domingo, 15 de octubre de 2017
Fátima: Las oraciones de Nuestra Señora
La primera oración, una vez más, después de la aparición del ángel, se refiere al misterio de la Santísima Trinidad. Las apariciones de Fátima comienzan con la Trinidad y terminan con la Trinidad. María revela a los pastorcitos la identidad de Dios como uno y trino, un solo Dios en tres personas distintas. A diferencia de las otras dos oraciones, esta no fue enseñada directamente por Nuestra Señora, sino inspirada por el Espíritu Santo y recitada por los niños de forma casi automática ante la Señora.
La segunda oración es una oración sacrificial, es decir, la aplicación práctica de una parte del mensaje de Fátima: la penitencia, que en el contexto del mensaje significa ofrecimiento de nosotros mismos por los demás, por la conversión de los pecadores.
La tercera oración es la más conocida universalmente, pues es repetida por todos los católicos que rezan el rosario entre misterio y misterio. Pide la salvación universal, especialmente por aquellos que están más alejados de ella.
1ª Oración – comunicada a los videntes por un impulso íntimo
"...Abrió por primera vez las manos, comunicándonos una luz tan intensa, como reflejo que de ellas salía, que penetrándonos en el pecho y en lo más íntimo del alma, nos hacía vernos a nosotros mismos en Dios, que era esa luz, más claramente que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso íntimo también comunicado, caímos de rodillas y repetíamos interiormente:
– ¡Oh, Santísima Trinidad, yo os adoro! ¡Dios mío, Dios mío, ¡os amo en el Santísimo Sacramento!"
"Y, porque sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: '¡Abbá, Padre!'" (Gálatas 4,6). Las niñas y el niño se vieron en Dios, y en Él vieron al mismo tiempo Su identidad como Uno y Trino, así como la propia identidad de ellos mismos como hijos amados de Dios. Inundados por la luz de Dios, fueron guiados e inspirados por el Espíritu que, como dice San Pablo a los Gálatas, dentro del alma de los tres niños grita "Abbá, Padre... ¡Oh Santísima Trinidad!" Como dice también el apóstol a los Romanos (8,16): "El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios."
En ese momento, ya en la primera aparición, los pastorcitos experimentaron la visión beatífica de Dios como Uno y Trino, y ellos mismos, dentro de esa luz, como hijos adoptivos de Dios Padre. En lo alto del monte, la sierra de Aire, en ese momento de transfiguración, no podemos olvidar que eran tres los niños, y al analizar el carácter y la personalidad de cada uno, percibimos que cada uno pertenece a un centro diferente: Lucía es cerebral, Jacinta es emocional y Francisco visceral o instintivo. Así, podemos concluir que en ese encuentro se encuentra la Trinidad humana con la Trinidad divina: es decir, la naturaleza humana en las tres personalidades básicas en las que se revela, con la naturaleza divina en las tres personas que la constituyen.
Esta oración es al mismo tiempo trinitaria y eucarística. Es impresionante cómo, de la visión beatífica en la que los pastorcitos se sintieron inmersos en la luz de Dios, pasan inmediatamente a la adoración, al amor por el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Es decir, de la revelación celestial pasan a la encarnación histórica de Dios, hace dos mil años, en Jesús de Nazaret, y a Su presencia sacramental en la hostia consagrada, en el aquí y ahora de nuestras vidas.
Dijo Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le respondió: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decir: "Muéstranos al Padre"?» (Juan 14,8-10).
La oración implica que en la adoración del Santísimo Sacramento adoramos también a la Santísima Trinidad. Quien ve a Jesús, ve al Padre, y quien ama al Hijo, ama al Padre. La oración del cristiano es, por tanto, siempre trinitaria. El Santísimo Sacramento es no solo la representación del sacrificio del Hijo, sino también del Padre que nos lo envió y entregó, como parece sugerir una imagen muy popular de Dios Padre y el Espíritu Santo, representado por la paloma, detrás de la cruz donde está crucificado Cristo.
2ª oración – "¡Oh, Jesús, es por tu amor..."
"– Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis algún sacrificio: '¡Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María'. Al decir estas últimas palabras, volvió a abrir las manos, como en los dos meses anteriores. El reflejo pareció penetrar la tierra y vimos como un gran mar de fuego."
Penitencia y oración son el resumen del mensaje de Fátima. Ya hemos hablado del tema de la oración concentrado en la oración Trinitaria y Eucarística; hablemos ahora de la segunda parte del mensaje: la penitencia, que, al igual que la oración, está presente en todas las apariciones. Así como Jesús dio la vida por sus amigos, como Él se ofreció por la salvación del mundo, ¿queréis también vosotros –pregunta Nuestra Señora a los pastorcitos– ofreceros, asociaros al sacrificio de mi Hijo, haceros eco, en este año de 1917, del sacrificio ocurrido hace casi dos mil años? Los niños respondieron enseguida que sí.
Es una oración insólita porque es sutilmente inteligente; no es una oración contemplativa como la que ya comentamos, sino una oración que nace de la práctica, que presupone la práctica; es, en efecto, una oración para ser recitada exclusivamente después de esa praxis. En este sentido, no es una oración para que todos reciten en cualquier momento, sino solo algunos, y después de una práctica muy concreta.
Como dice la Señora, esta oración debe ser recitada antes, durante y después de cada sacrificio ofrecido. Es la varita mágica que transforma una contrariedad ordinaria de la vida en un sacrificio ofrecido a Dios. Esta oración añade un valor añadido, un beneficio, un sentido a las vicisitudes del día a día. Transforma cada uno de nuestros sufrimientos en el acto de abrazar la cruz de Cristo por el bien de la humanidad.
"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame" (Lucas 9,23).
Por eso esta oración no debe usarse en el culto ni en la liturgia; no debe recitarse en la Iglesia ni en un contexto de unión íntima con el Señor. Al contrario, es una oración para ser recitada en la vida y para la vida. Es una exhortación a abrazar cada contrariedad de la vida, transformándola con y por medio de esta oración en un "sacrificio agradable a Dios". Es también, por otro lado, una aplicación práctica del evangelio de Lucas.
Sufrir con razón y motivación cuesta mucho menos que sufrir sin sentido. Por eso, al ofrecer a Dios los sacrificios con los que la vida nos enfrenta, terminamos sufriendo menos. Encontramos consuelo en el propio sufrimiento al saber que servirá para el bien de alguien.
Después de comprometerse con María, de ofrecerse a Dios soportando todos los sufrimientos y contrariedades inherentes a la vida, y especialmente aquellos como consecuencia de ser testigos del eco del Evangelio en Fátima, los pastorcitos no perdían ocasión alguna de sacrificarse por la conversión de los pecadores.
Si uno se olvidaba, el otro lo recordaba. Estando en la prisión de Ourém, tras rezar el rosario, Jacinta volvió a la ventana llorando.
– Jacinta, ¿no quieres ofrecer este sacrificio a Nuestro Señor? – le pregunté.
– Sí quiero; pero me acuerdo de mi madre y lloro sin querer.
"Y si somos hijos, también somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, suponiendo que sufrimos con Él, para también ser glorificados con Él." (Romanos 8,17).
Como dice San Pablo, si somos hijos, somos hermanos del Señor y coherederos de la herencia eterna. Si compartimos la gloria del Señor, también debemos compartir los medios que llevaron a Cristo a su gloria: el sufrimiento. Como toda relación de amistad, es necesario estar tanto en las buenas como en las malas, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la tristeza. "Quien se compromete a amar, se compromete a sufrir", dice el proverbio.
3ª oración – "Oh mi Jesús, perdónanos..."
"Cuando recéis el Rosario, decid después de cada misterio: 'Oh mi Jesús, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al cielo, especialmente a las que más lo necesiten (de tu misericordia)'."
Por fin, la oración que la Virgen María nos indicó incluir entre misterio y misterio. Fue precedida de la visión del infierno, que debe permanecer en nuestra conciencia como posibilidad de condenación.
...perdónanos... – La Biblia nos dice que el hombre justo peca siete veces al día, lo que equivale a decir que nadie es justo ante Dios. Todos somos pecadores, y quien afirma no tener pecado es un mentiroso, como dice la Escritura. Por tanto, cada vez que nos colocamos ante Dios sin pecado que necesite perdón, no significa que no hemos pecado, sino simplemente que nuestra conciencia moral no está cumpliendo su deber de señalarnos nuestras faltas.
...líbranos del fuego del infierno – Solo Dios tiene el poder de salvarnos de la condenación eterna. Y eso mismo hizo gratuitamente mediante la muerte de su Hijo. En la representación del infierno como un mar de fuego, Nuestra Señora tiene en cuenta el concepto e imagen que los niños tenían de él, siguiendo el principio tomista: Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur – todo lo que se recibe, se recibe según la capacidad del receptor.
La forma como entendemos el infierno, sin embargo, no es como una tortura eterna, como parece sugerir el mar de fuego, sino como una muerte eterna y un retorno a la nada para aquellos que no hicieron nada, cuyas vidas se resumen en la nada, y nada es lo que ellos creen que existe más allá de la muerte.
...lleva todas las almas al cielo – Como siempre en el mensaje de Fátima, no debemos ocuparnos ni preocuparnos únicamente de nuestra propia salvación, sino también de la de los demás. La espiritualidad de Fátima no se centra en la perfección personal, sino en la preocupación por quienes llevan una vida errada que no conduce a ningún destino. Por ello, la espiritualidad de Fátima es una espiritualidad misionera; oramos por los demás y por su salvación.
El mismo principio tomista también se aplica aquí, ya que creemos en la resurrección del cuerpo, no solo del alma. A pesar de que la antropología bíblica no es dualista, la mayoría, si no todas, las oraciones litúrgicas de la Iglesia retratan la naturaleza humana como cuerpo y alma, siguiendo así la antropología griega.
...especialmente a las que más lo necesiten de tu misericordia – especialmente a quienes están más lejos de la salvación. Esta siempre fue la gran preocupación de Jesús: "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, al arrepentimiento" (Lucas 5,32).
Conclusión - Durante las apariciones, los niños aprendieron oraciones que resumen e ilustran todos los aspectos del mensaje de Fátima. A través de estas oraciones, el mensaje, de doctrina, se convierte en práctica espiritual cuando se reza en privado, y en liturgia, cuando se reza en comunidad.
P. Jorge Amaro, IC
domingo, 1 de octubre de 2017
Fátima: Las Oraciones del Angel
Además de la constante exhortación de Nuestra Señora a rezar el rosario y a practicar los Primeros Sábados, durante las apariciones los niños aprendieron oraciones que resumen y expresan todos los aspectos del mensaje de Fátima. A través de estas oraciones, el contenido doctrinal del mensaje se convierte en una práctica espiritual cuando se reza en privado, y en expresión litúrgica cuando se ora en comunidad.
Aprendidas del Ángel y de la Señora del Rosario por Lucía, Francisco y Jacinta, estas oraciones forman hoy parte de una tradición orante que destaca la adoración a Dios, particularmente en su presencia eucarística, y la disponibilidad del creyente para colaborar en la misión redentora de Cristo.
Tanto las oraciones enseñadas por el ángel como las comunicadas por Nuestra Señora no versan sobre María, sino sobre el misterio de Dios y la redención de la humanidad. De este modo, María revela en Fátima cuál es su verdadero papel en la historia de la salvación: señalar a los hombres los caminos de Dios y presentar a Dios las necesidades de los hombres. Son cinco las oraciones de Fátima, y, como se ha dicho, ninguna está dirigida directamente a la Virgen.
Desde el punto de vista doctrinal, Fátima es la más completa de todas las apariciones marianas, pues abarca los principales pilares de la teología católica: el misterio de la Santísima Trinidad, presente ya en las apariciones del ángel; la Eucaristía, la oración, la penitencia, la reparación, la escatología, el ministerio del Papa, la comunión de los santos, entre otros.
“Dios mío, yo creo...”
Dios mío, yo creo, adoro, espero y os amo.
Y os pido perdón por los que no creen,
no adoran, no esperan y no os aman.
Una oración simple y breve, pero profundamente completa: una invitación al cristiano a vivir las tres dimensiones del tiempo humano —pasado, presente y futuro— a la luz de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. La vida humana solo puede vivirse en el presente, pero un presente que, cuando está lleno de caridad e inspirado por la fe heredada del pasado, se proyecta hacia el futuro con esperanza, sin miedo ni ansiedad.
La virtud de la Fe: “Yo creo” - La fe es la piedra angular que nos permite mirar la vida y la realidad con otros ojos. Es un paso más allá de lo racional y lo razonable; es riesgo, decisión, opción fundamental. Es la llave que abre la puerta de la salvación: una salvación que implica el Cielo en el futuro, pero que ya en el presente se traduce en paz, felicidad y bienestar físico, espiritual, psicológico y moral.
La virtud de la Esperanza: “Yo espero” - La esperanza es la fe proyectada hacia el futuro, y otorga al presente una sensación de seguridad. El cristiano no necesita ansiolíticos porque vive sin ansiedad, enraizado en una fe que se manifiesta en caridad para con Dios y con el prójimo. “Quien nada debe, nada teme”, dice el refrán: el cristiano no teme porque vive en paz con Dios y con los hombres.
La fe también nos asegura que, por muy duro o alegre que sea el presente, todo es pasajero, y nuestra historia tendrá un final feliz gracias a la muerte y resurrección del Señor. Si creemos que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, como afirma el Evangelio, viviremos seguros de que incluso el sufrimiento y la angustia son estaciones pasajeras hacia un destino glorioso.
“Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará” - Así vivieron los pastorcitos de Fátima, especialmente Lucía, que pronto perdería la compañía de sus primos. Al darse cuenta de que quedaría sola, sintió una profunda tristeza que llevó a la Virgen a preguntarle: “¿Y tú, sufres mucho por eso?”. Y a modo de consuelo, le prometió: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”, es decir, al Cielo ya prometido a ella, a Jacinta y a Francisco desde la primera aparición.
La virtud de la Caridad: “Adoro… y os amo” - Vivimos solo en el presente, inspirados por el pasado y confiados en el futuro. El presente debe estar lleno de caridad: el amor solo puede ejercerse en el ahora. “No dejes para mañana lo que puedes y debes hacer hoy.” Las buenas intenciones no salvan a nadie, ni siquiera a uno mismo. La caridad no puede ser un proyecto, sino una acción inmediata. No puede postergarse.
Adoro – El presente debe estar lleno de amor a Dios. Buscar tiempo y espacio para estar con Él, como hacía Jesús, como hacía Francisco de Fátima, aislándose detrás de un arbusto o pasándose las horas de clase en la iglesia, consolando al “Dios escondido”.
Os amo – Quien ama a Dios con todo su corazón mira al prójimo de otro modo: ya no como enemigo o rival, sino como hermano, deseándole el mayor bien. El amor a Dios no existe sin el amor al prójimo, y viceversa. Por eso, para Jesús, ambos forman un único mandamiento del amor.
Fátima, misionera: “Os pido perdón…” - Además de invitar a vivir la fe, la esperanza y la caridad, esta oración deja claro que el cristiano no vive para sí mismo ni siquiera para su perfección personal. Vive para los demás. Como Jesús, que vino por los enfermos, no por los sanos; que no condenaba a los pecadores, sino que los acogía con misericordia. Como Jacinta, que repetía con ternura: “¡Pobrecitos los pecadores…!”
Os pido perdón – porque no evangelicé, porque no salí de mí mismo, porque viví encerrado, haciendo de mi fe un secreto para llevarme a la tumba. Como decía Karl Rahner, Dios, en su infinita misericordia, salvará a aquellos que, sin culpa personal, nunca oyeron hablar de Él; pero ¿y los que teníamos el deber de hablarles de Él y no lo hicimos?
En este sentido, Fátima es esencialmente misionera: no solo llama a evangelizar, sino que invita al cristiano a considerarse pecador por no haber sido misionero, y por ello pedir perdón. Esta conciencia debería resonar en cada cristiano con las palabras de san Pablo, el mayor evangelizador: “¡Ay de mí si no evangelizo!”
Os pido perdón – no solo por no haber evangelizado, sino por haber escandalizado. Por no haber sido un peldaño para que otros se acercaran a Dios, sino un obstáculo, una piedra de tropiezo.
Las vocaciones nacen muchas veces del ejemplo de alguien que encarna una vocación concreta. Así también ocurre con la evangelización: el primer encuentro con Cristo no es con su doctrina, ni siquiera con su palabra, sino con uno de sus seguidores, alguien que encarna su Evangelio.
El encuentro con un cristiano nunca es neutro: si sus palabras, gestos y actitudes reflejan lo que dice ser, ya está evangelizando, incluso sin quererlo. Si no hay coherencia entre su fe y su vida, no solo no evangeliza, sino que escandaliza. Y si ese es el primer contacto que alguien tiene con el cristianismo, es posible que nunca más vuelva a acercarse.
Las primeras impresiones importan. Nuestra vida puede ser atrayente y edificante… o repelente y escandalosa.
“Santísima Trinidad…”
Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
os adoro profundamente
y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo,
Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo,
presente en todos los sagrarios de la tierra,
en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias
con que Él mismo es ofendido.
Y por los méritos infinitos de su Santísimo Corazón
y del Corazón Inmaculado de María,
os pido la conversión de los pobres pecadores.
El Evangelio de san Juan comienza con un prólogo que resume e interpreta toda la vida y enseñanza de Jesús. Esta oración cumple una función similar: es una especie de obertura que concentra, anticipa y sintetiza todo lo que la Virgen transmitirá después a los pastorcitos. Lo esencial del mensaje de Fátima ya está contenido en esta plegaria.
Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo – Con la construcción de la Basílica de la Santísima Trinidad, Fátima quedó arquitectónicamente completa. El recinto expresa topográficamente el mensaje de Fátima concentrado en esta invocación trinitaria.
La basílica, de forma circular, simboliza la eternidad de Dios. A su derecha se alza la Cruz Alta, evocando el sacrificio de Cristo que nos abrió las puertas de la salvación. En el centro del recinto, como en el centro de la historia humana, está Cristo glorioso, resucitado y bendiciendo al mundo como lo vieron los niños en la última aparición. A la izquierda, el lugar de las apariciones de la Virgen, siempre junto a su Hijo, como estuvo al pie del pesebre y de la cruz.
La Capilla de las Apariciones y el Cristo dorado ocupan el punto más bajo del santuario, mientras que la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, coronada por una gran torre en forma de corona, se eleva como símbolo del destino glorioso que aguarda a quienes escuchan el consejo de María en Caná: “Haced lo que Él os diga”.
“Os adoro profundamente”- Adorar significa rendirse, someterse. Quien adora a Dios entrega todo su ser sin reservas a su voluntad. Esta adoración es “profunda” porque brota desde lo más hondo del alma, que reconoce en Dios su fuente, como proclama el salmo: “Todas mis fuentes están en ti”.
“Y os ofrezco el preciosísimo Cuerpo…” - No se trata de recordar a Dios el sacrificio de Cristo, sino de renovar nosotros mismos la memoria del amor redentor. Como el pueblo de Israel en el desierto, olvidamos fácilmente los prodigios divinos. El sagrario es memoria viva de esas gracias recibidas y fuente de nuevas gracias si nos abrimos a Él. Esta oración es una exhortación tanto a la comunión frecuente como a la adoración eucarística.
“En reparación…” - Adorar es también reparar. Nuestra fidelidad debe compensar los ultrajes, sacrilegios e indiferencias que hieren el Corazón de Jesús. Y lo más doloroso no es el odio, sino la indiferencia. Quien odia, al menos alguna vez amó y puede volver a amar. El indiferente no ama ni desea amar. Este es el nuevo ateísmo de nuestro tiempo: vivir como si Dios no existiera.
“Y por los méritos de su Santísimo Corazón…” - Al invocar los méritos de Cristo y del Corazón Inmaculado de María, reconocemos nuestra indignidad y renovamos la súplica por la conversión de los pecadores, tema constante en todas las oraciones del Ángel y de la Virgen.
Conclusión - Desde el punto de vista doctrinal, Fátima es la más completa de todas las apariciones, pues abarca los grandes misterios de la fe católica: la Trinidad, la Eucaristía, la adoración, la penitencia, la reparación, la esperanza escatológica, el ministerio del Papa, la comunión de los santos… todo está presente en este lugar bendito donde el Cielo tocó la tierra.
P. Jorge Amaro, IMC
viernes, 15 de septiembre de 2017
Fátima: La tercera parte del secreto a la luz de la profecía de Jonás
"Si atienden a mis pedidos, Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará" (Aparición del 13 de julio de 1917).
El contenido de la tercera parte del secreto, que durante décadas mantuvo al mundo en suspenso, era, en cierto modo, ya conocido, pues estaba implícito en las palabras de la Virgen sobre Rusia. Era, por tanto, como esos tesoros bien escondidos por estar donde menos se espera encontrarlos.
El llamado "tercer secreto" es en realidad la tercera parte de un único mensaje, y no es sino una ilustración simbólica de las palabras de la Virgen para el caso de que Rusia no fuese consagrada a su Inmaculado Corazón. Todo lo que este secreto anuncia sucedió, hasta el día en que, efectivamente, Rusia fue consagrada.
La profecía de Jonás
Dado que el secreto de Fátima es, fundamentalmente, una profecía, cualquier profeta del Antiguo Testamento puede ofrecernos una clave hermenéutica. Entre todos, elegimos a Jonás porque es, más que otros, un ejemplo claro de lo que es, en esencia, una profecía y de cuál es su función dentro de la Palabra revelada.
Como sabemos, después de cierta resistencia e incluso oposición manifiesta, Jonás fue enviado por Dios a Nínive con el mensaje de que la ciudad sería destruida si no se convertía y hacía penitencia. Como la destrucción de la ciudad era precisamente lo que Jonás deseaba, podemos imaginar la escasa convicción con la que predicó durante los tres días que tardó en atravesar la ciudad. Contra toda expectativa, la ciudad se convirtió y no fue destruida.
La profecía de Fátima
"Después de las dos partes que ya expusimos, vimos al lado izquierdo de Nuestra Señora, un poco más alto, un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; al centellear, despedía llamas que parecían incendiar el mundo, pero se apagaban al contacto con el resplandor que de la mano derecha de Nuestra Señora salía hacia él. El Ángel, señalando con la mano derecha hacia la tierra, gritó con voz fuerte: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!" (Primera escena de la tercera parte del secreto).
Examinemos ahora cada una de las imágenes que componen la tercera parte de la profecía: El Ángel con la espada flameante en alto representa el juicio final, la posibilidad de la condenación si no hay conversión. Como la espada suspendida de Damocles, es una fatalidad que puede acontecer. Recuerda el discurso de Moisés en el Deuteronomio (30, 15): "Pongo ante ti la vida y el bien, la muerte y el mal". La posibilidad de reducir el mundo a cenizas ya no es ficción, sino una realidad. Hoy el hombre es dueño de su destino y ha forjado la más destructora espada flameante: la bomba atómica.
¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! El sentido de la visión no es mostrar lo que irrevocablemente va a suceder, sino lo que puede suceder, y los medios para evitarlo: es una advertencia. Si el objetivo de la profecía fuera revelar un destino irreversible, no tendría sentido que el ángel gritara tres veces "penitencia", ni que existiese la profecía misma. Nadie desea conocer el día, la hora o la forma de su muerte, y Dios no es sádico.
Al lado izquierdo de Nuestra Señora: la visión muestra el poder opuesto a la destrucción, representado por la imagen esplendorosa de la Virgen a la derecha del ángel. Si el ángel representa la muerte, la Virgen representa la vida. La visión apela a nuestra libertad. Lo que sigue no es una escena de un futuro inmutable, sino de uno que puede evitarse si seguimos la exhortación del ángel.
El objetivo de la visión no es mostrarnos una película de un futuro fijo, sino orientar, iluminar y guiar nuestra libertad, energías y recursos para evitar la catástrofe. Tal como la predicación de Jonás condujo a la conversión de Nínive, esta visión busca el mismo resultado.
"Y vimos en una luz inmensa que es Dios: algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan por delante, un Obispo vestido de blanco (tuvimos el presentimiento de que era el Santo Padre). Otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subían una montaña escarpada, en cuya cima había una gran Cruz de maderos toscos, como de alcornoque con su corteza. El Santo Padre, antes de llegar allí, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y, vacilante, con paso tembloroso, abrumado por el dolor y la pena, oraba por las almas de los cadáveres que encontraba en el camino."
"Al llegar a la cima de la montaña, postrado de rodillas al pie de la gran Cruz, fue asesinado por un grupo de soldados que le dispararon con armas de fuego y flechas, y así fueron muriendo unos tras otros los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, y varias personas seglares, hombres y mujeres de distintas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz estaban dos Ángeles, cada uno con un regador de cristal en la mano. En ellos recogían la sangre de los mártires y con ella regaban las almas que se acercaban a Dios." (Segunda escena de la tercera parte del secreto).
La ciudad representa la historia humana; la montaña, el camino ascendente hacia la Cruz, redención para toda la humanidad. El Santo Padre, junto a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, subiendo la montaña, representan a la Iglesia en su peregrinación histórica hacia el cielo. Es la historia de la salvación inserta en la historia humana.
La imagen de los ángeles recogiendo la sangre de los mártires es una referencia clara al Apocalipsis (7, 14): "Estos son los que vienen de la gran tribulación, han lavado sus túnicas y las han blanqueado en la sangre del Cordero". Se salvan los que son regados por esa sangre, que ha sido siempre semilla de cristianos.
El Papa que ora por los muertos en su camino simboliza la lenta marcha de la historia hacia Cristo. Algunos caen en el trayecto, víctimas del mal. La visión representa el viacrucis de un siglo de persecuciones y muerte, promovido por el nazismo, el fascismo y, sobre todo, el ateísmo militante. El Papa es abatido como muchos mártires.
Tras el intento de asesinato del 13 de mayo de 1981, el Papa Juan Pablo II, convaleciente en el hospital Gemelli, pidió leer el texto del secreto. Fue inevitable que viera en él su propio destino, uno que no se cumplió por poco. No ocurrió porque María no lo quiso; en palabras del Papa, ella desvió la bala que pasó a milímetros de órganos vitales. Una vez más queda claro que el futuro no está escrito en piedra y que la fe, la oración y la penitencia pueden influir en la historia. La oración es más poderosa que las balas; la fe, capaz de mover montañas, es más fuerte que los ejércitos.
Podemos comprender la angustia de la pequeña Jacinta, que vio todo esto sin saber cuál sería el desenlace. Ella respondió como el ángel indicaba: con penitencia y oración. Sabía, de algún modo, que este futuro tenebroso, incluso la muerte del Papa que parecía cierta en la visión, podía evitarse. Por eso rezó incansablemente por el Santo Padre. Si hubiese creído que el futuro era inmutable, no habría rezado como lo hizo durante toda su corta vida.
En un encuentro con el Cardenal Tarcisio Bertone el 27 de abril de 2000, la hermana Lucía confirmó que estaba plenamente de acuerdo con la interpretación oficial de la Iglesia: que la tercera parte del secreto consiste en una visión profética, comparable a otras de la Biblia, cuyo contenido refleja la persecución sufrida por la Iglesia y los creyentes a manos del ateísmo militante promovido por Rusia en el siglo XX.
También coincidía con la interpretación personal de Juan Pablo II: "Fue una mano materna la que guió la trayectoria de la bala y el Santo Padre, agonizante, se detuvo al borde de la muerte". Y añadió: "No sabíamos el nombre del Papa, Nuestra Señora no nos lo dijo. No sabíamos si era Benedicto XV, Pío XII, Pablo VI o Juan Pablo II, pero sabíamos que era el Papa el que sufría, y eso nos hacía sufrir a nosotros también, especialmente a Jacinta, que repetía a menudo: ¡Pobrecito el Santo Padre! Tenemos que rezar mucho por él".
Ya, pero aún no...
"Los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del secreto parecen ahora parte del pasado" (Cardenal Sodano).
"El Reino de los Cielos está ya presente en medio de nosotros, pero aún no en su plenitud", dice la teología sobre la presencia de Dios en la historia. Inspirándonos en el cardenal Sodano y en el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger, podemos afirmar que, por un lado, y en contra de los profetas del desastre, amantes del apocalipsis y las teorías conspirativas, esta tercera parte del secreto, como las otras dos, es historia.
Por otro lado, a diferencia de las dos primeras partes, que se refieren a hechos concretos e irrepetibles, la tercera es menos concreta, pero siempre actual y realizable. Parece aludir a un arquetipo que se repite constantemente. El ángel con la espada flameante sigue ahí; la libertad humana sigue interpelada a elegir entre el bien y la vida, o el mal y la muerte; la Iglesia sigue su camino en un mundo hostil, y el martirio sigue siendo una posibilidad real.
Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará...
"Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulaciones; pero tened confianza: yo he vencido al mundo" (Juan 16, 33).
Un corazón abierto a Dios, purificado por la penitencia y la oración, es más fuerte que las armas y ejércitos de todo tipo. Fue el corazón de María, libre del pecado original desde su concepción y comprometido en la anunciación con el proyecto de salvación de Dios, el que trajo al Redentor a la humanidad.
La semilla de ese Reino está ya entre nosotros desde la venida de Cristo hace dos mil años. Cuando nuestro corazón se purifica como el de María, también nosotros damos a luz a Cristo en nuestro ser, en nuestra manera de vivir y actuar, y lo hacemos presente en nuestro tiempo y lugar, con todo su poder de sanación, paz y amor entre los hombres.
Conclusión - El contenido de la tercera parte del secreto, que durante décadas mantuvo al mundo en suspenso, era, en cierto modo, ya conocido, pues estaba implícito en las palabras de la Virgen sobre Rusia. Era, por tanto, como esos tesoros bien escondidos por estar donde menos se espera encontrarlos.
Jorge Amaro, IC
viernes, 1 de septiembre de 2017
Fátima: ¿Segredo o Profecía?
«Cuando veis que una nube se levanta por el poniente, decís en seguida: ‘Va a llover’, y así sucede. Y cuando sopla el viento del sur, decís: ‘Hará calor’, y así ocurre. ¡Hipócritas! Sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?» — Lucas 12, 54-56
¿Secreto o profecía?
Los pastorcitos de Fátima, incultos como eran, no conocían el concepto de profecía. Por eso, denominaron “secreto” a lo que la Señora les comunicó acerca del futuro, así como a las dos visiones que tuvieron durante la aparición del 13 de julio de 1917. Por tanto, lo que popularmente se conoce como “el secreto de Fátima” debe entenderse, en realidad, como la Profecía de Fátima. En este sentido, el entonces cardenal Joseph Ratzinger se refirió a Fátima como la más profética de las apariciones modernas.
Profecía y signos de los tiempos
Según el evangelio de Lucas, citado más arriba, los profetas eran personas que sabían leer los signos de los tiempos, es decir, sabían ver el presente como impregnado de un futuro que ya se anunciaba aquí y ahora. Una cosa es ver, y otra muy distinta es interpretar y descubrir señales del futuro incrustadas en el presente.
Por ejemplo, durante siglos mucha gente vio cómo el vapor de una olla hirviendo hacía saltar la tapa, sin sacar mayores conclusiones de ello. Sin embargo, James Watt miró más allá de ese hecho aparentemente trivial, y al intentar aprovechar la fuerza del vapor, construyó la máquina de vapor: la primera gran máquina de la historia de la humanidad.
La profecía vincula el presente con el futuro, en el sentido de que el futuro ya da señales de sí mismo en el ahora, bajo la forma de signos que sólo perciben aquellos cuya mente está despierta: los que miran el mundo con ojos que ven más allá de lo evidente, y que viven en constante contacto con el Señor del Tiempo: presente, pasado y futuro, que es Dios.
Y la profecía vincula el futuro con el presente, en el sentido de que el futuro no está fijado de manera irreversible, sino que es interactivo y puede ser transformado. De hecho, el propósito de la profecía en la Biblia es advertirnos sobre un futuro que todavía estamos a tiempo de evitar, pues tenemos libertad y responsabilidad para escribir la historia de otra manera. El futuro no es como un tren desbocado sin frenos que no se puede detener, sino como un caballo al galope perfectamente domado, cuyas riendas están en nuestras manos.
Historia del secreto
“El secreto de la Señora”, como lo llamaban los niños, consta de tres partes claramente diferenciadas:
La primera, una visión del infierno;
La segunda, un discurso sobre el ateísmo militante de Rusia;
La tercera, una visión simbólica del sufrimiento causado por ese mismo ateísmo durante el siglo XX.
El secreto — o profecía— está compuesto por dos visiones (primera y tercera parte) y un discurso intermedio de la Virgen (segunda parte). Fue comunicado a los tres pastorcitos el 13 de julio de 1917. Sin embargo, fue redactado literariamente en dos épocas distintas:
La primera y segunda parte el 31 de agosto de 1941;
La tercera el 3 de enero de 1944.
Pasaron, por tanto, 24 y 27 años respectivamente desde que, en 1917, los niños afirmaron por primera vez que guardaban un secreto que no revelarían. Durante los interrogatorios a los que fueron sometidos —impulsados por la curiosidad natural del ser humano— las preguntas sobre el secreto eran las más frecuentes. Primero se les ofreció oro, plata y dinero para engañarlos y hacerlos hablar; al no ceder, siguieron las amenazas de muerte y la tortura psicológica en la prisión de Ourém. Los niños jamás cedieron.
1ª Parte: La visión del infierno
«Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumidos en ese fuego, los demonios y las almas —como si fueran brasas transparentes y negras o de color bronce— con forma humana, flotaban en el incendio, arrastradas por las llamas que brotaban de ellas mismas, junto con nubes de humo, cayendo hacia todos lados, como las chispas en un gran fuego, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor».
“Los demonios se distinguían por formas horribles y repugnantes de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros. Esta visión duró un instante, y fue gracias a nuestra buena Madre del Cielo —que antes nos había prometido llevarnos al Cielo— que no morimos de susto y terror».
La existencia del infierno es un dato incontestable de nuestra fe. Si arrancáramos de la Biblia todas las páginas en que se menciona el infierno, nos quedaría, sin duda, una Biblia más delgada, pero ya no sería la Palabra de Dios. Hoy abundan los teólogos que niegan su existencia, alegando que el infierno es como el cero en matemáticas: útil para ciertas operaciones, pero vacío de contenido real.
¿Existe o no existe? No lo sabemos ni nos interesa saberlo con certeza empírica. El infierno es, sobre todo, la posibilidad real de no salvarse; el lugar teológico del mal, así como el Cielo lo es del bien.
«En la morada de los muertos, estando atormentado, alzó los ojos y vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno. Entonces gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy sufriendo mucho en estas llamas”.» — Lucas 16, 23-24
La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro tiene la misma función pedagógica que la visión del infierno mostrada a los pastorcitos. La Virgen quiso reafirmar que el infierno existe y que es real la posibilidad de condenación. La descripción minuciosa de las almas que caen en él, su sufrimiento entre las llamas, y la presencia de demonios, tenía una intención pedagógica clara: advertir a los que en esta vida no siguen a Cristo como Camino, Verdad y Vida.
«No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed más bien a quien puede hacer perecer en la gehena el alma y el cuerpo.» — Mateo 10, 28
En la Biblia hay dos formas de representar el infierno: como tortura eterna y como muerte eterna. La representación más común es la segunda: la muerte eterna, es decir, el regreso a la nada de quien no fue nada, no hizo nada, ni sirvió a nadie. El que no creyó en Dios ni en la vida eterna, sino que vivió como si nada existiera después de la muerte.
Es impensable que el Padre de Nuestro Señor Jesucristo condene a una eternidad de sufrimiento a alguien que, aunque haya vivido en pecado, lo haya hecho durante un tiempo limitado. Ni los tribunales humanos son tan desproporcionados. No habría equidad entre el delito y la pena.
Por ello, las pocas veces que la Biblia muestra el infierno como castigo eterno, lo hace con intención pedagógica, sabiendo que los seres humanos temen más el dolor que la muerte. Esa visión sirve de motivación radical para el cambio de vida.
Como visión profética, la del infierno como tortura eterna es más impactante. Los pastorcitos no vieron el infierno tal como es, sino como lo imaginaban, inspirados por las predicaciones de la época en que el infierno era tema frecuente y descrito con gran dramatismo.
2ª Parte: La Segunda Guerra Mundial y el ateísmo militante de Rusia
«Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que os digo, muchas almas se salvarán y habrá paz. La guerra está por terminar, pero si no dejan de ofender a Dios, durante el pontificado de Pío XI comenzará otra aún peor.
Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es el gran signo que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, mediante la guerra, el hambre y la persecución a la Iglesia y al Santo Padre.
Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados.
Si se escuchan mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no, difundirá sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia; los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas. Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo un tiempo de paz.»
La Virgen propone la devoción a su Inmaculado Corazón como antídoto contra el mal, tanto a nivel individual como colectivo. Si la salvación es la visión real de Dios —que supera incluso la visión beatífica— esta devoción no es sino eco del Evangelio según san Mateo 5, 8:
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Un corazón purificado del mal está listo para comprometerse incondicional y plenamente, como lo hizo María: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lucas1, 38).
El corazón es el motor de la acción humana, donde los pensamientos se transforman en obras. Cuando el corazón pertenece a Cristo, tarde o temprano se puede decir con san Pablo: «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 20).
Conclusión - Desconociendo el concepto de profecía, los pastorcitos de Fátima llamaron “secreto” a lo que la Iglesia ha comprendido como una verdadera profecía, en el más genuino sentido bíblico. Así lo expresó el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, al afirmar que Fátima es la más profética de todas las apariciones modernas.
P. Jorge Amaro, IMC
martes, 1 de agosto de 2017
Fátima: Lucía, la mensajera
Perfil humano
Lucía de Jesús dos Santos nació el 22 de marzo de 1907, siendo la más pequeña de los siete hijos de António dos Santos, hermano de doña Olimpia, madre de Francisco y Jacinta. Era sana y fuerte, pero no poseía rasgos delicados; más bien era algo rústica. De rostro moreno y redondeado, nariz ligeramente achatada, boca ancha de labios gruesos… El único atractivo físico provenía de sus ojos: grandes, negros y profundamente expresivos.
Pero aquello que le faltaba en belleza exterior, Dios se lo había compensado con creces en hermosura interior. Era una niña muy responsable, a quien desde muy pequeña se le podían confiar toda clase de tareas. Tenía dotes de educadora: entretenía a los más pequeños con juegos y relatos que ella misma contaba, ya fueran de la Biblia, de la vida de los santos o leyendas locales. Organizaba procesiones, cantaba himnos religiosos y enseñaba el catecismo.
En aquella época, la Primera Comunión solo se recibía a los 10 años, pero Lucía la hizo a los 6, ya que poseía una memoria prodigiosa y se sabía el catecismo entero de memoria. Además de su memoria, destacaba por su inteligencia y creatividad, siempre ideando actividades y juegos para divertir a los niños. Por eso no solo Francisco y Jacinta se sentían atraídos por ella, sino todos los pequeños del lugar.
A diferencia de sus primos, Lucía era vivaz, extrovertida, inquieta, una líder natural. Pero esa energía no le impedía ser dulce y cariñosa, como Jacinta. A diario demostraba su afecto, especialmente a su madre: al regresar del campo, la colmaba de abrazos, besos y caricias.
«Lucía era muy divertida», recuerda una compañera suya, Teresa Matias. «Siempre dispuesta a ayudarnos, nos encantaba estar con ella. Además, era muy inteligente, cantaba y bailaba bien y nos enseñaba canciones. Todos le obedecíamos. Pasábamos horas cantando y bailando, ¡hasta que nos olvidábamos de comer!»
Ella misma confiesa en sus Memorias que disfrutaban mucho de los bailes y de las fiestas. El 13 de junio era un día especialmente esperado por Lucía, pues se celebraba con gran entusiasmo en su aldea. Su madre, doña María Rosa, la conocía bien y estaba segura de que no cambiaría una fiesta por nada del mundo. Sin embargo, se equivocó. Las apariciones transformaron a Francisco, a Jacinta... y también a Lucía.
Sufrimiento y firmeza
Francisco y Jacinta ofrecieron su sufrimiento a través de pequeñas penitencias: ayunos, abstinencias, enfermedades. Lucía, en cambio, no necesitaba buscar el sacrificio: el sufrimiento la encontraba a ella cada día. Fue quien más padeció la incredulidad y el rechazo de quienes no creían en las apariciones. Soportó burlas, amenazas, humillaciones... e incluso bofetadas.
El 13 de mayo de 1919, cuando el gobierno intentó impedir la peregrinación a Cova da Iria, Lucía también se dirigía hacia allí. Dos guardias la interceptaron y, en voz alta, uno dijo al otro:
—Aquí hay fosas abiertas. Con una de nuestras espadas le cortamos la cabeza y la dejamos aquí enterrada. Así acabamos con esto de una vez por todas.
Al escuchar estas palabras, pensé que había llegado mi última hora. Pero sentí una paz tan profunda, como si aquello no fuera conmigo. Tras unos instantes de silencio, el otro guardia respondió:
—No, no tenemos autorización para hacer eso.
Lucía sufrió especialmente por la incredulidad de su párroco, de sus hermanas y de su propia madre. Esta última, incluso después de haber sido curada por un favor especial de Nuestra Señora, llegó a decir:
—¡Qué cosa! ¡La Virgen me ha curado y aún así no consigo creer del todo! ¡No sé cómo entender esto!
Lucía y el Eneagrama
Mente, emoción e instinto son los tres filtros a través de los cuales comprendemos la realidad y nos relacionamos con los demás. Todos buscamos una única cosa: seguridad. Los sentimentales la hallan en las relaciones afectivas; los viscerales, en la fuerza de su intuición; los cerebrales, como Lucía, en el conocimiento.
Francisco era un instintivo contemplativo: buscaba el silencio y la naturaleza, y su única relación profunda era con el “Jesús escondido” del sagrario. Jacinta, profundamente emocional, descubrió en el sufrimiento un camino de amor redentor por los pecadores.
Lucía era claramente cerebral. Utilizaba la mente para entender todo lo que ocurría a su alrededor. Por ello, no encaja con el eneatipo 6, pues los seis tienden a la inseguridad y la duda, y Lucía se muestra firme y segura. Aunque dudó brevemente si las apariciones podrían ser del demonio, esa duda no nació en ella, sino que fue sembrada por su párroco, en quien confiaba ciegamente.
Tampoco era un tipo 5, pues, a diferencia de Francisco, no se retiraba del mundo: le encantaba estar rodeada de gente. Era extrovertida, inquisitiva, creativa, llena de vida. Siempre inventando juegos o actividades, nadie mejor que un eneatipo 7 para entretener a los demás.
El 7 es, paradójicamente, el eneatipo que más huye del sufrimiento… y sin embargo, Lucía fue quien más padeció. Los tres fueron ridiculizados, pero mientras Jacinta y Francisco contaban con la protección de su padre en casa y en la calle, Lucía era maltratada en su propio hogar, tachada de embustera y loca. Su madre permitía incluso que le pegaran si con eso “decía la verdad”.
En cuanto a los sacrificios voluntarios, no era tan entusiasta como sus primos. Lucía no era tan sufriente como Jacinta ni tan adoradora como Francisco. Vivía en la relación con los demás, en la alegría, en la creatividad… por eso era tan buena con los niños.
La vidente silenciosa
Lucía, aunque fue la líder del grupo y la principal vidente, no representa inmediatamente un aspecto específico del mensaje de Fátima, como Jacinta (penitencia) o Francisco (adoración). La razón puede estar en que sus primos, sabiendo que iban a morir pronto, vivían ya orientados hacia el Cielo. Anhelaban a Nuestra Señora, que les había prometido llevarlos pronto.
Lucía, en cambio, tenía muchos años por delante. Vivió el mensaje de Fátima como un todo y lo encarnó a lo largo de una larga vida escondida, en el silencio y en la clausura.
Una vida larga en años, breve en acontecimientos
La vida de Francisco y Jacinta fue corta; la de Lucía, larga y solitaria. Separada de sus amigos y abandonada incluso por los suyos, se consolaba repitiendo las palabras de la Virgen:
"¡No tengas miedo! Yo estaré contigo... ¡Siempre! Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios."
Tras la muerte de Jacinta, el 17 de junio de 1921, Lucía fue alejada de Fátima y enviada a un lugar desconocido para el pueblo: el colegio de las Hermanas Doroteas en Oporto. Fue una decisión tomada con su consentimiento y el de su madre, para observarla sin influencias externas y, al mismo tiempo, frenar el fervor popular hacia la única vidente viva.
Tocada por las apariciones, su vida fue larga en años, pero breve en eventos. Del colegio pasó al postulantado de las Doroteas en Pontevedra y después al noviciado en Tuy, que finalizó el 3 de octubre de 1928. Permaneció en España hasta 1946, año en que regresó a Portugal para visitar Fátima y a su familia.
Con la autorización del Papa Pío XII, abandonó la congregación de las Doroteas para cumplir su deseo más profundo: ser carmelita. Ingresó en el Carmelo de Santa Teresa en Coimbra el 25 de marzo de 1948, donde vivió en oración y penitencia hasta su muerte, ocurrida el 13 de febrero de 2005, a los 98 años de edad.
Lucía, la mensajera
Si Francisco fue el contemplativo, el alma orante; si Jacinta, como eneatipo 4, encarnó el drama de la humanidad perdida, ofreciendo su dolor por la conversión de los pecadores… ¿Quién fue Lucía en el mensaje de Fátima?
Lucía fue la comunicadora, la interlocutora directa de la Virgen. Solo ella hablaba con María, preguntaba, respondía, dialogaba. Fue la portavoz del Cielo, la evangelista que años más tarde plasmaría por escrito las palabras y los gestos de Nuestra Señora, así como el modo en que sus primos vivieron la Mensaje. Para la posteridad, ella es la testigo, la depositaria y la custodia viva de Fátima.
Por obediencia al obispo de Leiria, escribió el Secreto de Fátima, que entregó en sobre cerrado al Papa, junto con sus Memorias, donde narra con detalle las apariciones, y también la vida, palabras y obras de sus primos y de ella misma.
Como vidente, fue hasta su muerte la intérprete auténtica del mensaje de Fátima. Así se vio en las múltiples consagraciones del mundo al Inmaculado Corazón de María que los papas —desde Pío XII hasta Juan Pablo II— realizaron, algunas veces sin mencionar a Rusia, otras sin la unión explícita de todos los obispos del mundo.
Lucía, si lo consideraba necesario, no dudaba en afirmar: “Esto no es como Nuestra Señora ha pedido.” Por fin, la consagración realizada por Juan Pablo II el 25 de marzo de 1984, ante la imagen de Fátima y el icono de Kazán en Roma, fue aceptada por Lucía, que declaró: “La consagración fue hecha y fue aceptada.”
Conclusión - Siendo la única vidente con una relación plenamente interactiva con Nuestra Señora, Lucía fue la portavoz del Cielo, la mensajera, la evangelista que plasmó por escrito las palabras y la vida de la Virgen y de sus primos, encarnando el mensaje de Fátima como testigo fiel, custodia silenciosa y voz perenne para la humanidad.
P. Jorge Amaro, IMC
sábado, 1 de julio de 2017
Fátima: Jacinta, la Reparadora
Perfil humano
Jacinta de Jesús Marto nació el 11 de marzo de 1910. Como su hermano Francisco, tenía el rostro redondo y unos rasgos perfectamente proporcionados: boca pequeña, labios finos, mentón breve, cuerpo bien equilibrado. «No era, sin embargo, tan robusta como Francisco», nos cuenta su madre.
Era una niña muy presumida: le gustaba vestirse bien, llevar siempre el cabello bien peinado y adornado con flores. Como su prima Lúcia, disfrutaba bailando al son del pífano que tocaba su hermano Francisco. Se divertía mucho jugando, pero, a diferencia de su hermano, no sabía perder; le molestaba profundamente no ganar. Muy centrada en sí misma, era siempre ella quien decidía los juegos y también los castigos, y en esto se mostraba intransigente.
No poseía el espíritu libre e independiente de su prima Lúcia. Por el contrario, era más dependiente, y en ese sentido vivía apoyada en su prima, con quien mantenía una amistad inusual. Nada hacía sin ella; un día sin Lúcia era para Jacinta un día triste, sin sentido.
Moralmente, era irreprochable. Como su hermano, había sido educada para no mentir jamás. Llegó incluso a reprender a su madre cuando esta decía una “mentira piadosa”:
—¿Entonces mamá me mintió? ¿Dijo que iba aquí y fue allá? ¡Mentir está mal!
Cuando no quería decir la verdad, se callaba, y nadie conseguía arrancarle una sola palabra. Una vez, Lúcia, cansada de tantos interrogatorios, se escondió; unos visitantes le preguntaron a Jacinta dónde estaba:
—¿Qué respondiste cuando te preguntaron por mí? —le preguntó luego Lúcia.
—Me callé bien calladita, porque sabía dónde estabas, ¡y mentir es pecado!
El aspecto más destacado y profundo de su personalidad era la sensibilidad. Jacinta era tan delicada que parecía de porcelana. Se emocionaba con facilidad; tenía el corazón en la mano. A los cinco años ya pedía una y otra vez que su prima le contara la Pasión del Señor. «Al escuchar los sufrimientos de Nuestro Divino Redentor», dice Lúcia, «se conmovía profundamente, lloraba con verdadero dolor y decía entre sollozos:
—¡Pobrecito Nuestro Señor! Yo no quiero hacer nunca ningún pecado; no quiero que Jesús sufra más...»
A menudo repetía:
—¡Me gusta tanto decirle a Jesús que lo amo! Cuando se lo repito muchas veces, parece que tengo fuego en el pecho... ¡pero no me quema! (...) Amo tanto a Nuestro Señor y a Nuestra Señora, que nunca me canso de decirles que los quiero.
Poseía un alma refinada, llena de sentimientos delicadísimos, decía su padre. Amaba profundamente a las ovejas y les ponía nombre a cada una: la paloma, la estrella, la mansita, la blanquita... los nombres más tiernos de su vocabulario. Los corderitos blancos eran su delicia.
«Se sentaba con ellos en el regazo —relata Lúcia—, los abrazaba, los besaba, y por la noche los traía en brazos a casa para que no se cansaran, imitando al Buen Pastor que había visto en una estampa que le habían regalado».
Jacinta en el Eneagrama
María se apareció en Fátima a tres niños que representan simbólicamente a toda la humanidad. Una humanidad fragmentada, incompleta, que se relaciona con la realidad y con los demás desde una perspectiva limitada.
Lúcia era, claramente, cerebral: su punto fuerte era la memoria y la inteligencia. Francisco era visceral e instintivo: no se entregaba mucho al pensamiento; vivía desde la percepción y la contemplación; pocas cosas le importaban realmente. Jacinta, en cambio, era puro sentimiento, pura emoción, toda sensibilidad.
¿A qué número correspondería Jacinta en el Eneagrama? No parece ser un tipo 2, pues su personalidad básica muestra un marcado egocentrismo que no se corresponde con el altruismo característico del dos. Tampoco un 3, ya que no persigue el éxito ni actúa con pragmatismo. A mi entender, Jacinta encaja en el tipo 4.
Lúcia, que la conocía como nadie, la describe como muy absorbida en sí misma. De hecho, su proceso de conversión pasa por descentralizarse, por descubrir que el centro de su vida no es ella, sino Él, Jesús, el que sufre y necesita ser reparado. Entonces comprende el Evangelio: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».
Como buena cuatro, Jacinta era sentimental hasta el exceso, dramática y romántica, soñadora, individualista, con un gusto refinado por lo estético, como se evidencia en su relación con los corderitos, imitando al Buen Pastor. Como todo cuatro, evitaba lo vulgar: no jugaba con otras niñas porque las consideraba groseras, decían palabrotas. Detestaba la falta de integridad. En casa prefería la compañía de su pacífico hermano Francisco y evitaba a toda costa la presencia de su hermano mayor, João.
Otra característica del cuatro: el miedo al abandono. Jacinta lo expresó cuando fue arrestada en Ourém, y también al ser enviada sola al hospital de Dona Estefânia, en Lisboa, donde subrayaba con dramatismo su inminente muerte en soledad.
«Le cœur a ses raisons que la raison ne connaît pas» – El corazón tiene razones que la razón no comprende. Tras una conversación con el párroco, a quien Lúcia y su madre respetaban profundamente, Lúcia comenzó a dudar de las apariciones. Tal vez, pensó, todo venía del demonio. Jacinta, sin embargo, que percibía con el corazón, no vaciló y defendió con firmeza la veracidad de las apariciones.
El miedo sembrado en Lúcia fue tan intenso que llegó a tener pesadillas con el demonio arrastrándola al infierno y riéndose de ella. El 13 de julio se negó a ir a Cova da Iria. Sus primos lloraban, rogándole que los acompañara, pues no querían ir solos. Jacinta, conmovida, decía que tenía pena de Nuestra Señora, que se disgustaría. Al llegar el mediodía, hora de la aparición, los miedos de Lúcia se desvanecieron como por milagro y, junto con sus primos, caminó hacia la Cova entre miles de peregrinos.
Jacinta, la reparadora
"Comprendí que el Amor lo encierra todo, que el Amor es mi vocación. En el Corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el Amor... y así lo seré todo." — Santa Teresa del Niño Jesús
"¡Me gusta tanto sufrir por amor a Nuestro Señor y a Nuestra Señora! Ellos aman mucho a quien sufre para convertir a los pecadores." — Jacinta
Si la pequeña Jacinta hubiera conocido a Santa Teresa del Niño Jesús, sin duda se habría identificado profundamente con ella.
Hemos dicho que cada uno de los pastorcitos encarna en su vida y en su camino de conversión un aspecto de la Mensaje de Fátima. Si Francisco representa el amor por la oración y la consolación del Señor, pasando largas horas en su compañía, Jacinta representa el corazón de la Mensaje: la reparación amorosa.
De los tres, era quien más empatizaba con los corazones desgarrados de Jesús y María, ofendidos por los ultrajes y pecados de la humanidad. Desde que se dio cuenta de sus corazones heridos, Jacinta se ofreció como bálsamo, como quien quiere restaurarlos con la única "cola" que de verdad une y cura: el Amor.
"Quien se obliga a amar, se obliga a padecer." O como dijo Jesús: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos." Jacinta comprendió bien esta verdad y por eso aceptaba con alegría todos los sufrimientos que se le presentaban como reparación por el Corazón herido del Señor.
Cuando lloraba en la prisión de Ourém por la ausencia de sus padres, bastaba que sus primos le sugirieran ofrecer ese sufrimiento como sacrificio, y ella enjugaba sus lágrimas con alegría:
—Jesús debe de estar contento conmigo, porque esto me cuesta un poquito...
Cuando ella y Francisco ya estaban postrados en cama, llamó con urgencia a Lúcia:
—Mira, Lúcia —le dijo emocionada—. Nuestra Señora vino a vernos y dijo que pronto vendría a llevar a Francisco al Cielo. Y a mí me preguntó si aún quería convertir más pecadores. Yo le dije que sí. Después decía a Jesús:
—Ahora puedes convertir muchos pecadores, porque ¡estoy sufriendo mucho!
Sólo Dios conoce el dolor que soportó en el hospital de Ourém, donde fue operada sin anestesia. Sólo Él sabe lo que sufrió por la herida abierta en su pecho, que supuraba pus. Y, sin embargo, su cuerpo fue encontrado incorrupto cuando fue exhumado en 1935 para la causa de su beatificación.
Con su muerte en la cruz, Cristo restauró la humanidad y reparó nuestra unión con el Padre. Jacinta, que en su inocencia imitaba al Buen Pastor llevando a cuestas al corderito perdido, acabó imitando también a Cristo Cordero inmolado, ofreciendo su corta vida por la conversión de los pecadores.
En efecto, su vida pública duró apenas tres años tras las apariciones. Murió en soledad, con una herida abierta en el pecho, tal como Jesús. No sólo imitó al Cristo Pastor que da la vida por sus ovejas, sino también al Cordero sacrificado que quita el pecado del mundo, porque esa fue su única motivación: la conversión de los pecadores.
Y parafraseando un soneto del poeta portugués Camões: "Más habría servido ella, si para un amor tan largo, no le hubiera sido dada una vida tan breve." Falleció el 20 de febrero de 1920, con apenas 10 años.
Conclusión - Desde el momento en que comprendió que los Corazones de Jesús y de María estaban desgarrados por los pecados del mundo, Jacinta se ofreció para repararlos con el adhesivo del Amor. El amor es, en efecto, la única cola que puede unir a los seres humanos entre sí y con Dios, y restaurar los corazones heridos y ofendidos.
P. Jorge Amaro, IMC
jueves, 15 de junio de 2017
Fátima: Francisco el contemplativo
Perfil humano
Francisco de Jesús Marto nació el 11 de junio de 1908 en Aljustrel, una aldea perteneciente a la parroquia de Fátima, en el municipio de Ourém. Era hijo de Manuel Pedro Marto y de su esposa Olímpia de Jesús dos Santos.
Hermano de Jacinta, ambos diferían del carácter más enérgico y rústico de su prima Lucía. Francisco era de complexión robusta, rostro redondeado y mejillas abultadas, de tez algo morena y labios breves como su hermana. Sin embargo, al contrario de ella, era sumamente dulce, tranquilo y pacífico, sin ser por ello apático. Al contrario: era enérgico, fuerte, decidido y gozaba de buena salud.
Como todos los niños de su edad, le gustaba jugar, pero a diferencia de su hermana, no era competitivo. De hecho, parecía no importarle ganar. Si alguien rompía las reglas del juego o discutía con él, cedía sin resistencia, limitándose a decir:
—«¿Tú crees que ganaste? Pues vale. A mí me da igual».
Y cuando algún compañero se aprovechaba de su calma para quitarle algo, respondía simplemente:
—«Déjale. No me importa». Era tan pacífico que llegaba a exasperar a su prima Lucía. Ella podía ordenarle cualquier cosa, y él la cumplía sin discutir.
No era en absoluto miedoso. Podía ir solo por la noche a cualquier sitio oscuro sin mostrar temor ni contrariedad. Jugaba con lagartos y serpientes que encontraba por el campo, los hacía enrollarse en su palo y les daba de beber leche de las ovejas en los huecos de las piedras. Le apasionaba la música, que practicaba tocando su flautilla en los momentos de calma. Como su hermana, amaba las flores y la naturaleza.
Moralmente, era irreprochable. Cuenta doña Olímpia:
—«Una mañana, al salir con el ganado, le dije: “Hoy vas al Oiteirinho de la madrina Teresa, que no está en casa, fue a la aldea”. Y él me respondió: “¡Ah, eso no lo hago!”. No me contuve y le di una bofetada. Pero él no se acobardó. Se volvió hacia mí, muy serio, y me dijo: “¿Entonces es mi madre quien me está enseñando a robar?”».
Francisco y el Eneagrama
Según los psicólogos, existen tres centros de inteligencia: la mente, el corazón y el cuerpo. Todos usamos los tres para relacionarnos con el mundo, pero uno suele predominar como centro preferencial.
La teoría del Eneagrama identifica nueve tipos de personalidad, distribuidos en estos tres centros. Cada tipo está definido por una compulsión o tendencia inconsciente que guía su comportamiento.
Por providencia —o quizá por casualidad— los tres pastorcitos representan de forma clara estos tres centros: Lucía es cerebral, Jacinta es emocional y Francisco visceral o instintivo. Cada uno encarna a su manera el mensaje de Fátima, según su tipo de personalidad.
Dentro del centro instintivo, Francisco no es un tipo 8 (cuya compulsión es la fuerza), ni un tipo 1 (cuya compulsión es la perfección), sino claramente un tipo 9, cuya compulsión es buscar la paz y la armonía, evitando el conflicto a toda costa.
Los de tipo 9 tienden a olvidarse de sí mismos para acomodarse a los demás. Lucía lo percibió bien: Francisco obedecía sin cuestionar, casi como un autómata. Son excelentes pacificadores porque saben suavizar tensiones. También en esto destaca Francisco, capaz incluso de renunciar a lo que le gustaba con tal de evitar disputas, como refleja este episodio:
En cierta ocasión, le regalaron un pañuelito con la imagen de Nuestra Señora de Nazaré. Estaba encantado y se lo mostró a sus amigos. Sin embargo, el pañuelo desapareció.
—«Le tenía mucho cariño —dice su madre— y no paraba de hablar de él».
Cuando le dijeron que otro niño lo tenía y afirmaba que era suyo, Francisco no insistió en recuperarlo:
—«Que se lo quede. A mí no me importa».
Los de tipo 9 buscan siempre la tranquilidad. Francisco vivía desapegado de todo y de todos, como si estuviera un poco en las alturas. Pocas cosas realmente le importaban. Silencioso, ensimismado, contemplativo.
Eucarístico y contemplativo
«Me gustó mucho —decía— ver al Ángel, y aún más ver a Nuestra Señora. Pero lo que más me gustó fue ver a Nuestro Señor en aquella luz que la Virgen nos puso en el corazón. Yo quiero mucho a Dios… pero Él está tan triste por tantos pecados... ¡No debemos cometer ni el más pequeño pecado! (...) Dentro de poco, Jesús vendrá a buscarme para ir al Cielo con Él, y entonces estaré siempre con Él, consolándolo. ¡Qué maravilla!». — Francisco
«Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios, ¡y no nos quemábamos!». Pasaba horas en adoración al Santísimo, al que llamaba “Jesús escondido”. Penitencia y oración son el núcleo del mensaje de Fátima. Los dos hermanos las vivieron intensamente, pero Francisco estaba más inclinado a la oración, y Jacinta al sacrificio. Mientras Jacinta ofrecía penitencias por la conversión de los pecadores, Francisco se dedicaba a consolar a Jesús con su oración y su presencia.
Al igual que Jesús en el Evangelio, a veces desaparecía sin que nadie se diera cuenta, se alejaba de su hermana y su prima, y se escondía tras una pared o en un rincón solitario para rezar. Cuando Lucía y Jacinta le encontraban:
—Francisco, ¿por qué no nos avisas para rezar contigo?
—Prefiero rezar solo, para pensar y consolar a Nuestro Señor que está tan triste.
Ya después de las apariciones, cuenta Lucía que cuando iban a la escuela, a veces él se detenía en la iglesia y le decía:
—Vosotras iros a la escuela. Yo me quedo aquí con Jesús escondido. No vale la pena que aprenda a leer; dentro de poco me voy al Cielo. Cuando terminéis la escuela, venid a buscarme.
A pesar de su amor por la Eucaristía, el párroco de Fátima se negó a darle la comunión. Pero lo que el párroco le negó, se lo concedió el Ángel. Al comulgar, Francisco exclamó:
—«Sentía que Dios estaba en mí, pero no sabía cómo».
Tras las apariciones, la vida de Francisco cambió por completo. Jacinta no perdía ocasión para ofrecer sacrificios, y Francisco no perdía oportunidad para aislarse, rezar el rosario y consolar a Jesús.
—«No vengáis aquí —decía—. Dejadme solo».
—¿Y qué haces tanto tiempo?
—«Pienso en Dios, que está tan triste por tantos pecados… ¡Si al menos pudiera darle alegría!»
“Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero” —Santa Teresa de Ávila
Francisco ya vivía totalmente centrado en su relación con “Jesús escondido”. No pensaba en otra cosa. Todo tiempo era poco para estar con Él y consolarle. Un día le preguntaron si quería ser carpintero, militar, médico o sacerdote. Respondió:
—«No quiero ser nada».
—¿Y qué quieres ser entonces?
—«No quiero ser nada. Quiero morirme e ir al Cielo».
Cuando él y Jacinta estaban ya enfermos, cada uno en su cuarto, era Lucía quien les llevaba los recados. Sabiendo que Francisco moriría primero, Jacinta le envió a decir que no se olvidara de rezar por ella y por Lucía. Francisco respondió que tenía miedo de olvidarlo cuando viese a Nuestro Señor. Tal sería la alegría y deslumbramiento que sentiría al contemplar al que hasta entonces era solo su “Jesús escondido”, que temía quedar absorto y sin pensamiento alguno.
Y al Cielo se fue, en efecto, el 4 de abril de 1919, dos años después de las apariciones. Durante su enfermedad, sus padres aún esperaban su curación. Su madrina Teresa prometió a la Virgen ofrecerle su peso en trigo si lo sanaba, a lo que Francisco respondió con una sonrisa angelical:
—«Nuestra Señora no le va a conceder esa gracia».
Y cada vez que alguien le hablaba con esperanza de curación, replicaba:
—«Es inútil. Nuestra Señora me quiere con Ella en el Cielo». Y no lo decía con resignación o tristeza, sino con una sonrisa alegre y confiada.
Conclusión - Francisco es el contemplativo por excelencia entre los tres videntes de Fátima. Su misión no fue hablar, ni enseñar, ni sufrir visiblemente, sino consolar en silencio. Su figura nos recuerda que la oración silenciosa, la adoración y el amor fiel, aún sin palabras, pueden ser una poderosa respuesta al dolor del mundo y al Corazón herido de Dios.
P. Jorge Amaro, IMC






