulmanes.

¿Por qué los nihilistas, ateos, agnósticos y los que viven sin Dios en la pura mundanidad, al contrario de los cristianos, no están dispuestos a dar la vida por sus ideales y valores éticos? La respuesta es simple, nadie da nada por nada; los cristianos cambian su vida, su temporalidad por la eternidad, mientras que los nihilistas al no tener nada con qué intercambiar, se aferran egoístamente a lo único que tienen, la vida temporal.

Precisamente porque nadie está dispuesto a dar la vida por los valores laicos o nihilistas, como prueba la portada de la revista Charlie Hebdo del 6 de enero de 2016, al contrario del siglo VIII, cuando los detuvimos en Poitiers, esta vez, tal como el Imperio Romano a merced de los bárbaros en el siglo V, estamos irremediablemente indefensos... a merced de los nuevos hunos, vándalos, vikingos y visigodos, los fundamentalistas musulmanes.

¿Quién los detendrá esta vez en Poitiers si ya están aquí dentro como un caballo de Troya y no paran de crecer? ¿Podemos esperar otro desembarco en Normandía si para entonces América sigue siendo cristiana?

La falsa seguridad es el poderío militar del que tanto se enorgullece Occidente. Sin embargo, por mucho que las armas no se disparen solas, los ejércitos siguen formándose principalmente con jóvenes, que cada vez escasean más en un Occidente peligrosamente envejecido.

La mejor solución para este problema fue presentada por quien quizás sea la política más influyente después del presidente de los Estados Unidos, Angela Merkel, hija de un pastor alemán, que dijo ante la potencial islamización de Europa que las personas, en vez de dar crédito a teorías de la conspiración, deberían volver a la Iglesia y leer la Biblia como hacían antes.

Alerta
Lo que quisimos decir es que hay ciertos factores dentro del mundo occidental que pueden causar su colapso:

  • Degradación moral, falta de valores morales e ideales que inspiren y comprometan a los jóvenes
  • Desinterés por la política manifestado en la abstención electoral
  • Baja natalidad
  • Fragmentación de la familia
  • Individualismo, falta de sentido comunitario y del bien común

Con estas dos crónicas no pretendí ser un profeta de mal agüero. El determinismo de que la historia inexorablemente se repite es una creencia sociológica tal como la predestinación es una creencia religiosa; no es un principio o una ley de la ciencia histórica. La función de la profecía y su sentido bíblico no es adivinar lo que irremediablemente va a suceder, sino alertar precisamente para que no suceda.

Conclusión - Al contrario de los cristianos de todos los tiempos, nadie está dispuesto a dar la vida por los "valores" laicos o nihilistas de hoy día. Otrora, en virtud de los valores cristianos los detuvimos en Poitiers y Lepanto. ¿Quién los va a detener ahora y evitar el colapso de nuestra cultura y un regreso a una segunda Edad Media?

P. Jorge Amaro, IMC

sábado, 2 de julio de 2016

El Sol se pone en Occidente - 1ª Parte

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"Las civilizaciones mueren por suicidio, no por homicidio." – Arnold Joseph Toynbee

Francia, laboratorio social
La Revolución Francesa es solo un ejemplo de cómo Francia, quizás por su situación geográfica, ha sido y sigue siendo un laboratorio de ideas sociales que después revolucionan el resto de Europa y, eventualmente, el mundo occidental.

¿Será por esta razón que precisamente el país que frenó la invasión islámica de Europa en Poitiers, en el año 732 d.C., está ahora sufriendo un nuevo tipo de lucha e invasión? El hecho es que, en poco tiempo, ha sido dos veces víctima del terrorismo islámico: en febrero de 2015, contra el periódico satírico Charlie Hebdo, y en noviembre del mismo año, en París, en las afueras de un estadio de fútbol, en varios bares de la ciudad y, sobre todo, en el teatro Bataclan, donde se celebraba un concierto de rock.

Con miras a una mayor integración política entre los países miembros de la Comunidad Europea, el expresidente francés Valéry Giscard d'Estaing redactó la Constitución de la Comunidad Europea. Aprobada por la Comisión, estaba destinada a ser ratificada en todos los parlamentos europeos, de no haber sido rechazada en un referéndum francés. Después de este revés, Europa nunca volvió a levantar cabeza y hoy vive sumida en una crisis de identidad y en un proceso de desintegración progresiva.

Desde hace mucho tiempo, en este país reina un descarado y obsceno laicismo militante, inspirador de las caricaturas grotescas de la revista Charlie Hebdo contra la fe cristiana y musulmana, pero nunca contra la fe atea. Por ser de sobra conocidas las caricaturas sobre el islam, menciono dos especialmente chocantes y blasfemas contra el cristianismo: una representa a la Santísima Trinidad en un “ménage à trois” sexual, y otra muestra al Papa Francisco siendo sodomizado por un travesti.

A pesar de este laicismo y nihilismo militante contra la religión, Francia sigue siendo mayoritariamente católica, con un 63% de su población declarándose como tal. En otro tiempo, fue la “hija amada de la Iglesia”, cuna de santos y teólogos que dejaron una huella imborrable en la historia cristiana. Pero, ¿dónde está hoy aquella Francia que tanto defendió el cristianismo?

Ahora, avergonzada, ha perdido la firmeza de antaño y se deja humillar por personas sin principios, como si sintiera vergüenza de su propia fe. Paradójicamente, el mismo país que detuvo el avance musulmán en Poitiers en 732, es hoy el país europeo con mayor número de musulmanes: el 7,5% de la población, seguido por Alemania con un 5,8%, Reino Unido con un 4,8%, España con un 2,1% y Portugal con un 0,3%.

¿Puede la historia repetirse?
"Si la historia se repite y lo inesperado siempre ocurre, ¡qué incapaz es el hombre de aprender de la experiencia!" – George Bernard Shaw

La historia no está hecha solo de evolución y progreso, sino también de involución y regresión. Desde el Egipto de los faraones, pasando por Mesopotamia, Israel, Grecia y Roma, cada nación y cada imperio han contribuido al desarrollo de la civilización occidental, que alcanzó su apogeo económico, político y cultural con Grecia y Roma.

De Egipto heredamos la medicina, la astrología y el origen de la escritura alfabética; de Mesopotamia-Babilonia, el primer código de leyes –el Código de Hammurabi– y técnicas agrícolas; de Israel, el monoteísmo religioso como cosmovisión y la Biblia como fuente ética; de Grecia, la filosofía, la ciencia y la democracia como forma de gobierno; de Roma, la República, la organización del Estado, el derecho, las carreteras y los puentes.

Parece imposible que una cultura superior en todos los aspectos, incluyendo el militar, haya sucumbido ante un grupo de bárbaros incultos provenientes del norte y este de Europa, sumiendo al continente en siglos de oscuridad. ¿Cuál fue la causa de la ruina del Imperio Romano? ¿Cómo pudo una cultura superior ser derrotada y sucumbir ante otra mucho más primitiva?

Como afirma el gran historiador británico Arnold Toynbee, las civilizaciones mueren por suicidio, no por homicidio. Los bárbaros solo colocaron “el último clavo en el ataúd”; solo dieron el golpe de gracia a un imperio que llevaba tiempo agonizando. El Imperio Romano terminó implosionando: cayó sobre su propia espada, es decir, se suicidó.

Roma no se construyó en un día, pero tampoco cayó en una sola noche. Fue un proceso gradual que comenzó con la degradación y el declive moral de los valores cívicos que habían sostenido el imperio. Son las ideas, los valores morales y éticos los que sostienen la vida cotidiana de los pueblos. Cuando estos desaparecen, la sociedad cambia, y con ella, el destino de una civilización.

"No podéis servir a Dios y al dinero" (Mateo 6, 24). En el contexto del declive de Roma, Dios simboliza los valores espirituales, auténticamente humanos, y el dinero, los valores temporales. Como siempre, la degradación moral comenzó con la acumulación de riqueza, la vida desordenada de placer y lujo de las clases dirigentes, quienes debían haber continuado promoviendo los antiguos valores que engrandecieron el Imperio en tiempos de César Augusto.

Desde las clases dirigentes, como un fuego que se propaga lentamente, la corrupción acabó extendiéndose a todos los niveles de la sociedad romana. La ambición de poder condujo a la inestabilidad política; las constantes guerras de sucesión obligaban a las legiones a abandonar las fronteras para restablecer el orden en la capital. Finalmente, el creciente abismo entre una minoría muy rica y el resto de la población, en su mayoría empobrecida, convirtió al Imperio en un gigante con pies de barro, una vulnerabilidad que los bárbaros supieron aprovechar.

Muchos de los factores que contribuyeron al declive de Roma, tras 500 años de dominio absoluto sobre Occidente, están actuando nuevamente en nuestros días, haciendo posible que la historia se repita y que las huestes musulmanas puedan sumir a Occidente en una nueva Edad Media o época de tinieblas, como la llaman algunos historiadores estadounidenses.

La disfuncionalidad de la familia
La familia es la célula germinal del tejido social, y los valores familiares son la piedra angular de cualquier cultura en ascenso. Así fue en la antigua Roma durante su expansión y en la sociedad occidental del período de posguerra hasta la década de 1970. Pero con las nuevas generaciones, la familia comenzó a debilitarse y fragmentarse.

Los valores verdaderamente humanos y espirituales prosperan mejor en una sociedad frugal que en una de abundancia material. El bienestar material que la sociedad de consumo ha traído a Occidente es inversamente proporcional al declive de los valores espirituales y humanos. Poco a poco, con cada nueva generación, la unidad familiar ha ido deteriorándose, tal como ocurrió en la sociedad romana.

Hoy en día, la educación ya no inculca valores, y la única asignatura que los enseñaba, Religión, ha desaparecido de la mayoría de las escuelas.

Con la pérdida del valor de la familia, también se ha perdido la solidaridad entre generaciones. Prueba de ello es el creciente aislamiento de nuestros mayores. Basta recordar la ola de calor de agosto de 2003 en París, cuando más de 14.000 ancianos murieron solos en sus apartamentos. Muchos de sus cuerpos no fueron reclamados por nadie y recibieron funerales financiados por el Estado. Irónicamente, en Portugal, abandonar una mascota es delito, pero abandonar a un anciano no lo es.

Natalidad negativa
Recientemente, un anuncio publicitario de preservativos mostraba a un padre con su hijo haciendo la compra en un supermercado. Al pasar por una estantería, el niño agarró una bolsa de patatas fritas y la puso en el carrito; el padre la sacó y la devolvió a la estantería. Reticente, el niño repitió la acción y el padre también. A la tercera vez, el niño tuvo un ataque de histeria y comenzó a dar patadas al carrito y a las estanterías, vaciándolas de su contenido. Ante el asombro del padre y de otros adultos, apareció el mensaje del anuncio publicitario, que decía: “Si hubiera usado el preservativo tal…, esto no habría sucedido”.

De esta escena, cualquier persona con sentido común concluiría que el niño está muy mal educado. Sin embargo, el anuncio parece querer que los espectadores concluyan que los niños son el resultado del fallo de esta o aquella marca de preservativo.

El creciente individualismo y egocentrismo han influido en la tasa de natalidad; algunos matrimonios consideran la posibilidad de tener mascotas en lugar de hijos. Muchos de estos animales de compañía son tratados como miembros de la familia, estableciendo con ellos lazos propios de seres humanos; auténticas fortunas se gastan en el bienestar de estos animales.

Recuerdo el caso de un gato conectado a una máquina que lo mantenía con vida artificialmente. Cuando el veterinario sugirió desconectar la máquina porque los órganos vitales ya no funcionaban, la familia a la que pertenecía el animal lo llamó cruel.

La irracionalidad del aborto
A pesar de ser una sociedad envejecida y sin suficiente gente para reemplazar a la generación anterior, Occidente sigue viendo el aborto como un método anticonceptivo. Sobre esta y otras cuestiones, desde el caso de Galileo Galilei, la Iglesia ha sido injustamente acusada y estigmatizada como pre-científica. En el caso de Galileo, la verdad es que no proporcionó pruebas que fundamentaran su teoría; pruebas que, por otro lado, no estaban disponibles en aquella época. Lo mismo ocurrió con la teoría de la relatividad de Einstein, cuyas pruebas que la confirman solo han comenzado a aparecer recientemente.

La Iglesia no solo no está en contra de la ciencia, sino que también hace ciencia. Entre muchos ejemplos, destaca el sacerdote belga Georges Lemaître, que descubrió el Big Bang, y el monje Gregor Mendel, considerado el padre fundador de la genética.

En el caso del aborto, es la sociedad la que se opone a la ciencia, pues científicamente es indiscutible que la vida humana comienza con la concepción, es decir, cuando el espermatozoide, que es la mitad de una célula humana, se une al óvulo, que es la otra mitad, aproximadamente una hora después del acto conyugal, formando una nueva célula humana, indivisible, con un código genético nuevo e irrepetible en toda la historia de la vida en este planeta.

Una vez formada la célula primigenia, el nuevo ser está autoprogamado; solo necesita que lo dejen en paz durante nueve meses. Cuando, para justificar el aborto, ciertos partidos intentan situar el inicio de la vida humana en cualquier otro momento después de la concepción, lo hacen tendenciosamente para defender su ideología. Cualquier otro momento en que se fije el inicio de la vida humana será siempre arbitrario y al servicio de una ideología, nunca científico.

Mientras esto ocurre en Occidente, Erdogan, el presidente de Turquía, que sueña con la restauración del Imperio Otomano, como se mencionó anteriormente, se declara en contra de la planificación familiar, la limitación de nacimientos y la igualdad de género, diciendo que son ideas occidentales no aplicables al mundo musulmán. Para él, nadie debe interferir en los designios de Alá; el deber de una mujer es ser madre, cuantos más hijos, mejor.

La función de la profecía
Jonás se levantó y fue a Nínive, según la orden del Señor. Nínive era una ciudad inmensamente grande, y se necesitaban tres días para recorrerla. Jonás entró en la ciudad y caminó un día entero proclamando: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida.» (Jonás 3, 3-4).

En la Biblia, la profecía nunca tuvo la intención de ser un vaticinio, sino una advertencia o un aviso: si seguís viviendo de esta manera, ocurrirá esta o aquella catástrofe. Como sabemos, los habitantes de Nínive se convirtieron y lo que el profeta Jonás anunció que sucedería, no ocurrió. Lo mismo puede pasar con la civilización occidental: mediante una revolución o una evolución, puede cambiar de rumbo y evitar el declive hacia el que se dirige hoy.

Conclusión - Los mismos factores que llevaron al colapso del Imperio Romano están en marcha hoy. Un Occidente cada vez más débil podría volver a caer en una nueva Edad Media, presa fácil de los bárbaros de nuestro tiempo.

P. Jorge Amaro, IMC

jueves, 16 de junio de 2016

Pedir Perdón

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Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar, recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda
. Mateo 5, 23-24

La palabra religión proviene del latín religare, es decir, relacionarse. Nuestra religión consta de dos tipos de relaciones: con Dios sobre todo y sobre todos, y con el prójimo como con nosotros mismos. Estos dos mandamientos son inseparables tanto en teoría como en práctica.

No es posible establecer una relación con Dios cuando tengo relaciones rotas con algún hermano. Mientras no restablezca la relación con mi prójimo, Dios me da la espalda; por lo tanto, es contraproducente todo mi esfuerzo por relacionarme con Dios estando en conflicto con mi hermano. Por otro lado, parafraseando a San Juan, ¿cómo puedes pedir perdón a Dios, a quien no ves, si no pides perdón a tu prójimo, a quien ves?

La inevitabilidad del conflicto en las relaciones humanas
El conflicto en las relaciones humanas es inevitable. Los conflictos dividen a las personas entre agresores y agredidos. Para que la paz vuelva a restablecerse, los agresores deben pedir perdón y los agredidos deben perdonar. Perdonar y pedir perdón son, por tanto, dos caras de la misma moneda. Como a veces somos agresores y otras veces agredidos, a lo largo de nuestra vida tenemos numerosas oportunidades tanto para pedir perdón como para perdonar. Para unos es más difícil perdonar; para otros, pedir perdón.

El perdón no pedido y no concedido ata a agresores y agredidos a un pasado que no termina de pasar, haciendo que ambos vivan en un continuo presente perfecto. Cuando un verbo está en presente perfecto, la acción comienza en el pasado pero continúa en el presente.

Quien no pide perdón ni perdona, se instala y permanece en el rencor para siempre; hace que algo que ocurrió en el pasado en un determinado lugar suceda una y otra vez, pues cada vez que el acontecimiento vuelve a la conciencia, los sentimientos perturbadores de odio, rencor y rabia se sienten de nuevo. El agresor que no pidió perdón sigue agrediendo, pero ahora no solo a la víctima del pasado, sino también a sí mismo, víctima de su propio orgullo. El agredido que no perdonó perpetúa la agresión del agresor y sigue pagando inocentemente por algo que no hizo.

Si os enojáis, no pequéis; que el sol no se ponga sobre vuestro resentimiento, ni deis lugar al diablo.
Efesios 4,26-27

Un delito cometido en el pasado debe permanecer en el pasado, como aconseja San Pablo a los Efesios. No se debe dejar pasar ni un solo día sin restablecer la paz, porque si pasa un día, con más probabilidad pasarán el segundo y el tercero. De esta manera, como advierte el apóstol, se da una oportunidad para que el mal se establezca en nosotros.

Cuando el agresor y el agredido no asumen su responsabilidad ni restablecen la paz por medio del perdón, la ofensa, alimentada por el odio y el resentimiento de ambos, crece día a día, drenándolos de su energía. “Como una piedra en el zapato”, se vuelve omnipresente en la mente y el corazón de ambos en forma de una ansiedad continua, creando un clima inestable de guerra fría con la posibilidad siempre inminente de que el conflicto se reavive.

Perdonar y olvidar
Muchas veces escuchamos la expresión de que quien no olvida, no ha perdonado. En cierto sentido, es verdad: no haber olvidado la ofensa puede significar que la rabia y el resentimiento siguen presentes. ¿Quiere esto decir que solo podemos perdonar verdaderamente si sufrimos algún tipo de amnesia o Alzheimer?

Hay diferentes maneras de recordar. Una ofensa perdonada aflora menos veces a nuestra conciencia y, cuando lo hace, ya no nos perturba como solía hacerlo. Es como un virus desactivado; ya no nos provoca ira ni rencor. En cambio, una ofensa no perdonada aflora con mayor frecuencia a nuestra conciencia, haciendo que la rabia y el resentimiento crezcan día a día.

La pelota está en tu cancha
“Cree el ladrón que todos son de su condición”. Muchos agresores proyectan su personalidad sobre los agredidos y no dan el primer paso por miedo a no ser perdonados. Como la ofensa duele tanto a unos como a otros y encadena tanto al agredido como al agresor al pasado, cada uno debe asumir su parte de responsabilidad, haciendo lo que le corresponde sin entrar en cálculos de probabilidad sobre la posible reacción del otro.

Nuestros enemigos no son aquellos que nos odian, sino aquellos a quienes nosotros odiamos. La mayoría de las veces, el agredido deja de odiarnos en el momento en que pedimos perdón y las relaciones se restablecen. A veces, incluso, la amistad crece más.

Reconozco que he agredido, reconozco que he fallado como el hijo pródigo, me levanto y pido perdón a quien he ofendido. Si el otro me perdona, muy bien; si no me perdona, muy bien también. La pelota está ahora en su tejado. Si decide no perdonar, el estrés, la ansiedad y el remordimiento que me causaba la culpa desaparecen de mi mente y mi corazón, pues he hecho lo que debía y lo que estaba a mi alcance. No puedo obligar al otro a perdonar; si decide quedarse en el pasado, está solo en él, no conmigo.

Pedir perdón no es humillante
Todo aquel que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. Lucas 14,11

Quien reconoce su error y pide disculpas, aparentemente se humilla, pero esa humillación conduce a la exaltación. No reconocer el error ni pedir disculpas es, en sí mismo, un acto de orgullo, prepotencia y autoexaltación que, en muchas ocasiones, lleva a la humillación.

Muchas veces, lo que nos impide pedir perdón es el miedo a ser humillados por la persona a quien hemos ofendido, pero en realidad sucede lo contrario. El acto de pedir perdón es vivido de manera diferente por el agresor y el agredido. El agresor lo experimenta como una humillación, mientras que el agredido lo experimenta como una exaltación; es decir, el agresor sube en la consideración del agredido.

Por el contrario, cuando no admitimos nuestros errores y no pedimos disculpas, es probable que sintamos cierto placer dentro de las murallas de nuestro orgullo y arrogancia. Sin embargo, a los ojos de quien hemos agredido, simplemente somos patéticos y perdemos la poca consideración que tenía por nosotros. Si conseguimos dejar de lado nuestros sentimientos naturales y abrazamos la realidad, todos nos sentiremos mejor viviendo en paz y armonía con Dios y con nuestros semejantes.

Conclusión - Cuando el agresor y el agredido no asumen su responsabilidad ni restablecen la paz por medio del perdón, la ofensa, alimentada por el odio y el resentimiento de ambos, crece día a día, drenándolos de su energía. “Como una piedra en el zapato”, se vuelve omnipresente en la mente y el corazón de ambos en forma de una ansiedad continua, creando un clima inestable de guerra fría con la posibilidad siempre inminente de que

P. Jorge Amaro, IMC

miércoles, 1 de junio de 2016

Santos son los que se reconocen pecadores

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El rabino solía decir que los pecadores estaban más cerca de Dios que los justos. Y lo explicaba diciendo que la comunicación entre nosotros y Dios se hace a través de un hilo que une nuestra cabeza con las manos de Dios. Cada vez que pecamos, el hilo se rompe y, en consecuencia, nuestra comunicación con Dios se interrumpe.

Pero cada vez que reconocemos nuestro pecado y nos arrepentimos, es como si se hiciera un nudo en el hilo, restableciendo así la comunicación. Cuando volvemos a pecar y nos arrepentimos nuevamente, se hace otro nudo en el hilo, por lo que este se va acortando cada vez más. De esta forma, concluía el rabino, el pecador está más cerca de Dios que el justo.


Santos declarados
La Iglesia tiene todo un proceso, que suele ser largo, para llevar a alguien a los altares. Primero, respondiendo a la petición de los fieles debido a la buena fama o fama de santidad de determinada persona, se analiza minuciosamente la biografía del candidato, sus virtudes y defectos, sus escritos, sermones y obras. Si las perspectivas son favorables, se elige un postulador y el candidato es declarado "siervo de Dios".

El postulador estudia detalladamente la vida del candidato a santo y presenta sus conclusiones al Papa, quien lo declara "Venerable", lo que significa que el siervo de Dios vivió de manera heroica las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad, así como las virtudes cardinales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

Dado que la causa de beatificación y canonización a veces parece un caso judicial, junto a la figura del postulador aparece la figura caricaturesca del "abogado del diablo". Durante todo el proceso, mientras el postulador busca probar las virtudes del candidato, el abogado del diablo, que en los procesos civiles equivaldría al ministerio público o la acusación, intenta restar importancia a sus virtudes, evidenciando sus defectos.

El siguiente paso es la beatificación. Si el candidato fue un mártir y queda suficientemente probado que dio la vida en defensa de la fe, el Papa lo declara beato. Si el candidato no es mártir, el cielo debe pronunciarse, es decir, el postulador debe presentar un milagro, el cual debe ser comprobado que se realizó por intercesión del venerable.

Finalmente, el beato es declarado santo tras la realización de un segundo milagro, lo que prueba que el candidato ya goza de la visión beatífica. Se le asigna un día de fiesta en el calendario, puede ser declarado patrón de iglesias parroquiales y los fieles pueden, libremente y sin restricción, celebrar y honrar al santo.

Santos no declarados
"Ni son todos los que están, ni están todos los que son", decía un poeta español acerca de los locos dentro y fuera de los hospitales psiquiátricos. Después de ver la rapidez con que se han llevado a cabo algunas canonizaciones en los últimos tiempos, para satisfacer deseos o conveniencias de algunos, me atrevo a decir sobre los santos... ni todos los que han sido declarados santos lo son realmente, ni todos los santos han sido declarados.

Siempre ha habido, hay y habrá personas que han vivido como santos sin haber sido nunca declarados como tales; por esta razón, la Iglesia ha institucionalizado un día solemne para celebrar a los santos nunca declarados, algo así como el soldado desconocido, es decir, aquellos a los que la oración eucarística se refiere como "cuyo servicio y dedicación bien conocéis".

Santo como sinónimo de cristiano
"Os saludan todos los santos, y especialmente los de la casa de César." (Filipenses 4, 22)

"A los hermanos en Cristo, santos y fieles, que viven en Colosas: que la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, estén con vosotros." (Colosenses 1, 2)

El libro de los Hechos de los Apóstoles dice que los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez en Antioquía. Fue un nombre dado por gente de fuera, es decir, por aquellos que no seguían a Cristo, y como tal, tenía connotaciones negativas. "Cristianos" no era el nombre por el cual se reconocían los primeros seguidores de Jesús. Como vemos en el segundo texto, los cristianos se conocían y trataban entre sí como hermanos en Cristo, santos y fieles.

Llamar santo a quien técnicamente aún no lo es, según el proceso descrito anteriormente, implica una llamada a la santidad. Por la misma razón, llamamos cristianos a quienes se esfuerzan por ser como Cristo, como dice San Pablo: "Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí." Pero esto no significa que ya lo seamos.

Santos son los que se reconocen pecadores
"Quien deja de querer ser mejor, deja de ser bueno." (San Bernardo)

Existen dos tipos de personas: los que no son conscientes de sus defectos y no hacen nada por mejorar, y los que sí lo son y se esfuerzan cada día por ser mejores.

Los que no hacen nada por mejorar no se quedan siempre en el mismo estado, al contrario, cada día son peores. En la vida moral, como en la naturaleza, existe una ley de gravedad: quien no está subiendo, está bajando. Quien, siendo consciente de sus imperfecciones, no hace nada por mejorar cada día, no se mantiene igual, sino que va de mal en peor; quien no progresa, retrocede.

Si pierdo la conciencia de que soy pecador, estoy perdido. San Francisco, quizá el ser humano que más se ha acercado a la imitación de Cristo hasta el punto de ser llamado "el otro Cristo", a pesar de que en vida ya era considerado un gran santo por sus compañeros, se veía a sí mismo como un pecador y corría por las calles de Asís gritando como un loco: "¡Soy un gran pecador!". De hecho, los verdaderos sabios se consideran ignorantes, solo los ignorantes se creen sabios; los verdaderos santos se ven como pecadores, solo algunos pecadores se creen santos.

Puede que haya avanzado mucho en el camino de la santidad, pero lo que me hace crecer aún más es seguir encontrando imperfecciones en mi vida. Para ello, solo necesito afinar mi discernimiento con el Evangelio y seguramente siempre encontraré algo de lo que debo convertirme. Los verdaderos santos no se consideran a sí mismos como tales; al contrario, se ven como pecadores.

Los verdaderos santos, después de haberse convertido de los grandes pecados, buscan continuamente en su conciencia otros pecados que escapan a los exámenes de conciencia de personas menos santas. Son verdaderos minuciosos en examinar su conciencia a fondo, encontrando siempre algo de lo que acusarse, por lo que están en un proceso continuo de conversión.

En la parábola del sembrador, se reprenden los campos que no producen nada; el buen campo es el que da fruto, ya sea el 30%, el 60% o el 100%. Lo importante es producir, poco o mucho, la cantidad no importa. No estamos llamados a ser los mejores, sino a dar lo mejor de nosotros. Del mismo modo, en la parábola de los talentos, lo importante es no esconder el talento y hacerlo fructificar, siendo secundaria la cantidad de ganancia.

Conclusión - Homo simul iustus et peccator – En el camino hacia la santidad, el ser humano es y será siempre, al mismo tiempo, justo y pecador. Hoy mejor que ayer, inferior a mañana. Más que un estado o una meta, ser santo es un proceso de perfección impulsado y motivado por la conciencia de ser pecador.

P. Jorge Amaro, IMC